Capítulo 3.

Wendy cae.

—Natsu— llamó Macao acercándoseme. — ¿Qué tal va todo?
Tenía el café en una mano y una magdalena en la otra. Se suponía que debía dárselo al cerdo hace media hora, pero me quedé pensando al lado de la cafetera por varios minutos... grave error.
—Mal— contesté dándole un sorbo al café—. Tengo que volver a ver a Michael.
Hubo silencio por unos segundos, luego me atreví a hacer una pregunta.
—Todos dicen que éste lugar es un asco, pero aún así siguen viniendo a trabajar todos los días, ¿por qué?
Macao me miró seriamente, luego se cruzó de brazos, empezando a meditar mi pregunta.
—No puedo responderte por todos— dijo al fin—, pero sí por mí. Es cierto, no aguanto a Michael, pero he trabajado en su empresa más de diez años. Si me preguntas por qué, es por mi hijo. Me pagan lo suficiente para sustentarlo. Pienso que todos aquí tienen alguna razón para seguir trabajando para alguien como Michael.
Entendí justo en ése momento las palabras de aquella chica, «todos tenemos algo que nos liga a este lugar».
—No sé si podré aguantar un segundo más con él— dije desviando la mirada. Macao se echó a reír.
—Lo siento. Es que no puedo evitar recordar a tu padre, eres igual a él. Esbocé una sonrisa. Que me comparen con papá, un hombre culto, regio, elegante, me ponía feliz.
—Será mejor que te vayas. Dudo que a Michael le guste su café frío.
—Dudo que le guste algo— dije, empezando a caminar.

Me pregunté cómo papá pudo aguantar trabajar por diez años para Michael. ¿Qué cosas habría hecho para él? Pensarlo simplemente me revolvía el estómago.
Había pasado a penas cinco días y yo ya tenía mi paciencia al tope.
Cuando entré a la oficina, Michael me estaba esperando, viendo un vídeo en su celular. Dejé el Capuccino y la magdalena en la mesa. Michael me miró por unos segundos y luego volvió su atención al celular.
—Llegas tarde— dijo agarrando el postre.
—Solo fue medio minuto— contesté secamente.
—Aún así llegas tarde. Te lo descontaré de tu sueldo.
— ¡¿Qué?! ¡Eso es injusto!— protesté enojado.
—Injusto es que mi Capuccino esté tibio— prosiguió dándole un sorbo al café—. Tráeme uno nuevo.
Apreté los puños, luego cogí el Capuccino brutamente.
— ¿Disfrutas haciendo esto?
—Como nunca—. Me sonrió—. Si llegas tarde, volveré a descontártelo de tu sueldo.
Salí de la oficina y me dirigí a regañadientes nuevamente a la cafetera.
En el camino, me topé con varios funcionarios. Me miraban extrañados, otros alzaban una ceja y algunos susurraban cuando me veían pasar, aunque creían que no podía oírlos, la verdad es que no era así, todos decían lo mismo: Es el hijo de Samuel, o, pobre chico, ha de ser difícil trabajar a tan corta edad. Me molestaba que hablasen a mi espada. Me irritaba que me miraran de aquella forma, que sintieran compasión de mí, pero ¿qué más podía hacer? Simplemente podía dejarlos hablar.
Bajé dos pisos, por la escalera. Caminaba con las manos metidas en el bolsillo, no podía esperar a que sea mañana para poder descansar dos días de Michael. Me detuve en seco, miré con el rabillo del ojo la puerta a mi lado: la oficina de papá. Observé a mi alrededor, no había nadie presente. Me acerqué a la puerta y giré la perilla, no hubo suerte, la puerta estaba cerrada con llave.
—Hpm. No sé en qué pensaba— dije negando con la cabeza.
— ¿Era la oficina de tu padre?
Di un salto hacia atrás, sobresaltado. La misma chica de hace rato se echó a reír de mí. Parpadeé dos veces antes de recobrar la postura.
—No vuelvas a hacer eso— dije suspirando, aliviado— ¿Siempre empiezas una conversación de esa forma?— Miré la puerta, luego asentí—. Fue un gran abogado.
—Oí mucho acerca de él— dijo tocándome el hombro—. Todos lo admiraban y respetaban.
—Sí… y entiendo el porqué.
La chica me miró detenidamente, luego sonrió.
—Si quieres, puedo ayudarte a entrar.
La miré sorprendida, luego entrecerré los ojos.
— ¿Cómo lo harás?
—Tengo contactos— dijo guiñándome el ojo—. Vuelve cuando te den tiempo libre— luego comenzó a alejarse. —¡Espera!— grité—. Aún no me has dicho tu nombre.
—Me llamo Erza— dijo despidiéndose.
— Yo soy Natsu...

