Tikki y Plagg recorrían la mansión Agreste. Plagg iba en cabeza, volando con gran seguridad. Tikki lo detuvo cuando estaba a punto de atravesar la puerta del despacho de Gabriel Agreste.
–¡Espera! –susurró–. ¿A dónde vas?
Plagg le mostró sus propias manos, que brillaban con intensidad.
–¡Esta es la dirección correcta, Tikki! ¿No lo ves? Además, el padre de Adrián esconde muchos secretos en esta habitación. Tiene una caja fuerte oculta donde guarda el libro de los prodigios.
Tikki lanzó una exclamación de sorpresa.
–¡Es verdad, lo tenía él! Marinette sospechó que podría ser Lepidóptero, pero después de que lo akumatizaran... imaginamos que el libro había ido a parar a sus manos por casualidad.
Plagg negó con la cabeza.
–Estoy empezando a pensar que nada relacionado con este hombre sucede por casualidad –declaró, con una seriedad impropia de él.
Tikki iba a responder pero, de pronto, la puerta del despacho se abrió. Los dos kwamis se escondieron tras ella, justo antes de que Nathalie saliera de la habitación. Permanecieron en silencio, observando a la mujer mientras se alejaba hacia el comedor.
–¿Crees que está implicada también? –preguntó Tikki en un susurro.
–Espero que no –respondió Plagg, y ella advirtió que estaba profundamente preocupado–. Adrián confía mucho en ella; es la persona que ha estado cuidando de él desde que su madre desapareció.
Tikki le dedicó una dulce sonrisa.
–Te importa mucho ese chico, ¿verdad?
–¿A mí? ¡Qué va! –replicó Plagg con rapidez–. Es otro portador más, como tantos otros, ya sabes. Se ponen el anillo, garras fuera, les doy poderes y ya está, no hay más. Las reglas de la relación son muy sencillas así, ¿verdad? ¿Qué sentido tiene complicarlas?
Pero le brillaban sospechosamente los ojos, y Tikki comprendió que trataba de contener las lágrimas. Decidió sabiamente no insistir en el tema.
–Bueno, ¿a qué estamos esperando? –zanjó entonces Plagg.
Tomó de la mano a Tikki y atravesó la puerta con ella.
El despacho de Gabriel estaba vacío. Tikki miró a su alrededor con curiosidad, mientras Plagg se dirigía sin vacilar hacia el cuadro que presidía la pared del fondo. A medida que se acercaba, la luz que envolvía su cuerpo se volvía más y más intensa.
Tikki se apresuró a seguirlo, pero se detuvo cuando lo vio atravesar el cuadro.
–¡Espera! ¿A dónde vas?
Plagg volvió a salir.
–Aquí dentro está el libro de los prodigios, Tikki. Y otra cosa muy interesante. Ven a verlo.
Ella dudó un momento, pero finalmente siguió a su compañero hasta el interior de la caja fuerte.
Miraron a su alrededor. El propio brillo de los dos kwamis era ya tan intenso que bastaba para ver con claridad en el interior de la caja fuerte. Tikki lanzó una exclamación de asombro.
–¡Plagg, mira!
Los dos contemplaron el broche, asombrados. Tikki alargó la mano, pero no se atrevió a tocarlo.
–Esto no estaba aquí antes –murmuró Plagg–. O sea, sí que había un broche, pero no era este.
Tikki le dirigió una mirada de reproche.
–¡Estoy seguro de que no! –se defendió Plagg–. Me habría dado cuenta.
Tikki flotó cerca de la joya con forma de cola de pavo real.
–Duusu –susurró.
Se volvió hacia Plagg.
–¿No lo notas? Algo malo pasa con el prodigio, está...
–Tikki –cortó Plagg–. El portador del prodigio del pavo real acudió en ayuda de Lepidóptero en la batalla del día de los héroes.
Ambos cruzaron una mirada.
–Yo creo que ya no hay ninguna duda, Plagg –murmuró Tikki. Se miró las manos–. Pero ¿crees que por eso el hechizo nos ha traído hasta aquí? ¿Por Duusu?
