Los personajes de la saga Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer y a su casa editorial. La trama es de mi invención.
3
Recibir una llamada cada noche se convirtió en una parte más de mi rutina durante esa semana. La conversación no solía durar más de veinte minutos, pero era algo agradable poder contarnos como nos había ido día.
El jueves por la tarde recibí un mensaje en vez de una llamada. Edward me pedía que lo acompañara a un lugar. A las ocho salí de trabajar y me apresuré a ducharme y cambiarme de ropa.
El timbre de casa sonó justo cuando me acababa de secar el pelo. Rose ya había abierto cuando llegué al recibidor. Edward iba completamente vestido de negro y sus ojos verdes lucían cansados. No supe muy bien cómo saludarle, así que le seguí la corriente cuando colocó su brazo sobre mis hombros de forma despreocupada y me acarició el cabello. El contacto fue breve, pero lo suficientemente largo como para que su perfume invadiera mi sistema.
-Asegúrate de que te paga el rato que pases con él esta noche - me susurró Rose al oído mientras fingía un abrazo a modo de despedida.
Bajamos por las escaleras en vez de por el ascensor y nos metimos en su coche: un volvo plateado. Arrancó el motor y puso música clásica de fondo.
-¿Cómo te ha ido el día? - inquirí, formulando la misma pregunta que habíamos realizado los últimos días.
La diferencia era que esta vez no era a través del móvil, sino en persona.
Una sonrisa tenue se dibujó en sus labios, aunque no le llegó a los ojos. Vislumbré la barba de tres días que recorría su mandíbula e intuí que algo no iba bién.
-La verdad es que hoy no ha sido un buen día - contestó. Y al hacerlo apretó el volante con fuerza y los dedos de su mano se tornaron blancos por la presión. - ¿Qué hay de ti? - preguntó, desviando la atención de su persona y mirándome de manera fugaz.
Suspiré antes de contestar.
-He aprobado el examen de contabilidad- expuse, sonriendo ampliamente. Le había comentado que esta asignatura era de las más difíciles del semestre y que me traía de cabeza.
-Vaya, enhorabuena- replicó con entusiasmo.- Sabía que te iría bien. Eres una chica lista, Bella.
Y a pesar de lo poco que lo conocía, y de que era la segunda vez que le veía en persona, supe que lo decía sinceramente.
La canción de Claro de Luna, de Debussy, comenzó a sonar en el coche y subió el volumen. Nos sumergimos en la música y le observé de reojo, disimuladamente pero sin perder detalle. Conducía con agilidad, como si hubiera nacido para ello. Llevaba el cabello rojizo despeinado y no se había quitado la chaqueta negra al subir al coche, lo que me hizo suponer que el trayecto no sería demasiado largo. Su elegancia me hizo sentir diminuta, enfundada en unos vaqueros, una blusa verde básica y mis converses blancas.
El coche se detuvo antes de que pudiera preguntar a dónde nos dirigimos. Estacionó y me di cuenta de que éramos el único coche que había en el parking.
-Espero que no te asusten los cementerios- murmuró sonriendo, pero sin pizca de humor en sus palabras.
Salimos del coche y me pegué el abrigo al cuerpo mientras él sacaba un ramo de rosas del maletero. Lo seguí sin decir nada, hipnotizada por las sombras que le rodeaban y sin entendre porque me había elegido a mí para que le acompañara al cementerio, siendo eso una cosa tan íntima y privada. ¿Tan solo estaba como para no poder contar con alguien más cercano?
Nos paramos delante de una tumba sin foto. Tan solo aparecía un nombre en ella: Daniela Cullen. El viento acompañaba al silencio, interviniendo y rompiéndolo de vez en cuando. Depositó el ramo de rosas sobre la tumba y la contempló sin decir nada.
-Gracias por acompañarme, Bella- musitó sin girarse.- No quería venir solo y no quería pedírselo a ninguno de mis familiares. Pensé en ti - Su voz sonaba ronca, medio quebrada.
Me desplacé a su lado y me puse a su misma altura. No quise mirarle para darle más privacidad en la tristeza que se presentía en su voz, pero sentí que tenía que reconfortarlo de alguna manera y entrelacé mi mano con la suya sin meditarlo demasiado. No opuso resistencia, así que nos quedamos de esa manera un buen rato.
-Edward - se escuchó a nuestras espaldas. Su mano se tensó antes de soltar la mía.
Nos giramos al mismo tiempo. Una mujer menuda nos miraba a través de unos ojos azul grisáceos. Tenía el cabello rubio, casi translúcido, que le llegaba hasta los hombros. Se veía a través del vestido negro que llevaba, que estaba en cinta.
