Disclaimer: los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.
Baile peligroso
Capítulo nueve: Reunión
—Kagome, quiero que vengas conmigo a Kioto.
Kagome casi dejó caer la toalla cuando oyó esas palabras saliendo de sus labios. ¿Quería que fuera adónde? ¿Con él? Pero, Kioto era donde…
—¿Q-Qué? —El tono fue apenas más alto que un susurro.
Sin embargo, Inuyasha lo había oído claramente. Cogió una de sus manos y la sostuvo con las suyas, sus orbes ambarinos inspeccionaban sus profundidades chocolates.
—Quiero que vengas conmigo a Kioto, Kagome. Te prometí que no te dejaría, y no voy a hacerlo. Kagome, créeme cuando te digo esto por muy cursi que suene: necesito estar contigo. Tú llenas el espacio que hay vacío en mi interior cuando estoy contigo y no voy a dejar que ese espacio vuelva a llenarse de vacío. Tú me completas, Kagome. Y sé que yo también te completo. Sé que puede sonar un poco extraño viniendo de mí, pero no puedo vivir sin ti, Kagome. —Alzó su mano hacia su boca y depositó un suave beso en sus nudillos.
Oh, qué razón tenía. Sí que la completaba. Y ella lo necesitaba a él tanto como él la necesitaba a ella. Prácticamente le había sacado las palabras de la boca para decirlas él.
—Inuyasha… Yo…
En ese momento, fue como si le arrebataran la voz y no pudiera hacer otra cosa que mirarlo.
Inuyasha apretó su mano con cariño.
—Di que sí. Ven conmigo a Kioto. Necesito que estés conmigo. Quiero… quiero… —Suspiró—. Ya no sé ni lo que quiero. Todo lo que sé es que quiero que vayas conmigo. Estoy decidido. Y no aceptaré un no por respuesta. —La miró con ojos suplicantes, entrelazando los dedos de sus manos.
Lo único que hizo Kagome fue abrir y cerrar la boca, pero no salió ninguna palabra. Apenas sintió que la mano de Inuyasha se entrelazaba con la suya mientras lo miraba, sin saber muy bien qué decir.
Inuyasha siguió mirándola con sus suplicantes orbes ambarinos, su mano volvió a apretar la de ella.
—¿Todavía no respondes? Bueno… puede que esto te convenza. —Y con eso dicho, se inclinó hacia abajo y volvió a capturar sus labios en un beso rápido y placentero que hizo que Kagome sintiera que le daba vueltas la cabeza, luego se enderezó para mirarla intensamente a sus brillantes y profundas lagunas marrones.
—Me he enamorado de ti, Kagome.
Los ojos chocolates se abrieron como platos y miraron incrédulamente a Inuyasha. ¿Acababa de decir que se había enamorado de ella? ¿O sus oídos la engañaban? Seguro que estaba oyendo cosas. ¿Cómo podría Inuyasha, el famoso cantante y estrella del pop, estar enamorado de ella, Kagome, que no era nada más que una bailarina de taberna?
Como si le estuviera leyendo la mente, Inuyasha la rodeó con sus brazos y la abrazó con fuerza.
—Es cierto, Kagome. De algún modo has hecho que me enamore, y mucho, de ti. No sé qué hiciste para que me sintiera así, pero me siento así. Y quiero que vengas conmigo a Kioto para poder estar cerca de ti, oír tu voz y ver tu sonrisa. Y como he dicho antes, no voy a dejarte. —Enterró su nariz en su pelo, absorbiendo el perfume floral del champú que había usado para lavarse el pelo—. ¿Entonces qué dices, nena? ¿Irás conmigo a Kioto?
Se echó hacia atrás y miró fijamente sus lagunas marrones, su mirada dorada la acogía y la abrazaba de forma que no podía apartar la vista.
No. Sus oídos no la engañaban. Él la amaba. Y no iba a dejar pasar la oportunidad de decirle lo que sentía de verdad por él. Empezaron a aparecer lágrimas en sus ojos mientras esbozaba una sonrisa pequeña pero tranquilizadora en sus recién besados labios.
—Inuyasha… y-yo también te amo —susurró—. Sí, claro que iré contigo a Kioto.
El corazón de Inuyasha dio un salto al oír esas palabras que salieron de su boca. Lo amaba. Lo amaba, ¡maldición! E iba a ir a Kioto con él. Maldición, no podría ser más feliz de lo que lo era en ese momento. Estaba tan feliz que ni siquiera podía hablar. Así que en vez de hablar, la rodeó con sus brazos, giró una par de veces con ella en el aire y le dio un beso lleno de pasión. Kagome rodeó su cuello con sus brazos y se fundió completamente en el beso.
