Marinette se quedó paralizada un momento, sin terminar de comprender lo que acababa de suceder.
–¡Marinette! –exclamó entonces Tikki desde su bolso–. ¡Se lleva a Adrián!
Y ella reaccionó por fin. Corrió tras la sombra que saltaba por los tejados hasta que la perdió de vista.
Se detuvo, jadeando, y miró a su alrededor. Nadie por los alrededores.
–¡Puntos fuera! –exclamó.
Adrián no entendía qué estaba pasando. De pronto, algo parecido a un vendaval lo había arrebatado del lado de Marinette y se lo había llevado a rastras. Pataleó, luchando por liberarse.
–¡Suéltame! ¡Déjame marchar!
Descubrió que su captor tenía un cuerpo sólido, aunque parecía hecho de sombras. Y saltaba por los tejados como un superhéroe... ¿o como un supervillano?
De pronto, su secuestrador se detuvo y lo depositó bruscamente sobre una azotea. Adrián inspiró hondo para recuperar el aliento, y por fin pudo echarle un buen vistazo.
Su primera impresión había sido correcta: el villano parecía una sombra, como si estuviese formado de humo sólido. No tenía rostro; solo dos relucientes ojos rojos.
Su corazón se detuvo un instante.
Había visto antes aquellos ojos: pertenecían al perseguidor misterioso que había acechado a Cat Noir apenas unas horas antes.
Lo había encontrado.
¿O tal vez no? Tenía que ser casualidad, ¿verdad? No era posible que hubiese descubierto su identidad. Por si acaso, trató de disimular y fingió que estaba aterrorizado.
–Por favor, señor, déjeme libre. Lléveme otra vez al suelo, ¡tengo pánico a las alturas!
–¡Ja! –exclamó el villano–. ¿Esperas de verdad que me crea eso... Cat Noir?
Adrián se quedó paralizado un momento, mientras su mente trataba frenéticamente de encontrar una salida a su situación. Sentía a Plagg rebullendo en el interior de su camisa, listo para entrar en acción. Pero si se transformaba delante del villano, confirmaría sus sospechas.
Ladybug no tardaría en llegar, pensó de pronto, al darse cuenta de que Marinette había visto cómo la sombra lo secuestraba. Quizá pudiese distraerlo hasta que ella apareciese.
–No sé de qué me habla... está cometiendo un grave error... –insistió, examinando a la sombra con disimulo. Pero no descubrió en ella ningún objeto que pudiese albergar el akuma.
Retrocedió sobre la azotea, tratando de huir, hasta que su espalda chocó contra el parapeto. Estaba atrapado.
–Crees que puedes engañar a Rastreador, ¿eh? –replicó el villano–. Pues estás muy equivocado. Sé que eres tú quien se oculta tras la máscara del gato.
Unas brillantes líneas de color violeta se materializaron ante su rostro. Lepidóptero trataba de comunicarse con él.
–¿Si lo conozco...? –murmuró el villano, pensativo–. No es más que un niño, pero me resulta familiar...
Había un gigantesco panel publicitario con una foto de Adrián adornando la fachada de un edificio cercano, y el chico se esforzó por no desviar su mirada hacia allí.
Sus precauciones fueron inútiles. Después de todo, Rastreador era un periodista, y estaba habituado a encontrar información útil en los lugares más insospechados. Cuando volvió sus ojos rojos hacia el panel publicitario, a Adrián se le cayó el alma a los pies.
–Ya veo –murmuró el villano con una sonrisa, mirando alternativamente a su presa y al modelo del anuncio–. Qué cosa tan curiosa.
Soltó una carcajada. Al otro lado de su percepción, Lepidóptero exigía respuestas, de modo que contestó:
–Resulta que es un chaval famoso. No me extraña que esconda su cara detrás de una máscara; todo París lo conoce. ¿Cómo te llamas, chico modelo? ¿Gabriel?
–S-sí, Gabriel –respondió Adrián, aliviado porque al parecer Rastreador había confundido su nombre con la marca del perfume que anunciaba.
Pero el villano negó con la cabeza.
–No, espera... Gabriel no es tu nombre, sino el de tu padre, ¿no es cierto? El famoso diseñador de moda... Gabriel Agreste.
