Marinette volvió a visitar al maestro Fu aquella misma tarde y le contó lo que había pasado después de que ella y Cat Noir derrotaran al tenista akumatizado.

–Mi magia no curó sus heridas, maestro –concluyó, angustiada–. ¿Qué habría pasado si llega a ser algo más grave?

–Hum –murmuró él, pensativo–. Cat Noir está corriendo un grave riesgo, sin duda.

–¿Ha encontrado alguna solución en el libro de los hechizos? –preguntó Marinette.

Pero el anciano negó con la cabeza.

–Lo único que he descubierto es que el prodigio debería estar inspirándole sueños premonitorios.

–Oh, sí, empezaron en cuanto perdió su sexta vida. Pesadillas en las que muere una y otra vez de forma muy desagradable. –Marinette se estremeció–. Cat Noir pasó varias noches en vela por culpa de esos sueños hasta que conseguimos solucionarlo.

El maestro Fu la observó con interés.

–¿Ah, sí? ¿Y cómo lo habéis solucionado?

–Eeeeh...

Marinette enrojeció. Ni ella ni Cat Noir le habían contado a nadie que dormían juntos todas las noches. Ellos sabían que eran solamente amigos, y en la pequeña burbuja de secretos, cariño y confianza que compartían aquello les parecía perfectamente normal. Pero Marinette comprendió de pronto que, vistas desde fuera, sus noches compartidas podían dar una impresión equivocada a cualquiera que no los conociera bien.

Por eso, entre otras cosas, Marinette no lo había contado a nadie ni tenía intención de hacerlo. Porque si lo pensaba detenidamente..., si lo decía en voz alta..., debía reconocer que no había alcanzado aquel grado de intimidad con ningún otro amigo. ¿Sería capaz, por ejemplo, de dormir en la misma cama con Nino? «A Alya no le haría gracia», comprendió. Quizá de forma puntual, en caso de emergencia y cada uno en su lado del colchón, claro. Pero no... abrazados. Todas las noches.

Enrojeció todavía más.

«Es diferente», pensó. «Cat Noir y yo tenemos mucha confianza porque somos compañeros y hemos pasado muchas cosas juntos».

Pero eso podía aplicarse solamente a ella, se recordó a sí misma. Porque Cat Noir no sabía que Marinette era Ladybug.

–¿Marinette? –la llamó el maestro Fu–. Estás muy roja, ¿te encuentras bien? ¿Tienes fiebre?

–No, es que... hace mucho calor aquí –improvisó ella, abanicándose con la mano–. El caso es que, aunque Cat Noir no tenga pesadillas, sigue estando en peligro. Algún día su mala suerte lo alcanzará de lleno, mi poder no podrá equilibrar el suyo y el golpe será fatal.

–Ahí está la clave, me temo. En el equilibrio. –El maestro pasó las páginas del libro de los hechizos en la pantalla de su tableta–. Este apartado contiene referencias al prodigio de la mariquita, pero no consigo descifrar su significado. Parece que el papel de Ladybug es importante, aunque aún no sé en qué sentido.

Marinette se volvió para mirar a Tikki, pero ella se encogió de hombros.

–Probablemente se refiera a lo de las pesadillas –murmuró la chica–, aunque estoy ayudando a Cat Noir como Marinette..., no como Ladybug.

–Hum –dijo de nuevo el Maestro Fu–. Sigue sin confiar en ti, por lo que veo.

–Creo que tiene miedo de que le obligue o le convenza de alguna manera para que renuncie a su prodigio. Tampoco ha venido a hablar con usted, ¿verdad?

El Guardián negó con la cabeza. Marinette suspiró y dejó caer los hombros, derrotada.

–Y entonces, ¿qué hacemos? Intento protegerlo como Ladybug, pero no puedo decirle que sé lo de su última vida, porque entonces acabaría descubriendo mi identidad secreta. Por otro lado, si no se lo digo... acabará pensando que ya no confío en él, porque recurro a otros héroes mucho más a menudo que antes.

El maestro Fu se acarició la perilla, pensativo.

–Estás ayudándolo con ese asunto de las pesadillas... pero lo haces como Marinette y, a pesar de todo, funciona. Así que, si no es el poder de Tikki... La clave debes de ser tú.

