Marinette inspiró hondo y pulsó el timbre. De inmediato, el ojo robótico emergió de la pared para examinarla.

–¿Sí? –preguntó la fría voz de Nathalie a través del intercomunicador.

Marinette se sobresaltó. No era la primera vez que llamaba a la puerta de la mansión Agreste y había sido expresamente invitada por su dueño, pero aquel lugar siempre la intimidaba mucho.

–Soy Ma-ma-marinette –tartamudeó–. Vengo a almorzar. Con Adrián. Y-y con el señor Agreste –añadió, cada vez más nerviosa–. He traído frutas... digo, trufas –concluyó, mostrando una caja con el logotipo de la pastelería Dupain-Cheng–. Pa-para el postre.

Tuvo la sensación de que había sonado muy tonta, y trató de arreglarlo con una amplia sonrisa.

Hubo un silencio que a ella le pareció muy largo, mientras el ojo robótico la examinaba como si fuera una potencial terrorista armada con una bolsa de granadas de mano en lugar de una caja de bombones.

–Pasa –dijo por fin Nathalie.

Su voz seguía sin transmitir la menor emoción, y Marinette se preguntó, no por primera vez, si no se trataría de un robot en realidad. Pobre Adrián, pensó. Que aquel chico tan cálido y bondadoso se viese obligado a convivir con un hombre severo y distante y una mujer tan fría le rompía el corazón. Ahora que sabía, además, que Adrián era también Cat Noir, no podía evitar preguntarse cómo sería para él tener que reprimir en su vida diaria aquel lado bromista suyo que seguramente su padre no aprobaría.

–Pasa –repitió Nathalie, y Marinette se dio cuenta entonces de que la verja estaba abierta.

–S-sí, gracias –farfulló la chica, y se apresuró a cruzar el umbral.

Se detuvo al pie de la escalera y respiró hondo otra vez. Las manos le temblaban, y las trufas bailaban inestablemente dentro de la caja. Marinette se visualizó a sí misma tropezando ante el señor Agreste y tirando todos los bombones sobre su impecable traje, y sacudió la cabeza.

–No, no, no, Marinette, no te mentalices –se dijo a sí misma–. No vas a tropezar. No vas a tropezar.

–Claro que no –la animó Tikki desde su bolso–. Tranquila, todo va a salir muy bien.

–Todo va a salir muy bien –repitió ella.

Inspiró profundamente y subió las escaleras, muy concentrada en lo que hacía. Al llegar ante la puerta sonrió, satisfecha. No había tropezado ni una sola vez y las trufas seguían en su sitio.

–¿Lo ves? –le dijo Tikki.

Marinette le dedicó una sonrisa de agradecimiento. Fue entonces cuando se dio cuenta de que a su kwami lo envolvía un leve halo luminoso.

–Tikki, brillas otra vez –susurró, asombrada–. ¿Qué quiere decir eso? ¿Estamos cerca de los kwamis secuestrados?

Ella se miró las manos y alzó la cabeza hacia Marinette.

–Puede ser. O quizá sea solo que estamos cerca de Plagg.

Marinette iba a responder, pero entonces la puerta se abrió de repente, y ella dio un respingo, sobresaltada. La caja de trufas se le cayó de las manos.

–¡Marinette! –exclamó Adrián con una amplia sonrisa.

Alargó la mano y recogió la caja antes de que cayera al suelo, de forma natural y sin esfuerzo. «Reflejos de gato», pensó ella, y se le ocurrió de pronto que no era la primera vez que Adrián hacía algo así.

–Muchas gracias por venir –le dijo el chico, aún sonriendo–. Siento que te hayamos avisado con tan poco tiempo.

–No pasa nada –respondió ella–. Tenía que comer de todas formas, y bueno... te echaba de menos –confesó muy sonrojada, bajando la mirada.

Adrián se ruborizó también.

–Pero si nos vimos...

