NOTA: ¡Hola a todos! ¡Por fin actualizo esta historia! Sigo muy liada en el trabajo y me cuesta mucho encontrar ratos libres para continuarla, pero ¡aquí estoy de nuevo! Ya no queda mucho para terminar, o al menos eso espero. Muchas gracias a todos por seguir leyendo. En el capítulo de hoy os traigo un poco de Adrienette para endulzar nuestros corazones. Y mucha ironía dramática. Pobres tortolitos, ¿qué les deparará el destino? (minispoiler: en los fics de Ledian, siempre, siempre hay un final feliz).


Cat Noir entró por la ventana de su cuarto cuando el sol ya comenzaba a asomar por el horizonte.

–Garras fuera –murmuró, y se transformó de nuevo en Adrián.

–¡Buuuff! –resopló Plagg–. ¡Vaya nochecita! Y tú vas y te pasas horas y horas transformado y sin darme ni pizca de queso...

–Baja la voz, Plagg –murmuró Adrián, y se estremeció. Aunque su ropa estaba seca porque solo el traje de superhéroe se había mojado, aún tenía el pelo húmedo y no olía demasiado bien–. Voy a darme una ducha antes de ir al colegio.

El kwami lo siguió hasta el cuarto de baño.

–Espera, espera, no te vayas tan deprisa.

–¿Qué? Ya sabes dónde está el queso. No necesitas que te lo dé yo.

–¡Tenemos que hablar de muchas cosas!

–¿No sabes respetar la intimidad ajena?

–La intimidad está sobrevalorada. Esto es más importante.

Adrián ya se había quitado la camisa, pero se detuvo un momento, pensativo.

–Muy bien, de acuerdo –decidió–. Pero date la vuelta hasta que haya cerrado la mampara, ¿vale?

–Vaaale –suspiró Plagg–. Como si tuviese el mínimo interés en verte sin ropa.

Pero obedeció. Mientras Adrián se desvestía a sus espaldas, prosiguió:

–Tenemos que hablar de Marinette y de vuestra nueva manía de besuquearos sin venir a cuento.

Adrián ignoró la pulla.

–Tú sabías que era Ladybug –lo acusó.

–Claro que lo sabía, y he intentado acercarte a ella de mil maneras diferentes. Pero eres tremendamente cabezota. Y bueno, lo de pedir salir a la borde de Kagami antes que a Marinette ya fue el colmo, si me permites la observación.

–¡Kagami no es borde!

–Y Marinette estaba loca por ti, te lo vengo diciendo desde el primer día –prosiguió Plagg, implacable–. Pero tú solo te fijabas en ella cuando llevaba la máscara puesta. De verdad, no entiendo por qué los humanos tenéis que complicar tanto las cosas.

Adrián ya se había metido en la ducha y el sonido del agua amortiguaba sus palabras, pero el kwami lo oyó perfectamente:

–¿De esto querías hablar? ¿De mi vida sentimental? Ah, espera, eso me recuerda que tú también sabías lo de las siete vidas, ¿verdad? Sabías que Ladybug tenía que dar su vida por mí para salvarme. ¿Por qué me dijiste que no había solución?

–Porque ella también es muy cabezota y estaba convencida de que no te quería. Tenía que dar su vida por Cat Noir, no por Adrián. Confieso que llegué a pensar que no se caería del burro, pero eso de que durmieseis juntos fue muy conveniente.

–¿Por qué dejé de tener pesadillas cuando empecé a dormir con ella? ¿Eso también lo sabes?

–Era una señal de que ambos estabais en el camino correcto. Las pesadillas eran una advertencia de que solo te quedaba una vida; Ladybug era la única que podía salvarte, así que los sueños desaparecían cuando estabas con ella. Parece mentira que te lo tenga que explicar, Adrián. Y que los dos buscarais explicaciones absurdas y retorcidas con tal de no aceptar la más evidente: que os teníais que enamorar.

