Cat Noir se despertó cuando el horizonte ya empezaba a clarear. Tardó unos instantes en comprender dónde estaba; pero, antes de que pudiera asimilar las implicaciones, la presencia de Marinette a su lado llamó su atención.
La chica estaba acurrucada junto a él en la tumbona y tiritaba de frío. Cat Noir descubrió que se había destapado sin darse cuenta, de modo que la cubrió con la manta y la rodeó con los brazos para hacerla entrar en calor. Ella suspiró en sueños y, poco a poco, dejó de temblar.
Cat Noir se recostó en la tumbona mientras trataba de reconstruir lo que había sucedido la noche anterior. Había salido a pasear por los tejados y se había acercado a hablar con Marinette. Después ella le había ofrecido sentarse en aquella tumbona... y debía de haberse quedado dormido, porque no recordaba nada más.
Frunció el ceño de pronto.
No recordaba nada más. Y estaba amaneciendo. ¿Había dormido... toda la noche? El corazón se le aceleró.
Contempló a Marinette, dormida entre sus brazos. No sabía cómo habían acabado allí, embutidos en una silla que ni siquiera era lo bastante amplia para dos personas. Aun así, al parecer, ninguno de los dos se había despertado en toda la noche.
–Marinette –susurró.
Ella farfulló algo en sueños y se acurrucó más junto a él. Cat Noir sonrió. Ahora que había entrado en calor le sabía mal despertarla, pero necesitaba respuestas. Y tampoco podía quedarse mucho rato. Tenía que estar de vuelta en casa antes de que nadie reparara en su ausencia.
–Marinette, despierta –insistió, apartándole un mechón de pelo de la frente.
Ella abrió por fin los ojos, y parpadeó, confusa, antes de fijarlos en él.
–Buenos días –sonrió el superhéroe.
–¿Cat... Noir?
Marinette pestañeó de nuevo y reprimió un bostezo, esforzándose por volver a la realidad.
–¿Qué haces aquí? –murmuró por fin; abrió mucho los ojos de pronto–. ¿Hay un akuma?
–No, tranquila, todo está bien. Creo que vine a visitarte anoche y me quedé dormido en tu balcón –explicó, frotándose la nuca con cierta timidez–. No lo hice a propósito, y... al parecer te quedaste aquí conmigo. Lo siento mucho, debes de haber dormido fatal.
Marinette se incorporó y miró a su alrededor.
–Oh –murmuró, envolviéndose más en la manta–. Oh, ya recuerdo. Yo tampoco tenía intención de pasar la noche aquí. Iba a dejarte dormir un poco antes de despertarte, pero... en fin, debí de quedarme dormida también.
–¿Hemos... hemos dormido toda la noche?
Marinette reprimió otro bostezo y se estiró un poco.
–Eso parece, sí.
–¿Cuántas horas seguidas?
–Déjame pensar... ¿se está haciendo de día ya? Pues siete horas, quizá ocho. ¿Qué te pasa? –preguntó al ver que Cat Noir sonreía de oreja a oreja–. ¿Por qué estás tan contento?
–¿No he tenido pesadillas?
–¿Pesadillas? –Marinette reflexionó–. Sí, te despertaste gritando en sueños poco después de quedarte dormido, y por eso me senté a tu lado. Pero luego te volviste a dormir enseguida, y parecías tan agotado que preferí dejarte descansar un poco. –Se quedó contemplándolo un momento–. ¿Tienes... problemas de insomnio? ¿Malos sueños?
–Al parecer, ya no –respondió él, aún sonriendo.
Marinette sacudió la cabeza, perpleja.
–Pues si duermes mejor en la tumbona de mi balcón que en tu propia cama, me temo que tienes que cambiar de colchón con urgencia.
Cat Noir dejó escapar una alegre carcajada.
–Probablemente –admitió; se volvió para mirarla con ojos brillantes–. Muchas gracias, Marinette.
Ella pestañeó desconcertada.
–¿Por qué?