–Ya lo sé –cortó ella abruptamente, enrojeciendo todavía más–. Pero tenía ganas de verte.

Cruzaron una mirada repleta de ternura.

–Adrián –lo llamó entonces Nathalie–. ¿No vas a invitar a pasar a tu amiga?

Los dos volvieron a la realidad. Marinette desvió la mirada, incómoda.

–Por supuesto, ¿dónde están mis modales? –Adrián se hizo a un lado y le dedicó una reverencia–. Bienvenida a nuestro hogar, milady.

Marinette se lo agradeció con una risita y una inclinación de cabeza, y entró en la mansión.

–Toma, creo que esto es tuyo –dijo él, devolviéndole la caja de trufas.

–Oh, no, no es mío... quiero decir... que sí, pero lo he traído para compartir. Es una caja de trufas. De la pastelería de mis padres.

El rostro de Adrián se iluminó con una amplia sonrisa.

–Seguro que están estupendas. Todo lo que hacen tus padres está muy rico.

Nathalie carraspeó tras ellos.

–En realidad, Adrián, sabes que no tienes permitido tomar dulce.

–¿Ah, no? –se extrañó Marinette.

Sabía que su compañero era extraordinariamente goloso, y de hecho lo había visto comer cookies, chouquettes o macarons a dos carrillos sin problemas y bajo sus dos identidades.

Adrián se frotó la nuca, nervioso.

–Tengo que controlar un poco mi dieta, ya sabes... porque soy modelo y todo eso.

–Sé que controlar lo que come fuera de casa es una causa perdida –añadió Nathalie–, así que, a cambio, somos muy estrictos con la dieta que servimos aquí.

Marinette bajó la vista hasta su caja de trufas, con las mejillas ardiendo.

–Lo siento, no lo sabía.

Adrián le pasó un brazo por los hombros mientras dirigía una mirada suplicante a Nathalie.

–¿No podemos hacer una excepción? Después de todo, hoy es un día especial, y lo que ha traído Marinette no es cualquier cosa, es una exquisitez de los Dupain-Cheng.

Nathalie suspiró.

–Supongo que sí –se rindió por fin.

Alargó la mano hacia Marinette, y ella, tras un instante de duda, le entregó la caja.

–Pasad al comedor, por favor –añadió Nathalie–. El señor Agreste se reunirá con vosotros enseguida.

Marinette seguía con la vista clavada en la punta de sus zapatos. Adrián la tomó de la mano.

–Vamos, ven –le susurró–. Todo saldrá bien.

Ella dejó que la condujera hasta el comedor. La mesa era larguísima, pero solo había servicio para tres personas.

Marinette se quedó contemplando la estancia.

–¿Recuerdas cuando akumatizaron a tu padre? –murmuró.

No hizo falta que añadiese más detalles. Adrián sabía exactamente a qué momento se refería: cuando Ladybug y Cat Noir había luchado contra el Coleccionista en aquella misma habitación.

Cruzaron una mirada de entendimiento.

–Claro que me acuerdo –respondió él.

Marinette trató de sonreír.

–Bien, pues... ¿puedes creerte que tengo más miedo de enfrentarme a él ahora que cuando era un supervillano? –Enterró la cara entre las manos–. Lo siento, debe de haber sonado fatal... pero es que estoy muy nerviosa. ¿Y si meto la pata? ¿Y si no le caigo bien?

–Marinette. –Adrián le pasó un brazo por los hombros para reconfortarla–. Todo saldrá bien, ¿de acuerdo? Sé que mi padre es severo y puede ser un poco intimidante a veces, pero tú le caes bien. ¿Recuerdas el día del desfile de moda? Le gustó mucho el sombrero que hiciste, y habló muy bien de ti delante de Audrey Bourgeois.

Marinette inclinó la cabeza, levemente sonrojada.

–Sí, pero...

–Además –le susurró él al oído–, sé perfectamente que eres muy, muy valiente. Con o sin la máscara.

