Disclaimer: los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.

Baile peligroso

Capítulo seis: Recuerdos


Habían pasado dos meses desde que Kagome había ido al concierto. Y desde que Inuyasha la había besado en aquella fría noche de junio y la había dejado pensando continuamente en él, se había sentido vacía y fría. Kagome nunca olvidaría lo que había sentido cuando estuvo en el escenario entre los fuertes brazos de Inuyasha o cuando estaba bailando arrimada a él a propósito para ponerle "recto". Cuando había estado con Inuyasha aquella noche de junio, había sentido calidez, se había sentido plena… completa. Últimamente no se había sentido así. Cuando la había dejado aquella noche junto al coche, había parecido como si se estuviera llevando consigo un trozo de su corazón. Y si él no estaba con ella, sin ese trozo de su corazón que se había llevado consigo, no se había sentido igual. No estaba… completa.

Ahora era finales de agosto y todo el mundo se estaba preparando para los vientos fríos que se acercaban. También se estaba acercando el final del verano y todos temían el día en que tendrían que volver al colegio. Bueno, todos excepto Kagome. Se había graduado el año pasado y no le preocupaba demasiado. Pero lo que sí le preocupaba era su trabajo. Dos años antes, se había adaptado a un trabajo en una taberna a un par de manzanas de su casa poco después de conocer a Sakura y a Daisuke. Por no mencionar a la camarera, Keiko.

Se llevaba muy bien con Keiko. De vez en cuando, cuando Kagome tenía un descanso en el trabajo -bailaba en la taberna- iba a hablar con Keiko y ella le hacía su bebida alcohólica favorita, un Saltamontes. Y así, Kagome se sentaba en la barra, bebiendo su Saltamontes, charlando felizmente con Keiko que bebía vino de frambuesa frío de su nevera personal. Y cuando a Kagome le tocaba levantarse y volver a bailar, empezaba a sacar su dinero, pero Keiko siempre la detenía y le decía: "Nah, guárdate ese dinero, Kagome. Invita la casa." Y luego le dirigía una sonrisa. Kagome siempre intentaba pagarle, pero ella no aceptaba el dinero. Así ahora, hoy, Kagome se había rendido con lo de intentar pagarle. Kagome le dirigía una sonrisa cálida y tranquilizadora, luego se subía al pequeño escenario y bailaba al ritmo de la música que sonaba.

A Kagome le encantaba su trabajo. Cada vez que se subía al escenario, le recordaba al concierto y a un cierto hanyou con orejas de perro. A veces incluso fingía que volvía a estar bailando encima del escenario, bailando entre los brazos de Inuyasha y deleitándose en la sensación de sus fuertes brazos a su alrededor. Pero ella sabía que nunca volvería a experimentar eso. Había estado esperando durante dos meses para que esas cuatro palabras que le había dicho se hicieran realidad:

Te veo luego, Kagome.

Pero sabía que eso no pasaría nunca. Dudaba que se acordara de ella, aunque hubiera dicho que nunca la olvidaría.

Así que, bueno, había sido por eso por lo que no había dudado en ponerse a bailar en el escenario delante de millones de personas. Tenía experiencia bailando delante de mucha gente en la taberna. También era una bailarina experimentada. A los siete años, había empezado a ir a clases de baile. A medida que pasaban los años, alcanzaba más y más experiencia. Y finalmente, a los quince años, decidió dejar de ir a esas clases y poner a prueba su experiencia. Así que puso anuncios en los periódicos, repartió folletos en cada tienda que conocía que tenía clientes por el día y en restaurantes. Al fin, unas dos semanas después, recibió una llamada diciéndole que un festival necesitaba a una mujer joven para entretenimiento no muy lejos de donde vivía. Kagome dijo que estaría encantada de cubrir su necesidad de bailarina y les pidió indicaciones para llegar al festival. Las anotó, colgó el teléfono, corrió a junto de su madre y le contó las noticias. Su madre estaba abrumada de la felicidad porque su hija al fin obtuviera respuesta a sus anuncios y folletos. La Sra. Higurashi dijo que la llevaría al festival. Kagome aceptó, guardó sus materiales de baile y, antes de darse cuenta, iba en camino a bailar delante de doscientas personas, o más. Y cuando pensó que había terminado, no era así. La gente quería un bis. Así que terminó bailando unas cuantas horas más. Y cuando estaba segura de que había terminado -y había terminado- la persona que la había contratado le dio cien dólares. En principio, iba a darle cincuenta, pero como había terminado haciendo horas extra, no pudo evitar sentirse un poco culpable porque él también había querido más, así que le dio cincuenta dólares de más. Kagome le dio tanto las gracias que pensó que nunca podría volver a decir "gracias".