–Por estar ahí siempre que te necesito –respondió él con suavidad.
Marinette lo miró a los ojos; vio tanta ternura en ellos que se quedó sin aliento.
–Yo... yo no... –balbuceó.
Cat Noir se levantó de un salto y se inclinó ante ella.
–Nos veremos en otra ocasión, rescatadora de mininos insomnes –declaró, y le besó la mano con galantería.
Por una vez, Marinette no retiró la mano. Cuando el superhéroe se encaramó a la barandilla con su agilidad característica, sonrió, aliviada al comprobar que, en efecto, parecía encontrarse mucho mejor.
–Me alegro mucho de que estés mejor –le dijo con sinceridad.
Él se volvió a mirarla desde la barandilla.
–Gracias –repitió, antes de saltar al siguiente tejado.
Marinette lo vio marchar y pensó que la felicidad de Cat Noir era contagiosa. Porque su sonrisa había despertado una agradable calidez en su corazón.
Cat Noir entró en su habitación antes de que amaneciera del todo, se transformó en Adrián y se metió en la ducha. Estaba entumecido por haber dormido en aquella posición tan incómoda toda la noche, pero aparte de eso se encontraba mucho mejor. Apenas había dormido una noche entera y ya había recuperado la vitalidad de siempre y se sentía mucho más despejado.
En cuanto se hubo vestido, comprobó que aún le quedaban unos minutos antes de ir al colegio y los dedicó a comentar con Plagg lo que había pasado.
–¿Has visto, Plagg? ¡He dormido toda la noche! ¡Sin pesadillas!
–Técnicamente tuviste una pesadilla –corrigió el kwami.
–Pero después dormí varias horas seguidas. Así que estoy curado, ¿no?
–Hum –murmuró Plagg–. No sé. Tal vez lo que te pone de los nervios es dormir en esta casa tan deprimente.
–¡Plagg! –lo riñó Adrián, pero sonrió–. ¿Crees que ha sido por dormir al aire libre, en el balcón de Marinette?
–O en su compañía, tal vez –insinuó el kwami.
–Puede ser otro factor –murmuró Adrián, pensativo–. Ojalá tuviese hermanos, o mi padre me dejase invitar a mis amigos a dormir a casa. Sería genial que Nino pudiese quedarse a dormir alguna vez, ¿verdad? Quizá es la soledad lo que alimenta las pesadillas.
–Te recuerdo que yo duermo contigo todas las noches –protestó el kwami, ofendido.
Adrián iba a replicar, pero en aquel momento Nathalie llamó a la puerta y tuvieron que dejar la conversación para otro momento.
En todo caso, y aunque aún no sabía por qué sus malos sueños le habían dado una tregua, Adrián se sentía en deuda con Marinette por haberlo acogido cuando no tenía por qué. Como no podía decírselo abiertamente, al menos sin la máscara puesta, trató de compensarla de alguna manera, ayudándola siempre que podía o haciéndole pequeños favores. Le pareció que ella disfrutaba con aquellas atenciones, y se sintió feliz de poder devolverle una mínima parte de todo lo que había hecho por él.
–Te veo mucho más animado –le dijo su amiga con cierta timidez.
–¿Sí? Ah, es que parece que por fin he superado el catarro que llevaba tanto tiempo arrastrando. Debo de tener las defensas bajas, porque he tardado un montón en recuperarme.
Marinette arrugó el entrecejo con preocupación.
–Quizá deberías descansar más. Llevas una vida muy ajetreada y eso acabará afectando a tu salud.
Adrián sonrió.
–Tranquila, está todo controlado. Gracias por preocuparte por mí.
Le dirigió una mirada cargada de cariño, quizá más intensa de lo que pretendía; Marinette enrojeció y bajó la vista, azorada.
–N-no hay de qué –balbuceó–. Para eso están los amigos, ¿no?
–No deberías confiarte –le dijo Plagg aquella noche–. Puede que seas capaz de dormir sin pesadillas, pero eso no significa que tengas vidas extra, no lo olvides.