Su compañero negó con la cabeza.
–No lo creo, Tikki. Vamos, salgamos de aquí. Tenemos que seguir rastreando.
–¿Qué? Pero ¿y Duusu? ¡No podemos dejarla aquí!
Demasiado tarde: Plagg ya había salido de la caja fuerte. Tikki suspiró y lo siguió.
Lo encontró examinando el suelo frente al cuadro de la pared.
–Plagg, ¿qué haces?
–¡Es por aquí, Tikki! ¿No lo notas?
Ella se miró a sí misma y advirtió, sorprendida, que la luz que emitía era todavía más intensa.
–Pero esto es... el suelo –murmuró con desconcierto–. No hay nada ahí debajo, ¿verdad?
–Enseguida lo comprobaremos –manifestó Plagg, y se hundió en el suelo, atravesándolo sin dificultad.
Con un suspiro, Tikki lo siguió.
Cuando se reunió con Plagg, ambos kwamis miraron con sorpresa a su alrededor.
Se encontraban en un conducto vertical similar al hueco de un ascensor.
–Vaya, vaya... –murmuró Plagg.
–¿Qué es esto? –preguntó Tikki, perpleja.
–¡Un pasadizo secreto! ¡Y lo hemos encontrado nosotros solos! ¿Lo ves? Siempre supe que en el fondo nuestros elegidos no serían nada sin nosotros... ¿qué digo? ¡No necesitamos elegidos! Los kwamis solos podríamos salvar el mundo y...
–Plagg –cortó Tikki–, céntrate. No tenemos mucho tiempo, ¿recuerdas?
Los dos kwamis recorrieron volando el túnel subterráneo. Cuando llegaron hasta el final, cruzaron una mirada. Ambos emitían un resplandor casi cegador.
–Creo que los hemos encontrado –murmuró Tikki.
Se tomaron de la mano y atravesaron la última pared.
Y se encontraron en una amplia sala presidida por un enorme ventanal redondo.
–¿Qué clase de sitio es este? –se preguntó Plagg en voz alta.
Tikki ahogó una exclamación de sorpresa.
–¡Mira eso!
Plagg volvió la cabeza hacia donde le indicaba su compañera. En un primer momento le pareció que el suelo ondulaba de una forma extraña. Después descubrió que estaba repleto de mariposas blancas vivas.
Cruzaron una mirada.
–Tenemos que avisar cuanto antes a Adrián y Marinette –dijo Tikki, pero el pequeño kwami negro negó con la cabeza.
–¿Para qué perder el tiempo? ¡Ya estamos aquí!
Tikki trató de detenerlo, pero Plagg voló directo hacia una pequeña mesa pegada a la pared del fondo. Sobre ella reposaba una caja de madera de forma octogonal. Cuando Plagg se posó sobre ella, tanto él como Tikki despidieron un resplandor cegador que brilló un instante y luego se apagó de golpe.
–¿Lo ves? –exclamó Plagg, muy ufano–. ¡Los hemos encontrado!
–Sin embargo –prosiguió Gabriel–, mi decisión es inamovible.
Adrián dejó el tenedor y alzó la cabeza para mirarlo.
–¿Qué quieres decir?
–Comprendo que eres joven y que tus... sentimientos hacia Marinette te han llevado a actuar a veces de forma irreflexiva. Pero es mi deber como padre mantenerte a salvo, y lo haré. No volverás al colegio, y es mi última palabra.
–¿Qué? Pero...
–Si tu novia quiere seguir viéndote, tendrá que hacerlo aquí, en casa. Le diré a Nathalie que establezca un horario de visitas y...
–Disculpe –cortó Marinette. Se esforzó por hablar con calma, pero en su interior hervía de ira–. ¿Está diciendo en serio que pretende encerrar a Adrián en casa como si fuese un presidiario?
–¡Marinette! –exclamó el chico.
–Es mi hijo y yo decido lo que es mejor para él –replicó Agreste.
–¡Pero ya no es un niño! Tiene catorce años, ¿hasta cuándo piensa usted mantenerlo encerrado en casa?