Adrián no contestó; Plagg estaba seguro de que se había ruborizado, pero continuó, sin piedad:

–Y ahora ya no tienes que renunciar al anillo, ¿no es genial? Puedes seguir siendo Cat Noir.

Adrián cerró el grifo. Instantes después salió de la ducha envuelto en una toalla.

–Y en teoría tampoco no hace falta que le diga quién soy en realidad, ¿verdad?

Plagg lo pensó un momento.

–Bueno, quizá sea menos problemático que salgas con ella como Adrián. Aunque primero tendrías que quitarte de encima a todas tus admiradoras, y la lista es cada vez más larga: Chloé, Lila, Kagami...

Adrián enrojeció otra vez.

–¡Ellas no son...!

–...Pero siempre será mejor que poner a Marinette bajo el punto de mira de Lepidópero, supongo.

–Sí, claro –admitió Adrián enseguida. Recordó otra cosa–. ¿Qué hay del akuma que me ha estado siguiendo esta mañana? ¿Cómo lo encontraremos?

Plagg iba a responder, cuando de pronto llamaron a la puerta del cuarto de baño.

–¿Adrián? –preguntó la voz de Nathalie desde el otro lado–. ¿Qué haces ahí dentro todavía? ¡Vas a llegar tarde!

–¡Ya salgo!

Se vistió rápidamente y salió del baño. Fuera lo esperaba Nathalie, tableta en mano, como de costumbre.

–Tienes doce minutos para desayunar –anunció muy seria–. Oh, antes de que se me olvide: tu profesor de chino no puede venir hoy. Parece que está enfermo.

–¿De verdad? –preguntó Adrián, animado–. Quiero decir... ¡ejem!, que espero que no sea nada grave –rectificó.

–Una gripe inoportuna, al parecer. Estoy intentando localizar al sustituto que vino la última vez, el señor... –consultó la pantalla– Wang Fu. ¿Te dejó algunas señas, algún teléfono o te dijo dónde encontrarlo?

Adrián la miró con cierta cautela.

–Pues... no, la verdad. Solo vino, repasamos lo que había estado estudiando con el señor Li y ya está.

Nathalie lo miró fijamente un momento. Adrián se puso nervioso sin saber por qué.

–Bueno..., si no hay nada más, creo que debería ir a desayunar.

Ella asintió y se hizo a un lado para dejarlo salir de la habitación.

Más tarde, mientras tomaba el desayuno a solas en el enorme comedor de la mansión, Adrián planteó a Plagg la duda que Nathalie había sembrado en su interior:

–¿Por qué me habrá preguntado por el maestro Fu precisamente hoy? ¿Crees que se trata de una casualidad?

–Bueno, cualquiera puede pillar una gripe en cualquier momento, ¿no? –razonó el kwami–. Además, ¿qué otra razón podría tener Nathalie para preguntar por el maestro Fu, si no son tus clases de chino?

Adrián bajó al cabeza, pensativo.

–Lepidóptero ya sabe que él es el guardián de los prodigios, y sin duda lo está buscando –murmuró–. Por eso envió a alguien a seguir a Cat Noir.

Plagg se cruzó de brazos.

–¿Entonces, qué? ¿Piensas que Nathalie es Lepidóptero?

–No, pero...

«Pero no es la primera vez que sospechamos de mi padre», concluyó para sí mismo.

Habían descartado a Gabriel Agreste porque el verdadero Lepidóptero lo había akumatizado a él también, pero nunca había llegado a saber qué había llevado a Ladybug a sospechar de él en primer lugar. Tendría que preguntárselo a Marinette cuando hablara con ella.

Eso le recordó algo.

–Plagg, creo que le voy a contar la verdad a Marinette. La verdad sobre mí, quiero decir.

Él se quedó mirándolo.

–¿Estás seguro?

El chico asintió asintió.

–Tú mismo lo has dicho: será mejor que estemos juntos como Adrián y Marinette. Además, aún no tenemos noticias del maestro Fu. Si esperamos a que reaparezca para preguntarle, quizá sea demasiado tarde.