Me crucé de brazos, mirando expectativamente a Michael. Él cogió el nuevo Capiccino y dio un sorbo. Comenzó a estudiar el café en su boca, luego asintió. Me sonrió con aquellos dientes amarillentos.
—Perfecto. Lo has hecho bien.

Me estremecí. Un cumplido suyo no es precisamente halagador que digamos.
—Dime Natsu, ¿qué tal está Wendy?— preguntó escribiendo en su computadora—. Tengo entendido que sigue un tratamiento médico.
Arqueé una ceja. ¿A qué venía ese repentino interés hacia mi hermana?
— ¿Cómo lo sabes?— pregunté seriamente.
Michael alzó la mirada, luego continuó escribiendo en su computadora.
—No hay nada que no sepa de mis empleados— respondió—. Para eso has venido a trabajar conmigo, ¿no?
Seguía sin entender a qué venía todo esto.
Michael sonrió, luego se reclinó en su silla.
—No me gusta tu actitud hacia mi persona— dijo entrelazando sus dedos, llevándolo hacia su enorme barriga—. Todas mis peticiones lo haces de malas ganas. Sé que el tratamiento de tu hermana es caro y necesitas el trabajo para pagarlo.
—Ve al punto— espeté.
—Puedo despedirte en cualquier momento, Dragneel— dijo sonriendo—, si sigues trabajando así.
Abrí los ojos de par en par, sorprendido. ¿Me estaba extorsionando?
—No puedes hacerlo. No tienes razones para hacerlo.
Michael alzó las manos.
—Hay miles de razones, si las autoridades pregunta, solo hace falta decir que un jovenzuelo desesperado por pagar la terapia de su hermanita me robó una cantidad considerable de dinero. — Me miró detenidamente, estudiando cada una de mis expresiones—. ¿No es así, Natsu?
No podía creerlo. Mi estómago comenzó a revolcarse del asco. ¿En verdad podía existir alguien tan repugnante como él? Apreté los dientes, furibundo.

—Me alegro que comprendas. —Hizo un ademan con su mano—. Puedes tomarte un descanso. Te llamo cuando te necesite.
Me di la vuelta, no sin antes mirarlo con una expresión de puro desprecio. Luego salí cerrando la puerta de un portazo.

Golpeé la pared con ira. ¿En serio me estaba pasando esto? Michael no tenía perdón, una persona como él no podía existir. Debería estar tras las rejas, pudriéndose como la basura que es.
Aspiré hondo. De nada me serviría ponerme así de nervioso.
—Deberías calmarte. Eres muy joven para desesperarte así- dijoEraza acercándose a mí.
Suspiré. Viéndola de cerca, ella no parecía mayor que yo.

