Algo cambió entre Cat Noir y Marinette tras la experiencia de aquella tarde. Seguían durmiendo juntos, como siempre, pero ya apenas hablaban. Y, sin embargo, ninguno de los dos lo consideró una mala señal.
Era como si ya no les hiciesen falta palabras. O como si nada de lo que pudiesen decir fuese más hermoso que escuchar en silencio el sonido de la respiración del otro, de los latidos de su corazón. De modo que se quedaban callados, abrazados en la oscuridad, simplemente disfrutando de su mutua compañía.
Por primera vez, Marinette empezó a sentir que lo echaba de menos durante el día. Hasta aquel momento, pasar las noches a su lado le había parecido agradable, como podría serlo una manta suave, un buen libro, un chocolate caliente y un sofá cómodo durante una tarde de invierno.
Ahora había algo diferente. Marinette era consciente de ello, pero se limitaba a cerrar los ojos y a disfrutar del momento. Había descubierto que le gustaba muchísimo estar así con Cat Noir, a su lado, al abrigo de su calidez y al arrullo de sus suaves ronroneos. Todavía se decía a sí misma que se debía a que estaba preocupada por él, puesto que poco a poco se iba rindiendo a la evidencia de que no había nada más que ella pudiese hacer para ayudarlo. Y se había contentado con aquella explicación, sin atreverse a pensar más allá, sin plantearse qué era aquella deliciosa sensación que la recorría por dentro cada vez que el brazo de él enlazaba su cintura, cada vez que sus dedos le peinaban el cabello con suavidad, cada vez que le daba un beso de buenas noches en la frente. «Es mi compañero y mi mejor amigo», se repetía a sí misma.
Y tenía muchísimo miedo de perderlo. Cada día que pasaba temía todavía más el momento en que caería en una batalla. Trataba de mostrarse optimista y de convencerse a sí misma de que Cat Noir entraría en razón tarde o temprano y renunciaría a su anillo.
Y entonces dejaría de ser Cat Noir. Marinette estaba convencida de que seguirían siendo amigos después, tal como él le había prometido. Pero, por descontado, dejarían de dormir juntos. Era lógico, porque se acabarían las pesadillas y no tendrían motivos para hacerlo.
Cuando pensaba en aquello se arrimaba más a él de forma inconsciente. Cat Noir la envolvía entre sus brazos, y Marinette tenía que hacer grandes esfuerzos para reprimir el suspiro que amenazaba con escapar de sus labios.
De modo que cada vez reflexionaba menos sobre todo aquello y se abandonaba a los delicados sentimientos que la presencia de su compañero empezaba a despertar en su interior.
Una noche, una tormenta los despertó de madrugada. Los dos abrieron los ojos casi al mismo tiempo cuando la lluvia empezó a golpear el techo con fuerza, y fueron conscientes de que el otro estaba despierto también. Pero no dijeron nada. Se limitaron a permanecer un buen rato en silencio, abrazados, escuchando el sonido de la lluvia.
Cat Noir pensó vagamente que, si existía la felicidad pura, debía de parecerse mucho a aquel instante. Hacía tiempo que había descubierto que dormía increíblemente bien en el acogedor cuarto de Marinette, y en noches frías y desapacibles como aquella se sentía muchísimo mejor junto a ella que en su enorme y solitaria habitación.
«Es como vivir en una burbuja», pensó de pronto. Fuera podía llover y tronar todo lo que quisiera; podía haber monstruos y villanos, y él podía contar con una única vida para enfrentarse a todos ellos. Podía haber tutoras severas, padres distantes y ausencias demasiado dolorosas como para hablar de ellas en voz alta. Podía haber horarios asfixiantes y ventanas que parecían enrejadas.
Pero allí, en aquel cálido refugio, con Marinette entre sus brazos, todo estaba bien, todo era bello y agradable, un remanso de paz, cariño y confianza.
Un pequeño paraíso.
Entonces, como si se hubiese dado cuenta de que él la estaba observando, ella alzó la cabeza y le devolvió la mirada. Y le sonrió.
Cat Noir sonrió a su vez.
«Qué guapa es», pensó de pronto.
Retumbó un trueno en la distancia y Marinette se sobresaltó durante un breve instante. Después volvió a relajarse entre sus brazos, apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos con una dulce sonrisa en los labios.
