Era un día normal como cualquier otro en uno de los bosques más frondosos y poblados de Kalos. Los rayos del sol incidían a través de las hojas de los árboles y daban un elegante toque de luz al entorno. Escuchaba de fondo a los Pokémon pájaro saltando de rama en rama, piando y cantando a partes iguales. A veces llegaban a sonar demasiado y me despertaban de mis agradables sueños. Aquel día no fue una excepción.
La combinación de la luz del sol y los cantos de los Pokémon pájaro me sacaron de mi agradable descanso. Abrí los ojos y tuve la mala suerte de mirar directamente al hielo perpetuo, lo cual me dejó por unos instantes aturdida. Cuando recuperé el sentido, contemplé con total normalidad la cueva en la que estaba unos instantes, me levanté, estiré y sacudí el cuerpo. Luego busqué la tradicional bandeja de hojas con bayas que mis hermanos solían dejarme para desayunar.
Éramos nueve hermanos y hermanas, yo incluida. Juntos formábamos una gran familia bastante conocida en el bosque. Nos llamaban la familia Eevee, probablemente porque yo era el miembro más sociable de los nueve con el resto de las especies del bosque o porque todos habían sido en el pasado un Eevee.
Cuando terminé de desayunar, me dispuse a abandonar la cueva y a visitar a mis amigos del bosque. Solíamos encontrarnos en una zona donde los árboles estaban ligeramente más separados que el resto. Mis hermanos siempre me decían que no era el mejor lugar, pero tanto a mí como a mis amigos no nos gustaba estar atrapados entre tantos árboles. Al menos les aliviaba saber que su pequeña hermana no se alejaba mucho del hogar.
Al llegar al habitual árbol donde nos reuníamos mis amigos y yo, solo me encontré con dos de ellos: un Scatterbug y un Fletchling. El primero estaba en una de las ramas más bajas, devorando como siempre sus hojas mientras que el segundo desviaba la mirada constantemente de la escena. Se alegró mucho de verme.
—¡Nevui! —gritó. Bajó de la rama en la que se encontraba y dio unos pequeños saltos con las patas juntas para acercarse a mí—. Menos mal que has venido. Estaba empezando a sentirme mal viendo a nuestro amigo comer.
—¿Otra vez Vispelon está devorando el árbol? —pregunté.
—¡Sí! Sabes que no para hasta que tú o Zilgus aparecéis. Y eso siendo optimistas. Algún día matará el árbol y tendremos que buscarnos otro sitio donde quedar.
El nombre del Fletchling era Asaria, pero entre los amigos la llamábamos simplemente Sari. A ella le encantaba que nos dirigiéramos a ella por ese nombre porque lo veía más acorde a su diminuta forma de un ave de cabeza roja anaranjada, cuerpo gris claro y una cola negra con una raya blanca en el centro. Zilgus era el cuarto integrante del grupo y a quien más cariño le tengo porque nos conocíamos prácticamente desde que nacimos. En ese momento, Zilgus no estaba, pero no tardaría en venir, de modo que Sari y yo fuimos al árbol a pasar el rato mientras Vispelon seguía con su comida.
—¿Quieres parar ya de comer? Nevui está aquí —le regañó Sari al Scatterbug.
El Pokémon bicho, también pequeño como la Fletchling, levantó su gran cabeza redonda anormalmente más grande que el resto de su cuerpo e irguió las tres antenas blancas de su cabeza. Con el diente redondeado de su boca terminó de masticar la hoja que se estaba comiendo, sacudió la corona de escamas que descansaba bajo su cabeza y miró fijamente al pájaro con sus ojos amarillos de pupilas cuadradas y negras como la mayor parte de su cuerpo.
—Sabes que no puedo parar ni debo —replicó Vispelon—. Necesito comer mucho para obtener la energía necesaria para que Pokémon como los de tu especie no me devoren.
—Tienes suerte de que a mí no me guste alimentarme de los de tu especie. Sino habrías despertado hace mucho mis instintos de depredadora con lo relleno que te estás poniendo.
