Me dirigí rápidamente a la cueva pensando todavía en el tema que trataría en la reunión que iba a tener con mis hermanos naturales. Pero no me pasé todo el trayecto con aquello en mente; también intentaría aligerar un poco la reunión porque se acercaba la hora de comer y mi estómago ya daba indicios de exigir atención. Con un poco de suerte, recibiría un nuevo mensaje de Massara informándome de un aplazamiento de la reunión para después de comer, pero no fue así. Llegué a la entrada de la cueva y me adentré en ella.
Por si acaso, miré en la zona designada como mi comedero por si me habían dejado algún surtido de bayas. No había nada. Suspiré y continué mi camino hacia las profundidades de la cueva.
La sala de reuniones se hallaba en la parte más subterránea de la cueva y, para llegar allí, debía pasar por un pequeño acceso de poco más de un metro de altura que conducía a la intrincada red de túneles que mi familia y yo llamábamos hogar.
La cueva estaba dividida en diversas secciones; cada una reservada exclusivamente a un miembro de la familia y conectadas entre sí por la red de túneles. Una sala donde solo podía sentirse a gusto, por decirlo de alguna forma, uno de ellos. Había algunas salas sin ocupar pensadas para mí en caso de que mi parte de la cueva se viera comprometida por el temporal del exterior, como lluvias fuertes o climas muy calurosos o fríos, donde poder refugiarme de ellos y otras pensadas para que comiéramos todos en familia. Todas esas situaciones eran escasas, pero estaban ahí para cuando ocurrieran.
Lo malo de que la red fuera la única vía por la que moverse era que, aunque no quisieras, tenías que pasar por las habitaciones de los demás miembros de la familia obligatoriamente. No por todas, pero sí por varias. Y siendo la sala más subterránea mi destino, debía atravesar al menos la mitad de ellas.
La habitación de Massara era la única sala que conectaba directamente con la mía y algunas de las vacías y la primera en la que entré. El ambiente que se respiraba en aquella sala era de lo más místico, aunque no extrañaba nada si sabías que quien vivía ahí era un Pokémon de grandes poderes psíquicos. Siempre me fascinó ver aquella decoración tan particular de Massara con bolas de luz lilas proporcionando iluminación y diversas piedras envueltas en auras lilas flotando por toda la habitación. Yo me divertía empujando esas piedras y viendo como rebotaban en las paredes hasta detenerse suavemente en cualquier punto del lugar. Nunca había un día en el que no me dedicara a empujarlas independientemente de lo que tuviera que hacer.
—¿Otra vez desordenando mi habitación, Nevui?
Levanté las orejas al escuchar la voz tranquila y serena de Massara frente a mí. Las esferas de luz no proporcionaban toda la iluminación necesaria para ver lo que tenías a un par de metros de ti, pero Massara hizo que estas la alumbraran en su totalidad y fuera capaz de contemplarla. Me quedé mirando fijamente la gema roja que tenía en medio de sus dos ojos morados de pupila blanca y su característico pelaje de color lila. Se sacudió ligeramente la cabeza y se acicaló uno de los dos mechones de pelo que le salían de debajo de sus largas orejas. Ella los llamaba bigotes, pero a mí no me lo parecían. Apartó unas piedrecitas con sus patas y reacomodó la cola dejando a la vista las dos puntas en las que acababa.
—Lo siento. Es que es muy divertido observar como algo tan duro como una piedra rebota por las paredes —me disculpé.
Massara agachó ligeramente la cabeza, seguramente ocultando una sonrisa que a ella no le gustaba mostrar siempre. Se envolvió en la misma aura que las piedras y devolvió la que había empujado de nuevo a su antigua posición.
—¿Volví a enviarte un mensaje en un mal momento? Percibo que estás algo alterada.
Siempre me había fascinado e incomodado a partes iguales las asombrosas habilidades psíquicas de una Espeon como ella. Me llegó a explicar cómo adivinaba los estados de, no solo de mí, sino de todos los Pokémon del bosque con tan solo mirarlos unos instantes. Lo llamaba algo así como «energía emocional», un tipo de energía que emitimos los Pokémon contantemente y varía según el estado de ánimo en el que nos encontremos en ese momento. No entendí nada.