Cuando llegó esa noche a casa, era poco después de medianoche y Kagome guardó su dinero en un lugar seguro, luego se fue directa a la cama. De ahí en adelante, decidió vivir de bailar en fiestas, festivales, concursos de baile, etcétera… Y eso es lo que nos trae de vuelta a su trabajo. La taberna de algún modo había descubierto que era una bailarina experimentada y la había llamado para una entrevista para ver lo que podía hacer. Después de que la vieron bailar, quisieron contratarla y Kagome aceptó el puesto encantada y ha estado trabajando ahí los últimos dos años.

Lo cual nos trae de vuelta a donde está hoy. Ya no vivía con su madre, su hermano y su abuelo. En cambio, vivía en su propio apartamento a unas manzanas de su familia. Al ganar dinero con su trabajo no tenía ningún problema para pagar las facturas y la hipoteca. La única compañía que tenía era la de su gato gordo, Buyo. Su familia iba a verla de vez en cuando, pero muy pocas veces. Aparte de eso, no tenía ningún problema con vivir sola.

Eran las diez y media de la noche y Kagome acababa de terminar su turno en la taberna. Caminaba por la calle con el cambio de ropa que se había llevado, una camiseta roja sencilla con una chaqueta vaquera clara por encima y unos vaqueros oscuros con unas zapatillas blancas. Llevaba su ropa de baile y sus accesorios en su mochila amarilla. El frío aire nocturno se sentía bien en su cara mientras giraba en la esquina que daba a la calle de su apartamento. Mientras andaba por la calle, no pudo evitar notar que algunos transeúntes la miraban con una sonrisa en la cara como si fuera alguna especie de bombón. Kagome simplemente puso los ojos en blanco y siguió adelante. Un chico incluso se atrevió a tocarle el culo, pero Kagome se dio la vuelta y le dio una patada en sus partes. El chico se encogió en posición fetal, sujetándose.

Ella le sonrió.

—Lo siento, pero esta noche no vas a tener mi culo. ¿Por qué no vas a pedírselo a Kikyo, la puta del vecindario? Ella estaría más que dispuesta a hacerte algo, eso es seguro. Y con eso, se dio la vuelta y se dirigió una vez más hacia su edificio de apartamentos.

Abrió las puertas dobles y entró.

El chico de la recepción alzó la cabeza de la revista que estaba leyendo y saludó a Kagome con una sonrisa.

—Hola, Kagome. ¿Vuelves del trabajo? preguntó.

Kagome le correspondió a la sonrisa.

—Hola, Hojo. Sí, vuelvo del trabajo. Y déjame decirte que estar desde las seis y media hasta las diez y media cansa que no veas. Estoy exhausta suspiró.

Hojo se rió.

—Claro que cansa. Bueno, bienvenida a casa.

Ella sonrió.

—Gracias, Hojo. Buenas noches y hasta mañana. Se despidió con la mano mientras se dirigía hacia el ascensor.

Él le devolvió el gesto.

—Buenas noches, Kagome. Hasta mañana.