–No lo he olvidado.
–Pero lo olvidarás. Las pesadillas están ahí para recordarte que debes ser prudente.
–¿Cómo voy a ser prudente si no pego ojo? Necesito dormir para poder pelear en condiciones. Y eso es exactamente lo que voy a hacer.
Sin embargo, en el fondo estaba preocupado. ¿Y si volvían las pesadillas? ¿Y si lo de la noche anterior había sido solo un espejismo? Aquel día había aprovechado mucho más las clases y Nathalie se había mostrado satisfecha de haber solucionado el problema. Pero Adrián no las tenía todas consigo.
Se metió en la cama, se tapó con la sábana y respiró hondo.
Había recuperado sueño y estaba mucho más despejado, de modo que no cayó rendido enseguida. Pero eso significaba que tenía tiempo para pensar.
Y le asustaba la posibilidad de quedarse dormido y volver a caer en las garras de una de aquellas pesadillas. No le daban miedo los sueños en sí, sino aquella espiral de cansancio y noches en blanco que se había ido bebiendo su vitalidad gota a gota durante la semana anterior. No quería volver a caer en ella.
Se sumió por fin en un sueño inquieto y ligero, pero menos de media hora después volvió a despertarse bruscamente, asaltado por una de aquellas pesadillas que ya empezaba a conocer demasiado bien. Inspiró hondo, tratando de calmarse, y parpadeó para retener las lágrimas de rabia e impotencia que asomaban a sus ojos.
Contempló su anillo casi sin verlo. Podía renunciar a él y entonces se acabarían los malos sueños y volvería a dormir como antes.
O podía buscar otras opciones. Porque tenía que haber otra salida, estaba seguro de ello.
Se incorporó y buscó a su kwami con la mirada. Lo encontró durmiendo a pierna suelta sobre la almohada.
–Plagg –murmuró–, garras fuera.
Marinette tampoco se había dormido aún. Se había acostado tarde porque había estado escribiendo en su diario todo lo que le había pasado aquel día y la noche anterior. La visita de Cat Noir había sido algo inesperado, sin duda, pero las atenciones de Adrián a lo largo de toda la mañana la habían catapultado al séptimo cielo y ahora no podía pensar en otra cosa. De modo que ahora, bien arropada bajo su edredón, se dedicaba a soñar despierta con él y a atreverse a imaginar la posibilidad de que algún día se olvidase de Kagami y se fijase en ella por fin.
Estaba a punto de dormirse cuando, de pronto, oyó un estornudo sobre su cabeza.
Se despejó de golpe y se incorporó, con el corazón latiéndole con fuerza.
–¿Tikki? –musitó–. ¿Has oído eso?
Su kwami asintió, con los ojos muy abiertos.
–Creo que hay alguien en tu terraza, Marinette.
Ella respiró hondo, abrió la trampilla y se asomó al exterior.
Al principio no vio nada. Después localizó un bulto acurrucado sobre su tumbona. Reprimió una exclamación de alarma y cogió la tetera de la mesita, dispuesta a atacar al intruso con ella... hasta que reconoció su silueta en la penumbra.
–¿Cat Noir? –preguntó, perpleja.
El chico alzó la cabeza y agachó las orejas al verla, un poco avergonzado.
–Marinette –murmuró–. Lo siento, no pretendía despertarte. Solo...
Ella dejó la tetera y se inclinó a su lado.
–¿Qué haces aquí a estas horas? –Cat Noir desvió la mirada, y Marinette lo comprendió–. ¿Vuelves a tener problemas para dormir?
–No quería molestar –musitó–. Es solo que pensé... que como ayer pude dormir bien aquí, tal vez... –Sacudió la cabeza–. Da igual, es una tontería, ya me voy. Lo siento.
Hizo ademán de levantarse, pero ella lo retuvo por el brazo.
–Espera.
Cat Noir se volvió para mirarla.
–¿No quieres... no quieres volver a tu casa? –tanteó con delicadeza.