—Bueno, estaba hablando con Zilgus y los demás cuando tu mensaje resonó en mi cabeza —conté—. Ocurrió el típico pinchazo que siento cuando lo recibo. Todos mis amigos saben qué me pasa cuando reacciono a ellos.
Massara me miró con ojos inquisidores.
—Has debido tener una conversación intensa esta mañana. ¿Necesitas que te ayude a relajarte?
—Estoy bien —respondí de inmediato—. Diría que parte de esa alteración también se debe a la reunión que he de tener con Firia y los demás. ¿Sabes por qué me quieren ver?
—Lo siento, Nevui. Ya sabes que no interfiero en asuntos privados de otros miembros de la familia, en especial si es entre hermanos naturales, a menos que sea estrictamente necesario.
En la familia estábamos divididos en cuatro grupos denominados «hermandad natural», lo cual nos ayudaba un poco a entendernos entre nosotros cuando le ocurría algo a un miembro. Yo formaba parte del grupo más grande en el que estaban Firia y dos hermanos más. Cuatro en total. Luego estaban Kiteli y su hermana, Massara y su hermano y la miembro solitaria que no tenía a nadie con la que compartía parentesco alguno llamada Faeris.
—Vaya, esperaba que al menos hubieras percibido algo en ellos que fuera imposible de no detectar y que me pudieras revelar —dije intentando dar lástima a Massara, aunque no era capaz de conseguirlo en alguien como ella.
—Te lo repito: no intervengo en asuntos privados entre hermanos naturales. Incluso si hubiese percibido algo en Firia, mi respeto hacia ella me impediría informarte.
—¿Y fuera de lo que notaras sin tus habilidades? —pregunté—. ¿Qué cara tenía cuando te mandó llamarme?
Massara se quedó un momento pensativa, recordando la conversación con mi hermana. Luego asintió como si estuviese de acuerdo consigo misma.
—No la vi muy distinta a cómo se la suele ver. Seguía con la clásica cara de enfado, aunque si he de añadir algo más que no sea en lo que percibí de su energía emocional, diría que…
Antes de que Massara me revelara un pequeño atisbo de luz que despejara mis dudas sobre la reunión, chillé con todas mis fuerzas. Aquello pilló por sorpresa a Massara, pero dudaba que se sobresaltara como yo lo hice. Brinqué de tal forma que debí haber vuelto a superar mi récord de altura saltando. Lo que me había asustado había sido que alguien me había mordido la cola de tal manera que el espeso pelaje de esta había disminuido, dejando claramente dónde había recibido el mordisco. Cuando caí de nuevo sobre mis cuatro patas, me alejé del punto donde había sido mordida y traté de sanar el dolor a base de caricias.
—Una vez más, la pequeña Nevui ha olvidado vigilar lo que tiene detrás de ella. Me sorprende que todavía no hayas aprendido esa lección.
Miré a la oscuridad que habían dejado las esferas de luz de Massara al atraerlas hasta ella y cambié mi miedo por enfado. Solo conocía a un Pokémon que se dedicaba a morderme la cola.
—¡Nunca te pedí que me dieras lecciones! —grité. Massara agachó un poco la cabeza debido a que era sensible a los sonidos fuertes—. ¿Por qué siempre me haces lo mismo, Synis?
Unas luces amarillas brillaron en la oscuridad. Eran círculos y aros encendiéndose y apagándose como si perdieran fuerza y la recuperaran al momento. Luego, dos nuevas luces surgieron de la negrura de color rojo cortadas por una línea negra. Claramente se trataban de ojos. Los ojos de Synis. El Pokémon avanzó hacia la luz y Massara se ocupó de que las esferas de luz también lo alumbraran. Era necesario, pues el color del pelaje de Synis era tan negro que resultaba imposible detectarlo en zonas sin iluminar. Levantó la cabeza con orgullo y extinguió la luz que salían de sus marcas doradas en forma de círculos entre sus ojos y en ambas orejas, las cuatro patas y la cola.
—Porque debes aprender igualmente —dijo secamente—. El peligro acecha en cualquier rincón de la oscuridad. Si no soy yo, puede ser otro Pokémon. Y este no te daría una segunda oportunidad.
