Author's note:
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Salut !ㅤ🌹ㅤActualicé PRÆY antes de tiempo, aprovechando que la siguiente semana ya son mis finales y estaré a millón con el estudio. Por lo tanto estaré un par de días enfocado en lo que DEBO de hacer. Gracias por la paciencia y besitos. Ciao, ciao !
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Edición: (29/Mayo/2019).
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Acto II.
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"Si sólo por estos motivos humanos luché con las fieras en Éfeso, ¿de qué me aprovecha? Si los muertos no resucitan".
Primera de Corintios.
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Ha pasado una semana desde que comencé mi nueva vida.
Cuando Remo cargó en sus hombros los baúles que contenían las sábanas y las latas de comida, me pregunté si todo eso cabría en nuestro nuevo hogar dentro del distrito. Trost era una ciudad mercantil con mucho movimiento, tenía aproximadamente veinte mil habitantes y estaba en el paso de la principal línea naútica de la humanidad, que iba de la ciudad situada en el extremo sur de la Muralla María, Shingashina, hasta la capital amurallada: traspasando las tres damas defensivas.
Se acabaron también los sonidos del bosque y las noches tranquilas del campo estando dentro del muro María, que fueron muchísimo mejores, aunque no menos difíciles. En Trost el sonido de los tranvías y los gritos de los vendedores se colaban por las ventanas. Había muchas otras voces.
Ahora, a mi alrededor, escuchaba a la gente sosteniendo conversaciones apasionadas sobre la política y la libertad de la humanidad. Durante siglos esta especie humana luchó por la independencia contra sus agresivos vecinos que deambulaban atrás de los bloques.
Había un gran sentido del orgullo nacional y cuando los niños se unían al ejército de las murallas aprendían más que canciones de campamento: practicaban tácticas paramilitares para defender su nación de los ocupantes en las fronteras. Es un ejército a tiempo completo, profesional y capacitado para hacer frente a los titanes; dividido en tres escuadrones: Cuerpo de Exploración, Tropas de Guarnición y Policía Militar.
Los niños se maravillaban con las historias de los valientes soldados quienes peleaban contra los titanes. Sin embargo, los Cuerpos de Exploración eran el ejército más pequeño de la humanidad.
Remo y yo nos mudamos a un pequeño bloque en la avenida Maja en Trost. El departamento era un poco incómodo y no siempre estaba ordenado, puesto que sabíamos que no podíamos quedarnos demasiado tiempo en un solo sitio. En mis tiempos libres decidí estudiar la historia clásica eldiana —consciente de que varios hechos no eran del todo verídicos— y buscar la manera de legalizar nuestras identidades, al igual que Remo encontraría empleo en algún taller de ferretería.
Estuvimos de acuerdo en que era un mejor estilo de vida.
Pero desde el arranque de mal genio que tuvo en los bosques antes de infiltrarnos, hablar con él ya era una experiencia perturbante. Desde aquella discusión, ahora habitaba entre nosotros un especie de ambiente pesimista que ninguno de los dos queríamos tratar. Los principios de Remo eran de izquierda, gracias al lugar donde nos criamos, pero yo era una radical.
Podría decirse que estaba muy viva, vivía el presente… En cambio Remo estaba en el pasado. Era un muchacho turbado por la muerte y un recordatorio viviente de aquel lugar del que me desprendía poco a poco. Quería hablar con él del mundo a mi alrededor, quería cambiarlo y moldear su futuro.
Pero era imposible.
En fin...
Nuestro piso resultó ser pequeño, pero rústico y estaba amueblado de una manera hogareña. Se entraba por el recibidor que a su vez era un confortable comedor, teníamos un armario, una pequeña estantería para libros, una mesa también pequeña y cómodas sillas. La estantería estaba llena de mis notas sueltas y algunos libros de texto que Remo se trajo de su propio equipaje.
Un día a primera hora de la tarde oí que llamaban con suavidad a la puerta, los golpecitos tenían un ritmo singular. Estaba de pie junto al fregadero, lavando verduras. Cerré el grifo y aguardé en silencio. Al poco rato alguien introdujo con mucho cuidado una llave en la cerradura y la giró; se abrió la puerta y entró la única persona que conocía.
Volví a mi labor mientras Remo pasaba cargando un gran caja apoyada sobre su hombro, lo perseguí con la mirada. El mayor cerró enseguida la puerta tras de sí, se quitó la gorra de lana que cubría su pelo y preguntó en un susurro:
— ¿Nada sospechoso?
—Nada —respondí, dejando correr el chorro del grifo sobre las zanahorias y un par de tomates. Al poco comencé a contarle de mi día, como era de costumbre, con un tono agrio: —Todos mis intentos de encontrar un empleo fueron en vano. Me rechazaron en todas partes.
Sólo entonces Remo dirigió sus ojos hacia mí. Escuché el rechinar de la madera bajo sus botas, caminando detrás de mí.
— ¿Qué diablos de trabajo va a encontrar una niña de quince años en una tierra desconocida? —dijo, mientras dejaba caer la caja sobre nuestra pequeña mesa y se acercaba a mi lado, arrebatándome las verduras de mis manos, a la vez que me extendía sus brazos. Puse los ojos en blanco—. Si ni siquiera has acabado la enseñanza obligatoria. ¿Quién va a darte trabajo?
— ¡Hey! Tengo mucha energía y soy muy responsable. Apuesto que trabajaría de maravilla en alguna carpintería. Como sea. ¿Qué has hecho tú, eh? —refunfuñé, ayudándole a doblar las mangas de su suéter haraposo por él—. Sólo nos llevamos tres años de diferencia. Estás de altanero por haber cumplido dieciocho hace poco.
—He vendido unas escasas pertenencias que todavía quedan por vender en el mercado —respondió sin mirarme, lavando meticulosamente los únicos vegetales que disponíamos para una humilde cena—, pero no pude arañar dinero para más.
Mi expresión de decepción fue bastante obvia. Remo, un tanto arisco, pasó su mano húmeda por encima de mi cabello, haciéndome rabiar y le di un indoloro codazo en las costillas.
—Sé que tienes hambre. Yo también. Ambos sabemos que la necesidad de suministros resulta desesperante —dijo él, regresando a su labor con las verduras—. A este paso no nos queda más remedio que vender eso de ahí.
Troné la lengua, fastidiada por la situación en sí y me acerqué a la mesa. Mis ojos cayeron en la caja de madera que Remo dejó con cuidado sobre la mesa.
— ¿Esto? ¿Qué tiene adentro? —pregunté.
—Míralo tú misma —respondió el mayor—. Ábrelo.
Usé la navaja como herramienta para abrir la parte superior del recipiente. Sin embargo, el contenido no me provocó ninguna alegría. El recuerdo seguía claro como el cristal: el perfume del agua mezclada con la fragancia putrefacta a sangre.
Este aroma cálido llega a mis fosas nasales y lo recuerdo, y un temblor de aversión me recorre la espalda.
—Investigué un poco. Es un invento eldiano, lo llaman equipo de maniobras tridimensionales —escuché a Remo a mis espaldas, el agua del grifo dejó de correr—. Lo utilizan para tener disponibilidad de movimiento en tres dimensiones, es un lujo gratuito para los soldados. Está muy maltratado, pero tiene una que otra cosa que podría valer muchas monedas. Por ejemplo, este cilindro de gas.
Remo se acercó y metió las manos en la caja para sacar la única prueba irrefutable de ser cómplices de asesinato. El mayor dio un par de golpes sordos al tanque y sus ojos brillaban.
— ¿Sabías que su combustible se debe a un mineral llamado piedra explosiva de hielo? Ese mineral es muy raro y valioso para el resto del mundo; pero aquí, en Paradis, hay cráteres dispersos en todos lados que depositan grandes cantidades de este material. Es impresionante, ¿no? ¿Te imaginas si lo vendiéramos en Liberio, o quizás, en todo Marley?
