Disclaimer:los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.

Baile peligroso

Capítulo diez: Mi hanyou, mi Kagome y ojos verdes

—Miroku, ¡eres un pervertido!

En la habitación resonó una sonora bofetada, luego un golpe sordo y poco después algo cayendo.

Miroku estaba ahora sentado en el suelo con un gran chichón en la cabeza y una marca roja en la mejilla. Pero aparte de eso, había una sonrisa de aparente satisfacción en sus labios.

Sango, airada, fulminó con la mirada al miembro del grupo con las manos cerradas en puños.

—¡Pensaba que ya habíamos hablado de esto, Miroku! ¡Te daba una oportunidad conmigo si dejabas de tocarme el culo!

Miroku suspiró y luego se levantó del suelo y se giró hacia Sango, que todavía estaba que echaba humo.

—Sango, yo…

—¡No! ¡No quiero oír tus excusas! —Le dio la espalda—. Estaba empezando a confiar en ti de verdad, Miroku. Pero tenías que ir y arruinar nuestra relación con esa maldita mano tuya. No sé si voy a poder volver a confiar en ti, y menos darte otra oportunidad. —Lágrimas silenciosas rodaban por su rostro y su voz estaba cargada de dolor.

Miroku fijó la mirada en la parte de atrás de su cabeza, dándose una patada mentalmente por hacerla llorar. Podía oír sus pequeños sollozos y un gimoteo de vez en cuando. Eran los únicos en la gran habitación de hotel ya que Kagome e Inuyasha habían vuelto al apartamento de Kagome para recoger sus cosas y Sesshomaru, Naraku y Kouga –con mucho esfuerzo– habían bajado a la cafetería a tomar el desayuno. Así que aquí estaba él, de pie y sintiéndose culpable por lo que le había hecho a Sango. ¡No era culpa suya que su mano estuviera maldita! No estaba seguro, pero pensaba que la perversión era de familia. Ojo, no estaba diciendo que él fuera un pervertido. Entonces, reuniendo valor, dio un paso adelante, le rodeó la cintura con sus brazos y la atrajo contra su pecho. Sango intentó liberarse de su agarre, pero Miroku simplemente lo reforzó.

—Suéltame, Miroku —su voz vaciló un poco.

Miroku inspiró hondo y luego inclinó la cabeza para apoyarla en su hombro.

—Sango, mira, lo siento mucho. De verdad que no sé qué me poseyó para hacer eso. Es como si mi mano tuviera mente propia. Por favor, Sango. Quiero que esta relación dure mucho tiempo. Por favor… ¿me perdonas? —Le dio la vuelta para que lo mirara a los ojos.

Sango lo miró con los ojos rojos e hinchados de llorar. Él le devolvió la mirada con sus persuasivos ojos violetas. Finalmente, ella se derrumbó y se lanzó a sus brazos, sollozando en su pecho.

—Yo también quiero que nuestra relación dure mucho tiempo —dijo contra su pecho.

Miroku simplemente le acarició el pelo con la mano mientras decía:

—Shh… no pasa nada, Sango. Duraremos. Yo me aseguraré de ello.

Sango continuó sollozando en su pecho, sin ver que una pequeña sonrisa adornaba sus labios, contento de poder sostener una vez más a su amor en sus brazos.


Kagome entró disparada en su habitación, intentando encontrar desesperadamente las cosas que necesitaba.

—Oh, venga, ¡dónde está!

Miró por toda la habitación: en el armario, debajo de la cama, en su mesilla de noche, en el tocador, buscando el objeto que necesitaba.

Se estaba frustrando.

¿DÓNDE DEMONIOS ESTÁ MI CEPILLO?


Inuyasha estaba en el salón, estirado en el sofá, descansando los ojos. En cuanto oyó la rabieta de Kagome, estalló en carcajadas. No pasó ni un minuto antes de oír que Kagome se dirigía furiosa hacia el salón. Él seguía riéndose como un loco cuando entró en la sala, tirando todo, buscando su cepillo.