–Precisamente por eso, porque es Marinette y no Ladybug quien lo ayuda... he estado pensando que quizá no tiene que ver conmigo después de todo. Que a lo mejor solo necesitaba a otra persona en quien confiar. Ha dado la casualidad de que he sido yo, pero tal vez podría haberlo ayudado cualquier otro amigo.

–¿Tú crees?

–¿Qué otra cosa puede ser? Sin el traje de Ladybug, soy una chica como cualquier otra.

–Pero tú eres la elegida, Marinette –intervino Tikki–. Cat Noir y tú compartís un vínculo especial, incluso cuando no estáis transformados.

Marinette desvió la mirada, incómoda.

–Aunque eso fuera cierto, no sé qué más puedo hacer para ayudarlo. Pensaba que con lo de las pesadillas habíamos dado un paso importante, pero ¿y si lo único que hemos conseguido es que él se confíe y siga corriendo riesgos innecesarios?

–Hum –murmuró el maestro Fu, aún examinando la tableta–. Aquí habla específicamente de Ladybug, aunque podría referirse a la portadora del prodigio y no a la heroína transformada. Seguiré intentando descifrarlo, pero a veces tengo la sensación de que el texto es críptico a propósito.

–¿Por qué? –se extrañó Marinette.

–Tal vez por si el libro caía en malas manos, o quizá porque se trate de uno de esos conocimientos que debemos descubrir por nosotros mismos. –El maestro alzó la cabeza para mirarla, sonriente–. La vida está llena de enseñanzas que no pueden aprenderse en los libros, Marinette.

Ella suspiró.

–De acuerdo. Seguiré vigilándolo de cerca entonces, protegiéndolo en la medida en que pueda... y cruzaremos los dedos para que entre en razón antes de que sea demasiado tarde.


Aquella noche, cuando Cat Noir se presentó en su casa, Marinette examinó la herida de su frente.

–No tiene buen aspecto –dijo–. Debió de ser un golpe muy fuerte.

–Me cayó un muro encima, después de todo. Pero no te preocupes, estoy bien. De verdad.

Como ella no parecía muy convencida, Cat Noir dejó que le revisara de nuevo las heridas y le cambiara el apósito de la frente. Parecía que Marinette se sentía mejor si tenía la oportunidad de hacer algo por él.

Cuando se tumbaron el uno junto al otro, como todas las noches, Marinette susurró en la oscuridad:

–No has cambiado de idea, ¿verdad?

–¿Sobre qué?

–Ya sabes..., sobre lo de dejar de ser Cat Noir.

–Oh.

El superhéroe permaneció en silencio un rato. Después dijo a media voz:

–Claro que lo he pensado, pero... no puedo hacerlo, Marinette.

Ella tragó saliva. Tenía un nudo en la garganta.

–¿Ni siquiera... a pesar de lo de hoy?

–Es solo un rasguño.

–Podría haber sido mucho peor.

–Pero estoy bien, ¿vale? Estamos bien todos, así que no tiene sentido angustiarse por eso.

Se había puesto un poco a la defensiva, y Marinette rectificó:

–Tienes razón. Lo siento, no quería ser pesada.

–No eres pesada. Te preocupas por mí, y te lo agradezco de verdad, pero es que... no quiero que lo pases mal por mi culpa. Es mi decisión y soy yo quien debe asumir las consecuencias.

–Si te pasa algo irreparable, Cat Noir, no las asumirás solamente tú. Piensa en toda la gente que te quiere, con máscara o sin ella. Y no me digas que no hay nadie, porque no es verdad. Como mínimo estamos Ladybug... y yo.

Cat Noir se quedó callado, y Marinette pensó que no respondería. Pero finalmente el chico murmuró en su oído:

–Gracias, Marinette.

–¿Por qué? –se sorprendió ella.

–Por todo.

La dulzura en las palabras de Cat Noir acarició el corazón de Marinette, y ella se estremeció.

–No... no hay de qué –balbuceó.

Cat Noir no tardó en rendirse al sueño, pero ella permaneció un buen rato despierta, pensando.

Si el maestro Fu no encontraba una solución y Cat Noir no pensaba renunciar a su anillo, ¿qué sucedería la próxima vez que un akuma lo alcanzara? ¿Y si no se trataba solo de «un rasguño», como decía él? ¿Y si le producía una herida mortal, o lo hacía desaparecer, o lo transformaba en otra cosa y ella no podía devolverlo a su estado normal?

