No muy lejos de allí, el dueño de la mansión Agreste se esforzaba mucho por controlar su ira y su frustración.

–¿Cómo se abre esta caja, Nooroo? ¿Por qué no puedo levantar la tapa?

–El cofre de los prodigios solo se abre ante el verdadero Guardián, amo –respondió el pequeño kwami, temblando.

Gabriel Agreste se volvió bruscamente hacia él, y Nooroo retrocedió, temeroso.

–Pensé que lo sabías –musitó con un hilo de voz–, dado que ordenaste secuestrar al maestro...

Agreste entornó los ojos y se acarició la barbilla, pensativo.

–Lo necesito para descifrar el libro de los prodigios. Pero no solo para eso, al parecer.

Deslizó la yema de los dedos por la superficie del cofre. Sabía que debía de tener compartimentos ocultos, pero no había sido capaz de acceder a ellos. Ni siquiera había encontrado la manera de levantar la tapa.

–Señor Agreste –dijo la voz de Nathalie a su espalda.

Él se dio la vuelta. Su asistente avanzaba hacia él muy seria, consultando su tableta.

–Al parecer, Wang Fu ha abandonado precipitadamente su casa y nadie sabe dónde ha ido. –Agreste frunció el ceño y Nathalie añadió, deprisa–: Pero he comprobado las grabaciones de seguridad y tenía usted razón: el guardián de los prodigios ha estado aquí. Vino una vez a sustituir al profesor de chino de Adrián.

–Hum –murmuró Agreste.

–Puede que fuera una casualidad.

–No creo en las casualidades. ¿Cuándo fue eso exactamente?

Nathalie le dijo la fecha exacta, y el ceño de Gabriel Agreste se hizo más profundo.

–El guardián sospecha de mí, sin duda –declaró, y descargó un puñetazo sobre la mesa que sobresaltó a Nooroo y a Nathalie–. Parece que no bastó con akumatizarme a mí mismo para desviar su atención.

–Pero ahora vamos por delante –trató de animarlo Nathalie–. Fue una buena idea seguir a Ladybug hasta la casa de Fu.

Agreste asintió, más calmado.

–Se ha vuelto muy descuidada. Ya no confía en Cat Noir como antes, y recurre a sus aliados más a menudo. Era cuestión de tiempo que nos guiara hasta el guardián. –Se volvió de nuevo hacia su asistente–. ¿Qué sabemos de ella? ¿Sigue viva?

–Nadie lo sabe con certeza. Vieron a Cat Noir huir de la batalla con ella en brazos, y se rumorea que estaba malherida. Después, Cat Noir volvió solo para pelear contra Daga, pero usted ya la había desakumatizado.

–Hay que controlar a Cat Noir –decidió entonces Agreste–. Tanto si Ladybug sigue viva como si no, sus movimientos en las próximas horas serán cruciales. Wang Fu no ha desaparecido sin más. Sin duda Cat Noir se pondrá en contacto con él tarde o temprano.

–¿Con Wang Fu? –se sorprendió Nathalie–. Pero... él ya no tiene los prodigios.

–Es cierto que ya no puede ayudarlos creando nuevos héroes... pero acudirán a él en busca de consejo. –Sonrió–. Y si Ladybug está fuera de combate, con mayor motivo.

–Comprendo –asintió Nathalie–. ¿Cómo encontraremos a Cat Noir, entonces?

–Déjalo en mis manos. Mientras tanto, tú sigue buscando a Fu. No puede haber desaparecido por completo.

–¿Y si ha abandonado París?

–Es un Guardián. No se alejará de sus elegidos, especialmente si tienen problemas.

Nooroo escuchaba la conversación, aterrado. Le había aliviado comprobar que el maestro Fu había escapado al fin, y que Agreste no podía abrir el cofre sin su ayuda. Pero conocía a su portador, y sabía que era un hombre obstinado. No se rendiría con facilidad.

Deseó poder advertir a Cat Noir del peligro que lo acechaba, pero no tenía forma de llegar hasta él.

–Nooroo –dijo de pronto Agreste, sobresaltándolo.