—Esto no fue lo que acordamos al cruzar la muralla María —lo interrumpí, sin importarme de qué diantres estaba murmurando: parecía como si intentara desviar mi atención a otro lugar—. Diablos… ¿No ibas a deshacerte de esto?
Remo frunció el ceño, casi pareciendo ofendido.
—Supuse que nos vendría volviendo a ser útil en algún futuro. Y, dado a lo que está pasando ahora, parece que tuve razón.
—Este equipo —apunté con mi dedo índice el equipo estropeado que alguna vez perteneció a Mikael—, es lo único que nos conecta al hombre que abandonamos en el bosque. Al mismo hombre que los titanes se devoraron vivo para que nosotros pudiéramos escapar. ¿Te suena?
—Mira. Lo que pasó en el bosque aquel día… Cuando vi que estabas siendo atacada por él… Puta madre, fue una locura —recordó Remo con una expresión que supuse era consternación, pero en el fondo, aunque no quería pensarlo, sentía su falta de pena y remordimiento—. Actúe sin pensar, lo admito. Sólo dejé caer el hacha. Ni siquiera sabía si acertaría. Pero por poco más y tendría otra tumba. De verdad creí que morirías, _._._._._.
Pellizqué la punta de mi nariz entre mis dedos.
—Es que todo es un maldito infierno ahora, ¿no? —suspiré con pesadez, decidiendo dejar las molestias por la paz.
—Sí. Soy un asesino por haber hecho lo que hice y ambos cargaremos con eso a cuestas —murmuró el mayor mientras apretaba tenuemente sus puños—. Pero trato de redimirme. Intento ser mejor.
—Ya, ya. En fin... Nuestro crimen de por sí es ya bastante confuso sin la investigación que ha de llevarse a cabo, es común que la mayoría de los cadáveres se den por extraviados fuera del muro —tomé entre mis manos el engranaje; que se veía desgastado por su uso tras años: estaba sucio de lodo seco y tierra, el arnés se veía enredado y los cartuchos donde las cuchillas de repuesto pertenecen están vacías. No quise pensar cuando aún portaban a su anterior dueño y pregunté: — ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Cómo piensas deshacerte de esto?
—Vendiéndolo en el mercado negro. Es mejor que destruirlo —Fue su respuesta.
Me dejé caer en la silla, acabada. Me esforzaba por llevar una vida lo más normal posible.
En ese momento ninguno hablábamos mucho con el otro. Pero pensábamos, eso sí. La sola idea de la palabra ilícito se cernía sobre la mesa como una nube negra llena de lluvia, preñada, próxima a estallar. Me sentía tan mal que no podía comer; la idea de comer con toda esa nube negra de ilícito encima me revolvían las entrañas.
—Hablé con unas personas que "conocen" a otras, que están dispuestas a comprar el engranaje. Sin embargo, deben de checarlo antes de darnos el monto de dinero. No confían en nosotros ni nosotros en ellos.
Eso explicaba por qué Remo no volvía a casa hasta muy noche estos últimos días, pero ahora tenía más dudas acerca de él. ¿En qué se estará metiendo?
— ¿Y en dónde haremos el intercambio? —pregunté.
—Un lugar que no resalte mucho para la brigada de guarnición. El mercado central de Trost. A primera hora del día llevaremos el producto allí y me encargaré de localizar quiénes son nuestros clientes. Es la única forma en la que nos dejarán hacer el intercambio.
—Qué prometedor —comenté sin malicia, pero con un pequeño deje de desconfianza—. Terminemos con esto mañana a primera hora, como dices, y regresemos a casa en cuanto antes. Quiero llegar antes de que oscurezca.
—A nuestra casa, eh… —repitió Remo, ausente. Parecía estar ensimismado en sus pensamientos, hasta que se encontró con mi mirada. Remo últimamente hacía eso. Luego sonreiría imperceptiblemente—. Verás que construiremos nuestra casa en Ehrmich, en el campo, al lado de una granja. Necesitaré una buen capataz, _._._._._. Tú podrás sentarte en algún tronco y gritarme cada vez que me tome un descanso para tomar agua.
Tener un lugar así nunca ha formado parte de mis planes. Y tampoco en los de Remo, seguramente. No pude evitar sentir un poco de calidez en mi pecho. Mi único deseo era vivir con plenitud al lado de Elías y Remo. Por cómo las cosas se dieron, quizá y pueda cumplirlo únicamente con Remo. Esta segunda oportunidad, por la cual Elías se sacrificó, nos serviría para rehacer nuestras vidas. La familia es importante; es lo único que me importaba.
Pero pronto una pequeña voz en la cabeza me recordó que nuestro futuro no estaba asentado.
—Eso sería genial... —fingí una sonrisa.
Intenté silenciar esa pequeña voz.
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(...)
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Antes de despertar, luego de cinco horas de sueño, ya casi había amanecido. Antes de salir, dejé las cortinas de la ventanilla corridas. Hoy sería un largo día.
El roce de los cascos de los caballos sobre la calzada de piedra no aumenta ni disminuye de intensidad. El silencio no varía lo más mínimo. Estos ruidos energéticos van erosionando lisamente el tiempo como si fuera la muela de un molino.
Fuera del mercado, abierto y presumiblemente convertido en una especie de almacén por los soldados de guarnición, se habían instalado vendedores ambulantes con cestas llenas de mercancías. La luz del sol avivaba los colores de frutas y verduras, hacía centellear las escamas del pescado y confería un brillo deslumbrante a las tapas de los tarros de conservas.
Alrededor de los vendedores discurrían mujeres que regateaban, iban de cesta en cesta, hacían sus compras y luego se alejaban hacia el centro de la ciudad. Los comerciantes en oro y moneda repetían su monótono reclamo. La cara dibujada de ladrones aparecían muy a menudo en las imágenes de los periódicos. La fisonomía de desconocidos potencialmente "peligrosos" eran distribuidas por todo el mercado.
Entre el tumulto de gente, Remo y yo nos deslizamos con total naturalidad, como si fuera el pan de cada día. No obstante, no eran por compras habituales. Había unos pocos puestos de venta. Todos parecían iguales, lonas levantadas por palos de hierro pintados de negro.
—Vamos por el otro lado del tenderete —dijo Remo—. Hay puestos de venta allí detrás. Compremos unas cosas para ser discretos. Luego nos iremos atrás de las caravanas.
Avanzamos por los bloques de piedra y nos abrimos paso entre una caravana y los palos oxidados de las tiendas.
—Espera. Ve detrás de mí —me detuvo Remo, jalando suavemente de mi antebrazo para ponerme detrás de él. En su hombro cargaba la caja con el engranaje que pensábamos vender—. Cuida mi espalda cuando esté negociando. No estoy muy seguro acerca de la clase de personas con quienes vamos a tratar. Y necesito que seas mi vigía.
Asentí con la cabeza.
—No te preocupes —moví un poco una franja de mi falda, dejando ver un pedacito del mango de mi navaja—. Soy veloz. Yo te cubriré.
Remo rió un poco, sin ganas.
—Uno no debe joder con una niña como tú, especialmente cuando llevas dos días sin comer.
—No me defendería tan bien como lo haces parecer —acomodo y aliso mi falda con los dedos—. Aunque puede ser que sí esté un poco hambrienta. Qué desastre, ¿no?
Remo se encogió de hombros.
—No sabría decirte.
Al poco, descubrimos a las dos personas al mismo tiempo.
Estaban en un puesto de venta llena de patatas. En un letrero ponía el precio y tuve un tiempo de pensar que las patatas eran increíblemente baratas. Detrás del mostrador se hallaban un hombre y una mujer.
Remo tropezó y dejó caer la pesada caja que cargaba su hombro.
El sonido del impacto me sobresaltó. Por un momento pensé que la desgastada madera se rompería y el engranaje saldría disparado de entre toda la paja. Para nuestra suerte, ese no fue el caso. Dentro de aquella caja de madera de herramientas y entre la paja para asegurar un bloqueo de vista a su contenido: estaba el equipo tridimensional del fallecido Mikael.
Nos miraron.
