Marinette se despertó de nuevo de madrugada al sentir que Cat Noir rebullía junto a ella. Abrió los ojos y se incorporó un poco. El chico seguía dormido, pero parecía inquieto y murmuraba en sueños.

Marinette se acercó más a él y lo abrazó por detrás, pasando un brazo en torno a su cintura.

–Sssh... –susurró en su oído–. Todo está bien, es solo un sueño.

Cat Noir se calmó de inmediato. Marinette lo sintió relajarse entre sus brazos y, momentos después, su respiración volvió a ser tranquila y regular. Ni siquiera había llegado a despertarse.

Marinette apoyó la mejilla sobre su espalda y cerró los ojos para escuchar los latidos de su corazón, que volvían a ralentizarse. Era extraño, pensó, que Cat Noir hubiese confiado en ella y no en Ladybug. Pero se alegraba de que lo hubiese hecho, dándole así la oportunidad de ayudarlo de alguna manera.

De pronto sintió un sonido suave y vibrante que procedía del interior del muchacho dormido y abrió los ojos, perpleja.

Cat Noir estaba ronroneando.

Marinette sonrió para sí. Lo había oído hacer aquello en otra ocasión, durante una batalla contra un akuma, aunque él lo había negado. A ella le había parecido extraño y ciertamente inoportuno entonces, pero ahora, por alguna razón, lo encontraba natural.

Marinette se alegraba de haber contribuido a que él se sintiese mejor, pero no debía confiarse. Porque, aunque al parecer podían mantener a raya las pesadillas, estaba el asunto de la última vida de su compañero. Ella lo había visto luchar, sabía que era temerario e irreflexivo a veces; si además, como le había contado, era un imán para la mala suerte, existían muchas posibilidades de que lo abatiera un villano antes o después.

No se le ocurría cómo solucionar eso. Lo más sencillo sería tratar de convencer a Cat Noir para que renunciarse a su prodigio. Pero Marinette no tenía tanta confianza con él como para aconsejarlo en una decisión tan importante.

¿O sí la tenía? Después de todo, allí estaba el superhéroe, durmiendo a pierna suelta en su propia cama, y le había revelado su secreto solamente a ella, al parecer.

Marinette frunció el ceño, desconcertada. Por supuesto que ella lo conocía bien, era su amigo y su compañero. Pero él no sabía que la chica del balcón era Ladybug. Y sin embargo la trataba de forma especial.

En su primer encuentro, cuando se habían enfrentado juntos a Evillustrator, Cat Noir se había comportado como un idiota presumido y había flirteado con ella de una forma más bien lamentable. Sin embargo, con el tiempo la relación entre ellos había cambiado sin que Marinette comprendiese muy bien por qué. Aquella noche de confesiones en el balcón, cuando él le había hablado de su amor por Ladybug, había sido sin duda un punto de inflexión importante. Cat Noir no había vuelto a flirtear con ella, pero la trataba con una dulzura especial, de una forma muy distinta a como se comportaba con Ladybug.

Marinette no podía negar que le gustaba aquella faceta suya. Sin duda Cat Noir era mucho más de lo que aparentaba a simple vista, y aunque ella estaba segura de que el punto burlón y descarado formaba parte de su carácter, empezaba a tener la sensación de que con Ladybug lo exageraba a propósito, probablemente para llamar su atención.

Era simpático y divertido en ocasiones, pero también podía llegar a resultar cargante. Marinette suspiró y se arrimó más a su compañero dormido. Le gustaba más aquella versión de Cat Noir, dulce, amable y caballeroso, a veces incluso tierno. Lamentaba que aflorara solo cuando él sufría, ya fuese de insomnio o de mal de amores. O quizá no era eso, pensó de pronto. Quizá se portaba así con ella porque era Marinette.

Sonrió para sí misma. Qué tontería. Cat Noir no la conocía lo suficiente como para tratarla de ninguna manera especial.

Aunque eso, al parecer, estaba empezando a cambiar.

Era agradable estar así con su compañero, pensó. Poder ayudarlo y escucharlo, y demostrarle su cariño sin que a él se le iluminase la cara con una sonrisa de esperanza, sin que le ofreciese una rosa y volviese a declarar su amor incondicional hacia ella.

Sin que Ladybug tuviese que romperle el corazón una vez más.

Aún abrazada a Cat Noir, Marinette cerró los ojos. Momentos después, arrullada por el suave ronroneo de su compañero, se quedó dormida.


Cat Noir se despertó junto a Marinette por tercer día consecutivo. En esta ocasión, sin embargo, estaban los dos abrazados, por lo que comprendió enseguida que le resultaría más difícil separarse de ella sin despertarla.

