En algún momento de la noche, Marinette abrió los ojos, aún medio dormida. Oyó a su lado la respiración de Cat Noir, lenta y regular, y vislumbró su silueta en la penumbra. Él también abrió un poco los ojos, apenas dos rendijas de color verde que relucían en la oscuridad. Después los volvió a cerrar.

«Cat Noir», pensó Marinette. Una inmensa sensación de calma y seguridad la invadió y la hizo suspirar levemente antes de quedarse dormida otra vez.


Una ráfaga de aire frío la despertó horas después. Abrió los ojos de golpe y se quedó mirando la ventana del techo, pero estaba cerrada. Se dio la vuelta y descubrió que se encontraba sola. El corazón le latió un poco más deprisa. Recordaba que Cat Noir se había quedado a dormir la noche anterior. ¿O habría sido un sueño?

Se incorporó y se asomó por el borde de la cama. Y sí, allí estaban la manta y los almohadones sobre el diván, tal como ella los había dispuesto para su compañero la noche anterior. Pero él ya no estaba allí, y la muñeca que le había prestado parecía triste y solitaria.

–¿Qué está pasando exactamente? –murmuró Marinette, desconcertada.

Tikki voló hasta ella y dejó escapar un suspiro pesaroso.

–Creo que Cat Noir tiene serios problemas, Marinette.

Ella se volvió para mirarla.

–¿Crees que son problemas... personales? –preguntó–. ¿Por eso tiene pesadillas cuando duerme en su propia casa?

Se estremeció. Ella también había tenido un mal sueño relacionado con Cat Noir, y le había parecido tan real que la había trastornado profundamente. Por suerte, él estaba allí para devolverla a la realidad. ¿Se había quedado dormido a su lado después? ¿O eso también lo había soñado?

Pero Tikki negaba con la cabeza.

–No creo que sean ese tipo de problemas. Lo he visto otras veces, en otros Cat Noirs.

Marinette se quedó sin aliento.

–¿Quieres decir que esos sueños... están relacionados con su prodigio?

–Sí, pero no sabría decirte cómo funcionan exactamente. El prodigio del gato negro tiene algunas leyes particulares que Plagg nunca me ha querido explicar con detalle.

Marinette se acarició la barbilla, pensativa.

–Tal vez el maestro Fu tenga más información. O quizá esté todo escrito en el libro de los hechizos. –Suspiró–. Pero necesitamos saber más, Tikki. Ojalá Cat Noir pudiera confiar en mí.

–Bueno, si te sirve de consuelo, parece que esta noche tampoco ha tenido pesadillas.

Marinette se mordió los labios y vaciló un momento antes de preguntar:

–Y... ¿ha dormido en el diván o...?

Tikki sonrió.

–Subió a la cama contigo porque anoche eras tú quien estaba sufriendo una pesadilla –le explicó–. Y luego se quedó a tu lado porque tú se lo pediste.

Marinette se ruborizó levemente.

–¿Yo... se lo pedí?

–Estabas muy asustada, Marinette. Debió de haber sido un sueño muy perturbador.

Ella frunció el ceño, tratando de recordar.

–Sí..., a Cat Noir lo... lo mataba un akuma y luego yo no podía traerlo de vuelta. El hechizo salvaba a todo París, como siempre, pero no funcionaba con él, y se quedaba ahí... tirado sobre la acera... y estaba... estaba...

Se mordió el labio, incapaz de pronunciar la última palabra de la frase. Se abrazó a sí misma porque de pronto le había entrado un profundo escalofrío.

–¿Por qué he soñado algo así? ¿Me puede afectar el prodigio de Cat Noir de esa manera... o está todo dentro de mi cabeza?

–No lo sé, Marinette.

Ella alzó la mirada hacia la ventana.

–Se ha ido sin despedirse –murmuró, un poco decepcionada.