Pulsó el botón del ascensor, minutos después se abrió y Kagome entró, luego pulsó el botón del número tres de la pared. Las puertas se cerraron y Kagome soltó un suspiro de alivio, apoyándose contra la pared. El ascensor dio una sacudida y empezó a ascender hasta la planta indicada. No se dio cuenta del chico que también estaba en el ascensor con ella hasta que sintió que la miraba. Miró a su derecha y vio a un chico de unos quince años mirándola con la boca abierta. Ella intentó ignorarlo, pero fue inútil. Al final, soltó un suspiro irritado y fulminó al chico con la mirada.

—Tú sigue mirando, puede que haga un truco de magia dijo sarcásticamente en tono áspero.

Después de oír eso, el chico giró rápidamente la cabeza, mirando la pared que estaba delante de él con un sonrojo en sus mejillas.

Kagome puso los ojos en blanco y soltó un pesado suspiro.

Finalmente, después de lo que parecieron horas, el ascensor se detuvo en la tercera planta. Las puertas se abrieron y Kagome salió del ascensor y se dirigió al apartamento número 364, su apartamento. Cuando llegó, vio que tenía una nota pegada en la puerta. Kagome la arrancó y leyó lo que ponía.

Kagome:

Espero que te hayas divertido en el trabajo. ¿Qué te parece si salimos alguna vez a cenar? Invito yo. Llámame cuando quieras y dame una respuesta. Espero que sea sí. Hablamos mañana.

Hojo

Kagome se rió para sus adentros mientras metía la nota en su bolsillo.

—Relájate, Hojo. Sólo te veo como amigo, nada más.

Jugueteó con el llavero hasta que encontró la llave de su apartamento, la introdujo en la cerradura, la giró y abrió la puerta de su casa. Cerró la puerta detrás de ella y dejó su mochila en el suelo, luego se sacó los zapatos.

—Ah, es bueno estar en casa.

Sin preocuparse de encender las luces, fue hasta su habitación y se tiró en la cama.

—Mmm…cama… Cerró los ojos, sólo para tener que volverlos a abrir.

—¿Tengo mensajes?

Después de unos minutos debatiendo sobre si mirar o no sus mensajes, soltó un pequeño gruñido mientras se incorporaba y gateaba por la cama hasta su mesilla de noche donde estaban su teléfono y su contestador. Pulsó el "play" del contestador.

Piiiiiiii.

—22:48. No tienes mensajes sonó la voz informatizada.

Kagome arqueó las cejas.

—Mmm. Bueno, eso es una novedad. Se encogió de hombros. Bien. No voy a quejarme. Y con eso, se tiró otra vez en la cama y se durmió en cuanto su cabeza tocó la almohada.

—Maldición, Kouga, ¡arrastra tu culo hasta aquí! retumbó la voz de Inuyasha por la grande y lujosa habitación de hotel.

Kouga brincaba por la habitación, riéndose como una colegiala mientras ondeaba la ropa de Inuyasha en el aire.

Inuyasha acababa de salir de la ducha y estaba de pie en la puerta del baño sólo con una toalla alrededor de su cintura.

El lobo lo ignoró y siguió dando saltitos por la habitación como si fuera idiota.

Inuyasha terminó hartándose. Gruñendo en voz baja, salió disparado de la entrada con un fuerte agarre sobre su toalla y empezó a perseguir a Kouga por la habitación.

Sesshomaru simplemente puso los ojos en blanco y volvió a ponerse a leer su libro en una de las camas de tamaño extra grande.

Naraku los ignoró y procedió a ajustar su batería y a asegurarse de que funcionara todo.

Miroku, que estaba sentado en el mullido sofá, simplemente los observó y se rió del entretenimiento que tenía delante.

Inuyasha iba a la cola. Literalmente. Una vez que se le acercó lo suficiente, le agarró la cola y tiró fuertemente hacia atrás, haciendo que Kouga gritara de dolor y cayera hacia atrás sobre su trasero.

—Maldición, Kouga. Sé que estás borracho, ¿pero tenías que robarme mi ropa? preguntó con brusquedad, mirando con enfado al cantante.