Aún entre los brazos de su compañero dormido, Marinette bajó la mirada hasta la mano de él, que reposaba sobre su cintura. En su dedo anular, el prodigio del gato negro, aún habitado por Plagg, relucía misteriosamente en la penumbra.

Marinette vaciló.

Sería tan fácil quitarle el anillo sin que él se diera cuenta, pensó. Sin traumas, sin discusiones ni peleas. Deslizó su mano en la de Cat Noir, y el chico ni siquiera se movió. Estaba profundamente dormido.

Marinette acarició su anillo con las yemas de los dedos y se estremeció.

Podría quitárselo ahora, se dijo. Se lo llevaría corriendo al maestro Fu, antes incluso de que él se despertase. Y le salvaría la vida.

Y Cat Noir ya no sería Cat Noir.

Y no volvería a confiar en ella nunca más.

Marinette retiró la mano.

No podía hacerlo. No estaba preparada para ver en su rostro... en su verdadero rostro... el dolor y la incomprensión de haberse visto traicionado por la persona en quien más confiaba.

Marinette hundió la cara en el hombro de Cat Noir, luchando por retener las lágrimas. «¿Qué debo hacer?», se preguntó. Parecía que acabaría por perderlo de una manera o de otra. Lo menos egoísta era, sin duda, arrebatarle el anillo para salvarle la vida, aunque él la odiara después y no volviese a dirigirle la palabra nunca más.

Pero Marinette no estaba preparada para afrontar las consecuencias de una acción semejante, ni para enfrentarse a la decepción de su compañero.

«Soy demasiado débil y cobarde», pensó.

–¿Marinette? –susurró entonces él, medio dormido–. ¿Qué pasa?

–Nada –respondió ella–. Lo siento, no quería despertarte.

–¿Estás bien?

–Sí. Sí, no te preocupes. Buenas noches, gatito.

–Buenas noches –respondió Cat Noir, y volvió a cerrar los ojos.

Marinette desvió de nuevo la mirada hacia el prodigio que el héroe lucía en el dedo, pero no volvió a tocarlo.


Al día siguiente, Adrián pasó un buen rato en el cuarto de baño tratando de disimular con maquillaje todos los cortes y moratones que su ropa no podría ocultar. La herida más problemática era, sin duda, la de la frente, pero él se las arregló para que pareciese más pequeña y se cambió el apósito que le había puesto Marinette por otro de color y forma diferentes. Se miró al espejo, inquieto. Esperaba que aquello bastara para despistarla.

Por si acaso, aquel día se mantuvo lejos de ella, y durante los descansos se fue a la biblioteca con la excusa de que tenía que estudiar. Por descontado, su amiga descubrió su lesión enseguida, pero Adrián le quitó importancia, le dijo que simplemente había tropezado en el cuarto de baño y se escabulló antes de que ella pudiese examinarlo más de cerca.

Resultó más difícil encontrar una explicación que pudiese contentar a Nathalie, no obstante. La asistente de su padre había contemplado el apósito horrorizada y le había preguntado por qué no había informado de aquello de inmediato.

–No quería preocupar a mi padre, Nathalie –respondió él–. No es más que un arañazo.

–¡Pero tienes una sesión de fotos la semana que viene! –exclamó ella, consultando su agenda en la tableta–. Debes comprender que tengo que informar de esto, Adrián. Hablaremos con tu padre cuando vuelvas del colegio.

De modo que, tras acabar las clases, Adrián se subió al coche con gesto abatido, tratando de prepararse para la inevitable conversación con Gabriel Agreste. Conocía el guión de memoria. Primero se preocuparía muchísimo, querría conocer todos los detalles de su «caída en el baño» y exigiría saber por qué el Gorila no la había evitado. Después le programaría una cita con el médico y haría reformas en su cuarto de baño para acolchar cualquier superficie contra la que pudiera haberse golpeado. Por último, cuando se hubiese asegurado que de verdad su hijo no tenía nada grave, lo reñiría por haber sido tan poco cuidadoso y le echaría en cara que tuviese que retrasar la sesión de fotos programada para la semana siguiente.

De pronto, el coche se detuvo bruscamente.