Remo pestañeó rápidamente y se arrodilló, colocando sus manos torpemente sobre la cubierta de la caja: poniendo la tapa en su lugar para cerrar bien. Pude jurar que vi su frente bañada en sudor frío y sus dedos delgados temblaban tenuemente.
— ¿Estás bien? —le pregunté al arrodillarme junto con él, atenta.
— ¿Qué? Ah, sí, sí. Estoy- Estoy bien. Sólo que, eh, estoy bien.
— ¿"Sólo que" qué? —susurré, bajito—. ¿Qué viste?
El chico, con la expresión pálida, levantó sus ojos sombríos a mi rostro. Intercambiando una intensa mirada de alarma, murmuró:
—Es una emboscada.
Me di cuenta demasiado tarde que nos habían reconocido.
Después todo ocurrió muy deprisa.
El hombre frente a nosotros deslizó la mano por debajo del mostrador y sacó un largo sable de hierro: que eran las cuchillas de acero puro usadas para cortar y rebanar nucas de titanes. Tanto Remo como yo nos echamos a un lado. Remo se quedó liado con una de las cuerdas del tenderete, mientras que yo me golpee la cabeza contra la parte trasera de una caravana.
La mujer detrás del mostrador se dirigió hacia a mi.
Saqué la navaja bajo la falda.
El ruido de las cuchillas cruzándose apenas se oyó, amortiguado por el ruido que salían de las demás tiendas. La punta de la cuchilla ajena entró en la caravana, sólo a unos centímetros de mi cabeza. Un par de ojos me miraban directamente con una extraña mirada vacía y calculadora. Vi al instante que Remo desplegó su propia navaja, un poco más pequeña y ligera que la mía, en mano.
Remo lanzó su navaja. Vi que la soldado frente de mí se encogió y se llevó una mano a su brazo. Su sable se le escapó de la mano y cayó fuera de su alcance. Reaccioné y con la punta de la bota pateé su rodilla. La mujer retrocede y ambas tomamos distancia.
Soltando un rugido, Remo se libró de las cuerdas de la tienda y se echó encima del mostrador, directamente sobre el otro hombre. El mostrador se derrumbó y Remo cayó entre un sinfín de patatas.
Su voz, desgarradora, alcanzó mis oídos.
— ¡Corre!
Mientras tanto, la mujer corrió hasta hacerse con el arma que estaba en el suelo. Al mismo que yo huía y desaparecía entre la muchedumbre. Nadie parecía haberse dado cuenta del intercambio de asaltos.
— ¡Siga a la otra, Hange-san! —gritó una desconocida voz masculina desde la pila de patatas—. Yo me encargaré de éste.
Corrí con la navaja en mano, rasgando mi falda para ayudarme a tener más movilidad. En alguna parte entre la muchedumbre se encontraba la soldado que me perseguía. Personas asustadas se echaban a un lado al verme correr frenéticamente, con la cara encapuchada y la navaja levantada.
Pensaba que había escapado, cuando de repente la vi otra vez, abriéndose paso salvajemente sin consideración entre los civiles del mercado.
Esquivé a una mujer anciana que se encontraba a mi paso, tambaleando su puesto de venta de repostería. La soldado que tenía por nombre "Hange" tropezó con el lío, volcó un puesto de flores y siguió corriendo tras de mí.
De pronto la mujer había desaparecido.
«Mierda», pensé.
«Mierda».
Luego la descubrí de nuevo.
Al ir corriendo hacia el final de la zona del mercado, la soldado corría detrás de mí. Mi corazón latía como un pistón dentro de mi pecho. Desaparecí tras un empinado precipicio, ahora corriendo entre paredes angostas. Estaba a un par de bloques de llegar al punto de encuentro acordado con Remo con anterioridad. Salté arriba de una carreta vacía al lado de un puesto humilde.
Imitando la flexibilidad de un gato, me elevé impulsándome y aferré mi dedos a la oxidada tubería horizontal del edificio continuo. Luego llevé la tubería hasta mi pecho. Y lo pasé por encima de la barra con un movimiento fluido. Continué corriendo a lo largo del tejado. Al llegar a una orilla, tropecé y caí ladera abajo, aterrizando en el edificio continuo. Sentí una acribillante punzada en mi mano. Por un momento dudé si parar y revisarme. Luego volví a ver a la misma mujer avanzar por la calle debajo y volví a emprender la escapada. El viento golpeaba mi rostro y las gotas de sudor brillaban sobre mi frente.
Estoy quedando sin fuerzas, me faltaba tanto el aire que creí que me iba a caer. Me apoyé contra una chimenea de ladrillos que salía del tejado. La misma mujer ahora estaba a unos diez metros de distancia; al acercarse lentamente, como una cazadora hacia su presa, levanté mi navaja y tomé posición.
—No están acostumbrados a estar en compañía de gente, ¿no? —dijo la soldado con una sonrisa inusual al ver mi reacción.
Sino mal escuché, se llama Hange. Supuse que formaba parte del escuadrón de emboscada del anterior hombre. Vestían con las mismas ropas. Tiró la chaqueta de su uniforme, ajustó los lentes sobre su nariz, alzó los puños y continuó:
—Suena muy solitario para un par de jovencitos —dijo ella—. Sólo tienen una oportunidad. Ahora, ¿vas a dejarte domar para que pueda llevarte? Porque sí quieres pelear… no es por alarmar, pero, te superamos en número.
Destapé mi rostro del flequillo, generando una pequeña impresión a Hange; quien dejó salir un pequeño silbido. Quizá no esperaba que yo fuera muy joven.
—Bueno, "no" te pregunté a qué te suena.
Arremangué mis mangas y, copiando su postura, alcé los puños: con el mango de la navaja apuntando a mi dirección y el filo hacia ella. Luego agregué, con molestia:
—Podrías haberlo pedido antes de encajar tu cuchilla a unos centímetros de mi cabeza. Y, además, estamos mejor así. Déjenos en paz.
—Perdón por eso, pequeña; el diálogo no es del todo mi fuerte. No tenían muy buen aspecto cuando los encontramos. Tuvimos que tomar precauciones por si acaso —contestó Hange, con la mirada fija en mí a través de aquello anteojos de cuadrados. La sonrisa asomada en sus labios nunca se borró—. Hace tiempo que sobreviven aquí afuera, ¿eh?
—Sí, hace mucho que estamos en movimiento —respondí.
—Supongo que saben cuidarse bastante bien. Es algo común ver gente de su edad sola por ahí, robando para vender a cambio de un par de monedas —dijo Hange cambiando su tono de voz, noté que suavizó minúsculamente su mirada—. No me imagino como debió ser eso.
Su mirada impregnada de empatía me dejó un poco fuera de lugar. El ejército eran las personas a las que Remo y yo conocíamos mejor. Los marleyanos militares rompían las ventanas de los negocios eldianos en el gueto, atacaban en las calles a los ortodoxos que podían distinguir por los brazaletes cocidos en la ropa y golpeaban a eldianos al azar hasta la muerte, sólo por deporte y entretenimiento. Sólo por ser considerados "de raza inferior" o inaceptables desde su perspectiva político-ideológica.
Pero ésta mujer parecía ser honesta. Su rostro afligido lo decía todo: ellos no son los enemigos.
Y de igual forma podría resultar ser una fachada. No quise arriesgarme.
—Nos costó bastante caro —mascullé, turbiamente—. Hace tiempo que cometemos errores. Ya viste que intentamos vender uno de sus equipos. Veo que ya nos estaban esperando.
La mayor, sorpresivamente, dejó salir una extraña risa.
—No te castigues tanto por eso. Es bueno que nosotros los hayamos encontrando en ese momento —dijo Hange—. La brigada de guarnición no nos dejaría fácil sacarlos de ese desastre. Vender armas militares ilegalmente conlleva a un la-aaa-argo tiempo en prisión, parece que el otro chico y tú encajarían perfecto con la descripción. Pero, estamos de acuerdo en que ambas partes no queremos eso, ¿verdad?
