El siguiente akuma pilló a Marinette completamente desprevenida.

Había ido al cine con sus amigos; por eso todos tenían los móviles apagados, incluso Alya, y solo se dieron cuenta de lo que sucedía cuando salieron a la calle y se encontraron con una oleada de gente que corría y gritaba de terror.

–¡Viene hacia aquí! ¡Viene hacia aquí! –chillaba una mujer.

–¿Qué demonios está pasando? –se preguntó Alya, perpleja.

De pronto sonó algo parecido a una explosión, y después otra. Marinette salió corriendo y dobló la esquina para asomarse a la calle de donde procedía el sonido.

Vio una figura vestida de blanco y rojo que ejecutaba piruetas imposibles entre los edificios. «Otro supervillano», pensó. Desde allí no podía distinguir si se trataba de un hombre o una mujer, pero sí se dio cuenta de que llevaba un objeto alargado en la mano, parecido a una pala. La levantó en alto, lanzó al aire algo redondo y brillante y le asestó un poderoso golpe con su arma, enviándolo muy lejos.

«No es una pala», comprendió Marinette. «Es una raqueta de tenis».

En cuanto la bola brillante tocó el suelo estalló como una bomba, lanzando por los aires coches y mobiliario urbano. Marinette se cubrió la cara con los brazos para protegerse de la onda expansiva, pero Alya, que la había seguido, tiró de ella para resguardarla tras la esquina.

–¿Te has vuelto loca? –le gritó.

Marinette apenas la oía, porque le zumbaban los oídos tras la explosión. Iba a responder, pero el villano pasó corriendo junto a ellas, y las dos chicas se pegaron a la pared, tratando de pasar inadvertidas.

Parecía, en efecto, un jugador de tenis. Su traje, rojo y blanco, estaba decorado con motivos flamígeros. Sus zapatillas de deporte estaban propulsadas por pequeños cohetes que le permitían elevarse en el aire y saltar hasta alturas imposibles.

Y llevaba, en efecto, una raqueta en la mano.

«Tengo que darme prisa», pensó Marinette. Debía ir corriendo a casa del maestro Fu para pedirle otro prodigio... probablemente el de la tortuga sería el más útil en ese momento, pensó, mirando de reojo al portal donde se habían refugiado el resto de sus amigos, y desde donde Nino contemplaba con angustia a las dos chicas.

El villano se detuvo entonces en mitad de la calle. Les daba la espalda y aún no las había visto, pero Marinette comprendió que no podría salir de su escondite sin que la descubriera. Lo vieron crear una bola de energía en la palma de su mano izquierda.

–¡Soy Racket Man! –exclamó–. ¡Dame tu prodigio, Cat Noir, o tú también saltarás por los aires!

Marinette descubrió entonces, horrorizada, una segunda figura vestida de negro que saltaba entre los edificios con insolencia, tratando de provocar la ira del akuma.

–¡Ven tú a buscarlo, Racketonto!

El villano, con un rugido de furia, lanzó la esfera explosiva al aire y la golpeó con todas sus fuerzas.

–¡No! –gritó Marinette al ver que el proyectil iba directo al superhéroe felino.

Pero Cat Noir saltó a un lado en el último momento, y la bola estalló apenas a un metro de él. Y, aunque la onda expansiva lo desestabilizó un poco, logró volver a equilibrarse y aterrizar sin problemas.

–¡Vaya saque más flojo! –se burló–. ¿Eso es todo lo que tienes?

Pero Racket Man no lo escuchaba. Se había dado la vuelta y había descubierto a las dos chicas tras la esquina.

–Mal, mal, mal –masculló Alya entre dientes.

–Vaya, vaya, qué tenemos aquí –sonrió el villano.

Avanzó un par de pasos hacia ellas. Pero entonces el extremo del bastón de Cat Noir lo golpeó en la nuca y lo hizo volverse, irritado.

–¡Eh, no dejes el partido a mitad! –le reprochó el superhéroe–. ¿O es que tienes miedo de perder?

–¡Nunca! –bramó Racket Man.

Momentos después se había olvidado de ellas y perseguía a Cat Noir por la avenida principal.

Alya tiró a Marinette de la manga.

–¡Vamos, corre!

Ella reaccionó por fin, y las dos chicas se reunieron con el resto de sus amigos en el portal.

–Es peligroso estar aquí –dijo Nino–. Han dicho en las noticias que algunos edificios viejos se están derrumbando por culpa de las explosiones.