La máscara violeta se encendió de nuevo ante Rastreador, y Adrián asistió asombrado a un tenso intercambio entre los dos.
–¿El hijo de Agreste? –decía el villano–. ¡Claro que sí! ¡No puedo confundirme, tengo un cartel de diez metros de alto con su cara delante de mis narices! El rastro era el mismo... mi poder no me ha fallado... Sé que él es Cat Noir. Si no quieres creerme, no es mi problema. Revelaré su identidad al mundo y todos reconocerán que soy el mejor periodista de París... ¡Me da igual su anillo, solo lo quiero a él!
De pronto se oyó un zumbido, y algo veloz de color rojo surcó el aire en dirección a ellos. La cuerda del yoyó de Ladybug se enrolló en torno al cuerpo de Rastreador... pero no logró atraparlo. De pronto, el villano se volatilizó en una nube de humo y el yoyó cayó al suelo, inútil.
–¡Déjalo marchar! –gritó la superheroína desde un tejado cercano–. ¡Es a mí a quien buscas!
Rastreador se materializó justo al lado de Adrián, que dio un respingo.
–¡Ladybug! ¿Has venido a salvar a tu gatito? ¡Demasiado tarde!
Ella frunció el ceño, desconcertada.
–¡Me-me ha confundido con otra persona! –se apresuró a aclarar Adrián.
Después recordó que Ladybug era Marinette, y que hacía solo un rato él mismo había estado a punto de desvelarle su identidad secreta.
Sacudió la cabeza. Lo haría, sí, pero no de aquella manera. No delante de Rastreador, ni mucho menos con Lepidóptero prestando atención a todo lo que decían.
El villano, por su parte, lo sujetaba con fuerza mientras seguía debatiendo con su interlocutor.
–¡No pienso llevarlo de vuelta a casa! ¡No es un error, él es Cat Noir!
Ladybug y Adrián cruzaron una mirada de circunstancias.
–¡Déjalo en paz! –insistió ella–. Pronto llegará el verdadero Cat Noir y te haremos morder el polvo!
Rastreador miró a Ladybug, desconcertado. Ella parecía hablar muy en serio.
Dudó un momento y se volvió de nuevo a Adrián.
–Es verdad, señor, se ha equivocado de chico –dijo él–. Yo n-no soy Cat Noir, sería absurdo, ¿verdad?
Esbozó una sonrisa forzada. Pero Rastreador entornó los ojos y se fijó en el anillo que llevaba en el dedo.
–¿Estás seguro? –susurró con una sonrisa siniestra.
Le cogió la mano para examinarlo más de cerca. Adrián forcejeó, tratando de liberarse.
De pronto, el villano dio un poderoso salto, arrastrándolo consigo, y el chico se quedó sin aliento. Vio a Ladybug aterrizar justo en el lugar que ellos habían ocupado antes.
Se inició una loca persecución por los tejados. Rastreador, acarreando a Adrián, huía de Ladybug, mientras Lepidóptero seguía hablando en su cabeza.
–¡No, no, no! –gritaba el villano–. ¡No pienso dejarlo marchar, es mi presa! ¡Y lo demostraré! –exclamó de pronto.
Se detuvo en lo alto de una torre y alzó a Adrián por encima de su cabeza.
–¡Lo arrojaré al vacío y no tendrá más remedio que transformarse! –anunció.
Adrián trató de no dejarse vencer por el pánico. Oyó que Ladybug gritaba su nombre a lo lejos. No llegaría a tiempo de salvarlo.
–¡Aaarg! –gritó Rastreador de pronto.
Pareció que iba a dejar caer a Adrián, y el chico sintió un súbito nudo en el estómago... pero entonces lo recogió de nuevo.
–¡De acuerdo, de acuerdo, tú ganas! –gimió el villano–. ¡Lo llevaré de vuelta a su casa! ¡Pero no vuelvas a hacer eso, por favor!
Cargó con su prisionero y echó a correr de nuevo por los tejados de París.
Aún sin aliento, Adrián se preguntó, perplejo, desde cuándo tenía Lepidóptero tantos miramientos con los civiles atacados por sus akumas.
Ladybug respiró hondo, aliviada, al ver que Rastreador no había lanzado al vacío a Adrián después de todo. Sin perderlos de vista, y sin dejar de correr, intentó contactar de nuevo con Cat Noir. Llevaba un rato llamándolo, desesperada, pero él no respondía.