— ¿Y debería de agradecerles o qué? —pregunté con sarcasmo. Apreté con fuerza mi puño alrededor del mango de mi navaja, desafiante—. No lo volveré a repetir. Déjenos en paz.
—No te parece una idea muy agradable, ¿cierto? —añadió Hange, con un gesto divertido—. ¡Qué difícil es vivir en estos tiempos sin tener algunos problemas!
Pensándolo bien, me permití bajar un momento la guardia.
—Eres una mujer muy curiosa. Reconozco tu moral. En realidad, eres tú la que me agrada —admití con sinceridad, dejando caer la navaja y pateándola hacia un lado para una pelea justa. Bajé un poco los puños, dejando ver una tenue sonrisa surcando mis labios: enseñándole el colmillo—. Lástima que causaré muchos problemas antes de entregarme.
La verdad no esperaba su reacción.
Hange se sorprendió por un breve instante, enseguida, su rostro se iluminó como el resplandor del sol. Sus mejillas parecían arder un poco, igualmente. Dejó su postura defensiva y se llevó las manos al rostro, como aguantándose un chillido.
—Sí. ...Me lo han dicho muchos, a excepción de lo último —murmuró ella, el filtro de sus lentes se empañó. Su mirada, salpicando emoción, se encandiló en mi ser—. Buena suerte, pequeña. ¡Espero mucho de este duelo!
Y de pronto, nuestros ojos se volvieron a afilar.
Por un momento, sólo escuchamos el bullicio lejano de la gente en las calles y el sonido propio de la respiración.
El corazón golpeaba como un tambor: sentí una sensación de adrenalina lentamente expandiéndose a todo mi organismo. Hace mucho tiempo que no recurría a mis tácticas de pelea instruidas personalmente —y a punta de coñazos— por Elías.
Me paré adecuadamente. Manteniendo el peso sobre mi pierna trasera para evitar ser derribada con facilidad. Alcé los puños a la altura de la cabeza y cerca del mentón. Y los codos metidos.
Elías una vez dijo que los buenos puñetazos vienen tanto de la cadera como de la fuerza del brazo.
La mujer se aproximó primero.
Atacó con una patada que logré pararla con mis manos, sin embargo, el impacto me había dado en la clavícula. Oí que algo se quebró. La postura en mis piernas me mantuvo tal como quise. Jalé de su pierna y ella "tropezó": sin embargo, bajé la guardia. Dándome un cabezazo en la punta de la nariz, provocó que ambas tomáramos distancia.
Absorbí el golpe y permanecí firme.
Apreté la quijada, sintiendo un hilo de sangre recorriendo mi labio superior.
—Veo que resistes mucho mejor de lo pensaba —comentó Hange, ligeramente sorprendida, con una pequeña marca en su frente.
—Una vez, alguien me enseñó que jamás debo de retroceder —dije, pasándome la mano sobre mis labios: enjuagando la sangre que salía de mi nariz.
—Entonces esa persona fue muy sabia.
Sonreír fue lo único que hice antes de impulsarme hacia a ella.
La soldado retrocedió, invitándome a su territorio. Mantuvo sus manos a la altura de la cara, esperé a que lanzara su ataque. Me lanzó un puño limpio hacia el rostro, algo inesperado, ya que fue predecible. De todas maneras, me balancee y moví la cabeza a un lado. Moví mis pies como si caminara en carbón caliente y evadí el golpe.
Al moverme de costado, opté por derribarla.
Con todas mis fuerzas logré llevarla abajo. Los ladrillos del tejado salieron disparados y ambas rodamos por el tejado. Aterrizando en la orilla del edificio que prometía una caída fatal.
Al sentarme sobre su abdomen, Hange ya tenía la cara resguardada entre sus brazos, pude ver su brillante sonrisa a través de ellos.
Subí el brazo para atraer su atención a mi mano no dominante. Ella reaccionó instantáneamente para bloquearlo, abriendo un espacio en su rostro. Y rápidamente balanceo mi mano dominante a lo largo de la línea central de su pecho, hacia su mentón sin cerrar el puño.
"Esta técnica pellizca los nervios de la parte superior de la columna vertebral, hará que tu oponente se desmaye. Sé cuidadosa al ejecutar esta técnica, niña".
Hange sacudió bruscamente su cabeza hacia atrás ante el golpe. Sentí el dolor en los nudillos mientras el filo de mi palma se ceñía sobre la mandíbula de la soldado. Todo pasó muy deprisa. Vi cómo los músculos de su cuello se tensaron.
Y sus brillosos ojos se opacaron por un momento.
Logré noquear a la mujer.
Al cerciorarme que estuviera efectivamente desmayada: la levanté de las piernas y empecé a arrastrarla por el tejado lejos de la orilla. Le crucé las manos sobre el pecho, deteniéndome un instante para oírla respirar, con ritmo lento, pero regular. Y me dejé caer en el tejado, entre aterrada y aliviada.
Los ladrillos bajo mis manos estaban fríos. Las gotas de lluvia habían empezado a caer copiosamente. Y por un momento me sentí algo altiva, ya que había derrotado a una militar, pero pronto caí en cuenta de algo:
«Se contuvo», pensé.
«Se contuvo en sus golpes. Ella estaba muy relajada. Siento que ni usó el cinco por ciento de su fuerza. Fue entrenada para matar objetivos quince veces más grandes que ella. Y tuvo varias oportunidades para acabar conmigo. Sin embargo, no las aprovechó intencionalmente. ¿Por qué?».
Poco después llegó alguien corriendo.
—Espero que el espectáculo te haya resultado entretenido... —jadee sin mirarlo, mientras la llovizna lavaba mi rostro. Pronto levanté mi vista y vi sus ojos azules: — ¿Lo logramos? ¿Logramos escapar del Cuerpo de Exploración?
—Parece que sí —dijo Remo—. Por ahora. ¿Te duele?
Me dio un par de golpecitos en la nariz. Golpeé su mano.
—No, pero la lluvia me sentaría de maravilla.
Noté como Remo se acercó a la mujer inconsciente. En ese mismo instante, mi mente proyectó imágenes de Mikael y no dudé en cruzar rápidamente mi pierna, obstruyéndole el paso a Remo, quien ligeramente sorprendido por mi acción, alzó las manos con inocencia.
—Descuida. No tengo interés en ella —dijo, como para tranquilizarme—. No sirve de nada lastimarla. Sólo molestaría aún más a las personas que ahora mismo nos tienen en la mira.
Suspiré y me volví a dejar caer sobre los ladrillos.
La conversación paró ahí. Cada uno nos encontrábamos perdidos en nuestros propios pensamientos. Me pregunté cuántas veces me había encontrado en situaciones similares a ésta, allá, en algún lugar de Liberio.
— ¿Ahora qué sigue? —pregunté finalmente, cuando el silencio fue demasiado agobiante.
—Había más que sólo dos personas. Es todo un grupo, _._._._._, los demás estaban disfrazados de civiles. Sé con seguridad que sólo la mitad de ellos nos persiguieron, sin embargo, la otra mitad retrocedió.
—Entonces piensan en atraernos hacia una trampa —dije—. En este caso fingieron caos y desorden para incitarnos a correr aquí. Y ahora estamos siendo observados por ellos. Qué ingenio.
Remo asintió con pesadez y se dejó caer a un lado mío.
Se retiró la capucha de su cabellera y dejó que la lluvia le refrescara la cabeza. Noté algo en su cara. El ojo derecho se le iba ennegreciendo rápidamente, al tiempo que la hinchazón se lo cerraba, al parecer, subestimó al soldado con quien peleó. Al menos logró zafarse de él.
—Calma, sabíamos que pasaría esto —dijo después—. Nos superan en número, así que no entrarán en combate enseguida. Pero definitivamente nos querrán en la mira. Hay que ocultarnos.
Apoyé mis manos atrás de mi espalda para pararme. Volví a notar el dolor en mi dedo, pero lo ignoré. Era lo de menos.
—Claro, nunca es así de fácil —suspiré—. Levántate. Tenemos que intentarlo.