–¿S-sí, amo? –balbuceó el pequeño kwami.

–Tenemos trabajo que hacer.


Hacía rato que Marinette dormía profundamente, pero Cat Noir seguía despierto, pensando. Contempló a la muchacha dormida entre sus brazos y se preguntó, una vez más, si no estaría soñando.

–¿Tikki? –se atrevió a llamar.

El corazón se le aceleró cuando el pequeño kwami salió de su escondite para detenerse ante él.

–¿Sí, Cat Noir? –preguntó–. ¿Querías hablar conmigo?

El chico la miró, maravillado. Era real, estaba allí. Siempre había estado allí... con Marinette. Todas las noches que habían dormido juntos, sin que él lo supiera, aquel pequeño kwami rojo había estado oculto en algún lugar de la habitación.

En todos los momentos que había pasado con ella, como Marinette o como Ladybug.

Y eso lo llevó a acordarse de algo.

–Tú sabes... quién soy yo de verdad, ¿a que sí?

Tikki abrió la boca, incómoda.

–Eeeeh...

–Estabas allí cuando me destransformé delante de Ladybug, cuando luchábamos contra Dark Owl –insistió él.

–Sí –admitió Tikki–. Pero ya sabes que los kwamis tenemos que guardar el secreto de la identidad de los portadores.

Cat Noir inspiró hondo antes de preguntar:

–¿Tú sabías... lo que Marinette sentía por mí... por mi otro yo, quiero decir? –se sonrojó un poco al preguntarlo, pero Tikki no pareció concederle importancia.

–Sí que lo sabía. Lo siento, Cat Noir.

–Y no le dijiste... nada.

–No podía –se defendió ella, desolada–. También para mí resultaba muy frustrante. La veía suspirar por ti día tras día mientras te rechazaba una y otra vez con la máscara puesta. Te veía a ti declararle tu amor una y otra vez mientras ignorabas sus sentimientos cuando no estabais transformados.

–No los ignoraba, es solo que no me daba cuenta... –se defendió él; pero calló ante la mirada entristecida de Tikki al recordar con cuánta tozudez había insistido en que Marinette era «solo una amiga»–. Ahora me siento muy estúpido.

Tikki suspiró.

–Ojalá hubiese podido ayudaros, pero era una situación muy extraña. Nunca en mi vida como kwami he visto nada igual.

–¿En serio? –se sorprendió Cat Noir, y ella asintió.

–Ha habido historias de amor entre portadores antes, por supuesto –le explicó–. A veces Ladybug se enamora de Cat Noir y no es correspondida, y a veces es al revés. A veces se enamoran ambos y otras solo son buenos amigos. Hubo parejas de portadores que no se soportaban, y otros que se odiaban a muerte y acabaron luchando en bandos contrarios. Pero estamos hablando siempre de sus identidades superheroicas, no de las civiles.

–¿Ah, no? ¿Quieres decir... que las identidades siempre han sido secretas para todos los portadores?

–Es lo ideal, sí. El secreto solo se descubre cuando los portadores dejan de ser Ladybug y Cat Noir. En todas las ocasiones en las que se ha revelado antes de tiempo... nuestros enemigos se han aprovechado de ello –concluyó con cierta tristeza.

–Pero...

–Una vez –prosiguió Tikki, animándose de pronto–, Ladybug y Cat Noir se enamoraron en sus identidades civiles. ¡Llegaron a casarse y todo antes de descubrir que eran Ladybug y Cat Noir! Pero fue algo excepcional. Por lo general, las identidades civiles de los héroes no suelen interactuar demasiado. No sé en qué estaba pensando el maestro Fu al elegir a dos jóvenes que se veían todos los días en el colegio, la verdad. Eso solo podía traer problemas, incluso aunque no os hubieseis enamorado. Porque había muchas más posibilidades de que descubrieseis la identidad secreta del otro.

–Entonces, ¿no es bueno que las identidades civiles se conozcan?

–A veces era inevitable, porque los pueblos y las ciudades eran mucho más pequeños. Pero, por seguridad, siempre es mejor que las vidas corrientes de los portadores discurran por caminos separados. Lo que os está pasando a vosotros... esta especie de amor cruzado... –Sacudió la cabeza con un suspiro– es extraño y absurdo a la vez. Y os ha traído mucho sufrimiento a los dos.