Alya objetó que tenía que cubrir la batalla para el Ladyblog, y Nino, Rose y Juleka trataron de convencerla para que los acompañara a un lugar seguro. Marinette, entretanto, no sabía qué hacer. Si iba a casa del maestro Fu tardaría mucho, y no quería dejar solo a Cat Noir.

Una nueva explosión cercana los obligó a salir de su escondite. El grupo corrió calle abajo en busca de un lugar más seguro para refugiarse, pero Marinette se quedó atrás a propósito y, cuando nadie la miraba, se ocultó en otro portal.

–No podemos perder más tiempo, Tikki –le dijo a su kwami–. ¡Puntos fuera!

Ya como Ladybug, salió de su escondite y corrió hacia el lugar de la batalla.

Llegó justo cuando el villano lanzaba otra de sus bolas explosivas contra Cat Noir. Sin pensarlo dos veces, enganchó el yoyó en una farola y se lanzó hacia su compañero.

Lo agarró en el último momento y se elevó con él hacia los tejados. Una vez lejos del alcance de Racket Man, los dos superhéroes se detuvieron un momento a recuperar el aliento.

–Gracias por el cable, milady, pero me las estaba arreglando bastante bien solo –sonrió Cat Noir.

–Bueno, una pequeña ayuda nunca viene mal –respondió ella.

–Hablando de ayudas... –empezó Cat Noir, y miró significativamente a su alrededor–. ¿No vienes acompañada hoy?

Ladybug vaciló.

–Había pensado en traer a Carapace, pero...

–Muy buena idea –aprobó su compañero–. Su escudo nos protegerá de las explosiones.

–Pero no he tenido tiempo de ir a buscarlo y...

–Ve ahora, entonces; yo retaré a nuestro amigo a un par de sets más.

–¡No! –se le escapó a Ladybug.

Cat Noir se volvió para mirarla, desconcertado.

–¿No? –repitió–. ¿Por qué no? ¿Tienes otro plan?

Ladybug no había tenido tiempo de pensar en un plan alternativo, pero no podía dejar a Cat Noir solo con aquel villano tan peligroso. Lo había hecho otras veces, era parte de la estrategia: su compañero se quedaba luchando mientras ella iba a visitar al maestro Fu.

Pero eso había sido antes de descubrir que a Cat Noir solo le quedaba ya una vida. Que, si moría en la batalla, ella no podría salvarlo.

Sin embargo, como su obstinado compañero le había explicado todo aquello a Marinette, pero no a Ladybug, ella debía seguir fingiendo que no lo sabía.

–La verdad es que... –empezó, sin saber muy bien qué decir.

–¡Ladybug, cuidado! –gritó entonces Cat Noir.

La superheroína lo vio abalanzarse hacia ella justo antes de que una nueva detonación retumbara en sus oídos e hiciese temblar otra vez los cimientos de París. Ladybug, sin aliento, sintió que Cat Noir la envolvía entre sus brazos para protegerla de la violencia de la explosión, que los lanzó a ambos contra una pared. Los dos chocaron, y el muro se derrumbó sobre ellos. Ladybug, sin embargo, apenas sufrió daños, porque el cuerpo de Cat Noir se había llevado la peor parte.

–¿Dónde estáis? –oyó que gritaba Racket Man–. ¡No podéis abandonar el partido a mitad, cobardes!

Con el corazón latiéndole con fuerza, Ladybug se aferró a su compañero y escuchó con atención. Oyó una segunda explosión, mucho más atenuada, y comprendió que el villano estaba ya lejos de ellos.

–¿Cat Noir? –susurró, pero él no respondió.

Inquieta, apartó los cascotes que los cubrían a ambos y examinó el rostro del héroe.

Reprimió una exclamación de horror.

Estaba muy pálido, y tenía una herida sangrante en la sien.

–No, no, no –musitó Ladybug–. Gatito, no, por favor, no te vayas.

Comprobó con alivio que aún respiraba, aunque seguía inconsciente. «Tengo que sacarlo de aquí», pensó.

Lo incorporó con cuidado, pasó el brazo de él por encima de sus propios hombros y lo sujetó con fuerza antes de lanzar su yoyó lejos de allí.

Durante el trayecto de vuelta a casa, Ladybug pudo comprobar los estragos que Racket Man estaba causando en la ciudad. Edificios semiderruidos, coches destrozados, cráteres en el asfalto... Seguro que a aquellas alturas había ya muchos ciudadanos heridos, o quizá algo peor. La heroína se sintió un poco culpable por dar la espalda a la batalla. «Lo solucionaré todo después», se prometió a sí misma.

