¡Oh! ¡veme, veme siempre! Tus ojos son tan bellos
Que en vano envidia el cielo su dulce claridad,
Me miras con el alma; cuando me ves, con ellos
Amor está en tus ojos como una eternidad.
—LX, Juan de Dios Peza
(...)
Para Schala, que es una de mis musas.
Por este nuevo comienzo.
(...)
— ¿Por qué no te quedas aquí hasta que llegue, Goku?— Dirige sus celestes hacia él.
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Malditos los ojos de aquella vulgar mujer, malditos orbes seductores, divinos.
Porque solo esos ojos conquistaron el bruno de los de un sanguinario Príncipe sin reino.
Príncipe de la sangre.
Porque la claridad del cielo en los ojos de Bulma calmaron el fuego dentro de lo negro de él: sí, cuya alma estaba del mismo color.
Negro.
Pero cada maldita… ¡bendita! Bendita mirada significó una fase. Claro que sí.
Porque aquellos ojos dulces, limpios, puros también lo persiguieron gracias a la bendita herencia. Su hijo, el hijo de los dos con ambos ojos tranquilos, lo hizo sucumbir.
A su bendita redención.
Y para cerrar con broche de oro, la herencia bendita a la nueva vida, gracias a ellos, heredó.
Sí, esa bendita mujer.
Y esos benditos hijos, que son su bendito recordatorio de estar vivo por fin.
Por fin.