Kouga lo miró con la mirada vacía, luego le dirigió una sonrisa, mostrando sus colmillos.

—Eh, je, je…

Pum.

El intoxicado lobo se desmayó en el suelo en un sopor de borracho, muerto para el mundo.

Se oyeron numerosas risas en la habitación de hotel.

Inuyasha siguió mirándolo un poco más y luego soltó un suspiro irritado. Se dio la vuelta, dirigiéndose hacia el baño y murmurando:

—Maldito lobo, sabe perfectamente cómo cabrearme… Cerró la puerta del baño de un portazo.


Kagome caminaba por una calle oscura vestida con un vestido de flores blanco y liso que terminaba a la altura de sus tobillos, nada protegía sus pies descalzos. La calle estaba a oscuras y sombría, y parecía haber una espesa y grisácea neblina rodeándola. Estaba sola.

O eso pensaba ella.

Una figura oscura la estaba siguiendo silenciosamente, ocultándose en la oscuridad de la niebla.

Kagome siguió andando. No sabía por qué, pero sentía que necesitaba llegar al final de la calle para encontrar lo que estaba buscando.

El único problema era… que no sabía qué estaba buscando.

Pero siguió caminando, teniendo el presentimiento de que lo que fuera que estuviera al final de la calle le haría sentir cálida y completa.

La figura oscura continuó persiguiéndola, sus intensos ojos rojos observaban cada movimiento suyo.

Mientras Kagome avanzaba, veía que una figura delante de ella empezaba a adoptar la forma de un hombre.

Sonrió y caminó un poco más deprisa.

Kagome vio que el hombre estaba de pie y parecía que tenía el pelo largo.

Caminó más rápido.

Sí, el hombre tenía el pelo largo y le llegaba hasta la cintura. Estaba de espaldas a ella.

Kagome ahora estaba corriendo.

El hombre tenía dos cosas puntiagudas en lo alto de su cabeza, pero Kagome todavía no conseguía descifrar qué eran.

Kagome corría hacia él con un brazo extendido, pronunciando un nombre desconocido que no podía oír.

La figura oscura se acercaba…

Aunque Kagome estaba corriendo, no parecía acercarse más al hombre.

La malvada criatura decidió moverse. Se puso detrás de Kagome y la agarró por el cuello con una mano áspera.

Kagome paró de correr y dio un grito ahogado mientras giraba con rapidez. Se encontró mirando a dos grandes ojos de color rojo sangre. Eso era todo lo que podía ver.

¿O era todo lo que tenía la criatura?

Mientras Kagome tenía la mirada fija en los ojos de la criatura encubierta con el rostro lleno de miedo algo… alguien empezó a tomar forma en sus ojos rojos como la sangre.

Era él.

Lágrimas no derramadas escocían en las esquinas de sus ojos mientras lo observaba padecer una muerte horrible en los ojos rojos de la oscura criatura…

Pronunció por última vez el nombre desconocido…

¡Inuyasha…!

Kagome se despertó sudando frío. Respiraba pesadamente y descubrió que estaba temblando. Miró su despertador digital.

00:18

Kagome gruñó y se pasó una mano por su pelo negro, humedecido por el sudor. Salió de la cama y se dirigió tranquilamente al baño. Abrió el grifo y se echó un poco de agua en la cara, luego levantó la cabeza y se miró en el espejo. Estaba pálida como un fantasma. Kagome respiró con brusquedad.

—Necesito aire fresco.

Salió corriendo del baño y cogió la chaqueta vaquera que había tirado en la mesa cuando había llegado a casa, se puso los zaparos y salió por la puerta diciendo:

—¡Volveré pronto, Buyo! —Luego cerró la puerta.

—Miau.


No podía dormir. Demonios, ya no podía dormir. Habían pasado dos meses desde el concierto y ella seguía en su mente. Nunca parecía irse.