Me molestaba lo siniestro que llegaba a ser Synis, incluso sabiendo que su tipo elemental era precisamente ese al pertenecer a la evolución de los Umbreon.
—Lo único que consigues así es que tenga miedo de la oscuridad, no de que esté alerta cuando me vea rodeada de ella —le recriminé. Pero Synis continuó como si no me hubiera escuchado y se detuvo junto a mí.
—Eso también sirve; la oscuridad no es lugar para todos —me soltó acercando el hocico a mi oreja.
Yo sacudí la cabeza y me aparté de él, algo que Synis vio como divertido y siguió caminando hacia Massara lentamente. Tuve la brillante idea de vengarme e intentar morder su cola, pero nada más salté con la boca abierta, el Umbreon reaccionó de una forma sobrenatural y antes de que mi cabeza se diera contra el suelo, Synis ya compartía espacio al lado de Massara.
—Demasiado lenta… y previsible —dijo como si aún me estuviera dando lecciones.
Yo me levanté intentando no permanecer en la humillación por más tiempo y lancé mi mirada más fulminante a Synis. Tenía hasta los mofletes inflados.
—Abusón —lo insulté.
Aquella era la palabra con la que terminaba la mayoría de las peleas que tenía con Synis, como si fuera una norma que lo obligaba a parar con todo. Sin embargo, Synis se reía y prácticamente rompía con su faceta de Pokémon orgulloso y astuto a uno más amistoso, aunque debía mejorar que sus carcajadas no fueran tan siniestras.
—¿Qué es lo que te ha traído a mi habitación, Synis? —inquirió Massara claramente molesta—. Desde luego dar lecciones a Nevui no suele ser tu prioridad.
—Ciertamente. La verdad es que solo vine a visitarte y preguntarte si sabías algo de lo que ocurre hoy en la cueva, hermana—respondió Synis—. He visto a Firia rara y me pica la curiosidad. ¿Tú no sabes nada al respecto?
—No. Y no se te ocurra esconderte en las sombras para espiar a los demás —le recriminó Massara—. Los asuntos entre hermanos naturales solo deben revelarse al resto si ellos quieren.
—Ya estamos otra vez —dijo Synis como si hubiera escuchado aquello muchas veces—. Aprendí la lección, ¿vale? Firia ya me dejó bien chamuscado para que no se me olvidase. Además, no intentes darme órdenes que sabes perfectamente que no puedes asegurar que se cumplirán.
Synis era el único miembro de la familia al cual los poderes psíquicos de Massara no le afectaban para nada, ni siquiera los poderes más simples como la telepatía. Podía bloquear los mensajes de Massara a voluntad. Un poder inmenso sobre los Pokémon de tipo psíquico.
—Aun así, alguna cosa me puedes revelar, ¿no? —Synis insistió en descubrir algo—. Que Nevui esté aquí no es casualidad.
Massara suspiró comprendiendo que su hermano no pararía hasta obtener un poco de información.
—Firia me pidió que mandara un mensaje a Nevui para que se congregara con ella y sus hermanos en la sala de reuniones. ¿Tienes suficiente con eso?
—No me ayuda a entender lo que ocurre, pero supongo que valdrá —dijo Synis ligeramente decepcionado—. Bueno, será mejor que nuestra hermanita continúe su camino, ¿verdad? No hagamos esperar a sus hermanos más de lo necesario.
Tomé esa sugerencia como una forma de decirme que me marchara. Me quedé unos segundos mirando con mala cara a Synis y me despedí de Massara. Justo antes de volver a adentrarme en los túneles, Massara añadió:
—Recuerda no ir por la izquierda si no quieres entrar en la habitación de Synis.
—Eh, ¿qué hay de malo mi habitación? —se quejó el Umbreon—. No tiene nada de raro.
—Salvo que está completamente a oscuras y solo se ilumina por las noches —le refrescó la memoria la Espeon—. Todavía no se ha alzado la luna.
