Lila Rossi había asistido en los días anteriores a la creciente cercanía entre Adrián y Marinette, pero no sabía qué hacer al respecto. No valía la pena inventarse alguna historia horrible acerca de Marinette, porque Adrián no la creería. Ninguno de los dos se dejaba engañar por sus mentiras, cosa que la irritaba, pero también la hacía sentir extrañamente vulnerable.
El día anterior, Adrián y Marinette se habían escapado juntos de clase. Como consecuencia, el chico había sido raptado por un akuma y, después de que Ladybug lo liberase, su padre había decidido que ya no volvería más al colegio.
A Lila no le preocupaba. Estaba segura de que sería capaz de llegar hasta él si se lo proponía y, por otra parte, si Adrián permanecía encerrado en la mansión Agreste, también se mantendría alejado de todas las chicas que pretendían conquistar su corazón... empezando por Marinette.
Por eso se sintió muy desagradablemente sorprendida cuando la propia Marinette recibió una llamada de la secretaria de Gabriel Agreste invitándola a comer en la mansión. Lila la observó desde lejos cuando confirmó ante sus amigos, muy sonrojada, que ella y Adrián estaban saliendo juntos.
Mientras toda la clase lo celebraba ruidosamente, Lila apretaba los dientes, luchando por tragarse su ira y su envidia. ¿Cómo era posible que Marinette, que ni siquiera era capaz de formular dos frases seguidas ante Adrián sin tartamudear, hubiese logrado atraer su atención?
«Tiene que ser otra cosa», se dijo. «Tiene que estar mintiendo. Seguro».
Probablemente, pensó esperanzada, Gabriel Agreste la llamaba por un motivo diferente. Quizá para amenazarla con hablar seriamente con sus padres, o incluso con denunciarla, si volvía a acercarse a su hijo.
Quizá ni siquiera la había llamado en realidad. Lo cierto era que Marinette podía contar lo que quisiera acerca de su supuesta relación con Adrián, porque él no estaba allí para desmentirla.
Trató de convencerse a sí misma de que todo era mentira, de que aquella estúpida Marinette no la había vencido en la batalla por el afecto de Adrián, pero las dudas la reconcomían. Y, aunque intentó contactar con el chico a lo largo de toda la mañana, no obtuvo respuesta.
Finalmente decidió acercarse a la mansión Agreste a mediodía para tratar de averiguar qué estaba sucediendo exactamente. Ya encontraría alguna excusa para que la dejasen entrar.
Por el camino no dejaba de pensar en Marinette, que parecía tan poquita cosa y, sin embargo, había entorpecido sus pasos una y otra vez desde su llegada al instituto. ¡Cómo la odiaba! Ojalá pudiese hacerla desaparecer como si jamás hubiese existido. A ella y a todos aquellos que tuviesen la osadía de cuestionar su versión de las cosas. Ladybug sería la primera, por descontado, pero habría más, como Cat Noir o Kagami.
Estaba a punto de llegar a la mansión, aún sumida en sus sombríos pensamientos, cuando de pronto vio una mariposa de color oscuro volando hacia ella.
Sonrió y corrió a su encuentro, encantada de poder contar con una nueva oportunidad. Atrapó al insecto y lo depositó sobre su muñequera. El akuma se fusionó con la tela, y Lila sintió de inmediato la presencia de Lepidóptero en su mente.
«Saludos de nuevo, Lila», dijo el villano. «¿Estás dispuesta a trabajar para mí una vez más?».
–Con una condición –replicó ella.
«Te escucho».
–No quiero más ilusiones. Quiero tener poder de verdad. Quiero ser capaz de alterar la realidad para que el mundo sea tal y como yo deseo.
«Muy bien», aceptó Lepidóptero. «A partir de ahora te llamarás Eraser y tendrás el poder de borrar de la realidad todo aquello que no te guste... para siempre».
Lila sonrió.
–Me gusta este nuevo poder –comentó, antes de que la oscuridad la envolviese por completo.
