–Vaaale, tenías razón y yo estaba equivocado –admitió Plagg a regañadientes–. ¿Cómo iba a saber que moriste... morirás... moriste... lo que sea... en el futuro? –Sacudió la cabeza–. Es absurdo. Si no ha pasado todavía, no puedes haber perdido esa vida...
–¿Y qué otra explicación encuentras?
El kwami se acarició los bigotes, pensativo.
–De acuerdo, admitamos que te estás jugando tu séptima y última vida. Ya sabes lo que tenemos que hacer entonces, ¿no?
–Por supuesto. –Adrián se inclinó hacia él con gesto decidido–: Tienes que librarme de las pesadillas.
Plagg parpadeó.
–¿Qué quieres decir? En cuanto le devuelvas el prodigio al maestro Fu volverás a dormir como un bendito.
Adrián negó con la cabeza.
–No voy a devolver el prodigio al maestro Fu.
–¿Qué? –Plagg voló hasta situarse ante él–. ¿He oído bien? ¿Te has vuelto loco?
Adrián frunció el ceño y bajó la vista hasta su anillo.
–No voy a devolverlo –repitió, y levantó la cabeza para mirar al kwami a los ojos–. ¿Me vas a obligar?
Plagg suspiró.
–No puedo obligarte, Adrián. Mal que me pese, estoy a tu servicio y no al revés.
–¿Y el maestro Fu?
–El maestro Fu podría intentarlo, pero imagino que solo si tuviese motivos de peso. Si hicieses un mal uso de tu poder, por ejemplo. Pero no es el caso.
–¿Y entonces enviaría a Ladybug a quitarme el prodigio? ¿Como hicimos nosotros con Chloé cuando no quiso devolver el suyo?
Se estremeció. Por nada del mundo deseaba verse envuelto en una situación semejante.
–Es por tu bien –trató de explicarle Plagg–. Tu vida como Cat Noir se ha vuelto mucho más peligrosa. Porque, si la pierdes, será también el fin de tu vida como Adrián. ¿Has pensado en eso?
El chico reflexionó un instante, muy serio.
–Lo sé –dijo al fin–. Pero no puedo renunciar ahora. Por eso necesito librarme de las pesadillas, ¿entiendes? Porque si no duermo ni descanso lo suficiente, acabaré cometiendo un error y será el último.
Plagg parpadeó.
–Entonces, ¿no vamos a ver al maestro Fu?
–No se lo vamos a decir a nadie. Ni a Ladybug ni al maestro Fu. ¿De acuerdo?
Plagg movió la cabeza, abatido.
–No me parece una buena idea.
–Tú dime cómo puedo volver a dormir sin pesadillas.
–Renunciando al anillo, ya te lo he dicho. Los sueños van ligados a las leyes del prodigio. No puedes librarte de ellos así como así.
Adrián dejó caer los hombros.
–¿Quieres decir que voy a seguir soñando que muero de forma horrible todas las noches? ¿Y que, si no dejo de ser Cat Noir, no hay nada que podamos hacer al respecto?
–Tal y como están las cosas, no –sentenció Plagg.
Adrián estaba tan abatido que apenas prestó atención a las palabras de Plagg.
–Quizá pueda ir al médico, como propuso Nathalie –murmuró–. Tomar pastillas para dormir...
–No servirá de nada. Tus pesadillas tienen un origen mágico, no psicológico. Nada puede acabar con ellas, salvo librarte del objeto que las causa: el anillo.
Adrián observó su prodigio un momento, pensativo.
–Entonces tendré que aprender a vivir con las pesadillas. –Plagg lo miró con incredulidad, y él añadió sonriendo–. A lo mejor es cuestión de acostumbrarse, ¿no?
Fue la peor semana de Adrián en mucho tiempo. Resultaba frustrante porque las pesadillas no lo asustaban en realidad. Como había demostrado en muchas ocasiones, la posibilidad de morir nunca lo había detenido. De modo que, aunque se despertase entre gritos y con el corazón a punto de salírsele del pecho, el ominoso mensaje que trataba de transmitirle su prodigio apenas le preocupaba cuando estaba despierto.