–Si hubiésemos podido revelar nuestras identidades el uno al otro, nos habríamos ahorrado todo esto –señaló Cat Noir.

–Era peligroso. Y Marinette lo hizo porque no tuvo otra opción.

Cat Noir bajó la cabeza, abatido.

–El maestro Fu me dijo que yo no puedo hacer lo mismo, que es mejor que ella no sepa nada aún –murmuró a media voz–. ¿Hasta cuándo, Tikki?

Su voz sonaba tan triste que ella dejó escapar un suspiro de impotencia.

–Pero yo iba a decírselo –continuó Cat Noir–. Iba a devolverle el anillo al maestro Fu y a decirle a Marinette...

–¿Sabes? –dijo entonces Tikki–, estoy empezando a pensar que quizá no sea tan mala idea.

–¿El qué? ¿Devolver el anillo?

–No, lo de decirle quién eres. Verás, es que he estado pensado... vais a estar juntos, ¿verdad? Como pareja, quiero decir.

–Supongo que sí –respondió Cat Noir, sonrojándose un poco.

–¿Y cómo lo vais a hacer? ¿Ladybug y Cat Noir? ¿Cat Noir y Marinette?

–¿No es lo mismo?

–No, no lo es. Si Cat Noir sale con Ladybug, nadie debe verlo con Marinette; mucha gente pensaría que está traicionando a su novia, y además siempre habrá alguien lo bastante avispado como para plantearse la posibilidad de que las dos sean la misma persona.

–Entiendo.

–Y de todos modos, por romántico que pueda parecer que los héroes de París sean pareja... Lepidóptero puede encontrar la manera de aprovecharse de eso. Si sospecha que podéis poner vuestros sentimientos por encima de vuestro deber como superhéroes...

–Es lo que yo hago casi siempre, me temo –reconoció Cat Noir, un poco avergonzado–. Aunque la verdad es que siempre contaba con que Ladybug sería más racional y sensata. Y lo que quieres decir es que eso también puede cambiar, ¿no? –comprendió, al evocar cómo su compañera había dado la vida por él sin dudarlo... y sin importarle, al parecer, que nadie pudiese salvar París en su lugar si ella caía.

–Pero mantener una relación como Cat Noir y Marinette puede ser casi peor –prosiguió Tikki–. Si alguien descubre lo mucho que te importa, Marinette y su familia serán el nuevo objetivo de Lepidóptero. Y eso solo en el mejor de los casos. En el peor... él podría adivinar que ella es Ladybug.

–Ya veo.

–Lo mejor para los dos será que seáis Adrián y Marinette. Así podréis salir juntos sin que nadie os relacione con los superhéroes. Pero para eso...

–Para eso tendría que revelarle mi identidad.

–Podrías haberte fijado en Marinette antes de que ella se enamorase de Cat Noir –añadió Tikki, y él percibió un ligero tono de reproche en su voz–. Pero supongo que ya es demasiado tarde para eso.

Cat Noir permaneció nos instantes en silencio, pensando.

–¿Estará de acuerdo con esto el maestro Fu?

–No lo sé –respondió Tikki–. Pero es que no veo cómo vais a seguir adelante con vuestra relación sin que nadie lo sepa. Has estado viniendo aquí todas las noches y hasta ahora nadie te ha visto... pero eso puede cambiar en cualquier momento, Cat Noir, y si alguien descubre que visitas a Marinette tan a menudo puede empezar a hacerse preguntas. En cambio, si sales con ella como Adrián no atraeréis tanto la atención.

–No estoy tan seguro –murmuró él, pensando al punto en los fans y los paparazis.

–Atraeréis otro tipo de atención, supongo –admitió Tikki–. Pero no la de Lepidóptero.

Cat Noir contempló un momento a Marinette, dormida entre sus brazos, y se preguntó de pronto cómo reaccionaría ella si supiese quién era él en realidad... después de todo lo que había pasado.

