Disclaimer: los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.
Baile peligroso
Capítulo ocho: Ven conmigo
Cuando al fin llegaron al apartamento de Kagome, ésta le enseñó su pequeño hogar a Inuyasha. Pasaron fácilmente junto a Hojo ya que se había quedado dormido sobre el escritorio, para alivio de Kagome e Inuyasha. Cuando Inuyasha dijo que probablemente debería volver a hotel, Kagome dijo que era muy tarde para andar por la calle, así que insistió en que se quedara allí a pasar la noche y que volviera por la mañana. Inuyasha aceptó encantado. Y, de algún modo, Kagome estaba igual de feliz que él. Entonces, Kagome sacó la cama que estaba escondida dentro de su sofá y le puso unas mantas y unas almohadas. Antes de que se fueran a la cama, Inuyasha le dio un abrazo de buenas noches a Kagome y luego se tumbó en el sofá-cama. Kagome le dio las buenas noches y se fue a su cama.
Ahora Kagome estaba en su cama, con su sedoso pijama azul, sumida en sus pensamientos.
—Tienes una buena casa, Kagome. Pero en serio que debería volver al hotel. Si Sango descubre que no estoy, se pondrá hecha una furia.
¿Volver? Pero me prometió que nunca me dejaría… Aunque supongo que tiene que volver. No puede quedarse en mi apartamento. Aunque ojalá pudiera. ¡Un momento! ¿En qué estoy pensando? No puede quedarse en mi apartamento, sin importar lo mucho que desearía que pudiera. Algún día tendrá que ir a casa. Pero aun así… me lo prometió. A menos que tenga algún tipo de plan formado en su cabecita para no dejarme, tendré que dejar que se vaya. Bostezó. Ya pensaré en esto por la mañana. Ahora quiero dormir…
Se tumbó en la cama y cayó en un sueño profundo.
Tumbado sobre su espalda en el sofá convertido en cama, con las manos haciendo de almohada para su cabeza mientras miraba sin expresión el oscurecido techo, sus orbes ambarinas parecían no tener ninguna emoción mientras recordaba sus palabras anteriores.
—Tienes una buena casa, Kagome. Pero en serio que debería volver al hotel. Si Sango descubre que no estoy, se pondrá hecha una furia.
¿Por qué demonios dije eso? Le prometí que nunca la dejaría. Pero tampoco puedo quedarme aquí. Pero no quiero romper mi promesa. Cielos, estoy tan confundido. No importa lo mucho que quiera quedarme aquí con Kagome, no puedo. Tengo amigos en casa, trabajo que hacer y tengo que ayudarle a Sesshomaru a pagar la hipoteca de nuestra casa de Hiroshima. No se alegrará si lo dejo para que lo pague todo él. Suspiró. Maldición, ¿qué voy a hacer? No tengo ni idea de cuánto vamos a quedarnos en Tokio y necesito tiempo para averiguar cómo voy a no abandonarla. Su cabeza empezó a latirle con fuerza. Arg… me está empezando a doler la cabeza con toda esa mierda confusa. Ya pensaré en algo por la mañana… y con eso, Inuyasha cerró los ojos y cayó en un sueño profundo.
Kagome se despertó cuando los rayos de sol llegaron hasta ella desde la ventana de su habitación. Abrió los ojos, parpadeó un par de veces para aclarar la vista, y apartó las sábanas. Se incorporó y estiró brazos y piernas, luego miró el reloj.
9:02
Suspiró, bostezó, sacó las piernas de la cama y se fue al baño. Cuando terminó sus deberes matutinos en el baño fue del pequeño vestíbulo hasta el salón. Miró hacia el sofá convertido en cama y soltó una risita al ver la posición en la que estaba Inuyasha. Estaba al revés con mitad de su cuerpo en la cama y la otra mitad colgando. Su cabeza descansaba en una almohada en el suelo y sus piernas estaban extendidas sobre la cama. Sus brazos también colgaban de la cama, balanceándose cerca de su cabeza. Le sonrió, fue hacia la cocina y empezó a hacer torrijas.
Inuyasha se despertó con el delicioso aroma de lo que parecían ser torrijas.