— ¿Hace cuanto que trabajas aquí?
—Hace un año— contestó—. Comencé a los diecisiete.
Arqueé una ceja. Lo sabía, solo me pasaba por un año.
—No tenemos mucho tiempo- dijo, sacando un juego de llaves de su bolsillo—¿Entramos?
Miré detenidamente el juego de llaves. No estaba seguro si quería entrar a la oficina de papá.
Agité mi cabeza, luego sin pensarlo dos veces agarré la llave y abrí la puerta. Todo era igual como lo recordaba: el escritorio estaba completamente limpio, encima, las pertenencias de papá estaban perfectamente ordenadas. Su antigua taza estaba posando en una esquina, varias carpetas de diversos colores y tamaños estaban en el medio, uno encima de otro, ordenado en orden creciente. Papá era un obsesionado por la limpieza y el orden.
En casa todo debía estar bien arreglado, limpio y perfumado. Había siempre un lugar específico para todo, y en su oficina no era la excepción. Caminé hasta el escritorio y estiré uno de los cajones, si mi memoria no me fallaba...
Un retrato estaba guardado encima de varias hojas blancas de papel. La agarré y un recuerdo se coló en mi mente: estaba yo a los ocho años, vestido de militar para un teatro escolar, a mi lado estaba papá, sonriendo y abrazándome con un brazo. Yo sostenía un rifle falso y apuntaba a la cámara, sonriendo.
—Que tierno— dijo Erza, más para molestarme—. Me hubiese gustado ver ese teatro.
—Te hubieses decepcionado— dije sonriendo—. Papá se quedó dormido a la mitad, supongo que era aburrido.
Erza contuvo una carcajada. Recuperó la compostura, luego miró detenidamente a papá.
—Te pareces mucho a él.
Me quedé callado por unos segundos.
—Antes de morir, papá me dijo que no era igual a él— recordé tristemente—. Dijo que soy mejor. Que lograría las cosas que él no pudo, pero mírame ahora. Trabajando para Michael, como su asistente.
Erza no dijo nada, solo se limitó a escuchar. No entendía porque le estaba contando todo esto, a penas la conocí hoy, pero debía decírselo a alguien, tenía la necesidad de hacerlo.
—Quién sabe, tal vez tenga razón— dijo mirándome a los ojos—. No sabes lo que podría suceder en algunos años.
Sonreí. Tal vez tenga razón, pero... ¿qué podría hacer?
El celular de Erza sonó, sorprendiéndola un poco.
—Lo siento. Debo irme— dijo saliendo de la sala rápidamente—. Te dejaré las llaves. Nos vemos luego.

Me quedé alrededor de media hora en la oficina. Examinando carpetas, leyendo los apuntes que mi padre había escrito. Estudiando casos anteriores que había defendido. Sin duda alguna papá era admirable: los casos parecían imposibles de defender, por lo que leí, Michael se había metido en serios problemas, pero de algún modo papá había logrado desmentir las acusaciones.
Guardé varias pertenencias de papá en una caja, no pensaba dejarlos en la oficina para siempre.
Alcé la caja en el escritorio. Miré a mí alrededor, recordando que la última vez que entré aquí, fue con Wendy y mamá, trajimos una torta para papá y festejamos su cumpleaños. Luego de un rato, salí de la oficina, cerrando la puerta con la llave que Erza me había dejado. Guardé la caja en donde tenía guardadas las pertenencias de papá, detrás de una maceta. Lo sé, un escondite cliché, pero efectivo. Me llegó un mensaje de Michael pidiéndome otro Capuccino, era la tercera vez en el día que visitaba la cafetera...
Una vez cargado el Capuccino me dirigí a la oficina de Michael. Cuando abrí la puerta, no podía creer la escena que había delante de mis ojos: Michael estaba sujetando violentamente los brazos de Erza. Ella forcejeaba, pero el cerdo la tenía contra la pared.
—Suélteme— dijo Erza entre las lágrimas.
—Vamos, no seas así— dijo acercándose más a ella—. Hace ya bastante tiempo que te he estado suplicando pero no quieres ser buena...
—No quiero nada contigo— dijo forcejeando-. ¡Déjeme!
—Por favor, soy tu jefe— dijo acercándose más a su rostro—. Si no me haces caso, puedo despedirte... y no quieres volver a casa de tu padre, ¿o sí?
Erza abrió los ojos de par en par. Nuestra mirada se cruzaron en ese momento, no hacía falta palabras: debía ayudarla.
Sin pensarlo dos veces, me dirigí a Michael, le sujete del hombro y lo obligué a que me mirar, luego le derramé el Capiccino en la cara.
— ¡Ahhggg!— Chilló, tapándose la cara con las manos—. ¡¿Acaso estás enfermo?!— vociferó, furibundo.
— ¡Sí!— contesté, harto—. ¡Estoy enfermo de tu maldito comportamiento!
— ¡¿Qué?!— Tenía los ojos abiertos como platos, sorprendido por mi repentina «impertinencia»—. ¿Acaso olvidas quién soy? ¡Soy tu jefe, el hombre que te dio un trabajo! ¡Me debes mucho!
—No me hagas reír. Has estado abusando de nosotros, extorsionándonos y coqueteando con tus empleadas. ¡Eres un maldito cerdo!
Erza me sujetó de los hombros. Se veía realmente asustada.