–Hablaremos de esto con el maestro Fu –le prometió Tikki.

–¿Cómo? Se ha ido, y no sé dónde encontrarlo.

–No tardará en contactar con nosotros. Y ahora, descansa, Cat Noir. Tú también necesitas dormir.

El chico se acomodó junto a Marinette y permitió que Tikki lo arropase. Cerró los ojos, sonriendo. Plagg no solía tener aquellas atenciones con él. «¡Plagg!», recordó de pronto. Aún no había hablado con él de todo aquello. Y, ahora que lo pensaba, también el pequeño kwami negro conocía la verdadera identidad de Ladybug. «Mañana hablaré con él», se dijo, mientras abrazaba a Marinette y se sumía poco a poco en un profundo sueño. «Mañana...»


En algún lugar de París, bien entrada la madrugada, un periodista free-lance trataba de convencer al director de un periódico digital para que le concediese un poco más de tiempo.

–¡Estoy seguro de que Ladybug está viva en alguna parte! ¡Y la encontraré, a ella o a Cat Noir! Por favor, señor Marchal, deme unas horas más.

–Imposible, ya hemos cerrado los contenidos para mañana.

–¡Pero me prometió...!

–¡Y tú me prometiste una noticia sobre Ladybug y Cat Noir!

–¡Aún estoy a tiempo! Nadie ha publicado nada, ni Nadja Chamak ni la chica del Ladyblog, ¡porque nadie sabe nada! ¡Todavía puedo averiguar qué ha pasado con Ladybug antes que nadie!

Hubo un breve silencio al otro lado del teléfono.

–De acuerdo, Julien. Te doy doce horas más. Si en ese tiempo no has descubierto nada nuevo... o si alguien da la primicia antes... te quedas sin espacio. Y me pensaré mucho volver a encargarte cualquier otra investigación. ¿Queda claro?

–Sí, señor Marchal.

Julien Lecreux se dejó caer sobre un banco y enterró el rostro entre las manos, abatido. Llevaba horas recorriendo sin descanso las calles de París en busca de noticias sobre Ladybug y Cat Noir. Los rumores eran confusos. La batalla contra Daga había terminado de forma extraña e inesperada, y nadie sabía qué había sido de Ladybug. Algunos decían que habían visto a Cat Noir llevándosela malherida; otros afirmaban que la habían divisado, horas después, saltando por los tejados. Pero no había vídeos ni fotos que respaldasen aquella información. Por una vez, además, el remolino de mariquitas mágicas no había recorrido París para reparar los daños del akuma, lo que parecía confirmar la idea de que Ladybug había caído.

Todo París estaba preocupado por ella, y la angustia parecía todavía más palpable en la voz de Alya Césaire, que publicaba actualizaciones regulares en el Ladyblog aunque no tuviese nada nuevo que contar.

Julien se alegraba en el fondo de que no hubiese noticias, porque eso significaba que aún tenía la posibilidad de adelantarse a Alya, por una vez.

Estúpidos blogueros... niños sin estudios, experiencia ni formación que pretendían hacer el trabajo de los periodistas profesionales... ¡y la gente los seguía, los apoyaba, los admiraba! ¿Cómo conseguía Alya tantas exclusivas? Sin duda, no pateándose las calles como Julien... Esa chica debía de tener contactos. La propia Ladybug le había concedido varias entrevistas.

Julien apretó los dientes. El señor Marchal le había dado un poco más de tiempo, pero él no sabía por dónde empezar. Llevaba horas recorriendo París, le dolían los pies de caminar y los ojos de escudriñar los tejados. Era muy tarde, no había cenado y llevaba dos días sin dormir apenas. ¿Cómo iba a perseguir superhéroes en ese estado?

Contempló, casi sin verla, a la mariposa negra que se fundió con su acreditación de periodista, la misma que le había permitido, horas antes, acceder al ayuntamiento para asistir a la rueda de prensa del alcalde. Pero no reaccionó.

Y entonces oyó una voz susurrante en su cabeza.

–«Rastreador»..., ¿buscas a Ladybug y Cat Noir? Yo también... y te ayudaré a encontrarlos antes que nadie..., si haces algo por mí.