Ladybug había perdido de vista el akuma y corría para tratar de encontrarlo antes de que demonizase a alguien. Giró una esquina y se detuvo, alarmada, al ver a Lila un poco más allá. Se había parado en mitad de la acera, y una máscara de luz violácea había aparecido ante su rostro.
Lepidóptero había encontrado una nueva víctima... o, en el caso de Lila... ¿tal vez una aliada voluntaria?
–¡Lila, no! –gritó Ladybug.
Echó a correr hacia ella, pero era demasiado tarde. El poder de Lepidóptero la envolvió, y cuando Lila se volvió por fin hacia Ladybug, ya no era Lila.
Ahora vestía un traje de color blanco y negro y llevaba una máscara a juego. Ladybug la vio alzar la mano y observar las chispas plateadas que caracoleaban entre sus dedos.
–¡Lila! ¡No te dejes engañar otra vez!
Ella sonrió.
–¿Crees que me estoy dejando engañar, Ladybug?
Alargó la mano hacia la farola más cercana y la rozó con la punta de los dedos. La farola se desvaneció en el aire. Ladybug inspiró hondo, asombrada, y la villana se rió.
–¡Soy Eraser! ¡Se acabaron las ilusiones, insecto fastidioso! Por fin tengo poder de verdad. Ahora puedo cambiar el mundo y borrar de él todo lo que no me gusta... ¡empezando por ti!
Eraser dio un prodigioso salto y se abalanzó sobre ella. Ladybug la esquivó, apartándose como pudo de su camino. Lanzó su yoyó para elevarse hasta los tejados mientras trataba de elaborar un plan. No podría contar con Cat Noir por el momento, así que tendría que ocuparse aquella amenaza ella sola.
Adrián se cruzó de brazos y lanzó una mirada decidida a Nathalie.
–Quiero ver a mi padre –exigió–. Quiero saber por qué se ha marchado tan deprisa y a dónde ha ido en medio de una alerta akuma. Si tan preocupado está por mi seguridad, ¿por qué no se ha quedado conmigo?
Cuando Nathalie iba a responder, el móvil de Adrián lanzó un breve pitido de aviso.
El chico lo sacó del bolsillo y consultó la pantalla, inquieto. La noticia que había hecho saltar la notificación lo dejó helado en el sitio.
–Hay una alerta akuma –musitó, muy pálido.
Nathalie carraspeó.
–Es lo que te hemos dicho. Por eso hemos activado el sistema de seguridad de la casa y...
–Hay una alerta akuma de verdad –matizó Adrián–. No es simplemente una excusa para mantenerme encerrado.
Nathalie se mostró un tanto molesta.
–Por supuesto que hay un akuma de verdad.
Adrián alzó la cabeza y clavó en ella la mirada de sus ojos verdes.
–Entonces, ¿esto es lo que ha estado haciendo mi padre?
–¿Cómo?
–Cuando salió corriendo en mitad del almuerzo para «atender un asunto urgente»... en realidad iba a enviar una mariposa diabólica a demonizar a parisinos inocentes, ¿verdad?
Nathalie palideció.
–No sé... no sé de qué me estás hablando.
Adrián resopló e hizo ademán de salir de la habitación. El Gorila se interpuso en su camino.
–Déjame pasar –ordenó el chico.
El guardaespaldas miró a Nathalie, interrogante. Ella suspiró.
–No puedes salir ahora, ya te lo he dicho, y no sé de dónde has sacado esas absurdas ideas sobre tu padre. Él solo quiere protegerte.
Adrián trató de calmarse. Notaba a Plagg rebullendo bajo su camisa y, aunque sabía que tenía que ser prudente, en su interior sentía crecer la angustia.
Había un akuma ahí fuera, y Ladybug se veía obligada a enfrentarse a él en solitario. Su propio padre, que era Lepidóptero y sabía que ella era Marinette, no había dudado en akumatizar a otra víctima para atacarla, manteniéndolo a él encerrado para que no pudiera acudir en su ayuda. Adrián había planeado fingir que no sabía nada para sorprender a Gabriel con la guardia baja; pero ahora él no estaba a su alcance, y Cat Noir tenía que acudir a pelear junto a su dama.