–¿Qué pasa? –preguntó Adrián; pero, como de costumbre, el Gorila no respondió.

El chico se asomó a la ventanilla. Había un atasco en la avenida principal, y más allá se veía algo enorme, inmenso, que volaba por encima de los coches.

–¡Un monstruo! –gritó alguien un poco más allá.

Adrián no lo pensó. Abrió la puerta, salió del coche y echó a correr antes de que su guardaespaldas pudiese detenerlo.


Marinette también vio a la criatura desde su balcón. Parecía un pájaro gigantesco, pero tenía dos pares de alas, un pico largo y curvado como el de un buitre y una larguísima cola llameante.

–¿Qué es eso? –susurró sin aliento.

–¿Será un akumatizado, Marinette? –preguntó Tikki a su lado.

–¿Como Animan, quieres decir? No lo parece... –Marinette se inclinó sobre la barandilla, tratando de ver mejor–. Me recuerda más bien al insecto gigante que nos atacó cuando luchábamos contra Lepidóptero. ¡Oh! –exclamó, volviéndose hacia Tikki–. ¿Crees que se trata otra vez del portador del prodigio del pavo real?

Pero Tikki no tuvo tiempo de responder. En aquel momento, el monstruo volador inspiró profundamente y vomitó una poderosa llamarada de fuego contra el edificio más cercano.

Se oyeron gritos de horror y sirenas de vehículos de emergencia.

A Marinette se le detuvo el corazón un breve instante.

«Cat Noir», pensó solamente.

Se dio la vuelta y salió corriendo, seguida de Tikki.

–¡Marinette! –la llamó el kwami–. ¿No vas a transformarte?

–¡Tengo que ir a ver al maestro Fu primero! –respondió ella–. ¡Creo que esta vez sí llegaré a tiempo!

Tenía que hacerlo, pensó. Tenía que conseguir refuerzos porque en cada batalla a la que se enfrentaba su miedo a no poder proteger a Cat Noir aumentaba un poco más. «Llamaré a todos mis aliados», pensó. «Primero a Carapace, luego a Rena, después a Queen Bee... o al revés, depende de a quién encuentre en primer lugar. Pero Carapace no puede faltar».

Cuando estaba a punto de llegar a la casa del maestro Fu, sin embargo, una elegante silueta vestida de negro aterrizó frente a ella y la hizo detenerse.

–¡Cat Noir! –exclamó Marinette, sobresaltada–. ¿Qué haces aquí?

–¡Da media vuelta, Marinette! –replicó él–. Hay una especie de pájaro gigante que vomita fuego como un dragón.

–¡Pero... pero... tengo que seguir!

–¡No puedes seguir por aquí! ¡Vamos, Marinette, vete a casa, es peligroso!

–¡No puedo volver ahora!

Oyeron el pavoroso chillido del ave gigante. Había sonado muy cerca, y Cat Noir no lo pensó más. Agarró a Marinette por la cintura, activó su bastón y se elevó con ella hasta los tejados de París.

Ante su sorpresa, descubrió que la chica se resistía.

–¡Suéltame, suéltame! ¡No me hagas perder más tiempo, es importante que...!

–¿De qué hablas? –cortó él, perplejo–. ¡No hay nada más importante que tu seguridad!

–¡Sí lo hay: la tuya!

Cat Noir se detuvo sobre un tejado y la miró, desconcertado.

–¿A qué viene eso ahora?

Marinette se separó de él; pero ahora no contaba con sus poderes, y estuvo a punto de perder el equilibrio sobre el tejado. Tuvo que sujetarse de nuevo a Cat Noir para no caerse.

Respiró hondo.

–Por favor, Cat Noir, llévame a donde me has encontrado –suplicó–. Tengo que hacer un recado urgente y...

–Marinette, en serio, tú no has visto a ese monstruo –cortó él–. Te llevaré a tu casa y podrás hacer lo que quieras cuando Ladybug y yo nos hayamos encargado de él. Sea lo que sea, seguro que puede esperar.

Marinette iba a replicar, pero entonces ambos sintieron una oleada de calor asfixiante. Al volver la cabeza descubrieron que el ave de fuego se elevaba por encima de los tejados, muy cerca de donde ellos estaban.