Parecía un buen trato, pensó Julien, antes de transformarse en Rastreador.


Cat Noir abrió los ojos poco antes del amanecer y descubrió que Marinette ya estaba despierta.

–Buenos días –murmuró, aún medio dormido.

Ella no contestó. Observaba la pantalla de su móvil con el ceño fruncido en señal de concentración, y Cat Noir recordó de pronto que era Ladybug. Se incorporó de golpe.

Marinette se dio cuenta entonces de que se había despertado y se volvió hacia él con una sonrisa.

–Buenos días, gatito. ¿Has dormido bien?

–Eso parece. ¿Qué estás haciendo?

Ella le mostró la pantalla del móvil, desde donde Nadja Chamak se dirigía a su audiencia:

–...Y han pasado casi doce horas desde que Ladybug cayó abatida por Daga, según algunos testigos. Desde entonces no se ha sabido nada de ella, y Cat Noir no ha querido hacer declaraciones.

La pantalla mostró entonces un vídeo del superhéroe junto a la chica akumatizada, negándose a responder las preguntas que la propia Nadja le formulaba.

–¿Creen que... estás muerta? –murmuró Cat Noir.

–Nadie sabe lo que ha pasado exactamente –dijo Tikki–. Es normal que se hagan preguntas.

–Quizá deberíamos hablar con la prensa, o simplemente salir a dar una vuelta para que todos nos vean... –propuso Cat Noir.

Marinette negó con la cabeza, pensativa.

–A lo mejor es una buena idea que Lepidóptero crea que me ha vencido –sugirió–. Así lo pillaremos con la guardia baja.

–Pero ¿qué pasará con los parisinos? –planteó Cat Noir–. Si creen que estás muerta, ¿no se pondrán tristes? ¿Y si Lepidóptero aprovecha otra vez para hacer akumatizaciones en masa?

–Hum –murmuró ella–. Es verdad. ¿Qué podemos hacer?

–Yo esperaría un poco, Marinette –intervino Tikki–. Quizá el maestro Fu aproveche para ponerse en contacto contigo, ahora que se supone que Ladybug no está. Si te transformas, quizá Lepidóptero vuelva a vigilarte para que lo lleves hasta él.

–Yo debería marcharme –intervino entonces Cat Noir–. Tengo que volver a casa antes de que mi padre descubra que no estoy.

Marinette lo miró con curiosidad, preguntándose por primera vez a dónde iría su compañero cuando se separaba de ella. Pero no dijo nada.

–Nos veremos más tarde –le prometió él con una sonrisa–. Seguro que para entonces ya tienes un plan para recuperar la caja de los prodigios.

Marinette dejó caer los hombros, abatida.

–No sé. Parece todo muy difícil.

Él colocó las manos sobre sus hombros y le sonrió alentadoramente.

–Eh –susurró–. Eres Marinette. Y eres Ladybug. Eres una chica increíblemente ingeniosa. Seguro que se te ocurre algo. Yo estaré siempre a tu lado, ¿recuerdas? Te lo dije en nuestra primera misión y te lo repito hoy: puedes contar conmigo, siempre.

Ella sonrió por fin.

–Gracias, Cat Noir.

El chico la besó suavemente en los labios.

–Nos vemos luego, bichito –se despidió, guiñándole un ojo.

–Ten cuidado, ¿vale?

Él le dedicó otro guiño antes de salir por la ventana. Marinette se quedó mirándolo, con las mejillas ligeramente arreboladas. Después se dejó caer sobre la almohada.

–Vaya lío, Tikki –gimió–. ¿Qué voy a hacer ahora?

–No te preocupes, Marinette. Todo se arreglará. El maestro encontrará la forma de comunicarse contigo y entre todos conseguiremos recuperar los prodigios.

Marinette sonrió, un poco más tranquila.

–Gracias, Tikki.


Aún no había amanecido, pero una línea clara empezaba a asomar en el horizonte, sobre los tejados de París. Cat Noir avanzaba con precaución, procurando que nadie lo viera. Aún no habían tomado ninguna decisión sobre lo que iban a contar a la opinión pública, y prefería no tener que responder preguntas sobre Ladybug.