«Cambio de planes», pensó.
–Voy a salir a ayudar a Ladybug –declaró con firmeza–. Si no me lo permitís por las buenas... será por las malas.
–¿Por las malas? –repitió Nathalie frunciendo el ceño.
–Por. Las. Malas –reiteró Adrián, alzando su mano derecha para mostrarle el anillo.
Nathalie palideció todavía más.
–No... no sé de qué... –tartamudeó.
Adrián apretó los dientes.
–¡Plagg, garras fuera! –exclamó, y se transformó ante ellos.
El Gorila dio un respingo, asustado, y retrocedió hasta la puerta, contemplando al superhéroe con asombro. Cat Noir tomó nota mental de su reacción. «Probablemente no lo sabía», pensó.
Nathalie, por el contrario, lo observaba con preocupación y cierta tristeza.
–Adrián, esto es...
–Voy a salir –advirtió él.
El guardaespaldas se sobrepuso de la sorpresa y se irguió, aún bloqueando la puerta. Era ante todo un profesional, y cumpliría las órdenes que había recibido. Nathalie dio un par de pasos a un lado para cubrir la otra puerta.
–No vas a salir, Adrián. Ni por las buenas, ni por las malas. Tu padre no aprueba tus... actividades heroicas y prefiere que te mantengas al margen de situaciones peligrosas.
Adrián podría haberle dicho muchas cosas. Podría haberle recordado que llevaba meses salvando París regularmente. Podría haberle echado en cara su alianza con su padre o el hecho de que ambos le hubiesen ocultado la verdadera identidad de Lepidóptero.
Pero no tenía tiempo de discutir.
–¡Cataclysm! –gritó, y una espiral de energía destructora se materializó en la palma de su mano.
Nathalie retrocedió, asustada.
–Adrián, ¿qué haces? No pensarás...
Él se quedó mirándola un momento y comprendió de golpe que sí lo creía capaz de utilizar su poder contra ellos. Sacudió la cabeza, decepcionado.
–Pensaba que me conocías mejor, Nathalie.
Plantó la palma de la mano sobre la pantalla metálica que sellaba la ventana. Esta se desintegró en contacto con su poder destructor, y la luz del sol volvió a entrar a raudales en la habitación. Cat Noir saltó hasta el alféizar y se volvió para mirarlos desde allí.
–Volveré cuando Ladybug haya purificado el akuma. Tenemos mucho de qué hablar, y espero que por una vez seáis capaces de responder a mis preguntas.
Nathalie no dijo nada. Se quedó mirando a Cat Noir, abatida, mientras él saltaba desde la ventana de su cuarto, hacia la libertad.
Nathalie se apresuró a sacar el teléfono.
Ladybug se encaramó a lo alto de una chimenea y se dio la vuelta para enfrentarse a Eraser. La villana corría hacia ella con la mano extendida, dispuesta a borrarla para siempre de la faz de la Tierra. Ladybug le lanzó su yoyó, tratando de inmovilizarla. Eraser alargó la mano, y la superheroína se dio cuenta en el último momento de que había cometido un error. Tiró de la cuerda y recuperó el yoyó antes de que su enemiga lo atrapara. Si Eraser destruía su yoyó, Ladybug no podría purificar el akuma ni reparar los daños que pudiese causar.
–¿Lo ves, insecto? –sonrió la villana–. No puedes luchar contra mí. Ni siquiera tienes a tu gato para que te cubra las espaldas.
Ladybug se detuvo un momento para considerar sus opciones. Pero no tuvo tiempo de elaborar un plan: Eraser plantó la mano en la chimenea sobre la que ella se encontraba y la hizo desaparecer.