Llegó por fin a su casa, entró por la ventana y depositó con cuidado a Cat Noir sobre la cama.

–Puntos fuera, Tikki –susurró, y volvió a transformarse en Marinette.

–¿Qué has hecho? –preguntó el kwami con desconcierto.

Marinette contempló un instante el rostro de Cat Noir, pálido como la cera, y le entró el pánico de pronto.

–¡Ay, Tikki, no lo sé! ¿Debería haberlo llevado al hospital? ¿O haber llamado una ambulancia? ¡Quizá no debería haberlo movido! Si tiene lesiones graves...

–Cálmate, Marinette.

Ella respiró hondo un par de veces hasta que consiguió tranquilizarse un poco.

–No sé en qué estaba pensando, solo...

«Tenía que ponerlo a salvo», pensó de pronto. Por eso había llevado a Cat Noir a su propia casa, donde, al parecer, podía protegerlo incluso de sus propias pesadillas.

Oyó una explosión lejana y alzó la cabeza, inquieta.

–Debemos volver, Marinette –urgió Tikki–. Ese villano está destruyendo la ciudad.

–Pero no puedo dejarlo así –murmuró ella, lanzando una mirada angustiada al superhéroe inconsciente.

Se dio cuenta entonces de que la herida de su sien seguía sangrando. Aliviada por tener algo por dónde empezar, Marinette fue a buscar el botiquín y procedió a limpiársela con una gasa empapada en agua oxigenada. Mientras lo curaba, los párpados de Cat Noir temblaron y, un instante después, el chico abría los ojos, aturdido.

–¿Ma... Marinette? –balbuceó.

–Quédate quieto un momento –respondió ella–. Te has dado un buen golpe.

–¿Un golpe? Pero...

Alzó su mano derecha y la contempló con cierta extrañeza.

–Todavía soy Cat Noir –murmuró.

Se oyó entonces otra explosión a lo lejos, y sus orejas felinas se irguieron, alerta.

–¿Qué ha sido eso?

–Un... villano. Con una raqueta de tenis y pelotas explosivas.

Cat Noir se incorporó, alarmado.

–¿Qué? ¿Cómo? ¿Dónde estoy? ¿Y Ladybug?

Marinette lo sujetó por los hombros con suavidad.

–Tranquilo, quédate quieto un momento. Te afectó una de esas explosiones y perdiste el sentido, y... Ladybug te trajo aquí... para que te recuperaras.

–Pero... –Cat Noir pestañeó, perplejo–. ¿Quieres decir que ella está luchando ahora mismo contra ese tenista chiflado... sin mí?

Trató de levantarse de nuevo, pero Marinette volvió a impedírselo.

–Espera un momento. Necesito asegurarme de que estás bien.

–Pero...

–Por favor –insistió ella.

Cat Noir la miró por fin a los ojos y pareció calmarse un poco.

–De acuerdo –concedió–. Pero me siento bien, en realidad.

–No tan bien –replicó ella, mostrándole la gasa manchada de sangre–. Deja al menos que termine de curarte. Sabes que la magia de Ladybug no funcionará contigo esta vez.

Sus palabras rezumaban tanta preocupación que Cat Noir se ablandó y le sonrió.

–Estoy bien, de verdad.

Marinette alzó la mano y extendió tres dedos ante él.

–¿Cuántos dedos ves aquí?

Cat Noir amagó una sonrisa, pero le siguió la corriente.

–Tres.

–¿Tienes vista borrosa? ¿Náuseas, mareos, dolor de cabeza?

–Nada de eso –negó Cat Noir, pero de detuvo de pronto–. Bueno, quizá me duele un poco la cabeza. Y el resto del cuerpo, pero son solo magulladuras.

Ella lo miraba, no muy convencida. Cat Noir le sostuvo el rostro con la mano y la miró a los ojos.

–Marinette, de verdad, estoy bien –insistió con suavidad–. No tienes que preocuparte por mí, ¿vale?

Ella inspiró hondo y asintió.

–Vale, pero voy a curarte de todas formas.

Cat Noir se quedó muy quieto mientras Marinette le colocaba un apósito sobre la herida.

–¿Marinette? –preguntó entonces–. ¿Por qué me ha traído aquí Ladybug?

Ella se puso nerviosa.

–Yo... eh..., bueno, Ladybug quería llevarte a su casa, pero...

