Capítulo 2.

Trabajando para un cerdo.

Estaba frente a un gran edificio, admirando su magnificencia. Ocupaba como unas dos cuadras a la redonda. Era tan alto y con tantas plantas que podría confundirse fácilmente con un rascacielos de Estados Unidos. Alcé la mirada hasta el séptimo piso, era el edificio donde trabajaba mi padre. Muchos recuerdos invadieron mi mente. Agité la cabeza en un intento de despejarlas.

A lo lejos, dentro del edificio, Macao hizo un ademan para que entrara. Suspiré. Tenía el presentimiento de que esto iba a ser un desastre.

Unas horas antes.

Corrí lo más rápido que mis piernas me lo permitían. Entré al colegio a toda prisa, pasando de todos los alumnos que se cruzaban en mi camino, doblando esquinas y subiendo algunos escalones hasta que llegué a la enfermería.

Abrí la puerta de un portazo. Todas las miradas se centraron en mí, pero me sentí aliviado al ver a Wendy. Estaba sentada en la camilla de la sala. La notaba algo desanimada, pero aparte de eso, se veía sana. Lucy estaba parada, al lado de la camilla junto a su lado.

— ¿Cómo está?— pregunté acercándome a la enfermera.

—Le di algunas pastillas que me recomendó su doctor en caso de que se acabasen las suyas— explicó la enfermera—. Estará bien, pero necesita tomar las suyas.

—Entiendo...

—Los dejaré un rato—dijo, para luego salir de la enfermería.

—No te preocupes— dijo Wendy luego de unos segundos de silencio—, estaré bien.

—No- dije seriamente—. Claro que me preocupo. Conseguiré trabajo y compraré más de tus medicinas.

— ¿Eso quiere decir que no conseguiste empleo?— preguntó Lucy, levemente preocupada.

Miré detenidamente a ambas por unos segundos, luego negué con la cabeza. Wendy bajó la mirada, tristemente.

—Pero... ¡conseguiré un trabajo, sólo esperen!— dije, fingiendo ánimo.

Wendy me miró a los ojos, luego esbozó una sonrisa.

— Natsu, estoy bien, en verdad. No te sobre esfuerces, ¿sí?

Acaricié el pelo de mi hermana fraternalmente, luego me di la vuelta.

— Cuando regrese a casa, festejaremos que conseguí trabajo. Macao invita—bromeé abriendo la puerta.

Wendy se rió, luego sacó algo de su bolsillo, lo metió en la boca y lo tragó.

—Aún me quedaba una pastilla— dijo sonriendo—. Puedo aguantar una semana más, así que, si no consigues trabajo, no te preocupes.

Sonreí a mi hermana, luego salí de la enfermería.

Hubo un silencio en el lugar por varios segundos.

— ¿Por qué le mentiste a Natsu?— preguntó Lucy seriamente. —Esa solo era una goma de mascar…

—Porqué odio verlo triste...

En la actualidad.

Caminaba arrastrando los píes, mirando a mi alrededor como si estuviera en un país extranjero. No sé por qué, pero todo el lugar me parecía desconocido, cubierto con un halo de misterio y tristeza.

Macao caminaba a mi lado, con el rostro serio. No le agradaba la idea de que trabajase allí, para aquél sujeto al que llamaban «Sr» Michael, porque lo de señor no tenía nada, a penas puedo considerarlo una persona. No estoy exagerando... cuando lo vean, me entenderán.

Subimos al ascensor. Un recuerdo cruzó rápidamente por mi cabeza: estábamos papá y yo, en ése entonces solo tenía ocho años. Era la primera vez que entraba al edificio, como la oficina de papá se encontraba en el séptimo piso, debíamos de subir al ascensor, pero yo tenía un pánico exagerado al subir en uno a causa de una película de terror que había visto la noche anterior- que papá me mostró, por cierto-, hasta tal punto de que me daba náuseas. Papá me revoloteó el pelo y me dijo que todo estaba bien, que cerrara los ojos y contara hasta diez.