-Buenas noches, Sara - contestó el aludido. - Y enhorabuena. Mi hermana me dio la buena nueva. Me alegra de que las cosas te vayan bien.
La mujer dibujó una sonrisa sincera en sus labios y se acarició la incipiente barriga con adoración.
-Gracias - dijo desviando su atención hacia mí. - Veo que a ti las cosas también te van bien. - A continuación se acercó a mí y me estrechó la mano. - Me llamo Sara.
-Bella, encantada- me presenté, sintiendo la tensión que irradiaba del cuerpo de Edward a mi lado.
-¿Vendrás mañana a la cena benéfica?- me preguntó sin soltarme.
-Sí, allí estaré- contesté desconcertada.
-Bien- asintió satisfecha y se desplazó hacia Edward.
Lo abrazó rápidamente y lo besó en la mejilla. Mientras tanto él se mostró frío, distante, con la mirada perdida. Tras ese extraño momento nos despedimos y volvimos al coche, dejándola sola delante de esa tumba.
Edward condujo en silencio hasta el parking de un restaurante de comida rápida.
-¿Te apetece comer algo, Bella?- preguntó, antes de pasar por la ventanilla de servicio para coches.
Nos pedimos unos nuggets con ensalada para mí y patatas para él. Toda aquella situación estaba siendo bastante incómoda.
-Supongo que te estarás preguntando quién es Sara- observó con aparente calma, antes de meterse una patata frita en la boca.
-No sabía si te molestaría que me entrometiera- contesté.
El acuerdo al que habíamos llegado no decía nada sobre la privacidad o hacer preguntas. Las circunstancias en las que nos habíamos conocido dificultaban la interacción. Si Edward hubiera sido un chico con el que estuviera saliendo, le hubiera hecho muchas preguntas. Pero al ser la realidad tan diferente, me había mordido la lengua.
-Agradezco que no hayas preguntado nada- confesó- Todo lo que tienes que saber es que es mi exesposa y que mañana estará en la cena.
Tomé aire abruptamente y lo miré con sorpresa.
-Nunca te hubiera imaginado casado a tu edad - confesé llevada por un impulso.
-Ya. Pues casado y divorciado. He vivido muchas cosas por la edad que tengo, si -espetó tajante, dando las explicaciones por terminadas, cerrándose en banda. Sacó una botella de ron de la guantera del coche y echó su asiento para atrás. - ¿Te importa acompañarme mientras bebo? Voy a pagar un taxi luego que te lleve a casa - Me miró con ojos suplicantes y torció el cuello - Tampoco quiero beber solo. Prometo que solo será un rato.
-Adelante.
-¿Quieres?- ofreció tendiendome la botella - Hoy se cumplen tres años. Bebamos en su memoria - musitó mientras yo le daba un trago a la botella, sin entender sus palabras.
Ese sería el primer y último trago que le daría. No era mucho de ron, la verdad. En cambio Edward parecía estar bebiendo un refresco, como si nada.
-No suelo beber casi nunca - confesó tras un rato y ante mi sorpresa. Había bebido bastante y sus palabras empezaban a perder coherencia. - Solo días puntuales. Se perfectamente que esto es una bomba para el hígado.
-De vez en cambio no pasa nada, supongo.
Se echó a reír y me acarició la mejilla con ternura.
-Gracias por acompañarme.
A continuación puso música y comenzaron a sonar canciones de Queen. Y mientras sonaba Show must go on, se quedó dormido. Le quité la botella y contemplé un rato en la penumbra. Era la viva imagen de alguien cansado de vivir.
-¿Qué te ha pasado que te tiene tan atormentadi? - pregunté a la nada.
Entonces él se resbaló del asiento y se deslizó en mi dirección, quedando apoyada su cabeza en mi hombro. Había perdido todo aire de grandeza. Era solo un hombre solitario y vulnerable en ese preciso momento.
Conseguí erguirlo en el asiento de nuevo y llamé a un taxi. No conseguí despertarlo, así que, al no saber dónde vivía, acabamos en mi casa. Una vez en mi habitación, le quité la chaqueta y lo metí en la cama. A duras penas, le hice tomar un ibuprofeno para que no tuviera resaca al día siguiente.
A continuación me metí en la cama de Rosalie. Tardé una eternidad en conciliar el sueño.
Nota de autora: Gracias por los comentarios. Me alegra leer vuestras opiniones. En este capítulo se intuye cual es la historia de Edward. El próximo capítulo también será decisivos. Por fin se producirá la cena benéfica. Muchas gracias a todos de nuevo. ¡Hasta pronto!
