Author's note:

Salut, ça va ?ㅤ🌹ㅤMe disculpo por este terrible abandono. He estado perdido. No he podido ponerme al corriente por ésta semana que presento exámenes mensuales, a la par de mis exámenes finales. Esta actualización ha sido tardía. Se me hace difícil avanzar, pero ahora, el siguiente capítulo vendrá dentro de muy poco: tenía como idea principal subir uno solo con un total de más de 12k de palabras; pero decidí dividirlo y subir la "primera parte" del primer acto. La segunda parte está casi por finalizar, ser revisada y publicada. Disculpen otra vez. Besitos, estudien, hidrátense. Ciao, ciao !


Edición: (16/Mayo/2019).


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Acto I.

in the choice
between good and evil

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Intentaba encontrarle un sentido al caos de imágenes en mi subconsciente hasta que entonces, en la oscuridad, llegó un sonido que sabía que estaba mal. El ruido sordo de las pesados cascos resonaba desde algún punto del valle.

¡_._._._._! ¡_._._._._! —siseó Remo con un susurro tan apremiante que penetró mis sueños.

Despertada de repente, sólo escuché la ansiedad en el tono de Remo y en un instante supe lo que significaba. No eran buenas noticias. Esos pocos momentos que tuve para aclarar mi cabeza me despabilé.

Adiviné que apenas eran pasadas las seis de la mañana, tal vez seis treinta ya. Pronto el tardío sol de octubre se levantaría sobre Malbork. El dolor en mi hombro me dificultó dormir como debí y me había dejado llevar por esos condenados recuerdos.

Sabía que la risa que surgía en mi interior estaba teñida de manera peligrosa con histeria.

«Vístete», pensé.

«Vístete y sal de aquí rápido».

Me puse la falda desgastada que había doblado sobre el respaldo de la carreta sólo unas horas antes, abotoné mi suéter tan rápido como pude para acelerar la partida antes de que los marleyanos tuvieran oportunidad de reconsiderar. Los soldados marleyanos seguían una política estricta de castigo colectivo: grupos enteros son ejecutados a tiros por las transgresiones de un solo miembro.

Bajé de la carreta caminando descalza en la fría y mojada mañana de otoño. Allá en las profundidades, bajo el herrumbroso amanecer de Malbork, surgen los ruidos del día en el campamento. A nadie le preocupaban las flores esa mañana y el campo estaba vacío. Colgué mi mochila previamente preparada en la montura de Deimos y me levanté la falda un poco más de lo normal, por si tenía que andar a caballo más rápido. En cuanto mis pies empujaron con fuerza los estribos, el trotón comenzó a moverse; dio vuelta al este, hacia el centro, en dirección al centro de Malbork.

Ni siquiera lo había notado hasta que Remo llegó corriendo sujetando las riendas de su respectivo caballo. Sólo nos habían dado unos minutos para vestirnos. Su cabello oscuro y corto estaba alborotado. Nuestro guardián ya estaba esperándonos al lado de su caballo y al verme me dio mis botas. No pensé en amarrarme los cordones.

Estaba concentrada en una sola cosa: permanecer calmada y mantener mi rostro inexpresivo, tranquilo.

Remo estaba sin afeitar, tenía profundas ojeras oscuras, como si no hubiera dormido en toda la noche, y aunque se mostraba impasible, había algo perturbante en su mirada.

Mientras tanto, Elías mantenía el rostro sereno y trabajaba veloz, pero por dentro pensaba que estaba conociendo la furiosa desesperación que siente un animal atrapado.

Formaba parte de una tríada que parecía no tener fin.

Pero, más que nada, estaba preocupada y asustada: preocupada porque nada nos confirmará un buena vida detrás de los muros y asustada por el bienestar de ellos dos.

Nada de caras tristes, niños —dijo Elías tras un breve silencio. Al verme, extendió sus manos para agarrar las mías, no advertí los callos que tenía formado en sus dedos. Ahora estaba envejeciendo, pero conservaba sus ideales bastante claros—. La guerra es dura, por supuesto, lo entienden. Cosas terribles pasarán. De llegar el momento, no podrán hacer nada por mí. Pero no importa, deben estar dispuestos a seguir peleando.

Remo, ya montado en su caballo, asintió con fuerza. Al contrario de mí, que sólo aparté un poco la mirada.

Tuve que preguntarme a mí misma qué era lo que hacía, sí dejar atrás a Elías era la decisión correcta, sí algo bueno saldría de todo esto.

Quiero contarles todo, cómo ser autosuficientes, cómo pagar impuestos, cómo pelear, cómo enseñarles a disparar... —susurró el mayor, sacándome de mis pensamientos. Acarició mis nudillos, como si la tibieza me diera seguridad—. Cómo elegir al hombre correcto… Ojalá lo hubiera hecho antes.

Las lágrimas no tardaron en resbalarse ardientes por mis mejillas y cayeron derramándose por la camiseta abotonada, empapándola, traspasando tibias hasta los pechos, y tuve la certeza de que Elías iba a suicidarse antes de ser atrapado con vida. La gente no regresaba del gueto de Liberio, donde los arrestados eran presa de unos interrogatorios devastadores. Posibles escenarios arrancaron como una cinta de película en mi mente, las imágenes cuadro por cuadro terminaron retorciéndome el alma.

Lo lamento muchísimo, Elías… —empecé a balbucear—. No puedo estar de acuerdo con esto sin sentir que soy una mala ahijada...

Me sorprendí al verlo acariciándome el cuero cabelludo con su diestra de una forma un tanto borde, pero produciéndome una sensación afectiva y relajante que aminoró las lágrimas.