—Natsu... es suficiente. Van a despedirte.
La miré a los ojos. Es cierto, iban a despedirme, pero no podía quedarme sentado de brazos cruzando viendo como Michael faltaba el respeto a las mujeres, como extorsionaba y se salía con la suya... si nadie hablaba, yo sí lo haría.
— ¿Cómo me llamaste?— preguntó Michael, acercándose a mí, con la cara enrojeciéndose de a poco.
Sonreí con desdén a Michael. Erza me hizo un ademan para que mirar hacia atrás. Por sobre los hombros, pude ver como varios empleados se amontonaban en la puerta abierta, mirando expectantes la escena.
— ¡Estás despedido!— Gritó furibundo. Por Dios, tenía la cara más roja que un tomate.

— ¡Mejor para mí!- Grité igual de enojado... o más-¡Mejor trabajando limpiando vidrios que para un hombre como tú!— dije señalándolo con desdén.

— ¡Maldito! ¡Veremos quién te contrata con una actitud como esa!
Bueno, ahora saben cómo es que llegamos a esta situación. Sí, aguante una semana trabajando para un cerdo, supongo que es todo un logro para alguien como yo. A partir de ahora, es que la historia verdadera empieza.
Erza me sujetó de la mano y me estiró.
—Ya para Natsu, es suficiente— dijo con un tono notablemente preocupado.
La miré a los ojos, luego entre la multitud vi a Macao, mirándome con la misma preocupación. Creo que ya he hecho suficiente. Asentí, luego comencé a alejarme con Erza.
—Maldito...— dijo al verme partir—. Eres igual que el patético de tu padre.
Me quedé quieto por unos segundos. Michael sonrió victorioso.
—Sí, de tal palo tal astilla. Dragneel realmente era patético. Creyéndose superior a todos. ¡Cualquiera podría hacer su trabajo mejor qué él!
Apreté los puños. ¿Esto era en serio? ¡¿Podía ser alguien tan hipócrita como él?!
—Todos los respetan, alabándolo por su trabajo. —prosiguió, sonriendo aún más— ¡Era un pequeño imbécil! Me alegra que haya muerto.
Me giré, mirándolo con odio absoluto. Michael me devolvió la mirada.
Macao dio un paso, con los ojos abierto de par en par, por lo que se veía, él también estaba furibundo.
—Y esa pobre chica— dijo comenzando a pensar— ¿Cómo se llamaba? ¿Wendy?- sonrió al ver mi expresión de enfado—. Sí. Pobre chica, tan débil, tan… frágil.
Lo agarré del cuello de su camisa y lo golpeé contra la pared. Michael me miró sorprendido, tal vez no esperaba que lo golpeara. Miró hacia el suelo, sus píes estaban unos centímetros por encima del suelo, era tan petizo que podía levantarlo sin problemas.
—Mi padre si era un hombre respetable— dije seriamente—. Sin duda mejor que tú... que digo, cualquiera es mejor que tú. Atrévete hablar una vez más de él, a mencionar a mi hermana una vez más... y te juro que no respondo a lo que pueda suceder.

Michael no respondió. Comenzó a sudar hasta no más poder. Erza me miró con admiración y Macao asintió. Solté al cerdo, dejándolo caer de culo, luego me di vuelta y me retiré de la sala.
Todos los empleados presentes me dieron paso. Todos me sonreían y algunos asentían. A pesar de que fui despedido, había algo bueno en todo esto, todos me miraban con aceptación, admiración y orgullo.
Sonreí, al menos algo bueno después de todo esto.