–Cuando se despertó esta mañana parecía un poco preocupado –le contó Tikki–. Creo que no quería molestarte, Marinette. Quizá pensó que te enfadarías si te despertabas y lo encontrabas aquí contigo.

Ella reflexionó.

–Probablemente no habría reaccionado muy bien al principio –admitió–. Pero si es verdad que yo le pedí que se quedara...

–Te abrazaste a él y le dijiste que no querías perderlo.

El rubor en las mejillas de ella se hizo más intenso.

–¿Yo hice eso? Oh, no, ¿qué va a pensar de mí? ¡Si apenas me conoce! Como Marinette, quiero decir. ¿En qué estaría pensando?

–No estabas pensando. –Tikki frunció el ceño, preocupada–. La pesadilla te afectó mucho. Si mis sospechas son ciertas y el prodigio de Cat Noir tiene algo que ver... probablemente él sueña cosas parecidas todas las noches.

Marinette se estremeció.

–Qué cosa tan horrible. No me extraña que lo esté pasando tan mal. ¿Cómo puedo ayudarlo?

Tikki sonrió.

–A mí me parece que ya has empezado a ayudarlo, Marinette.

Ella se volvió para mirarla, desconcertada.

–¿Cómo?

–Bueno, por el momento ya ha disfrutado de dos noches de sueño tranquilo gracias a ti.

–Oh –murmuró Marinette–. ¿Crees que mi prodigio compensa el suyo de alguna manera? ¿Eres tú quien neutraliza sus pesadillas?

–Si es así, no lo hago a propósito, Marinette. Ya te he dicho que el prodigio de Cat Noir sigue siendo un misterio para mí en muchos aspectos.

–Tengo que hablar con él muy en serio. Si salimos a patrullar esta noche, tal vez... –Se interrumpió de pronto–. Pero no puedo hablarle de esto como Ladybug porque se supone que no sé nada, ¿verdad? –Suspiró–, Supongo que tendré que esperar a que vuelva a pasar por aquí y preguntárselo como Marinette.

Aún no comprendía por qué Cat Noir parecía confiar más en la chica del balcón que en su compañera enmascarada. Pero aquella era la única manera de llegar hasta él..., Marinette pensaba aprovecharla.


Adrián se sentía muy culpable. En ningún momento había querido causar molestias a Marinette, y mucho menos cargarle con sus problemas y preocupaciones. Había permitido que ella cuidara de él y lo acogiera en su casa porque estaba desesperado, pero en realidad su amiga no tenía por qué hacerlo. A cambio solo había conseguido sufrir una de aquellas desagradables pesadillas y, por si fuera poco, Cat Noir había invadido su espacio personal de una forma que probablemente a ella no le habría gustado, de haberlo descubierto. Después de todo, no tenían tanta confianza.

De nuevo sintió remordimientos. Adrián y Marinette sí eran amigos, pero ella no sabía que él era Cat Noir. Para ella, el superhéroe era prácticamente un desconocido. Pero él, que sí la conocía bien, sabía que era amable y generosa y que siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás. Y quizá se había aprovechado de eso sin apenas darse cuenta. «Y no sería la primera vez», pensó, evocando el lío en el que la había metido en aquella ocasión en que le pidió que lo salvase de unos fans enfervorizados.

Aquel día, en el colegio, le costó un poco más acercarse a Marinette. Temía que en cualquier momento le echaría en cara que había ocupado su cama sin permiso. De acuerdo, ella le había pedido que se quedara a su lado, pero en aquel momento estaba muy afectada y seguro que no habría repetido el ofrecimiento en otras circunstancias. Cat Noir, de hecho, había tenido la intención de regresar a su diván en cuanto ella se calmara. Pero se había quedado dormido otra vez.

Naturalmente, Marinette no podía saber que Adrián y Cat Noir eran la misma persona. Y aun así, una parte de él estaba convencido de que, si no se andaba con cuidado, ella no tardaría en descubrirlo.