Ella enrojeció todavía más y lo miró a los ojos. El la miraba con tanta ternura que el corazón de Marinette se aceleró.

Alguien carraspeó ante ellos, sobresaltándolos. Gabriel Agreste acababa de entrar por la puerta. Marinette dudó un momento e hizo ademán de apartarse de Adrián, pero él la mantuvo con firmeza a su lado.

–Padre, creo que ya conoces a Marinette..., mi novia –dijo con orgullo.

Ella inspiró hondo, se puso más roja todavía y miró a Adrián, abrumada.

–Ya veo –dijo Agreste.

Marinette se volvió hacia él, inquieta. Pero el dueño de la casa le sonreía con amabilidad.

–Ya nos conocemos –prosiguió–. Marinette Dupain-Cheng, joven diseñadora de gran talento.

–Yo... yo... gracias, señor Agreste.

–Puedes llamarme Gabriel. –Hizo un gesto hacia la mesa–. Tomad asiento, por favor. Sé que no tienes mucho tiempo.

Marinette recordó que tenía que volver al colegio justo después de la comida, y tomó nota mental de que debía encontrar el modo de convencer a Agreste para que reconsiderase su decisión sobre Adrián.

Los dos chicos se sentaron uno junto al otro. La mano de Adrián buscó la de Marinette bajo la mesa y se la estrechó para infundirle ánimos. Ella inspiró hondo.

Gabriel se sentó ante ellos, cruzó las manos bajo la barbilla y los miró inquisitivamente.

–Así que... novios.

–Sí, estamos saliendo juntos, pero es todo muy reciente –empezó Adrián, y Marinette notó, con el corazón encogido, que también él parecía nervioso.

Recordó entonces que no era la primera vez que ambos se encontraban en una situación similar. Evocó aquel almuerzo en su propia casa, con su padre sirviendo dulces y parloteando sin cesar acerca de su futuro juntos mientras ella y Cat Noir se miraban de reojo, sumamente incómodos, sin saber qué decir.

Bueno, él sí había sabido qué decir, en realidad: «Lo siento, Marinette, pero estoy enamorado de Ladybug».

Sacudió la cabeza. Cómo podía ser tan extraña su vida. Cómo era posible que ella hubiese estado sentada aquel día junto a Adrián Agreste sin saber que era él. Cómo era posible que él le hubiese dado calabazas al mismo tiempo que proclamaba su inquebrantable amor hacia ella.

«No es fácil ser dos personas al mismo tiempo», pensó.


En el interior de su bolso, Tikki escuchaba la conversación atentamente. De vez en cuando se miraba las manos, preocupada. El brillo sobrenatural que la envolvía parecía haberse hecho más intenso desde que habían entrado en la mansión Agreste, pero no quería sacar conclusiones precipitadas.

–¡Azucarillo! –exclamó entonces Plagg, sobresaltándola.

Tikki se volvió hacia el kwami, que acababa de entrar en el bolso.

–¡Plagg! ¿Qué haces aquí? ¡Deberías estar con Adrián!

–Bah, esos dos están tan juntos que no notará si vengo de visita a tu escondite. Y además, tenemos que hablar. ¿Has visto esto? –preguntó, mostrando sus manos, envueltas en un halo luminoso.

Tikki asintió solemnemente.

–Los kwamis están muy cerca, Plagg. Y eso quiere decir...

–...que Lepidóptero también.

Cruzaron una mirada.

–Sospechas lo mismo que yo, ¿verdad?

Plagg asintió.

–No quería decírselo a Adrián, pero... es posible que Lepidóptero viva en esta casa.

–Pero Gabriel Agreste fue akumatizado –objetó Tikki.

–Entonces, ¿cómo explicas que los kwamis estén aquí?

–No sabemos si están aquí, puede ser otra casa del barrio.

–¿Y qué vamos a hacer entonces? ¿Quedarnos de brazos cruzados?

