Los personajes de la saga Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer y a su casa editorial. La trama es de mi invención.

4

A la mañana siguiente me despertó el sonido de un golpe seco. Rose seguía durmiendo a mi lado. Al contrario que yo, ella tenía el sueño muy profundo. Miré el reloj de la mesita de noche y bostecé con ganas. Solo eran las cinco y media de la mañana.

Me levanté intentando no hacer ruido y me abracé a mi misma. Tan solo llevaba puesta una camiseta de Rosalie y tenía un poco de frío. La noche anterior no me había acordado de coger el pijama de mi habitación y me había puesto lo primero que había pillado.

Me dirigí a la zona de la cocina y le di al interruptor la luz. Edward estaba de pie, apoyado en la encimera de la barra americana, en el centro de la sala. Tan solo vestía los pantalones negros que había llevado el día anterior. Los llevaba desabrochados. Piel pálida, cabello alborotado, ojos verdes y pecho robusto. Me quedé sin respiración y lo recorrí con la mirada. Él hizo lo mismo conmigo y me estremecí entera. Estábamos los dos medio desnudos uno enfrente del otro y podía sentir la electricidad fluyendo entre ambos, como si fuéramos dos polos opuestos.

Pero eso no estaba bien, así que me abracé más fuerte, aparté la mirada y caminé hacia la nevera. Saqué una botella de agua fría sin abrir y se la entregué. Ahora mi cuerpo estaba al otro lado de la barra americana. Al menos había algo entre su cuerpo y el mío a parte de la distancia.

-Buenos días - dije con la voz ronca. - Supongo que estabas buscando esto.

-Buenos días, Bella - contestó musicalmente mientras abría la botella y me lo agradecía con una sonrisa.

Entonces empezó a beber, echando la cabeza para atrás, cerrando los ojos, dejando expuesta la piel de su garganta. Me quedé embobada viendo los movimientos de esa parte de su cuello. Estaba empezando a tener problemas. Quizás llevara demasiado tiempo sin estar con nadie. Eso explicaría porqué todo lo que hacía Edward Cullen me resultaba sexy.

-Oye, te debo una disculpa- musitó dejando la botella medio vacía encima de la encimera.

Rodeó la barra americana y se colocó justo delante de mí. Luego su mano derecha se posó en mi hombro y se deslizó por mi brazo, frenando su cálido recorrido en el codo. Sus ojos se clavaron en los míos y sentí la piel que él había acariciado arder ante su toque. Aquello no era electricidad, me había equivocado. Eran chispas y podían provocar un incendio devastador.

-Te prometo que te voy a compensar por el numerito de anoche- añadió en un susurro ronco.

Me pregunté si él estaría sintiendo lo mismo que yo. Un deseo tan fuerte como desconcertante. Algo desconocido hasta antes para mí. Me estaba fundiendo poco a poco mientras él acariciaba mi codo con el pulgar de su mano.

-No te preocupes. Lo hubiera hecho por cualquier amigo en la misma situación -mentí descaradamente, con la boca seca. Lo hubiera hecho por cualquier amigo, pero él no lo era.

-Ya - dijo soltando un suspiro, y su aliento chocó suavemente contra mi rostro.- De todas formas no ha estado bien y tendré que recompensarte.

El ruido de unos pasos acercándose me dieron la excusa para apartar la mirada. ¡Bendita excusa! Rosalie apareció por la puerta y se nos quedó mirando con los ojos muy abiertos.

-Hola chicos- formuló desviando su mirada del brazo de Edward a la curva de mi codo.

Edward se apartó de mí y le devolvió el saludo amigablemente.

-Voy a usar el servicio un momento, si te parece bien- me informó mirándome de nuevo.

-Claro - dije, y me salió un gallo.- Coge todo lo que necesites. Las toallas están en el armario.

Mientras Edward se alejaba no pude evitar perderme en las dimensiones de su ancha espalda, en la forma de sus hombros.

-Coge todo lo que necesites- canterruó Rosalie con burla, dirigiéndome una mirada acusadora.- Eso es sinónimo de "haz lo que quieras conmigo, soy tuya".

-¡Que va!- exclamé controlado mi tono de voz.- Tienes mucha imaginació.

-Ya. Dime que no os habéis acostado - contestó ella, ignorando mi último comentario.

-Claro que no- me apresuré a contestar, con la voz temblorosa.- Ayer bebió y no podía conducir hasta su casa. No se donde vive, así que lo traje aquí.

-Por supuesto que lo hiciste - replicó señalandome con el dedo- ¿Por qué ibas a meterlo en un taxi? Un hombre como él no puede permitirse pasar la noche en un hotel, ¿verdad?- añadió irónicamente.

-Baja la voz- espeté mordaz.

-Lo siento- musitó, suavizando la mirada y caminando hacia mí. - Solo me preocupo por ti, Bella. La situación es la que es, y he visto las miraditas que os estabais lanzando.

-No nos estábamos lanzando miraditas - dije exasperada.

-Claro que no. Y si yo no hubiera aparecido tampoco hubierais acabado haciéndolo sobre la barra americana.- replicó en un susurro. - Miénteme todo lo que quieras, pero sabes que tengo razón.