Aquella mañana la observó disimuladamente; pero no parecía triste, enfadada ni decepcionada. Por el contrario, pasó buena parte del día tomando notas en una libreta, muy concentrada, con un gesto obstinado que a él le resultó curiosamente familiar.

Se acercó a ella en el descanso y se sentó a su lado mientras seguía garabateando furiosamente en su libreta.

–¿Trabajando en un nuevo proyecto? –le preguntó.

Ella se sobresaltó, como siempre hacía cuando Adrián se acercaba sin avisar.

–¡Oh, A-Adrián! No es nada importante, solo... algunas ideas que se me ocurren.

Pero había tapado la página para que él no leyera lo que estaba escribiendo.

«Bueno», pensó el chico, «por lo menos parece que ella se encuentra bien». Y parecía que sus visitas nocturnas no habían interferido en la capacidad creativa de su amiga.


Por la noche, Adrián se quedó estudiando hasta tarde. Tenía que recuperar el tiempo perdido durante los días de insomnio y, por otro lado, temía que las pesadillas regresaran en cuanto tratara de conciliar el sueño. Cuando por fin se dispuso a meterse en la cama, Plagg se le acercó volando.

–Voy a necesitar una dosis extra de Camembert si quieres que me transforme –le dijo.

Adrián sonrió.

–No, Plagg, no te preocupes. No va a hacer falta.

El kwami se quedó mirándolo con desconcierto.

–¿Cómo?

–No vamos a volver a casa de Marinette esta noche.

–¿Qué? ¿Por qué? ¿Es que quieres volver a tener pesadillas?

–Lo que no quiero es que ella las tenga por mi culpa –explicó Adrián, acomodándose en su propia cama.

–Oh –murmuró el kwami–. ¿Y qué te hace pensar eso?

–¿No está claro? Anoche le hablé de mis sueños y luego ella tuvo uno parecido. –Sacudió la cabeza–. No tendría que haberla metido en esto. No se lo merece.

Plagg carraspeó.

–Me temo que ya es demasiado tarde para eso.

Adrián alzó la cabeza.

–¿Qué quieres decir?

–Si ella ha empezado a tener los sueños también, la cosa no parará solo porque dejes de visitarla.

El chico se quedó helado.

–¿Insinúas que de verdad le he... «contagiado» mis pesadillas? ¿Como si fuese una especie de virus? Pero ¿por qué?

–Es como esas alarmas tan irritantes de los coches. Si no las apagas, suenan todavía más fuerte. Y las oyen más personas.

Adrián enterró el rostro entre las manos con un gruñido de frustración.

–¿Por qué no me lo dijiste antes?

–No me preguntaste al respecto. Pero bueno, quizá la pesadilla de Marinette fuese algo casual, creado por su propia mente, y no tuviese nada que ver con tu última vida.

Adrián alzó la cabeza para mirarlo.

–¿Y si no?

–Si no... –El kwami se encogió de hombros–, los sueños se repetirán también para ella.

Adrián suspiró. Había confiado en Marinette, había permitido que lo ayudara, pero de ningún modo quería cargar aquel peso sobre sus hombros.

Se puso en pie de un salto con gesto decidido. Plagg comprendió de inmediato cuáles eran sus intenciones.

–¡Oye, no te olvides del que...!

–¡Garras fuera!


Marinette había pasado todo el día tomando notas sobre lo que sabía de Cat Noir y las pesadillas que lo aquejaban. Había estado desarrollando un plan de acción, pero pronto se dio cuenta de que para ponerlo en marcha debía esperar a que el superhéroe decidiese pasar de nuevo por su balcón.

–¿Crees que volverá a visitarme esta noche, Tikki? –le preguntó a su kwami.

–Es muy posible, porque parece que duerme mejor cuando está aquí.

–Sí, y eso es extraño –murmuró Marinette–. Realmente debe de sentirse muy solo.

–No te preocupes, seguro que no tardarás en volver a verlo.