Cat Noir no podía dejar de mirarla. Había algo en ella que le resultaba tan hermoso y tan puro que casi le hacía daño en el corazón.
Cerró los ojos y respiró hondo, pero aquel sentimiento seguía allí, en su pecho, haciendo que su corazón latiese como un loco...
...Por Marinette.
Abrió los ojos de golpe.
«Me gusta Marinette», comprendió.
Pero no era posible, ¿verdad?, porque él estaba perdidamente enamorado de Ladybug.
Marinette suspiró en sueños y se acurrucó todavía más junto a él. Cat Noir la abrazó y bajó la cabeza hasta que sus labios rozaron el suave cabello de ella. La necesidad de protegerla, de cuidarla, de compartirlo todo con ella y de hacerla sonreír todos los días de su vida se volvió casi insoportable.
«Oh, no», comprendió. «Me he enamorado de Marinette».
Inspiró hondo de nuevo, pero fue peor, porque el olor de su cabello inundó sus fosas nasales y sintió de pronto deseos de besarla.
Trató de no dejarse llevar por el pánico. No podía estar enamorado de ella, ¿verdad? Marinette era su amiga. Probablemente su mejor amiga, después de todo lo que habían pasado juntos en los últimos tiempos. Y la quería mucho... pero no de esa manera.
¿O tal vez sí?
El corazón de Cat Noir latía salvajemente contra su pecho.
Marinette era una chica estupenda, pero eso lo sabía desde hace tiempo. También era guapa, pero eso podía verlo cualquiera que tuviese ojos en la cara. Al principio podía parecer torpe y tímida, pero cuanto mejor la conocía, más cualidades ocultas encontraba en ella. Era inteligente, divertida, generosa, valiente, creativa, dulce, honesta, leal... Y tenía unos ojos preciosos. Y una sonrisa maravillosa. Y Cat Noir tenía que reconocer que cada mañana le costaba más separarse de ella, y que en el fondo se alegraba de sufrir aquellas pesadillas, porque así tenía una excusa para pasar las noches a su lado, y abrazarla y...
«Oh, no».
«Oh, sí», susurró una vocecita maliciosa en su interior.
Tras un breve instante de pánico, se obligó a sí mismo a respirar hondo y tratar de poner en orden sus pensamientos. El recuerdo de Ladybug todavía latía dolorosamente en su interior pero, si tenía que ser sincero consigo mismo, aquella no era la primera vez que se fijaba en una chica que no fuera ella.
«¿Qué hago ahora?», se preguntó. «¿Qué le digo? ¿Le pido salir?»
La última vez que había necesitado consejos sentimentales se los había pedido precisamente a Marinette.
Y la vez anterior también, pensó un tanto abochornado, evocando aquella primera noche de confidencias en su balcón.
Solo que en ambas ocasiones lo había hecho bajo dos identidades diferentes y, ahora que lo pensaba, eso podría suponer un problema.
Si le confesaba sus sentimientos como Cat Noir, ¿qué pensaría ella de él? ¿Creería que su amor por Ladybug había sido una mentira? ¿Que solo estaba intentando ligar con ella porque Ladybug lo había rechazado? ¿Que era demasiado enamoradizo?
En todo caso, seguro que ya no querría que pasaran las noches juntos. Sería demasiado raro, y probablemente ella se sintiera incómoda.
Sacudió la cabeza. La relación de Cat Noir con Marinette era demasiado... extraña. No estaban saliendo juntos, pero aunque fuesen estrictamente «solo amigos», tampoco se comportaban exactamente como tales.
Era por las circunstancias, por supuesto. Las pesadillas, la última vida de Cat Noir y todo eso.
Pero aún así..., los términos de la relación estaban claros para los dos. Si él sobrepasaba esos límites, probablemente lo estropearía todo, y Marinette no volvería a mirarlo de la misma manera.
Quizá sería mejor tratar de acercarse a ella como Adrián. Sí, era cierto que ella le había dicho un par de veces que no lo veía de esa manera, pero tal vez... tal vez, con el tiempo, podían llegar a ser algo más.
El corazón le latió un poco más deprisa. Cada vez que veía juntos a Nino y a Alya sentía una cierta añoranza melancólica, y su deseo de poder compartir su día a día con alguien a quien pudiese querer de esa manera..., alguien que correspondiese a sus sentimientos..., se hacía más y más intenso.