Siempre has sido más parecida a tu madre —contestó Elías con una dolida sonrisa impotente, antes de sacarse del bolsillo de atrás del pantalón un pañuelo de seda y cubrir mi cabello—, impetuosamente idealista.

«Mi… ¿mamá?». Apenas y mis dedos acariciaban el pañuelo.

No tardarán en volver, lo saben, ¿verdad? —continuó, apartándose de mí y viendo con recelo a sus alrededores—. Han ido a reunir a los demás soldados, y cuando vuelvan lo pasaremos mal.

Deberíamos marcharnos —dijo Remo, indiferente.

Sí, ha llegado la hora —respondió Elías, acercándose al otro caballo y de imprevisto, dándole un golpe a la rodilla del chico, sobresaltando a Fobos y arrancándole a Remo una ola de improperios que en orden iban: "¿Qué te pasa? Maldita bestia, jodido viejo de…"—. Vamos, bajen al río. Luego seguirán por la orilla... así será más fácil mantenerse juntos. Escúchense a sí mismos. Fíense de sus ojos y oídos. Y recuerden, hagan lo que tengan que hacer para sobrevivir.

Iniciamos la marcha, con Remo a mi lado, y salimos de Malbork, bajando por la pendiente. Deimos relinchó y giró con fuerza hacia la derecha cuando lo dirigí al norte, cruzando el valle para llegar al arroyo seco y dejando atrás lo que fue Malbork.

La ruta más directa que nos llevaría hacia la primera muralla defensiva, entre las anchas avenidas de preguerra.

¡La supervivencia depende de la lucha! ¡Quien lucha por su vida tiene una oportunidad de salvarse! —escuchamos el grito de Elías en la lejanía.

Remo y yo frenamos nuestros equinos tomando distancia, y volvimos nuestras miradas. Al fondo, una caravana empujada por cuatro caballos se acercaba con estrépito bajando el valle, hacia donde estaba Elías. Nuestros corazones se detuvieron, pero el estruendo en la voz del hombre nos trajo de vuelta a la realidad.

¡Levántate, pueblo, y lucha! —gritó Elías, como poseído, como si no fuera consciente que detrás de él está su perdición—. ¡Ni un solo eldiano más muerto en Liberio! ¡Arriba los traidores de la nación!

Retomamos el trote y no me permití mirar atrás, porque sabía que me traicionaría y terminaría echada a patadas por el viejo a como dé lugar.

Los gritos furiosos de Elías fueron desvaneciéndose en un zumbido a medida que nos alejábamos.

Y luego, el sonido de un solo disparo.

Maldito sea —escuché el murmullo de Remo—. Me ha pegado muy fuerte…

Al voltear para verlo, su cabeza se sacudía involuntariamente como en un esfuerzo estéril por controlar la tormenta emocional y las lágrimas empezaron a desbordarse de sus párpados inferiores, mientras se masajeaba blandamente la rodilla.


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(...)

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El cielo enrojecía cuando dejamos los campos y nos internamos en el bosque. Manteniéndonos más o menos juntos, habíamos recorrido casi medio día por los campos, siguiendo siempre el curso del arroyo. Tenía la certeza de hallarnos lo bastante lejos de Malbork para estar a salvos, y mientras aguzaba el oído —no por primera vez— para intentar captar los sonidos de una posible persecución, advertí las oscuras masas de los árboles y el arroyo que desaparecía entre ellos.

Anteriormente, evitábamos los bosques tupidos, donde el suelo es umbrío, húmedo y carece de hierba, porque nos sentíamos amenazados por el monte bajo. A Remo no le gustaba el aspecto de los árboles. Pensé, no obstante, que sin duda los marleyanos se lo pensaría dos veces antes de seguirnos a un lugar como aquél, y quedarse junto al arroyo podía ser mucho más seguro que vagar de un lado a otro por los campos, arriesgándonos a acabar fuera del humilde mapa que había dibujado con anticipación. Decidí entrar en el bosque sin consultar a Remo, confiando en que él me seguiría.

Si no tropezamos con ningún problema y el arroyo nos lleva a través del bosque —le expliqué a Remo—, estaremos cerca de la muralla María y podremos buscar un sitio donde descansar un poco.

Nosotros parecíamos llevarlo bastante bien, pero nuestros caballos, Deimos y Fobos, no aguantarían mucho más.

Para nosotros, todo lo desconocido era peligroso. La primera reacción es sobresaltarse, la segunda, escapar. Los sobresaltos eran continuos y finalmente quedamos exhaustos. Pero, ¿qué significaban aquellos sonidos y adónde podíamos correr en aquella espesura?

Creo que cuanto antes salgamos, mejor —dijo Remo—. No me gusta cómo pintan las cosas.

Sentimos debilidad y, a las ocho y cuarto, nos detuvimos en un estrecho sendero bordeado de helechos y ramas secas para descansar. Montamos un campamento improvisado y amarramos a nuestros caballos al tronco de un roble seco. Preparamos la cena y una pequeña fogata. Remo, sin miramientos, me extendió un pequeño recipiente con puré de patatas y judías, y después se echó al hombro su hacha, diciendo que iría en busca de más leña para la fogata.

Le sugerí que mejor yo cortara la leña y él descansara, pero Remo negó firmemente con la cabeza. Entonces me fastidié:

Remo, ¿por qué no haces lo que te digo? Come algo, luego métete bajo los cobertores y duerme. Te encontrarás mucho mejor.