–¿A su... casa? –repitió Cat Noir, incrédulo.

–¡Al... hospital! –se corrigió ella–. Al hospital, claro, para que te curaran, pero yo estaba en el balcón y la vi pasar, y ella me vio a mí, y supongo que pensó que yo te cuidaría mejor y... –Pareció desanimarse de pronto–. Tendría que haberte llevado al hospital, ¿verdad? Porque parece que estás bien, pero ha sido un golpe muy fuerte y quizá tengas una conmoción o...

–Marinette –cortó él, sujetándola por los hombros–. Por cuarta vez: estoy bien. Soy un superhéroe, ¿recuerdas? No es tan fácil deshacerse de mí.

–Pero ya has perdido seis vidas –se le escapó a ella.

Cat Noir se quedó mirándola con afecto.

–No tendría que habértelo contado –murmuró.

Marinette sacudió la cabeza y trató de recuperar la compostura.

–Y entonces seguirías teniendo pesadillas, no dormirías por las noches y probablemente a estas alturas ya te habría matado algún villano. –Inspiró hondo, hizo una pausa y terminó–: Si crees que estás preparado, corre, ve a pelear. Pero ten mucho cuidado, ¿vale?

Cat Noir iba a contestar cuando una nueva detonación hizo temblar los cimientos del edificio. El rostro del superhéroe se ensombreció.

–Tengo que irme, Marinette –murmuró–. Está demasiado cerca. He de alejarlo de aquí.

Ella asintió sin una palabra. Él le sonrió.

–Gracias. Otra vez –dijo, antes de desaparecer por la ventana.

Marinette se quedó mirándolo, perdida en sus pensamientos.

–¡Marinette! –la llamó entonces Tikki.

–¿Qué? –se sobresaltó ella.

–¿No vas a ir a ayudarlo?

–¡Ah, claro! ¡Puntos fuera!


Les costó toda la tarde derrotar al villano porque Ladybug no se atrevió a dejar solo a Cat Noir para ir a buscar a otro superhéroe. Justificó su ausencia diciéndole a su compañero que, en efecto, había ido a ver al maestro Fu, pero él no estaba en casa.

–Solos tú y yo, gatito –concluyó–. Como en los viejos tiempos.

Él le dedicó una deslumbrante sonrisa.

–Vamos a ganar este último set, milady. ¿Preparada?

Cuando por fin Ladybug purificó el akuma y pronunció las palabras de su hechizo para reparar todo lo que el villano había destruido, observó de reojo a Cat Noir mientras las mariquitas mágicas recorrían todo París.

El hechizo se desvaneció, y el apósito que Marinette había aplicado a la herida de su compañero seguía allí.

Ladybug inspiró hondo. Lo sabía, claro, porque él se lo había contado, porque lo había visto en sueños. Pero ahora lo estaba viendo con sus propios ojos.

Su magia sanadora ya no funcionaba con Cat Noir.

Él se dio cuenta de que ella lo estaba mirando fijamente.

–¿Pasa algo, Ladybug? –preguntó, inseguro.

Ella decidió poner las cartas sobre la mesa.

–Tu herida no se ha curado –señaló.

Cat Noir se palpó el apósito con cuidado.

–Ah, esto... –Sonrió, incómodo–. Bueno, tu magia tenía muchas cosas que arreglar. Esto es solo un rasguño y...

–Mi magia nunca falla. ¿Por qué no te ha curado?

–Siempre hay una primera vez para todo. –Su prodigio emitió un oportuno sonido de aviso y él se despidió con una reverencia–. Tengo que irme. Que tengas una miauravillosa tarde, milady.

Y, antes de que ella pudiese añadir nada más, desapareció entre los tejados.

El corazón de Ladybug latía con fuerza.

Dormían juntos cada noche para que él no tuviese pesadillas, pero aquellos sueños tenían una función. Instalados en su cómoda rutina, les había resultado relativamente sencillo ignorar la amenaza que se cernía sobre él. Pero allí estaba, representada por aquella herida en la frente de su compañero que la magia de Ladybug no había sido capaz de sanar.

Si hubiese sido algo más grave...

Si hubiese tenido consecuencias fatales...

Ladybug se abrazó a sí misma, temblando. Tenía que volver a hablar con el maestro Fu. O encontrar alguna manera de mantener a Cat Noir alejado del peligro, porque estaba claro que, a pesar de todos sus esfuerzos, por el momento no lo estaba consiguiendo.