–¿Te lo dije o no te lo dije? –le espetó Plagg–. Y tú me mirabas como si estuviese loco y repetías: «No, Plagg, es solo una amiga» –concluyó, imitando la voz de Adrián.

El chico solo sonrió.

–Vale, tenías razón.

–Me alegro mucho de que lo admitas por fin. Ya era hora.

Habían vuelto a casa durante la pausa para el almuerzo, y Adrián desvió la mirada hacia la ventana de su cuarto. Seguía pareciéndole un inmenso mirador enrejado que le permitía contemplar el mundo pero lo mantenía apartado de él. Al menos, así había sido hasta que el prodigio del gato negro había aparecido en su vida.

Pensó con nostalgia en Marinette y en el resto de sus amigos, que en aquellos momentos estarían comiendo juntos en la cafetería del instituto. Su padre no se lo permitía; lo obligaba a volver a casa todos los días en la pausa del mediodía, aunque él mismo nunca tenía tiempo para comer con su hijo. De modo que Adrián siempre pasaba aquel rato solo.

«Quizá, si insisto, pueda convencerlo para que cambie de idea y me deje comer en el colegio con los demás», pensó.

Siempre había querido poder almorzar con sus amigos todos los días, pero la posibilidad de hacerlo junto a Marinette, de pasar más ratos con ella... le parecía un sueño maravilloso que quizá tuviese al alcance de la mano, si se atreviese a dar un paso al frente.

Inspiró hondo. Si llevaba a cabo el plan que había empezado a elaborar en su cabeza, muchas cosas cambiarían. Y no todas a mejor.

Pero, por primera vez desde que había perdido su sexta vida, estaba preparado para planteárselo.

Por primera vez, sentía que valía la pena.

Se volvió hacia Plagg, que seguía parloteando:

–Y tú venga a decir: «No sabes nada del amor», «No debería pedirte consejos», blablablá, pero si me hubieses escuchado desde el principio... –El kwami se detuvo de pronto al darse cuenta de que los ojos de Adrián estaban fijos en él–. ¿Qué te pasa? ¿Por qué me miras así?

–Tengo que hablar contigo de algo importante, Plagg.

El kwami entornó los ojos, suspicaz.

–No me gusta ese tono. No me gusta nada.

Adrián inspiró profundamente de nuevo mientras trataba de organizar sus ideas.

–Voy a hablar con Marinette esta tarde –anunció.

–¿Vas a seguir el consejo de Nino? ¿Por qué a él sí le haces caso y a mí no?

–Plagg –cortó Adrián, muy serio; el kwami guardó silencio y volvió a prestarle atención–. Voy a decirle la verdad. Toda la verdad.

–¿Toda...?

–Le contaré que soy la persona a la que ha acogido en su cuarto todas estas noches. Le diré que soy Cat Noir.

–¿Qué? –gritó Plagg–. ¡Pero...!

–Y después le confesaré que me he enamorado de ella y le pediré salir. Pero solo cuando ya lo sepa todo sobre mí.

–¡Pero...!

–No puedo seguir como hasta ahora, Plagg. No puedo pasar las noches con ella sin decirle lo que siento, y no puedo hacerlo solo en una de mis identidades mientras la otra finge que Marinette es solo una amiga. No sería capaz.

–Eso nunca te preocupó con Ladybug.

–Es diferente. Ladybug también tiene una identidad secreta, es un misterio, igual que yo lo soy para ella. Marinette... es ella misma. No sería justo que yo no lo fuera.

–Claaaro –replicó Plagg con escepticismo–. Todo eso suena muy bonito, Romeo, pero el caso es que no puedes revelarle a nadie tu identidad. Ni siquiera a ella.

–Tampoco puedo seguir pasando las noches con ella sin decirle la verdad. Y si no lo hago, volverán las pesadillas. No tengo muchas opciones, Plagg. Pero tranquilo –añadió, antes de que el kwami pudiese replicar–, que después de esta tarde ya no tendremos que preocuparnos por eso.

Plagg lo miró con recelo.

–¿Qué quieres decir?

Adrián inspiró hondo y lo miró a los ojos.

–Esta tarde, después de clase, iremos a ver al maestro Fu –anunció–, y le devolveré el prodigio.