Cuando salí de la empresa, Erza gritó a lo lejos. Estaba acompañada por Macao.
—Natsu, espera— dijo corriendo para alcanzarme.
—No debiste haber actuado de esa forma tan temeraria— me regañó Macao. Se veía realmente preocupado.
—Alguien debía ponerlo en su lugar— dije seriamente-. Sabías perfectamente que era cuestión de tiempo que esto pasara.
—Es mi culpa— dijo Erza bajando la cabeza—. Si no me hubieses ayudado...
—Nadie me obligó— dije sonriéndole—. Solo hice lo que creía correcto, y no me arrepiento de ello.
Macao suspiró, luego se frotó los ojos.
—Natsu, ¿qué harás ahora? Saly necesita sus...
—Lo sé— lo detuve con la mano—. No es necesario que me lo recuerdes. Me las arreglaré, no te preocupes.
Me di la vuelta, comenzando abajar los escalones.
-Natsu...- dijo Erza, viéndome alejarme de a poco.

Caminaba por la calle, con las manos guardadas en mis bolsillos. Eran alrededor de las 13:00 y supuse que Wendy ya estaría en casa. ¿Cómo se supone que le mostraría la cara ahora que perdí el trabajo?
Me senté en una de las bancas que ofrecía la parada de autobús. Suspiré y me tapé la cara. Estaba en una situación desesperada. Sin trabajo, sin dinero con el que pagar el tratamiento de mi hermana. Soy un fracaso como hermano mayor.
—Vaya, hombre. Te ves un desastre— dijo una voz al lado mío.
Miré a mi izquierda y casi me caigo de la banca al notar que había alguien al lado mío. Era un hombre más o menos de mi edad, cuando nuestras miradas se cruzaron, pude notar que había algo diferente en él: tenía el cabello de color blanco, solo que no era teñido, era su color natural por más raro que parezca. Tenía la cara libre de granos, rasguños o cicatrices. Sus facciones eran perfectas y tenía las irises de un color verde puro. Parpadeó dos veces, luego contuvo una risa. Arqueé una ceja por ello, luego me levanté.
— ¿Qué es tan gracioso?
—Deberías haber visto tu cara— dijo echándose a reír—. No tenía precio.
Levanté las cejas.

—Sí, ríete todo lo que quieras— dije volviéndome a sentar, apoyando mi cara sobre mi mano—. Al menos tú si tienes un buen día.
Me miró detenidamente, dejando de reírse.
— ¿Problemas?— preguntó, como si supiera cuales eran.

—Varios— contesté.
El chico sonrió, luego se levantó de la banca metiendo sus manos en sus bolsillos.
—No te preocupes Natsu, todo problema tiene solución, solo hay que ser pacientes.
Me guiñó el ojo y luego comenzó a alejarse.
Me quedé mirándolo por unos segundos, luego parpadeé.

—Espera... ¿cómo sabes mi nombre?

... ... ...
Cuando llegué a casa, no pude creer la escena que había delante de mis ojos. El tío Joey estaba sentado en el sofá, tomando una taza de café, con los ojos cerrados.
Miré a mí alrededor, pero Wendy no estaba en ningún lado. Joey me miró con aquellos ojos penetrantes que siempre odié.

— ¿Dónde está Wendy?— pregunté sin rodeos.
— ¿Esas es manera de saludar a tu tío?— preguntó, bajando la taza en la mesa.
Wendy entró a la sala, con un plato lleno de Cupcakes.
Arqueé una ceja al verla. Se veía algo pálida, con la respiración entrecortada. Estaba templando, como si afuera hiciese mucho frío, pero en realidad la sensación térmica estaba por encima de los veinticinco.

—Natsu— dijo sorprendida—. Creí que seguirías en el trabajo.

No respondí. Miré con el rabillo del ojo a Joey, no podía decir que me habían despedido frente a él.

