Adrián se volvió otra vez hacia la puerta con cierto nerviosismo.

–Marinette está tardando mucho, ¿no crees? –planteó–. ¿Y si no se encuentra bien?

Gabriel Agreste hizo un gesto de indiferencia con la mano.

–Ya ha ido Nathalie a comprobarlo.

Adrián frunció el ceño y hundió la mirada en su plato. Apenas había tocado su comida.

–¿Hay algún problema, hijo?

Adrián vaciló. Estuvo a punto de decir que no, pero entonces recordó la forma en que Marinette se había enfrentado a Gabriel Agreste por él, para defender su derecho a salir de casa como cualquier otro chico de su edad.

Inspiró hondo. Durante mucho tiempo se había tragado toda su rabia y su frustración porque entendía que su padre lo estaba pasando muy mal debido a la desaparición de su madre, y no quería disgustarlo.

Pero después de todo, el propio Adrián estaba sufriendo también. Le había costado mucho levantar cabeza y salir adelante, pasar página y construir una nueva vida. Las clases, los amigos, su "trabajo" como superhéroe... Marinette...

Y su padre no lo había apoyado en ninguno de aquellos pasos, al contrario: Adrián había tenido que pelear contra él para dar cada uno de ellos. Le había costado mucho esfuerzo llegar hasta donde estaba ahora, pero sus pequeñas victorias le sabían a poco.

Porque bastaba una sola palabra de Gabriel Agreste para que toda su nueva vida se desvaneciera en el aire como un hermoso sueño al amanecer. Ya había decidido que su hijo no volvería al colegio; si consideraba que Marinette no era apropiada para él, le prohibiría volver a verla. Y Adrián no podía confiar siempre en sus poderes de Cat Noir, porque el día en que Gabriel Agreste descubriera su doble vida... se la arrebataría también.

Aquella revelación lo dejó helado en el sitio.

Por supuesto, sabía que debía mantener en secreto su doble identidad, Plagg se lo había advertido desde el primer día. Pero él no la ocultaba solo por eso, sino sobre todo porque, en el fondo de su corazón, sabía que no importaba lo bien que realizase su labor como superhéroe o lo mucho que probase que era capaz de hacerlo todo a la vez; si Gabriel Agreste llegaba a descubrir la verdadera naturaleza de su anillo... se lo quitaría.

Para protegerlo de todo peligro, por supuesto.

Para encerrarlo definitivamente en su jaula de oro, sin ninguna posibilidad de escapar.

Para alejarlo de todo aquello que lo hacía feliz.

Tenía que rebelarse cuanto antes. De inmediato. Ya.

Alzó la cabeza para mirar a su padre a los ojos.

–Me parece que estás siendo injusto con Marinette –declaró con voz firme.

Gabriel parpadeó.

–¿Cómo dices?

–Sé que quizá no es el tipo de chica que querías para mí, pero es a ella a quien quiero.

Su padre negó con la cabeza.

–Eres muy joven para saber lo que quieres, Adrián. Y muy ingenuo, debería añadir. Cometes un error si piensas que...

–Soy lo bastante mayor para empezar a tomar mis propias decisiones –cortó Adrián–. Si cometo errores, aprenderé de ellos. Pero no me niegues la posibilidad de elegir. Y de equivocarme.

–Eres un Agreste. Nosotros no podemos permitirnos el lujo de equivocarnos.

Adrián apretó los dientes.

–Habla por ti, padre. Yo sí estoy dispuesto a decidir por mí mismo y a asumir las consecuencias de mis errores. Pero estoy seguro de que Marinette no es uno de ellos.

–No puedes saberlo.

–Lo sé. Y aunque no fuera así, la quiero con todo mi corazón y estoy dispuesto a correr el riesgo.

Gabriel dejó escapar una breve carcajada.

–Tan sentimental como tu madre.

–No me avergüenzo de parecerme a ella –declaró Adrián, desafiante.

Ambos cruzaron una larga mirada. Por una vez, Adrián no bajó la cabeza. Por una vez, fue su padre quien apartó la vista primero.