Dejé a Synis y Massara discutiendo y me metí en los túneles. Apenas avancé unos pocos metros y escuché un grito de dolor procedente de la habitación de Massara. Quien gritaba era Synis y lo primero que me vino a la cabeza me hizo mucha gracia. Synis tal vez era inmune a los poderes psíquicos de Massara, pero ella podía usar elementos físicos para golpear a su hermano. Cosas como piedras.
Fui cogiendo en todo momento el camino de la derecha siempre que los túneles me lo permitieran. Pronto empecé a notar ciertas anomalías como que las temperaturas descendían o que a veces pisaba brotes de plantas. Aquello indicaba que me acercaba a las habitaciones de Kiteli y Aisa, las cuales estaban cubiertas de hielo o extrañas plantas. Pretendí tomar el camino de las plantas de Kiteli, pero sin previo aviso me resbalé con un suelo congelado y me deslicé varios metros sin poder detenerme. Por suerte, no todo el suelo estaba helado, de modo que me detuve bruscamente tras patinar por al menos una decena de metros. Me recompuse y comprobé si podía dar marcha atrás e ir por el camino que realmente quería, pero el suelo resbalaba mucho y no daba la posibilidad. Me sacudí el polvo que me quedaba y avancé por el camino de las bajas temperaturas de Aisa.
La habitación de Aisa era la más apartada de todas porque a ella le encantaba vivir en zonas muy frías. No en extremo, pero sí lo suficiente para hacer que el agua compartiese sus estados sólido y líquido a la vez. Esto provocaba que en muchas ocasiones las corrientes de aire internas de la cueva fueran incómodas para los demás de lo heladas que se tornaban y por eso todos acordamos mantenerla donde su frío no molestase a nadie sin separar su habitación de la red.
Nada más pasar el umbral de la entrada a la habitación de Aisa, me estremecí ante la drástica bajada de las temperaturas. Fuera hacía un agradable sol primaveral mientras que ahí tenías la sensación de adentrarte en una zona de invierno perpetuo similar a los picos de las montañas más altas. Su habitación intentaba imitar ese ambiente, con el techo más alto de todas las habitaciones de la familia y piedras fingiendo ser montañas con picos nevados. Había nieve por todas partes salvo por un camino de piedra dibujado para quien debiera pasar por ahí. Había hasta unos pequeños agujeros en la nieve recubiertos de agua y hielo.
No me gustaba el frío, pero sí la nieve. Era un sentimiento contradictorio. No obstante, aquello no me impedía que las pocas veces que pasaba por la habitación de Aisa me quedase unos segundos jugando con la nieve. Firia podía esperar ese tiempo.
Desde el camino, fui excavando la nieve del borde y lanzándola a un lado con las patas al aire permitiendo que un poco cayera sobre mí y mi pelaje. El frío hacía que instantáneamente me sacudiera y alejara las acumulaciones de nieve en mi cuerpo dispersándola por toda la habitación. La segunda vez que lo hice, una bola de nieve que se había formado sin querer al recogerla con las patas voló e impactó contra algo que no sonó como las falsas montañas cubiertas de nieve.
—Eh, un poco más de cuidado —dijo una voz—. Casi me caigo al agua.
Me quité la nieve que se me había quedado en las orejas y miré en la dirección de la que había provenido la voz. Escasos segundos después, un Pokémon se me acercó después de rodear uno de los diversos agujeros con agua helada de la habitación. Se movía de manera muy elegante incluso para estar hundiendo constantemente casi la mitad de las cuatro patas en la nieve. Su pelaje celeste era precioso y encajaba muy bien con el ambiente helado. También tenía otras partes de un azul más oscuro como la espalda, las patas, el final de la cola y el interior de sus orejas. Curiosamente, todas esas marcas eran formaban rombos ya fuera por el dibujo como por la propia silueta de las partes de su cuerpo. No obstante, las patas daban más la sensación de que llevara algo como unas protecciones adicionales contra le frío. Me quedaba hipnotizada con el movimiento de las coletas que le salían de los extremos de una especie de gruesa corona o diadema en su frente de un color igualmente azulado, pero en un punto intermedio entre el celeste del pelaje y el oscuro de las marcas. Obviamente, las puntas de esas melenas tenían las mismas marcas romboides siguiendo el patrón del resto de su cuerpo. Aquello me encantaba.