–¿Demasiado tarde?

–No quiero volver a estropear las cosas entre nosotros. Y creo que, cuanto más tarde en confesarle la verdad... peor se lo tomará.

Plagg no tuvo ocasión de contestar, porque en aquel momento llegó Nathalie para avisar a Adrián de que sus doce minutos se habían terminado.


Marinette llegó al colegio todavía sonriendo como una tonta, pensando en la nueva relación que había iniciado con Cat Noir, en sus besos, en su sonrisa... Feliz porque estaban juntos, porque él estaba a salvo y porque, por primera vez, podía admitir ante sí misma que estaba enamorada y disfrutar de la deliciosa sensación de saberse correspondida.

Se reunió en el patio con Alya y Nino y los saludó alegremente:

–¡Buenos días!

Pero sus amigos no le respondieron; ambos observaban la pantalla del móvil de Alya con gesto de profunda preocupación, y la sonrisa de Marinette se congeló en sus labios.

–¿Ha pasado algo malo? –preguntó.

Alya levantó por fin la cabeza para mirarla.

–¿Cómo, no te has enterado? ¿Dónde has estado desde ayer? ¡Ladybug ha desaparecido! La abatió un akuma y desde entonces no se ha sabido nada de ella.

–Ah –murmuró Marinette, sintiéndose culpable de repente.

Alya tenía razón. Todo París estaba angustiado debido a la desaparición de Ladybug, Lepidóptero había conseguido hacerse con el cofre de los prodigios y el maestro Fu había tenido que salir huyendo. No tenía derecho a mostrarse tan contenta.

Su amiga, sin embargo, la observaba con ojo crítico.

–Oye, a ti te ha pasado algo bueno de verdad, o estarías tan preocupada como el que más. ¡Ah! ¡Ya sé! –recordó de pronto–. Quedaste ayer con Adrián, ¿verdad? ¿Y estáis juntos por fin? ¡Dime que sí, dime que sí!

–¿A-Adrián? –balbuceó Marinette.

Había olvidado por completo que él le había dado plantón. ¿Cómo se lo iba a explicar a Alya? Después de haber estado esperando inútilmente su llamada toda la tarde, la antigua Marinette se habría llevado un gran disgusto y habría acudido al colegio muy deprimida y necesitada de los consejos de su mejor amiga.

Eso es lo que habría hecho la antigua Marinette. Pero ella era ya una nueva Marinette.

Una nueva Marinette que había abierto su corazón a Cat Noir y estaba encantada de haberlo dejado entrar.

–Pu-pues en realidad, yo...

Alya abrió mucho los ojos.

–¿¡Te dio plantón!?

–¿Qué? ¡No, solo...! Le habría surgido algo, supongo...

–¿Supones? ¿Quieres decir que no lo sabes? O sea, ¿que ni siquiera se molestó en llamar para anular la cita?

–¡No era una cita! –trató de defenderse Marinette–. Y de todas formas...

Pero la ira de Alya no estaba enfocada en ella. Se dio la vuelta hacia su novio, que tragó saliva.

–¡Nino! ¿Se puede saber qué está pasando aquí?

–N-no sé qué quieres decir –balbuceó él.

–¿No habías hablado con Adrián?

–Sí, pe-pero...

–¡Un momento! –interrumpió Marinette–. ¿Qué es todo esto? ¿Nino?

El chico se volvió hacia ella con expresión culpable.

–¿Sí?

–¿Hablaste... con Adrián? ¿Sobre mí? –preguntó ella con creciente pánico.

–Es... posible –respondió Nino con precaución.

–¿Y qué... qué le dijiste? ¿Qué te dijo?

Nino lanzó una mirada desesperada a Alya, pero ella se había cruzado de brazos y lo observaba con reprobación.

–Pues... nada en especial... hablamos... de ti... y le sugerí que... hablara contigo, porque...

–¿Por qué? –preguntó Marinette con un hilo de voz.