–¡Cat Noir! –insistió cuando saltó el buzón de voz–. ¡Por favor, ven rápido, te necesito! ¡Hay un akuma, y ha secuestrado a Adrián, y se lo lleva...! –Se detuvo un momento, perpleja–. ¡Se lo lleva a la mansión Agreste!
Cortó la comunicación y se detuvo de golpe en un alero. Desde allí podía ver a Rastreador; había saltado el muro de la mansión Agreste y corría hacia la puerta principal.
Sin comprender qué estaba pasando, Ladybug lo siguió.
Halló la puerta abierta de par en par y se precipitó en el interior de la casa con el yoyó preparado, lista para pelear. Pero frenó en seco, desconcertada.
Adrián estaba sentado en el suelo y trataba de recuperar el aliento. A su lado, de rodillas, había un hombre de mediana edad que llevaba una acreditación de periodista colgada del cuello y miraba a su alrededor, muy confuso. Cerca de él revoloteaba una mariposa de un siniestro color violeta.
–¡Un akuma! –exclamó la heroína.
Preparó su yoyó, lista para cazarla; pero entonces el color del insecto cambió de pronto, como si destiñera, y se volvió blanca sin que ella la tocara.
–¿Cómo lo has hecho? –exclamó Adrián, perplejo–. ¿La has purificado a distancia?
Ladybug se encogió de hombros, aún sin entender lo que estaba pasando. Dio un salto atrás, alarmada, cuando la mariposa revoloteó hacia ella. Pero el insecto se limitó a escapar por la puerta abierta.
Ladybug se centró entonces en el hombre que estaba junto a Adrián.
–¿Qué hago aquí? ¿Qué ha pasado? –murmuraba, desorientado.
La superheroína inspiró hondo y se inclinó junto a él, dispuesta a tranquilizarlo. Sabía reconocer a la víctima de un akuma en cuanto la veía.
–Lepidóptero le ha akumatizado, señor –le explicó–. Pero todo ha terminado ya.
El hombre dio un respingo.
–¿Cómo? ¡Pero si no me acuerdo de nada! Yo solo estaba... ¡Ladybug! –exclamó de pronto–. Te estaba buscando porque tenía que escribir un artículo...
–¿Sobre mí?
Él parpadeó, tratando de centrarse.
–Sí, porque... habías desaparecido tras la pelea contra Daga, y la gente creía... –La miró de nuevo–. Entonces, ¿no te ha pasado nada? ¿Y Cat Noir?
–Los dos están bien y siguen defendiendo París de las fuerzas del mal –intervino Adrián, sonriendo.
Ladybug se sintió inquieta de pronto, porque seguía sin tener noticias de Cat Noir. Reprimió el impulso de echar un vistazo a su yoyó para comprobar si le había devuelto los mensajes.
El periodista miraba a su alrededor, desconcertado.
–¿Dónde estoy? ¿Por qué es de día? ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¡Se me ha agotado el plazo! –gimió angustiado.
–Cálmese –lo detuvo Ladybug–. Enseguida podrá...
–¿Qué es esto? –intervino entonces una voz helada–. ¿Qué hacéis en mi casa?
Ladybug dio un respingo y se volvió para mirar a Gabriel Agreste, que los observaba con gesto agrio desde lo alto de la escalera.
–¡Adrián! ¿Por qué no estás en el colegio?
El chico avanzó un paso para responder, pero Ladybug se le adelantó:
–Su hijo había sido secuestrado por un akuma, pero ya está todo resuelto. –Se volvió hacia el periodista al recordarlo–. ¿Por qué se llevó usted a Adrián Agreste?
El hombre los miraba a los tres, muy desconcertado.
–¿A... Agreste, dices? –Se rascó la cabeza–. No lo recuerdo. Yo solo... buscaba a Ladybug... o sea, a ti...
–Es suficiente –cortó Gabriel–. Lamento su... incidente, señor...
–Lecreux. Julien Lecreux.
–Es tranquilizador comprobar que no ha olvidado también su propio nombre –comentó Gabriel con sarcasmo–. Si no desea nada más, le agradecería que abandonara mi casa. Mi hijo y yo tenemos que hablar.
