Marinette dejó que Cat Noir la alzara en brazos y se la llevara corriendo sobre los tejados. Su mente era un torbellino de dudas y preguntas sin respuesta. ¿Qué había pasado exactamente? ¿Se había destransformado delante de Cat Noir? Entonces, ¿él había descubierto su identidad? ¿Qué había querido decir Tikki? ¿Había... muerto... de verdad y retornado mágicamente a la vida? ¿Y qué había pasado con el akuma y la caja de los prodigios?
¿Y si todo había sido un extraño sueño?
Apoyó la cabeza contra el pecho de Cat Noir, que la envolvía protectoramente entre sus brazos, como si sostuviera un tesoro sumamente frágil y valioso. Estaba muy callado, y Marinette temió que se hubiese enfadado con ella. Pero al alzar la mirada hacia él descubrió que temblaba de emoción y tenía los ojos húmedos.
Por fin llegaron a casa de Marinette. Cat Noir se dejó caer en el balcón y la depositó en el suelo con cuidado. Se aseguró de que ella podía mantenerse en pie por sí sola antes de abrir la trampilla que conducía a su cuarto y guiarla de la mano hacia el interior.
Marinette trató de centrarse.
–¿Qué... qué estás haciendo?
–Quédate aquí, por favor. Hay un akuma suelto. Volveré en cuanto me haya encargado de él.
–Pero...
–Por favor –insistió él, mirándola con ojos suplicantes–. Necesito saber que vas a estar a salvo.
La mirada de Marinette se desvió hacia Tikki, que flotaba junto a ella. Dio un pequeño respingo al verla tan expuesta y se volvió hacia Cat Noir. Sus ojos felinos observaron a Tikki un momento antes de volver a mirar a Marinette, como si no terminara de unir aquellas dos piezas de un puzzle demasiado complicado como para resolverlo en aquellos momentos.
Ella se esforzó por centrarse.
–Pero... pero... tengo que capturar el akuma.
Cat Noir la miró de forma extraña, como si aún le costara asimilar que aquellas palabras pudieran salir de la boca de Marinette.
–No puedo perderte otra vez –dijo con la voz rota.
Ella colocó las manos sobre sus hombros, tratando de calmarlo.
–Estoy bien, de verdad. No te preocupes por mí.
–De todas formas, Marinette –intervino Tikki–, no puedo transformarte aún. La magia que acabamos de realizar es muy poderosa y necesito recuperar fuerzas. –Se volvió hacia Cat Noir, que aún parecía algo aturdido–. Tienes que recuperar la caja de los prodigios, Cat Noir. Y asegurarte de que el maestro Fu se encuentra bien. Ya nos encargaremos del akuma después.
El superhéroe asintió, aliviado por tener algo que hacer.
–El maestro Fu –repitió.
–¿Sabrás encontrarlo?
–Creo que sí. De hecho, Plagg y yo nos dirigíamos a su casa cuando...
Se interrumpió de repente, recordando la decisión que había tomado apenas unas horas atrás. Volvió a mirar a Marinette, aturdido. ¿Cómo habían podido cambiar tanto las cosas en un solo instante?
–Ve –insistió Tikki–. Nosotras te esperaremos aquí.
El superhéroe asintió. Alzó la mano para sostener el rostro de Marinette y la miró a los ojos con tal intensidad que a ella se le aceleró el corazón.
–Marinette, yo... –empezó, pero de pronto se quedó sin palabras. Tenía tanto que decirle, tanto que preguntarle, que no sabía por donde empezar.
Ella inspiró hondo, le tomó la mano y se separó de él con suavidad.
–Vete –murmuró–. Hablaremos luego.
Cat Noir asintió; volvió a salir por la ventana y, un momento después, había desaparecido.
Marinette se quedó mirando la ventana con el corazón encogido. Aún tenía la sensación de estar viviendo alguna especie de sueño extraño.
Por fin se volvió hacia su kwami.
–No entiendo nada, Tikki. ¿Qué ha pasado?
Ella suspiró.
–Es largo de contar. ¿Te acuerdas de que luchábamos contra Daga?
La chica empezó a evocar entonces los detalles. Cuando recordó la andanada de puñales que la villana había arrojado contra Cat Noir, lanzó una exclamación de angustia.