–¡Cuidado, Marinette! –exclamó Cat Noir y, antes de que ella pudiese hacer nada al respecto, saltó a un lado sosteniéndola entre sus brazos y protegiéndola con su propio cuerpo.

Se refugiaron tras una chimenea. Las llamas lamieron el tejado donde ellos se encontraban, pero la chimenea los protegió de lo peor. Cuando el monstruo se alejó, dejando escapar un escalofriante chillido, Marinette se apartó de Cat Noir, temblando.

–¿Te has vuelto loco? –gritó–. ¿Qué se supone que estás haciendo?.

Cat Noir retrocedió un par de pasos, sorprendido.

–¿Qué te pasa? ¡Solo intento protegerte!

–¡Pero yo no te lo he pedido!

De pronto, Marinette se dio cuenta de que estaba gritando. Se calló y miró a Cat Noir, que se había quedado contemplándola, dolido y desconcertado.

–Muy bien, si es lo que quieres –murmuró.

–Cat Noir, espera, yo...

El superhéroe la tomó de nuevo en brazos y la bajó hasta la calle.

–Te dejo aquí –dijo–. Me habría quedado más tranquilo si hubiese podido dejarte a salvo en tu casa, pero no quiero molestarte más. Adiós, Marinette.

–¡Espera, Cat Noir! –lo llamó ella.

Pero era demasiado tarde. El chico ya se alejaba saltando por los tejados.

Marinette se quedó a solas en el callejón con un angustioso peso en el corazón.

–Oh, Tikki, ¿qué he hecho? –murmuró.

–Tendrás que arreglarlo más tarde –respondió el kwami–. ¿Vamos ahora a ver al maestro Fu?

–Sí, pero ya no tengo tiempo de hacerlo como Marinette. ¡Puntos fuera!

Sabía que se arriesgaba mucho al acercarse a la casa del maestro Fu como Ladybug, pero Cat Noir no le había dejado opción.


Tardaron toda la tarde en derrotar al villano akumatizado, un adolescente con poder sobre el fuego que a Cat Noir le recordó un poco al Incendiario de sus primeras pesadillas. Por fortuna, Ladybug se presentó acompañada de Carapace, cuyo escudo protegió a los héroes no solo del poder del villano, sino también de su «mascota» gigante.

Cuando Ladybug purificó por fin la mariposa y la pluma que se ocultaban en la pulsera del chico, los tres héroes se detuvieron un momento para recuperar fuerzas. La magia de Ladybug sanó sus cuerpos y les devolvió las energías perdidas..., aunque no a todos.

Carapace observó a Cat Noir, que parecía cansado y abatido. Durante la batalla se había mostrado muy serio, algo que no era habitual en él.

–¿Te encuentras bien, tío? –le preguntó.

El superhéroe volvió a la realidad.

–Sí. Sí, no es nada.

Ladybug dio un paso hacia él pero se detuvo, indecisa. Carapace la miró de reojo. Pasaba algo raro entre ellos dos, se dijo. Por una vez Ladybug había estado muy pendiente de Cat Noir. Pero él no se había dado cuenta, porque parecía sumido en sus propias preocupaciones, como si su mente y su corazón se encontrasen muy lejos de la batalla. Si no hubiese sido por el escudo de Carapace, las llamaradas lo habrían alcanzado en más de una ocasión. Pero a pesar del evidente nerviosismo de Ladybug, eso no parecía preocupar a su compañero.

¿Qué les pasaba a aquellos dos? Ladybug se comportaba como si tuviesen problemas serios y no supiese cómo arreglarlos. Cat Noir, en cambio, no parecía consciente de la preocupación de su compañera y la trataba con normalidad, aunque se mostraba bastante más apagado que de costumbre.

–¿Estáis... bien? –les preguntó.

Los dos se volvieron hacia él al mismo tiempo.

–¡Claro, por supuesto! –respondió Ladybug con falsa alegría.

–Estoy perfectamente –replicó Cat Noir, un poco a la defensiva–. ¿Qué insinúas?

Él alzó las manos en son de paz.

–¡Uohh, tranquilos, tíos, era solo una pregunta! Es que nadie diría por vuestras caras que acabamos de derrotar a un pájaro de fuego gigante.

–Ah, bueno, es que para nosotros esto es algo rutinario, ya sabes –respondió Cat Noir con un guiño simpático; y por un momento a Carapace le pareció que volvía a ser el de antes.