Inuyasha suspiró y se incorporó en la cama extra grande. Esa noche tenía la cama para él solo ya que Kouga todavía estaba tirado en el suelo porque nadie se había preocupado de moverlo. Miró a su derecha a Miroku y Sesshomaru, que compartían la otra cama grande. Naraku estaba durmiendo en el sofá porque le tocaba.

Inuyasha volvió a suspirar y dejó colgar las piernas por el borde de la cama, sus vaqueros negros flojos hicieron un ligero frufrú con el movimiento. Se pasó una filosa mano por su revuelta melena plateada, recogió su camiseta del suelo y se la puso. Cogió sus zapatillas y también se las puso, levantándose de la cama y esquivando la forma inconsciente de Kouga antes de dirigirse hacia la puerta. Cogió su chaqueta del respaldo de la silla y procedió a abrir silenciosamente la puerta, agradeciendo la oscuridad que lo recibió. Al menos nadie me reconocerá en la oscuridad, pensó Inuyasha, cerrando la puerta con un suave "clic" y dirigiéndose hacia la entrada del hotel.


Después de unos quince minutos de caminata, Kagome se encontró con que sus pies la habían conducido al parque. Asintió con la cabeza en aprobación. El parque era el sitio perfecto para pensar. Gracias a la luna llena, Kagome tenía al menos una fuente de luz para ver por dónde iba. Suspirando suavemente, continuó hasta que estuvo en la zona de juegos del parque, se sentó en uno de los dos columpios de la parte de atrás. Era un parque sencillo, con un tobogán, un tiovivo, balancines, cajón de arena, barras y una charca. Era un parque muy viejo y gran parte del metal con el que se habían hecho las atracciones estaba marrón y oxidado. Sin embargo, a Kagome le gustaba.

Sentada en el columpio, Kagome se dio cuenta de que le traía recuerdos de la infancia. Alzó las manos, agarró las dos cadenas oxidadas que sujetaban el columpio y empezó a balancearse con las piernas, columpiándose ligeramente. Su primer novio le había pedido para salir en ese columpio. Kagome suspiró mientras recordaba cuando tenía doce años.

Kagome estaba en el parque, vestía un vestido veraniego azul y liso, estaba sentada en uno de los dos columpios de la parte de atrás. Alzó la cabeza y vio que un buen amigo suyo, Kurama –de pelo rojo e impresionantes ojos verdes– iba hacia ella, su expresión era una mezcla entre nerviosismo y confianza.

Deteniéndose delante de su amiga, Kurama respiró hondo antes de sonreírle tímidamente a la chica del columpio.

Kagome le devolvió la sonrisa.

Hola, Kurama. —No entendía el ligero sonrojo que teñía sus mejillas y ladeó ligeramente la cabeza.

El sonrojo de Kurama se oscureció un poco antes cogerla de la mano, dándole un apretón.

Kagome, eres muy amiga mía y me gustas… mucho. —Apartó la mirada con timidez—. Hay… algo que me gustaría preguntarte —dijo con timidez, esperando que no lo rechazara.

La Kagome de doce años parpadeó y asintió, una pequeña sonrisa adornaba sus labios.

Vale Kurama, dispara.

Tragando el nudo que se le había formado de repente en la garganta, Kurama se volvió hacia ella y la miró a sus brillantes ojos chocolates con sus brillantes ojos verdes. Inhaló lentamente y le sonrió cálidamente.

Kagome… quieres… ¿quieres ser mi novia? —preguntó Kurama en voz baja, la esperanza brillaba en sus ojos jade.

Kagome ahogó un grito y se sonrojó.

Ser tu… ¿novia? —repitió, una sonrisa pequeñísima jugueteaba en sus labios. Ante el asentimiento de Kurama, la pequeña sonrisa de Kagome se convirtió en una sonrisa completa y se lanzó a sus brazos, abrazándole con fuerza—. Sí, Kurama. Por supuesto que quiero ser tu novia.