Él tardó un poco en contestar. Se dejó caer de nuevo sobre la tumbona y hundió el rostro entre las manos, temblando.
–No puedo dormir –confesó al fin–. Todas las noches tengo pesadillas y... –Respiró hondo–. Necesito descansar o acabaré metiendo la pata, el próximo akuma nos derrotará o algo peor... –Se interrumpió de pronto–. Lo siento, no quería preocuparte.
Ella lo contempló, conmovida.
–No le has contado esto a nadie, ¿verdad?
Cat Noir negó con la cabeza.
–¿Ni siquiera a Ladybug? –siguió preguntando Marinette.
–No, ella no debe saberlo. Ya tiene demasiadas responsabilidades y no quiero ser una carga más sobre sus hombros.
–¡Tú no eres...! –empezó Marinette, indignada; se mordió la lengua y continuó, más calmada–. No deberías enfrentarte a esto tú solo.
–Hay cosas que no puedo compartir con nadie –murmuró él–. Y tampoco tendría que habértelo contado a ti. Lo siento de verdad.
Marinette se quedó mirándolo en silencio. Después dijo:
–Puedes quedarte esta noche, si quieres.
Cat Noir alzó la cabeza y la miró esperanzado.
–¿Sí? ¿De verdad? Te prometo que no molestaré. Solo necesito una manta y...
–No vas a dormir aquí fuera –cortó ella, escandalizada–. ¿Qué clase de anfitriona crees que soy?
–Pero... –empezó el chico, confuso.
Marinette se puso en pie y tiró de él para levantarlo. Después lo guio hasta la trampilla que conducía a su habitación.
–Vamos, pasa –lo invitó–. Te prepararé una cama, ¿de acuerdo?
–Yo... no sé qué decir...
–Dime solo que no roncas por las noches –respondió ella con una risita.
Cat Noir sonrió.
–Me parece que no.
–Entonces, no hay más que hablar.
Entraron en la habitación, y Marinette cerró la trampilla sobre sus cabezas. Cat Noir suspiró, agradeciendo el cambio de temperatura. Siguió a Marinette escaleras abajo y esperó mientras ella despejaba el diván y lo equipaba con un almohadón y un par de mantas.
–Puedes dormir aquí, si quieres –lo invitó–. Es un poco pequeño, pero siempre será mejor que la tumbona de la terraza. –Frunció el ceño, pensativa–. Tenemos una cama en condiciones en la habitación de invitados, pero tendría que pedir permiso a mis padres y...
–Esto es perfecto, gracias –se apresuró a asegurarle él–. Preferiría no tener que dar explicaciones y... Siempre que a ti no te importe, claro –añadió.
–Si me importase, no te habría invitado –razonó ella.
Lo ayudó a acomodarse en el diván y lo arropó después.
–Espero que puedas dormir –le dijo–. Si necesitas algo, dímelo, ¿vale?
–Marinette, yo... De verdad, no sé cómo...
–Tú solo descansa –cortó ella con una sonrisa–. Toma, te la presto –añadió, y le tendió una muñeca de trapo–. Para que te proteja mientras duermes.
Cat Noir la cogió, emocionado.
–Ladybug –murmuró–. La has hecho tú, ¿verdad?
Los hombros de Marinette se hundieron de pronto.
–Es una tontería, ¿verdad? Quiero decir, que eres un superhéroe y por supuesto no necesitas... Es solo que pensé... como es Ladybug, y tú eres... –Sacudió la cabeza–. Da igual.
Cat Noir alargó el brazo para tomarla de la mano.
–No es una tontería. Es un detalle muy bonito, Marinette. Muchas gracias.
Acomodó a la muñeca encima del almohadón, junto a él. Marinette tragó saliva.
–Es que no me gusta que estés... solo –logró decir al fin.
Se sentía horriblemente culpable porque su compañero había decidido afrontar todo aquello sin ella. Pero no podía decírselo. La muñeca había sido un intento de decirle que podía contar con Ladybug, pasara lo que pasase. Pero ahora le parecía un gesto estúpido e infantil.