Siempre me había resultado increíble que Sari y Vispelon no se atacaran mutuamente por sus diferencias claras de depredador y presa. A Sari no le gustaban los bichos como Vispelon, pero eso no significaba que no los comiese. Aun así, esas diferencias no les impedía ser amigos.
—A ver cuando cambias de una vez para que pueda estar en estos encuentros más tranquila.
—Déjalo, Sari —intenté calmar a mi amiga—. Le llegará el cambio cuando él decida que debe cambiar.
Sari suspiró.
—Para ti es fácil decirlo, Nevui. Tu especie no tiene esa presión que impone mi bandada o la colonia de Vispelon.
Miré a otro lado. No había forma de que me afectase de una manera u otra sacar el tema de la evolución. Sari y Vispelon lo sabían, pero la situación había hecho que el ave de cabeza rojiza se olvidara por completo de ello.
—Creo que voy a tener que partir antes si quiero reunirme con vosotros sin toparme con el que ya parece ser el saludo matinal del grupo.
La voz de Zilgus desvió la atención del tema principal y consiguió que los tres reparásemos en él. Yo me alegré mucho de verlo y lo demostré agitando la cola a la vez que lo recibía con una amplia sonrisa. El último Pokémon del grupo se acercó y se sentó pegado al tronco, justo debajo de la rama en la que Sari y Vispelon reposaban.
—¿Va todo bien? —se quiso asegurar—. Cuando he llegado he visto a Nevui mirando en otra dirección. Se la veía algo molesta.
—No estaba molesta —aclaré—. Solamente es que… bueno, alcanzamos ese tema que tan poco me gusta tratar.
Zilgus me miró fijamente con sus ojos azules.
—Ya entiendo. Sari ha cantado más de la cuenta y ha vuelto a calentarse por algo que hacía Vispelon, ¿verdad? Y por lo que dices, seguro que ha sido por el tema de la evolución.
Confirmé la deducción de mi amigo con un movimiento de cabeza. Entonces Sari se dio cuenta de la metedura de pata que había realizado y se tapó el pico con el ala.
—Lo siento, Nevui —se disculpó—. No he había percatado de ello hasta ahora.
—No pasa nada —acepté el perdón de mi alada amiga—. Estaba claro que la conversación acabaría tocando ese tema. Si no hubiera intervenido, quizá no habría llegado.
—Si no hubieras intervenido, Sari y yo hubiéramos vuelto a nuestra ya típica pelea de especies —contrapuso Vispelon—, y hubiera acabado con el mismo resultado de llenar las plumas de Sari con mi hilo.
—Qué asco me da solo de pensarlo —soltó Sari agitando las alas como si estuviera impregnada de los hilos del Pokémon bicho—. Ahí debo darte las gracias, Nevui.
La tensión bajó con la escena de Sari y todos volvimos a una situación más normal, dentro de lo que las reuniones de los cuatro solían ser. Sin embargo, el tema de la evolución no terminó ahí y fue Zilgus quien la continuó.
—Desde que evolucioné, este tema no ha dejado de surgir en nuestro círculo —dijo—. Me siento un poco culpable por ello.
—No deberías —repliqué al instante—. No me salvo de hablar de la evolución ni cuando estoy reunida con mi familia. Hace días que a alguno de ellos se le escapa algo relacionado con el tema.
Zilgus en el pasado era un Zigzagoon. Nunca me reveló cómo logró que su cuerpo pasara a su siguiente fase evolutiva. La última según lo que recordaba de sus comentarios. En aquella reunión hacía más de una semana que no le veíamos, pero no era la primera vez que le veíamos con la nueva forma que había adoptado… la de un Linoone.
—Entonces, ¿podemos preguntarle acerca de su nueva vida como uno de los Pokémon más fuertes de su grupo? —Sari fue la que más se emocionó al ver a uno de los cuatro miembros del grupo evolucionado. Siempre buscaba una oportunidad de formular esas cuestiones a Zilgus—. Siempre y cuando no te incomode, Nevui.
—Adelante. Ya que nos hemos puesto a hablar de ello, no voy a ser una aguafiestas.