Pero la chica de sus sueños no tenía rostro, porque no sabía qué aspecto tenía Ladybug sin máscara; tampoco podía imaginarse compartiendo situaciones cotidianas con ella, porque su vida tras la identidad de la superheroína era un completo misterio para él.
Había tratado de sustituir a aquella chica indefinida por Kagami; pero su única cita no había salido como él esperaba, y no estaba seguro de querer repetirla.
Tal vez con Marinette sería diferente.
El corazón se le aceleró de nuevo... y justo entonces evocó, precisamente, los detalles de su tarde de patinaje con Kagami.
Marinette había estado allí. Con Luka.
De pronto, Cat Noir sintió que caía sobre él una pesada sensación de abatimiento.
La primera vez que habían hablado del tema, Marinette le había confesado que ella también sufría mal de amores, pero no le había dado más detalles. Cat Noir tampoco había preguntado ni se había molestado en indagar más al respecto. Al verla con Luka, desde luego había pensado que hacían buena pareja. Probablemente se había preguntado si salían juntos ya, pero en todo caso no le había concedido mayor importancia. Sí recordaba que había tenido una sensación muy similar a la que despertaba en él la pareja formada por Alya y Nino. Y había pensado que quizá estaba a su alcance tener algo así con Kagami.
¿Sería Luka el chico por quien suspiraba Marinette? Quizá era otro el que le había roto el corazón pero, en ese caso, era evidente que Luka estaba haciendo méritos para ocupar su lugar.
«Probablemente están saliendo ya juntos», pensó, cada vez más desalentado. Ahora que lo pensaba, parecía muy obvio que a Luka le gustaba Marinette. Y probablemente a ella no le desagradaran sus atenciones. Hacían buena pareja, y lo cierto era que al verlos patinar juntos había pensado que existía una conexión especial entre ellos.
«Están saliendo, seguro», pensó, cada vez más afligido. ¿Qué posibilidades tenía él, entonces? Luka era un tipo estupendo y sin duda sabía cómo tratar a Marinette. Si se comparaba con él, sus torpes intentos por cortejar a Kagami dejaban mucho que desear.
Por no hablar de sus flirteos con Ladybug, que obviamente solo habían servido para irritar a la superheroína y alejarla de él.
Cat Noir respiró hondo, tratando de contener la angustia que empezaba a devorarlo por dentro. ¿Estaba condenado a ser rechazado por Marinette también? Si su corazón pertenecía a Luka, ¿qué podía hacer él al respecto?
«No quiero perderte», había dicho ella.
Cat Noir descubrió de pronto que él tampoco deseaba perder a Marinette. Que la quería en su vida.
Y que no volvería a verla como una amiga nunca más.
Cuando Marinette se despertó al día siguiente, comprobó un poco decepcionada que Cat Noir había vuelto a marcharse sin despedirse, a pesar de que fuera llovía todavía. «Quizá tenía prisa», pensó. Aunque hacía ya tiempo que él había tomado por costumbre despertarla con un «Buenos días» y un beso en la frente antes de regresar a su casa. A cambio, siempre se llevaba un croissant, un brioche o un trozo de quiche que Marinette había dejado cuidadosamente envuelto en la estantería para él.
En esta ocasión, sin embargo, el paquete con el desayuno de su compañero seguía en su sitio.
–¿Habrá pasado algo, Tikki? –se preguntó, inquieta de pronto.
Consultó su teléfono móvil, pero no había ninguna alerta en el Ladyblog. Todo parecía en calma.
En cambio constató, horrorizada, que era tardísimo. Como Cat Noir no la había despertado, había dormido más de lo que debía.
–Ya ajustaré las cuentas con ese gato más tarde –refunfuñó mientras se vestía a toda prisa.
Adrián la vio entrar en clase apresuradamente y alzó la cabeza de forma automática.
«Marinette», pensó, y de pronto ya no existía nada más en el mundo. Se obligó a sí mismo a bajar la mirada para no girar la cabeza y seguir observándola descaradamente mientras ella se sentaba en su sitio, murmurando una excusa bajo la mirada de reproche de la profesora.
Le costó mucho concentrarse en clase. Jamás había sido tan consciente de la presencia de Marinette a su espalda, en el banco de atrás, tan cerca que podía oírla cuchichear con Alya, tan cerca que, si se diera la vuelta, podría tocarla con solo alargar la mano.