—Inuyasha, ¿has visto mi cepillo por alguna parte? —preguntó, tirando un cojín en dirección a Inuyasha sin darse cuenta.

Inuyasha la cogió a centímetros de su cara.

—Hoy no me tocaba cuidar de él. —Sonrió.

Kagome paró de revolver en el asiento para dirigirle una mirada helada.

Él arqueó una ceja, una sonrisa todavía jugueteaba en sus labios y rió por lo bajo.

Kagome puso los ojos en blanco y fue de una punta a otra del salón.

Inuyasha se estaba mareando de tanto ir y venir de Kagome delante de él. Terminó hartándose, así que cuando pasó por delante de él, la cogió por la cintura y tiró de ella para ponerla en su regazo.

Un grito escapó de la boca de Kagome ante su movimiento repentino y aterrizó con fuerza en su regazo, haciendo que Inuyasha gruñera ligeramente.

Inuyasha rodeó su cintura con sus brazos y acercó sus labios a su oreja.

—Sólo es un cepillo —susurró con voz ronca, dándole un mordisco juguetón.

—Pero es mi… —comenzó.

La mano de Inuyasha sobre su boca evitó que terminara la frase.

Kagome suspiró y se rindió. Se relajó en su regazo.

Al comprender que se había rendido, Inuyasha bajó la mano de su boca por su cuello hasta su hombro y luego la deslizó lentamente por su brazo.

A Kagome le pasó un escalofrío por la espalda mientras él hacía eso y se apoyó en él, esperando su siguiente movimiento. Luego la movió en su regazo de modo que sus largas piernas estuvieran estiradas en el sofá, pero que siguiera sentada cómodamente en su regazo. Lo miró a sus orbes ambarinos mientras él escudriñaba sus fascinantes ojos marrones. Kagome se sonrojó y lo miró con curiosidad. Él sonrió con suficiencia.

A Kagome le confundió su sonrisa. Sus ojos se entrecerraron.

—¿Qué estás planeando?

Su sonrisa se hizo todavía más grande.

—Iiipp.

Kagome rompió el agarre de su cintura y empezó a correr.

Inuyasha rió en voz baja, se levantó rápidamente del sofá y la cogió por la cintura antes de que pudiera ir a alguna parte. Ella luchó con todas sus fuerzas para liberarse pero Inuyasha la sostenía firmemente.

Le estaba costando bastante mantener el equilibrio en el suelo, así que, escogiendo la mejor opción que se le pasó por la mente y que no hiciera que despotricara contra él, volvió a cambiar de posición de modo que sus manos estuvieran agarrándola por los brazos.

—Lo siento, Kagome, pero no me dejas elección —dijo con una sonrisa.

Kagome paró inmediatamente de retorcerse.

—Oh, no —chilló, sus ojos chocolates se llenaron de pánico.

Él se rió.

—Oh, sí.

Y antes de darse cuenta, Kagome estaba en el suelo, sobre su espalda y paralizada bajo el peso de Inuyasha.

Estaba sentado encima de ella, asegurándose de no poner todo su peso sobre ella para no aplastarla. Sus manos sostenían las suyas por encima de su cabeza, dejándola indefensa.

Kagome tenía una mirada que parecía decir "No puedo, he perdido contra ti".

Inuyasha simplemente se rió por lo bajo y se inclinó de forma que sus narices se tocaran. Volvió a sonreír.

—Yo. Gano.

Ella entrecerró sus orbes cafés.

—Eres muy malo.

Inuyasha esbozó una sonrisa malvada, haciendo que asomasen las puntas de sus colmillos por debajo de su labio superior.

—Lo intento.

Tras unos momentos de silencio, Kagome no pudo contenerse más. Rápidamente, la habitación se llenó de risas provenientes de la pareja adolescente.

Cinco minutos después, sus risas se redujeron a risitas. Luego los dos pararon y se miraron profundamente a los ojos. Los ojos de Kagome le decían todo lo que necesitaba saber y, con un movimiento rápido, se inclinó y estampó sus labios contra los de ella en un beso lleno de pasión. Kagome profundizó el beso al pasar su lengua suavemente por su labio inferior, pidiendo pasar. Inuyasha gruñó y obedeció silenciosamente, dejando que su propia lengua recorriera su boca en el proceso.