–Porque... bu-bueno, es evidente que hay algo entre vosotros y...

–¿Evidente? –casi gritó Marinette–. ¡Nino! ¿Qué le has contado sobre mí?

Nino se volvió de nuevo hacia Alya, pero ella seguía mirándolo con severidad, inmóvil como una estatua de piedra.

–Le-le dije que te gustaba y... ¡No pongas esa cara! –exclamó al ver el gesto aterrorizado de Marinette–. ¡Creo que tú también le gustas mucho a él! ¡Estaba convencido de que tú estabas saliendo con Luka y le dije que no era verdad!

Marinette gimió y enterró la cara entre las manos, horrorizada.

–Esto es un desastre, un desastre... –musitó.

–¿Por qué? –preguntó Nino, desolado–. Yo solo quería ayudar, Marinette, de verdad. En serio pienso que a Adrián le gustas un montón, y que solo necesita un pequeño empujón para...

–Nino –cortó de pronto Alya, con voz peligrosamente suave–. Entonces, Adrián ya sabe lo que Marinette siente por él, ¿cierto?

Nino se frotó la nuca, incómodo.

–Bueno, me pareció que ya era hora, porque... en fin, sospechábamos que no se daba cuenta, aunque yo pensaba que simplemente se hacía el despistado, ya sabéis, para no presionarla, pero resulta que... ¡no se daba cuenta! ¿Os lo podéis creer?

–Nino –gruñó Alya, mientras Marinette palidecía cada vez más.

–¡Es una buena cosa! –insistió Nino–. Porque los dos se gustan y lo estaban pasando mal simplemente por un malentendido, o por pura timidez, y...

–¡Nino! –cortó Alya de nuevo–. ¿Pero por qué no entiendes lo que ha pasado? Adrián iba a hablar ayer con Marinette, pero ¡le dio plantón!

Nino abrió mucho los ojos, comprendiendo.

–¿Quieres decir...?

–¿Y si te precipitaste contándole lo de Marinette? ¿Y si se ha asustado? ¿Y si resulta que lo has interpretado todo al revés, y él no...?

–Dejadlo ya, por favor –cortó Marinette, muy angustiada–. Mirad, agradezco mucho la buena intención, pero lo cierto es que Adrián y yo no...

–¡Buenos días, chicos! –saludó entonces una voz alegre tras ellos.

Marinette dio un salto en el sitio y se volvió hacia él con expresión culpable.

–¡A-Adrián!

Él avanzaba hacia ellos con una sonrisa, pero pareció quedarse sin aliento al cruzar la mirada con ella.

–Hola, Marinette –añadió con tono más suave, casi tierno.

Y ella enrojeció como una cereza sin saber por qué. Y se sintió súbitamente culpable.

–Ho-ho-hola –balbuceó.

Se quedaron un momento mirándose, sin saber qué decir. Y entonces intervino Alya.

–¡Adrián! ¿Tú no habías quedado ayer con Marinette?

–¡Alya! –protestó ella.

–Sí, pero... me surgió algo y...

–¿Y no podías haberla avisado? ¡Se quedó toda la tarde esperando tu mensaje!

–¡Alya!

Adrián contempló a Marinette muy perplejo. Sabía muy bien qué había estado haciendo la tarde y la noche anterior, y no había sido lamentarse por él, precisamente.

Ella se había puesto de un color rojo furioso y no sabía dónde meterse.

–N-no es p-para tanto –farfulló, pero Alya seguía lanzada.

–Ya puedes tener una buena excusa, Agreste, porque me parece una actitud muy fea por tu parte y para nada propia de ti.

–Tienes razón –admitió él–. Lo siento mucho, Marinette.

Ella desvió la mirada, todavía sonrojada y sin saber qué decir.

–Tengo mucho que explicarte –prosiguió–. ¿Podríamos hablar un momento, por favor?

–¿Ahora? –se sorprendió Marinette–. Va a sonar el timbre.