Aún no sabía cómo enfrentarse a aquel nuevo sentimiento. Le había dado muchas vueltas a la idea de pedirle una cita, pero la posibilidad de que ella lo rechazara porque estaba saliendo con Luka lo echaba para atrás.
Había otra cosa que lo turbaba, y era el hecho de que, dadas las circunstancias, no le parecía correcto seguir pasando las noches junto a Marinette sin decirle lo que sentía por ella. Probablemente, si se lo confesaba, ella decidiría que lo mejor sería mantener las distancias. Y Cat Noir dejaría de dormir a su lado.
Pero si no se lo decía..., sería como mentir, en cierto sentido. Como si se aprovechara de su generosidad para pasar más tiempo a su lado.
«No sería exactamente una mentira, porque es verdad que tengo pesadillas, es verdad que solo me queda una vida», se decía. Pero Marinette le estaba haciendo un favor a un buen amigo. No a un superhéroe desconocido que se había enamorado de ella.
«No soy un desconocido», pensó. «Soy Adrián, somos amigos».
Pero ella no lo sabía. ¿Qué pensaría si supiese que era él quien dormía a su lado todas las noches? ¿Le parecería bien? ¿Se sentiría engañada? ¿Se lo contaría a Luka? ¿Qué pensaría Luka de todo aquello, si es que realmente era su novio? Si Marinette tuviese novio, ¿habría invitado a un desconocido a compartir su cama todas las noches? ¿Aunque fuera solo un amigo? ¿Y si ese amigo quería ser para ella algo más que un amigo?
A Adrián le daba vueltas la cabeza. Hasta la noche anterior, había asumido con absoluta naturalidad todo lo que le estaba pasando con Marinette. Ahora, de pronto, lo asaltaban todo tipo de dudas al respecto.
–Deberías pedirle salir.
–No es tan fácil, ¿sabes? –murmuró.
De pronto se dio cuenta de que aquella voz no había sonado en su cabeza, y que tampoco era la de Plagg. Parpadeó y apartó por fin los ojos de Marinette (porque, en efecto, había estado observándola otra vez) para centrarlos en su amigo Nino, que se había sentado a su lado.
–¿Qué?
–¿Qué?
–¿De qué estamos hablando?
–Bueno, antes estábamos hablando del examen de mates –respondió Nino–. O al menos, de eso he estado hablando yo los últimos cinco minutos, antes de darme cuenta de que tú no me estabas escuchando.
Adrián esbozó una sonrisa de disculpa.
–Lo siento, estaba distraído.
–Tío, eso es evidente. Ahora en serio, ¿por qué no le pides salir?
–¿A quién?
Nino le dirigió una mirada de reproche.
–Tíiiiiooo... –Como Adrián no dijo nada, prosiguió–: ¿De verdad no sabes por qué estoy aquí sentado contigo, y no con Alya? ¿Y por qué ella se ha llevado a Marinette a la otra punta del patio y no deja de entretenerla con excusas absurdas, a pesar de lo cual tú no has dejado de mirar en su dirección desde que hemos salido de clase?
–Perdona..., pero me he perdido –murmuró Adrián, muy confuso.
Nino suspiró.
–Lo hemos notado todos, Adrián. Todos. Incluso Lila, que ha sido la última en llegar a la clase. La forma en que tratas a Marinette. La forma en que la miras. Pero lo de hoy... –Alzó las manos y las dejó caer con impotencia–, lo de hoy supera todos los récords. ¿Por qué no haces algo ya? ¿A qué estás esperando?
–¡Yo no...! –Se detuvo un momento y se quedó mirando a su amigo, perplejo–. ¿Te ha enviado Alya para hablar conmigo sobre Marinette?
–Ya lo vas pillando. Pero, de verdad, Adrián, ¿qué te pasa? ¿Te gusta o no? ¿Le vas a dar una oportunidad o te lo vas a seguir pensando?
–¿Una... oportunidad? –repitió él, abatido–. ¿Me la daría ella a mí?
Nino parpadeó desconcertado.
–¿De qué estás hablando?
–Está saliendo con Luka, ¿lo sabías? El hermano de Juleka, el que toca la guitarra en su grupo.