Pero las pesadillas afectaban a la calidad de su descanso, lo despertaban varias veces cada noche y a menudo le impedían conciliar el sueño después.
Ni las infusiones relajantes ni los masajes que le programó Nathalie lograron mejorar la situación, por lo que ella, tras hablar del tema con el señor Agreste, le concertó a Adrián una cita con el médico, que le recetó unas pastillas para dormir.
Por descontado, y tal como le había advertido Plagg, la medicación no acabó con las pesadillas. Además le causaba un profundo aturdimiento cuando estaba despierto, de modo que, después de un par de días de andar en modo zombie por el colegio, decidió dejar de tomarlas.
No obstante, cuando Lepidóptero atacó de nuevo, aún estaba algo lento y le costaba pensar con claridad.
El nuevo akuma al que tuvieron que enfrentarse, por suerte para ellos, no era particularmente peligroso. Se trataba de una niña que, al parecer, se había cansado de llegar siempre la última en las pruebas de velocidad de la clase de deporte. Furiosa y frustrada, se había convertido en una presa perfecta para Lepidóptero, que le había concedido el poder de ralentizar a todo el mundo, mientras que ella se había vuelto increíblemente veloz.
–¡Presta atención, Cat Noir! –lo riñó Ladybug–. ¡Es demasiado rápida!
Los dos superhéroes saltaban por los tejados en pos de la supervillana, que corría como un rayo muy por delante de ellos.
–¡No podremos alcanzarla! –dijo él–. Habrá que tenderle una trampa.
Se detuvo un momento y miró a su alrededor, buscando un lugar adecuado para cortarle el paso...
–¡Cat Noir, cuidado! –exclamó entonces Ladybug.
Él detectó el peligro y quiso apartarse a un lado, pero reaccionó demasiado tarde. Una figura rauda y menuda se abalanzó sobre él, como salida de la nada, y lo rozó con la punta de sus dedos enguantados.
Fue suficiente. Cuando quiso darse cuenta, Ladybug y la villana se perseguían la una a la otra en su alocada carrera por los tejados. Él trató de seguirlas, pero no pudo. Iba demasiado lento.
Tardó cinco minutos enteros en dar un solo paso. Todo parecía ocurrir muy rápido a su alrededor, como si estuviese viviendo en un tiempo paralelo. Sabía que jamás lograría alcanzar a Ladybug, pero aun así no dejó de moverse.
Apenas había conseguido desplazarse cinco metros cuando el cielo se iluminó con un resplandor rosado que recorrió todo París.
Ladybug había vencido.
Cat Noir se vio envuelto en el hechizo mágico de su compañera y volvió de inmediato a su estado habitual. Estuvo a punto de perder el equilibrio debido al impulso que llevaba, pero se detuvo a tiempo y respiró hondo.
Ladybug había vencido sin su ayuda. Otra vez.
Por un lado se alegraba de que ella hubiese podido derrotar a la villana a pesar de su propia torpeza. Por otro, interiormente maldecía las pesadillas que no lo dejaban dormir y lo convertían en una carga para el superdúo.
–¡Cat Noir!
El superheróe se volvió. Ladybug acababa de aterrizar en un tejado cercano y lo observaba con el ceño ligeramente fruncido.
Trató de sonreír.
–¿Todo bien, milady?
–Yo podría hacerte la misma pregunta.
Cat Noir se encogió de hombros.
–Me ha pillado por sorpresa, eso es todo.
Alzó el puño para chocarlo con el de Ladybug, pero ella le dirigió una mirada inquisitiva.
–¿Qué te pasa, Cat Noir? Hace un tiempo que no eres tú mismo.
–¿De verdad? –El chico se palpó la cara, fingiendo alarma–. ¡Oh, no! ¿Crees que me ha sustituido Copycat y no me he dado cuenta?
–No tiene gracia.
–Pues bien..., no sé qué quieres que te diga. He tenido un mal día, eso es todo. Le puede pasar a cualquiera.
Se había puesto a la defensiva y lo sabía. Pero también estaba terriblemente cansado y temía que, si ella seguía preguntando, acabaría por contárselo todo.