Plagg se quedó mirándolo un momento, incapaz de reaccionar.

–Así se acabarán las pesadillas –prosiguió el chico–, y el maestro podrá elegir a otro Cat Noir con siete vidas. Y después, cuando ya no tenga el anillo... iré a ver a Marinette, le contaré la verdad y le pediré salir. Como Adrián, claro, porque ya no seré Cat Noir. Nunca más. –Se le quebró la voz al pronunciar estas últimas palabras.

–Adrián... –empezó Plagg, pero él no había acabado.

–Tenía que decírtelo primero, porque si renuncio a mi prodigio..., esto es una despedida, Plagg.

El kwami voló hasta Adrián y lo abrazó con fuerza, y el chico lo sostuvo con cuidado entre sus manos.

–Lo siento mucho, Adrián –dijo Plagg a media voz.

–¿Por qué? Has sido un buen kwami, Plagg. Algo perezoso a veces, pero siempre has estado ahí cuando te he necesitado.

–Adrián, yo...

–Y espero de verdad que el nuevo Cat Noir te dé todo el queso que quieras, porque no mereces menos.

–¡Lo siento mucho! –chilló Plagg entre lágrimas–. Debería haberte contado antes lo de las vidas. Tendría que habértelo advertido, para que tuvieras más cuidado...

–Plagg. –Adrián sonrió, emocionado–. Te lo agradezco, pero no habría cambiado nada. Volvería a jugarme la vida por Ladybug igualmente. Todas las veces.

Plagg se sonó ruidosamente la nariz en el cuello de la camisa de Adrián, pero a él no pareció importarle.

–Lo séee –lloriqueó.

Adrián le acarició la cabeza, consolador, mientras su mirada se desviaba hacia la ventana. En cuanto renunciara al prodigio volvería a ser una barrera infranqueable para él. Ya no podría escapar a través de ella nunca más.

–No vas a hacerlo porque tengas miedo de morir, ¿verdad? –dijo entonces Plagg.

Adrián negó con la cabeza.

–Antes me daba más miedo volver a mi antigua vida que la posibilidad de morir –confesó–. Pero ahora...

Le latió el corazón un poco más deprisa al pensar en Marinette.

–¿Y si renuncias al prodigio, le cuentas la verdad, le confiesas tu amor... y ella te rechaza?

Adrián inspiró hondo. Era una posibilidad, por supuesto. Tal vez Marinette estuviese enamorada de su compañero de clase, pero para ella Cat Noir era solo un amigo, y quizá no asimilase bien el hecho de que ambos fuesen la misma persona. Por otra parte... ¿cómo le sentaría enterarse de que era Adrián Agreste quien había estado durmiendo a su lado todas aquellas noches?

Pero tenía que arriesgarse.

–Tal y como están las cosas, Plagg, no tengo otra opción.

El kwami meditó un instante y después asintió con lentitud.

–Lo entiendo, Adrián.

Se abrazaron de nuevo.

–Gracias por todo, Plagg.

–No, gracias a ti, Adrián. Eres el mejor Cat Noir que he tenido jamás.

El chico sonrió, emocionado, y parpadeó para retener las lágrimas que humedecían sus ojos.


Cuando volvió al colegio para incorporarse a las clases de la tarde, vio a Marinette en el patio hablando con Alya y el corazón se le aceleró.

Aquella noche ya no dormiría a su lado, pensó. Tanto si ella lo aceptaba como si no, de todos modos habría renunciado ya al prodigio y no podría entrar por su balcón. Sintió una punzada en el corazón al pensarlo. Hasta la noche anterior no había sido realmente consciente de lo mucho que habían significado para él aquellos momentos de cariño y confianza que ella le había regalado.

Si todo salía bien, quizá pudiese sustituirlos en un futuro cercano por otros recuerdos igualmente hermosos, o incluso más.

Se quedó mirándola, aún sin asimilar por completo todo lo que le estaba sucediendo. La memoria de Ladybug todavía latía dolorosamente en algún lugar de su corazón, pero la posibilidad de que Marinette estuviese a su lado como algo más que una amiga... que correspondiese a sus sentimientos... le parecía de pronto un sueño maravilloso que podía hacerse realidad, tan cercano que se sentía capaz de rozarlo con la punta de los dedos con solo estirar la mano.