Sari levantó y sacudió las alas a modo de celebración.
—Pero si ya os conté qué sería de mí cuando me visteis por primera vez como un Linoone —respondió Zilgus con pocas ganas. Pero Sari dio a entender que se había olvidado o que prefería volver a escucharlo. Zilgus no tuvo más remedio que satisfacer su supuesta curiosidad—. Ahora soy un recolector para mi manada. Todas las mañanas exploro el bosque en busca de bayas para comer entre todos y también debo defender nuestro territorio junto a otros Linoone de cualquier Pokémon que intente arrebatárnoslo. ¿Estás contenta ahora, Sari?
—¿Es emocionante? —inquirió ella.
—No creo que recolectar bayas todos los días para la manda sea lo que tú entiendes por emocionante. Ni siquiera en las defensas de territorio, ya que es muy poco probable. Y no pienses que me va a tocar defender el territorio en el extremo caso de que suceda. Los líderes me han dejado claro que soy un recolector y, si es estrictamente necesario, un recurso de combate.
—Pues vaya nueva vida más aburrida —opinó Sari desanimada.
—Mi especie no es igual que la tuya, Sari, y yo soy más tranquilo que tú. Los míos no se pasan los días compitiendo contra la bandada de los Pidgeot para demostrar quién debe obtener más territorio aéreo. Además —agregó rápidamente Zilgus—, hacerme más fuerte no entraba entre mis motivos por evolucionar.
—Eso está claro. Ni tú ni Vispelon sois de los que buscan la evolución para fortalecerse.
—¿Por qué motivos exactamente quisiste evolucionar? —inquirí a mi amigo. Ya que estábamos hablando de un tema delicado para mí, no iba a ser quien se mantuviera callada. Fue tal la impresión que causé que mis tres amigos me miraron con ojos curiosos.
—Ayudar a la manada, honrar a mis padres, darle un uso útil a mi costumbre de acumular cosas… Supongo que esas serían las tres principales razones —contestó Zilgus—. También podría añadir la gran velocidad que ahora poseo, dejándome en las mismas condiciones que las demás especies del bosque.
—Aunque no tanta como los superiores de mi especie —contrapuso Sari sintiéndose orgullosa. Los tres apartamos ligeramente la mirada.
—Así que… evolucionaste por tu manada —continué ignorando por completo el comentario de Sari. Zilgus asintió—. ¿Y tú, Vispelon?
—Ya lo he dicho antes: evitar que los pájaros como Sari me introduzcan en su menú del día —contestó al momento el Scatterbug—. Los pájaros pierden interés por aquello que no es un bicho pequeño.
—O que tienen unas alas más grandes que su cuerpo y extremadamente llamativas —murmuró Sari.
—Y lo dice la que tiene la cabeza recubierta de plumas de un rojo tan intenso como el fuego y que algún día podrá envolver su cuerpo en llamas.
—Ahí te ha cazado, Sari —comentó Zilgus.
Los tres nos reímos y Sari levantó un ala a la vez que agazapaba la cabeza en señal de aceptación por haber sido cazada. Así expresábamos cuando ocurrían esa clase de situaciones.
—Entonces, lo tuyo es más como un método de… ¿supervivencia? —intenté adivinar.
—Exactamente.
—¿Y tú, Sari? —me dirigí al único que no había revelado sus motivos por evolucionar.
—Superación y competencia —dijo ella con determinación—. Quiero demostrar a toda la bandada de lo que soy capaz y que seré digna de participar en las competiciones de los Talonflame contra los Pidgeot por el territorio aéreo. Además, quiero humillar a mi hermano, que no para de recriminarme por reunirme con vosotros en vez de conversar con otros Fletchling. Sobre todo, desde que descubrió que hablo con lo que él considera comida —añadió mirando a Vispelon.
—Comprendo…
No me atreví a adivinar en una sola palabra los motivos de Sari. Ella siempre había sido un tanto imprevisible, lo que hacía que su opinión actual cambiara de un día para otro.
—Nevui, ¿estás bien?
