* Ningún personaje me pertenece, son propiedad de Lucasfilm y J.K. Rowling respectivamente.


Regresamos al colegio por una extraña cueva oculta debajo de la casa, desembocaba directamente en el viejo Sauce Boxeador.

Caminaba detrás de Ben por los desolados pasillos del colegio. Eran pasadas las horas de dormir. Los alumnos estaban todos en sus habitaciones y los maestros haciendo sus rondas. Ben sabía donde estaban todos, por lo que no fue difícil deslizarnos hasta su habitación. Ambos sabíamos que una vez dentro no sería sencillo que, ni alumnos ni maestros, pudieran encontrarme.

Debería ser honesta, estaba aterrada, no por pasar la noche junto a Ben, más tarde me preocuparé por eso, pero la idea de la prueba me calaba y me generaba un terror que no sabía si podría controlar. Esa fue justo la razón por la que me negaba a colocar mi nombre en el Cáliz de Fuego, no quería formar parte con nada de esto.

—¿Estas son las habitaciones de los maestros?—Pregunté asombrada cuando Ben abrió su puerta, la habitación era enorme, podía compararla con el tamaño de dos salas comunes.

—¿Nunca habías entrado a una?—Alcancé a escuchar la sorpresa en su voz.

—Claro que no ¿Qué razón tendría para entrar a una?—Pregunté con ironía, jamás había salido con un profesor—...Es muy espaciosa...—Murmuré caminando al centro de la habitación.

—Tengo entendido que es la más pequeña de todas... es la que guardan para los maestros como yo...

Por un segundo lo dudé ¿A que se refería con "Maestros como él"?. Cuando sonrió torpemente cerrando sus ojos lo entendí; Se refería a los maestros del puesto maldito de Defensa Contra las Artes Oscuras. Cada año se renovaba.

—Ben, tu fuiste alumno alguna vez, debes reconocer que, comparado con las habitaciones de los alumnos...

—Las mazmorras eran suficientemente espaciosas.—Habló interrumpiéndome. Sentí cierto orgullo en su voz. Lo que me hizo sonreír, pues me recordaba a los alumnos de nuevo ingreso; orgullosos de sus casas.

Caminé con pasos cortos reconociendo el lugar, las ventanas cerradas y las cortinas corridas, un estilo que no me sorprende, considerando que siempre he visto a Ben Solo como una persona en extremo sombría. Las pocas veces que lo he visto sonreír ha sido a mi lado. Y justo eso lo sentía como una victoria personal ¿Quien más, además de mí, puede presumir de ese lujo?

—Ya no pareces asustada...—Dijo él, rompiendo el silencio cuando me acerqué al estante donde coloca sus libros.

—Claro que lo estoy...—Le respondí mientras tomaba uno de los libros—...pero tú lo dijiste; no puedo hacer nada para evitarlo. Sólo quejarme ¿Quieres escuchar mientras me quejo?

Gire a observar su rostro a tiempo para verlo negar con la cabeza. Sonreí recordando que a mis amigos tampoco les agrada mucho escucharme despotricar contras las cosas que me molestan.

—¿Ben?...—Mis manos comenzaron a temblar ligeramente, pero no de miedo o frío, los nervios, que debieron ser una constante en mi cuerpo todo este tiempo, por fin me impulsaron a hablar sobre lo que podría, o no, suceder justo ahora.

Con un ligero movimiento de su cabeza me hizo entender que tenía su completa atención en mí.

—¿Qué va a pasar ahora?—Pregunté con la boca seca mientras colocaba el libro que estaba en mis manos sobre una pequeña mesa.

—Vas a dormir...—Respondió como si fuese lo más obvio en todo el mundo. Claro que sabía que estaba evitando por completo responderme con franqueza. Estoy segura que la misma tensión que siento yo la está sintiendo él.

—¿Tú... vas a dormir conmigo?

Ben comenzó a negar con su cabeza mucho antes de responder con su voz—No... no sería correcto.

—Tampoco es correcto que yo esté aquí...—Respondí desafiante, pero sin elevar el sonido de mis palabras— o que nos viéramos en Hogsmeade... ni siquiera los últimos meses de nuestra vida han sido correctos.

—Tienes diecisiete años Rey, demasiado joven aún para dormir con un hombre.

Ben tensó su cuerpo mientras se recargaba contra una de las paredes de su habitación.

—¿Quién eres ahora, mi abuelo?—Pregunté juguetona mientras me acercaba a él—... No me puedes engañar—Le dije viendo directo a sus ojos, inspeccionando minuciosamente su cara—... aún con las cortinas cerradas y las velas escasamente iluminando puedo ver como se te sonrojan las orejas. Tú quieres esto, tanto o más de lo que yo quiero.—Mi voz ya sonaba más como un ligero ronroneo.

—Alguna vez tuve tu edad...—Respondió aclarando su voz y tratando de imponerse sobre la mía.— y se cuales son las principales motivaciones de tu cuerpo... El autocontrol llega con la edad.