Ya te he dicho que no quiero tener nada que ver con este lugar —insistió él—. Veré un rato los alrededores, mantente cerca de los caballos.

Y se alejó entre entre una muralla de árboles no sin antes añadir que regresaría pronto. Asentí con algo de amargura y volví a sentarme al borde de una piedra mientras engullía mi ración de comida en silencio.

La llovizna de anoche había cesado por completo, pero debe de hacer poco que ha dejado de llover, porque todo el paisaje que se refleja en mis pupilas está teñido de negro y gotea sin cesar. Al este, en el cielo, flotan algunas nubes de contornos precisos. Están ribeteadas de un halo luminoso. La tonalidad de esa luz tiene algo de siniestro y, a la vez, de benévolo. Según el ángulo de visión, la impresión variaba a cada instante.

Me daba cuenta del paso del tiempo por el alargamiento de las sombras y por ese dejo oscuro que empezaba a teñir la luz del crepúsculo nublado.

Empecé a tararear por lo bajo: "No le tengas miedo a la oscuridad… No le tengas miedo a la tormenta… No le tengas miedo a los monstruos… La noche terminará pronto…".

De pronto, el bosque me pareció lleno de ruidos, tantos que disminuí los míos.

Olía a hojas húmedas, a musgo y a un extraño olor como metálico y el murmullo del agua se escuchaba por doquier. A la entrada del bosque el arroyo formaba un remanso que caía en una pequeña cascada, y el sonido resonaba entre los árboles como en una cueva. En las ramas altas se escuchaba el bullir de los pájaros, que se preparaban para dormir, y la brisa nocturna agitaba las hojas. Aquí y allá se escuchaba la caída de una rama muerta y los ecos de otros sonidos, siniestros y desconocidos, sonidos de movimiento.

La luna estaba baja y la luz, donde caía oblicuamente entre los árboles, parecía más espesa, más vieja y más amarilla.

Bajo la crepitación de la fogata, escuché un muy suave pisar.

Verdammt noch mal*maldije en voz baja y busqué con desesperación mi cantimplora de aluminio: casi con dolor, vacié el resto de agua sobre el fuego que tanto Remo se esforzó en hacer para la cena, pero a oscuras tendré más ventaja de deshacerme de lo que sea que esté entre los árboles.

Palpé la madera, las astillas y demás, en el fuego para asegurarme que todo esté frío al tacto.

Crucé veloz atrás del campamento y me metí en unos matorrales, las espinas arañaron mis brazos en la penumbra. Extraje la navaja del porta cuchillos que ocultaba bajo la falda, filosa y preparada para la defensa, y aguardé en silencio con una mirada vigilante: como fugitiva. Ya familiarizada con esta sensación, agudicé los oídos.

Las pisadas avanzaban muy juntas. Su progreso fue haciéndose cada vez más lento. Seguí su curso y entre las ramas vi una sombra aproximándose al roble donde estaba amarrado Fobos, el caballo de Remo, quien nervioso no dejaba de agitar su cola y raspar la tierra con sus cascos, inquietando también a Deimos.

Sin esperar más movimientos de parte del desconocido, me lancé al sendero y corrí a por él.

En pocos segundos llegué al roble. Hice una breve pausa, miré alrededor. Ya no estaba y quedé desconcertada. Más allá, bajo la pálida luz de la luna, el sendero se veía también vacío y descendía suavemente por la colina hacia la profunda oscuridad de un seto de encinas.

A pesar del miedo y la tensión, sabía que era muy rápido: había cubierto la distancia como un relámpago.

Para cuando unas hojas cafés cayeron meciéndose con el viento, no tuve tiempo de mirar hacia arriba.

Ya estaba tendida en el suelo, sucia de judías y de puré de patatas. Sentí su peso inmovilizarme la parte baja de mi cuerpo; sus rodillas se clavaron en mis brazos a los costados, intenté forcejear con las piernas, pero fue inútil. Un puño envuelto en mi muñeca que sostenía la navaja entre mis dedos.

Mierda… Sí, de acuerdo —bufé, cedí ante su apretón y dejé caer la navaja.

Eso está muy bien. Sigamos mirando hacia adelante.

Mira. No soy una amenaza para ti, ¿sí? —dije, intentando mirar hacia su rostro.

Eso es obvio —respondió su voz—. Silencio. No hagas nada estúpido.

Una mano jaló de mi cabello y mi mandíbula se posó encima de un extremo de acero filoso.

No lo dudaré —dijo él muy cerca de mi nuca. Luego ejerció más fuerza en sus dedos entre las hebras de mi cabello—. Eres muy joven… ¿Tú has montado todo esto? ¿Este campamento afuera de la muralla?

Por el rabillo del ojo conseguí identificar un pedazo de tela color verde. «No es un marleyano… No portan ese uniforme», pensé en mis adentros.

Espera —dije—. Llévate lo que quieras.

Ya hablaremos de eso. Ese será el precio, por salvarte —Cuando terminó de exhalar aquellas palabras, enseguida se enderezó, sin moverse de encima.

Por alguna razón, me quedé también quieta y callada junto con él.

El extraño y desagradable olor metálico era ahora más fuerte y al cabo de unos segundos los dos oímos como algo pesado se acercaba.

De repente, los helechos del otro lado del sendero se abrieron y apareció una cabeza larga, como humana, con la mirada desorbitada y cabellera enmarañada y larga.

Ahogué un alarido que jamás salió de mis labios: volviéndome cada vez más hacia dentro, me hundí en la oscuridad de mi ser como una piedra en un pozo.