–¿Saliendo con...? ¡Qué va! ¿De dónde te has sacado eso?
–Tuvimos una doble cita en la pista de hielo, yo invité a salir a Kagami, la nueva chica del equipo de esgrima, y bueno..., Marinette vino con Luka.
–Sí, lo sé.
–¿Lo... sabes? –se sorprendió Adrián–. Yo no te lo había contado.
–Marinette se lo contó a Alya, y Alya me lo contó a mí –resumió Nino–. Tío. En serio. ¿De verdad no sabes de qué va todo esto?
Adrián pestañeó, perplejo.
–¿No? –tanteó, inseguro.
–¿De verdad crees que Marinette está saliendo con Luka? ¿Marinette?
–Bueno, ¿y por qué no? Es una chica estupenda, y Luka es un tío majo, y hacen buena pareja... y tú no los viste patinando, Nino, era alucinante lo compenetrados que estaban.
Ante su sorpresa, su amigo dejó escapar un gruñido de impotencia y enterró la cara entre las manos.
–Alya me va a matar, porque Marinette no querría que te enterases así, pero es que, de verdad, no puedo quedarme aquí sentado y seguir escuchándote sin más.
–¿De qué estás hablando?
–Tío. –Nino se volvió hacia él y lo miró fijamente a los ojos–. Marinette está perdidamente enamorada de ti.
Adrián tardó un poco en procesarlo.
–Es una broma, ¿verdad?
Nino negó con la cabeza, aún muy serio. Un súbito rubor coloreó las mejillas de Adrián.
–¿De... mí?
–Desde hace un montón de tiempo. ¿A qué crees que vienen tantos tartamudeos y tropezones cada vez que le diriges la palabra? Marinette es torpe y tímida, pero no tanto.
–Pero... pero... no puede ser.
–¿De verdad no lo sospechabas siquiera? Tío, ¿no viste el programa de Jagged Stone? ¿Las fotos de su cuarto? ¿Por todas partes?
Adrián enrojeció todavía más.
–Sí, sí, claro, pero me dijo... que era una fan, que yo no le gustaba de esa manera.
–¿Y tú la creíste?
Adrián le devolvió una mirada repleta de incomprensión.
–¿Por qué iba a mentirme sobre algo así?
Nino suspiró.
–Porque no se atreve a confesarte sus verdaderos sentimientos, Adrián. Tiene pánico al rechazo.
–Pero...
Adrián sacudió la cabeza, mareado. El corazón le latía con tanta fuerza que parecía que se le iba a salir del pecho. ¿Podía ser verdad? ¿Podía ser realmente tan afortunado?
Nino prosiguió, sin piedad:
–Y tú vas y le pides ayuda... ¡para cortejar a Kagami! ¿En qué estabas pensando?
–Pero... ¡pero ella se ofreció a ayudarme!
Nino le dirigió una mirada de lástima.
–Es Marinette. ¿Qué esperabas que hiciera?
De pronto, una inmensa sensación de tristeza de abatió sobre Adrián. Si lo que Nino decía era verdad..., si Marinette lo quería de esa manera..., si él había malinterpretado todas y cada una de las señales...
–Oh, no –murmuró, horrorizado–. ¿De verdad... le gusto? ¿Y le dije...?
–Que a ti te gustaba Kagami, sí.
Adrián hundió el rostro entre las manos.
–Es una metedura de pata épica, ¿verdad? –musitó, abochornado.
Nino lo miró con simpatía.
–Está bien que lo sepas por fin –dijo–. Si no sientes lo mismo por ella, al menos tendrás más cuidado de ahora en adelante. Y si la correspondes..., bueno, ya va siendo hora de que hagas algo, ¿sabes? Porque Marinette es una gran chica, y no te va a esperar eternamente.
Adrián temblaba. Aún tenía las mejillas ardiendo.
–¿Me diría... me diría que sí?
–Absolutamente.
Adrián respiró hondo varias veces. Aún tenía que asimilar toda aquella información, pero si Nino estaba en lo cierto..., si Marinette le correspondía...
...Aquello lo cambiaba todo.
NOTA: Este capítulo podría llamarse también "Caída del guindo". Aún estoy esperando que Nino tome cartas en el asunto en la serie, por cierto. Vamos, Nino, no seas cruel. Adrien te ayudó a ti en la misma situación. ¡Se lo debes!