En ése momento, sentí el mismo miedo, pero no por subir al ascensor, sino por cruzar al lado de la antigua oficina de mi padre. Miré arriba, donde marcaba los pisos: quinto piso, sexto piso. Al llegar al séptimo, la puerta se abrió y a lo lejos pude presenciar una escena que me dio asco y rabia. Un hombre petizo, gordo, con la nariz chata y con muy poco pelo- lo poco que tenía estaba a punto de caerse- se encontraba muy cerca de una mujer bastante jovencita, le daría como veintisiete años. El hombre solo llegaba hasta la mandíbula a la mujer. La estaba acariciando el brazo y le sonreía con un lamentoso intento de sonrisa pícara.

Salimos del ascensor y mientras más me acercaba a él, más me repugnaba la escena. La pobre mujer intentaba zafarse pero no podía, el hombre a pesar de su estatura tenía un agarre fuerte. Todos miraban lo que sucedía con impotencia...

—Vamos Jessica, no finjas— dijo el hombre—. Sé que no puedes resistirte a mí.

—Por favor, señor, debo seguir trabajando— suplicó la chica estirando su brazo.

—No te irás hasta que me hagas un cumplido.

-Ejem… señor Michael— interrumpió Macao oportunamente.

El hombre giró y lo miró con desdén.

— ¿Qué quieres?— bufó enojado.

Me echó un vistazo. Yo no me quedé atrás y lo miré con asco, sin intentar de disimular mi desprecio.

—Te me haces conocido...-—dijo observándome con los ojos entrecortados, inspeccionando mi rostro.

—Es Natsu Dragneel— me presentó Macao—. El joven del que te hablé.

—Ah, sí, sí… — dijo con desinterés-. El hijo de Wade. Nunca me agradaste— dijo sin rodeos.

Apreté los puños... ¡viejo cerdo!

—El sentimiento es mutuo— dije con un cierto tono soberbio.

Michael me miró seriamente, luego sonrió con malicia.

—No te caigo bien, ni tú a mí, sin embargo... has venido para pedirme trabajo, qué triste de tu parte, ¿eh?

Di un paso adelante. No me iba a quedar callado dejando que me insulte, pero Macao me detuvo, sujetándome del hombro. Me miró a los ojos y negó con la cabeza.

Suspiré, conteniéndome. Necesitaba el trabajo... aunque tenga que trabajar para un viejo verde.

—Seños Michael, por favor. Wade trabajó para usted con fidelidad durante diez años— dijo Macao—. No ha fallado ni una sola vez en el juzgando y ha defendido la empresa. Se lo debe.

Michael meditó aquellas palabras por unos segundos. Por un momento pensé que iba a negarse, pero luego miró a Jessica.

—Dime, ¿crees que sería bueno tenerlo aquí?

La mujer me miró tímidamente a los ojos, luego asintió.

—Se ve como un buen chico.

Michael la miró dubitativamente, luego suspiró y se encogió de hombros.

—Sí lo dices…. Hay un puesto vacante— sonrió con malicia—. Como mi asistente personal.

Tragué saliva. ¿Esto va en serio?

—Te tendré a prueba por una semana, a ver si eres digno de ser mi asistente. Harás lo que diga, cuando yo lo diga y cómo yo lo diga, ¿entendido?

Apreté frustradamente los dientes, luego asentí a regañadientes. Si estaba haciendo todo esto, era por Wendy, ella lo necesitaba y urgentemente.

—Bien. Empecemos entonces— se dio la vuelta, con una notable sonrisa burlesca—. Tienes muchos papeles que ordenar.

Miré a Macao. Él me hizo un ademan para que lo siguiera. Observé al «jefe» entrar y suspiré profundamente. Esto no va a ser fácil.