Olfateó delicadamente el aire. Sí, definitivamente eran torrijas. ¿Y eso era canela?
Abrió un ojo y luego el otro, y se dio cuenta de que estaba al revés.
—¿Pero qué…? ¡Cómo demonios acabé del revés! —Puso las manos en el suelo y empujó, provocando que medio hiciera el pino. Perdió el equilibrio y cayó de lado.
—¡Ahhhhhh! —gritó Inuyasha y luego cayó al suelo—. Arrrrrrgg… —masculló contra el suelo.
Kagome, al oírlo hablar, corrió hacia el salón justo a tiempo para ver a Inuyasha medio haciendo el pino y luego cayendo al suelo.
Se dobló de la risa y pronto estuvo acompañando a Inuyasha en el suelo.
Gruñendo, Inuyasha se levantó y se estiró. Bostezó y miró a Kagome, que seguía riéndose histéricamente.
—Keh. No fue tan gracioso —gruñó, cruzándose de brazos y apartando la mirada.
—¡Sí… que… lo… fue! —consiguió decir Kagome entre risas.
Inuyasha gruñó y fue hacia ella, deteniéndose delante de ella con expresión de enfado.
Kagome se tranquilizó un poco y su casi histérica risa se convirtió en pequeñas risitas. Con una sonrisa adornando sus labios, se levantó del suelo y se puso de pie delante de Inuyasha.
—Chico, Inuyasha, eso fue genial. No recuerdo la última vez que me reí así —le informó Kagome, colocándose el pelo con otra risita.
Él entrecerró los ojos.
—Me alegro de ser tu entretenimiento.
Kagome se rió por lo bajo.
Eso fue seguido de una pausa tensa y Kagome se sonrojó y bajó la cabeza, mirando hacia el suelo. Inuyasha sintió que ella se sentía incómoda con el continuo silencio entre ellos y él no quería que se sintiera incómoda con él, así que rompió el silencio.
Olfateó el aire.
—Mmm. Huelo torrijas. —Volvió a olfatear el aire—. Torrijas de canela. —Sonrió lobunamente.
Kagome alzó la cabeza con una sonrisa en los labios.
—Sí. Torrijas. Es mi especialidad. ¿Tienes hambre?
Inuyasha soltó una risotada.
—Oh sí.
Kagome se rió y lo condujo a la cocina donde sacó un plato, tenedor y un poco de sirope de arce, se los dio a Inuyasha que se puso cómodo en la barra, sentándose en uno de los taburetes. Kagome cogió una espátula y sacó la torrija de la sartén, caminó hacia Inuyasha y dejó la torrija en su plato. La estrella del pop se echó un poco de sirope y empezó a comer. Kagome cogió café para los dos y se sentó enfrente del hanyou que se encontraba comiendo en la barra y luego empezó a leer el periódico, sorbiendo lentamente su café. Bueno, lo estaba leyendo, pero no podía hacer que las palabras que estaba leyendo se quedaran en su mente. Su mente estaba vagando por otro lado.
Después de que termine de comer, probablemente tenga que volver al hotel en el que se aloja… Kagome se sentía un poco triste, pero luego se le ocurrió otra cosa que hizo que se animara un poco. Un momento… ¿quién dice que tenga que quedarse en el hotel? A lo mejor puede ir allí, decirles a Sango y a sus amigos que se va a quedar en otro sitio durante el tiempo que le quede en Tokio y ¡luego puede volver aquí y quedarse conmigo! Sí, al fin lo había solucionado.
Oh… un momento. ¿Qué va a pasar cuando tenga que irse? Está claro que no va a llevarme con él a dondequiera que vaya. ¿No? Hizo una pausa. No, por supuesto que no. Pero me prometió que no me dejaría nunca, y aun así probablemente esté pensando en cuándo se va a ir de aquí… dejándome… Suspiró y le dio un lento sorbo a su café.
Inuyasha observó a Kagome mientras "leía" el periódico. Inclinó la cabeza y miró su desayuno a medio comer.