Gabriel sonrió brevemente y respondió:
–Hasta que Ladybug y Cat Noir derroten a Lepidóptero.
Los dos se quedaron sin palabras.
–¿Qué? –logró decir Adrián.
–¿De verdad piensas que voy a dejarte salir con todos esos villanos sueltos? –Gabriel se cruzó de brazos y negó con la cabeza–. Llevamos meses sufriendo ataques y esos superhéroes no están más cerca de vencer a Lepidóptero que cuando empezaron. Quizá lo más rápido fuese que le entregasen esas estúpidas joyas de una vez.
–¡No puedes estar hablando en serio!
Gabriel le dirigió a su hijo una dura mirada.
–¿Por qué no? ¿Tan malo sería, acaso? Que Lepidóptero se quede con las joyas y haga con ellas lo que tenga que hacer. Así dejaría de enviar villanos para conseguirlas.
–¿Usted cree? –intervino Marinette–. ¿Y si utiliza los prodigios para algo mucho peor, como...?
–¿Como dominar el mundo, por ejemplo? –Agreste sonrió–. No sabemos realmente para qué los quiere. Quizá no pretenda hacer daño a nadie.
–O quizá tenga un plan mucho más peligroso.
Agreste enarcó una ceja.
–¿Mucho más peligroso para París que los constantes combates entre héroes y villanos que tenemos que soportar? Si los héroes se rindieran, se acabarían los destrozos y los peligros. Pero ellos se obstinan en seguir enfrentándose a Lepidóptero. ¿De verdad podemos llamarlos héroes?
–¡Por supuesto que sí! –protestó Marinette–. Ellos luchan por París todos los días, nos protegen de los villanos y...
–Las akumatizaciones terminarán el día en que derroten a Lepidóptero... o el día en que sea él quien los venza a ellos. Mientras tanto, todos los demás sufriremos, así que... ¿qué sentido tiene alargar la batalla?
Marinette se cruzó de brazos, desafiante.
–No lo tenía a usted por un hombre que cediese fácilmente al chantaje, señor Agreste –comentó.
–Te sorprendería saber las cosas que estoy dispuesto a hacer para proteger a mi familia –replicó él con sequedad–. Por eso no voy a cambiar de idea. Adrián no saldrá de casa hasta que todo esto se termine, ya sea porque esos niños derroten a Lepidóptero... o porque le entreguen sus joyas de una vez –concluyó, mirando a Marinette a los ojos–. Hasta entonces... Adrián se quedará aquí. Sin discusión.
Ella temblaba, incapaz de reaccionar.
–Marinette... –murmuró Adrián.
–Lo siento –musitó ella con la voz rota–, tengo que ir al servicio.
Se levantó precipitadamente y salió de la sala.
Localizó el cuarto de baño más cercano y se encerró en el interior. Apoyó la espalda en la puerta y resbaló hasta quedar sentada en el suelo, con la cabeza hundida entre las manos.
¿Tendría razón el señor Agreste? El maestro Fu le había hablado de las leyes del equilibrio y de lo que sucedería si Lepidóptero se hacía con los prodigios e invocaba su poder, pero, por descontado, eso no podía explicárselo al padre de Adrián.
Sin embargo... ¿sería tan malo en realidad? ¿Peor que vivir en una ciudad constantemente amenazada por los villanos akumatizados?
Sacudió la cabeza. ¿A quién quería engañar? Si se estaba planteando todo aquello no era porque las palabras de Gabriel Agreste hubiesen sembrado dudas en su interior... sino porque no soportaba la idea de que Adrián volviese a ser un prisionero en su propia casa.
«¿Qué serías capaz de hacer por mi hijo?», habría preguntado Gabriel.
Marinette ya había dado su vida por él, y estaba segura de que volvería a hacerlo si fuese necesario. ¿Sería capaz de entregar su prodigio a Lepidóptero para que Adrián pudiese volver a tener una vida más o menos normal?
«Tikki», pensó, recordando de pronto que aquella decisión no les afectaría solamente a ellos dos. Abrió su bolso, dispuesta a compartir sus dudas con su kwami... y entonces descubrió que ella no estaba allí.