–¿Qué quieres decir?

–El padre de Adrián está distraído ahora. Podemos explorar la casa por nuestra cuenta, nadie se enterará.

–¡Pero no podemos separarnos de Adrián y Marinette! Recuerda lo que pasó la última vez.

–Será solo un momento. No tendremos otra oportunidad mejor, y además... tenemos una ventaja que hay que aprovechar, Tikki. Porque nosotros sospechamos de ese humano serio y avinagrado, pero él no sabe quiénes son Ladybug y Cat Noir.

–¡Y no queremos que lo descubra! –le recordó Tikki con severidad.

–Tendremos mucho cuidado. Pero hemos de seguir la pista. Piensa en los pobres kwamis atrapados entre las garras de ese horrible Lepidóptero.

Ella se estremeció.

–Muy bien, saldremos a investigar. Pero tendrá que ser una excursión corta, e iremos con mucho cuidado, ¿de acuerdo?

–Hace miles de años que nos conocemos y aún no confías en mí –se lamentó Plagg, dolido.

–Eso es precisamente porque te conozco –replicó ella.

Pero lo siguió fuera del bolso de Marinette. Los dos kwamis se deslizaron bajo la mesa entre los pies de los comensales y salieron de la habitación sin ser vistos.


Nathalie entró sin hacer ruido y sirvió tres platos que contenían un puré decorado con verduras primorosamente colocadas. Marinette tomó la cuchara, indecisa. Parecía demasiado bonito para comérselo.

–Crema de brócoli y quinoa –informó Nathalie.

–Parece muy... verde –se le escapó a Marinette–. ¡Y saludable! –añadió, deprisa–. Muy... saludable.

Gabriel le dirigió una mirada severa, y ella hundió la vista en su plato, avergonzada. Comieron unos instantes en silencio, y entonces Gabriel preguntó:

–¿Hace mucho que os conocéis?

–Bueno... –empezó Adrián, inseguro–. Somos compañeros de clase, así que nos conocemos desde que comenzó el curso en realidad, pero hemos pasado tiempo juntos y...

No supo cómo continuar, y Marinette entendió su dilema. Por supuesto, ella y Adrián apenas habían convivido, precisamente porque Gabriel no dejaba salir a su hijo y él no podía pasar tiempo con sus amigos.

Pero Ladybug y Cat Noir llevaban ya un año luchando juntos, salvando París. Aunque habían mantenido en secreto muchos detalles de su vida y su personalidad, habían aprendido a confiar ciegamente el uno en el otro. Se entendían sin palabras, se compenetraban a la perfección, eran como dos partes de un todo. Ya lo eran mucho antes de conocer sus verdaderas identidades, caviló Marinette.

Y, por descontado, estaban todas aquellas noches que habían pasado juntos, abrazados, charlando en la oscuridad antes de rendirse al sueño para espantar a las pesadillas.

Ladybug y Cat Noir se conocían. Marinette y Cat Noir se conocían. Y por eso ella conocía también a Adrián. Porque, de no ser por su relación con el superhéroe, jamás habría podido llegar hasta él. La máscara de Cat Noir había permitido a Adrián escapar del férreo control de su padre y reunirse con Ladybug... con Marinette..., cuando ella ya había tirado la toalla y había dado por sentado que aquel muchacho estaba muy lejos de su alcance.

Pero todo eso Gabriel no podía saberlo. ¿O sí? Marinette tenía la sensación de que, detrás de su educada amabilidad, había un punto de astucia tras la mirada de aquel hombre, como si supiese mucho más de lo que aparentaba. Sacudió la cabeza. Serían imaginaciones suyas.

–Es difícil, porque Adrián tiene un horario muy complicado –dijo por fin–. Pero nos veíamos en el colegio... hasta hoy. –Inspiró hondo y clavó una mirada suplicante en Gabriel Agreste–. Por favor, se lo ruego, déjele volver a clase. No solo por mí, o por sus amigos; porque, aunque es verdad todos lo echaremos mucho de menos si no vuelve más, también sé que él es feliz asistiendo a clase con nosotros y con la señorita Bustier.