Pasó muchísimo tiempo.

Luego, a regañadientes, se separaron por falta de aire.

Kagome lo miró con amor y luego suspiró.

—Ahora, señor Demonio Perro Chico Malo, ¿le importaría salir de encima de mí para que pueda terminar de prepararme? —preguntó con dulzura, batiendo las pestañas para darle más efecto.

El señor Demonio Perro Chico Malo sonrió con suficiencia.

—¿Y si no quiero? —preguntó con astucia.

Kagome abrió los ojos como platos.

—¿Me estás desafiando?

—Puede. —Le soltó las manos y se incorporó, todavía sin poner todo su peso sobre ella mientras se cruzaba de brazos sobre su musculoso pecho.

Kagome aprovechó su libertad y se sentó sobre sus codos.

Inuyasha seguía sonriéndole. Arqueó una ceja.

—¿Y bien? Estoy esperando —dijo con voz ronca, ladeando la cabeza.

Kagome se rió entre dientes. Se incorporó completamente de forma que lo estuviera mirando a sus ojos dorados. La sonrisa de él se desvaneció cuando pasó sus brazos sobre sus hombros y se inclinó hacia delante hasta que sus labios estuvieron al lado de su peluda oreja, Inuyasha descruzó lentamente los brazos, que cayeron a los lados. Ella sonrió mientras deslizaba los brazos hacia abajo y los reposaba en su torso.

—Dile hola al suelo de mi parte, Inuyasha —susurró.

Las cejas de Inuyasha se juntaron en confusión.

—¿Eh? ¿De qué estás…?

Nunca consiguió terminar su frase porque Kagome empujó su pecho, haciendo que cayera al suelo, gritara mientras caía y aterrizara sobre su espalda. Inuyasha pensó haber oído una risita y luego pasos alejándose.

Cuando por fin recuperó su concentración, buscó a su alrededor a su Kagome.

Kagome estaba a medio camino del pasillo cuando gritó:

—¡No te olvides de decirle "hola" al suelo de mi parte! —A eso le siguieron risas y el cierre de la puerta de su habitación.

—Sí, le diré "hola", sí. A ti te voy a decir hola… —gruñó mientras se levantaba del suelo y salía corriendo hacia su habitación.

Poco después de eso, se pudo oír un chillido acompañado de un grito de triunfo.


Después de que Kagome hubiera cogido las cosas que necesitaba –y después de la pequeña reunión que había tenido lugar en la habitación de Kagome, que seguía haciendo que se riera de vez en cuando—, Inuyasha y ella volvieron al hotel donde todos estarían esperando en el vestíbulo principal con sus cosas para meterlas en la limusina que los recogería y los llevaría al aeropuerto. Miroku, al ser el más cercano a Inuyasha, se tomó la libertad de recogerle sus cosas.

Justo cuando Kagome estaba a punto de relajarse en una grande y lujosa silla, una idea repentina evitó que lo hiciera y provocó que saliera corriendo hacia Inuyasha, que estaba hablando con Sesshomaru.

—Inuyasha.

—¿Mmm? —dijo, girándose hacia ella.

—Mi familia. ¡No tienen ni idea de que me voy en este viaje! ¡Me olvidé de decírselo! Tengo que volver y… —Se vio interrumpida cuando Inuyasha colocó un dedo en sus labios, silenciándola.

—No pasa nada, Kagome. Lo saben. Me tomé la libertad de enviarles una nota a su casa diciéndoles que te ibas de vacaciones, que no sabías cuándo ibas a volver y que los llamarías cuando o si tenías la oportunidad. Así que no te preocupes —le informó tranquilamente con un encogimiento de hombros.

Kagome soltó un suspiro de alivio.

—Muchas gracias. No…

Maldición. Otra idea inquietante.

—Eh, ¿Inuyasha?