La posibilidad de que Ladybug se enterase de toda aquella historia lo aterrorizaba. Porque sabía lo que pasaría después: hablaría con el maestro Fu y los dos llegarían a la conclusión de que necesitaban un nuevo Cat Noir, alguien que tuviese todas sus vidas intactas, porque Adrián ya no les servía.
Y lo obligarían a entregar el prodigio. Y él volvería a estar atrapado en su propia casa, en su propia vida... para siempre.
Los pendientes de Ladybug pitaron con insistencia. Ella suspiró, preocupada.
–Cat Noir, tengo que irme, pero...
–Vamos, vete. O descubriré tu identidad, y ya sabes que eso sería terrible.
Había pretendido decirlo en serio, pero por alguna razón la frase resultó mucho más sarcástica de lo que había sonado en su cabeza. Ladybug dio un paso atrás, herida.
–No seas así, Cat Noir. De verdad, yo... –Vaciló un momento y continuó–: Estoy preocupada por ti. No sé si tienes alguna clase de problema personal, y sé que no debo preguntarte al respecto, solo... Si puedo ayudarte en algo, yo...
–Estoy bien –cortó él con sequedad–. Ya te he dicho que he tenido un mal día, nada más. No volveré a fallarte.
–Pero...
–Estoy en ello, ¿vale?
Ladybug dio un respingo, y Cat Noir comprendió que había sido demasiado brusco.
–Lo siento –se disculpó–. No pretendía...
El prodigio de Ladybug volvió a pitar, y él lo consideró una señal.
–Tienes que marcharte –concluyó con cierta tristeza–. Ya nos veremos, Ladybug.
–¡Cat Noir, espera! –trató de detenerlo ella.
Pero era demasiado tarde. Con un prodigioso salto, el superhéroe se había puesto lejos de su alcance.
Ladybug lo vio marchar con un extraño peso en el corazón. Solo cuando él se había perdido ya de vista se dio cuenta de que al final no habían chocado los puños tras concluir la misión, como solían hacer.
No lo consideró una buena señal.
–Estoy preocupada por él, Tikki –le confesó más tarde a su kwami, mientras ambas contemplaban el cielo nocturno desde el balcón–. Está muy serio últimamente, y sé que no se encuentra bien. No sé si es algo físico, mental o emocional, pero está claro que no quiere hablar del tema conmigo.
–Puede que tenga algún problema en su vida personal y por eso no te lo puede contar –opinó Tikki.
–Sí, es lo más probable, pero... –Dudó un momento antes de concluir–: ¿Crees que es culpa mía?
–¿Por qué? –se sorprendió Tikki.
–No me refiero al problema concreto, sino al hecho de que no me lo quiera contar –explicó Marinette–. Porque siempre he sido un poco distante con él..., para mantener en secreto mi identidad, ya sabes. Porque él quería saber quién soy, y yo tenía que mantenerlo alejado...
–Pero ya hace tiempo que no insiste con ese tema, ¿verdad?
Marinette reflexionó un momento mientras evocaba la vez que se había destransformado delante de Cat Noir para escapar de la trampa de Dark Owl. Le había pedido que cerrara los ojos, pero ella los había cerrado primero y había pronunciado las palabras mágicas sin estar segura de si él le había hecho caso o no.
Porque confiaba en Cat Noir, y sabía que tenía los ojos cerrados.
–No –murmuró.
–¿Entonces...?
–Supongo que ahora mantengo las distancias porque no quiero darle falsas esperanzas.
–Entiendo –asintió Tikki.
–Pero a veces me gustaría poder tener más confianza con él, que fuésemos amigos de verdad. Me gustaría poder ayudarlo si tiene problemas. ¿Crees que me lo he buscado, Tikki? ¿Que no confía en mí porque he sido yo quien ha levantado una barrera entre los dos?
Tikki reflexionó un momento antes de responder:
–Yo creo que sí confía en ti, Marinette. No creo que sea por eso.
–Entonces, ¿por qué no quiere hablar conmigo?
Tikki no tenía respuesta para aquella pregunta. Marinette suspiró. Estaba a punto de darse la vuelta para volver a entrar en la habitación cuando de pronto vio la silueta del superhéroe sentado sobre un tejado cercano.