Se estaba enderezando. La mujer se estaba enderezando. Parecía estar sonriendo, con las enormes canicas de los ojos fijas en nosotros, fue enderezándose. Se inclinaba hacia abajo y enseñaba los dientes, con la boca casi tocando el suelo. Las palmas muertas hacían ruidos escalofriantes sobre los troncos de los árboles. Los pechos se le sacudían como arrugadas bolsas vacías. Vislumbramos sus pies grandes unidos a un cuerpo amorfo y alto, con el vientre hinchado, con los huesos de sus extremidades sobresaliendo de su piel grisácea.

Sus ojos nos miraron, llenos de un deseo aletargado. La cabeza se movió con lentitud, observando a un lado y a otro el oscuro sendero, y después volvió a clavar en nosotros sus ojos fieros y terribles. Abrió más las mandíbulas y pudimos ver mejor los dientes, tan sucios de sangre seca y con pedazos de masas oscuras, extendió sus manos esqueléticas hacía nosotros.

Yo no respiraba.

Esa cosa parecía un cadáver, muerta desde hacía muchos años.

Durante largos minutos estuvo observándonos y nosotros permanecimos inmóviles, mirándola a su vez sin emitir un solo sonido.

...Así que de dos metros y medio, está atontada por ahora gracias a la falta de luz solar —murmuró el hombre uniformado y sentí su peso retirándose de mi espalda—. Tal vez sea peligroso y tal vez no, pero no quiero arriesgarme. No tengo suficiente gas para acabar con ella. Alejémonos.

Contra todo pronóstico, acaté su orden y lo seguí a través de los helechos y muy pronto llegamos a otra senda paralela. Cuando el desconocido la tomó, empezó a correr. Lo alcanzo y los dos nos metimos entre las encinas. Al alcanzar el otro extremo del encinar, allí el sendero formaba un recodo, y al doblarlo el soldado se detuvo en seco y se sentó sobre sus piernas, respirando a bocanadas para recuperar el aliento.

Delante de mí, él me miró desde el borde de un margen alto a cuyos pies fluía un río. La luna casi había desaparecido y estaba muy oscuro, pero podíamos ver el débil resplandor del agua y distinguían apenas, en la otra orilla, una delgada cinta de nogales y alisos.

Por el otro lado, estaba enmudecida mientras pensaba a toda velocidad. Quise darme un tiro en la cabeza cuando caí en cuenta en qué tipo de situación acabo de meterme.

«Él nunca debió haberme visto aquí», pensé con preocupación.

«No, no. Sí Remo llega a enterarse...»

Respiré hondo y reorganicé mi lista de prioridades. Luego me encargaría de esto. No era una cobarde, desde luego, pero lo más probable era que sólo continuara pegada al… ¿soldado? mientras no viera las cosas claras y no supiera qué hacer con la gigante que se acaba de meter al campamento.

Nos detuvimos en el margen del río y miramos el agua sin hablar. Soplaba una brisa muy fría y ambos estábamos temblando.

Gracias por no haberme matado, señor… —empecé a decir, un poco incómoda. Menos mal que hablábamos la misma lengua—. ¿Qué animal era ése? ¿Nos habría matado?

No me des las gracias todavía. Yo me llamo Mikael, a todo esto. ...Y los titanes no son animales, muchacha —contestó el soldado lentamente, por un momento pareció incrédulo ante mi pregunta—. De hecho, ha matado antes de encontrarnos. Le he visto sangre en la boca.

He oído hablar de ellos por Elías. Son realmente peligrosos, pero, dentro de lo que cabe, la mayoría que deambulan por la noche no pueden alcanzar a una persona que corre y casi siempre sabíamos la ubicación de estos cuando se acercaban al campamento. Son muy extraños. He sabido de animales que viven casi corriendo entre ellos y no les pasa nada malo. Pero de todos modos, es mejor evitarlos. Son antropófagos y caminantes errantes. Debería haberlo adivinado por el olor, pero era nuevo para mí.

Ha sido una suerte para nosotros que hubiese matado, pues de lo contrario esa cosa habría sido más rápida con el estómago vacío. Afortunadamente hemos hecho lo más acertado. Hemos salido muy bien parados del apuro —continuó el señor Mikael, pasándose la mano por su cabello tenuemente canoso.

Me detuve a ver un momento su aspecto. No se veía mayor que Elías, calculé unos cuarenta y cinco. Vestía de una capa de color verde oliva con una capucha, pantalones blancos —con correas alrededor de sus piernas— y botas largas marrones. No era un soldado marleyano, no cabe duda. Pero… había mucha sangre salpicada en su ropa. Cuando me atrapó analizándolo de punta a cabeza, no me molesté en apartar la mirada.

¿Qué le sucedió? —pregunté, desconfianda.

Oh, ¿esto? —señaló la sangre seca de su ropa y con cierta tranquilidad extraña, respondió: —Otro intento fallido de recuperar el territorio humano. Me pescó muy duro el cabrón. Pero, ¿sabes algo? Eso no importa ahora.

Sólo alcancé a hacer una mueca de la cual él rió de manera jocosa, un poco forzada:

Aunque, ésta sí que es una sorpresa. No esperaba encontrarme a nadie aquí. Has sobrevivido aquí afuera, por tu cuenta... —añadió Mikael con cierto tono que no llegué a identificar. Se levantó, sacudiéndose la tierra—. Sin embargo, pequeñaja, yo en tu lugar no esperaría ni un milagro. Me iría ahora mismo.

¿Por qué? —volví a preguntar.

Hay más titanes sueltos en el bosque.

Me sobresalté.