Aisa tenía uno de los aspectos más bellos que jamás había visto. Me gustaba mucho estar cerca de ella y admirarla, incluso jugar con aquellas coletas que le salían de la corona. Ella los llamaba orejas auxiliares, pero yo no dejé ni dejaría de referirme a estas como coletas. Aisa se rindió hace mucho de intentar que dijera la palabra correcta.
—¿Nevui? ¿Qué haces aquí? —preguntó Aisa. Yo no respondí al momento y me quedé mirando alegremente sus ojos del azul más oscuro posible. Ella se me acercó todavía más y me dio un golpecito con el hocico para que reaccionara por fin—. Te he hecho una pregunta, pequeña.
Me sacudí la cabeza para dejar de quedarme fascinada por la belleza del cuerpo de un Glaceon como Aisa.
—Perdona. La verdad es que no tenía intención de pasar por aquí —respondí—. Es que en los túneles había una zona congelada y por accidente me resbalé y fui incapaz de dar media vuelta.
—Una zona congelada, ¿dices? —Aisa miró hacia la entrada que había detrás de mí—. Iré a notificárselo a Firia para que lo derrita.
—¿Puedes decírselo más tarde? Firia está ahora ocupada —expliqué. Aisa me miró y ladeó la cabeza.
—¿Qué quieres decir con eso, pequeña?
—Me dirijo a la sala de reuniones donde se supone que están ella y mis otros dos hermanos. No creo que hagan nada nuevo hasta que haya terminado.
—¿Una reunión de una hermandad natural? No se me había informado de ello, aunque ya estoy más que acostumbrada.
Desgraciadamente, Aisa era la última en enterarse de casi todo lo que ocurría en la cueva o a los miembros de la familia. Siempre debido a su requerido aislamiento por tener la habitación que más afectaba al resto. Me daba lástima, pero Aisa se veía muy tranquila con el tema, probablemente porque las noticias le llegaban igualmente y no le importaba que fueran un poco tarde mientras se lo contaran.
—Deberías ponerte en marcha, pequeña —me dijo la Glaceon con una sonrisa—. Puedes estar aquí bastante tiempo gracias a tu espeso pelaje, pero sé muy bien que no te gusta tanto el frío como para quedarte a jugar con la nieve.
Cuando Aisa me recordó mi molestia con las bajas temperaturas mi cuerpo reaccionó y hasta él me hacía indicaciones de salir de la habitación. Entendí el mensaje que me estaba mandando y me puse en camino.
—Oh, se me olvidaba. Si has de ir a la sala de reuniones, te recomiendo ir por la habitación de Kiteli —me comunicó Aisa—. Al menos soy la primera en saber la situación de Faeris, y la pobre todavía está adaptando la habitación a sus gustos. Creo que será conveniente no molestarla.
Asentí y continué mi camino esta vez con una dirección concreta. Había pensado en ir antes por la habitación de Faeris que por la de Kiteli precisamente porque no estaba personalizada a su gusto todavía y podría pasar sin distraerme. Pero si ella estaba trabajando en ello en estos momentos, no debía entrometerme. A fin de cuentas, Faeris era el miembro más reciente de la familia con apenas medio año viviendo en la cueva y todavía sabía poco de ella. Esperaba que llegara pronto el día en el que se abriera a los demás y conociera mejor a una Sylveon porque no sabía mucho más de que fuera una Eevee en el pasado.
Las longitudes de los túneles que se dirigían a la habitación de Aisa eran las más extensas de todas y se hacían notar. No necesitabas sentir el descenso de las temperaturas; te bastaba con recorrer durante bastante tiempo el mismo túnel. No sabría especificar el tiempo que tardé en al menos volver a ver las plantas que asomaban por los túneles más próximos a la habitación de Kiteli.