—Tú no tienes autocontrol Ben Solo...—Respondí sonriendo y tomando sus brazos entre mis manos.

—Si no lo tuviera serías mía desde el momento que abriste las piernas en el armario de escobas... Tú no tienes autocontrol Rey Kenobi.

—Jamás he dicho que lo tuviera...

Lo tenía atrapado entre la espada y la pared, literalmente lo acorralé en una de las esquinas de su habitación.

—Esta no será nunca una de mis más brillantes ideas.

—No...—Murmuré—... Creo que debiste dejarme en la casa de los gritos.

—Concuerdo contigo.—Musitó sonriendo.—Sólo, esperemos...—Dijo mientras delicadamente pasaba sus dedos por lo largo de mi brazo.

—¿Qué diferencia voy a tener en tres meses?—Mi voz sonaba más como un súplica. Me recordaba a mi misma en Navidad pidiendo un miserable beso.

—Sólo piénsalo mejor antes de hace algo como esto...—Sus mejillas se sonrojaban. Era adorable de ver, un adulto como él inhabilitado ante la palabra sexo—...eres joven y tomas decisiones muy precipitadas. Yo muy probablemente sea sólo una decisión impulsiva.

Sus palabras me perforaron y se enterraron en mi cerebro ¿Impulsiva?... Me recordaba el momento en que me llamó niña, cuando permanecimos encerrados en el armario de escobas hasta media noche.

—Tú no eres un capricho, Ben...—Sujeté su rostro entre mis manos— Tú de verdad me gustas, te lo dije en Navidad.

—Eres realmente dulce, Rey...—Sonrió sujetando mis manos y regresándolas a mis costados—...Pero estás enamorada de la imagen de tu profesor, no de mí.

Ahora Ben se liberaba de mi prisión. Y caminaba hasta el borde de su cama y se sujetaba del borde de madera oscura que sobresalía de ella.

—Eso es una tontería...—Le respondí molesta— Si me enamorase de las imágenes de los profesores, hace años debería estar enamorada del profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas, es con quien más afinidad tengo.—Caminé al centro de la habitación— Yo estoy enamorada de ti, Ben... de la persona que conozco. Si te hubiera conocido fuera de la escuela posiblemente habría terminado igual.

—Entonces, si esto es tan fuerte como dices... podremos esperar al menos a terminar la escuela.—Conque a esto se dirigía. En ocasiones me molesta su persistencia con este tema.

—Bien...—Mis palabras salieron casi como un escupitajo.—...Esperemos... Pasemos el resto de la noche observándonos a los ojos mientras nos quemamos vivos por dentro.

—No exageres...—Murmuró.

Ya no quise responder. Me quedé en silencio observándolo. No sabía en que momento se había fruncido mi ceño, de nuevo no lo noté hasta que Ben se acercó y deshizo el nudo con sus dedos.

—Sólo quiero cuidar de ti...—Dijo él sin verme a los ojos, estaba concentrado en la líneas de mi frente.

—Lo sé...—Susurré regresando mi vista al suelo.

Pasamos algunas horas más en silencio, ya eran entradas las horas de la madrugada, Ben sostenía un libro en sus manos y leía con calma, era obvio que no planeaba dormir. Y, por otra parte, mi desvelo estaba dividido entre los nervios que me producía estar con él y el miedo latente y cada vez más fuerte por el torneo. No me gustaba la forma en que se abordaba ¿Por qué no me consultaron antes una decisión así? Simplemente van a lanzarme al ruedo, y ni siquiera podré tener mi varita para defenderme. Y además ¿Por qué habrían de enfrentarme con un Boggart?. Pero, por mucho que me molestara admitirlo, ya había pensado en una respuesta; Miedo... Una respuesta muy lógica considerando que esa es el arma de defensa de esas criaturas.

Creo que los directores planean hacer reaccionar a Finn, Paulo y Rose con mi miedo. Mientras más lo pensaba más me convencía.

Poco a poco comencé a ser presa del sueño, mis ojos se cerraban y cabeceaba. Estaba sentada en una silla frente a Ben, quien parecía inmutado, concentrado en su lectura. Lo veía cada vez más borroso y la oscuridad me estaba abrazando, mis parpados comenzaron a ceder hasta que no fui capaz de abrirlos de nuevo. Pero mis sentidos continuaban alerta, fui consciente del momento en que Ben me tomó en sus brazos y me acomodó en su cama, sentía como sacaba las colchas debajo de mi y la forma en que me sacó las botas que utilicé ese día.

—¿Podrías quedarte conmigo hasta que me duerma?—Murmuré sujetando su mano antes de que se fuera.

—Claro...—Respondió en voz baja.

Con cuidado me hice a un lado para darle espacio a él. Se acostó a mi lado y me abrazo con fuerza por la cintura. Debería haber estado más despierta para disfrutarlo, pero mi cuerpo y mente ya no podían más.

—Ben... Tengo miedo.—Dije en voz baja

—Yo también...—Respondió él antes de que cayera sumida en el sueño.