¿Qué? —exclamé, pero a lenguas algo no me sabía bien—. ¿Cómo lo sabe?

Desde el campo se puede ver el declive del bosque hasta el río. Algunas zonas están descubiertas. He visto al menos como tres titanes cruzando, parecen ser titanes nocturnos. Puede que estén siguiendo el rastro de tu campamento, pero ahora el que recientemente vimos ya debe de estar deambulando por ahí. El haberte seguido fue un bien para ambos, ahora... —guardó silencio un momento y esperé, un poco ansiosa—. ¿Qué crees que ocurrirá cuando nos vea correteando de un lado a otro en el bosque? Ven conmigo. He perdido mi caballo, pero veo que tú podrías llevarnos de vuelta a la muralla María, de esa manera podrías agradecerme por haberte salvado.

No sabía qué hacer. Había muchas coartadas en su lógica que no me llevaban a nada bueno. Delante de mí estaba aquel hombre, empapado, intrépido, resuelto, la imagen misma de la determinación. A mi lado —no físicamente—estaba Remo, silencioso y temperamental: observándome fijamente, esperando mis instrucciones y pasando por alto las de cualquier otra persona.

"Lo que pienso es que no hay otro modo de averiguar si se puede confiar en las personas más que probándolo. Fíense exclusivamente de sus ojos, sí un montón de eldianos tuvieran miedo de unos recién llegados, no dudarán en engañarlos para capturarlos".

Escuché la voz grave de Elías en mi mente.

"...Es de suma importancia que nadie los vea fuera de la muralla. No habrá excusas. Ellos pensarán que ustedes son parte del enemigo. Como no están permitidos revelar nada de lo que han visto en Marley, tratar de convencerlos no es una opción. ...Estoy siendo imperativo, no traten con ellos si aún no cruzan la primera muralla.

Bajo las mismas circunstancias, antes de llegar a la muralla, evítense todo contacto con el Cuerpo de Exploración".

Hablé en una especie de trance.

Me temo que no —dije, retrocediendo un poco—, puede marcharse. En cuanto a mí, esperaré a que mi compañero venga y pensaremos en algo para persuadir a los titanes fuera del campamento. No lo conozco, no confío en usted y no voy a correr riesgos.

Mikael pareció desconcertado un momento. Pero luego se echó a reír y sentí frío en toda mi piel.

Lo entiendo. Estás tomando precauciones. Pero de todas formas, no deberías quedarte aquí. Quizá te sientes demasiada segura y no piensas en esconderte —siguió insistiendo—. De hecho, creo que no tienes más remedio que irte conmigo. Te llevaré dentro del muro, a un pueblo. Allí estarás más segura.

Negué con la cabeza:

No puedo irme de aquí —dije con firmeza. Sólo entonces pareció entender la verdadera razón por la que me escondía entre los árboles. Se sobresaltó. Rápidamente me aventuré a plantear yo una pregunta: — ¿Es usted un soldado del Cuerpo de Exploración? ¿Dónde están los demás?

No dijo nada, dándome a entender su respuesta. Pero enseguida se recuperó:

Sí, soy un soldado —respondió—. Elegí una lucha temeraria y me separé de mi escuadrón cuando ya habían anunciado la inevitable derrota de la exploración. Ya han pasado cuatro horas desde que se retiraron —suspiró con aire derrotado, peinándose el cabello hacía atrás—. ...Esta lucha parece no tener fin. Pero, ¿qué más da? Esto sucede todo el tiempo, sólo era cuestión de suerte. Y me tocó el palo más corto. Me han abandonado a mi suerte… Es lo que siempre ocurre.

Sobre mi cabeza, un pájaro suelta un agudo graznido. Alzo la vista al cielo. Sólo hay unas nubes chatas de color gris. No sopla el viento. Me contemplo las manos. Una súbita oscuridad se abatió sobre mi amortiguando la euforia como cuando se echa arena sobre el fuego. Estos episodios se habían hecho frecuentes desde la época gris de mi vida en Liberio.

Se equivoca, señor —cerré mis manos con fuerza, en mis palmas imaginé el lodo metiéndose bajo mis uñas. Sentía la viscosidad, el frío y la suciedad de aquel lugar en esa única sensación—. Ahora mismo, no está actuando por su cuenta, sus emociones están actuando sobre usted. Porque ha tenido una experiencia intensa y ahora está resignándose a morir aquí.

La oscuridad bajo sus ojos se hizo más espesa. No había sonido alguno.

¿Por qué, pequeñaja, te pregunto, te enfadas conmigo? —sonrió levemente—. Ya me han castigado por mis pecados y en el mundo de la verdad arderé en el infierno por mis transgresiones. Si pequé, pagaré la deuda con mi muerte. Todas las cuentas se saldan al final.

«..."Todas las cuentas se saldan al final"».

Después, su risa espectral continuó:

¿Habías dicho que ibas campamento? ¿Al campamento? Sería una estupidez. El campamento sólo es un agujero mortal. Ese lugar está infestado. Un titán, por doquier y cada día.

Me quedo inmóvil y sus palabras parecieron arrastrarse bajo la luz de la luna, sobre la hierba.

Las manos de aquel hombre, empezaron a cerrarse con tanta fuerza que pude lo blanco que se volvieron sus nudillos. Su brazos empezaron a estremecerse y cuando levanté los ojos, él ya los tenía clavado en mí como un par de estacas. Inyectados de desesperación. Oscurecidos, peligrosos.

Tomándome por sorpresa, se aferró a mí por los codos y me sacudió con fuerza. Mi cabeza cayó flojamente hacia atrás y después hacia delante, como un globo sujeto a una varilla.