Aquel lugar específico de la cueva era como si de repente salieras de la cueva al bosque. Había arbustos y hierba allá donde mirases, incluso se alzaban pequeños árboles que apenas superaban los dos metros de altura. Un bosque en miniatura. Al principio me preguntaba cómo Kiteli podía mantener con vida las plantas cuando estas crecían en rocas y no en tierra y no tenían luz solar directa, pero él me explicó la capacidad de adaptación de las plantas por sobrevivir y expandirse en el entorno y lo que él hacía para ayudarlas: recogía el agua que necesitaba de Aisa al derretir su hielo y proporcionaba luz solar con una bola incandescente que imitaba el sol creada con su poder. Siempre había un sol en miniatura en la habitación, por lo que la iluminación en la habitación era ideal para ver lo que tenías delante.
Crucé la habitación de Kiteli lentamente; el frío de la de Aisa me había dejado temblando y el sol me devolvía el calor que había perdido mi cuerpo. Pensé en no irme hasta recuperarme.
Mientras esperaba, paseé por el pequeño bosque, observando los arbustos y oliendo las pocas flores que habían conseguido nacer en aquel ambiente. Y sin darme cuenta, había ido a parar frente al único lugar de tierra de toda la habitación: el huerto de Kiteli. Un lugar donde mi hermano hacía crecer plantas específicas a las que darle un uso después. Era algo así como el curandero de la familia y ahí estaban los ingredientes que empleaba para tratar heridas como cortes o quemaduras. Me entró la curiosidad y examiné lo que estaba cultivando solo para ver las plantas menos vistosas de toda la habitación. Tenían hasta hongos, lo que mi instinto me gritó que me alejara de ahí y obedecí al momento. Justo entonces se hizo la oscuridad.
El sol en miniatura se había extinguido. Algo normal, ya que el poder que requería para brillar se terminaba constantemente. Tuve mala suerte de que llegara a la habitación justo cuando el sol había alcanzado su límite. Y lo peor era que la oscuridad era similar a la de la habitación de Synis, salvo que ahí era algo natural.
Me quedé ciega en el sentido de no ver lo que tenía delante de mí, ni siquiera cuando mis ojos se adaptaron de nuevo a la poca luz de la cueva. Me dio miedo moverme por la habitación ya que no me sabía de memoria por dónde debía ir sin chocar con un arbusto o un árbol. Podía esperar al regreso de Kiteli, pero el tiempo oscilaba entre unos minutos a varias horas. Si no me presentaba en la sala de reuniones, mi familia seguramente activaría un estado de emergencia al no haberme reunido con Firia. Y como no quise asustarlos, me dejé guiar por el tacto.
No salió muy bien. La hierba me desorientaba y tropezaba varias veces con rocas que sobresalía de esta. Al final la suerte se me acabó y sentí como en uno me hice daño en la pata derecha. Solo fue un fino corte, pero el escozor dolía bastante y no evité soltar un alarido. Entonces decidí no dar un paso más y llamé a quien pudiera escuchar el eco de mi voz por los túneles. Massara y Synis eran mis mejores bazas, pero quien acudió en mi ayuda fue el propio Kiteli.
Mi hermano había entrado en su habitación e inmediatamente usó su poder para crear un nuevo sol en miniatura y devolver al lugar la luz que había perdido. Se quedó sorprendido y extrañado al verme sentada y con la pata derecha levantada con tal de que las briznas de hierba no molestaran la herida. Me había quedado entre un árbol y el supuesto lugar de descanso de mi hermano.
—Nevui, ¿estás bien? —me preguntó.
Desconocía si la pregunta venía porque había escuchado mi llamada o porque se había percatado de mi herida. Independientemente acortó las distancias y me miró con sus ojos de color miel. Yo le devolví la mirada, pero me distraía observando el mechón verde claro que le salía de la frente y contrastaba fuertemente con su pelaje de color amarillo cremoso y marrón. En eso se asemejaba a Aisa, poseyendo ciertas partes de su cuerpo que cambiaban de tonalidad gradualmente a verde como las orejas, la cola y ciertos mechones de pelo que le sobresalían del pecho y las cuatro patas. Y esas zonas verdes de su cuerpo imitaban perfectamente las plantas. Sus orejas y la cola tenían pequeños cortes para dar mayor realismo y poseían los mismos nervios de las hojas de cualquier planta. Donde más se apreciaba aquello era en la cola la cual estaba hasta algo arrugada, casi intentando realizar una forma de rayo. Su aspecto me parecía extraño.