Cat Noir le oprimió la mano con cariño.
–Ya no estoy solo –le aseguró.
Ella sonrió.
–Bueno, pues yo... me voy a dormir. Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy –concluyó, señalando la cama en lo alto de la escalera.
Cat Noir asintió.
–Gracias, Marinette. Buenas noches.
–Buenas noches.
La chica trepó de nuevo a su cama y Cat Noir la perdió de vista. Se acomodó sobre el diván, indudablemente más cómodo y cálido que la tumbona, y miró a su alrededor. Se sentía un extraño invadiendo la privacidad de su amiga pero, por otro lado, aquella habitación siempre le había resultado muy acogedora. Quizá porque era un fiel reflejo de la personalidad de Marinette, o tal vez porque había fotos de Adrián Agreste por todas partes.
Suspiró. Sabía que ella lo admiraba mucho, pero el hecho de que estuviese dispuesta a cobijar con tanta amabilidad y cariño a un superhéroe al que apenas conocía lo había dejado sin palabras. Contempló la muñeca que Marinette le había dejado y sonrió.
Permaneció un rato allí tumbado, escuchando la respiración de la muchacha, profunda y regular. Sin duda se había dormido ya.
De pronto la sintió agitarse entre sueños.
–¿Marinette? –susurró–. ¿Estás dormida?
Ella gimió, y las orejas de Cat Noir se alzaron, alerta.
–No, no, no... –sollozó Marinette.
Cat Noir se levantó de un salto y trepó por la escalera.
–¡Marinette!
Ella seguía dormida, pero se removía inquieta bajo la colcha. Su rostro estaba crispado en una expresión de profunda angustia.
–¡Cat Noir, cuidado... no! –gritó Marinette.
El superhéroe se plantó a su lado de un salto y la sostuvo entre sus brazos.
–Sssshhh..., tranquila, Marinette. Despierta, es solo un sueño.
Ella se debatió un poco antes de abrir los ojos por fin. Lo miró, confusa, incapaz de reconocerlo al principio.
–El akuma lo ha... matado... –musitó horrorizada–. Y no he podido... yo no he podido...
Se echó a llorar. Cat Noir sintió un retortijón de angustia en el estómago. ¿Eran sus propias pesadillas? ¿Por qué habían empezado a afectar también a Marinette, como si fuese una especie de virus contagioso?
No podía ser verdad. Tenía que tratarse de una desagradable coincidencia.
–Estoy aquí –le susurró al oído–. Todo está bien, Marinette. Estoy aquí, a tu lado.
Ella fue por fin consciente de su presencia.
–Cat Noir –musitó.
Le echó los brazos al cuello y lo estrechó como si fuese su tabla de salvación tras un naufragio. Él le devolvió el abrazo.
–No quiero perderte –murmuró ella.
En aquel momento no era consciente de que no hablaba como Ladybug, sino como Marinette, ni de que su relación con Cat Noir no era tan estrecha como para justificar aquella reacción.
Pero él también había olvidado que llevaba la máscara puesta. Porque era Marinette, una de sus amigas más queridas, y no soportaba la idea de que su propia maldición pudiese haberla afectado a ella también.
–No vas a perderme –le prometió.
Ella hundió el rostro en su hombro, temblando. Cat Noir la envolvió entre sus brazos y le acarició el cabello, tratando de calmarla.
–No te vayas –suplicó Marinette.
–No me iré –le aseguró él.
Permanecieron un rato en silencio, abrazados, hasta que se quedaron dormidos.
NOTA: Tenía muchas ganas de escribir este capítulo, por eso lo subo tan pronto :). Disculpad si no estoy dejando apenas notas en este fan fic, este mes tengo mucho trabajo y me cuesta encontrar huecos para escribir esta historia. Pero igualmente voy a seguir haciéndolo, y os agradezco de corazón que la estéis leyendo y disfrutando.