Adrián se sobresaltó.
–Padre, yo...
–No estabas en el colegio. Me han informado de que te... escapaste... poco antes del comienzo de las clases. Con una jovencita.
–Eh... Yo... Mejor me voy –dijo el periodista, dándose cuenta de que estaba de más.
Nadie le prestó atención cuando abandonó la mansión por la puerta principal, que seguía abierta tras ellos. Tanto Adrián como Ladybug se habían ruborizado hasta las cejas. La superheroína deseó que la máscara disimulase un poco su sonrojo.
Pero la mirada de Agreste seguía centrada en Adrián.
Ladybug lo compadeció profundamente. El chico había burlado la vigilancia de su guardaespaldas para confesarle su amor a Marinette... y ella lo había rechazado. Antes de que pudiesen terminar la conversación, sin embargo, Rastreador se lo había llevado... ¿porque lo había confundido con Cat Noir?
Se volvió para mirarlo, desconcertada. Adrián seguía mostrándose muy avergonzado, con la mirada clavada en la punta de sus zapatillas. A Ladybug le inspiró una súbita oleada de ternura, y sacudió la cabeza. «No pienses en él de esa manera», se riñó a sí misma.
Pero el deseo de protegerlo de todo daño... y particularmente de aquel hombre severo que lo aguardaba en lo alto de la escalera... se le hacía cada vez más insoportable.
Se adelantó unos pasos.
–Señor Agreste, si me lo permite...
–Te agradezco tu ayuda, Ladybug –interrumpió él; su tono de voz era cortante como un cuchillo–, pero mi hijo y yo hemos de hablar... a solas.
Ladybug volvió a mirar a Adrián, tratando de transmitirle su apoyo con un gesto o una sonrisa de simpatía. Pero él seguía serio y con la mirada baja.
Suspiró para sus adentros. Se despidió de los Agreste, dio media vuelta y salió de la mansión.
La puerta se cerró tras ella.
Gabriel Agreste bajó lentamente los escalones. Adrián mantuvo la vista baja. Cuando su padre se detuvo ante él, alzó la cabeza esperanzado, deseando encontrar en su expresión un mínimo de preocupación por él. Pero Gabriel se mantenía serio y severo.
–Así que... te han secuestrado –dijo al fin.
–S-sí, eso parece. Pero Ladybug me ha salvado y...
Se detuvo, perplejo de pronto, al recordar que, de hecho, había sido el propio Rastreador quien lo había llevado de vuelta a casa. Y el akuma... ¿había abandonado espontáneamente el objeto que poseía y había perdido su poder sin más? ¿Por qué?
–Es su trabajo –replicó Agreste con sequedad–. El tuyo, en cambio, consiste en hacer lo que yo espero de ti.
–Pero padre...
–Y lo que espero de ti –continuó Agreste, elevando la voz– es que obedezcas a tus mayores, cumplas tu horario y te mantengas a salvo. ¿Es tan difícil de entender?
Adrián tragó saliva.
–No, padre.
–Estoy empezando a cansarme de que des esquinazo a tu guardaespaldas, Adrián. Espero de ti un comportamiento maduro y responsable y, sin embargo... persistes una y otra vez en actitudes infantiles, me disgustas con chiquilladas...
–No son...
–¡Nada es más importante que tu seguridad! –cortó Gabriel–. Ya he perdido a tu madre y no voy a perderte a ti también. Si descubro que sigues escapándote para reunirte con tus amigos... me replantearé muy en serio lo de que vuelvas a estudiar en casa.
–¡Pero...!
–No me repliques. Vuelve a tu cuarto y repasa tus lecciones. Ya decidiré si vas mañana al colegio o no.
Adrián apretó los dientes, inspiró hondo y subió las escaleras sin mirar atrás. Gabriel se quedó observándolo hasta que el chico cerró la puerta de su cuarto tras él.
Percibió que Nathalie se situaba en silencio a su lado, pero no se volvió para mirarla.
–No le ha preguntado por el anillo –observó ella.
–No quiero despertar sus sospechas –replicó Gabriel–. Es demasiado pronto.
–Entonces, ¿piensa de verdad que lo que le dijo Rastreador es cierto?
Gabriel sonrió levemente.
–No tardaremos en comprobarlo –respondió.