Se quedó un momento quieto y en silencio mientras terminaba de despejarse. Por la ventana del techo empezaban a filtrarse las primeras luces del amanecer, pero Marinette seguía profundamente dormida entre sus brazos.

Cat Noir respiró hondo. Había dormido del tirón, sin malos sueños, y se sentía mucho mejor. Aquello realmente funcionaba, se dijo. Pero aún no era capaz de comprender por qué.

La habitación de Marinette era acogedora y agradable, sin duda. Y la cama era cómoda y, como su amiga le había dicho, lo bastante amplia para los dos. En algún momento de la noche se habían acercado el uno al otro sin darse cuenta y por alguna razón habían terminado abrazados, pero la postura no le resultaba para nada incómoda.

Apartó con cuidado el brazo de su amiga y se separó de ella, procurando no despertarla. Se incorporó sobre la cama y se estiró para alcanzar la ventana del techo. Pero, cuando estaba a punto de impulsarse para salir por ella, sintió un tirón en su cola-cinturón.

–Cat Noir.

El chico se volvió. Marinette lo sujetaba por el cinturón, mirándolo con reproche.

–¿Ibas a marcharte sin despedirte otra vez?

Él le sonrió con cariño.

–No quería despertarte –respondió–. Es demasiado temprano todavía. Yo tengo que volver a casa antes de que nadie descubra que me he ido, pero tú aún puedes dormir un poco más.

Marinette se sentó sobre la cama.

–¿Qué tal has dormido? –quiso saber–. ¿Nada de pesadillas?

La sonrisa de Cat Noir se ensanchó.

–Nada de pesadillas –confirmó.

Ella sonrió también.

–Me alegro mucho.

Cat Noir se dio cuenta de que llevaba el cabello suelto. Probablemente se lo había soltado ya la noche anterior, pero él no se había fijado. Pensó de pronto que era la primera vez que la veía sin sus coletas.

–¿Y tú? –le preguntó–. ¿Has dormido bien?

–Sí –respondió ella–. Tampoco he vuelto a tener sueños raros.

–Eso está bien. –Hizo una pausa y añadió–. Lo siento mucho.

Marinette lo miró sin comprender.

–¿Por qué?

–Por las pesadillas..., por las molestias...

–Cat Noir –cortó ella–, no le des más vueltas. Todo está bien, ¿de acuerdo? Lo importante es que puedes volver a dormir. Y yo me alegro de haber podido ayudarte.

Él sonrió de nuevo. Hizo un gesto de despedida y se encaramó a la ventana.

–Gracias por todo, Marinette –le dijo.

–¿Nos vemos esta noche, pues? –preguntó ella.

Cat Noir asintió, aún sonriendo.

Momentos después, se había marchado.

Marinette se quedó pensativa. Era realmente muy temprano, pero no tenía intención de volver a dormirse.

–Vamos, Tikki, arriba –la llamó–. Hoy tenemos muchas cosas que hacer.

–¿Tan pronto? –bostezó ella–. Pero si aún quedan dos horas hasta que empiecen las clases.

–Lo sé –respondió Marinette–, pero vamos a aprovecharlas para ir a visitar al maestro Fu.


El anciano Guardián madrugaba mucho todos los días, de modo que, cuando Marinette se presentó en su consulta, ya estaba en pie y listo para comenzar la jornada.

–Marinette, pasa –la saludó–. Acabo de preparar té, ¿quieres un poco?

–Cat Noir está en problemas –soltó ella sin más.

El maestro Fu dejó la tetera sobre la mesa, preocupado.

–¿Cómo, hay un akuma? ¿Necesitas otro prodigio?

Marinette negó con la cabeza.

–Es por su última vida... tiene pesadillas... y bueno, creo que eso lo hemos arreglado, pero lo no lo de la vida, y él no quiere renunciar a su prodigio y...

–Más despacio, Marinette –cortó él maestro–. ¿Por qué no te sientas y me lo cuentas con calma?

Así, frente a sendas tazas de té, Marinette le relató al maestro Fu todo lo que Cat Noir le había contado sobre sus siete vidas.

–¿Hay alguna manera de solucionarlo? –preguntó por fin, casi sin aliento.

–Hum... –El Guardián se acarició la perilla, pensativo–. He leído algo sobre eso en el libro de los hechizos, pero aún no he podido descifrar esa parte por completo. ¿Qué te dijo exactamente Cat Noir?

–Al parecer su kwami le dijo que ha pasado con otros portadores del prodigio; pero que, cuando pierden su sexta vida, suelen renunciar al anillo para que el Guardián elija otro portador.