Al hacer el ademán de extenderle mi mano, Remo la rechazó con un movimiento de su cabeza. Enarqué una ceja, confundida.
—Vete. Me quedaré y te cubriré —dijo Remo. Mi respuesta era obvia, cuando iba a negarme; me interrumpió añadiendo: —Estaré justo detrás de ti. En cuanto vea una oportunidad, también correré. Nos esconderemos. Luego nos veremos en el otro lado. ¿Entendido?
No me sentí menos tranquila. Remo era terco, pero sus planes raramente fallaban. Pensé que quizá se traía algo entre manos, algo que se desarrollaría a cómo se dieran las cosas. No quedaba más de otra que confiar en él.
Retraje mi mano y caminé a lo largo del tejado para recoger mi navaja, ilustrada por las pequeñas gotas de lluvia que caían sobre su metal.
Aprieto el puño.
— ¿Remo? Puede que este momento sea todo lo que tengamos —empecé a decir.
Rebobino en mi mente el momento en que dejamos atrás a Elías, sintiéndome culpable de no haberle dicho todo lo que quería decirle en ese momento.
Jugueteo tontamente con mis dedos, sin saber cómo expresarme.
—Así que… Lo que dije en casa, acerca de Mikael, eh… yo—
Noté una muy tenue sonrisa en el mayor. Se incorporó por su cuenta y alargó su mano para volverme a poner la capucha encima de mi cabellera, jalando el extremo hasta cubrirme por debajo del flequillo.
—Preocúpate por eso después —escuché su voz—. Cuando hay un plan, tienes que seguirlo.
Un poco insegura, coloqué mi mano sobre la suya.
—Ten cuidado, hermano.
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Ha pasado una hora desde que no volví a ver a Remo y ahora me valía por mí misma.
Para cuando vi un par de cuerpos encapuchados moviéndose en conjunto con esos malditos engranajes, comprendí que Remo no haría acto de presencia. No estaba en condiciones para cuestionar la lealtad interna del susodicho cuando nos encontrábamos en medio de una encrucijada por parte del enemigo.
Me dije que debía avanzar sin vacilación para correr de un tirón a la ventana de un edificio que se veía aparentemente abandonado. Para no dejarme al descubierto.
Di la vuelta con espasmódicos pasos de marioneta, con el corazón retumbándome espantosamente en el pecho, y me volví hacia la ventana. El pestillo que daba a la habitación de adentro estaba cerrado. Durante un largo segundo permanecí inmóvil, mirándolo desde el otro lado.
Podía sentir el gusto del terror, en el fondo de la garganta, como un sabor de judías pasadas. Con el mismo andar convulsivo corrí sobre el tejado, salté en la orilla y obligué a mis dedos cerrarse en el marco de la ventana. El viento aullaba y en algún lugar un letrero golpeaba contra una pared mientras mis pies estaban suspendidos en el aire.
Libré una mano para forcejear el pestillo.
«No se abrirá», pensaba.
Pero se abrió.
Al invadir la habitación, pasee la mirada alrededor.
El piso, los muebles, los cuadros, los olores. Era como un lugar deshabitado. Respiré el olor a desolación. Una gris resignación. Los muebles que llenaban la habitación eran anticuados y pesados. Unos manteles de encaje cubrían con pulcritud una mesa. Al lado de un viejo y polvoriento piano había una cuna desgastada para infantes. Me quedé observándola hasta que oí ruido en el exterior.
Era el sonido que emitían los equipos tridimensionales.
« ...Remo, ojalá y tu plan funcione».
Durante mis años de reclusión en Liberio, con mi inagotable curiosidad, había aprendido muchos de los secretos de las artes carcelarias. El único borde afilado de la habitación era una arandela que poseía el extremo de un perno que sujeta un colchón a la pared. Debía pensar en algo y rápido.
La cuna de hierro. Era más que suficiente.
Mis piernas cargan con mi cuerpo dirigiéndose hacia la cuna. Desplego el pequeño colchón haraposo, lanzándolo al suelo y ladeo la estructura metálica. Con la navaja, practico dos tajos necesarios, paralelos, efectuados en sentido longitudinal a lo largo de un tubo donde anteriormente reposó el colchón para alguna cría.
Ahora, golpeo el tubo contra la uña del pulgar hasta hacer salir el alambre que guardaba en su interior. El alambre iba a servir de herramienta. Inspecciono el suelo de madera en busca de algún hueco. Al hallarlo, introduje el hierro hasta la mitad y con sumo cuidado lo uso como palanca para hundir la franja de metal. A veces se rompe. Con enorme precaución y con mis manos doblé el metal.
Lo estaba consiguiendo.
Ya estaba.
La diminuta franja de metal había quedado en ángulo recto con el tubo. Ya disponía de una llave apta para abrir esposas.
Y ahora llegaba la etapa más difícil del proceso...
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(...)
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Han pasado dos horas. Me hallaba tendida en el suelo a cinco metros y medio de la ventana de la habitación. El silencio resonaba con el aliento, estruendoso como mi corazón. A ratos el miedo oprimía mi pecho con igual fuerza con que un perro cazador mata a una zorra. A ratos, en cambio, podía pensar: sabía que estaba acorralada, pero no sabía qué clase de personas eran quienes me tenían arrinconada.
Sabía que no soñaba: en absoluto silencio llegaba a oír los tenues chasquidos que me hacían los párpados al parpadear.
Me encontraba mejor ahora que en el momento de la persecución; el vértigo había desaparecido casi por completo y sabía que disponía de aire suficiente para respirar. Distinguía abajo de arriba en la segunda planta del edificio.
El hombro, la cadera y la rodilla me dolían porque se hallaban oprimidos contra el suelo de madera. Las palpitaciones de la cabeza habían disminuido y mi único dolor auténtico era el de los dedos de la mano izquierda. El índice lo tenía roto, estaba segura. Y otro dedo sangraba con cierta abundancia.
Empecé a reír con ironía. Tenía libertad de movimientos pero no tenía adónde ir.
¿Ruidos en el pasillo, o era mi corazón? «Ruidos en el pasillo», confirmé.
Los sonidos me llegaban claramente desde encima de mi cabeza. La habitación en la cual me hallaba arrinconada se hallaba en una zona alta del edificio: situada directamente frente al tejado del edificio continúo.
Pasos ahora por el pasillo. Luego nada.
Esta vez me incorporé sentándome con una pierna flexionada y con la espalda apoyada a la pared, acomodándome debajo de la ventana. Resuelta a mirar a mi alrededor, intentando atisbar por entre las pestañas cualquier objeto que sirviera como un arma. Mi sombra, provocada por la luz solar que entraba por la ventana, se balanceaba alrededor del suelo.
Se produjo un chasquido al correrse hacia atrás el cerrojo. Lentamente, la puerta se entreabrió. Dejé de pensar, de respirar. Durante un momento tuve la sensación de que la muerte misma estaba del otro lado de esa puerta.
Ya no podía retroceder más. Mi estómago se retorció a medida que notaba el extremo de una tela verde, oscilando con suavidad. Con la certeza de una sonámbulo, supe que mis fuerzas no me responderían si intentaba escapar de esa trampa. Me quedé allí sentada, gimiendo y contemplando sombría al militar.
Necesitaba estar tranquila, estar serena, para así convertirme en la más afilada cuchilla. No podía emplear más arma que la paciencia a pesar de la acuciante urgencia del momento.
Procuré engullir mi miedo, tragué demasiado aire al hacerlo, pero a pesar de ello logré hablar:
—Haga lo que quiera conmigo. No voy a moverme de aquí.
El fornido hombre caminó elegantemente con una postura serena y segura, como paseándose en algún jardín botánico. Su grandeza irradiaba dominación y poder sobre la situación. Aguardé a que él dijese algo. Al fin se detuvo, quedamos ambos frente a frente a un par de metros de distancia, mirándonos en aquella habitación envuelta en el silencio sepulcral.
El ruido metálico que colgaba de su cadera me había sonado como el crujir de huesos en una cripta.