"Unos" minutos más tarde.
Después de haber hecho todas las confesiones, Kagome se vistió e iban ahora de camino al hotel, viajando en el Mustang Convertible plateado. Los dos iban en silencio, disfrutando de la compañía del otro. Pero antes de ir al hotel, Kagome se detuvo en la taberna y le dijo a su encargada, Kagura, que se iba a ir a Kioto en unos días y que no sabía cuándo iba a volver. Inuyasha, por supuesto, se quedó en el coche. No pensaba que fuera sensato entrar en la taberna en toda su gloria de pelo plateado, ojos ambarinos y orejas de perro. Kagura entendió y dijo que Kanna la substituiría. Kagome le dio las gracias y luego fue a decirle adiós a Keiko. Compartieron un abrazo de despedida, luego Kagome volvió con el hanyou que la esperaba en su coche y partieron hacia el hotel.
Una vez en el hotel, Kagome aparcó en el lugar más cercano que pudo encontrar y apagó el motor. Suspiró y miró el volante, sus manos todavía se aferraban fuertemente a él.
Inuyasha la miró con preocupación en sus ojos dorados. Sabía que estaba nerviosa. Estiró el brazo y apretó la mano de Kagome.
Ante la sensación de su cálida mano apretando la suya, Kagome alzó la cabeza y miró a Inuyasha, que tenía una media sonrisa adornando sus labios.
—No te preocupes, Kagome. No va a pasar nada. Le conté a Sango todo sobre ti y estoy seguro de que se lo dijo a Sesshomaru y a los demás. Todos saben que vas a venir con nosotros a Kioto y sé que te van a tratar con el respeto que te mereces. Porque si no lo hacen, les daré una paliza que no podrán olvidar. —Sonrió.
Kagome no pudo evitar soltar una pequeña risotada ante su última observación. Ésa era una de las cosas que más amaba de él. Siempre podía hacerle reír sin importar la situación.
Inuyasha dejó que una risa baja escapara de sus labios mientras apretaba su mano tranquilizadoramente. Kagome le devolvió el apretón y salió del coche, Inuyasha la siguió. Dio la vuelta al coche y se puso al lado de su hanyou. Él le volvió a dar la mano y entrelazó los dedos con los de ella. Luego, con el corazón de Kagome lleno de confianza, los dos se dirigieron hacia la entrada del hotel. Una vez dentro, la confianza de Kagome se desvaneció e Inuyasha tuvo que llevar en brazos a Kagome por las escaleras porque el ascensor estaba fuera de servicio, lo cual no era un problema, ya que él era un demonio perro, después de todo. Ignorando los constantes puñetazos de Kagome en su espalda, Inuyasha al fin llegó a su habitación de hotel. Bajó a Kagome delante de la puerta y la miró a los ojos. Estaba temblando ligeramente e Inuyasha no pudo pensar en otra cosa para calmarla que no fuera rodearla con sus brazos una vez más y abrazarla. Le frotó la espalda tranquilizadoramente y Kagome le rodeó el cuello con los brazos.
—Lo siento, Inuyasha. No… No sé por qué estoy actuando así. No es como si no los hubiera visto nunca o… como si nunca hubiera estado cerca de ellos, ¿no? Así que… en realidad no tengo ninguna razón para estar tan… nerviosa. Yo…
Inuyasha empezó a acariciarle el pelo con su filosa mano.
—Shh. No sea estúpida, Kagome. No hay razón para que te disculpes. Sé cómo te sientes y tienes todo el derecho del mundo a estar nerviosa teniendo en cuenta que vas a conocer a la manager de un grupo famoso y a los miembros del grupo, ¿no crees? —Sonrió contra su pelo.
Ya. Lo había vuelto a hacer. Una risa ahogada escapó de sus labios y se apartó para mirarlo a sus ojos ambarinos, viéndolos llenos de comprensión y… ¿humor? Él sonrió y se inclinó para besarla en los labios. Se apartó e inspeccionó sus ojos en busca de la respuesta a su pregunta silenciosa. Kagome asintió, la confianza volvía a llenar su corazón. Él asintió y abrió lo único que los separaba de los otros cuatro miembros –y manager– del grupo.