–Entonces, ¿se lo vas a decir? –preguntó Nino a su lado.

Adrián inspiró hondo.

–Sí –respondió–. Pero aún hay un par de asuntos que tengo que arreglar antes que nada.

Nino lo miró de reojo.

–Guau, tío, cuánto misterio.


Aquella tarde, Adrián apenas pudo prestar atención a las clases. Era muy consciente de la presencia de Marinette a su espalda, y no veía la hora de que sonase el timbre para empezar a hacer todo lo que tenía planeado. No es que tuviese ganas de despedirse definitivamente de Plagg, y para ser sincero también estaba un poco asustado por la conversación que tenía pendiente con Marinette. Temía que ella reaccionara mal al descubrir la verdadera identidad de Cat Noir, y no había descartado del todo que, a pesar de las palabras de Nino, la chica no correspondiera a sus sentimientos. Después de tanto tiempo sufriendo el rechazo de Ladybug, ya apenas se atrevía a tener esperanzas, porque la desilusión era todavía mayor cuando soñaba con un resultado diferente.

Pero era una prueba difícil, y cuanto antes la afrontara, mejor.

Por fin sonó el timbre, y los estudiantes salieron de la clase, charlando alegremente entre ellos. Adrián se quedó un momento quieto en su sitio. Había llegado el momento.

Inspiró hondo, se puso en pie, cogió su cartera y salió detrás de sus amigos.

–¡Marinette! –llamó.

La chica se volvió hacia él, interrogante.

–A-Adrián –murmuró, y un leve rubor tiñó sus mejillas e hizo que el corazón de Adrián latiese un poco más deprisa, esperanzado–. ¿Pasa algo?

–¿Puedo... hablar contigo un momento?

Marinette cruzó una mirada con Alya, que asintió.

–Te espero fuera –le dijo, y Adrián advirtió el guiño pícaro que le dedicó.

No sabía si eso era una buena señal. Quiso considerar que sí.

Tragó saliva.

Marinette se volvió entonces hacia él y lo miró con aquellos enormes ojos azules. Y Adrián se olvidó de lo que iba a decir.

–¿Querías... hablar conmigo?

El chico volvió por fin a la realidad.

–Sí, pero... No ahora..., quiero decir...

Ella ladeó la cabeza y lo observó extrañada.

–¿Te encuentras bien?

Adrián respiró hondo un par de veces. Qué fácil había sido hablar con ella tras la máscara, pensó. Pero también había sido más sencillo con Ladybug, de todos modos.

Debía ser valiente y afrontar todo aquello sin esconderse tras la identidad de Cat Noir, por una vez.

Volvió a empezar.

–Hay algo muy importante de lo que debo hablarte –le dijo por fin–. Es... bueno, es un poco largo y ahora tengo que ir a otro sitio con cierta urgencia, y por eso me preguntaba... si podríamos vernos un poco más tarde para... hablar.

–Para hablar –repitió Marinette, perpleja.

–Sí, en un sitio más tranquilo..., a solas.

Las mejillas de Marinette se pusieron de un rojo furioso.

–¿A... solas? ¿Tú y yo?

Adrián no quería llegar tan pronto a ese punto. No sin antes decirle que era Cat Noir. Y solo se lo diría cuando ya hubiese dejado de serlo. Primero debía ver al maestro Fu.

–Sí, porque es algo... privado, y... en fin, ¿puedo pasar por tu casa un poco más tarde? ¿En una o dos horas, tal vez?

Marinette estaba tan desconcertada que tardó un poco en contestar.

–Sí..., sí, claro.

–No sé exactamente a qué hora, pero te puedo enviar un mensaje cuando vaya a acercarme, ¿de acuerdo?

A Adrián se le daba bien planificar horarios, por lo que su voz sonó más segura esta vez. Marinette respiró hondo y pareció tranquilizarse un poco también.

–De acuerdo, pero si es algo... privado, quizá mi casa no sea el mejor sitio. Recuerda lo que pasó la última vez.

–¿La última vez? –repitió Adrián, inseguro. La había visitado tantas veces como Cat Noir que no recordaba cuándo había sido la última ocasión en la que se había presentado allí con su verdadera identidad.