Kurama, sorprendido por su parte de que no lo hubiera rechazado, parpadeó y dejó que la información se procesara en su mente. Había… ¿dicho que sí? ¿Quería ser su novia? Una amplia sonrisa se extendió por sus rasgos, Kurama la rodeó con sus brazos y giró con ella, feliz, provocando risitas en la chica que estaba entre sus brazos.

Te quiero, Kagome.

Yo también te quiero, Kurama.

Su relación había durado tres años y luego Kurama se había mudado a Kioto.

Kagome frunció el ceño. Por supuesto, nunca olvidaría el triste recuerdo que había ocurrido en ese mismo columpio. El día que Kurama se mudaba a Kioto. La había invitado a un pequeño picnic en el parque. Oh, nunca olvidaría la tristeza que llenaba sus ojos mientras le contaba las malas noticias. Kagome simplemente lo miró, sonrió con tristeza y dijo:

—Vale, Kurama. Lo entiendo. Te quiero y siempre lo haré.

Sí, ya. Parecía haber actuado con bastante calma. Pero, por dentro, estaba gritando. Su verdadero amor se iba a mudar.

Kurama le sonrió con dulzura, la atrajo hacia él para darle un abrazo que pudiera recordar y le susurró en el oído:

Siempre te querré, Kagome. No importa lo lejos que estemos, siempre te recordaré. Te voy a extrañar mucho.

Yo también te extrañaré, Kurama —dijo al borde de las lágrimas, pero no iba a dejar que cayeran. No delante de Kurama.

Kurama le dio un último apretón tranquilizador y después salió disparado en dirección a su casa sin mirar atrás.

Después de que estuviera lo suficientemente lejos como para que no pudiera oírla, había caído de rodillas y había llorado sin parar.

Kagome pestañeó para contener las lágrimas no derramadas que amenazaban con caer de sus ojos marrones. Se sorbió una vez la nariz.

¡Deja de lloriquear! Kurama se ha ido, no va a volver nunca y no vas a volver a verle. Al igual que al otro hombre que consiguió capturar mi corazón.


Inuyasha caminaba por la calle con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero. Dejaba que los sonidos de la noche lo relajaran y que la fría brisa nocturna le acariciara la cara y sus rasgos. El ligero céfiro le apartaba de la cara su largo pelo plateado y hacia que sus orejas se movieran ligeramente. Suspiró.

Maldición. ¿Por qué no me la puedo sacar de la cabeza? Ya han pasado dos malditos meses, ¡a la mierda con todo! Ya debería haberla olvidado. Pero… ¿de verdad quiero olvidarla? Digo, esta sensación de vacío que estaba dentro de mí… de algún modo… está llena de pensamientos sobre Kagome. De alguna forma ha conseguido sanar mi corazón al que tanto daño le hizo Kikyo. ¿Cómo? Me revienta.

Se pasó una filosa mano por su sedoso pelo. El viento cambió de dirección y olió el familiar aroma de flores de sakura provenientes del parque. Inmediatamente, sus pensamientos se volvieron a centrar en cuando Kagome y él se habían besado en el aparcamiento del estadio al lado de su coche. Cerró los ojos, recordando la sensación de sus labios suaves presionados contra los suyos, su aroma ascendiendo hasta llegar a sus sentidos y quedándose ahí. Oh, lo que daría por tener esos mismos labios presionados una vez más contra los suyos. Volver a sentir su cuerpo moldeándose contra el suyo…

Abrió los ojos una vez más ante la dulce fragancia de flores de sakura. ¿De dónde demonios venía?

Inuyasha olfateó vagamente el aire, sus orejas se giraban encima de su cabeza como mini radares.

Parecía provenir del parque. Pero… ¿el parque? Inuyasha sabía que las flores de sakura no crecían en ese parque. A lo mejor era alguna clase de perfume…

¿Perfume? ¿Quién estaría fuera tan tarde de noche, nada menos que en el parque, llevando perfume de flores de sakura? La única persona que conocía que tenía ese tipo de perfume era…

Los ojos ambarinos se abrieron como platos. No, no podía ser… ¿verdad? Ni siquiera sabía si vivía en Tokio. Por lo que sabía, bien podría haber viajado desde Kioto. Pero… ¿y si de verdad era ella? ¿Y si de verdad vivía en Tokio? Diablos, que le aspen si de verdad era ella. Y aunque no lo fuera, no iba a dejar pasar la oportunidad de volver a verla. Incluso si eso significaba ser perseguido por un puñado de veloces fans si es que no era ella.