–Marinette –murmuró Adrián, conmovido.

Agreste alzó una ceja.

–No es la primera vez que vienes a mi casa a pedirme algo así, Marinette.

–¿Ah, no? –se sorprendió Adrián.

Ella le dirigió una sonrisa de disculpa.

–Es una larga historia.

–Por eso sé que llevas mucho tiempo admirando a mi hijo desde lejos –prosiguió Agreste–. Y que estás interesada en el mundo de la moda.

Ella no captó la insinuación.

–Sí, es verdad –reconoció, un poco sonrojada.

–Padre –protestó Adrián.

–Es mi responsabilidad proteger a mi hijo de todos los peligros que hay fuera de casa –concluyó Gabriel.

–Todos nos enfrentamos a esos peligros –replicó Marinette–. Pero en París no hay solo villanos, también hay superhéroes que están ahí para...

–No me refiero solo a los villanos. Adrián no es un chico normal. Es un Agreste y hay mucha gente interesada en acercarse a él. Todo el mundo quiere algo de él, ya sea una foto, un autógrafo, cinco minutos de fama... o contactos en el mundo de la moda. Es mi deber protegerlo de todos los que quieren aprovecharse de su amabilidad.

–Padre, por favor –masculló Adrián, avergonzado.

–Lo comprendo, pero... oh –murmuró Marinette, cayendo de pronto en la cuenta. Se sonrojó de golpe–. Pero yo no... yo no...

–¿Tú no quieres nada de él? –sonrió Agreste.

–Yo lo quiero a él –replicó Marinette abruptamente, y de pronto se dio cuenta de cómo había sonado aquello–. Quiero decir... que quiero que sea feliz. Por encima de todo.

Gabriel alzó una ceja.

–¿Por encima... de todo?

–Sí –susurró ella.

–Entonces ya tenemos algo en común, señorita Dupain-Cheng.

–Dejad de hablar de mí como si yo no estuviese presente –protestó Adrián.

Marinette inspiró hondo y apretó la mano del chico por debajo de la mesa, tratando de centrarse.

–Me interesa saber hasta qué punto los sentimientos de tu novia son sinceros, hijo. Tú eres demasiado ingenuo como para darte cuenta de cuándo alguien intenta aprovecharse de ti.

–Yo no... –empezó Marinette, pero Adrián se levantó de golpe.

–Es suficiente, padre. Estás incomodando a Marinette, y no se lo merece.

Agreste sonrió.

–Habría jurado que la señorita Dupain-Cheng no es del tipo de jóvenes que se dejan intimidar fácilmente –comentó como de pasada–. Siéntate, hijo. Ahora –añadió con mayor severidad, y él inspiró hondo y volvió a sentarse.

–No pasa nada, Adrián –murmuró Marinette–. Supongo que es lógico que tu padre tenga reparos. Tu situación es... peculiar. Eres famoso y todo el mundo te conoce, y es normal...

Nathalie entró otra vez, y los tres permanecieron en silencio mientras retiraba los platos. Marinette se dio cuenta, un tanto avergonzada, de que ella apenas había probado el suyo.

Nathalie sirvió entonces el segundo plato.

–Tataki de atún rojo con sésamo sobre lecho de virutas de manzana –anunció.

–Gracias, Nathalie –murmuró Adrián.

Marinette deseó que tras la interrupción cambiaran de tema en la conversación, pero Gabriel era un hombre de ideas fijas.

–Sabes que, si sales con mi hijo, esa... «situación peculiar» suya te afectará también a ti, ¿verdad? –planteó.

Marinette dio un pequeño respingo.

–No... no lo había pensado.

–Por supuesto que no –sonrió Agreste–. Pero ¿estarías dispuesta a afrontarlo? ¿Por él?