–¡Cat Noir! –lo llamó, antes de darse cuenta de lo que hacía.
Las orejas del chico se alzaron al oírla. Se volvió hacia ella y, a pesar de la penumbra, Marinette estuvo segura de que le sonreía.
Apenas unos instantes más tarde, Cat Noir aterrizaba sobre la barandilla de su balcón, aún con una sonrisa en los labios. Marinette retrocedió un paso, insegura. Lo había llamado por instinto, pero no sabía qué decirle. Aunque no habían llegado a discutir, el ambiente se había enrarecido entre los dos.
–Buenas noches –dijo él.
Marinette alzó la cabeza para mirarlo a los ojos y todas sus dudas se esfumaron de golpe. Cat Noir le sonreía y la miraba con tanto cariño que ella sonrió a su vez. «¿Es el mismo Cat Noir?», se preguntó, maravillada. Se comportaba de forma muy diferente con Ladybug. Sabía que quería con locura a su compañera enmascarada, pero la dulzura y la suavidad con que hablaba a Marinette eran una novedad para ella. Había sido así desde la primera noche de confidencias en su balcón, pensó de pronto.
–Buenas noches –acertó a decir.
–¿Necesitas un superhéroe? –preguntó él, aún sonriendo.
–¿Cómo dices?
–Me has llamado, así que dime, ¿qué puedo hacer por ti? ¿Te amenaza algún villano? ¿Quieres que rescate a tu gatito de lo alto de un árbol?
–No tengo gato –respondió Marinette, y enseguida pensó que había sido una respuesta muy tonta. Por supuesto que no tenía gato, y probablemente él lo sabía.
Solo estaba bromeando, como siempre.
Se esforzó por centrarse.
–Solo quería... saludar –acertó a decir–. Y... saber si estás mejor –añadió.
Cat Noir frunció levemente el ceño.
–¿Mejor? –repitió.
Ella se preguntó si habría ido demasiado lejos. Si no tenía intención de contárselo a Ladybug, ¿por qué iba a confiar en Marinette, a quien apenas conocía?
–Me-mejor que la última vez que nos vimos –tartamudeó–. Parecías muy cansado. –Se fijó mejor en él–. Aún pareces cansado.
Cat Noir se quedó mirándola un momento, y Marinette pensó que se cerraría en banda, como solía hacer con Ladybug en los últimos tiempos. Pero él suspiró y se acomodó mejor sobre la barandilla.
–Supongo que tienes razón –murmuró–. Sí, estoy cansado. Últimamente no duermo mucho.
Aquello era un avance, aunque Marinette sospechaba que aún estaba lejos de llegar a la raíz del problema.
–¿Mucho trabajo superheroico? –preguntó–. ¿O quizá... problemas en tu vida personal? –Él se volvió para mirarla–. Lo siento, lo siento, no debería haber preguntado eso –se apresuró a añadir; bajó la mirada, abatida–. No quiero ser indiscreta.
Pero Cat Noir le sonrió.
–No te preocupes. Sé que solo quieres ayudar.
Marinette lo miró, sorprendida. ¿Lo sabía, en realidad?
–No es que no confíe en ti –prosiguió Cat Noir–. Es que hay cosas que no puedo contar a nadie.
–Comprendo –murmuró Marinette–. Secretos de superhéroes... o detalles sobre tu vida privada que podrían dar pistas sobre tu verdadera identidad.
–Mmm-hm –asintió él.
Se había sentado sobre la barandilla, como había hecho en otras ocasiones. Pero Marinette comprobó, alarmada, que le costaba guardar el equilibrio. Porque se le cerraban los ojos.
–¡Cuidado! –exclamó, agarrándolo del brazo antes de que se cayera.
Cat Noir se despertó de golpe y recuperó su posición, un tanto aturdido.
–Te duermes de pie –dijo ella–. Deberías estar en la cama.
Él suspiró y se frotó un ojo con cansancio.
–No quiero ir a la cama.
–Pues no te quedes ahí. Ven, al menos siéntate en un sitio de donde no te puedas caer.