La superheroína, sorprendida, perdió el equilibrio y cayó desde allí. Aterrizó dolorosamente sobre el tejado y rodó pendiente abajo. Logró sujetarse al canalón, pero Eraser se le echaba encima, y no tuvo más remedio que soltarse. Lanzó el yoyó para engancharlo a un saliente y logró detener su caída poco antes de llegar al suelo. Rodó por la acera y cuando por fin se detuvo, se incorporó un poco, aturdida. Alzó la cabeza justo para ver a Eraser saltando sobre ella.
–¡Sí! –gritó Lepidóptero en su guarida, con una sonrisa de triunfo.
Su móvil sonó de pronto, y él estuvo tentado de ignorarlo. Pero echó un breve vistazo a la pantalla y descubrió que se trataba de Nathalie... y ella no lo molestaría por nada. Respondió a la llamada.
–¿Qué pasa, Nathalie?
–Señor..., su hijo se ha escapado de casa.
Lepidóptero frunció el ceño con irritación.
–¿Cómo? ¡Os dije que no le permitierais salir!
–Se ha transformado en Cat Noir, señor. No hemos podido detenerlo.
Lepidóptero abrió mucho los ojos.
–Ha ido a ayudar a Ladybug –concluyó Nathalie.
–No –susurró Lepidóptero, horrorizado.
Ladybug cerró los ojos... pero la mano de Eraser no llegó a rozarla.
Porque alguien se había interpuesto entre ambas, bloqueando el ataque como un escudo humano. Ladybug, sin aliento, se encontró de pronto entre los brazos de Cat Noir, que la envolvían en un feroz gesto de protección.
–No... –musitó.
Alzó la cabeza para mirarlo. Él le sonreía... y aún tuvo tiempo de guiñarle un ojo antes de desvanecerse, borrado de la realidad por el poder que su propio padre le había conferido a Lila Rossi.
El anillo que portaba, sin embargo, permaneció allí, suspendido un instante en el aire antes de caer al suelo.
–¡Sí! –aulló Eraser, triunfante.
Ladybug no le prestó atención. Sentía como si le faltara aire, como si le hubiesen arrancado el corazón del pecho. Recogió el anillo del suelo. Todavía estaba caliente. Lo estrechó contra su pecho y cerró los ojos, pero no pudo evitar que dos lágrimas ardientes rodaran por sus mejillas.
«Esto es una de esas horribles pesadillas», se dijo a sí misma. «Tiene que serlo».
Pero sabía que no era cierto.
–Tú serás la próxima, bichejo molesto –amenazó Eraser.
Ladybug reaccionó por fin. Debía derrotarla, pensó, para poder reparar todo el mal que estaba causando. Para recuperar a Cat Noir. Si Eraser vencía, nunca podría salvarlo.
Trató de retroceder... pero era demasiado tarde. Sintió una mano sobre su hombro y cerró los ojos, dispuesta a morir. «Lo siento, Adrián», pensó.
Unos segundos después, sin embargo, seguía allí. Abrió los ojos, desconcertada, y se volvió hacia Eraser...
...que ya no era Eraser, sino Lila Rossi.
Ella también se dio cuenta de que algo había cambiado. Se miró las manos, perpleja.
–¿Qué ha pasado con mis poderes?
Ladybug se puso en pie y vio la mariposa blanca que se alejaba de ellas, elevándose hacia el cielo. Lepidóptero había arrebatado a Lila el poder que le había concedido... pero demasiado tarde, porque no había sido capaz de salvar a su hijo.
–¡Adrián, no! –sonó entonces una voz.
Las dos chicas se dieron la vuelta, sorprendidas. Gabriel Agreste llegaba corriendo por la calle, con el semblante desencajado.
–¡Adrián! –gritó–. ¿Dónde está mi hijo?
–Señor Agreste... –murmuró Lila, pero él no le hizo caso.
La apartó a un lado y se detuvo ante Ladybug, pálido y con los ojos húmedos.
Sobrevino un silencio. Los dos cruzaron una larga mirada repleta de entendimiento. Por fin, Gabriel Agreste bajó la cabeza.