—¿Sí?

—Exactamente, ¿de parte de quién es la nota?

Inuyasha abrió los ojos como platos.

Mierda.

—Ehhhhh…


La señora Higurashi fue hacia la puerta principal con una bolsa de comida en las manos. Cerró la puerta, fue a la cocina para guardar la comida y encontró un sobre en la mesa que ponía "Familia Higurashi" con letra elaborada.

Curiosa, la mujer bajó la bolsa, abrió el sobre y leyó lo que decía la nota.

Querida familia Higurashi:

Su hija, Kagome Higurashi, se ha ido de vacaciones con unos amigos y no está segura de cuándo va a volver. Os llamará cuando o si tiene oportunidad. Gracias por tomaros el tiempo de leer esta corta, aunque importante, nota.

Firmado,

Inuyasha

La señora Higurashi abrió los ojos como platos. Volvió a dejar la carta sobre la mesa y, después, se desmayó inmediatamente.


—…Un amigo —mintió Inuyasha.

Una vez más, Kagome sintió que el alivio la invadía y se relajó un poco.

—Oh. Bien. No sería bueno que mi madre se desmayara si viera que está firmado por ti, ¿verdad? —Compuso una sonrisa, volvió a la silla y se sentó, hundiéndose en su suavidad.

Inuyasha se la quedó mirando con una expresión de asombro plantada en su rostro.

"Bien hecho, idiota. Ahora seguramente su madre estará tirada en el suelo y su familia estará intentando que recupere la conciencia."

¿Pero qué? ¿Quién demonios eres tú?

"Bueno, supongo que se podría decir que soy tu subconsciente y sin embargo, no soy realmente tu subconsciente…"

¡Maldita sea, eres mi subconsciente o no!

"Vale, vale, ¡soy tu subconsciente! Dios, no te sulfures."

Gruñó para sus adentros. Y bien, ¿qué demonios quieres?

"Nada. Sólo te felicitaba por tu estupidez. ¡Felicidades!"

Keh, déjame en paz.

"Vaya, vaya, parece que tenemos una obsesión con mandar callar, ¿eh?"

¡FUERA!

"¡Ey! ¡Vale, ya me voy! ¡Ya me voy!" Su subconsciente se esfumó.

Inuyasha parpadeó y sacudió la cabeza, su mano se alzó para frotarse las sienes.

—Ahh… mi cabeza. Eso fue raro. Espero que no vuelva a pasar.

—¿Pasa algo, Inuyasha?

Dicho hanyou alzó la mirada para ver los intrigados ojos ambarinos de su hermano.

Inuyasha meneó la cabeza y exhaló.

—Nah… no pasa nada, Sesshomaru. Estoy bien.

Sesshomaru lo miró con una ceja arqueada y una expresión que afirmaba claramente: Es inútil mentir, sabes que puedo tanto sentirlo como olerlo.

Inuyasha suspiró y se desplomó en una silla cercana, enterrando la cabeza en sus manos.

—Soy un baka, Sesshomaru. Cuando le escribí esa nota a la familia de Kagome, la firmé con mi nombre. Y ahora su familia probablemente se estará preguntando cómo demonios se ha mezclado conmigo. —Volvió a suspirar, esta vez pesadamente.

Sesshomaru fue hacia él y se apoyó en la silla en la que estaba sentado.

—No te preocupes por esa minucia, hermanito. Piensa que es como si les hubieras dado un autógrafo. —Hizo una pausa—. Sólo que sin la foto.

Inuyasha levantó la cabeza de entre sus manos y arqueó las cejas.

—Eh… No lo había pensado así. —Soltó un suspiro de alivio y se relajó en la silla—. Pero no creo que eso evite que la llamen. Tiene móvil… malditos chismes —masculló la última parte para su interior, recordando la última vez que había hablado por su móvil. Su oído le seguía pitando del grito. Pero que lo murmurara no impidió que Sesshomaru lo oyera. El fantasma de una sonrisa adornó sus labios y se rió entre dientes.