Lo condujo hasta la tumbona. Cat Noir se sentó, sin ser muy consciente de lo que hacía.
–¿Quieres un café? –le ofreció ella entonces.
El chico se quedó mirándola sin comprender.
–¿Un... café?
–Sé que parece absurdo porque tienes que dormir, pero... deberías despejarte un poco antes de volver a casa. Es peligroso andar saltando por los tejados en ese estado. Aunque, claro... –añadió–, si tienes problemas para conciliar el sueño, el café te desvelará...
–No tengo problemas para dormirme, solo para quedarme dormido –murmuró él; se recostó en la tumbona y bostezó–. Me despierto muy a menudo, eso es todo.
–¿Vecinos ruidosos? –sonrió ella.
Pero Cat Noir no respondió, y Marinette comprobó, perpleja, que se había quedado dormido.
Se acercó con la intención de despertarlo, pero se detuvo a medio camino, indecisa. Realmente parecía muy cansado.
Lo contempló un instante, conmovida. Apenas podía creer que el audaz superhéroe, capaz de invocar la destrucción absoluta en la palma de su mano, pudiese parecer tan inocente y vulnerable allí dormido en su balcón.
«Es lo que necesita», pensó de pronto.
Y decidió que lo dejaría dormir un poco antes de despertarlo. Así estaría un poco más descansado cuando regresara a su casa.
Entró de nuevo en su habitación para coger una manta, porque en aquella época del año empezaba a hacer frío por la noche.
–¿Qué le pasa a Cat Noir? –preguntó Tikki cuando la vio.
–Al parecer, tiene sueño –respondió Marinette, desconcertada.
Encontró la manta que estaba buscando y salió de nuevo al balcón para cubrir con ella al superhéroe dormido. Lo arropó con cariño. Si eso era todo lo que podía hacer por él de momento, desde luego no pensaba negárselo.
Se dio la vuelta, dispuesta a dejarlo a solas. Pero entonces él empezó a rebullir bajo la manta, y Marinette se volvió de nuevo hacia él, segura de que se había despertado.
Sin embargo, Cat Noir seguía dormido. Se agitaba en sueños, inquieto, con el rostro congestionado en una mueca de angustia y temor.
Marinette se arrodilló a su lado, inquieta.
–Cat Noir, ¿qué te pasa?
–No... –murmuró él, aún dormido–. Dejadme en paz...
Ella intentó sujetarlo.
–Es solo un sueño, gatito –susurró–. Vamos, despierta.
Él abrió los ojos de golpe con un grito de terror, pálido como un fantasma y respirando entrecortadamente.
–¡No! –gritó.
–¡Tranquilo! –exclamó ella, sujetándolo por los brazos–. Cat Noir, solo ha sido un sueño, todo está bien...
Él la miró con los ojos muy abiertos.
–¿Milady?
El corazón de Marinette se detuvo un breve instante. Pero entonces Cat Noir parpadeó, se fijó mejor en ella y su mirada se suavizó.
–Marinette –musitó, y le sonrió.
Ella le sostuvo el rostro con las manos.
–Todo está bien, minino –repitió–. Solo era un sueño.
–Un sueño –musitó él.
Cerró los ojos de nuevo y dejó caer la cabeza sobre el hombro de Marinette.
Ella comprobó, perpleja, que se había quedado dormido otra vez.
No se atrevió a moverse. ¿Y si lo despertaba del todo? Estaba claro que su compañero necesitaba dormir. De modo que, con sumo cuidado, se sentó a su lado en la tumbona, recolocó la cabeza de Cat Noir sobre su hombro y lo cubrió otra vez con la manta. Él dejó escapar un suspiro de satisfacción.
Marinette sonrió. Lo dejaría dormir un rato y luego lo despertaría, decidió. Se tapó también con la manta para no quedarse fría y se recostó en la tumbona para contemplar las estrellas.
La respiración de Cat Noir era ahora tranquila y pausada. Marinette apoyó la mejilla en la cabeza de él y cerró los ojos un momento, solo para descansar...
Menos de dos minutos después, se había quedado dormida también.