Mientras meditaba la mejor forma de responderle a su hijo, Gabriel Agreste desvió la mirada hacia el ventanal de la habitación.

Y se quedó helado.

–No es posible –susurró.

–¿Qué? –preguntó Adrián desconcertado; se dio la vuelta, pero no había nada tras el cristal.

Su padre, sin embargo, sabía muy bien lo que había visto: una ágil y descarada figura vestida de rojo que cruzaba como una centella ante el ventanal.

Se levantó de golpe.

–¡Nathalie! –llamó.

Su asistente abrió la puerta de inmediato.

–¿Sí, señor Agreste?

–Padre, ¿qué pasa? –preguntó Adrián, inquieto.

Él dio un breve respingo, como si se hubiese olvidado de que su hijo seguía allí.

–Tengo... tengo que atender un asunto urgente –improvisó.

–¿Dónde está Marinette?

Agreste dirigió una mirada inquisitiva a Nathalie.

–No estaba en el cuarto de baño, señor –respondió ella.

Adrián se levantó de un salto, pero su padre lo detuvo con la mano.

–Quédate aquí. Nosotros nos encargaremos.

–Pero...

–No salgas de esta habitación, Adrián. Es una orden.

Los dos adultos abandonaron la estancia, cerrando la puerta tras ellos. Adrián frunció el ceño con inquietud. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde estaba Marinette?

Echó una mano al bolsillo para sacar el móvil y enviarle un mensaje, pero entonces una centella de color negro se plantó súbitamente ante él.

–¡Buff, creí que no se irían nunca! –resopló.

–¡Plagg! –exclamó el chico, sobresaltado–. ¿Qué está pasando?

El kwami lo miró a los ojos, muy serio.

–Siéntate y presta mucha atención, Adrián. Tengo que contarte muchas cosas importantes.

Adrián iba a replicar, pero se tragó sus dudas y volvió a tomar asiento, como Plagg le había pedido.

El kwami se lo contó todo: la exploración que habían realizado él y Tikki por toda la mansión Agreste, el hallazgo de la caja fuerte, el túnel secreto, la siniestra estancia de las mariposas... la caja de los prodigios...

...Y lo que todo ello significaba.

En este punto, Plagg hizo una pausa y miró a Adrián, esperando que hiciese algún comentario. Pero el chico permanecía en silencio, muy serio y pálido, con la mirada perdida.

–Ejem –carraspeó Plagg–. Tikki y yo encontramos a Marinette en el baño y se lo hemos contado todo. Ella se ha transformado y ha salido por la ventana para crear una distracción.

Adrián volvió a la realidad.

–¿Una... distracción?

–Tu padre acaba de ver a Ladybug pasando frente a la ventana y por eso ha salido corriendo. Es parte del plan. Tenía que dejarte solo para que yo pudiese hablar contigo.

Adrián se levantó de un salto, pero Plagg lo detuvo cuando ya se dirigía hacia la puerta.

–¡Espera! No podrás salir sin más. Tu padre ha dejado al guardaespaldas vigilando fuera para que no escapes.

–¿Para que no... escape?

Plagg suspiró.

–Él es Lepidóptero –le recordó–. Y sabe que tú eres Cat Noir.

Adrián lo miró con los ojos muy abiertos y sacudió la cabeza.

–Eso no puede ser. O sea, sí, me creo que mi padre sea... Lepidóptero. –Le costó pronunciar aquellas palabras, pero en cuando lo hizo sintió que su corazón se aligeraba de pronto, como si se hubiese liberado de una pesada carga–. Hace tiempo que lo sospechamos, ¿verdad? Sin embargo... él no puede haber descubierto mi identidad. Si lo supiese, me habría quitado el anillo.

–Creemos que lo descubrió ayer, gracias a Rastreador, y que ahora sabe también quién es Ladybug. Y por eso...

Una garra helada oprimió las entrañas de Adrián.

–...Por eso la ha invitado a comer –concluyó con un estremecimiento–. Es una trampa.