¡Piensa, Inuyasha, piensa! ¿Qué voy a hacer? Le prometí que no la dejaría, ¡y me iré al infierno antes de hacerlo! ¿Pero cómo? Podría decirles a los demás que voy a quedarme en otro lado durante el tiempo que nos quede en Tokio. ¿Pero qué pasará cuando me vaya? Probablemente cuando lo haga le romperá el corazón. No puedo dejar que pase eso. Verla triste… me partiría en dos. ¿Pero qué otra opción tengo? No puedo llevármela conmigo a dondequiera que vaya… ¿verdad? Mmmm…
Cuando oyó un triste suspiro proveniente de Kagome, salió de su ensoñación y alzó la cabeza. Tenía una mirada distante.
Kagome… lo he decidido. No voy a dejarte.
Justo cuando Inuyasha estaba a punto de decir algo, un zumbido agudo salió de su cintura.
Un poco sorprendida, Kagome dio un saltito, alzó la cabeza del periódico y miró a Inuyasha con unos inquisitivos ojos marrones.
Inuyasha bajó la mirada a su cintura y vio su móvil. Debía de haberse olvidado de quitárselo cuando se había ido anoche a la cama. Lo sacó de la cinturilla de sus vaqueros y miró quién llamaba. Hizo una mueca. Oh, tío… esto no iba a ser agradable. Preparándose, lo abrió y lo sostuvo contra su oreja.
—Soy Inuyasha.
—¡DÓNDE DEMONIOS ESTÁS!
Inuyasha hizo una mueca y sus orejas se aplastaron contra su cabeza, bloqueando el ruidoso chillido de su manager.
Kagome intentó ocultar una risita cubriéndose la boca con su mano, pero fue inútil. Inuyasha la oyó de todos modos y la fulminó con la mirada.
Lentamente, volvió a colocar el teléfono contra su oreja.
—Cielos, Sango, no tienes que gritar. Ya sabes que tengo buen oído —afirmó Inuyasha con brusquedad, metiéndose un dedo en su maltratada oreja como si fuera a limpiarla.
—¿Dónde estás? —repitió Sango.
Él suspiró y se frotó la frente.
—Vale, déjame contarte la historia…
Y así empezó a explicar lo que había pasado y cómo había terminado donde estaba.
Durante todo ese tiempo, Kagome estuvo limpiando la cocina y lavando los platos que había usado para hacer el desayuno.
Y cuando Inuyasha terminó de explicar, dijo:
—Tengo que decirte algo, Sango. —Luego se fue al salón. Kagome tomó eso como una señal de que no quería que ella oyera lo que tenía que decir, así que decidió darse una buena ducha caliente.
Unos quince minutos después…
—De acuerdo, gracias, Sango. Te veo en un rato.
Colgó el teléfono y lo volvió a meter en la cinturilla de sus vaqueros. Volvió a la cocina para darle las buenas noticias a Kagome, sólo para descubrir que no estaba allí. Alzó una delicada ceja. Sus orejas se movieron en direcciones diferentes para ver si podía oír dónde estaba.
Oyó… agua corriendo.
Debe de estar en la ducha, pensó Inuyasha con una sonrisa. ¿Cómo pasó sin que la notara? Je. Chica escurridiza.
Para pasar el tiempo, decidió ver un poco la televisión. Así que volvió al salón, se dejó caer sobre el sofá, ahora normal, y encendió la televisión con el mando a distancia.
Kagome cerró el agua caliente de la ducha y volvió a cerrar la cortina color crema. Estiró la mano hacia el toallero que estaba al lado de la ducha y cogió una toalla blanca y esponjosa, y se envolvió en ella. Al salir de la ducha procedió a secar su pelo húmedo. Suspiró de alegría.
—Ahh… qué bien me sentó esa ducha. Es la primera vez en mucho tiempo que siento el agua caliente en mi espalda y me relajo. —Kagome volvió a suspirar—. Me pregunto si Inuyasha sigue al teléfono. Probablemente no.
Y terminada la ducha, salió del baño, fue hacia el pequeño vestíbulo y se detuvo de golpe al final del mismo.
¡Oh, mierda! ¡Inuyasha está en el salón! ¡Y yo tengo que atravesar el salón para ir a mi habitación!
