Sentados al calor de la chimenea mientras las brasas escupían llamas y cenizas, Yuuri contempló la inquieta figura de su mejor amigo quien, con una mano situada en la barbilla, caminaba en círculos y farfullaba en voz baja palabras que no alcanzaban los oídos de Katsuki. Afuera había empezado a nevar, y algunos copos se acumulaban sobre el alféizar. Yuuri se distrajo con ellos mientras aguardaba a que los pensamientos acabaran de formarse en la cabecita de Yurio, hasta que algo interrumpió sus cavilaciones.
—¡Ajá! —exclamó Yurio, con la expresión propia de un científico que acababa de descubrir el secreto de la vida eterna—. ¡Ya sé!
Yuuri parpadeó.
—¿Qué sucede?
Yurio hizo caso omiso a la pregunta, y evaluó con la mirada el desarrollo físico de Katsuki juntando los pulgares con los dedos índices hasta formar un cuadro con ellos. Después de un momento, gruñó.
—Mierda —musitó—. No es suficiente.
Con cierta desazón, como si hubiera hecho algo indebido, Yuuri bajó la cabeza con cierto bochorno.
—Lo siento —murmuró sin verlo a los ojos.
—¿Eh? —esa disculpa devolvió a Yurio a la Tierra—. ¿Por qué te disculpas?
—No lo sé —dijo Yuuri, y titubeó un poco antes de preguntar—: ¿Hice algo malo?
Yurio frunció el ceño.
—¡Por supuesto que no! Es que... ¡Agh! No lo entenderías —tras decir eso, retornó a su hábito de caminar en círculos pensando en voz alta—. Necesitamos reforzar el entrenamiento, necesitamos... ¡Un cambio de imagen!
—¿Cambio de imagen? —repitió Yuuri, pero Yurio no lo escuchó.
— Y, tal vez... —Yurio se detuvo de nuevo, y fijó los ojos en Yuuri con tanta intensidad, que éste se obligó a tragar saliva—. Sí, es perfecto.
—Yurio, no sé qué pretendes hacer, pero siento que quieres venderme a traficantes de órganos o esclavistas —dijo Yuuri con timidez.
—¿Esclavis...? No digas tonterías —Yurio cortó la distancia entre los dos, cruzó los brazos, y sonrió con suficiencia—. Dentro de un mes necesitamos lograr que luzcas increíble, tanto, que Victor se preguntará por qué demonios ha querido dejarte.
El simple nombre de Victor generó una sensación extraña en las entrañas de Yuuri.
—¿Victor estará ahí? —preguntó esforzándose para que su voz no sonara temblorosa.
—No solo él —dijo Yurio—, también asistirá la prensa, y nuestros amigos. Les alegraría mucho volver a verte luego de estos meses de reclusión voluntaria.
Yuuri entró en pánico, y casi deseó volver a encerrarse en su habitación hasta el final de los tiempos, pero Yurio consiguió detenerlo antes que cometiera la locura.
—No irás a ningún lado —sentenció éste, con los dedos enterrándose en el brazo de Yuuri—. Ni se te ocurra.
El silencio se instaló entre los dos, y Yuuri se esforzó en controlar las palpitaciones.
No quería hacer el ridículo luego de que Yurio se había esforzado tanto en ayudarlo.
—Tú puedes hacerlo —dijo éste con seriedad—. Sé que puedes salir de esto —Las miradas de ambos se encontraron, y Yurio dejó ir el brazo ajeno poco a poco—. Hazlo por mí.
Yuuri notó la garganta seca, y que el corazón palpitaba con fuerza... Pese a que no estaba seguro si se debía al pánico.
El entrenamiento se volvió cada vez más duro.
Yurio se había convertido en el claro ejemplo de entrenador espartano, ya que había borrado las siestas y los tazones de cerdo de su agenda, así como el café, los helados y el chocolate con leche. Yuuri había incluido el yoga en su menú, así como las clases de ballet junto a Minako y taichi junto a un instructor contratado por el mismo Yurio.
En seis semanas, la masa muscular de Yuuri incrementó y su abdomen se hallaba marcado a tal punto, que contemplaba su propio reflejo con los ojos brillosos.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Yurio tras hallarlo admirando su torso frente al nuevo espejo de su renovada habitación.
—Bien —dijo Yuuri. Vaciló—. Bastante bien —se corrigió a sí mismo.
La mirada de Yurio se iluminó, y Yuuri no pudo dejar de asociarlo con un felino.
«Adorable»
—No he tenido tiempo para pensar en Victor —dijo Yuuri—, creo que me siento mejor respecto a él.
—Pero todavía nos queda algo por hacer antes de volver a enfrentarte a él —replicó Yurio—. Algo que lo hará arrepentirse.
Yuuri sonrió y asintió con la cabeza.
[Faltaban tres semanas para la fiesta]