–Por favor –musitó con la voz rota–. Te lo ruego, salva a mi hijo.
Ladybug tragó saliva. Evocó aquellas pesadillas en las que Cat Noir moría de mil formas distintas y ella no era capaz de traerlo de vuelta. Se le retorció el estómago de angustia y, de nuevo, sintió que le costaba respirar.
Sacudió la cabeza y se esforzó por centrarse. «Rompimos la maldición de las siete vidas», se recordó a sí misma. «Puedo salvarlo. Puedo salvarlo».
Respiró hondo y dio un paso atrás. Lanzó el yoyó al aire, pronunciando las palabras mágicas.
–¡Lucky charm!
Hubo un destello y un remolino de mariquitas mágicas, y Ladybug encontró en sus manos... una simple cajita de madera octogonal.
Al principio se sintió furiosa. Su querido compañero, el amor de su vida..., había desaparecido, desintegrado por el poder de Eraser... ¿y lo único que su prodigio le ofrecía para salvarlo era aquello?
Pero de pronto lo entendió. Alzó la cabeza para mirar a Gabriel Agreste a los ojos y, lentamente, le tendió la caja.
–Ya sabe lo que tiene que hacer, señor Agreste –declaró–. Sin trucos esta vez.
Él le sostuvo la mirada, desafiante. Pero ella no vaciló.
Por fin, Agreste suspiró y se retiró la corbata. Llevaba un pequeño broche circular prendido en la camisa. Se lo quitó.
De inmediato, una centella de color violeta salió disparada de debajo de su camisa y se fundió con la joya, de la que surgieron cuatro alas estrechas y alargadas. Agreste tomó la caja y guardó el prodigio en su interior. Después se la devolvió a Ladybug.
Ella, sin embargo, no la cogió.
–Quiero los dos, señor Agreste –le advirtió.
Él tensó la mandíbula.
–¿Osas regatear cuando está en juego la vida de mi hijo?
Ladybug quería chillar también, quería gritar al mundo todo su dolor, su rabia y su desesperación. Pero se mantuvo firme.
–Los dos –insistió.
Agreste vaciló.
–Yo... no lo llevo conmigo.
–Esperaré –dijo ella.
Nadie podía saber lo muchísimo que le costó pronunciar aquella simple palabra.
Agreste suspiró, sacó su teléfono e hizo una breve llamada.
–Trae el broche de la caja fuerte –ordenó–. Ahora.
Transcurrieron unos tensos e incómodos minutos durante los cuales Ladybug y Gabriel Agreste permanecieron en silencio, uno frente al otro.
Entretanto había llegado más gente al lugar. Por el rabillo del ojo, Ladybug vio que la furgoneta de la televisión aparcaba un poco más allá, calle abajo, y oyó la sirena de la policía. Lila había aprovechado la confusión para marcharse discretamente, pero Ladybug jamás olvidaría lo que le había hecho a Cat Noir.
Por fin llegó Nathalie corriendo y le entregó a su jefe una cajita blanca y cuadrada. Gabriel extrajo de ella el prodigio del pavo real y lo introdujo en el lucky charm de Ladybug, junto con su propio broche.
Exhaló un profundo suspiro y le tendió la caja de madera a Ladybug.
Ella oyó, como en un sueño, la voz de Nadja Chamak entre los murmullos de la gente.
–...No entendemos qué está pasando entre Ladybug y Gabriel Agreste, pero parece importante. Hay testigos que afirman que Cat Noir ha caído en la batalla...
Ladybug extrajo los dos prodigios de la caja y la miró casi sin verla.
«Obra tu magia», suplicó en silencio. «Devuélvemelo sano y salvo».
Inspiró hondo y la lanzó al aire.
–¡Miraculous Ladybug! –gritó.
Hubo una explosión de color rosado y un vendaval de mariquitas mágicas recorrió los alrededores, devolviendo a su lugar todas las cosas que Eraser había hecho desaparecer: la farola, la chimenea... Por fin, las mariquitas envolvieron a Ladybug, que cerró los ojos...
