Marinette alzó la cabeza para mirar a Adrián, pero él tenía los ojos fijos en el rostro de la mujer que yacía tras el cristal.

Miró a su alrededor, intimidada. Aún le costaba creer que aquel inmenso pabellón, silencioso como un mausoleo, formase parte de la mansión Agreste.

Que la madre de Adrián hubiese estado confinada allí todo aquel tiempo, sumida en un profundo sueño mágico, sin que él lo supiese.

Tragando saliva, evocó el momento en que Adrián había recibido el mensaje de Nathalie. No sabía cómo se las había arreglado para enviarlo desde la cárcel, donde estaba recluida, igual que Gabriel Agreste, en prisión preventiva a la espera de juicio.

Si la revelación de la verdadera identidad de Lepidóptero había sido un gran mazazo para Adrián, el correo de Nathalie no le había resultado menos impactante.

En él le hablaba de su madre. De lo que le había sucedido en realidad. De todo lo que había hecho Gabriel Agreste por salvarla, en una desesperada carrera contrarreloj.

De dónde podía encontrarla, y de cómo podía llegar hasta ella.

Probablemente, Nathalie había tenido la intención de que Adrián perdonase a su padre tras conocer toda aquella información o, como mínimo, que tratase de comprenderlo. Pero también había cargado una pesada losa sobre sus hombros. Y solo tenía catorce años.

El anillo de Cat Noir y los pendientes de Ladybug. Ambas cosas estaban a su alcance... y con ellas, si Gabriel estaba en lo cierto, Adrián podría salvar a su madre.

Lo habían discutido largamente con el maestro Fu. Al ir a devolverle la caja de los prodigios, que afortunadamente Gabriel no había sido capaz de abrir, Adrián había preguntado si existía alguna posibilidad, por mínima que fuera... de utilizarlos para curar a su madre sin que hubiese consecuencias. Habían repasado la historia de las joyas mágicas con la ayuda de los kwamis, solo para descubrir que el maestro Fu tenía razón: cada vez que un portador había fusionado los poderes de la mariquita y el gato negro para pedir un deseo... había tenido que pagar un precio.

–Es una cuestión de equilibrio, Adrián –dijo el anciano–. Son las joyas más poderosas que existen. Debe haber restricciones para su uso.

El chico había enterrado el rostro entre las manos con un suspiro de frustración.

–No es justo –murmuró–. Siempre tuve la sensación de que los poderes de Lepidóptero llegaban mucho más lejos que los nuestros y, sin embargo, él no tenía restricciones.

–Las tenía –respondió el maestro Fu–, porque no podía usar esos poderes para sí mismo. Solo podía entregarlos a otros.

Entonces Marinette había abierto mucho los ojos, sacudida por una súbita idea. ¿Y si...?

Ahora que se encontraban ambos en el mausoleo, ante la cápsula donde dormía Emilie Agreste, Marinette empezó a tener dudas. Parecía demasiado fácil. ¿Y si no funcionaba? ¿Y si había llenado el corazón de Adrián de falsas esperanzas? ¿Cómo se lo tomaría?

–Marinette –dijo él entonces, sobresaltándola.

Había colocado una mano sobre su hombro. Marinette lo miró, y Adrián asintió para indicarle que estaba listo, y que el momento había llegado.

Marinette se volvió entonces hacia los tres kwamis que levitaban cerca de ellos. Tikki, Plagg... y también Nooroo.

Jugueteó, nerviosa, con el broche redondo que se había prendido en la solapa de la chaqueta. Inspiró hondo y pronunció las palabras mágicas:

–¡Alzaos, alas negras!

El pequeño kwami violeta fue absorbido de inmediato hacia el broche, y una bandada de mariposas blancas cubrieron el cuerpo de Marinette.

Adrián la contempló, fascinado, mientras el prodigio la transformaba. Cuando ella se volvió hacia él, un poco asustada, una máscara con forma de mariposa rodeaba sus grandes ojos azules.