—Estoy bien. Solo ha sido un arañazo —le contesté.
Kiteli me lanzó una mirada de desconfianza.
—Levanta la pata derecha.
Obedecí y dejé que me diagnosticara la herida. Segundos más tarde, me ordenó que no tocara el suelo y se marchó a otra parte de la habitación para luego regresar con una hoja en la que descansaba una pomada de color verdoso. Hizo que la hierba formara una pequeña superficie plana donde dejarla y empezó a aplicarme el ungüento en la herida. Noté un pequeño pinchazo con el primer contacto de la pata marrón y manchada de Kiteli en la mía, pero después vino un gran alivio. Apenas un minuto después, mi piel había absorbido el ungüento y la herida ya no me dolía en lo más mínimo.
—La próxima vez no me ocultes estas cosas, ¿vale? —me regañó Kiteli—. Hasta la herida más simple puede ser letal si no es tratada debidamente.
Agaché la cabeza a modo de disculpa.
—No volverá a pasar. Lo prometo.
Kiteli me acarició con la pata que no se había llenado del ungüento.
—Parte de esta culpa recae en mí. Cada vez me convenzo más de que debo prohibir el acceso a mi habitación para que no haya accidentes como este cuando el sol se apaga. —Dejó de acariciarme—. Estás aquí porque te diriges a la sala de reuniones donde están tus hermanos naturales, ¿verdad? —Levanté la cabeza impresionada—. Me enteré de ello antes de que Massara se comunicara telepáticamente contigo, incluso antes de que te preparara el desayuno.
Puse una cara más normal. Kiteli siempre era el primer miembro en despertar, generalmente cuando los rayos de sol recién empezaban a tocar los árboles del bosque. Él decía que tenía una conexión con el bosque y que podía enterarse de todo lo que ocurría en este. Me costaba creerlo porque no tenía poderes psíquicos como Massara, pero tampoco lo veía imposible después de saber que podía crear soles en miniatura. No conocía en profundidad todo de lo que eran capaces mi hermanos.
—Continuaré mi camino ahora que vuelvo a ver dónde piso. Gracias por curarme, Kiteli —dije y le lamí suavemente la mejilla. Él me dedicó una cálida sonrisa mientras me veía marcharme.
—Cuando hayas terminado esa reunión, tienes la comida donde siempre —me informó.
Asentí y reanudé mi trayecto por el último tramo que me quedaba. La sala de reuniones ya no quedaba muy lejos; la habitación de Kiteli era de las que tenían el túnel más corto y directo al lugar. En cuestión de minutos volví a adentrarme en una nueva sala y esta vez, no estaba personalizada para ningún miembro concreto de la familia, sino para un grupo de ellos: el de mis hermanos y yo.
Apenas se había retocado la sala y esta conservaba la naturalidad de ser un espacio rocoso en las profundidades de la tierra. No obstante, había cuatro elementos que hacía importante esa habitación, uno de ellos siendo el gran espacio de esta. Tanto que la escasa iluminación alumbraba débilmente las paredes y el techo. Y la iluminación era otro de los elementos importantes, pues no venía de nada sobrenatural como las esferas de Massara ni de poder como el sol de Kiteli, sino de la lava. La sala de reuniones tenía una piscina de ardiente y burbujeante lava con una especie de podio con una pasarela que conducía a una entrada desde la cual solo se podía acceder desde este, a menos que fueras resistente al fuego. El tercer elemento era una piscina de agua cristalina no muy lejos de la de lava, pero que nunca hacía contacto para que se generara vapor constante. Aquella piscina también tenía un podio, pero no una pasarela. El último elemento destacable era la tercera zona que contrastaba con las piscinas de fuego y lava. Solo era una tarima de rocas, aunque decorada con extraños cristales cargados de electricidad que soltaban chispas ocasionalmente. El panorama del fuego, el agua y los rayos alcanzaba a ser intimidante.
Di unos pasos y vi a dos Pokémon que conversaban desde los podios de las piscinas de agua y lava. Al avanzar un poco más, llamé su atención y abandonaron por completo el tema del que hablaban para centrar sus ojos en mí. Eran Firia y Nirusui, dos de mis tres hermanos naturales.