Kagome observó a Inuyasha por un momento para ver si había sentido u olido que estaba detrás de él. Maldijo mentalmente a la gente que había diseñado su apartamento mientras tragaba el nudo que tenía en la garganta que intentaba cortar su suministro de oxígeno. Él no hizo ningún ademán de mirar detrás de él u oler el aire y ella no vio que sus orejas se movieran, así que no debía de saber que estaba a tan sólo unos centímetros detrás del sofá en el que estaba.
Bien, puede que consiga pasar por su lado muy silenciosamente para que no me vea con nada más que con una toalla. Sí, eso podría funcionar. Vale, pero ¿y si aun así me oye? Después de todo, es mitad perro. ¡A la mierda todo! Solo tengo que intentar entrar sigilosamente en mi habitación. Respiró hondo, pero silenciosamente. Vale, allá voy…
Kagome empezó a andar de puntillas por el salón lo más silenciosamente que pudo, dirigiéndose hacia su habitación donde nadie podía verla desnuda. Sus ojos marrones continuaron mirando hacia las orejas de Inuyasha para ver si se movían en su dirección, todas las veces vio que estaban escuchando atentamente la televisión. Kagome se dio cuenta de que estaba viendo un concurso de trajes de baño. Un concurso de trajes de baño de mujeres. Era de esperar.
Inuyasha sabía que Kagome estaba detrás de él, intentando llegar a su habitación sin que él la viera probablemente sólo con una toalla. Sonrió ante la idea. Estaba fingiendo que no sabía que estaba detrás de él… en toalla. También sabía que Kagome pensaba que no había notado que estaba detrás de él, así que continuó con su pequeño viaje a su habitación. Así que dejó que estuviera en mitad del salón antes de interrumpir su excursión hacia su refugio.
—Si crees que puedes escabullirte de mí, niña, ya puedes pensarlo mejor —dijo con aires de suficiencia y luego la miró por encima del respaldo del sofá con una sonrisa que encajaba con su tono petulante.
Kagome se quedó paralizada y pudo ver la llama de deseo ardiendo en sus ojos dorados, cubierta con un velo de diversión. Sus piernas se tensaron y parecía como si sus pies estuvieran clavados en el suelo. El color abandonó su rostro al ver que Inuyasha se levantaba del sofá y se dirigía lentamente hacia ella.
Kagome estiró un brazo y lo señaló, manteniendo un firme agarre sobre su toalla con la otra mano.
—Quieto. Quieeeeeeto. ¡Siéntate! ¡Haz algo! ¡Cualquier cosa menos andar! —gritó Kagome, todavía señalándolo con un dedo acusador.
Inuyasha simplemente se rió por lo bajo y se detuvo delante de su brazo y su dedo extendido. Frunció ligeramente el ceño.
—No soy ningún chucho sarnoso al que puedas darle órdenes, Kagome —afirmó con voz profunda, mirándola a través de sus ojos medio cerrados.
El dedo acusador de Kagome pasó a descansar debajo de su barbilla mientras ponía una expresión como si estuviera pensando.
—Mmmm… no sé yo. Sí que pareces un chucho.
Luego alzó el brazo hacia su cabeza y empezó a rascarle las orejas.
Él ronroneó.
Ella soltó una risita.
—También suenas como uno. —No sabía que los perros podían ronronear…
Antes de que Inuyasha pudiera dejar de ronronear después de darse cuenta de que lo estaba haciendo, Kagome bajó la mano para que se uniera a la otra que mantenía la toalla asegurada.
Inuyasha vio que Kagome tenía un firme agarre sobre su toalla, podía suponer por qué. Pero aparte de eso, había otra cosa llenando su mente. ¿Por qué demonios había dicho esas cosas?
¿Siéntate? ¿Quieto?
Un momento. Borra eso. Prácticamente era un perro de una forma extraña y perruna.
Inuyasha meneó la cabeza y luego hizo la pregunta que se había hecho minutos atrás.
—Kagome, ¿por qué, exactamente, dijiste "siéntate" y "quieto"? No soy un perro de verdad que ladra, vive y al que nadie entiende, ¿sabes? Entonces, ¿por qué? —preguntó Inuyasha, arqueando una ceja y cruzándose de brazos sobre su musculoso pecho.
