«Entonces, ¿estás bien?», escribió Marinette. «Estaba muy preocupada por ti».
Se quedó unos instantes mirando la pantalla de su teléfono, hasta que Adrián respondió:
«Sí, sí, no te preocupes. Ladybug me salvó, como siempre».
Marinette respiró hondo.
«Lo siento mucho», escribió.
«¿Por qué? Estoy bien, ya te lo he dicho. Y no ha sido culpa tuya».
Hubo una pausa, pero el cursor indicaba que Adrián seguía escribiendo. Después de un largo rato, sin embargo, en la pantalla apareció una única frase, como si el chico hubiese dudado mucho antes de escribirla:
«El supervillano se equivocó de persona, eso es todo».
Marinette suspiró. No estaba preocupada por su seguridad, porque ya sabía que se encontraba perfectamente. Pero se sentía mal por él, porque su padre era muy severo, y temía que lo hubiese reñido por burlar a su guardaespaldas una vez más.
Sin embargo, aquello era algo que sabía Ladybug, no Marinette.
También se sentía culpable por haberle dado calabazas. Pero no le parecía buena idea comentarlo. ¿O quizá debería? ¿Qué era mejor? ¿Terminar la conversación que habían iniciado antes de que Rastreador los interrumpiera, o no volver a mencionarlo?
Tras un instante de duda, escribió: «Si no hubieses salido del colegio para hablar conmigo esta mañana, esa sombra no te habría secuestrado».
«Eso dice mi padre. Pero sigue sin ser culpa tuya. Fue una decisión que tomé yo, voluntariamente, y no me arrepiento. Teníamos que hablar».
Marinette estuvo unos segundos dudando, sin saber muy bien qué responder a eso. Pero antes de que acertara a escribir nada, Adrián añadió:
«Aún tenemos que hablar».
Aquellas palabras despertaron una bandada de mariposas inoportunas en el estómago de Marinette. Estuvo a punto de dejar caer el teléfono, porque los dedos le temblaban.
Porque acababa de evocar muy vívidamente el momento en que él le había dicho «Estoy enamorado de ti», y lo mucho que a ella le había costado rechazarlo y decirle que amaba a otro. Era cierto que Rastreador los había interrumpido, pero aquello estaba ya claro, ¿verdad? Y seguramente Adrián no querría insistir en ello...
Pero, si lo hacía... ¿sería capaz Marinette de darle la misma respuesta? «Por supuesto que sí», se dijo a sí misma con firmeza.
Quizá se estaba precipitando. A lo mejor se refería a otra cosa. Quizá había otros asuntos que quería comentarle y no tenía sentido...
«Pero prefiero hablar en persona, y no por chat», añadió entonces él.
Marinette respiró hondo, entre aliviada y decepcionada. Se dio cuenta entonces de que llevaba un buen rato sin contestarle.
«¿Hablamos mañana en el colegio, entonces?», escribió, antes de que Adrián pensase que se había quedado dormida.
«No, mañana no podrá ser. Mi padre me ha castigado y... en fin, es una larga historia».
Ella sintió que se le caía el alma a los pies.
«Lo siento mucho, Adrián».
«No es culpa tuya. No te preocupes, me las arreglaré para reunirme contigo. Me muero de ganas de verte».
A Marinette se le cayó el teléfono de las manos. Con el corazón latiéndole con fuerza, lo recogió de nuevo y volvió a leer la última frase mientras un súbito rubor coloreaba sus mejillas. Cerró los ojos con fuerza y luchó por centrarse. Inspiró hondo un par de veces y reunió toda su fuerza de voluntad para responder:
«Yo también quiero que vuelvas a clase, pero te recuerdo que tengo novio».
Una vez hubo enviado el mensaje, pensó de pronto que había resultado demasiado dura. Iba a disculparse, pero él contestó enseguida.
«Lo sé ;-).»
Marinette pestañeó, perpleja. ¿A qué estaba jugando? Pensó que quizá el pobre se aburría mucho, todo el día encerrado en casa.
«Lo siento, no quería parecer borde. Quiero decir... es que todo es muy reciente. Eres uno de mis mejores amigos y te aprecio mucho».
«Eso también lo sé. No te preocupes, Marinette. Hablaremos de todo esto con calma, cara a cara, mucho antes de lo que piensas. Todo se arreglará, te lo prometo».
Ella parpadeó para retener las lágrimas. ¿Cómo podía ser tan dulce con ella, cuando era él quien estaba en problemas y había recibido las calabazas?