Se arrodilló a un triste metro de distancia, impávido, y realizó una suave inspiración:
—No tengo intención de hacerle nada.
Respondió seriamente su voz gutural, grave y serena, como siendo consciente que sí hablaba un poco más duro me llegaría a espantar.
Lo penoso es que esa realidad no estaba muy lejos.
Alcanzaba a verlo, mal definido y oscuro a través de las sombras de las mismas cuatro paredes que nos encerraban en aquel pequeño espacio, una figura casi amorfa: pero grande, medio delgado y alto. Por primera vez, atisbo un color azul en sus ojos. Como si la luz blanca del día se convertía en una lóbrega noche. Luego, agachó un poco su cabeza.
Tal vez él pensaba que me resultaría más fácil hablar si no me miraba directamente a los ojos.
—Yo no vi eso —dije muy claramente.
—Sí quisiéramos lastimarlos, ya lo hubiéramos hecho —respondió. No hizo falta cambiar el tono neutral de su voz: la misma sencillez y absoluta franqueza con la que había pronunciado aquellas palabras fue suficiente para hacerme sentir impotente contra él—. Pero dadas las circunstancias, sí se rinden dejaremos pasar este pequeño conflicto de intereses.
Algo me sabía mal escuchándolo hablar con aquel tono formal aterciopelado, en el fondo creía que sus palabras sólo fueron de labios afuera. No le di respuestas; cobré conciencia de que todos los ruidos se habían detenido, salvo el frío ulular del viento, afuera.
Había tranquilidad en el silencio, hasta que el más alto volvió articular entre labios.
—Soy el líder de batallón del Cuerpo de Exploración; Smith, Erwin Smith —se presentó—. Procuremos que las cosas funcionen lo mejor posible para usted y para nosotros. ¿Cuál es su nombre?
Mis hombros se tensaron y tenía la certeza que el comandante lo notó. Observándome hasta el más mínimo gesto bajo aquellas cejas espesas suyas. No pude evitar sentirme más diminuta ante la revelación de su rango. No levanté la vista.
Por el otro lado, Erwin permaneció en silencio, como esperando una respuesta de mi parte. Luego de unos eternos segundos, decidí entre abrir mis labios.
— ..._._._._._. —pronuncié mi nombre, con la lengua pastosa—. Supongo que el placer es mío.
El azul encandilante de sus ojos se fijaron en mí persona con más precisión. No me gustaba esto. Poco después, el comandante asintió con suavidad, pareciendo lucir complacido.
—Tenga presente que nosotros le trataremos igual que nos trate usted —continuó—. Ahora, espero y esté dispuesta a responder una serie de preguntas con completa honestidad. Si se comporta adecuadamente, todo irá sobre ruedas y prometo dejarle ir. ¿Le parece bien, joven?
Mis entrañas se revolvían entre nudos de ansiedad y expectación. Lo último que quería era verme completamente doblegada ante un militar. Aprendí eso a las malas. Así que engullí mis emociones y levanté la frente en alto.
—Me parece bien, comandante —asentí, y yo misma percibí el bajo servilismo de mi voz, pero no era capaz de evitarlo.
Erwin se acercó más, para hacerse oír.
—¿Está sola?
—Ahora si.
Estiró su brazo, apuntando con su dedo índice hacia mi falda.
— ¿Qué es lo que lleva en su pierna?
—Es para guardar mi navaja —respondí.
— ¿De modo que va por ahí armada?
—Sí.
—Entonces tendría que ensancharse la ropa para pasar desapercibida —señaló y estaba en lo correcto. La expresión no se vio afectada—. ¿Sabe coser, joven?
—Sí.
— ¿Se ha hecho usted ese portacuchillos?
—No. Comandante —lo interrumpí, en el interior sentía que estaba hecha toda un manojo de nervios por mis propias respuestas monosilábicas—, ¿usted quiere averiguar todo? ¿Puedo preguntar de qué va todo esto? No deberíamos hablar tan íntimamente.
Para mi, la perplejidad era peor que el peligro; y cuando estaba perpleja solía enfadarme.
— ¿Usted cree? —respondió Erwin con otra pregunta.
—Usted está moviendo las cosas desde aquí —me las arreglé para responder en voz neutra—. No tiene importancia que usted crea en mí o no.
—Le creo. Dígame la verdad, joven —se sobrepuso, volviendo a tomar las riendas de la conversación—. ¿Intentará resistirse?
—Depende de cómo se den las circunstancias —cité sus anteriores palabras.
No pude notar la pequeña mueca que había formado en su boca.
—Es entendible —respondió fluidamente. El rostro estaba tranquilo, la voz de una indiferencia helada—. Pero, ¿por qué querría empeorar las cosas para usted?
—Porque usted miente —declaré.
Erwin pestañeó, ligeramente sorprendido. Bajo las cejas pobladas, los ojos me miraban con un resplandor de auténtica curiosidad. Ante su silencio, decidí continuar:
—Me acaba de prometer que sí respondía sus preguntas, me dejaría ir en paz —murmuré, mi voz apenas y contenía mi furia—, pero miente. No nací ayer, ¿sabe? Sé que no lo hará y me tendrá aquí retenida por sabe cuánto más tiempo. Usted es igual a todos esos militares egoístas e inhumanos. Prometen, pero mienten.
La expresión de su rostro cambió. Fue un gesto —de por sí creía que su cara era inalterable— que apenas y fue perceptible. Pero había una fría quietud mortecina en su mirar que clavaba en mis ojos. Erwin estaba impresionado. Como una cubeta de agua helada vertiéndose en mi columna, apenas realicé lo que había hecho.
En mi enojo, no cuidé mis palabras.
—Usted y yo no contamos el tiempo de la misma manera —oí su voz, mucho más profunda, y más potente que la voz que me hablaba hace unos momentos—. Este momento es todo el tiempo que puede disponer.
Y me sentí mortalmente amenazada.
—Escuche, yo…
—Soy yo el que ahora va a escuchar —interrumpió él rápidamente. Apreté con fuerza la navaja que llevaba escondida detrás de mi espalda todo este tiempo—. Estoy convencido que la información que me dio es válida. Dígame el resto.
—Dígame cómo —me atreví a decir.
Me removí, incómoda. No podía retroceder más.
—Le toca a usted decirme cosas. No tiene el recurso de solicitar el indulto. A partir de ahora, la conversación se desarrollará en términos de un riguroso intercambio.
—No puedo hacer tratos con usted a la ligera —respondí con la misma dureza—. Adelante, arrésteme. Pero de mí jamás conseguirá lo que quiere.
Erwin dejó de mirarme y permaneció un rato en silencio. Sentía que el comandante esperaba que preguntara por qué estaba siendo detenida. Decidí permanecer callada. Mis ojos brillaban por el coraje de la desesperación contra la prepotencia de una apabullante superioridad.
—Hay una última cosa que quisiera preguntarle —dijo Erwin finalmente, con su habitual formalidad—. Es sobre su resolución ante una de mis soldados esta mañana. La protegió de su compañero, ¿por qué lo hizo?
Sentí un escalofrío, en parte por el tono duro e indiferente del mayor, pero también por mis propios recuerdos.
La violencia era algo que, de inicio, todo mundo condena. Aborrecía la ideología de ejercer violencia a cambio de paz. Elías me enseñó que se podía escapar de la guerra para rehacer nuestras vidas. Sin embargo, en Liberio, desde muy pequeña asimilé la realidad en donde la ejecución a sangre fría se justificaba en pos de la supervivencia. Quería creer en algo nuevo, ser diferente y "evolucionar", quería desprenderme completamente de Marley y sus represiones.
¿Pero cómo iba a hacerlo si detrás de mí no había nada excepto muerte? ¿Qué energía vital podía extraer de la muerte?
— ...Fue la necesidad de evitarnos una situación más comprometedora —respondí con honestidad—. Mis emociones no intercedieron en esa decisión. No quería lastimar a esa mujer y eso fue todo. Quiero superar mis viejos errores.