—No, no creo que eso les detenga. Pero estoy seguro de que Kagome pensará en algo que decirles para que mantengan la mente ocupada por ahora. Es una chica lista, ¿no? —afirmó con un tono de ligera diversión.

Inuyasha sonrió.

—Sí, tienes razón. Es lista. —Miró a la mujer de la que estaban hablando y el panorama que vieron sus ojos no le complació. No pudo contener un pequeño gruñido que salió de su garganta.

Sesshomaru alzó una delicada ceja ante su gruñido y miró furtivamente hacia donde estaba mirando. Lo que vieron sus ojos le hizo reír a carcajadas –algo que rara vez hacía– y meneó la cabeza.

—Inuyasha, no dejes que los celos saquen lo mejor de ti. Eso tiende a arruinar relaciones como la tuya con Kagome. Recuérdalo. —Y con eso, el hermano mayor volvió con Sango y los demás.


—Bueno, Kagome, ¿dónde has estado los últimos dos meses? Te he echado mucho de menos. —Kouga le dirigió una sonrisa encantadora.

Kagome tragó el nudo que tenía en la garganta y alzó la mirada hacia él con una sonrisa temblorosa. Déjaselo a Kouga para que diga algo así.

—Mm, bueno, Kouga, me halaga que me hayas echado de menos, en serio… aunque desearía poder decir lo mismo por mi parte… —masculló la última parte para sus adentros.

—¿Perdón?

—¡Nada! Nada de nada —dijo rápidamente, demasiado rápidamente mientras componía una sonrisa tonta.

Él volvió a sonreír, sin darse cuenta de lo que pasaba.

—Bien. En fin, Kagome, sólo por hablar algo, ¿cómo has estado? ¿Conseguiste trabajo? ¿Familia? —preguntó Kouga, apoyándose contra su silla.

Kagome abrió la boca para responder, pero alguien se le adelantó.

—En realidad, sí, tiene trabajo y sí, tiene familia. Una que probablemente esté intentando traer a la realidad con sales a su madre inconsciente mientras hablamos.

Kagome saltó ante la repentina cercanía de su voz. Miró a un lado del lobo y vio a nada más y nada menos que Inuyasha, que estaba de brazos cruzados y tenía el ceño fruncido.

—¿Madre inconsciente? —corearon Kouga y Kagome.

Ups.

Inuyasha decidió ignorar las miradas interrogantes de su mujer y del lobo. Se puso al lado de Kagome en un ademán protector, al otro lado de donde estaba Kouga.

¿Madre inconsciente? ¿De qué demonios está hablando? Bueno, alguna vez tendré que sonsacarle la historia.

—Bueno, Kouga, ¿desde cuándo te interesa la vida de Kagome? Tenía entendido que no querías tener nada que ver con las mujeres. —Alzó una elegante ceja mientras una sonrisa de suficiencia adornaba sus labios perfectos.

Un frunce se grabó en los labios de Kouga.

—Para que lo sepas, Inuyasha, he estado interesado en las mujeres desde el concierto de hace dos meses aquí en Tokio cuando vi a una guapa pelirroja entre el público sentada al lado de Kagome. Pero, eso no significa que vaya a dejar de adular a Kagome con mi maravillosa personalidad —afirmó, guiñando un ojo y sonriéndole a la susodicha.

Kagome parpadeó, ignorando su guiño y su sonrisa. ¿Ayame?

Inuyasha bufó.

—La única mujer sobre la que puse los ojos fue Kagome. —Le guiñó un ojo con una sonrisa de su propia cosecha.

Kagome se sonrojó y Kouga puso los ojos en blanco.

De repente, Kagome sintió un dolor agudo en su brazo izquierdo. Extendió el brazo para encontrar la fuente del dolor. Expulsó un suspiro de irritación cuando descubrió lo que era. Era exactamente el mismo punto en el que su hermano pequeño, Souta, la había mordido hacía unos meses. Sí, es cierto. La había mordido. Sólo porque su brazo estaba en medio cuando ella lo había extendido en la mesa para arrebatarle un poco de chocolate a su madre. Le dolía de vez en cuando, Kami sabía por qué razón.