—Me dieron... el día libre.
Wendy bajó el plato en la mesa. Su mano estaba temblorosa, por lo que algunos pastelillos cayeron en la mesa, pero los levantó rápidamente.
—Me alegro— dijo sonriéndome—. ¿Quieres tomar café?
Miré detenidamente a Joey
— ¿Qué hace él aquí?
Joey agarró un Cupcake y se lo llevó a la boca.
— ¿No puedo saludar a mis sobrinos?
Sonreí despectivamente. ¿Estaba hablando en serio?
—No te hagas el tío bueno con nosotros— espeté—. Ya hace tiempo que dejé de llamarte tío.

Joey dejó el pastelillo nuevamente en la mesa. Miró a Saly y le dedicó una sonrisa. Me dio ganas de darle un puñetazo, nunca antes nos había visitado cuando nuestros padres estaban vivos, nunca había venido a alguno de nuestros cumpleaños, nunca había llamado para felicitarnos, ¿y ahora viene a casa como si nada?
—Wendy, ¿puedes dejarnos a tu hermano y a mí solos por unos minutos?
Wendy me miró algo nerviosa. Miré a Joey detenidamente, luego asentí a mi hermana. Quería escuchar lo que Joey tenía que decirme.
Wendy titubeó, pero luego salió de la sala, cerrando la puerta para darnos más privacidad.

— ¿Qué quieres?— pregunté, sentándome frente a él—. Ve al grano.
—Quiero llevarme a Wendy.

Parpadeé, desconcertado por lo que acababa de decir. ¿Llevar a Saly? ¿Es en serio?
—Ni loco— negué en seguida—. Si crees que dejaré que te lleves a mi hermana...
—Escucha, Natsu— el semblante de Joey era completamente serio, como si estuviera decidido a no cambiar de parecer—. Mañana cumples tu mayoría de edad, ya vas a ser un adulto ante los ojos de la ley, no puedo obligarte a venir conmigo, pero con Wendy es otra historia—. Hizo una pausa, como si esperara a que hablase, pero no lo hice, decidí dejar que termine de hablar—. No puedes pagar el estudio de tu hermana, mucho menos su tratamiento.
—Tengo un trabajo— dije seriamente.
—Con el sueldo a penas te alcanza para comprar comida. ¿Qué hay de la luz, del agua, de todos los demás gastos? Natsu... piensa en tu hermana.
Apreté los puños. No quería escuchar sermones de alguien como él. Alguien que nunca pensó en nosotros como familia. Wendy es la única familia que me queda, me rehusaba a perderla, pero... en parte Joey tenía la razón, no quiero que mi hermana muera por mi culpa, no la quiero ver sufrir de nuevo pero tampoco quiero que la alejen de mí.
—Encontraré la forma de cuidarla. Buscaré otro empleo, dos, tres, una docena si es necesario, pero no la perderé.
Joey me miró seriamente, luego ensombreció la mirada.
—Solo estás siendo egoísta.
— ¡Cállate!— grité enojado—. ¡Si tanto te importamos, ¿por qué nunca antes nos visitabas?! Nadie me alejará de Wendy...
La puerta de la sala se abrió.
Abrí los ojos de par en par al ver el estado de mi hermana: estaba mucho más pálida que antes, casi parecía un papel. Su rostro estaba perlado de sudor y el cuello de su remera estaba empapado. Su respiración estaba aún más entrecortada, tanto que parecía que le dolía al respirar.

—Natsu...— dijo apoyándose por la puerta—. A-ayuda...
En ese momento, cayó al suelo, inconsciente.
— ¡Wendy!— grité, corriendo a socorrerla. La agarré entre mis brazos—. ¡Rápido, llama a una ambulancia!— le grité a Joey. Joey agarró su celular rápidamente y marcó a un número a las apuradas. Las lágrimas comenzaron a precipitarse en mis ojos.
—Wendy, resiste, ¿me oyes?

Pero lo más preocupante comenzó a ocurrir, un hilo de sangre comenzó a escurrirse de su boca y nariz.

Continuará…