–¿Por qué me miras así? –preguntó con inquietud–. ¿Pasa algo malo?

Adrián sacudió la cabeza.

–No, es solo que... hemos pasado demasiado tiempo luchando contra Lepidóptero, y además... aún no he asimilado del todo que mi padre era... Pero da igual. No tiene nada que ver contigo. –Le dedicó una radiante sonrisa–. Te sienta muy bien tu nuevo rol de Lady Butterfly.

Ella se miró, aún insegura.

–No lo sé –murmuró, examinando con atención el bastón que había aparecido mágicamente en sus manos–. También a mí me resulta un poco raro.

Adrián inspiró hondo.

–Recuerda que el prodigio de la mariposa no es malo por sí mismo. Está pensado para crear héroes, no villanos; tú misma me lo dijiste. Fue Lepidóptero... mi padre... quien hizo un mal uso de él.

Ella asintió.

–Tienes razón. No voy a echarme atrás ahora.

Él le dirigió una mirada rebosante de cariño.

–Gracias, Marinette.

Ella le sonrió con calidez.

Después extendió la palma de su mano enguantada y esperó hasta que una mariposa blanca se posó sobre ella. Marinette la cubrió gentilmente con la otra mano y susurró: «Akuma».

Sintió cómo sus manos se cargaban de energía, que era absorbida por el insecto. Cuando la liberó, las alas de la mariposa eran se habían vuelto violáceas y luminiscentes.

El akuma alzó el vuelo. Adrián titubeó un momento, pero enseguida irguió la cabeza con decisión y dio un paso al frente.

El akuma voló hasta él y se fundió con el brazalete que llevaba en la muñeca, y que Marinette le había regalado tiempo atrás.

–Adrián –susurró ella, y su voz no solo resonó en los oídos del chico, sino también en todos los rincones de su cabeza–, te doy el poder de sanar todas las heridas. Las del cuerpo, las de la mente, las del corazón. Las heridas físicas, las emocionales... y las mágicas. ¿Lo aceptas?

Él sonrió.

–Lo acepto, milady –respondió.

El poder del akuma lo envolvió por completo. Cuando las sombras se desvanecieron, sin embargo, Adrián no había cambiado de aspecto. Se miró las manos, inquieto, y descubrió una luz dorada caracoleando entre las yemas de sus dedos.

Se volvió hacia Marinette, inseguro.

–¿Crees que funcionará?

Ella se encogió de hombros.

–No cuesta nada intentarlo.

Adrián inspiró hondo y posó sus manos sobre el cristal de la cápsula.

–Mamá... –susurró–. Mamá, por favor, vuelve.

Una luz dorada recorrió su cuerpo, envolviéndolo con gentileza. Marinette lo contempló. asombrada, mientras su poder sanador se extendía hasta la cápsula y penetraba en su interior, rodeando a Emilie Agreste en una espiral de chispas centelleantes.

Después, la luz se desvaneció y todo quedó de nuevo en penumbra. Adrián retiró las manos, casi sin aliento.

Y, ante la mirada maravillada de los dos adolescentes, Emilie abrió los ojos.


FIN


NOTA: ¡Pues ya hemos llegado al final de esta historia! ¿Parece sencilla la resolución? ¡A mí sí me lo parece! Espero que en la serie tengan una buena excusa para explicar por qué Gabriel puede otorgar a otros el poder de retroceder en el tiempo, sacar a la Tierra de su propio eje o crear de la nada cualquier cosa que dibujen... pero no curar a la señora Agreste.

Posiblemente haya una explicación, pero como yo no la conozco, pues termino mi historia así. ¡Muchas gracias por leerla, y espero que la hayáis disfrutado! Sí, volveré con nuevos fics más adelante, pero primero tengo que organizar un poco mis ideas y planificar las historias antes de decidir cuál voy a escribir a continuación. ¡Mil gracias a todos!