Rosalie abandonó la sala y me puse a preparar café por no darle vueltas a lo que me había dicho. Preparé dos cafés con leche y aguardé a que Edward saliera del baño. Cuando regresó iba con el pelo húmedo y completamente vestido.

-He preparado café -apunté, de repente nerviosa.

-Gracias, pero no tengo tiempo - contestó él amablemente, pero dirigiéndome una mirada algo rara, fría.- En menos de una hora tengo que estar en el trabajo y antes quiero pasar por casa para cambiarme - Se sacó la cartera del bolsillo y sacó un puñado de billetes de cincuenta. Me quedé petrificada. Allí había más dinero del que habíamos acordado. - Esto es por la cita de ayer y por el taxi. Te voy a pasar a recoger esta noche a las nueve y media para ir a la cena benéfica - añadió mientras se ajustaba la chaqueta al cuerpo y me miraba con cautela.

Me sentía como una hoja en blanco ante sus ojos. Siempre había sido alguien muy transparente, incapaz de esconder mis emociones. Y esta vez no era distinto. Lo peor era que me sentía enormemente decepcionada sin saber porqué.

-Perfecto - contesté cuando conseguí salir del trance, intentando esconder mis sentimientos tras una sonrisa falsa.

Por suerte surgió efecto y me devolvió el gesto. Se despidió con la mano y abandonó la vivienda como si nada. Yo me senté en el sofá y me tomé mi café, perdida en mis pensamientos, con una extraña sensación dentro de mí. Cuando terminé lavé mi taza y tiré el café que le había preparada por el fregadero.

Ese viernes transcurrió como otro cualquiera. De casa a la universidad, y de la universidad al trabajo. Entre trabajos de clase y que el Jazmín estaba a rebosar, no tuve tiempo de comerme la cabeza con tonterías.

Llegué a casa pasadas las ocho y me metí directamente en la ducha. No era una experta ni en maquillaje ni en peluquería, por lo que decidí hacerme algo bastante sencillo. Me lavé y me sequé el pelo intentando darle volumen con un cepillo. Rose llegó mientras estaba rebuscando en mi neceser de maquillaje.

-¿Te ayudo? - sugirió, apoyada en el marco de la puerta del baño. Maquillarme era su manera de disculparse por la discusión que habíamos tenido esa mañana. Además se le daba muy bien.

-Por favor - acepté, encantada.

Me dejé hacer mientras me echaba productos en el rostro. Base de maquillaje, polvos, colorete, sombra de ojos, rimel… No tardó ni diez minutos en acabar. ¿El resultado? Como siempre, genial.

-Eres la mejor - le dije abrazándola.

-Lo sé - contestó mientras me rodeaba con los brazos. - Ten cuidado esta noche - me advirtió con preocupación.

No hizo falta que murmurara ningún nombre propio para saber a lo que se refería.

Me enfundé en el vestido que me había comprado hacía unos días, me calcé los zapatos, me rocié de perfume, y ya estaba lista para la cena. Cuando me dirigí a la la sala de estar/cocina, Rosalie me estaba esperando con dos chupitos de tequila, un plato con sal y con un limón troceado.

-Ir a trabajar habiendo bebido no está bien - sentencié sin convicción.

-Vamos, te ayudará a calmar los nervios - contestó pasándome uno de los vasitos, lleno hasta arriba. - !Salud!

Brindé y me lo bebí de un trago, sin fuerzas para negarle que no estaba nerviosa. Me conocía demasiado.

Tuve tiempo de tomarme dos chupitos más antes de que sonara el timbre, anunciando la llegada de mi Sugar daddy. Antes de abrir, tuve la decencia de meterme un chicle en la boca y de rociarme de perfume de nuevo.

La cabeza me daba vueltas y cualquier signo de nerviosismo había abandonado mi cuerpo cuando me reencontré con la figura imponente de Edward Cullen. Sus ojos escrutaron mi figura y aproveché para hacer lo mismo. Si, desgraciadamente seguía estando igual de sexy que esa mañana.

-Estas muy guapa, Bella - me susurró mientras bajábamos por las escaleras, con su brazo rodeando mi cintura.

Si, también seguía oliendo increíblemente bien.

-Tú estás como siempre - dije sin pensar. El tequila no había sido tan buena idea.

Nos paramos delante del portal del edificio, ya en la calle, y me estudió con una mirada divertida y los labios torcidos en una sonrisa.

-¿Como siempre? - indagó, sin ocultar la curiosidad.

-Si, no me lo hagas decir - espeté, desafiandolo con la mirada, embriagada por la repentina valentía que me había brindado el alcohol.

-Me gustaría oír a lo qué te refieres - me animó, cogiéndome por el brazo y pegándome a su pecho.

-Está bien- asentí, en esa ocasión para nada intimidada. Podría acostumbrarme a que me medio abrazara de esa manera. - Muy sexi.

-Me alegro que te guste lo que ves - declaró a pocos centímetros de mi rostro.

Sonrió victorioso y me soltó al momento. Entonces se dirigió a la parte del copiloto y me abrió la puerta, indicándome que era hora de marchar.

Me subí al coche sin mediar palabra y suspiré. Iba a ser una noche muy larga.