Quería responderle algo que estuviese a la altura, pero no se le ocurría nada. Y entonces recibió un último mensaje de Adrián:
«Tengo que dejarte ya. Buenas noches, Marinette. Hablamos, ¿vale?»
«Claro», respondió ella. «Buenas noches a ti también».
Adrián desconectó enseguida, y Marinette respiró hondo, tratando de tranquilizarse. Se palpó las mejillas y las sintió todavía calientes. «Aún me gusta mucho», comprendió.
Se sentía fatal por Cat Noir, porque lo quería de verdad y deseaba brindarle todo su amor y cariño solamente a él. Además, estaba preocupada. No había acudido a la pelea contra Rastreador, y tampoco había respondido a sus llamadas después.
–A lo mejor debería pedirle un número de teléfono –le dijo a Tikki, que la observaba en silencio–. A Cat Noir, quiero decir. Para poder contactar con él cuando no estamos transformados. –Tikki no dijo nada, y Marinette añadió, un poco preocupada–: ¿Crees que eso sería peligroso, que me daría demasiadas pistas sobre su identidad?
El kwami negó con la cabeza.
–Creo que sería peligroso, pero a estas alturas no parece que podamos hacer gran cosa al respecto –respondió.
Marinette la miró sin comprender. Iba a decir algo cuando la trampilla de su habitación se abrió de pronto, y apareció su madre. Tikki se apresuró a esconderse.
–¿Marinette? Se me había olvidado decírtelo..., pero esta mañana ha llegado una carta para ti. Del tío Wang.
–¿Del tío Wang? –repitió ella, desconcertada–. ¿Para mí?
–Sí, está dirigida a ti –respondió su madre–. Quizá quiera darte las gracias por haberlo ayudado con el concurso de cocina.
Marinette cogió el sobre que ella le tendía y lo observó con curiosidad. Cuando Sabine se marchó, Tikki salió de su escondite y voló rápidamente hasta ella.
–¡Ábrelo, Marinette! ¡Tengo un presentimiento!
La chica abrió el sobre y leyó la carta con extrañeza y creciente asombro. Después, cruzó una mirada con Tikki.
Adrián releyó la conversación que acababa de mantener con Marinette antes de apagar el teléfono.
–No puedo retrasarlo más, Plagg –le dijo a su kwami–. Tengo que decirle quién soy en realidad, porque creo que está hecha un lío.
–Hoy le has dicho dos veces que Cat Noir y tú sois personas diferentes –le recordó Plagg.
–Ya, es que no quería decírselo delante de Rastreador, y tampoco... así –añadió, señalando el teléfono. Suspiró–. Ojalá hubiese tenido tiempo de contárselo esta mañana. Quería habérselo dicho como Adrián, pero ya no va a ser posible.
–¿Vas a ir a verla esta noche?
–¡Claro! No pienso quedarme aquí encerrado. Me da igual lo que diga mi padre. Voy a ir a ver a Marinette.
«Tengo que verla», pensó.
Plagg suspiró con resignación.
Momentos más tarde, Cat Noir salía por la ventana, amparado en la oscuridad de la noche.
Aunque él no lo sabía, una cámara estratégicamente situada lo estaba grabando mientras escapaba de la mansión Agreste, y enviaba la señal a la tableta de Nathalie, que observaba la pantalla desde un coche aparcado en una esquina discreta.
Nathalie lo vio alcanzar la verja exterior de la mansión de un prodigioso salto y suspiró con pesar. Apenas era una mancha negra en la pantalla, pero cuando se detuvo un momento en lo alto de la verja y miró a su alrededor, sus ojos verdes relucieron fantásticamente en la penumbra.
Ella llamó a su jefe y se limitó a informar:
–Es él.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.
–Síguelo –ordenó entonces Agreste–. Quiero saber a dónde va. Con un poco de suerte, nos conducirá hasta Ladybug.
–Sí, señor –respondió ella.
Colgó el teléfono y se volvió hacia el Gorila, que aguardaba en silencio ante el volante.
–Sigue a Cat Noir –le indicó–. No lo pierdas de vista.
Cat Noir aterrizó en el balcón de Marinette, impaciente por volver a verla. La muchacha se le echó en brazos con tanto entusiasmo que casi lo hizo perder el equilibrio.
–¡Cat Noir! ¿Dónde estabas? ¡Esta mañana ha habido una alerta por akuma, y tú no contestabas a mis llamadas!