–¡Iba a matar a Cat Noir! Y yo intenté impedirlo, y...
–Te pusiste delante de él como un escudo humano. Se supone que esa es su función, no la tuya.
–¡Pero tenía que salvarlo! Y de todos modos no ha pasado nada, ¿verdad? Porque tú nos has protegido a ambos con tu magia.
Tikki negó con la cabeza.
–Tú no eres Cat Noir, Marinette. Solo tienes una vida, y el traje no te protege de todo. Los puñales de Daga te mataron.
Marinette dio un respingo y se palpó la cara, como si esperara haberse convertido de pronto en una especie de fantasma intangible.
–Pero... pero si estoy aquí...
–Gracias a la magia del kwagatama... y del amor que sientes por Cat Noir.
–¿El amor...? Pero si yo no...
–Diste tu vida por él, Marinette. Igual que él ha perdido todas las suyas luchando a tu lado. ¿Recuerdas lo que te conté del kwagatama?
Marinette observó con curiosidad el extraño colgante que Tikki le había regalado en su último cumpleaños y se esforzó por evocar los detalles.
–Sí..., que contiene pelos de anteriores portadoras del prodigio, o algo parecido.
–No son solo pelos –protestó Tikki, un poco ofendida–. Cada cabello contiene algo de la esencia de su portadora y canaliza parte de sus poderes. En circunstancias extraordinarias, las antiguas portadoras pueden acudir en tu ayuda de forma excepcional y otorgarte su poder de creación a través del kwagatama. Pero eso requiere un sacrificio previo por tu parte. Y no hay nada que invoque el poder de las portadoras mejor que el amor de Ladybug hacia el portador del prodigio del gato negro, especialmente si ella da su vida por protegerlo.
Marinette se ruborizó.
–Pero yo... ¿cómo puede ser? Yo no estoy enamorada de él, quiero decir..., me importa mucho, claro, pero...
–Marinette –cortó Tikki con cierta impaciencia–. ¿Eres consciente de lo que acabas de hacer? Has muerto por salvar a Cat Noir. No sabías que el kwagatama reaccionaría de esa manera y, sin embargo, no dudaste en saltar hacia él para protegerlo. ¿Por qué insistes en negar que lo amas?
Ella respiró hondo y enterró el rostro entre las manos.
–No lo sé, Tikki. Creo que tengo miedo.
El kwami sonrió y voló hacia ella para abrazarla.
–Él... ya sabe que yo soy Ladybug, ¿verdad?
–Me temo que sí –respondió Tikki, abatida–. Pero era necesario para salvar tu vida..., y la suya.
Marinette alzo la cabeza para mirarla.
–Y... ¿cómo se lo ha tomado?
Tikki negó con la cabeza.
–Aún no lo sé. –Hizo una pausa y añadió con una suave sonrisa–. También él ha pasado mucho miedo por ti.
–¿Por mí? –repitió ella–. ¿Por Ladybug... o por Marinette?
–Por las dos.
Cat Noir estaba muy confundido. Habían pasado demasiadas cosas de golpe, demasiadas revelaciones, demasiadas emociones como para que pudiese asimilarlas sin más.
Pero Marinette estaba a salvo por el momento. Ya lidiaría más tarde con lo que había visto, con la presencia de Tikki junto a ella y todo lo que eso implicaba. Ahora necesitaba concentrarse en una tarea concreta para no volverse loco.
Buscó en primer lugar señales del akuma y siguió el sonido de los vehículos de la policía. Al llegar, encontró a una chica muy aturdida que estaba siendo atendida por los servicios de emergencia. Nadja Chamak le salió al paso, seguida de su cámara.
–¡Cat Noir! ¿Puedes explicarnos qué ha pasado? ¿Dónde está Ladybug? Corren rumores de que ha resultado herida...
–Son solo rumores –respondió él mecánicamente, y la apartó para dirigirse a la joven junto a la ambulancia.
Nadja lo siguió, aún parloteando.
–Claro, tienen que serlo, porque la víctima ya no está akumatizada. Pero ¿por qué Ladybug no ha arreglado los destrozos esta vez?