Dio un rodeo, por tanto, para no atravesar el parque, que era un espacio demasiado abierto.

Y entonces se detuvo sobre un tejado.

Tenía la sensación de que algo o alguien lo vigilaba. Se volvió hacia todas partes, escudriñando los rincones en penumbra, pero no vio nada.

«Me lo habré imaginado», pensó.

Y sin embargo, todos sus sentidos felinos le decían que lo estaban siguiendo.

Inspiró hondo. No podía permitir que nadie lo viera entrar en la mansión Agreste. No era el mejor momento para dar pistas sobre su identidad.

De modo que echó a correr de nuevo, esta vez alejándose de su destino. Dio un largo rodeo por los tejados de París, saltó, hizo piruetas, se detuvo bruscamente en varias ocasiones... pero no consiguió dejar atrás a su perseguidor, ni tampoco sorprenderlo.

Ahora estaba completamente seguro de que lo acechaban. Fuera quien fuese, podía moverse por los tejados, igual que él.

Fuera lo que fuese, no era un humano corriente. O no era del todo humano.

Echó a correr de nuevo. Por el rabillo del ojo llegó a detectar una forma fugaz, ligeramente encorvada, y unos ojos rojos que centelleaban en la oscuridad. Pero la sombra desapareció antes de que pudiese observarla con atención.

Fuera lo que fuese, no lo atacaba.

Se detuvo sobre una azotea.

–¡Déjate ver! –lo retó–. ¡Vamos, pelea!

No hubo respuesta.

Su perseguidor no estaba interesado en luchar, al parecer. Eso era extraño. Si había sido enviado por Lepidóptero...

«Quiere que lo lleve hasta el maestro Fu», comprendió de pronto. «O quizá... hasta Ladybug».

No iba a reunirse ahora con ninguno de los dos, pero tampoco estaba interesado en que el akuma, si es que lo era, lo siguiese hasta su propia casa. Tenía que despistarlo, o mejor aún, obligarlo a dar la cara y derrotarlo en una pelea cuerpo a cuerpo.

Lo intentó. Jugaron al gato y al ratón por los tejados de París durante un buen rato sin que Cat Noir lograse echarle un vistazo a su perseguidor, y sin que pudiese quitárselo de encima.

Y estaba amaneciendo. No quedaba ya mucho antes de que Nathalie entrase en la habitación de Adrián y la encontrase vacía.

–No voy a perder más tiempo contigo, seas quien seas –murmuró el superhéroe.

Corrió por los tejados hasta un edificio junto a la orilla del río. Tomó carrerilla, extendió el bastón...

...Y saltó.

El agua del Sena estaba fría y no demasiado limpia, como de costumbre. Cat Noir usó su bastón para respirar durante los incómodos minutos que tuvo que bucear río abajo. Por fin emergió a la superficie un poco más allá y salió del agua, ante la atónita mirada de un barrendero. «Adiós a la discreción», pensó el chico. Seguro que ya había sido grabado por un par de cámaras mientras trataba de despistar a su perseguidor invisible.

«¿Será Sabrina otra vez?», se preguntó de pronto, pero sacudió la cabeza. Había llegado a ver la forma del akuma, sus ojos rojos... No, se trataba de otra cosa.

Miró a su alrededor. Parecía que lo había despistado.

Se apresuró a elevarse de nuevo hasta los tejados y, aún empapado, se dirigió, esta vez sí, a la mansión Agreste.


«Lo has perdido», susurró Lepidóptero en su mente.

–No por mucho tiempo –le aseguró Rastreador.

Acarició una pared con la yema de los dedos. No parecía haber nada, pero los ojos del villano eran capaces de distinguir una huella invisible para el resto de la gente. Ahí se había apoyado Cat Noir un momento antes. Los vestigios de sus pisadas todavía relucían en el tejado desde el que había saltado a las aguas del Sena.

–Ya sé qué aspecto tiene su rastro –murmuró con una sonrisa–. Volveré a encontrarlo, no importa dónde de esconda. Y lo seguiré hasta que me lleve a mi objetivo.