...Cuando los abrió, Cat Noir estaba entre sus brazos, sonriendo. Ladybug inspiró hondo, emocionada, y parpadeó para contener las lágrimas.
El chico ladeó la cabeza y miró a su alrededor, un poco perplejo. La gente lanzaba vítores, como cada vez que el hechizo sanador de Ladybug recorría la ciudad, porque eso significaba que los héroes habían vencido una vez más. Cat Noir se rascó la cabeza, desconcertado.
–No sé muy bien qué ha pasado, pero...
Se encogió de hombros y ofreció el puño a Ladybug; pero ella, impulsivamente, se arrojó a sus brazos y lo estrechó con fuerza. Cat Noir la envolvió en un cálido abrazo.
–Ya pasó, bichito –susurró, al sentir que sollozaba –. Ya pasó.
Le tomó el rostro con las manos y cruzó con ella una intensa mirada, cargada de emoción. Ella sonrió entre lágrimas.
Y entonces se puso de puntillas y lo besó en los labios.
Cat Noir le devolvió el beso sin pensar en nada más, mientras los ciudadanos estallaban en aplausos y exclamaciones de alegría.
Aún estrechando a Ladybug entre sus brazos, el chico miró a su alrededor. Y entonces vio a su padre y a Nathalie, que permanecían a unos pasos de ellos, muy serios. Y lo recordó todo.
Que su padre era Lepidóptero. Que sabía que Adrián era Cat Noir. Que conocía también la verdadera identidad de Marinette y, aun así, había enviado un akuma contra ella.
Un akuma especialmente peligroso, que no habría tenido reparos en matarla... como, al parecer, acababa de hacer con él. A juzgar por la reacción de Ladybug, ella lo había salvado con su magia una vez más.
La abrazó con fuerza, evitando mirar a su padre. No sabía qué decirle ni cómo enfrentarse a él. Sentía demasiada tristeza, demasiado dolor y demasiada rabia.
Entonces Ladybug le mostró los dos prodigios que guardaba en las manos.
–Se ha acabado, gatito –susurró, y lo miró a los ojos–. Lo dejo en tus manos.
Él entendió lo que quería decir. Habían recuperado los prodigios y Lepidóptero ya no sería una amenaza para nadie. Su padre no volvería a jugar a los supervillanos.
Si Adrián se lo pedía, Marinette no revelaría la verdad a nadie. Podían guardar el secreto de la verdadera identidad de Lepidóptero, y quizá él tendría la ocasión de mantener más tarde una charla con su padre para tratar de averiguar por qué había hecho todo aquello. Él y Ladybug retornarían los prodigios de la mariposa y el pavo real al cofre del maestro Fu, y Lepidóptero ya no volvería a amenazar París.
Y tal vez las cosas cambiasen a mejor, y su casa volviese a ser algo parecido a un hogar. Quizá su padre, alejado por fin de su rol de supervillano, encontrase ahora tiempo para dedicar a su hijo.
Cat Noir vio a los parisinos felices y esperanzados, porque sus héroes habían vencido una vez más. Reconoció a muchos de ellos; algunos eran sus amigos. Casi todos habían sido akumatizados en alguna ocasión, manipulados por su padre para sus propios fines.
Y comprendió que merecían saber la verdad.
Gabriel Agreste permanecía serio y silencioso, tratando de mantenerse en un segundo plano. Pero cuando Cat Noir se volvió hacia él, su mirada se suavizó. Hizo ademán de acercarse para abrazarlo... pero el chico dio un paso atrás.
Agreste se quedó quieto en el sitio; su rostro no mostró la menor emoción, pero sus puños se crisparon con impotencia.
Cat Noir se estremeció. Seguía siendo su padre, y también él se moría de ganas de abrazarlo. Pero era un supervillano. Por su culpa había perdido nada menos que siete vidas. Si Ladybug no hubiese estado allí para salvarlo todas las veces, Adrián Agreste habría muerto tiempo atrás a manos de su propio padre. Varias veces.