Kagome alzó la nariz.
—Bueno, no iba a perder mi dignidad ante un demonio perro. También conocido como tú —informó Kagome, cruzándose de brazos sobre su voluptuoso pecho.
Inuyasha entrecerró sus orbes color miel y se inclinó de forma que sus narices casi se tocaban.
—Nunca me rebajaría tanto como para perder mi dignidad por un asunto como este —afirmó en voz baja, su cálido aliento le producía cosquillas en su piel sensible.
A pesar del estremecimiento de deseo que la atravesó, Kagome entrecerró los ojos e hizo un puchero, frunciendo los labios.
Inuyasha no pudo evitar reírse ante su mohín. Está tan mona cuando hace eso. Sus ojos recorrieron lentamente sus labios llenos y seductores. Por no mencionar tentadores.
Permanecieron así unos segundos más hasta que Inuyasha no pudo soportarlo más. Se inclinó y le robó un beso hambriento.
Kagome abrió los ojos como platos y de su boca se escapó un pequeño jadeo. Y por supuesto, Inuyasha aprovechó para avasallar su boca con su lengua.
¡No me lo puedo creer! Quién se cree que es para… para… ¡besarme de ese modo! ¡Cómo se atreve! Yo… yo…
Los pensamientos de Kagome se desvanecieron lentamente mientras se fundía en su beso, sus ojos se cerraron. Y luego terminó igual de rápido que había empezado.
Inuyasha la miró con una sonrisa de suficiencia plasmada en su cara. No había tenido la verdadera intención de hacer eso. Pero con sus labios llenos y seductores fruncidos de ese modo, había sido tan tentador que no se había podido resistir.
Los ojos de Kagome permanecieron cerrados después del beso y sus labios todavía le hormigueaban por la sensación de sus labios presionados firmemente contra los suyos. Se lamió los labios y luego abrió los ojos. Lo miró con la mirada perdida.
—Has hecho trampa —susurró.
Inuyasha se rió entre dientes.
—¡No sabía para nada que ibas a hacer eso! ¡Lo menos que podrías haber hecho era darme alguna clase de advertencia! —replicó.
Su sonrisa se hizo más grande.
—Pero ¿qué tiene eso de divertido?
Kagome entrecerró los ojos.
—Eres tan impredecible.
Él volvió a reírse.
—Lo sé.
Después de mirarlo un rato, Kagome dejó que una pequeña sonrisa se formara en sus labios.
—Aun así hiciste trampa —le recordó, cruzándose de brazos sobre su pecho cubierto con una toalla.
Inuyasha se encogió de hombros y sonrió.
—¿Qué puedo decir? No juego con reglas.
Ella se rió.
—No, no lo haces. Puedo verlo.
Y con un meneo de cabeza, suspiró y volvió a dirigirse hacia su habitación, pero la detuvo la mano de Inuyasha sobre su hombro. Él le dio la vuelta.
—¿Sí, Inuyasha? ¿Querías algo?
¿Aparte de a ti? Nada. Inuyasha la miró a sus ojos chocolates, las emociones pasaban tan rápido por sus charcas color miel que Kagome descubrió que era difícil descifrarlas todas. Respirando hondo, bajó la mirada hacia ella con el rostro serio y su otra mano se alzó para unirse a la mano que estaba agarrando su otro hombro.
—Kagome… —Hizo una pausa y exhaló, haciendo que sus mechones se alzaran—. Esto está demostrando ser más difícil de lo que esperaba, así que lo diré directamente.
Kagome asintió lentamente, la perplejidad estaba grabada en sus hermosos rasgos.
—Kagome, quiero que vengas conmigo a Kioto.
Lo siento, siento mucho el retraso que llevo con los fics, pero tengo una buena razón: estoy con exámenes. Pero la buena noticia es que termino con ellos relativamente pronto, así que sé perfectamente cuándo será la próxima actualización: el 16 de julio.
Espero que me tengáis paciencia, mis estudios tienen preferencia frente a esto.
Muchas gracias por vuestros reviews, me ha encantado leerlos, espero que me los sigáis dejando. ¡Hasta el día 16!