–Lo sé, lo siento.
El chico le tomó el rostro con las manos y la miró intensamente. Se moría de ganas de besarla. Había sentido aquella necesidad todo el día, cuando ella llevaba la máscara y cuando no, pero la había reprimido porque hasta aquel momento solo había podido verla bajo la identidad de Adrián Agreste.
–Entonces, ¿estás bien? Tenía miedo por ti, pensaba que quizá te había pasado algo...
–No temas por mí –respondió él, alzando una ceja con picardía–. Soy un gato y siempre caigo de pie... y ahora, además, tengo vidas infinitas.
Marinette arrugó el ceño.
–Solo cuando te enfrentas a un akuma, y solo si yo consigo vencer al final. Así que no te confíes.
Cat Noir sonrió ampliamente. Se sentía tan feliz allí, entre los brazos de Marinette, que no le importaba para nada que ella lo riñera. Siguiendo un impulso, la abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su cabello. Ella dejó escapar una exclamación de sorpresa, pero le devolvió el abrazo enseguida.
–Te quiero –susurró él en su oído–. Eres lo mejor de mi vida.
Marinette se quedó sin respiración. Sabía que él la quería muchísimo, se lo demostraba cada día, pero aquellas palabras parecían... demasiado, incluso para ella. Sentía que jamás podría estar a la altura de un amor tan grande. Sobre todo porque acababa de ruborizarse solo con leer un simple mensaje de texto de Adrián.
–Bueno, yo... –tartamudeó, pero se detuvo sin saber cómo continuar.
¿Qué era lo apropiado? ¿Responder algo así como «tú también eres lo mejor de mi vida»? ¿Sería sincero? ¿Lo sentía así? Todo era tan reciente... y su propia vida estaba llena de cosas estupendas. Cat Noir era una pieza fundamental en ella, pero... ¿la mejor? ¿Por encima de sus padres, de sus amigos, de sus sueños de futuro, de su tarea superheroica..., de Adrián?
«¿Alguna vez llegaré a quererlo así?», se preguntó de pronto. «¿Tanto como él me quiere a mí?».
Se le ocurrió entonces que tal vez la vida de Cat Noir no era tan luminosa y feliz como la de la propia Marinette. Quizá tuviese problemas serios, quizá faltase en su día a día gente que lo quisiera y lo apreciara de verdad.
Pero no era posible. Cat Noir era un chico normalmente alegre e incluso despreocupado. ¿Podría ser realmente desgraciado alguien que disfrutaba tanto con las bromas y los chistes malos, y que no parecía tomarse nada en serio?
Se recordó a sí misma que Cat Noir era mucho más que eso. También era amable, inteligente, leal, valiente y generoso.
–Eh –dijo él entonces, con suavidad.
Volvió a mirarla a los ojos, y Marinette vio tanta ternura en ellos que se le aceleró el corazón.
–¿Estás bien? –le preguntó–. Te veo muy callada, ¿pasa algo malo?
–No. No, todo está... –Parpadeó, tratando de librarse del embrujo de sus ojos verdes–. Todo está bien –terminó en un susurro, incapaz de apartar la mirada.
Cat Noir sonrió. Se besaron suave y dulcemente, y Marinette lo abrazó de nuevo, apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos con un suspiro.
–Te quiero –murmuró, como flotando en una nube.
Tenía que hablar con él de cosas importantes, pero apenas lo recordaba. También Adrián parecía haber desaparecido de su memoria. Ya solo estaba Cat Noir.
Sintió que él le acariciaba el cabello con delicadeza. Marinette no sabía si aquel chico era lo mejor de su vida, pero sin duda ocupaba un lugar principal en ella.
–¿Marinette?
–¿Mmmm?
–Tengo que hablar contigo.
Cat Noir trató de separarse de ella, pero Marinette no lo soltó. Riendo suavemente, el chico la guió hasta la tumbona y se sentaron los dos muy juntos, abrazados.
Como aquella primera vez, pensó Marinette de pronto. Cuando él se había quedado dormido, y ella había permanecido a su lado para espantar sus pesadillas.
–Hay algo muy importante que tengo que decirte –prosiguió Cat Noir–, y es que... no podemos seguir así.
Ella alzó la cabeza, súbitamente alarmada.
–¿Así, cómo?
–Tienes que saber quién soy. Es importante.
Marinette bajó la mirada, pensativa.