Maldita cría testaruda... —murmuró, colérico y claramente con una voz que no era la suya—. ¡Acabarán con todos nosotros! ¡En esa dirección está la muerte! Nos… Pero no creo que valga la pena discutir por esta causa.

Me puso los pelos de punta, como las espinas de un erizo a punto de convertirse en la bola del sacrificio, mi boca abierta sin poder emitir sonido alguno.

¿Señor Mikael? —pregunté en un hilo de voz, cada vez más alarmada por su cambio abrupto de persona—. ¿Qué es lo que ha-hace...?

¡Déjate de tartamudear! —vociferó súbitamente el susodicho en mi cara. Di un grito de sorpresa y mi cuerpo se puso tenso, como intentando alejarse de él—. ...No hagas tanto ruido. Pueden oírnos… los titanes.

Empujé su pecho con ambas manos, di la vuelta e intenté huir. Pero como un rayo atravesó la oscuridad con los ojos saltándosele de las órbitas, su mano alcanzó el pañuelo de seda que cubría mi cabellera, y con facilidad me tiró al suelo.

Y entonces me llegó la voz de Mikael, tan de pronto e inesperadamente, tan calmada, que sus atenazadas cuerdas vocales se distendieron y empezó a llorar débilmente, no de miedo sino de bendito alivio.

«Porque sabe que sí me mata, se llevará alguno de los caballos. ...Él, como nosotros, quiere sobrevivir».

Eres tan sólo una niña. Dios, oh, perdóname… —lloró el hombre, cerrando sus manos suavemente en torno a mi cuello—. ...Intenté salvarte también. Lo intenté, Dios sabe que lo intenté.

Escuché a Remo preguntando desde alguna parte en dónde estaba... Con voz lejana, amortiguada por la bruma interna. La saliva se acumuló en mi boca mientras los gruesos dedos del neurótico se hundían en mi carne de la garganta, apretando hasta cerrar el puño. Pateo con torpeza, pero su inmenso peso me tenía a su merced. Sus lágrimas goteaban en mis mejillas, que iban tornándose violetas.

Al menos esto es mejor que morir a mordiscos, ¿no? —me preguntó, visiblemente fuera de sí mismo y el esfuerzo por estrangularme eficazmente le encorvó los hombros. Cortó mi respiración—. Mi hermano menor no tuvo la dicha de perecer igual. Se lo comieron vivo en su primera expedición.

Mis manos se movían cada vez con mayor lentitud y mi cuerpo empezó a sucumbir por la falta de oxígeno.

Los párpados, que se me habían cerrado con la imagen de Elías y Remo grabada interiormente como en una linterna, se abrieron apenas y después volvieron a cerrarse. Me estremecí apenas. La conciencia, como las hojas caídas de los árboles en otoño, descendía y descendía, perezosamente.

Y de pronto, detrás de Mikael, la imagen de Remo se asomó; bien abiertos los ojos hundidos en las órbitas rodeadas de gruesas bolsas, brillantes con una especie de perversidad maligna: mientras la vena en el centro de su frente le sobresalía en forma notable. Cuando el hombre apenas había recatado en Remo, ya el mango del hacha zumbaba en el aire, para ir a estrellársele en la cara.

Un chorro de sangre brotó de la nariz de Mikael y un par de dientes cayeron en el césped.

Remo retiró el mango del hacha, había vuelto a bajar, esta vez sobre el cráneo del hombre, desgarrándole parte el cuero cabelludo, desplomándolo en el suelo.

Remo arrastró el extremo del hacha por la tierra para ir hacia donde estaba Mikael, quien estaba aturdido sobre la alfombra de hierbas.

Mi hermano de corazón —y no de sangre—, blandiendo el hacha, se movía con esa grotesca rapidez y agilidad, con los ojos brillantes. Siete veces más, el mango del hacha había subido y había vuelto a caer sobre el soldado antes de que yo pudiera sujetarlo, apartarlo o arrancarle el hacha de la mano.

Sabía exactamente cuántos golpes habían sido porque cada blando thump contra el cuerpo de Mikael se me había quedado grabado en la memoria como el golpe irracional del cincel en la piedra.

Siete golpes, ni más ni menos.

Y Remo repitiendo una y otra vez:

Eldiano maldito. Demonio de mierda. Están condenados, ¿lo sabías? Son unos demonios. No merecen la salvación.

Mientras lo blandía histéricamente.

Mikael que se ponía lentamente de pie, aturdido, ya con la cara hinchada, sangrando por cuatro o cinco sitios diferentes, había dicho una cosa terrible, tal vez era la única vez que alguien había dicho algo que podía recordar palabra por palabra:

Niños, dejen de correr. ¿Quién tiene el periódico de papá? ¿Todavía sigue lloviendo?

Y después volvió a caer de rodillas, el rostro hinchado y sangrante cubierto por el pelo.

Ahora, consciente, mi cuerpo se estremeció en el evocado encogimiento ante el ruido del hacha en el aire, un silbido asesino deseoso por estrellarse contra algún árbol... o contra la carne.

El chasquido del hueso al romperse no había sido muy fuerte, no; bueno sí, había sido muy fuerte, enorme, pero fuerte no. Un ruido preciso, que dejaba de un lado el pasado y todo el futuro del otro, un sonido como el que hace un lápiz cuando se quiebra, o una astilla para el fuego, cuando uno la rompe contra la rodilla.

Hubo un momento de espantoso silencio, tal vez por respeto hacia el futuro que comenzaba, hacia todo el resto de mi vida.