–Pero es que esta mañana se fue sin despedirse. ¿Y si ya no vuelve más? A lo mejor se sintió incómodo porque le pedí que se quedase a dormir a mi lado.

Tikki ahogó una risita.

–No creo que eso le molestase mucho, la verdad.

Marinette sonrió.

–No seas mala, Tikki –la riñó–. Él no sabe que soy Ladybug.

«Si lo supiese», pensó de pronto, «sería una historia muy distinta».

Porque él interpretaría todo lo que estaba sucediendo de una manera muy diferente.

Marinette preparó de nuevo el diván para Cat Noir, con las almohadas y las mantas, aunque devolvió la muñeca de Ladybug a su sitio en la estantería, junto a su compañero de trapo. Salió varias veces al balcón para ver si lo veía llegar..., pero pasaron las horas y él no se presentó.

–Creo que me voy a acostar, Tikki –dijo por fin con un bostezo–. No puedo esperarlo más, mañana tengo que madrugar.

Se metió en la cama con un extraño peso en el corazón. La noche anterior había tenido la sensación de que estaba consiguiendo que Cat Noir empezase a confiar en ella, pero ¿y si él había cambiado de idea y ya no volvía a visitarla más?

«Tendré que seguir intentando acercarme a él como Ladybug, entonces», pensó.

Lo cual iba a resultarle difícil, admitió, ya que había pasado mucho tiempo esforzándose por hacer exactamente lo contrario.


–¿De verdad no me reconoces a estas alturas, Ladybug? –preguntó el primer Cat Noir, muy decepcionado.

–Eso es porque tú no eres el verdadero Cat Noir –dijo el segundo–. Milady y yo tenemos una conexión especial que un vulgar imitador como tú jamás logrará comprender.

–Miauntiroso.

–Gatanalla.

–¡Parad ya, los dos! –estalló Ladybug.

Pero estaba entre la espada y la pared porque, en efecto, se veía incapaz de distinguir a Cat Noir de Copycat, el akuma que imitaba su aspecto a la perfección.

–Sé que tomarás la decisión correcta, bichito –dijo entonces uno de los dos, y Ladybug sonrió.

–Claro que sí. ¡Cat Noir, destruye su anillo! Seguro que el akuma está allí.

–Siempre a tu servicio. ¡Cataclysm! –gritó, mientras el segundo Cat Noir retrocedía, alarmado. Su anillo parpadeó. Ya había utilizado su poder especial y no podría invocarlo por segunda vez.

–¡Ladybug! –gritó–. Estás cometiendo un grave error.

–No lo creo –respondió ella.

El otro Cat Noir trató de escapar, pero Ladybug lo atrapó con su yoyó y lo inmovilizó.

–¡Ahora, Cat Noir!

Su compañero saltó sobre el prisionero y alzó la mano sobre él. Y en un segundo, ante el horror de Ladybug, le plantó la palma de la mano sobre el pecho.

–¿Qué estás...? –balbuceó ella.

–¡No! –gritó el héroe caído, aterrorizado.

Dirigió una ultima mirada de súplica a Ladybug antes de desintegrarse ante sus ojos. Y ella contempló, impotente, cómo su querido compañero se deshacía en un montón de cenizas.

El Cat Noir vencedor se volvió hacia ella con una sonrisa malvada en los labios.

–Has escogido al gato equivocado... «milady».

–No... –susurró Ladybug.


–No... no... no... –musitaba Marinette, removiéndose en sueños mientras luchaba por escapar de su pesadilla–. No puede ser... Cat Noir... no –sollozó–. ¡No!

Unos brazos la rodearon de pronto, sujetándola con suavidad.

–Ssshh, Marinette, es solo un sueño –susurró Cat Noir dulcemente en su oído–. Vamos, despierta. Estoy aquí.

Ella se aferró con fuerza a él, pero aún tardó un poco en abrir los ojos y despertarse del todo.

–¿Cat? –murmuró.