Inuyasha rodeó la cintura de Kagome con un brazo y entró en la habitación, cerrando la puerta detrás de él.
Todos, a excepción de Kouga que estaba tumbado en la cama porque tenía una resaca impresionante de la noche anterior, alzaron la mirada de lo que estaban haciendo y miraron a Inuyasha y a la chica que estaba a su lado. Sango sonrió, fue hacia la pareja y se detuvo delante de ellos. Le guiñó un ojo a Inuyasha, que se sonrojó en respuesta, y dirigió su atención hacia Kagome. Le sonrió.
—Hola. Tú debes de ser Kagome. Encantada de conocerte. —Extendió una mano—. Yo soy Sango, la manager del grupo, pero probablemente ya lo sabías. —Soltó una risita.
Kagome cogió su mano, un poco más relajada ante la cálida bienvenida de la mujer. Todo bien por el momento…
En ese momento, Sesshomaru, Miroku y –sorprendentemente– Naraku caminaron hacia ellos. Sango les dirigió una sonrisa y se marchó a otra habitación, marcando un número en su móvil.
Miroku fue el primero en hablar.
—Ah, Kagome. Encantado de volver a verte. —Le sonrió, cogió una de sus manos y la besó en el dorso.
Inuyasha no pudo evitar sentir un tinte de celos y un gruñido bajo se escapó de sus labios mientras miraba al batería.
—Manos fuera, bonzo.
Kagome se sonrojó y Miroku parpadeó.
Sesshomaru simplemente le hizo una reverencia y dijo con voz apenas audible pero alegre:
—Es un placer volver a verte, Kagome.
Kagome le sonrió e hizo una reverencia en respuesta.
Naraku le dirigió un simple asentimiento y dijo:
—Kagome.
Kagome le dirigió una sonrisa y un asentimiento en respuesta.
Mientras pasaba todo esto, Kouga había conseguido de algún modo salir de la cama y arrastrar lentamente los pies hacia la pequeña reunión. Sesshomaru y Miroku retrocedieron un poco, dejando que el lobo se pusiera delante de la pareja y preparados para cogerlo si se tambaleaba hacia atrás. Lo cual era muy probable que pasara a juzgar por su inestabilidad.
Inuyasha se rió del estado actual de su amigo y negó con la cabeza.
—Maldición, Kouga, estás hecho una mierda. Ésta es de lejos la peor resaca que he visto.
Kouga no hizo nada para protestar. Incluso si hubiera querido, no tenía la energía para hacerlo. El pequeño viaje desde la cama hasta el hanyou lo había agotado. Sin embargo, era cierto. Estaba hecho una mierda. Su pelo largo estaba enmarañado, reposando libremente sobre sus hombros y tenía círculos oscuros alrededor de sus ojos azul cobalto, acompañados de bolsas. Su cuerpo se encorvó un poco y pareció como si le estuviera costando estar allí de pie. Miroku y Sesshomaru, habiendo anticipado esto, tuvieron que sostenerlo poniendo un fuerte brazo en cada hombro para evitar que se cayera. Y también tuvo que estar de acuerdo con su otra afirmación. Ésta era una de las peores resacas que había tenido en su vida. No sólo parecía estar hecho una mierda, también se sentía así.
Kagome no pudo evitar sentir un poco de pena por el lobo. Había leído en una revista que Kouga tenía tendencia a salir a beber una noche y luego despertarse con resacas terribles por las mañanas. Por eso Sango siempre tenía que canelar reuniones y conciertos por las mañanas, porque les faltaba una persona. Pero Inuyasha y los demás no se quejaban. Odiaban esas malditas reuniones. Todos pensaban que eran inútiles.
Kouga esbozó una débil sonrisa y cogió una de sus manos, ignorando el gruñido amenazante de Inuyasha.
Kagome le sonrió débilmente mientras él alzaba su mano y depositaba un suave beso en el dorso.
—Ka… gome… me alegro de… volver a… verte… —dijo Kouga en voz baja. Hizo una mueca cada pocas palabras, hablar hacía empeorar su dolor de cabeza.
Kagome le volvió a sonreír, le dio un apretón tranquilizador a su mano y luego dijo:
—Yo también me alegro de verte, Kouga.
Olvidándose momentáneamente de su horrible dolor de cabeza, Kouga compuso la mejor sonrisa que podía formar sin parecer un completo idiota. Le acababa de alegrar el día.