–Cuando estuvimos entrenando para el torneo de videojuegos –le recordó ella, un poco decepcionada porque él parecía haberlo olvidado.

–Ah..., ah, te refieres a cuando tus padres entraban todo el rato para ofrecernos la merienda.

–Para cotillear, querrás decir –corrigió ella con una sonrisa.

Adrián sonrió también. Tenía toda una colección de historias vividas junto a Marinette, y no solo bajo la máscara de Cat Noir. Eso lo animó un poco.

–¿Te parece bien que hablemos en el parque, entonces? Como aquella vez.

–De acuerdo. Espero que no venga ningún robot gigante a interrumpirnos –comentó Marinette, y Adrián sonrió de nuevo.

Poco a poco, Marinette parecía más segura de sí misma cuando hablaba con él. Le gustaba el cambio, aunque se preguntó con inquietud si no querría decir que estaba dejando de sentir algo especial por él.

Trató de no pensar en ello.

–Te mando un mensaje cuando acabe, entonces, y nos vemos en el parque. ¿Te parece bien?

–¡Perfecto! –asintió ella; se mostró inquieta de pronto–. No será nada malo, ¿verdad? Lo que tienes que contarme, quiero decir.

–No, no te preocupes.

«Espero que no lo sea», pensó sin embargo. Había muchas cosas que podían salir mal. Quizá ella se enfadara con él por haberle ocultado su identidad. Quizá lo entendiera, pero se mostrara dolida o se sintiera extraña o ya no pudiera tratarlo igual que antes.

Quizá la revelación la confundiera tanto que ya no estuviese segura de cuáles eran sus sentimientos hacia él.

«Las cosas, una a una», se recordó a sí mismo. «Y ahora toca ir a ver al maestro Fu».

–Bueno, pues nos vemos en un rato. ¡Hasta luego!

–Hasta luego.


Marinette lo vio marchar, sin saber todavía cómo debía sentirse. Por un lado, le hacía ilusión poder estar un rato a solas con Adrián. Por otro, la última vez que él le había dicho que tenía que hablar con ella, le había confesado que le gustaba Kagami.

Aún confusa, se reunió con Alya en la puerta del colegio y observó desde allí a Adrián mientras se subía a su coche. El chico se dio la vuelta y las saludó con la mano antes de entrar. Ellas le devolvieron el saludo.

–Buenoooo –canturreó Alya–. ¿Y bien? ¿Cómo ha ido?

–¿El qué?

–Tu conversación con Adrián, claro. ¿De qué quería hablar, si no es indiscreción?

–No lo sé. Ha dicho que era largo y que ahora tiene algo que hacer, pero hemos quedado para más tarde.

Alya dio un saltito emocionado.

–¡Síiiii, por fin!

Marinette se volvió para mirarla.

–¿Sabes de qué va todo esto?

Su amiga adoptó un cierto aire enigmático.

–Me han llegado ciertos rumores... de que podría ser una conversación que no olvidarás jamás.

Pero Marinette hundió la cara entre las manos con un gemido.

–Oh, no, dime que no es sobre Kagami otra vez.

–¡Marinette! –Alya le pasó un brazo por los hombros y le susurró, conspiradora–: Sabes que Adrián no es tonto. Puede que se le hayan cruzado los cables alguna vez, pero era inevitable que se diera cuenta de que eres una joya de chica. Y si está en su mano, no te dejará escapar.

Marinette se puso roja de repente.

–No puedes estar hablando en serio. Para él soy solo una amiga y...

–Las cosas cambian, la gente también. Créeme, Marinette. Mis fuentes son fiables –concluyó, y le guiñó un ojo.

–Pero... pero...

Alya sonrió, le oprimió el hombro con cariño y se despidió de ella.

–Me voy a casa, que me toca cuidar de las peques otra vez. Pero llámame esta noche y cuéntamelo todo, ¿vale?

Marinette farfulló unas palabras de despedida y contempló a Alya mientras se alejaba por la calle.

–¿De qué está hablando exactamente? –preguntó Tikki, perpleja.

–Pues..., si no he entendido mal, parece que piensa que yo... le gusto a Adrián, o algo así..., y que quizá esta tarde me lo diga o me pida una cita...