Ver cómo el rostro ensangrentado de Mikael se vaciaba de color hasta ponerse como el papel, verle los ojos, grandes, agrandándose más aún, poniéndose vidriosos, y estar seguro de que se desplomaría muerto en el charco de agua y de lodo; y mi propia voz, débil y apagada, gimoteando, procurando hacer que todo retrocediera, buscando una manera de esquivar ese ruido no demasiado fuerte de hueso que se quiebra y de volver al pasado.

...Remo, ¿qué carajo has hecho? —susurré, conmocionada.

El alarido de Mikael como respuesta me aterró y retrocedí, boquiabierta al ver ese ángulo tan raro que formaba la pierna con su rodilla. No había piernas que articularan así. Escuché mi grito y mi balbuceo insensato. Y Remo parado, inconmovible e indiferente, como si no diera recato a la súbita e irracional acción que acababa de hacer. Trato de comprender cómo podía haber hecho una cosa así.

Remo siguió allí parado y sus ojos se encontraron con los míos y en ellos vio que sentía miedo de él.

Ásperamente, se pasó la mano sobre los labios.

ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤSeis, quizás ocho ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤguardias marleyanos.

ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤMantenían en el aire a ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤuna niña sujetándola de pies y manos ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤmientras se turnaban y
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤella sangraba.ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤTodo esto delante ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤde cientos de personasㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤQue no podían hacer nada por ella.

Una terrible visión apareció ante mis ojos.

Entonces, en medio del silencio, Mikael se levantó, tambaleándose, vaciló un momento, dio unos pasos inseguros a mi dirección y cayó de nuevo. Las hojas podridas habían volado a puñados. La tierra estaba desnuda y marcada por largos arañazos y surcos. Mikael yacía de costado, agitando los miembros de su cuerpo. Sostuve sus brazos para que dejara de moverse y agravarse aún más. Él no estaba procesando que Remo acababa de romperle el fémur.

La punta del hacha le había lacerado la pierna y gotas de sangre, oscura y roja como bayas de tejo, resbalaban una tras otra por su muslo amorfo. Yació jadeando unos minutos, y su costado subía y bajaba por el agotamiento. Entonces volvió a forcejear conmigo, hacia delante y hacia atrás, dando tirones, hasta que empezó a ponerse frío y se quedó quieto.

Frenética de angustia, salté y me puse en cuclillas a su lado. Los ojos de Mikael estaban cerrados y los labios levantados en una mueca fija. Se había mordido el labio inferior y de ahí también manaba sangre. Tenía la mandíbula y el pecho cubiertos de sangre por la golpiza previa.

¡Señor Mikael! —exclamé, sosteniendo con fuerza su mano—. ¡Señor! ¡Escuche! ¡Tiene la pierna rota, no se mueva! ¿Cómo podré ayudarle? ...Vamos, piensa, _._._._._.

No hay nada que puedas hacer por él. Se morirá —dijo Remo con sencillez.

Había palidecido, Mikael ya estaba sentenciado a morir.

Mi cara brillaba con algo casi espectral. Estaba de rodillas, con la cabeza caída, ambas manos entrelazadas sobre la coronilla de Mikael. Por entre los dedos brotaba la sangre que caía de su rostro.

La angustia dio paso a la cólera y me volví a Remo, porque era verdad, ya no podía hacer nada por el soldado en tales condiciones.

¿Y eso a ti qué te importa? —repliqué bruscamente—. Te has pasado, te has pasado. ¿Por qué no paraste cuándo él ya no podía defenderse? Tuviste un arranque de mal genio. ¿Sabías que se infiltró un titán al campamento? No viste lo que él hizo por mí allá atrás...

¡Despiértate, _._._._._! Los titanes están por todas partes, naturalmente. Si uno logró acercarse, es porque era algo inevitable. Sin embargo, éste hombre… —frunció el ceño el moreno—, lo único que dice es que ha caminado por el bosque "persiguiéndote". ¡Pura mierda!

La sangre ajena había empezado a escurrir de las palmas. Como si tuviera estigmas. Contraje con más fuerza los ojos. El amargo nudo de mis emociones se deshizo.

¡Es fácil juzgar cuando no conoces los hechos! ¿No estábamos escapando a estos recónditos lugares de la misma violencia que acabas de mostrar?

Tengo límites. Y él los encontró cuando te lastimó —respondió Remo, turbio. Y me llevé las manos inconscientemente a los dedos marcados sobre mi cuello. Luego continuó, arrastrando las palabras con un deje sombrío: —Intenta hacer algo por este lunático y te torceré el tobillo. Intenta salvarlo después de eso y te romperé la pierna. Así tenga que llevarte arrastras a la muralla.

No dejaré que lo abandonemos —sentencié con firmeza.

Remo dió un paso al frente, sobreponiéndose.

Y no te dejaré convertirte en una mártir por un desgraciado.

Mikael despertó súbitamente y vio que estaba junto a él. No estaba de más decir que estaba perplejo. Vaciló unos instantes y entonces miró a Remo con pánico.

Mi pierna… Dios mío, mi pierna... —gimió, intentando incorporarse, pero lo detuve colocando mis manos sobre sus hombros y lo volví a recostar, él se dejó manipular con facilidad.

Remo, si no piensas en ayudarme —murmuré, sin quitar la vista sobre Mikael—, será mejor que te hagas a un lado.