–Sé que crees que es peligroso –prosiguió él–, y seguro que tienes razón, pero tienes que saberlo al menos tú. No solo por nosotros y por nuestra relación, sino también por nuestra misión. Para que no vuelvan a pasar cosas como lo de hoy.
–¿Lo de... hoy?
–Para que no te preocupes por mí si me llamas y no puedo contestarte. Tienes que saber dónde encontrarme. Tienes que poder reconocerme cuando me veas sin máscara. Para que sigamos siendo un equipo incluso cuando no la llevamos puesta.
Hablaba con pasión, mirándola intensamente, y Marinette sintió que se ruborizaba.
Todo aquello sonaba maravilloso.
Poder estar juntos siempre, ser un equipo, con máscara o sin ella...
Sacudió la cabeza, tratando de centrarse.
–¿No te parece buena idea? –preguntó él, un poco desanimado.
–No, no es eso, es solo que... estoy intentando buscar argumentos sensatos, porque todo suena muy bonito, pero no sé si es prudente. Y a lo mejor me dejo llevar por mis sentimientos, te digo que sí y meto la pata, y...
Cat Noir sonrió.
–Marinette.
–...Y es importante pensar con la cabeza. Porque sé que tú te guías por tu corazón, y eso está muy bien, pero al menos uno de los dos tiene que mantener la cabeza fría y...
–Marinette –insistió él–, tranquila.
Ella inspiró hondo.
–Es que estoy nerviosa –confesó–. Claro que quiero conocerte, saber quién eres y que estemos juntos también sin máscara, pero pensaba que el maestro Fu no lo aprobaría y quería ser prudente. Y ahora...
–¿Ahora, qué?
–Cuéntaselo, Marinette –intervino entonces Tikki.
Ella respiró hondo de nuevo. Cat Noir la miró con curiosidad cuando le mostró un sobre y una hoja de papel doblada varias veces.
–Hoy he recibido esta carta. Se supone que es de mi tío Wang Chen, pero... en fin, léela.
El chico la desdobló y leyó:
«Querida Marinette:
Espero que tú y tu familia os encontréis bien. Me hubiese gustado quedarme más tiempo en París, es una ciudad realmente bonita. Pero ya sabes que mi trabajo es muy exigente, y tuve que marcharme antes de lo que había previsto.
Quería pedirte un favor, y es que no tuve tiempo de despedirme de unos amigos que dejé atrás. Tienen, además, un libro de recetas que les presté hace tiempo y que aún no ha vuelto a mis manos. Puedes escribirles a este correo: plikki[arroba] . Si consigues reunirte con ellos, dales muchos recuerdos de mi parte.
Con afecto, tu tío Wang Chen»
–Vaya –comentó Cat Noir, perplejo–. Desde luego, tu tío ha mejorado mucho su francés en los últimos meses.
–¡La carta no es de mi tío! –se impacientó ella–. Es un mensaje en clave, ¿entiendes? ¡Tiene que haberlo enviado el maestro Fu!
El chico volvió a leer la carta con más atención.
–¡Ah, ya entiendo! «Unos amigos que dejé atrás...» ¡Se refiere a los kwamis!
–Toda la carta está llena de pistas que tenemos que descifrar –siguió explicando Marinette–. La ha escrito así por si acaso alguien la interceptaba, pero nosotros deberíamos poder entenderla, ¿no es así? –preguntó mirando a Tikki, que asintió.
–¿Habéis escrito al correo que dice aquí?
–Sí, y nos devuelve un mensaje automático de un restaurante chino que dice que está cerrado por vacaciones. No creo que haya nadie al otro lado, Cat Noir. Es la dirección de correo lo que es una pista en sí misma: Plikki, Plagg y Tikki, ¿lo ves? Pensamos que lo que intenta decirnos el maestro Fu es que Plagg y Tikki pueden localizar a los otros kwamis.
Cat Noir parpadeó un momento y se volvió para mirar a Tikki.
–¿Eso es verdad?
–Creo que sí, Cat Noir –respondió ella–. Pienso que podríamos tratar de encontrarlos, igual que intentamos encontrar a Nooroo una vez. En aquel momento tuvimos que esperar a que llegara su ciclo para tratar de contactar con él, pero en este caso no haría falta, porque lo que buscamos es la caja de los prodigios. La señal que emite, por así decirlo, es mucho más fuerte. Si la caja no está muy lejos, quizá podamos detectarla.