–Suena sensato, sí. –El maestro Fu frunció el ceño–. Pero ¿por qué no ha venido Plagg a contármelo?

–Es que Cat Noir no quiere dejar de ser Cat Noir –murmuró ella–. Ni siquiera se lo ha contado a Ladybug –concluyó con cierta tristeza.

El maestro la miró sin comprender.

–¿Cómo? Pero... ¿no me has dicho que había hablado contigo?

–Sí, pero... me lo ha contado como Marinette, no como Ladybug. Él no sabe que somos la misma persona. No quiere que Ladybug se entere porque no quiere preocuparla, y tampoco quería que lo supiese usted, por si le pedía que le devolviese el anillo.

–Hum –murmuró el maestro.

–¿Qué hacemos? –preguntó Marinette–. No tendré que pedirle que devuelva el prodigio, como hice con Chloé, ¿verdad?

El anciano sonrió.

–Eso no te corresponde a ti, Marinette. Fui yo quien escogí a Cat Noir, y si debo recuperar su prodigio, me encargaré de hacerlo personalmente.

Marinette inspiró hondo, aliviada.

–Pero no tengo motivos para exigirle que lo devuelva, por el momento –concluyó él.

–¿Cómo...? Pero...

–Es un buen Cat Noir –prosiguió el maestro–. Ha luchado a tu lado con valentía y ha estado a la altura. Todavía lo está.

–Sí, por supuesto, pero... pero si vuelve a caer en la batalla, yo...

–Muchos héroes antes que él se han sacrificado por un bien mayor. Si él está dispuesto a seguir sus pasos, es libre de hacerlo, y es muy noble por su parte. Pero tampoco podemos exigirle que lo haga. Si cambia de idea y entrega su anillo, escogeré a otro Cat Noir en su lugar.

–Pero...

–En cualquier caso es una decisión que debe tomar él, Marinette.

Ella desvió la mirada, angustiada.

–Es que creo que lo hace por mí..., por Ladybug –se corrigió–. Si es así, y le pasa algo..., no me lo perdonaría nunca.

El maestro Fu sonrió con simpatía.

–¿Conoces sus verdaderas razones?

–No –admitió Marinette–. No sé mucho sobre él, en realidad. Hemos mantenido las distancias... para no dar pistas sobre nuestras verdaderas identidades.

–Y, sin embargo, confía en ti.

–En Marinette, sí. Pero aún no sé por qué.

El maestro Fu sonrió de nuevo.

–Quizá tú puedas darle motivos para que cambie de idea –sugirió–. Pero, de todos modos, la decisión debe tomarla él.

Marinette permaneció en silencio, muy confusa. Había esperado que el maestro le ofreciera una solución rápida y sencilla al problema de Cat Noir, como quien saca una joya mágica escondida en un cofre secreto, pero solo había obtenido más preguntas sin respuesta.

–Investigaré en el libro de hechizos de todos modos –dijo por fin el anciano, y ella dejó escapar un suspiro de alivio–. Mientras tanto, lo único que puedo aconsejaros es que tengáis cuidado. Y si Cat Noir no confía en Ladybug, por las razones que sean..., tal vez Marinette pueda seguir apoyándolo. Sea cual sea la decisión que tome.

Marinette asintió.

–Por supuesto, maestro.


Aquella tarde, Lepidóptero atacó de nuevo. El villano que acababa de crear tenía el poder de manipular las plantas, y había hecho crecer todos los árboles, macizos y matorrales de París hasta convertir la ciudad en una selva. Había enredaderas que aprisionaban a la gente y enormes plantas carnívoras capaces de devorar a una persona de un bocado. Había flores venenosas y raíces traicioneras que aferraban a sus víctimas por los tobillos para hundirlas en el suelo.

Cat Noir logró escapar de las lianas que trataban de atraparlo y se encaramó a lo alto de un tejado que todavía no había sido tomado por la vegetación. Desde lejos podía oír al villano, que se hacía llamar el Jardinero, proclamando que sus plantas conquistarían la ciudad, capturarían a los héroes y les arrebatarían sus prodigios.

Sintió de pronto una presencia a su lado y se volvió con una sonrisa.

–Buenas tardes, milady; ya creía que ibas a dejarme plantado –bromeó, pero se calló de inmediato al darse cuenta de que Ladybug no llegaba sola.

–Hola a ti también, gatito –saludó Rena Rouge.

–¿Rena...? Pero...

Cat Noir miró a Ladybug; ella se encogió de hombros con una sonrisa.

–Un poco de ayuda nunca está de más, ¿no te parece?