Empezó a rascarse distraídamente la zona dolorida de su brazo mientras pasaba la mirada de Inuyasha a Kouga. De algún modo habían pasado de una conversación decente a un acalorado concurso de insultos.

—Bueno, ¡al menos yo no me emborracho y me tiro a toda chica guapa que veo! —gritó un enfadado hanyou.

—¡Ja! ¡Al menos yo no consigo a las chicas por mi aspecto! ¡Las consigo con mi encanto y mi personalidad! —replicó un furioso lobo.

—¡Keh! ¡Entonces por qué aún no he visto a alguna zorra a tu lado a todas horas!

Kouga gruñó.

—¡Bastardo!

—¡Idiota!

—¡Hanyou arrogante y burro!

—¡Mala escusa de lobo pulgoso!

—¡Aliento de perro!

—¡Lobo miedica!

En este punto, Sango, Miroku Sesshomaru y Naraku habían dejado de hablar para observar la pelea entre "amigos". Ninguno de ellos se movió para detenerlos, estaban disfrutando del entretenimiento momentáneo.

Kagome estaba a punto de añadir su granito de arena, pero el ruidoso sonido de un bocinazo proveniente del exterior evitó que lo hiciera.

Los dos detuvieron su concurso y miraron hacia la entrada, donde vieron una limusina blanca a través de las puertas de cristal. Se lanzaron una última mirada que decía claramente "terminaremos con esto más tarde" y fueron hacia la entrada, separados por una buena distancia.

Kagome parpadeó.

—¡Ey! ¡Esperadme!


El viaje en limusina al aeropuerto pasó sin incidentes salvo que Kouga e Inuyasha se estuvieron fulminando con la mirada hasta que llegaron. Miroku tenía una sonrisa triunfante en el rostro, por razones desconocidas para Kagome.

Cuando entraron en el aeropuerto, se desató el infierno. Y no hablo de un perro y un lobo.

Cuando la limusina apareció en el gran aeropuerto, gente de todas partes empezó a correr hacia la limusina, intentando atisbar al famoso o famosos del interior. Incluso la gente que estaba embarcando y desembarcando corrió a ver de qué iba tanta emoción.

Mirando por la ventanilla tintada, el corazón de Kagome se saltó varios latidos cuando vio a toda la gente aglomerada alrededor de la limusina gritando: "¡Inuyasha!" ¡Es Inuyasha!" Cómo lo sabían era fácil de adivinar. La matrícula ponía "Demonio Inu". Una gran revelación.

Kagome tragó el nudo de su garganta. Debería haberlo visto venir. Él es famoso, después de todo. ¿Cómo podía olvidarse de ese pequeño detalle? ¿Quién no se volvería loco incluso si viera un poco de él?

Inuyasha sintió la tensión de Kagome y le dio la mano. Se la apretó de modo tranquilizador, ganándose una sonrisa nerviosa de la belleza que estaba a su lado.

—No te preocupes. Sólo quédate cerca de mí. Y no dejes que las chicas te aparten a un lado, te den una paliza, te roben la ropa y vengan corriendo hacia mí, declarando ser tú. —Una sonrisa adornó sus labios.

Sintiendo que un poco de nerviosismo la abandonaba, Kagome soltó una pequeña risa. Síp. En cualquier situación aún podía hacerle sonreír.

—No lo haré. —Le sonrió en respuesta.

Inuyasha se llevó su mano a sus labios y le besó el dorso.

Sango gritó "ooh", Kouga gruñó, la sonrisa triunfante de Miroku fue reemplazada por una pervertida, Sesshomaru… no hizo nada, y Naraku suspiró.