Busqué a mi alrededor y encontré mi pañuelo de seda. Me estiré para alcanzarlo y sobre mis rodillas, me recorrí a un lado de la extremidad lacerada. El olor a sangre hundió mi nariz y garganta. Tragué fuerte. Luego de cercionarme que estuviera el paño suficientemente limpio, apliqué presión sobre la herida: arrancándole un jadeo de dolor a Mikael. Pero tenía que hacerlo para no destinarlo a una hipovolemia*.

No eres el único que puede emitir juicios —continué hablándole a Remo con un tono más calmado, mirando con dolor a Mikael como si compartiera su sufrimiento—. El tuyo surgió de la ira. Una ira que cargaste mucho tiempo, demasiado. No puedo dejarte convertirte en un asesino.

Cualquiera que busque hacernos daño debe morir. No me da lástima y no me sentiré mal por eso.

Pero no te detuviste. Te gustó lastimarlo —afirmé, mirándolo a los ojos. Remo cada vez se veía más exasperado, sus puños temblaban sosteniendo aún el hacha con fuerza—. Elías jamás nos enseñó eso. Nunca nos enseñó a sentir alegría por matar.

No lo entiendes —espetó él—. Elías siempre dijo que sobrevivir era lo más importante. ¡Que seamos valientes! ¡Que seamos fuertes! Que si alguien quiere lastimarte, lo mate.

Remo, esta… esta filosofía que tienes…

Esta filosofía es lo que me mantuvo humano en el gueto. Es lo que nos mantendrá fuertes.

Pero no puedes imponérmela —dije con dureza, como intentando convencerlo, de encontrar su lado humano—. El mundo no es matar o dejarse matar. No es tan sencillo.

Remo bufó como un toro enfurecido y me levantó del suelo con sus manos aferradas al cuello de mi suéter. El temor llenó mi organismo en súbito, pero luché por permanecer serena.

Joder, parece que lo hubieras leído en un libro de cuentos. Donde todos podrían vivir en armonía si se muestran compasión entre ellos —vociferó, enfurecido. En sus ojos veía sombras, quizá recuerdos de cuando vivíamos presos fuera de esta isla—. Este es un mundo violento y cruel. ¿Crees que mostrando compasión por los demás te salvará de su destrucción?

¿Y cómo es el mundo? —pregunté y llevé mis manos a las suyas, encajando mis uñas en su piel. Podía verme reflejada en sus descorazonados ojos azules—. Sabías desde el principio que este hombre nos estaba siguiendo y no dijiste nada, esperaste a que atacara. Nada fue casual, todo esto pudimos haberlo evitado y deliberadamente no lo quisiste así. ¿Qué intentabas demostrar… actuando como un soldado de Marley?

Quizá por primera vez en mi vida, dejé sin palabras a este chico huraño. Nos sostuvimos la mirada por mucho rato, o así me pareció, aunque en realidad sólo fueron míseros segundos. Y al final acabé empujándolo para que me soltara.

Dudé que lo haya hecho cambiar de parecer. De todos modos Remo hizo una pequeña mueca, como si espantara un pensamiento.

Lo que menos falta nos hace ahora es una pelea, _._._._._ —respondió Remo lentamente, algo en mí se rompió cuando no trató de ni siquiera negar mi acusación. Mi nombre saliendo de sus labios me enervó de enojo puro—. Hice lo que tuve que hacer para que sobreviviríamos, como dijo Elías.

¿Rompiéndole la pierna a un hombre traumado por la guerra? ¡Y una mierda! Eres lo peor…

De repente, percibí oscuramente que de algún lado llegaba un ruido ahogado, entre los árboles, desde fuera de mi mundo interior afiebrado y tumultuoso. Miré hacia el otro lado y vi que Mikael aún seguía agitándose en la tierra, retorciéndose de dolor por su pierna.

No llegará muy lejos —escuché la voz mortecina del moreno, quien se había hincado para recoger mi pañuelo empapado de sangre. Sin embargo, no me lo entregó, sólo pasó de largo a un lado mío—. Nos dará suficiente tiempo para tomar a los caballos e irnos. Abandonaremos el campamento.

«No puedes salvar a Mikael».

La idea se elevó desde la misma nada, despojada y sin ornamentos.

¿No podemos hacer nada por él? —gimotee con enojo, casi sin darme cuenta de que estaba reducida a eso, a gimotear con los ojos cerrados, como una niña que hacía pataletas—. ¿Ni siquiera merece morir con dignidad? ¿Eso no te afecta?

Remo se echó el hacha, cuyo filo metálico estaba cubierto de un filtro rojo, al hombro. Mirándome por el rabillo de su ojo, dijo:

No mintió del todo. También vi a los tres titanes que él mencionó. En realidad, hay cinco en total, pero todos están dispersos en diferentes puntos del bosque. Ya deben estar aproximándose por todo el ruido que hicimos.

Mis hombros se tensaron cuando la voz del moreno pronunciaba las palabras que temía escuchar:

Es importante que no nos queden cabos sueltos. Por esta razón, él —señaló a Mikael—, se quedará atrás. Vivo. Y es mi última palabra.

La brecha entre los dos se hizo cada vez más profunda.

Mikael solloza y llora, algo acerca de sus hijos, pero sus sollozos no lo apartarán de su lugar.


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Fin del Acto I.

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Author's note:

Perdonen lo malo y la tardanza. Prometo una buena continuación. :)

¿Review, favoritos? S'il vous plaît !ㅤ❤ㅤ¡Me animaría mucho! ¡Espero leernos pronto!

*Verdammt noch mal: "Maldita sea" en amado Deutsche, aka Alemán. La niña aprendió palabrotas de Elías.
*Hipovolemia: Disminución del volumen total de sangre que circula por el cuerpo.