–Estoy aquí –repitió él con una sonrisa.

–¿No eres... Copycat?

–No, soy el de verdad. Solo ha sido un sueño.

Marinette respiró hondo y miró alrededor. Estaba de nuevo en su cama y ya no era Ladybug. Y Cat Noir se encontraba a su lado. Vivo y entero.

–Solo un sueño –comprendió por fin.

Respiró hondo y esperó a que los latidos de su corazón recuperasen su ritmo habitual.

–¿Has soñado con Copycat? –preguntó entonces Cat Noir, inquieto–. ¿Te hacía... te hacía daño?

–¿Cómo? –Marinette sacudió la cabeza–. No, no, a mí no. Era a ti a quien... derrotaba. –Tragó saliva–. Ladybug no había sido capaz de distinguiros.

Cat Noir sonrió.

–Está claro que ha sido solo un sueño, Marinette. Ladybug jamás se dejaría engañar por Copycat. Me conoce demasiado bien.

Marinette, sintiéndose muy culpable, hundió la cara entre las manos. Cat Noir le pasó un brazo por los hombros.

–Todo va a salir bien –le dijo con suavidad–. Te lo prometo.

Ella alzó por fin la cabeza para mirarlo a los ojos.

–¿Qué está pasando, Cat Noir? ¿Qué son estos sueños?

Él vaciló.

–Necesito saberlo –insistió ella. Inspiró hondo y añadió–: Me lo debes.

–Supongo que sí –murmuró Cat Noir–. Es solo... que no quería involucrarte en esto. Lo siento muchísimo, Marinette.

–¿Tú tienes este tipo de sueños todas las noches?

–En cuanto me quedo dormido, sí. Me he visto a mí mismo morir de muchas maneras diferentes. Sé que son solo sueños, pero parecen muy reales. Y son desagradables de todos modos.

–Pero... ¿por qué? –siguió preguntando Marinette.

Cat Noir suspiró y se pasó la mano por el pelo, revolviéndolo.

–Es un aviso.

–¿Un... aviso?

Él permaneció en silencio, y Marinette le tomó el rostro con las manos y lo obligó a mirarla a los ojos.

–Cuéntamelo, Cat. Necesito saberlo. –El chico vaciló un momento, y ella insistió–: Por favor, confía en mí.

Y Cat Noir empezó a hablar.

Le contó todo lo que había descubierto acerca de sus siete vidas, y cómo sin darse cuenta las había ido perdiendo una a una. Le habló de su última vida y de lo que sucedería cuando un villano se la arrebatara.

Cuando guardó silencio por fin, se volvió hacia Marinette y descubrió que ella estaba acurrucada en un extremo de la cama, aferrando con fuerza su peluche de Cat Noir y contemplando a su compañero con sus enormes ojos azules abiertos de par en par y ligeramente húmedos.

–¿Marinette?

–Dime que no es verdad –musitó ella.

Cat Noir suspiró.

–¿Lo ves? Por eso no te lo había contado. No quería asustarte.

Ella sacudió la cabeza.

–Pero se lo habrás dicho a Ladybug, ¿verdad?

–No. Ella no debe saberlo, Marinette. Es importante.

–Pero...

–Tiene que concentrarse en derrotar a los akumas. Si está preocupada por mi seguridad será mucho más vulnerable. Puede que yo caiga en la próxima batalla, pero ella no debe hacerlo, bajo ningún concepto.

–Pero...

–Prométemelo, Marinette.

Ella desvió la mirada y apretó los dientes.

–No se lo diré a Ladybug –murmuró–. Pero no puedes afrontar esto solo, Cat Noir.

Él le sonrió.

–Ya no estoy solo.

Marinette parpadeó.

–Quiero decir... ¿no hay nadie a quien puedas recurrir? ¿Nadie que sepa algo sobre los prodigios, sobre cómo funcionan... y que te pueda aconsejar? –insinuó.

Cat Noir dejó caer los hombros.