Cuando la limusina finalmente se detuvo, el conductor salió, les abrió la puerta y Kagome, Inuyasha y los demás –con Inuyasha por delante sujetando con fuerza la mano de Kagome– salieron de la gran limusina blanca y se dirigieron al aeropuerto. Y tal y como dijo, ella se mantuvo cerca de Inuyasha. Muy cerca, en realidad. Las chicas e incluso algunos chicos estaban empezando a ponerla histérica. Pensaba que de verdad iban a apartarla a un lado, a darle una paliza, que alguna chica le robaría la ropa y diría que era Kagome. Bueno, hasta que cuatro hombres con traje negro y gafas de sol oscuras que les cubrían los ojos salieron de la nada y rodearon al grupo. Dos por delante y dos por detrás.

Al bajar la mirada y ver la expresión de confusión de Kagome, Inuyasha se inclinó y le susurró al oído:

—Guardaespaldas, Kagome. Para que puedas relajarte un poco. Ellos se asegurarán de que nadie se acerque a menos de un metro de ti. —Sonrió—. Para eso les pagamos.

Kagome parpadeó y su boca formó una perfecta O. Se destensó un poco y empezó a relajarse, tal y como le había indicado Inuyasha.

Inuyasha le ofreció una pequeña sonrisa, luego miró hacia delante y siguió caminando, ignorando los gritos de "¡Inuyasha, te quiero! ¡Cásate conmigo!" o "¡Fírmame el pecho, Inuyasha!"

Hubo un breve silencio entre los dos y luego la curiosidad de Kagome sacó lo mejor de ella.

—Eh, ¿Inuyasha? ¿Adónde vamos, exactamente?

—A mi jet privado —contestó con toda tranquilidad.

Kagome abrió los ojos como platos.

—¿Jet privado?

Él asintió.

La boca de Kagome formó otra O mientras seguía caminando al lado de su hanyou.

Sonrió para sus adentros. Mi hanyou…

Le soltó la mano y luego rodeó su brazo con los suyos y apoyó la cabeza en su hombro, sonriendo alegremente.

Inuyasha bajó la mirada hacia ella y le rodeó la cintura con un brazo, oyendo un suspiro de alegría de su Kagome.

El inu-hanyou de ojos dorados sonrió. Mi Kagome…

El resto del camino al jet fue en silencio entre ellos, aparte de las chicas gritando que los seguían. Los dos guardaespaldas de atrás estaban esforzándose por contenerlas, con un poco de ayuda de un quinto guardaespaldas que salió de la nada, igual que los otros cuatro.

Cuando al fin llegaron al jet, que estaba situado en la parte de atrás del concurrido aeropuerto, Kagome notó que había varias personas cargando su equipaje en él. Inuyasha la llevó por la escalera hasta la entrada del jet, los seguían Sesshomaru, Kouga, Miroku, Sango y Naraku. Una vez dentro, lo único que pudo hacer Kagome fue quedarse de pie y observar maravillada el jet privado. Éste… es un jet privado impresionante. El suelo estaba cubierto con una lujosa alfombra roja oscura y tan suave que Kagome podía sentirla a través de sus zapatos y cubriendo el suelo contra las paredes había dos sofás a cada lado con una mesa de cristal entre ellos y una rosa en un florero encima. Al fondo del jet había un pequeño cuarto de baño, en el que probablemente cabrían unas dos personas, a su lado había una nevera, probablemente llena de aperitivos y refrescos en abundancia. En el techo del jet había una televisión de buen tamaño sobre la mesa y los dos sofás. También había una silla roja mullida que Kagome no había visto la primera vez al otro lado de la mesa y los sofás. Las ventanas cubrían las paredes, dando una buena vista del mundo exterior. Una palabra para definir el jet: Caro.

Sintiendo que alguien le estaba dando golpecitos con el codo para que despertara de su ensoñación, Kagome meneó la cabeza y la giró para ver esos magníficos ojos ambarinos que había llegado a amar.

El adolescente de ojos ambarinos le sonrió a la anonadada mujer.

—Bueno, ¿qué opinas de mi jet? Es bastante cómodo si me permites mi opinión, ¿ne?

Kagome parpadeó.

Inuyasha se rió y se apartó de su lado para ir a hablar con el piloto detrás de las cortinas, en la parte delantera del avión.