El comandante se levantó súbitamente. Me miró desde su altura con esa característica superioridad natural suya. Levanté los ojos, atenta, y lo miré por debajo de las cejas.
—Le considero usted una persona de buen juicio para ser una ladrona —comenzó a decir Erwin—. Soy la cabeza del ejército, estoy a cargo de las vidas de los soldados y de recuperar el territorio perdido detrás de las murallas. He evaluado su condición física, su raciocinio lógico y por último, su criterio moral. Debo admitir que, no es muy común ver a jóvenes como usted.
— ¿De qué está hablando?
Levantó suavemente su mano, para hacerme guardar silencio y dejarlo continuar. Hice caso a su orden y cerré mis labios.
—Antes que nada. No quiero que me tenga por corrupto, siendo así que, aunque usted no lo crea, mi deseo es ayudarle —continuó—. Por eso le aconsejo que tome esta decisión: preséntese usted misma a la justicia o entréguese a mí, entréguese a la Legión de Reconocimiento.
El viento empezó a soplar en ráfagas calientes y caprichosas, provocando el murmullo de un sinfín de hojas entre los árboles afuera de la ventana. No había nada que pudiera decir. Con una extraña calma, pensé, «Pronto iremos un paso adelante. Con el tiempo habrá innumerables rutas para entrar y salir del gueto de Liberio, y sí me preparo física y psicológicamente, usaré todas para sacar a niños eldianos. Como Elías hizo con nosotros. No podrían realizar el peligroso pasaje a través del muro por ellos mismos».
—Le daré tiempo para pensar en ello a solas —Erwin dio la vuelta, dirigiéndose hacia la puerta.
—No hará falta, comandante —alcé mi voz cuando el mayor se encontraba debajo del marco de la puerta.
Erwin se detuvo. Su mano se quedó pegada al picaporte, giró su cabeza sobre el hombro: sus cejas gruesas estaban alzadas suavemente.
— ¿Y eso por qué sería? —inquirió, con un brillo de expectación surcando sus ojos añiles.
En mi esfuerzo por tomar la decisión adecuada, por encontrar la alternativa, no percibí la amarga ironía de mis pensamientos.
—Rechazaré su oferta.
«...Pero primero, debo de adquirir un documento de identidad falso. Es imposible decir la verdad. En las murallas, no tengo historia, pero sí una mancha. La muerte nos espera a Remo y a mí sí descubren que asesinamos a uno de sus hombres».
Erwin se quedó de espaldas contra la puerta, su mano había entreabierto la puerta un poco. De repente, se escuchó un ruido constante, irregular, retumbante de pisadas en el pasillo que se oían cada vez con más claridad. Era obvio que el comandante no estaba solo.
—Vaya. ¿Está segura? —preguntó, su mano se quedó inmóvil sobre el picaporte—. ¿Podría preguntarle por qué?
—Aunque su causa me parezca noble, no quiero formar parte de ustedes. Necesito vivir. En ningún lugar del mundo existe una lucha que acabe con las luchas —respondí sin titubear, recordando a la perfección cómo la culpa y la vergüenza acechaban todas las conciencias dentro de esos infernales muros, no los de Paradis, pero los de Liberio—. La guerra nace de la guerra misma. Se alimenta lamiendo la sangre vertida a causa de la violencia, comiendo la carne lacerada a causa de la violencia. La guerra es un ser vivo perfecto. Y usted, más que nadie, tiene que entender eso.
Pocas son las personas que saben escuchar de verdad. No prestan atención, aunque sí lo simulan. En el caso de este hombre, Erwin jamás apartó ni un segundo su mirada de mí. No fui consciente de la manera en la que me escuchaba atentamente, y de lo mucho que me beneficiaría potenciar esta habilidad si fuera consciente que la tenía. Por supuesto, Erwin ya lo sabía desde el principio y, en el fondo, no dudaría en mover estratégicamente sus peones.
—Qué interesante ideología, señorita _._._._._.
Fue lo último que dijo, antes de salir de la habitación y cerrar la puerta detrás de sí mismo.
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—Enderece los brazos y mantenga los codos rectos.
Oculté la herramienta que me servía como llave dentro del dedo anular izquierdo, sabiendo que Erwin se quedaría mirando mi extraña mano izquierda cuando me esposase por detrás. Cada centímetro de la habitación fue repasada por su mirada minuciosa, como resultado: confiscó mi valiosa navaja.
—Cuando quiera, estoy lista, comandante.
Estiré los brazos hacia atrás, enseñándole las manos y las muñecas. El comandante tocó una muñeca para ver si las tenía mojadas, repitió lo mismo en la otra muñeca. Colocó las esposas muy apretadas.
—Duele un poco, ¿verdad? —oí al comandante a mis espaldas—. Tenga un poco de paciencia. Se lo quitaré en seguida. Es fastidioso, pero nos va a ahorrar a todos un sinfín de molestias.
No podía levantarme ni siquiera ponerme en cuclillas y con las piernas extendidas en el suelo, tampoco podía dar patadas.
Por encima del piano, escuché el choque de la anilla de la llave en la puerta. Entró otro soldado, igual de alto y fornido que Erwin. Su cabello tenía una tonalidad un poco menos rubia que el comandante, y sus ojos pequeños eran de color ámbar. Sin mencionar su barba y bigote pequeños. No noté la presencia de un tercero, puesto que había agachado la mirada cuando la del primero se posó en mi persona. Oía los huecos susurros que producían los oficiales en los ecos entre estas paredes.
Hasta que una voz desconocida dijo:
—Oi. Ha sido bastante fácil, ¿no crees? —esta voz era rasposa, severa y con tintes de indiferencia.
—Efectivamente, mucho menos desagradable que la persecución en sí —escuché la cálida voz de Erwin, sentí su mirada fugazmente sobre mí y me encogí—. Estoy agradecido por el comportamiento de la joven.
Esta misma persona chasqueó la lengua contra su paladar.
—Si estuviera en tu lugar, vigilaría con quién hablo.
El hombre con bigote comprobó una vez más las esposas. Y sentí su aliento en mi nuca. Me enderecé rápidamente y me moví fuera de su alcance dentro de lo que era posible. Este soldado al ver mi reacción, sonrió misteriosamente, se incorporó con las manos puestas detrás de la espalda y se alejó.
«¿Acaba de olfatearme?».
Lo seguí con la mirada como un cachorro perdido, hasta que una nueva presencia se plantó delante de mis pies.
—Tú. Cría. Levanta la cabeza.
Me obligué a elevar con inquietud mi mirada. Encontrándome con un nuevo color de ojos. Eran grises como el plomo metálico. Grises como el día más atormentado jamás antes visto. Grises como las cuchillas de acero que comprometían vidas. Cargaba con un par de ojeras debajo de sus ojos escépticos e inalterables. Su postura rebosaba de firmeza y rectitud. La sensación de fatalidad lo sellaba como una aureola mortecina. Esta impresión me hizo recordar hogareñamente a Liberio.
Un cosquilleo familiar me estremeció hasta la médula, tuve el presentimiento de que me iba a encestar un puñetazo sólo por verme esposada y apreté la mandíbula por inercia.
Entonces; su voz, como una bala, cortó el aire:
—Parece que las perspectivas que tiene Erwin sobre ti son muy buenas: no vayas a cagarlas cometiendo tonterías —habló sin tapujos, claro y conciso, mirándome desde arriba con una expresión distante, su cara era una máscara congelada de autocontrol—. No trates de imponerte mientras te arresten. Permanece receptiva.
Fruncí un poco el ceño. La autoridad con la que me habían hablado no me agradó del todo, pero me limité a hacer un gesto de asentimiento con la cabeza. El sargento, inmutable, alargó un momento sin apartar la mirada sobre mí, no de mala gana —quería creer eso—, antes de darse la media vuelta y avanzar hacia donde su superior, el comandante Smith.
Esa mirada se quedó conmigo y me acecharía.