La idea le parecía tan inverosímil que no sabía cómo reaccionar.

–Pero eso es bueno, ¿no?

Marinette sacudió la cabeza.

–No quiero hacerme ilusiones, Tikki. Alya debe de estar equivocada, ¿no? –Tikki no respondió, y ella se volvió para mirarla–. ¿No? –insistió.

El kwami suspiró.

–Es posible que tenga razón esta vez. ¿No te has dado cuenta de que la actitud de Adrián... ha ido cambiando en los últimos días?

–¿Cambiando?

–Bueno, empezó hace ya tiempo, pero esta última semana se ha notado más.

Marinette reflexionó.

–¿Te refieres a que pasamos más tiempo juntos? Es normal, ya somos buenos amigos y...

No continuó, sin embargo. Porque sí que lo había notado.

Había descubierto a Adrián mirándola cuando creía que nadie se daba cuenta. Había percibido una nueva ternura en su ojos, una suavidad especial en su tono de voz cuando hablaba con ella.

Pero no había querido hacerse ilusiones.

Sin embargo... ¿y si...?

–¿Tú crees... que es posible, Tikki? ¿Que yo le guste, aunque solo sea un poco? –preguntó, vacilante.

El kwami sonrió.

–Creo que es posible, Marinette.

«Una casa, tres niños y un hámster», pensó ella.

Pero por una vez no se lanzó a soñar despierta ni se dejó llevar por sus ilusiones. Y no solo porque se lo aconsejara la prudencia.

–¿Qué te pasa? –preguntó Tikki–. ¿No estás contenta?

Sin saber por qué, Marinette evocó el rostro de Cat Noir en la penumbra de su habitación, su mirada felina, la forma en que le sonreía.

–No lo sé –musitó–. No lo sé.


El chófer dejó a Adrián en una esquina no lejos de la escuela. Nathalie llevaba unos días enferma y no había nadie que controlase su horario con la misma eficacia que ella, por lo que al chico no le resultó difícil convencerlo de que tenía programada una sesión de fotos cerca de allí. Una vez que el Gorila detuvo el coche, Adrián salió fuera y no tuvo problemas para darle esquinazo.

–Aún tenemos que andar un poco –le dijo Plagg.

Por motivos de seguridad, no había permitido que el Gorila aparcase el coche justo delante de la consulta del maestro Fu.

Adrián inspiró hondo y asintió. El kwami lo miró de reojo.

–¿Estás seguro de que quieres hacerlo?

–Lo he pensado mucho, Plagg. Es la mejor opción. Además, es lo que tú proponías desde el principio, ¿no?

–Así que reconoces que tenía razón –gruñó él; hizo una pausa y suspiró–. Te voy a echar de menos.

–Yo también –respondió Adrián, y tuvo que tragar saliva para deshacer el nudo de su garganta.

Acarició el anillo que siempre llevaba puesto. Iba a devolverlo, y después tendría que afrontar su vida sin él, renunciar a la máscara de Cat Noir...

Apretó el puño. «Vale la pena», pensó. «Vale la pena».

–Estamos a punto de llegar –informó Plagg cuando dieron la vuelta a la esquina.

Adrián se detuvo un momento y cruzó una mirada con su kwami.

–Bien... –empezó.

Pero justo entonces se oyó un grito de alarma:

–¡Un akuma! ¡Oh, es horrible! ¡Tiene un rehén!

Adrián alzó la cabeza y vio una figura que corría velozmente por los tejados, entre saltos imposibles y piruetas inhumanas. Llevaba dos bultos a cuestas, y uno de ellos parecía una persona.

–Bueno, parece que aún tenemos lucharemos juntos en una última batalla. ¿Eh, Plagg? –sonrió el chico.

Y podría despedirse de Ladybug. Tardaría un poco más en ir a ver a Marinette, pero era mejor dejarlo todo bien cerrado.

Sin embargo, el kwami seguía observando al villano que se alejaba, con los ojos muy abiertos y expresión horrorizada.

–¿Qué? –preguntó Adrián, inquieto.

–¡Se lleva al maestro Fu! –exclamó él–. ¡Y la caja de los prodigios!