Cat Noir no respondió. Se inclinó junto a la chica y se esforzó mucho por pasar por alto el hecho de que había matado a Ladybug. A Marinette. «Estaba akumatizada», pensó. «No era ella misma».
Aún así, su voz sonó más fría de lo habitual cuando le preguntó:
–¿Estás bien? ¿Qué ha pasado con el akuma?
Ella pestañeó, desconcertada.
–No... no lo sé. Estaba muy enfadada porque me había cortado con un cuchillo al pelar las patatas y no podría participar en el recital de piano –Alzó la mano para mostrar su dedo vendado–. Y entonces oí una voz, y me he despertado aquí.
Cat Noir sabía que Ladybug no había purificado su akuma. ¿Cómo había vuelto la chica a la normalidad? Miró a su alrededor, pero la caja de los prodigios no estaba.
–¿Tenías un cofre cuando despertaste? –siguió preguntando–. ¿De madera, con forma octogonal?
Ella lo miró sin comprender.
–No... no recuerdo nada de eso.
Cat Noir trató de no dejarse llevar por el pánico. ¿Qué habría hecho Daga con la caja de los prodigios? Quizá, mientras él ponía a salvo a Marinette, la villana se la había entregado a Lepidóptero. Y él le había retirado el akuma para que ella no recordase nada.
Miró a su alrededor. Estaban en su barrio, muy cerca de su propia casa y de la escuela, pero eso no significaba nada. Lepidóptero podría haber ordenado a Daga que se alejase todo lo posible de su guarida antes de arrebatarle sus poderes... y, con ellos, los recuerdos de su experiencia como akumatizada.
Al menos, aquella villana en concreto ya no sería un problema. Cat Noir respiró hondo. No sabía por dónde empezar a buscar la caja de los prodigios, de modo que decidió centrarse en la segunda parte de su misión: el maestro Fu.
Se despidió de la chica e, ignorando las insistentes preguntas de Nadja, se impulsó con su bastón para elevarse hasta los tejados.
Se alejó de la multitud y se dejó caer en un callejón apartado. Allí se aseguró de que no lo veía nadie antes de volver a transformarse en Adrián.
–¡Plagg! –le dijo a su kwami–. ¿Qué está pasando?
–Muchas cosas, al parecer –respondió él, muy serio–. Pero primero tenemos que encontrar al maestro Fu.
Cuando llegaron a la casa del guardián de los prodigios, lo encontraron haciendo el equipaje. Adrián se detuvo en la entrada, inseguro.
–Pasa –le indicó el maestro Fu–. No tenemos mucho tiempo.
–No hemos conseguido recuperar la caja de los prodigios, maestro –dijo el chico, cerrando la puerta tras él–. Lo siento mucho. Han pasado muchas cosas, y todo es... muy confuso.
El maestro se detuvo y se volvió para mirarlo.
–¿Por qué? ¿Dónde está Ladybug?
Adrián abrió la boca, pero no sabía por dónde empezar a contárselo. Por suerte, Plagg tomó la palabra en su lugar.
–Ladybug dio su vida por él mientras luchábamos contra Daga y rompió la maldición del gato negro. El kwagatama de Tikki la devolvió a la vida, pero claro..., Adrián ya ha descubierto su identidad. Tardará un poco en asimilarlo todo.
–Yo en realidad venía a entregar el anillo –empezó Adrián–. Para salvar mi última vida, pero Plagg dice... que ya no hace falta.
–Es correcto –asintió el maestro Fu–. Ya no tienes una sola vida, ni tampoco siete; con el sacrificio de Ladybug, el poder de las antiguas portadoras ha roto la maldición del anillo, de modo que a partir de ahora ella podrá salvarte todas las veces que sea necesario, al igual que hace con cualquier otra persona. Tampoco tendrás más pesadillas.
El chico los miró a ambos con la boca abierta.
–¿Entonces lo sabíais... los dos? ¿Que Ladybug tenía que morir por mí para romper la maldición? Pero ¿por qué no me lo habías dicho? –preguntó al kwami.
Plagg se encogió de hombros.