¡Punto! ¡Dijo que se alegraba de volver a verme! Je, je… no te preocupes Kagome, serás mía. Tú espera y verás… y con ese último pensamiento, Kouga sonrió para sus adentros y luego empezó a tambalearse ligeramente. Si no fuera por las manos de Sesshomaru y Miroku que estaban en sus hombros, seguramente se habría caído.
Pero esto no le pasó desapercibido a Inuyasha. Suspiró, soltando a regañadientes la cintura de Kagome y cogiendo a Kouga por los hombros lo llevó de vuelta a la cama. El hanyou se aseguró de que estaba bien acomodado y le dirigió una mirada de advertencia.
—Ya. Ahora quédate en cama y descansa un poco, Kouga. Es probable que nos vayamos pronto a Kioto, así que necesitas energía. Y no sé si Sango ya os lo ha dicho o no, pero Kagome también va a venir con nosotros a Kioto, así que no necesitamos que un lobo atontado y con sueño nos retrase —bromeó Inuyasha con una sonrisilla.
Kuoga puso los ojos en blanco y bostezó.
—Sí, lo que tú digas.
Y con esas palabras, Kouga cerró sus ojos azules y se rindió, dando la bienvenida al muy necesitado sueño.
Inuyasha bajó la mirada a su dormido amigo. Claro, el lobo a veces podía ser molesto, pero eso no significaba que no se preocupara por su amigo. Dijo en bajo "Buenas noches, Kouga" y volvió hacia donde estaban Kagome y los demás.
Kagome sonrió al ver cómo Inuyasha con creciente adoración metía a Kouga en cama, le decía unas palabras y luego volvía con ellos. Kagome sabía que Inuyasha se preocupaba mucho por sus amigos y que haría cualquier cosa por que estuvieran felices y sanos. Eso simplemente hizo que lo amara más.
La famosa estrella del pop volvió con su amada y, una vez allí, rodeó posesivamente la cintura de Kagome con su brazo, haciendo que se sonrojara.
Y eso no le pasó desapercibido a Miroku, que le guiñó un ojo al hanyou y éste le sonrió y le guiñó un ojo en respuesta. Kagome no fue consciente del intercambio entre los hombres, ya que estaba demasiado ensimismada con el lujo de la habitación como para darse cuenta de algo. Era de lejos la habitación de hotel más grande y cara que había visto. Había dos camas extra grandes, una de ellas estaba ocupada por Kouga, y enfrente de las camas, al otro lado de la habitación había una chimenea –con una pequeña nevera en un estante a su lado–, una televisión de pantalla grande y un sofá entre dos sillones rojos reclinables. Había una ventana que ocupaba toda la pared a la derecha de las camas de forma que se podían ver las concurridas calles de Tokio, las cortinas colgaban a los lados de la ventana. Y por encima de todo, la principal fuente de luz era una preciosa lámpara de araña que colgaba del techo. Había un espacioso baño situado entre las dos camas que, por la ligera apertura de la puerta, Kagome podía apreciar que conducía a los servicios. Pero también era cierto que aquel era el hotel más caro de todo Tokio, así que sólo la gente más rica podía alojarse allí. E Inuyasha y compañía resultaba que entraban en esa categoría. Pero al mismo tiempo que esa idea se le pasó por la mente, le llegó otra.
Inuyasha debía de haber estado en Tokio desde hacía algún tiempo, así que… ¿cómo era que Kagome no se había enterado de que había estado en Tokio todo ese tiempo?
Claro que habría habido rumores de que el grupo más bueno de Japón se estaba alojando en el hotel más caro de Tokio… ¿verdad? Pero Kagome no le había oído a nadie de Tokio pronunciar la palabra "grupo" en su conversación. Ni siquiera había oído nada en la taberna. Y ése era actualmente el lugar de máximo cotilleo de Tokio. Pero ya no podía decir eso. Después de aquel incidente en el parque la noche anterior y de que los locos fans de Inuyasha salieran en estampida detrás de ellos tras descubrir que de verdad era el famoso Inuyasha, no le sorprendería que medio Tokio ya supiera que Inuyasha se alojaba allí. Más razones para que se fueran antes. Sin embargo, no hubo un artículo en el periódico que había "leído" Kagome esa mañana que consistiera en el paradero de Inuyasha y compañía. Y por encima, tampoco nadie parecía haber visto a Kagome y a Inuyasha entrar en el hotel. Mmmm… Sango les debía de haber pagado a todos los de la zona, incluido a los empleados del hotel para que no mencionaran nada a nadie. O a lo mejor los había amenazado para que se callaran o los demandaría. Sí, eso se parecía más a algo que haría Sango. Cuando se trataba de la privacidad del grupo, tendía a hacer cosas drásticas.