Salió corriendo hacia el parque, la luz de la luna iluminaba su camino.


Kagome se secó las lágrimas que rodaban por su cara y alzó la mirada hacia el cielo azul oscuro lleno de estrellas. Cerró los ojos y recordó su primer beso… compartido con Inuyasha. La sensación de sus labios presionados contra los suyos era de pura felicidad. Adoraba la forma en que encajaba tan bien con el cuerpo de Inuyasha. Era como si estuviera destinada a estar allí. La forma en que su lengua había acariciado la suya, con tanta delicadeza… Oh, cómo deseaba volver a sentirlo. Cómo deseaba que presionara su cuerpo con el de ella y que la besara sin descanso. Pero sabía que eso nunca pasaría. Él era un cantante famoso, ¡por Dios! Probablemente no iba a volver nunca a Tokio. Cómo deseaba que eso no fuera verdad. O las revistas ocultaban algo a los de Tokio, o la banda simplemente quería mantener su localización en secreto si es que de verdad estaban en Tokio. Resopló. Lo dudo. No pueden estar aquí… no puede estar aquí.

Estrella.

Superestrella.

¡Maldición! Parecía que todo lo que miraba le recordaba a él. Incluso el perfume de flores de sakura le recordaba a él. Debía de haber quedado algo del olor del perfume en su ropa de cuando se lo había echado después de su turno en la taberna. No le sorprendía que todavía oliera. Después de todo, no se había quitado la ropa cuando se había ido a la cama. Y era exactamente el mismo perfume que llevaba puesto cuando la había besado.

Volvieron a empezar a escocerle lágrimas no derramadas en sus ojos.

—¿Dónde estás, Inuyasha? Vuelve conmigo. No estoy completa sin ti…


Inuyasha, con los ojos bien abiertos y la boca abierta, fijó la mirada en la chica que había plagado su mente de pensamientos sobre ella.

Era ella. Diablos, de verdad era ella. Pensaba que no iba a volver a verla, pero aquí estaba, en mitad de la noche, sentada en un columpio en el parque de Tokio.

¿Es esto un sueño? ¿De verdad estoy mirando a la chica que ha estado en mi mente continuamente durante los últimos dos meses? No, esto no puede ser un sueño. No sientes dolor en un sueño. Mi corazón me ha dolido desde que dejé Tokio aquel día y sigue doliéndome ahora.

Quería llamarla, correr hacia ella, rodearla con sus brazos y no soltarla nunca, por miedo a que si lo hacía, volvería a perderla.

En cambio, sonrió para sus adentros y dio un rodeo por el parque para que ella no lo viera y se le acercó silenciosamente por la espalda, teniendo cuidado de que ella no le diera una patada cuando se columpiara hacia atrás.

Kagome se estaba columpiando un poco. Tendría que irse pronto a casa. Probablemente sería alrededor de la una. Pero decidió columpiarse un poco, porque sí. No iba demasiado rápido. Simplemente se balanceaba lentamente de delante atrás.

Se columpió hacia atrás y esperaba volver hacia delante. No lo hizo.

—¿Eh? ¿Pero qué…?

Se dio la vuelta para ver cuál era la fuente del problema… y dio un grito ahogado.

Dos manos con garras estaban sujetando las cadenas del columpio, evitando que volviera hacia delante.

Él le sonrió.

—¿Necesitas un empujón?


Mil perdones por la tardanza, de verdad. He estado muy ocupada últimamente, lo siento mucho. Espero que os guste el capítulo y muchas gracias por todos vuestros reviews.