Inspiró hondo y miró a Ladybug. Ella asintió, mostrándole su apoyo.
Cat Noir se separó de ella y buscó a Nadja Chamak con la mirada. La reportera ya estaba allí, atenta a su señal.
–¿Sí, Cat Noir? ¿Quieres hacer unas declaraciones?
–Sí –asintió él. Sin soltar la mano de Ladybug, dijo por fin–: Ladybug y yo hemos derrotado a Lepidóptero y le hemos arrebatado su prodigio. Esta batalla ha sido la última. Y hemos vencido.
Hubo un estallido de ovaciones y exclamaciones de alegría. Nadja miró a Ladybug, insegura, porque normalmente era ella quien ejercía como portavoz de los superhéroes. Pero la muchacha asintió, confirmando las palabras de su compañero.
–Devolveremos los prodigios al guardián para que no vuelvan a caer en malas manos –prosiguió Cat Noir.
–Entonces... –prosiguió Nadja, pero la voz de Alya la interrumpió:
–¿Habéis descubierto quién se ocultaba tras la máscara de Lepidóptero?
Nadja le lanzó una mirada irritada, pero no dijo nada, porque ella también estaba interesada en escuchar la respuesta.
–Sí –confirmó Cat Noir–. Se trata de Gabriel Agreste.
Se volvió hacia su padre para dirigirle una mirada acusadora. Él se mostró sorprendido al principio; probablemente no esperaba que su propio hijo lo delatase de aquella manera. Trató de retroceder, pero cuando Ladybug esgrimió su yoyó, optó por permanecer en su sitio, sin duda pensando que sería mucho más humillante para él si la heroína se viese obligada a inmovilizarlo.
Hubo exclamaciones y murmullos sorprendidos. Cuando el teniente Raincomprix dio un paso al frente, dispuesto a detener a su padre, Cat Noir sintió que le flojeaban las piernas. Halló apoyo en Ladybug, que le rodeó la cintura con el brazo y le oprimió la mano con cariño.
Cruzaron una mirada. Habían vencido, pero él tenía la sensación de que aún le quedaba mucho por asimilar.
Volvió la cabeza para no ver cómo la policía se llevaba esposados a su padre y a Nathalie. Apenas fue consciente del revuelto que se había organizado a su alrededor. Oía un pitido y sabía que era la cuenta atrás de un prodigio, pero estaba demasiado aturdido como para distinguir si se trataba del suyo o del de su compañera. Percibió que ella los excusaba a ambos ante las insistentes preguntas de Nadia y de Alya, oyó el sonido de la cuerda del yoyó y poco después se estaba elevando en el aire, bien aferrado a Ladybug.
Aterrizaron sobre un tejado, lejos de miradas indiscretas. Aguardaron unos instantes hasta que volvieron a transformarse en Adrián y Marinette, y cruzaron una larga mirada emocionada.
Y se abrazaron con fuerza.
Marinette temblaba, luchando por contener las lágrimas. Adrián tenía un nudo en la garganta y sospechaba que si trataba de hablar acabaría por llorar él también.
Permanecieron un buen rato allí, abrazados. Hasta que por fin, ella habló:
–Pase lo que pase ahora, seguiremos juntos.
Adrián se aclaró la garganta y logró decir:
–Juntos, milady. Siempre.
La estrechó entre sus brazos. Sentía que todo su mundo se venía abajo, pero ella permanecía allí, firme como una roca, su tabla de salvación en medio del mar tempestuoso.
–Te quiero –le susurró al oído.
–Te quiero –respondió ella en el mismo tono.
NOTA: ¡Pues esto era el capítulo final! Falta un epílogo más corto que espero poder escribir y publicar en unos días. En él retomaré el gran cabo suelto de esta historia: ¿qué pasará con Emilie? La respuesta, muy pronto. ¡Gracias por leer, y espero que os haya gustado!