Poco después de esa conclusión, Kagome salió de su ensoñación cuando sintió que Inuyasha le hacía andar. La condujo hasta el sofá, donde se sentaron y hablaron un rato, la mayor parte del tiempo Inuyasha estuvo explicando cómo se había encontrado con Kagome en el parque y demás cosas.
Kagome suspiró y empezó a comer los Doritos que Miroku había sacado y volvió a reflexionar. Pero sus pensamientos, una vez más, se vieron interrumpidos cuando Sango entró en la habitación con una gran sonrisa plasmada en la cara. Todos, a excepción de Kouga que seguía durmiendo en la cama, la miraron como si le hubiera salido otra cabeza.
Sango se dirigió dando saltitos hacia el sofá y se detuvo delante de ellos, con la sonrisa todavía en su cara.
—¡Grandes noticias, chicos! Nos vamos a Kioto… ¡esta noche!
Kagome inhaló bruscamente mientras sentía que se le iba el color de la cara.
Inuyasha y Miroku gritaron "¡Sí!" mientras chocaban los cinco y Sesshomaru y Naraku simplemente asentían, comprendiendo.
Sonriendo, Inuyasha se giró hacia Kagome y la abrazó en su asiento en el sofá. Kagome se quedó quieta, sin moverse.
Al sentir que algo iba mal, Inuyasha se apartó y la miró con sus lagunas doradas llenas de inquietud.
—¿Kagome? ¿Pasa algo? Pensaba que querías ir a Kioto conmigo. Quieres venir, ¿verdad?
La inquietud se vio reemplazada por preocupación.
Kagome se dio una patada mental por estar tan callada. Le sonrió.
—No, Inuyasha, no pasa nada. Y sí, por supuesto que quiero ir contigo. Es que es tan… tan repentino. Pensaba que no nos iríamos hasta dentro de unos días por lo menos… —Su mirada bajó de sus ojos a su regazo.
A Inuyasha lo recorrió una oleada de alivio. ¿Eso era todo lo que la preocupaba? Bueno, entonces simplemente tendría que arreglarlo. Se sentó a su lado y le pasó un brazo por los hombros, atrayéndola hacia él.
—No hay nada de lo que preocuparse, cariño. Piensa en ello como en unas vacaciones, lejos de tu trabajo, lejos de ese apartamento tuyo…
—¿Qué pasa con mi gato?
Él alzó una delicada ceja.
—¿Tu gato?
—Sí, mi gato Buyo. No puedo dejarlo solo por Kami sabe cuánto. ¡No quiero que se muera de hambre! Aunque, necesita bajar un poco de peso…
El hanyou de pelo plateado la miró con ojos inexpresivos. Entonces se dio cuenta de algo y sus orejas se enderezaron un poco.
—¡Oh! ¿Te refieres a esa bola marrón y blanca que está tirada delante de la televisión y que pasa horas sin moverse? —preguntó Inuyasha, ladeando la cabeza.
Kagome asintió.
—Sí, ése es. ¿Y qué voy a hacer con él? —Se deprimió un poco.
Inuyasha simplemente sonrió.
—No te preocupes por él, Kagome. Contrataré a alguien para que le dé comida y agua todas las mañanas, tardes y noches mientras no estemos. No es mucho problema. —Ondeó una mano en el aire, quitándole importancia al asunto—. En cualquier caso, no te estreses. Te divertirás, te lo prometo. —Le guiñó un ojo y le dio un beso en la mejilla.
Al oír esas últimas palabras que salieron de su boca, Kagome sintió que la inundaba inmediatamente una ola de alivio. Le tomaría la palabra. Después de todo, Inuyasha no era de los que rompían sus promesas y no iba a dudar de él ahora. Kagome soltó el aliento que estaba conteniendo y le sonrió a Inuyasha, dándole su silenciosa respuesta.
Inuyasha le acarició la mejilla con la nariz y la abrazó, a lo que ella correspondió alegremente.
Pero, aunque ellos no lo sabían, dos ojos azul hielo los habían estado observando todo el tiempo. Y no parecían contentos.
Y lo prometido es deuda. Con los exámenes terminados, voy a tener más tiempo durante el próximo mes, así que espero que estéis atentos a las actualizaciones.
Hasta pronto, espero vuestros comentarios.