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Estaba parado frente al escritorio de Michael. Él estaba sentado, repantigado en su silla giratoria. La oficina era un desastre: libros tirados en el suelo, con algunas hojas dobladas y arrugándose. Plantas marchitándose, pidiendo a gritos que les dieran un poco de agua. Los estantes estaban sucios y polvorientos. Lo peor de todo es que Michael parecía cómodo en aquél ambiente.

—Bueno- dijo irguiéndose—. ¿Qué esperas?

— ¿Para qué?— pregunté en un tono de indiferencia.

—Para arreglar la oficina. Está hecho un chiquero.

— ¿Ah sí?— pregunté con sarcasmo—. Pensé que estábamos en tu hábitat natural.

El hombre alzó una ceja, luego sonrió retorcidamente.

—Veo que alguien quiere ser despedido.

Guardé silencio. Michael simplemente asintió victorioso.

—Agradece mi indulgencia. — Se levantó y se arregló la corbata—. Iré a ver a mis empleados. Cuando vuelva, quiero ver éste sitio limpio y reluciente.

Salió de la oficina y cuando creí que estaba lo suficientemente lejos, pateé su silla giratoria. Esta salió disparada hacia un lado.

—Ahora te admiro más- dije pensando en papá—. Trabajar para un tipo como este y venir a casa con una sonrisa... no es fácil.

Pasé como media hora ordenando el lugar. La peor parte fue cuando limpié por debajo del escritorio: cuatro barras de chicles masticados pegados por debajo; los cajones estaban llenos de restos de comida como cajas de hamburguesas- que tenía algunos trozos de panes y verduras podridas-, cáscaras de bananas, manzanas acarameladas a medio comer, entre otros desperdicios. Los metí en unas bolsas y las tiré en el basurero, luego continué limpiando las demás partes. Repasé el piso, pulí los vidrios, etcétera, etcétera.

—Terminé al fin...-—dije recostándome por la silla giratoria—. Si así mantiene su oficina ese viejo, no quiero imaginarme su casa...

La puerta se abrió y Michael entró sonriendo. Tenía la corbata desacomodada y su mejilla estaba roja, de seguro había obtenido un tremendo bofetón.

—Je, je. Valió la pena— dijo asintiendo. Observó a su alrededor, estupefacto, luego me miró—. Vaya, por lo que se ve, no eres del todo inútil.

Apreté los puños, conteniendo mi irritación. ¿Tuve que rebajarme hasta este punto? Me recordé una vez más la razón por la que estoy trabajando para alguien como... Michael.

—Bien. Lo hiciste bien— me felicitó. Ser felicitado por alguien como él fue repugnante—. Te daré 50 dólares como pago mínimo por hoy—. Puso el monto en la mesa—. Soy bastante generoso, ¿no?

Agarré el billete y me quedé mirándolo por varios segundos. Michael se habrá dado cuenta de mi cara de indignación y sonrió, victorioso, luego sacó una caja e cigarro y se llevó una a la boca.

—Vamos, no me mires así— dijo encendiendo el que se llevó a la boca—. Recuerda que estoy siendo muy generoso, ni siquiera cumples con la mayoría de edad ni acabaste los estudios primarios. Ahora, ve a casa— me apartó con una mano y se giró, dispuesto a sentarse en su silla giratoria—. Recuerda que te tendré a prueba por una semana y luego discutiremos mejor sobre tu pago.

Agarré el billete y salí de la oficina sin siquiera mirarlo. 50 dólares, ¿es en serio? Bueno… supongo que bastará para comer hoy...

Esta vez bajé las escaleras. No quise volver a repetir el mismo suceso que en la tarde. Cuando bajé como tres pisos, me encontré con Macao, parado frente a una oficina. Una plaqueta se encontraba pegada a la puerta, en ella ponía «Wade Dragneel».

—Tu padre soñaba que cuando crecieras, heredases su oficina— dijo mirando la plaqueta, tristemente—. Cada vez que terminaba el día, nos encontrábamos aquí y él decía «Natsu es un chico muy inteligente. Será un gran hombre cuando crezca, se convertirá en un profesional y trabajará aquí, en ésta empresa, en ésta oficina».