–Sí –susurró Marinette.

–Ah. –Agreste se inclinó hacia delante, interesado–. ¿Y qué más serías capaz de hacer por mi hijo?

–Padre, ¿qué clase de interrogatorio es este? –protestó Adrián.

Marinette había mantenido la mirada baja, pero alzó la cabeza en ese momento.

–No pasa nada, Adrián. Supongo que tiene derecho a preguntar.

No lo tenía, en realidad, pero había tocado una fibra sensible en su interior. Y es que, en el fondo, Marinette no se sentía digna de aquel muchacho que la había amado desde el primer día sin que ella lo supiese. No porque fuera Adrián Agreste y se sintiese intimidada ante su sola presencia; aquellas dudas habían quedado ya atrás. No; se debía a todas las veces que lo había rechazado como Cat Noir, a lo mucho que le había costado aceptarlo tal como era, al hecho de que había estado a punto de rendirse en tantas ocasiones.

Se debía a que, en todo aquel tiempo, Adrián se había sentido devastadoramente solo y necesitado de amor y cariño. Y ella no había tenido el valor suficiente para acercarse a él y quererlo como merecía, ni la empatía necesaria para comprender que bajo la máscara burlona de Cat Noir latía un corazón noble y sensible.

Y a pesar de todo él había estado allí, esperándola.

Marinette se sentía increíblemente afortunada por ello. Y sabía que había llegado la hora de luchar por él.

–¿Qué más sería capaz de hacer por Adrián? –murmuró, clavando su mirada azul en los ojos grises de Gabriel Agreste–. ¿Por su felicidad, por su bienestar? Cualquier cosa –concluyó con firmeza.

–¿Incluso... renunciar a él?

Marinette inspiró hondo.

–Sí –respondió.

–Nadie tiene que renunciar a nadie –intervino Adrián por enésima vez–. Padre, ya basta. Quiero a Marinette, y quiero estar con ella. No es una decisión que deba tomar ella sola. Y tampoco tú –concluyó, desafiante.

Gabriel le sostuvo la mirada, pero finalmente sonrió.

–Por descontado –concedió.


NOTA: Disculpad el retraso, me está costando encontrar huecos para seguir escribiendo. ¡Pero continúo!, lenta pero segura, o al menos eso espero.

Para los que preguntan, mi siguiente historia no sé cuál será. Escribo lo que me apetece escribir, y si quiero ajustarme al canon no es porque me sienta obligada, es que realmente me gusta esta serie tal como es. Escribo fanfics de Miraculous básicamente porque me encantan los protagonistas y muero por verlos juntos, así que mientras espero a que eso pase en la serie, pues escribo mis versiones sobre cómo podría pasar o cómo me gustaría que pasase. Por eso otras parejas, aunque sean canónicas, no me llaman tanto la atención. O sea, yo estoy aquí por Adrien y Marinette, lo reconozco :D. Otros fanautores tienen otras motivaciones, pero la mía es esa, y es su romance lo que me lleva a escribir fanfics de la serie.

Y claro, vistas las circunstancias, evidentemente tendré que incluir en futuras historias a Luka :D, o lo que quiera que vaya a pasar entre él y Marinette. Pero para mí Adrienette sigue siendo el objetivo principal, y por eso escribo, para verlos juntos. Así que, si algún día escribo algo de Lukanette, pues bueno, la historia terminará otra vez en Adrienette, y el pobre Luka con el corazón roto. El que avisa no es traidor...

Otra cosa: si alguien quiere preguntarme algo en concreto, tengo los mensajes directos abiertos. En los comentarios es complicado responderos personalmente, y lo mismo para las notas dentro del capítulo, intento hacerlas generales y no particulares. A lo mejor no veo los mensajes enseguida porque no entro todos los días, ¡pero sí los miro y los contesto! :)

¡Gracias por leer! ^^