–Será solo un momento.

Marinette cruzó una mirada con Alya, que seguía de brazos cruzados, ceñuda y suspicaz. Después volvió a mirar a Adrián.

–Por favor –insistió él, y Marinette se perdió de nuevo en sus ojos verdes y se olvidó de todo lo demás.

–Marinette –llamó entonces Alya, y ella volvió a la realidad. Su amiga suspiró–. Si tenéis que hablar, hacedlo ya. Ahora toca clase con la profesora Mendeleiev, y ya sabéis cómo se pone cuando alguien llega tarde.

Ella asintió y trató de centrarse y sobreponerse al creciente ataque de pánico que amenazaba con paralizarla de nuevo.

Según Nino, Adrián ya se había enterado de lo que ella sentía por él... demasiado tarde.

Porque ahora Marinette estaba con Cat Noir, y obviamente no podría salir con Adrián si él se lo pidiera. Sin embargo, tampoco podía contarle la verdad. Nadie debía saber que ella y Cat Noir estaban juntos, era demasiado peligroso. Quizá podía decirle que estaba saliendo con Luka... al fin y al cabo, y según Nino, era lo que Adrián había creído...

Sacudió la cabeza. No, eso no era buena idea. Sería otra mentira más que tendría que mantener a los ojos de todo el mundo, y además, ¿y si Luka se enteraba? No podía volver a pedirle una cita solo para mantener la farsa, no sería justo, y por otro lado... ¿cómo se lo tomaría Cat Noir?

–Marinette.

Ella cayó de las nubes una vez más. Nino y Alya se alejaban hacia el aula. Su amiga le lanzó una última mirada preocupada antes de coger la mano de Nino y subir por las escaleras.

Marinette se había quedado a solas con Adrián, que la miraba con fijeza. Estaba extraordinariamente serio, y ella pensó de pronto que tal vez Nino se había precipitado en sus conclusiones. Quizá Adrián no sentía lo mismo por Marinette y se disponía a rechazarla. Quizá por eso no había quedado con ella el día anterior: porque quería retrasar aquel momento todo lo posible. Ella sabía por experiencia que era algo sumamente incómodo para los dos implicados... y también muy doloroso.

Su corazón se estremeció de pena anticipadamente, y se obligó a mantenerse en el presente. «¿Qué te pasa, Marinette? ¡Tú quieres a Cat Noir! Si Adrián te rechaza será lo mejor para los tres...»

–¿Estás bien? –le preguntó el chico con suavidad.

–Estoy nerviosa –confesó ella.

Se arrepintió de inmediato de haber dicho aquello. Él no había manifestado en ningún momento que quisiese hablar de sentimientos. Quizá lo que quería decirle no tenía nada que ver con todo aquello, y también ella estuviese sacando conclusiones precipitadas.

Pero Adrián le sonrió con ternura.

–No tienes por qué estarlo –dijo, y su voz sonó tan dulce que Marinette se estremeció entera.

Y volvió a sentirse culpable.

«Céntrate. Piensa en Cat Noir. Si Adrián te pide salir, sé fuerte, dile que te gusta otro y ya está».

Se sintió triste de pronto. Todo aquello le resultaba dolorosamente familiar.

–Vamos, tenemos que salir del colegio antes de que cierren las puertas –dijo él de pronto.

Y antes de que Marinette pudiese reaccionar, la tomó de la mano y echó a correr.

Ella dejó escapar una exclamación de sorpresa, pero se dejó llevar. Adrián la sacó del colegio y bajó las escaleras deprisa, arrastrándola tras de sí. Tuvo que sostenerla porque tropezó en uno de los escalones y estuvo a punto de caer de bruces.

–Lo siento –susurró mientras la estrechaba entre sus brazos–. Ven, por aquí, antes de que nos vea mi guardaespaldas.

Marinette, un poco mareada, se dejó guiar sin saber muy bien a dónde. Tardó un poco en procesar lo que él había dicho.