–¡Tikki! –susurró alarmada, mirando a su alrededor.
Estaba a punto de volver a salir cuando, de pronto, dos veloces centellas atravesaron la puerta y se detuvieron ante ella.
–¡Tikki, Plagg! ¿Dónde estabais?
–¡Los hemos encontrado, Marinette! –respondió Tikki.
–¿A quién?
–¡A los kwamis! ¡Y la caja de los prodigios! ¡Están todos aquí!
–¿Cómo?
–Gabriel Agreste es Lepidóptero –le reveló Plagg con seriedad.
Marinette se quedó mirándolos con los ojos muy abiertos.
–No puede ser. Fue akumatizado...
–Seguro que fue una trampa para despistarnos –razonó Tikki.
–¿Y Adrián...?
–No lo sabe –cortó Plagg–. ¿Cómo lo va a saber?
Ella respiró hondo varias veces, intentando asimilarlo todo.
–También tienen el prodigio del pavo real –prosiguió Tikki.
–¿Tienen? –repitió Marinette.
–Gabriel no usa los dos prodigios al mismo tiempo –explicó Plagg–, así que el portador de Duusu tiene que ser otra persona.
–Nathalie –comprendió Marinette–. O quizá su guardaespaldas...
–No podemos confiar en nadie en esta casa –concluyó Tikki.
–Oh, no –dijo entonces Plagg–. ¿Has dejado solo a Adrián con su padre?
–Sí, pero... es su padre...
–Es Lepidóptero –le recordó el kwami–. Y Adrián es Cat Noir.
–Pero él no lo sabe, ¿verdad?
–¿Quién no lo sabe, Adrián o su padre? –planteó Tikki.
Los tres cruzaron una mirada.
–Es imposible que lo haya descubierto –musitó Marinette, horrorizada.
Y entonces recordó a Rastreador. Y la extraña reacción de Lepidóptero cuando el villano le había revelado la verdadera identidad de Cat Noir.
Desde entonces, Adrián no había vuelto a salir de su casa... salvo para ir a visitar a Marinette bajo su identidad secreta.
Si para entonces su padre ya conocía su secreto... tal vez su última escapada no había pasado tan desapercibida como el chico creía.
–Oh, no, no, no.
–Tenemos que hacer algo –urgió Plagg–. Si Adrián...
Se calló de pronto. Los dos kwamis se quedaron quietos un momento, atentos.
Alguien llamó a la puerta.
–¿Marinette? –Era la voz de Nathalie–. ¿Estás ahí?
Ella miró a los kwamis y se llevó un dedo a los labios indicando silencio. Después, con cuidado y con sigilo, abrió las puertas del armario que había bajo el lavabo y se ocultó en su interior, acurrucándose todo lo que pudo.
Cerró las puertas justo cuando entraba Nathalie en el servicio. La oyó pasear por el cuarto de baño y después sus pasos se alejaron, sin duda creyendo que Marinette no se encontraba allí.
Respiró hondo.
–Y ahora, ¿qué? –preguntó Tikki.
–Ahora vamos a trazar un plan para salir todos de aquí –respondió ella.
NOTA: ¡Siento haber tardado tanto en actualizar! Seré más rápida para los próximos capítulos, lo prometo. ¡Ya queda poco para el final! ¡Gracias a todos por vuestra paciencia!
Manu: ¡Relájate un poco! :D En esta web hay miles de historias de Miraculous Ladybug para elegir; cada autor es libre de escribir lo que quiera y cada lector es libre de leer lo que apetezca. Yo no engaño a nadie, estas son las historias que me gustan a mí. Si a ti no te gustan o te aburren o preferirías leer otra cosa, no hay ningún problema, estoy segura de que encontrarás otros autores que sí escriban los ships que te gustan más. Yo respeto totalmente el derecho de todo el mundo a escribir y a leer lo que prefiera, y no creo que unos temas sean mejores que otros. Es simplemente que esto es lo que a mí me gusta y es lo que voy a seguir escribiendo, sin más :).