–Lo que queremos decir es que Plagg y Tikki tienen que trabajar juntos –concluyó Marinette–. Y para eso...
Miró a Cat Noir, que comprendió de pronto lo que quería decir.
El superhéroe tragó saliva. Había acudido al balcón de Marinette dispuesto a contarle la verdad, a confesarle quién era en realidad. Pero tenía miedo.
Volvió a centrarse en la carta de Fu, tratando de ignorar los salvajes latidos de su corazón.
–¿Por qué menciona un «libro de recetas»? ¿Seguro que la carta es del maestro Fu, y no de tu tío Wang, después de todo?
Tikki y Marinette cruzaron una mirada, y la chica dijo:
–Creemos que se puede referir al libro de los prodigios del maestro Fu. Se trata de un libro en clave que contiene los secretos de los prodigios, las fórmulas para los nuevos poderes...
–¡Oh! –comprendió él–. Creo que ya sé qué libro es. Pertenece a Gabriel Agreste, ¿verdad?
–Sí, pero el maestro Fu tiene una copia digitalizada y... Un momento, ¿cómo lo sabes? Yo no te he hablado del libro, ¿verdad?
–No, no lo has hecho –respondió él con precaución.
Marinette malinterpretó su expresión.
–Lo siento –murmuró avergonzada–. Tendría que habértelo contado hace mucho tiempo, pero habrías adivinado mi verdadera identidad, y el maestro Fu decía que...
Cat Noir apenas la escuchaba.
–Si ese libro es tan importante... –murmuró, pensativo–, ¿por qué está en manos de Gabriel Agreste?
–No lo sé, y por eso te llevé a investigar a su casa, antes de descubrir que se había convertido en el Coleccionista. No pude contártelo entonces, Cat. Lo siento mucho.
Tikki y Cat Noir cruzaron una mirada de entendimiento. El kwami asintió. El superhéroe tragó saliva.
–Bueno, lo cierto es que yo también tengo cosas que contarte.
–Es verdad –recordó Marinette–. ¿Cómo sabías lo del libro? ¿Te lo dijo el maestro Fu?
Cat Noir se frotó la nuca, un tanto avergonzado.
–No, yo... lo saqué de la caja fuerte de Gabriel Agreste. Y luego... lo perdí, y por lo visto volvió a sus manos, aunque nunca llegué a saber cómo.
Marinette parpadeó, perpleja.
–¿Que lo sacaste de la caja fuerte de Gabriel Agreste? –repitió–. ¿Cómo?
Cat Noir dirigió una breve mirada a Tikki, que le sonreía, mostrándole su apoyo. Sabía que solo tenía que decir «Garras fuera» y todo quedaría explicado...
Pero tenía miedo. Temía la reacción de Marinette cuando descubriera quién se ocultaba tras la máscara, temía que todo cambiara entre los dos, que ya no lo mirara igual. Porque allí, en el balcón de Marinette, con ella entre sus brazos, sentada junto a él, Cat Noir sentía que podía acariciar la felicidad con la punta de los dedos. Y se lo debía a la máscara. Probablemente fuese algo irracional, pero temía que, si le mostraba su verdadero rostro, aquella felicidad se desvanecería sin más, como todo lo bueno que pasaba por la vida de Adrián Agreste.
–Ya-ya intenté decírtelo esta mañana, pe-pero no pude, y me-me hubiese gustado habértelo co-contado de otra ma-manera... –tartamudeó.
Marinette lo tomó de las manos, tratando de calmarlo.
–Eh –susurró–. Tranquilo, ¿vale? Todo está bien. Estamos juntos y formamos un gran equipo. Eso es lo importante.
Cat Noir inspiró hondo y asintió. Marinette le acarició el rostro con cariño.
–Puedes confiar en mí, gatito. Siempre.
Lo besó suavemente en los labios y se separó de él sin dejar de mirarlo a los ojos.
Cat Noir se recordó a sí mismo que llevaba mucho tiempo soñando con el día en que le revelaría su identidad a Ladybug y podrían estar juntos. Pero en sus sueños siempre era Ladybug, no la dulce Marinette, con quien tenía una historia en común. Y para ella, Cat Noir siempre había sido Cat Noir y no tenía nada que ver con el chico que se sentaba delante de ella en clase.
–Confío en ti, milady –logró decir por fin–. Siempre.
Respiró profundamente de nuevo y dijo por fin:
–Garras fuera.