–¿Tu guardaespaldas?

–Monta guardia en la puerta del colegio mientras estoy dentro. Para que no me escape, supongo. Pero no puede dejar el coche en la puerta, así que siempre tarda unos quince minutos en aparcar y volver hasta aquí; lo sé porque lo tengo medido.

Ella lo miró con pena.

–Adrián, más que un guardaespaldas parece un...

–¿...Carcelero? –completó él con amargura–. No andas muy desencaminada. –Respiró hondo–. Bien, ya estamos. No es un sitio muy bonito, pero es privado, y lo más importante ahora es que nadie nos oiga.

Marinette miró a su alrededor. Estaban en un callejón, no lejos del colegio.

–Esto es... raro –murmuró, un poco inquieta.

Él desvió la mirada.

–Lo sé. Había pensado contártelo de otra manera, pero tengo la sensación de que es así como debo hacerlo, quiero decir... así. –Se señaló a sí mismo, y Marinette lo miró, perpleja–. Pero de este modo es todo mucho más complicado, porque mi padre me controla un montón, y... –Se interrumpió de pronto al detectar el gesto desconcertado de Marinette–. Empezaré desde el principio, si me lo permites. Hay dos cosas muy importantes que debo decirte. La primera ya la sabes, pero no te lo he dicho como debería, es decir... cara a cara. Y la segunda, en fin... –Suspiró–, en realidad no debería decírtela, pero supongo que es lo justo.

–A-Adrián, no entiendo nada –murmuró ella.

El chico respiró hondo un par de veces, avanzó hacia ella, la tomó de las manos y la miró a los ojos.

–Marinette –dijo con seriedad–, estoy enamorado de ti.


No lejos de allí, agazapado sobre un tejado, Rastreador alzó la cabeza y olisqueó el aire. Captó un aroma conocido y sonrió.

Recorrió los tejados, siguiendo el rastro, hasta que se detuvo sobre un alero. Se asomó y miró hacia abajo.

En un callejón, a sus pies, dos adolescentes mantenían una conversación privada.

Ante los ojos de Rastreador, las huellas que había dejado el chico en su trayecto hasta allí relucían con un brillo singular.

El villano sonrió de nuevo.

–Lepidóptero –anunció–, tengo buenas noticias para ti.

«¿Has localizado a Cat Noir?», preguntó él con impaciencia.

–Sí, pero ya no es Cat Noir.

Hubo un breve silencio en el interior de su cabeza. Después, Lepidóptero dijo:

«Interesante. Captúralo antes de que se transforme y quítale el prodigio».

–Será un placer –respondió el villano con una larga sonrisa.


Marinette inspiró hondo varias veces. «Tengo que ser fuerte», se dijo, aunque le ardía la piel, el corazón le latía a mil por hora y las piernas se le habían vuelto de gelatina.

Carraspeó y dio un paso atrás.

–Eso es... muy... ¡ejem! halagador, pero me temo que... hay... un malentendido. No sé qué te dijo Nino, pero el caso es que yo estoy...

Hizo una pausa, evocando una noche lejana sobre una azotea, la luna llena en el cielo, velas encendidas, una rosa roja y unos profundos ojos verdes cargados de adoración.

«Por qué yo», se lamentó en silencio. «Por qué otra vez».

Respiró hondo y, sacando fuerzas de flaqueza, concluyó:

–...enamorada de otro. Lo siento mucho, Adrián.

Se atrevió a alzar la cabeza, temiendo hallar en el rostro de su querido Adrián la huella de un corazón roto. Pero él sonreía y la miraba con tanta ternura que ella se quedó sin aliento una vez más.

–No lo sientas –dijo–. Hay otra cosa que tengo que decirte, Marinette. Yo...

Pero Marinette no llegó a escuchar lo que Adrián tenía que decirle, porque de pronto algo oscuro y sutil como una sombra se precipitó sobre ellos y arrebató al chico de su lado antes de que ninguno de los dos fuese capaz de reaccionar.