–Porque Ladybug tenía que sacrificarse por ti voluntariamente. No le habría servido de nada saberlo si no estaba dispuesta a hacerlo. Tenía que salir de ella, ¿entiendes? Y de todos modos tú tampoco se lo habrías dicho. Habrías muerto cien veces antes de permitir que ella lo hiciera una sola vez por ti, así que... ¿qué sentido habría tenido?
–Eso es verdad –murmuró el chico–. Pero... pero usted –añadió, mirando al maestro Fu–, ¿usted sabía ya lo de mis vidas... y lo de mis pesadillas?
–Ladybug me lo contó. También me dijo que no querías que yo me enterase, pero estaba muy preocupada por ti y vino a pedirme consejo.
–Pero yo nunca le dije a Ladybug...
–Se lo contaste todo a Marinette –cortó Plagg, perdiendo la paciencia–. Marinette es Ladybug. Suma dos y dos de una vez.
Adrián sacudió la cabeza, pero no dijo nada.
–Querías conocer la identidad de Ladybug –añadió el kwami–. Bien, ahora ya lo sabes. ¿Qué problema hay?
–No lo sé –murmuró Adrián–. Todo es... muy complicado.
Plagg y el maestro Fu cruzaron una mirada.
–Deberías ir a hablar con ella, Adrián –le dijo el anciano–. Yo estaré bien. Y de la caja de los prodigios nos ocuparemos más adelante, cuando los dos hayáis podido asimilar todo lo que ha pasado.
Adrián se fijó entonces en la maleta del maestro.
–¿Se va de viaje? –preguntó.
–Este lugar ya no es seguro para mí. Ya me han encontrado y volverán a por mí. Soy el último guardián de la orden de los prodigios, y conozco secretos que Lepidóptero ambiciona. Pero no te preocupes, Adrián, no me iré muy lejos. Me pondré en contacto con vosotros en cuanto esté instalado en un lugar seguro. Recuperaremos los prodigios robados, no tengas ninguna duda. Mientras tanto... protege la identidad de Ladybug... y la tuya. Nuestro enemigo ha ganado esta batalla, pero no permitiremos que venza en esta guerra.
Adrián asintió.
Era ya de noche y Cat Noir aún no había vuelto. Marinette lo esperaba en su balcón, inquieta, oteando el horizonte y buscando inútilmente su figura sobre los tejados de París.
–¿Y si no viene, Tikki? –murmuró–. ¿Crees que estará enfadado conmigo?
–¿Por qué iba a estarlo? –preguntó ella, desconcertada–. Le has salvado la vida.
–Sí, pero... lo he estado engañando durante todo este tiempo. Él confió en mí porque no sabía que yo era Ladybug, y yo se lo oculté...
–Era necesario para proteger tu identidad. Tú lo sabes, y él también.
Marinette no respondió. Era consciente de que Tikki tenía razón y, de todos modos, Cat Noir no era la única persona de su entorno a la que había ocultado su identidad secreta. Ni su familia ni sus amigos lo sabían tampoco y, aunque odiaba tener que mentirles al respecto, siempre había sabido que era lo que debía hacer para protegerlos a ellos también.
¿Por qué con Cat Noir era diferente?
–Marinette –dijo de pronto la voz de él en la oscuridad, sobresaltándola.
Se volvió hacia el superhéroe, que la observaba desde el tejado, a una prudente distancia. Estaba muy serio, y a ella se le encogió el corazón. Habría dado lo que fuera por verlo sonreír.
–¿Estás bien? –preguntó Cat Noir, acercándose un poco más.
–Sí. ¿Y tú?
Él asintió y se quedó en la barandilla, a su lado, pero sin rozarla. Los dos desviaron la mirada, incómodos, sin saber por dónde empezar.
–Al parecer no hace falta que purifiques el akuma –informó entonces Cat Noir–. Lepidóptero le quitó los poderes a Daga en cuanto dejó de serle útil.
Marinette alzó la cabeza y lo miró, sorprendida.
–Entonces, ¿la caja de los prodigios...? ¿Y qué ha pasado con el maestro Fu?
Cat Noir le contó todo lo que había pasado. Utilizó un tono serio y profesional que no era habitual en él, y Marinette, que lo habría agradecido en otros tiempos, lo lamentó ahora profundamente al comprender hasta qué punto podía echar de menos sus bromas y su cariño.