–Eso pensamos, sí –asintió Plagg, abatido–. Lo siento mucho, Adrián.

Él sacudió la cabeza.

–Pero Marinette ha escapado, ¿verdad?

–Sí. Y si te transformas ahora, quizá...

De pronto, todas las ventanas del comedor quedaron cerradas de golpe bajo persianas metálicas. Adrián dio un respingo y miró a su alrededor.

–¿Qué es eso? –preguntó Plagg, inquieto.

–El mecanismo de seguridad de la casa –respondió Adrián–. Mi padre...

En aquel momento sonó su teléfono, y el chico se interrumpió para responder. Era precisamente Gabriel Agreste.

–Padre, ¿qué está pasando?

–Hay un villano akumatizado ahí fuera. He activado el sistema de seguridad hasta que esté todo solucionado.

–Pero... ¿y Marinette?

–Está también a salvo, con Nathalie.

–Pero...

–No te muevas de donde estás, Adrián. Tu guardaespaldas te acompañará para asegurarse de que estás a salvo.

Agreste cortó la conexión, y Adrián apretó los dientes.

En circunstancias normales habría pensado que aquel era el comportamiento habitual de su padre: encerrarlo en casa y sobreprotegerlo para asegurarse de que no sufría ningún daño.

Ahora, sin embargo, sabiendo todo lo que sabía... era capaz de detectar todas y cada una de sus mentiras.

Y la intención que había tras ellas.

Gabriel Agreste era Lepidóptero y conocía la verdadera identidad de Cat Noir. Y ahora pretendía mantenerlo recluido y vigilado en el interior de la mansión... para no perderlo de vista y poder hacerse con su prodigio en cuanto tuviese la oportunidad.

–¡Transfórmate! –lo urgió Plagg–. Puedes echar la pared abajo con un cataclysm y escapar de aquí.

Adrián alzó la mano, dispuesto a pronunciar las palabras mágicas, pero cambió de idea.

–Espera. Mi padre sabe que soy Cat Noir, ¿verdad? Pero no sabe que yo conozco su secreto.

El kwami parpadeó.

–¿A dónde quieres ir a parar?

–Aún tenemos ventaja. Todavía puedo sorprenderlo y arrebatarle su prodigio antes de que él tenga ocasión de quitarme el mío.

Plagg lo miró un momento y asintió.

–Muy bien. Pero ten cuidado, Adrián. Es un juego muy peligroso. –Echó una mirada hacia la puerta y añadió, deprisa–: El prodigio de Lepidóptero es un broche. No se lo he visto puesto a tu padre, pero quizá lo lleve oculto bajo la ropa.

Adrián asintió. Plagg se ocultó rápidamente bajo su camisa, justo antes de que la puerta se abriera de nuevo.

El Gorila se asomó al comedor y se mostró muy aliviado al comprobar que su protegido seguía allí. Adrián inspiró hondo y fingió estar muy asustado:

–¿Qué está pasando? –preguntó–. ¿Dónde están todos?

El guardaespaldas le hizo una seña para que lo siguiera. Adrián lo acompañó hasta el recibidor, donde los esperaba Nathalie, extraordinariamente seria.

–Adrián, tu padre quiere que permanezcas en tu habitación hasta que haya pasado el peligro.

Él le dirigió una mirada pensativa. Plagg le había contado que su padre poseía también el prodigio del pavo real, y que ellos sospechaban que era Nathalie quien lo utilizaba de vez en cuando para apoyar a Lepidóptero. ¿Sería posible que también ella fuese una supervillana?

Adrián tragó saliva. Aún le costaba creer que su propia casa fuese la base secreta de los criminales que aterrorizaban París con sus joyas mágicas. Pero en aquel momento, con todas las salidas bloqueadas y las luces de emergencia iluminando la mansión con su siniestro brillo rojizo, no le pareció tan descabellado.

Trató de centrarse en la misión que tenía por delante.

–¿Dónde está mi padre? –preguntó, mirando a su alrededor.