Pero entonces su prodigio le avisó de que el tiempo de hacer heroicidades estaba a punto de terminársele, y Cat Noir murmuró algo sobre estudiar para un examen y desapareció rápidamente entre los tejados.

Ladybug se quedó mirándolo. Carapace advirtió una huella de profunda desolación en su mirada y se preguntó, una vez más, qué estaba sucediendo exactamente.

Carraspeó.

–Creo que debería devolverte el prodigio, Ladybug.

Ella volvió a la realidad.

–Sí, gracias, Nino –murmuró distraída, y él frunció el ceño.

Ladybug nunca lo llamaba por su verdadero nombre cuando estaba transformado. Estaba claro que los pensamientos de la superheroína estaban muy lejos de allí... con Cat Noir, donde quiera que se encontrase.

«Quién lo iba a decir», pensó, aún desconcertado.


Marinette se apoyó en la barandilla de su balcón con las mejillas ardiendo. Era ya de noche, pero sospechaba que Cat Noir no aparecería.

–No quería discutir con él ni hablarle de esa manera, Tikki –musitó–. ¡Es que ya no sé qué hacer! Solo intento protegerlo, pero se empeña en ponerse en peligro una y otra vez.

–Tal vez él no quiere que lo protejas, Marinette.

–¿Y quién va a hacerlo, si no?

–Sigue siendo su decisión. El maestro Fu lo ha dejado muy claro.

Marinette apretó los dientes. Quería seguir enfadada con su compañero por ser tan obstinado, pero no podía. La posibilidad de haber perdido su cariño y su confianza tras la discusión de aquella tarde le angustiaba profundamente.

Enterró el rostro entre las manos.

–¿Y si ya no vuelve más, Tikki? ¿Y si está tan enfadado que ya no quiere saber nada de mí? ¿Cómo va a enfrentarse a sus pesadillas?

–No lo sé, Marinette –respondió el kwami.

Ella permaneció un rato más en el balcón, sumida en sus tristes pensamientos. Por fin tragó saliva, tratando de deshacer el nudo que tenía en la garganta, y se dio cuenta de que estaba llorando.

Alzó la cabeza y se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Y fue entonces cuando detectó una presencia no lejos de ella.

Se volvió, aún con los ojos húmedos. Y descubrió a Cat Noir agazapado sobre el tejado.

–Marinette –dijo él.

Ella tragó saliva otra vez mientras la inundaba una indescriptible sensación de alivio.

–Solo venía a decirte –prosiguió Cat Noir, incómodo–, que si no quieres que vuelva más, entiendo que... –Se detuvo de pronto al darse cuenta de que ella estaba llorando–. ¿Estás... bien? –preguntó.

Bajó de un salto hasta el balcón, pero no se atrevió a acercarse más. Ella, sin embargo, se precipitó hacia él y lo abrazó con desesperación.

–Lo siento –susurró, con la voz ahogada por el llanto–. Lo siento mucho.

Cat Noir respiró hondo y la abrazó a su vez.

–No pasa nada –murmuró.

–No quería hablarte así –prosiguió Marinette–. Es que estoy muy asustada.

Cat Noir apoyó la mejilla en su cabeza mientras la envolvía protectoramente entre sus brazos.

–No tengas miedo, Marinette. Yo...

–No quiero perderte –dijo ella, y una oleada cálida se expandió por el pecho del superhéroe.

Cerró los ojos, reprimiendo un suspiro.

–No vas a perderme –le susurró al oído–. Te lo prometo.

Permanecieron unos instantes así, abrazados y en silencio. Después, Marinette preguntó en voz baja:

–¿Quieres... quedarte a dormir hoy también?

Cat Noir se mostró sorprendido... y esperanzado.

–¿Puedo?

–Claro que sí –sonrió ella.

De pronto se quedó mirándolo con el ceño fruncido.

–¿Qué pasa? –preguntó Cat Noir, inquieto.

–Es la tirita –respondió Marinette, alzando la mano hacia su frente; él sintió un breve acceso de pánico antes de que ella añadiera–: Se te ha caído, tendré que ponerte otra. Si... si te parece bien –añadió, insegura de pronto.

El chico sonrió.

–Claro que sí –contestó.