–Hay alguien, sí, pero tampoco puedo hablar con él. Porque sospecho que la única solución que me ofrecerá es que renuncie al anillo... y no estoy preparado para eso.

Ella guardó silencio un momento antes de preguntar con timidez:

–¿Ni siquiera... para salvar tu última vida?

–No demos por sentado que será tan fácil acabar conmigo –replicó él alegremente–. Después de todo, aún me queda una vida, y ahora que estoy descansando bien volveré a estar en plena forma muy pronto.

Marinette decidió no insistir por el momento. Además, había otro asunto del que quería hablar con él.

–Dime una cosa, Cat Noir. Estas dos noches que has dormido aquí no has tenido pesadillas, ¿verdad? –El chico negó con la cabeza–. ¿Sabes por qué?

–No estoy muy seguro, la verdad. Probablemente se deba a que no estaba solo. Tampoco sabía que tú empezarías a soñar cosas raras también. Lo siento de verdad, Marinette. De hecho había decidido no molestarte más, pero al parecer eso no evitará que sigas teniendo pesadillas.

–¿Por eso te has ido esta mañana sin despedirte? –murmuró ella–. ¿Porque no querías molestarme más?

Cat Noir suspiró.

–Soy un héroe, Marinette. Debería estar ahí para solucionar tus problemas, no para causarte otros nuevos.

Ella sonrió y le oprimió suavemente el brazo con cariño.

–No seas bobo. No puedes cargar sobre tus hombros el peso de todo París. Sé que tú y tus compañeros siempre estaréis ahí para defendernos de los supervillanos, pero deja que los demás os ayudemos de vez en cuando en la medida de nuestras posibilidades.

Él le devolvió la sonrisa.

–Gracias, Marinette, pero no sé cómo...

–¿Quieres quedarte a dormir otra vez? –le propuso ella de golpe.

Cat Noir parpadeó.

–Pero... pero... no quiero abusar...

–Solo hasta que dejes de tener pesadillas o hasta que encuentres una solución a ese asunto de las vidas –aclaró Marinette.

–Pero...

–¿Qué vas a hacer, si no? Parece que dormir acompañado te ayuda, ¿no? Puedes buscar a otra persona, claro, pero tendrías que darle muchas explicaciones.

Cat Noir desvió la mirada.

–Tienes razón, pero es que...

–Si te quedas –añadió ella en voz baja–, estarás aquí para calmarme la próxima vez que tenga una pesadilla. Yo puedo hacer lo mismo por ti, cada vez que lo necesites.

Él la miró, emocionado.

–Marinette, eso sería...

–¿Te quedarás?

Cat Noir sonrió y asintió. Marinette le devolvió la sonrisa.

–Te había preparado otra vez el diván, por si volvías –le dijo con cierta timidez–, pero puedes volver a dormir en la cama, si quieres. Así estarás más cerca si...

Tragó saliva y desvió la mirada. Aún tenía clavada en su memoria la sonrisa siniestra de Copycat y el rostro de su querido compañero deshaciéndose en cenizas.

–Oh, Marinette –murmuró él–. De verdad, siento mucho todo esto. Si necesitas que me quede a tu lado, lo haré. Pero no quiero incomodarte.

–Hay suficiente espacio para los dos –le aseguró ella.

Cat Noir se tendió en la cama a su lado y le sonrió. Marinette volvió a cubrirse con el edredón.

–Buenas noches, Cat Noir –susurró–. Ojalá tengas sueños bonitos.

–Seguro que sí –respondió él–. Buenas noches, Marinette. Gracias por todo.

–Para eso están los amigos –respondió ella.

Él le devolvió una sonrisa emocionada y una mirada tan tierna que Marinette tuvo que reprimir un suspiro. Se miraron largamente a los ojos, hasta que ella, rendida, se quedó dormida. Cat Noir suspiró y, sintiéndose seguro y a salvo, cayó también en un profundo sueño.