Nathalie desvió la mirada, un tanto incómoda.

–Tiene cosas que hacer.

–¿En medio de una alerta akuma?

Nathalie no respondió a la pregunta.

–Te acompañaremos hasta tu cuarto.

Adrián iba a insistir, pero recordó que debía fingir que no sospechaba de ellos. Asintió y se dejó conducir dócilmente escaleras arriba.

–¿Dónde está Marinette? –preguntó entonces, porque habría resultado muy sospechoso que no se interesara por la situación de su novia–. Mi padre ha dicho que estaba contigo.

–Ha... ha tenido que ir al servicio otra vez –respondió Nathalie–. Deben de ser los nervios. Le diré que se reúna contigo cuando salga.

Adrián la miró fijamente. «Mientes muy mal, Nathalie», pensó. ¿Cómo era posible que nunca se hubiese dado cuenta antes? Aunque, para hacer honor a la verdad, tampoco él había sido sincero con ellos.

Qué cosa tan absurda, pensó, y qué deprimente... que lo que había considerado un hogar fuese en realidad una especie de guarida criminal donde nadie decía la verdad porque todo el mundo tenía secretos que esconder.

Su mirada se desvió hacia el cuadro que presidía la escalera, y que los representaba a él y a su padre en actitud seria y formal. Adrián mostraba un gesto triste y melancólico que el pintor había sabido retratar a la perfección.

Había sido poco después de la desaparición de su madre, recordó el chico, y una súbita idea lo dejó clavado en el sitio.

¿Era esa la razón por la que su padre estaba haciendo todo aquello? ¿Por ella? ¿Lo había enloquecido su pérdida hasta el punto de transformarlo en un villano que dedicaba su tiempo libre a amenazar a los ciudadanos de París?

–No te entretengas, Adrián –advirtió Nathalie, y el Gorila lo empujó con suavidad hacia la puerta de su habitación.

El chico bajó la cabeza, pensativo. Era demasiada información que procesar, y tenía que encontrar la manera de reunirse con su padre para arrebatarle su prodigio... antes de que él descubriese que Ladybug y Cat Noir conocían su secreto.


Ladybug estaba encaramada al tejado de la mansión Agreste cuando vio que las mamparas de seguridad se cerraban todas a la vez, aislando a los ocupantes de la casa. Dio un respingo, alarmada.

–¡No! –exclamó.

Se puso en pie y miró a su alrededor, en busca de Cat Noir. Pero no lo vio.

Sacó su yoyó y trató de contactar con él, sin éxito.

«No ha podido transformarse», comprendió, angustiada. «Está atrapado dentro de la casa».

¿Por qué Gabriel Agreste había activado el sistema de seguridad? Ladybug estaba segura de que la había visto a través del ventanal. Suponía que saldría a buscarla, dejando a solas a Adrián, y permitiendo así que Plagg se reuniese con él para contarle lo que habían descubierto. ¿Lo habría conseguido?

El corazón de Ladybug se detuvo un breve instante. ¿Y si Agreste se había cansado de jugar al gato y al ratón? ¿Y si Plagg no había logrado advertir a Adrián a tiempo? ¿Y si su padre lo había cogido por sorpresa y le había arrebatado su prodigio?

Sacudió la cabeza. «No, no, no. Confía en él, Marinette. Tiene recursos, y tiene a Plagg. Saldrá de esta».

Pero no podía dejarlo solo. Decidió que buscaría una manera de volver a entrar en la mansión sin que nadie lo advirtiera y volvería a reunirse con Adrián. Con un poco de suerte, él ya estaría al tanto de todo y podrían enfrentarse juntos a Gabriel Agreste.

Se disponía a examinar el tejado en busca de una chimenea, una claraboya o un conducto de ventilación para volver a entrar en la casa cuando, de pronto, algo llamó su atención.

Algo pequeño que relucía con un siniestro tono violáceo y se alejaba revoloteando por encima del muro de la mansión.

Ladybug lo había visto demasiadas veces como para no reconocerlo.

Un akuma.