Ahora, Erwin daba vuelta a la llave en la cerradura, abrió la puerta y se retiró al pasillo, con el anterior soldado saliendo después de él. Una vez más, la puerta quedó nuevamente cerrada. Dejándome a solas con el hombre bigotón cuyo nombre no sabía.
Los minutos pasaban y la espera era una agonía. Cuando escuché las pisadas alejándose del cuarto, supe que era mi oportunidad. «Como si ahora pudiera escapar de cualquier modo», pensé. «No hay forma de regresar». Volví la cabeza y en mi visión la habitación se movía a un ritmo que me pareció lento aunque todos los detalles destacaban con prodigiosa nitidez.
El soldado junto al piano. El cenicero de cristal sobre el atril del mismo. Las esposas que apretaban mis muñecas. La herida en mi dedo. La llave ensangrentada. El miedo a ser encarcelada. El miedo a volver ser presa de militares.
Había pensado en todos los intervalos en que podía pensar.
— ¿Sabe? Hago todo lo posible por facilitar las cosas.
Con las manos a la espalda y me paso la llave ensangrentada compulsivamente de una a otra mano siete veces.
—Como todos, niña, como todos.
Para el hombre, sentado inmóvil en el asiento del piano, el tiempo aminoró el inexorable transcurso y quedó en suspenso, como ocurre en la acción. Las notas de la música discurrían por separado, sin perder su propio ritmo.
El soldado golpeó la madera con sus pesadas botas, con expresión absorta, se levantó y se quedó contemplando las notas musicales que resbalaban de la superficie lisa del piano y caían al suelo. El papel con las partituras permaneció en el suelo un largo rato, rozando la pata del piano y girando sobre sí misma antes de reposar en las botas de combate del soldado. Él no hizo esfuerzo alguno por recogerla, sino que dejó que sus dedos recorrieran las teclas por encima.
Dándome la espalda por un instante, decidí actuar.
Hallé la cerradura de la esposa izquierda, introduje la llave y la hice girar. Noto saltar la esposa que quedó abierta en mi muñeca. Me paso la llave a la mano izquierda, hallo la cerradura derecha, introduje la llave y la giro.
El arrebato de adrenalina llegó tan de repente que el soldado no tuvo tiempo de reaccionar.
Tomé el cenicero de cristal grueso que yacía sobre el atril del piano y lancé con toda mi fuerza contra el techo, justo encima de la cabeza del soldado. Trozos de cristal cayeron y al mismo tiempo, sentí que una esquirla de cristal me había dado en el labio superior. El mayor se cubrió con sus brazos del estallido.
Veloz como la mordida de una serpiente, la esposa se cerró en la muñeca del más alto y cuando éste giraba la vista hacía mi dirección la otra esposa se cerró en torno a la pata del piano. Cierro el atril del piano con todas mis fuerzas, aplastando los dedos de su mano derecha.
Todo sucede en cuestión de segundos.
Mi espalda se pegó a su abdomen, duro y firme como un bloque de cemento. Su único brazo libre me había aplicado una llave de agarre alrededor de la garganta, apretando mis manos debajo de mi cuello y mi cabeza contra sus bíceps ensanchados. Intento girar la cabeza hacia su codo: para abrir una hendedura que libere la presión en mi cuello y poder respirar libremente.
Sin embargo, con un sonido animal que provino de su garganta, apretó su antebrazo contra mi cuello y el aire dejó de circular.
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ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤLos intentos por tomar ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤuna bocanada ㅤㅤ
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤde aire
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤimpiden gritar ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤpor ayuda.
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤRespiro agua.
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤToso.
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤRespiroㅤㅤㅤㅤaún más agua.
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤLos pulmones se ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤhunden y colapsan.
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤLa vía respiratoria se ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤquema por el
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤlíquido invasor.
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Hundo los dientes en su brazo; con la nariz y labio superior atenazadas por una desgarrante dentadura. Sacudí la cabeza como un perro cazador, deshaciendo la fuerza en su agarre.
De pronto, mi cuerpo rodó por el suelo, tirando los muebles corroídos atravesados, hasta que golpeé la parte trasera de la cabeza contra la pared. El mismo brazo del soldado me había propinado un fuerte empujón que me lanzó como muñeca de trapo. Un dolor complejo y agonizante se instaló en mi clavícula.
Muy apenas consigo incorporarme, aturdida, sentada en el suelo. Más no le quito la vista encima al veterano, a quien había logrado hacerlo jadear del dolor: visiblemente en desventaja por la inmovilidad de las esposas, una mordida en su brazo y una mano aplastada por el efecto del atril del piano.
Con el cerebro en plena ebullición empecé a sentirme anormal. Asustándome por mi profunda desesperación. En mi mente no había bien ni mal, sólo lo que dictaban las circunstancias y la conciencia. Retrocedí y proferí un grito de determinación, me armé de valor y me abalancé sobre él.
Lanzo un recto derechazo hacía su rostro. El soldado, atento a la trayectoria del mismo, estiró su brazo y agarró mi puño, envolviéndolo en su enorme mano y me jaló hacia su cuerpo. Al estirar su único brazo libre, dejó expuesto los relieves de su cuello.
«Te tengo».
Dejé caer mi peso y sumando el total de nuestras fuerzas, mi cuerpo tomó impulso y descargué toda la energía en mi pierna derecha, apuntando abajo de su mentón. Mi bota, describiendo con un silbido un movimiento curvo, cayó con un sordo ruido por debajo de su mandíbula. Rogué que el golpe fuera certero. El mayor restalló su cabeza hacía atrás, los ojos se le pusieron en blanco y perdió el equilibrio. Sin soltar mi puño en ningún momento, se desplomó de espaldas y caí sobre su pecho.
Todo se sume en silencio, sólo escuchándose mi dificultosa respiración.
Mi pulso ascendió a más de cien pulsaciones a causa de la adrenalina, pero pronto descendió a su ritmo habitual.
La presión que rodeaba mi puño empezó a ceder y después se aflojó por completo, me arrastré en dirección contraria y me metí debajo del piano. Saliéndome por el otro lado, me apoyé en la pared para incorporarme nuevamente. Incliné la cabeza y miré sobre mi hombro, divisando el cuerpo que dejé inconsciente.
Inhalé el aire con un gemido largo y sollozante. También me sentía a punto de caer; me aferré al borde del piano y conseguí mantenerme en pie. La conciencia era como una ola que iba y venía.
Turbiamente, vi que grandes gotas de sangre caían sobre la superficie del piano, y me imaginé que debían salirme de la nariz otra vez. Me aclaré la garganta y escupí en el suelo. Toser me produjo un dolor intolerable en la columna, a la altura del cuello, un dolor que se fue reduciendo luego a una sensación dolorida, constante, pero soportable.
Poco a poco, conseguí ir recuperando el dominio de mí misma.
Dejé de apoyarme en el piano, me dí la vuelta y vi al soldado, tendido cuan largo era, junto al cenicero hecho pedazos. Parecía un gigante caído.
— ...Cuando quiera, estoy lista.
Sin embargo, me sentía mejor de lo que me había sentido en muchos días. Estaba viva. De pura suerte, más bien que por haberlo planeado, había encontrado quizá la única manera que podía sacarme del atolladero.
Las piernas temblorosas bajo mi cuerpo se dirigían a la ventana semiabierta. Hasta que se escuchó un sonido seco, como cuando uno golpeaba la pared con una pelota. Y fue el sonido de mi cuerpo, agotado y exhausto, cayendo de rodillas al suelo a pocos metros de la ventana. Los músculos atrofiados no dieron para más. El estómago se retorcía. Las sienes me querían explotar.
Ahora estaba a cuatro patas, como un animal mortalmente herido, intentando avanzar. Sentí sudor frío y colapsé.
Observé, impotente y perdiéndome en un letargo tranquilizador, una figura oscura —como un cuervo— posándose en la ventana. Sus garras clavándose bajo las astillas de la madera. La ave carroñera aleteó con fuerza y desesperación, gritándome a través de su pico.
Dejé caer débilmente el brazo que extendía hacia aquella criatura antes de perder la conciencia.
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Fin del Acto II.
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Author's note:
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