–Entonces... tenemos trabajo que hacer –murmuró por fin.
–Sí –asintió Cat Noir–. Pero el maestro Fu quiere que nos demos un respiro porque dice que... tenemos cosas que asimilar –dijo, mirándola de reojo.
Marinette no pudo más.
–Cat, lo siento –soltó.
El chico se volvió hacia ella, genuinamente sorprendido.
–¿Lo sientes? ¿Por qué? ¿Por haberme salvado la vida? ¿Por haber roto la maldición? ¿Por haber estado a mi lado todo este tiempo sin que yo supiera...?
–Por haberte mentido –cortó ella–. Tú pensabas que Ladybug y yo éramos dos personas diferentes y confiaste en Marinette, y me contabas cosas... que quizá no querías que supiese Ladybug, y yo sabía que estaba traicionando tu confianza y sin embargo...
–Marinette –la interrumpió él–. Tenías que proteger tu identidad. Y puedo entender eso perfectamente porque estoy en tu misma situación, ¿recuerdas? Tampoco tú sabes quién soy yo. No sabes a quién has estado acogiendo en tu casa todo este tiempo, y lo has hecho de todos modos.
Ella desvió la mirada.
–No es lo mismo. Yo solo te conozco como Cat Noir. En cambio tú creías que estabas tratando con dos chicas distintas y has desarrollado un vínculo muy importante con las dos... porque yo lo he alentado. –Sacudió la cabeza–. No debería haberme relacionado contigo como Marinette, fue un error. Ni siquiera sé cómo hemos llegado a esto.
Cat Noir la miró con simpatía. «Porque ya éramos amigos, Marinette, porque yo te conocía del colegio y tú me conocías de nuestras aventuras superheroicas; porque podíamos fingir que no nos conocíamos, pero esa era la mayor mentira de todas. Y la verdad siempre sale a la luz, de una manera o de otra».
Pero no podía decírselo. El maestro Fu le había aconsejado que mantuviera su identidad en secreto incluso ahora que él ya conocía la de Ladybug.
Y era irónico, porque si Daga no hubiese intervenido aquella tarde, en aquellos momentos la situación habría sido completamente inversa.
Cat Noir aún no sabía cómo manejar aquel giro de los acontecimientos.
Marinette malinterpretó su silencio.
–Entonces, si no estás enfadado... ¿por qué estás tan serio? –se atrevió a preguntar.
Él inspiró hondo y tomó una decisión.
–Hay algo que debo contarte –dijo por fin–. Iba a decírtelo esta misma tarde, antes de saber... que tú eres Ladybug. –Aún le costaba trabajo pronunciar aquellas palabras en voz alta–. Pero ahora, las cosas han cambiado, y si te lo cuento..., no sé si vas a creerme. Quiero decir...
Marinette colocó la mano sobre su antebrazo.
–Puedes decírmelo –lo animó–. Puedes confiar en mí.
Él se volvió para mirarla, y ella vaciló.
–Es decir... –rectificó–, sé que quizá no confiaras en Ladybug, pero sí confiabas en Marinette, y somos la misma persona. Quiero decir... ese es el problema, ¿verdad? –Lo miró, preocupada–. Que ya no confías en mí como antes.
–No, no, no, Marinette –se apresuró a responder Cat Noir–. No es eso. Verás..., cuando Daga atacó al maestro Fu, yo iba precisamente a verlo... para devolverle el anillo.
Marinette lo miró sin poder creer lo que acababa de escuchar.
–¿Ibas... a renunciar?
–Sí. Había decidido dejar de ser Cat Noir.
–¿Por qué? ¿Por la maldición?
–No, no era por eso. En realidad, tenía intención de ir a hablar contigo justo después. Quería decirte quién soy, mostrarme sin máscara ante ti, y no podía hacerlo mientras fuese Cat Noir. Así que renunciaría al anillo para no tener una identidad secreta que proteger.
–Pero ¿por qué? –repitió ella en un susurro.
Él se volvió a mirarla intensamente y respondió por fin:
–Porque me he enamorado de ti, Marinette.