La preocupación de Zilgus por mí me había dejado confusa por unos instantes hasta que me percaté de la postura que había adoptado. Una vez más, estaba cabizbaja y completamente sumida en mis pensamientos. Incapaz de salir del trance fácilmente si no me llamaban la atención. Me pasaba cada vez que pensaba en mis propios motivos para evolucionar. Mis amigos tenían uno, pero yo no. Ni siquiera estaba segura de poseer uno que todavía debía descubrir o, simplemente, me estaba maltratando con solo pensarlo.
Zilgus, Sari y Vispelon ya esperaban esa reacción por mi parte y no tardaron en sacarme de la sumisión y hacer que no fueran lo más importante de mi vida en esos momentos. Para ellos era fácil decirlo.
—¿Otra vez con esos pensamientos? —me preguntó Zilgus. Asentí y él suspiró—. Vamos, Nevui, no te lastimes así. Cuando evolucioné, no me esperaba este cambio tan fuerte de ti. Has pasado de ser la Eevee divertida, curiosa y extrovertida de la que me hice amigo a probablemente ser el Pokémon más deprimido del bosque. Y eso no me gusta.
—Es verdad. Antes hasta te hacían gracia las constantes riñas en las que acabábamos Vispelon y yo —añadió Sari—. Ahora haces que hasta me sienta mal por ello incluso sabiendo que es una pelea falsa. ¿Dónde está la Nevui que intentaba escalar los árboles solo para sentarse en la misma rama que yo?
—Lo sé, lo sé. Sé perfectamente que no debería tratarme de esta manera, pero no puedo evitarlo —repliqué—. Veros a vosotros, emocionados por adoptar aspectos más fuertes, veloces o bellos y con un motivo de peso por alcanzar ese objetivo hace que me cuestione más de la cuenta mi ya repetitiva pregunta sobre si debería evolucionar o no.
Zilgus se me acercó y me acarició suavemente la melena con sus dos afiladas garras.
—La evolución es una decisión muy complicada y de no retorno; tanto yo como Sari y Vispelon entendemos tu posición y lo difícil que debe ser tomarla. La increíble versatilidad que tiene de tu especie de poder cambiar a muchas formas completamente distintas entre sí puede llegar a ser abrumadora. Y cada una de ellas te obligaría a llevar una vida muy diferente a la actual. —Miré a Zilgus a la cara. Si esa era su manera de animarme, no lo estaba consiguiendo—. Pero hay una cosa que los tres envidiamos: esa versatilidad también se aplica a tu forma actual. Tienes como un equilibrio natural que te permite hacer de todo sin tener que evolucionar. Podrías ser recolectora como yo sin ningún problema, incluso competitiva como Sari si compartierais la misma naturaleza. En cuanto a lo de Vispelon, te seré sincero: no lo necesitas. Creo que ya eres bastante bella tal cual.
—En resumen, la evolución para ti no es una obligación, sino una opción —sentenció Sari—. ¿Podría ser que su especie sea la única que no lo requiere?
—Dentro de las que pueden evolucionar, claro está —especificó Zilgus.
Sacudí la cabeza para sacarme de encima los malos pensamientos que me estaban asediando la mente y miré a mis amigos con una amplia sonrisa. Al final, el discurso de Zilgus había servido de algo.
—Gracias. A veces no comprendo cómo podéis soportar mi comportamiento cuando hablamos de la evolución.
—No es tan difícil. Somos tus amigos, ¿no? —soltó Sari como si fuera la respuesta más obvia.
Tenía razón.
Después de aquella conversación, la reunión se animó mucho más. Sari y Vispelon volvieron a sus falsas riñas cuando el Scatterbug se puso de nuevo a comerse las hojas del árbol. Sari intentó pararlo, pero era inútil. Admitiendo que no conseguiría nada, aleteó y aterrizó sobre la cabeza de Zilgus, que estaba contándome algunas anécdotas de su manada y ella se unió con alguna de su parte. Las de Zilgus eran más entretenidas que las de Sari, aunque ella lograba narrar algún momento igual de divertido.