–Tienes razón –asintió él–. Bienvenida a la jungla, Rena –la saludó–. ¿Preparada para una batalla salvaje?

–Siempre, gatito –respondió la superheroína.

Pero por dentro, Cat Noir aún sentía dudas. Ladybug solo recurría a otros héroes cuando estaba claro que ellos dos no serían capaces de derrotar a su adversario solos. Porque los dos sabían que era peligroso que visitara demasiado a menudo al maestro Fu, sobre todo cuando estaba transformada en Ladybug.

Sin embargo, en aquella ocasión ella se había presentado con Rena antes incluso de valorar la situación.

–¿Tienes un plan? –le preguntó Cat Noir.

Ladybug frunció el ceño, pensativa.

–Todavía no –admitió–. Espéranos aquí, Cat Noir. Rena y yo nos acercaremos a valorar la situación. Quizá podamos tenderle una trampa.

–¡Pero... espera! –la llamó él cuando las dos heroínas ya estaban a punto de marcharse–. ¿Qué tengo que hacer aquí? ¿Por qué me dejáis atrás?

Rena también parecía confusa. Ladybug balbuceó:

–Por si... nos atrapan las enredaderas, ya sabes..., necesitaremos que nos liberes con tu Cataclysm. ¡Contamos contigo!

–¡Pero...!

No tuvo tiempo de terminar la frase: las dos chicas ya se habían marchado.

Cat Noir resopló, molesto, y se sentó a esperar.

Unos momentos después se levantó de un salto al detectar un resplandor en la lejanía. Lo observó con atención y descubrió que se trataba de un edificio en llamas. Una columna de humo negro se elevaba hacia el cielo desde allí.

Cat Noir, alarmado, se dispuso a acudir corriendo, pero justo entonces recibió una llamada de su compañera.

–¡Ladybug! –exclamó–. ¿Has visto eso?

–¡Sí, no te preocupes, es una trampa!

–¿Cómo?

–¡Es una ilusión de Rena! El edificio está junto al jardín que quería proteger el akuma. Vamos a atraerlo hasta aquí para capturarlo.

–¡Pero...!

–¡Necesito que te quedes ahí por si intenta escapar por ese lado!

–¡Pero...!

Ladybug cortó la comunicación, y Cat Noir se quedó parado en lo alto del tejado, perplejo.

–¿Qué está pasando aquí? –se preguntó en voz alta.

Casi parecía que Ladybug lo estuviese manteniendo al margen de la batalla a propósito. Sacudió la cabeza. Aquello no tenía sentido. Probablemente estaba sacando las cosas de quicio porque estaba decepcionado por no poder pasar un rato a solas con ella.

De modo que permaneció atento al horizonte, buscando señales del villano.

Pero ni siquiera llegó a verlo. Momentos después, el fuego desapareció y una bandada de mariquitas mágicas recorrió todo París, eliminando las plantas y devolviendo a la ciudad su aspecto habitual.

Cat Noir contempló el fenómeno con una mezcla de sentimientos encontrados. Por un lado estaba contento porque las chicas habían derrotado al villano con tanta facilidad. Por otro...

Se sentía inútil. Porque cada día que pasaba le resultaba más evidente que Ladybug no lo necesitaba.

Y también estaba aquella molesta idea que no se atrevía a tomar en serio, pero que seguía ahí, en algún rincón de su conciencia: que Ladybug prefería no contar con él. Que lo consideraba un estorbo.

Esperó un rato más, pero ni ella ni Rena volvieron a aparecer por allí. Desalentado, Cat Noir buscó un lugar tranquilo para transformarse y se esforzó por apartar aquellas sospechas de su mente.


Aquella noche volvió a visitar a Marinette, y ella lo recibió con una cálida sonrisa.

–¡Cat Noir! –exclamó–. Me alegro mucho de que hayas venido. Estaba un poco preocupada, con todas esas plantas atacando a la gente...

–Ladybug lo solucionó, como siempre –respondió él, sonriendo a su vez–. Ya ves: no tienes nada que temer.

Pero ella negó con la cabeza.

–No temía por mí –murmuró con cierta timidez, y Cat Noir sintió una súbita calidez en el corazón.

–Tampoco debes temer por mí –respondió–. Estoy bien, de verdad. Mucho mejor ahora que no tengo problemas para dormir.

Se tendieron el uno junto al otro y, por alguna razón, los dos encontraron perfectamente natural que ella apoyara la cabeza en el pecho del chico. A Cat Noir también le pareció lógico rodear a Marinette con un brazo para acercarla más a él.

Habían aprendido que estar juntos era la mejor manera de mantener a raya las pesadillas.