—Y mírame— dije agachando la cabeza—. Rebajándome al nivel de Michael, trabajando como su asistente...

—Puedes seguir estudiando y al mismo tiempo trabajar para él— propuso—. Ir a la facultad y obtener una maestría...

— ¿Crees que Michael acepte que trabaje medio tiempo con él?

Macao no dijo nada. Sonreí, tenía razón. Miré la plaqueta.

—Lo siento, papá...

Después de eso nos quedamos en silencio por unos minutos. Decidimos irnos a casa, Macao me dejó en la puerta de la casa y luego se retiró. Cuando entré Wendy y Lucy estaban haciendo unos trabajos escolares. Yo me retiré a dormir, sabía que me esperaba días difíciles en el trabajo... y no me equivoqué. Fueron los peores cinco días que pude haber pasado. Michael hizo lo imposible para hacerme sufrir, enviándome a comprar comida chatarra, leer y sellar millares de hojas mientras él iba a coquetear por allí y entre otras tareas desagradables, al final, por cada día que pasaba iba disminuyendo dos dólares de mi sueldo.

Estaba frente a la cafetera, cargando en una taza un Cappuccino para aquél viejo. Suspiré, irritado, luego me recosté sobre la pared. Hoy era el quinto día, eso significaba que la semana laboral iba a terminar y la próxima ya iba a cumplir mi mayoría de edad, eso quería decir que ya podría ser contratado legalmente, todo dependiendo de lo que pasa hoy, el único problema es que ya estaba al límite de mi paciencia. Michael ha estado haciendo lo imposible para hacerme enojar, llenándome de tareas desagradables mientras él iba acosando a sus empleadas. Mi indulgencia estaba puesta a prueba y eso que no era indulgente.

—Disculpe...— dijo una voz detrás de mí.

Miré por sobre los hombros. Una chica de cabellera roja, estaba parada, con una taza de porcelana en la mano. Sus ojos eran colores avellanas.

—Creo que tu taza se llenó lo suficiente.

Miré hacia abajo. La taza estaba cargada al tope y el café estaba derramándose. Me apuré para apagar la cafetera, pero en vez de apagarla, la aceleré un poco más. La chica se rió de mí levemente, luego tocó un botón que apagó la cafetera.

—Esto... fue vergonzoso— dije rascándome la cabeza.

—Para la próxima deberías estar más atento en el café y no en el techo— dijo la chica sonriendo—. Nunca antes te había visto, ¿eres nuevo?

—Podría decirse que sí— contesté agarrando la taza de café—. He estado trabajando aquí desde el lunes.

—Elegiste el peor lugar— dijo poniendo su tasa en la cafetera.

—Lo noté— contesté encogiéndome de hombros. —No tenía otra opción.

—Entiendo— dijo encendiendo el aparato frente a nosotros —. Todos estamos ligados a éste lugar por una razón.

Arqueé una ceja.

— ¿Ah, sí? Supongo que eso te incluye.

—Sobre todo yo...

Agarró la tasa luego de apagar la cafetera y me sonrió.

—Fue un gusto conocerte. Espero podamos hablar luego. Nos vemos— dijo despidiéndose con la mano.

Me despedí de la misma forma, siguiéndole con la vista hasta que desapareció girando en una esquina. Me preguntaba cual era la razón por lo que ella seguía aquí, sea cual sea la razón, debía ser una horrible para estar confinada a éste horrible lugar. Abrí los ojos, sorprendido. Ahora que caía… no sabía su nombre.

Continuará.

¡Hola familia! ¿Qué tal han estado?

Uf, las cosas han estado un poco difíciles, pero no pienso olvidarlos jeje.

Aquí les traigo otro capítul partir de aquí que las cosas no iran pintando del todo bien para Natsu.

En fin, nos veremos en la entrega del próximo capítulo, suerte a todos.