Todo trascurrió con normalidad hasta que, de repente, la cabeza me empezó a doler. No fue intenso ni duradero, pero sí dolió por unos segundos. Mis amigos me miraron un poco preocupados y se calmaron al ver que levantaba las orejas como si tratara de captar mejor los sonidos de mi entorno. Entonces adivinaron que no me pasaba nada malo, sino que alguien que ya conocían había contactado conmigo de forma telepática.
Nevui, perdona si te he interrumpido. Y si no, por el pinchazo que habrás sufrido cuando me comunico contigo usando la telepatía. Solo quería decirte que Firia quiere que te reúnas con ella en la sala más subterránea de la cueva. Creo que se trata de algo bastante importante; van a estar también tus otros dos hermanos naturales. Te recomiendo que no les hagas esperar. Y no intentes responder este mensaje, que ya sabes que no tienes poderes psíquicos como yo. Simplemente ven, ¿entendido?
El mensaje telepático terminó tan abruptamente como llegó. Me sacudí la cabeza y me acaricié las orejas con tal de deshacerme del ligero pitido que se quedaba en mi cabeza por un tiempo.
—Alguien de tu familia se ha puesto en contacto contigo, ¿verdad? —se quiso asegurar Zilgus.
—Sí. —Volvía sacudir la cabeza—. El día en que pueda prever los mensajes telepáticos de Massara podré actuar más sutilmente.
—Algo así solo puede hacerlo otro Pokémon psíquico… ¿no? —comentó Sari.
—No lo sé. Es posible que haya Pokémon de otro tipo que puedan sin entrar en esa categoría —opinó Zilgus—. Pero a saber si es verdad.
—De todas formas, ¿por qué no vino Kiteli a entregar el mensaje? A estas horas del día suele salir a explorar el bosque como de costumbre —pregunté. Era imposible que mis amigos supieran la respuesta, así que se mantuvieron callados—. Habrá ido en otra dirección o habrá salido antes —me dije. Me levanté y estiré un poco las patas después de haber pasado tanto tiempo sentada—. Será mejor que me ponga en marcha, no vaya a ser que impaciente a Firia.
—De acuerdo. Hasta luego, Nevui —se despidieron Zilgus y Sari. Vispelon tardó en darse cuenta de que me iba porque se había enfrascado con una hoja que devoraba muy lentamente. Debía estar ya lleno. Solo cuando me acerqué a él dejó la comida y se despidió.
—¿Seguiréis aquí más tarde? —pregunté a los tres—. Desconozco cuánto durará la reunión, pero dudo que sea mucho.
—Yo no creo. Pronto me iré a comer y luego tengo que entrenar —respondió Sari.
—Yo no estoy seguro —continuó Vispelon—. Como por esas horas es el momento de caza de los pájaros, estaré escondido hasta entonces. Dependerá de ellos si me permiten volver.
—Yo sí estaré —concluyó Zilgus—. Ya he recolectado las bayas del día para mi manada y tengo el resto del día libre. Te esperaré, pero si veo que se hace muy tarde, entonces regresaré con la manada.
—Le diré a Massara que te envíe un mensaje al respecto. Así no tendrás que esperar más de lo debido.
—No es mala idea. Espero poder soportar el dolor de cabeza que producen sus mensajes telepáticos —bromeó Zilgus sacando la lengua y guiñando un ojo.
—No intentes imitarme —le seguí la corriente y le di un empujón—. Nos vemos luego. Y a vosotros dos, mañana si es posible.
—Aquí estaremos —prometieron los dos.
Acto seguido me puse en camino hacia la cueva. Por el camino pensé por qué Firia me había hecho llamar. En especial, cuando también iban a estar mis otros dos hermanos naturales. Era raro, muy raro, que los cuatro fuéramos a reunirnos. Había muy pocas veces que aquello sucediera, y la gran mayoría era para celebrar el día de nacimiento de algún miembro de la familia. Y si mal no recordaba, no era ese día para ninguno. Pero, entonces, ¿para qué? La verdad era que me intrigaba mucho, aunque debería aprender a no sentirme curiosa por casi todo lo que sucedía en mi familia.