Ella abrió la boca, sorprendida, pero no le salieron las palabras.
–Sé lo que parece –prosiguió Cat Noir, angustiado–. Sé que vas a pensar que te lo digo ahora porque sé que eres Ladybug. Pero no es así, y no sé qué hacer para que me creas. Ojalá hubiese podido declararme antes de saberlo. Para que supieras lo que siento por ti... por Marinette... por la chica que me ha acogido en su casa cuando no tenía a nadie más, que espantó las pesadillas y que confió en un desconocido...
–No tan desconocido –musitó ella.
Él le sonrió tristemente.
–No sabía que tú eras Ladybug. Ni siquiera lo sospechaba, tienes que creerme. Y anoche... no sé qué pasó... pero me di cuenta de que te quería de verdad, de que para mí no eras solo una amiga, ni siquiera mi mejor amiga. Quizá tenía que habértelo dicho en ese momento, pero necesitaba pensar... y quería decírtelo sin máscara.
Marinette se esforzaba por comprender lo que él intentaba explicarle, pero le resultaba difícil, porque su corazón palpitaba salvajemente en su pecho y había en su mente una vocecita que no paraba de repetir: «Me quiere... me quiere... ha dicho que me quiere...»
–Entonces... supongo que, si te has enamorado de mí... de Marinette... es porque ya no quieres a Ladybug, y ahora... no sabes lo que sientes. ¿Es... eso? –se atrevió a preguntar.
Cat Noir suspiró.
–No. Lo que siento por ti... por Marinette... es todavía muy nuevo y no lo comprendo del todo, pero sé que es real. Y sin embargo aún quiero muchísimo a Ladybug. Pensaba que quizá estaba enamorado de dos chicas a la vez, pero ahora sé que me he enamorado dos veces de la misma chica. Tiene sentido. –Le dirigió una intensa mirada, y ella se ruborizó–. Si quiero a Ladybug, ¿cómo no voy a querer a Marinette? Sois la misma persona.
–Entonces...
–Y ese es el problema. Tenía esperanzas contigo, ¿sabes? Pensaba que existía la posibilidad de que Marinette pudiese corresponderme. Pero Marinette es Ladybug, y Ladybug... no me quiere. Lo ha dejado muy claro todo este tiempo y sé que no tiene sentido insistir, con máscara o sin ella.
Su voz sonaba tan triste que Marinette dejó escapar una pequeña exclamación consternada.
–Lo siento –dijo él por fin–. Ya debes de estar cansada de mí y de mis problemas sentimentales. –Sacudió la cabeza–. No voy a molestarte más con esto. En realidad no tenía que habértelo dicho, pero no quería que pensaras que estoy enfadado contigo. Es solo que...
–Pero yo te quiero –interrumpió ella de pronto.
Cat Noir alzó la cabeza y se volvió para mirarla, muy sorprendido.
–¿Cómo dices?
Los ojos de Marinette se habían llenado de lágrimas.
–Te quiero –repitió–. Siento haberme tardado tanto en darme cuenta, siento haberte rechazado tantas veces. Yo tampoco sé cómo ni cuándo ha pasado, solo sé que...
Se quedó sin palabras. Incapaz de seguir hablando, se arrojó a sus brazos. Cat Noir, sorprendido, estuvo a punto de perder el equilibrio sobre la barandilla. Bajó hasta el suelo y la cobijó entre sus brazos, temblando, sin acabar de creerse lo que acababa de escuchar.
–Solo sé que no quiero perderte –susurró ella por fin.
–No vas a perderme –musitó él con la voz rota por la emoción.
Se abrazaron con fuerza, como si temieran que el otro fuese a desvanecerse en el aire. El corazón de Marinette latía como un loco.
Tikki tenía razón. Se había enamorado de él, de su compañero, de su mejor amigo. Una parte de ella aún sentía que no era buena idea, que no debía sentir algo tan intenso por alguien que ni siquiera sabía quién era.
Pero no había podido evitarlo.
Alzó la cabeza para mirarlo, maravillada. Sus ojos felinos la contemplaban con tanta adoración que ella se quedó sin respiración.
–Marinette –susurró él.
Ella se puso de puntillas y, lentamente, lo besó en los labios.