Al ver que Inuyasha se iba de su lado, Kouga aprovechó la oportunidad para acercarse a ella, rodear su cintura con un brazo y conducirla a uno de los sofás de color rojo oscuro. Se sentó e hizo que Kagome se sentara con él, Kagome soltó un pequeño "¡Ip!". La atrajo hacia sí y Kagome se ruborizó, deslizando rápidamente la mirada hacia las cortinas que ocultaban a su novio. A Inuyasha no le iba a gustar esto.

Sesshomaru, Miroku y Naraku se tomaron su tiempo para acomodarse en el sofá de enfrente de Kouga y Kagome, luego Miroku encendió la televisión con el mando que estaba sobre la mesa. Sesshomaru sacó una novela que había estado leyendo y se perdió entre las páginas del libro. Naraku cogió un refresco de la nevera y decidió ver la televisión. Sango fue a sentarse delante con el piloto.

Kagome acababa de darse cuenta de en qué posición se encontraba. Estaba sentada cerca de Kouga. Demasiado cerca para su gusto. Meneando la cabeza para aclararla, se escapó del agarre de Kouga y se movió a un lado del sofá, lejos del lobo.

—Mmm, por mucho que me gustes, Kouga, no me gustas en ese sentido —dijo amablemente—. Lo siento, pero yo…

—Buenas tardes caballeros e invitada especial de Inuyasha…

Kagome gruñó ligeramente y hundió la cabeza en las manos, sonrojándose e intentando ignorar las risitas de los otros hombres del jet.

—… Soy su piloto, Haru Glory y seré quien les lleve a su destino deseado, Kioto. Por favor, permanezcan sentados mientras despegamos en aproximadamente 5… 4… 3… 2… 1…

El jet empezó a moverse hacia delante en la pista y Kagome cayó hacia atrás en el sofá. En ese momento, Inuyasha apareció de detrás de las cortinas justo a tiempo para ver cómo caía Kagome en el sofá. Una risa baja escapó de su boca mientras iba hacia ella, se desplomaba a su lado y la ponía en su regazo, rodeando su cintura con sus brazos.

—Agárrate fuerte, koi —le susurró al oído.

Kagome asintió y sintió que los brazos de Inuyasha la apretaban más.

El jet estaba cogiendo velocidad, hasta que finalmente se levantó de la pista y estuvo en el aire, echando a todos los que estaban en el jet hacia atrás.

A medida que ganaban altitud, Kagome sintió un doloroso estallido en sus oídos.

—¡Au! —gritó Kagome—, ¡acaban de estallarme los oídos!

Inuyasha se rió por lo bajo.

—Sí, los oídos hacen eso si ganas suficiente altitud. Nunca he sabido por qué… —Su expresión cambió de una de risa a pensativa, con las cejas y los labios fruncidos.

Kagome soltó una risita.

Miroku, al que le habían interrumpido el programa con un anuncio, miró a Inuyasha y casi estalló en carcajadas.

—No pienses demasiado, Inuyasha, puede que desaparezcas por combustión espontánea —bromeó con una sonrisa, riéndose cuando la estrella del pop gruñó y articuló con la boca: "Muérdeme, bastardo."

Mientras tanto, Kouga fulminaba al hanyou con la mirada, la envidia llenaba sus ojos azul claro.

La pareja no lo vio o simplemente decidió ignorarlo.

El jet finalmente redujo un poco la velocidad y empezó a planear. Kagome se relajó y se apoyó contra Inuyasha, que reposó su barbilla en su cabeza. Ambos suspiraron de satisfacción.

Naraku y Sesshomaru estaban tan absortos con la televisión –el programa había vuelto– y con su libro, que no los vieron. Miroku sin embargo, le guiñó un ojo a Inuyasha y tenía una expresión plantada en la cara que decía claramente una cosa:

Bien hecho…


El vuelo a Kioto fue tranquilo, todos hablaron de cosas sin importancia y bromearon entre ellos. Pero Kagome no presenció mucho porque estuvo dormida en los brazos de Inuyasha la mayor parte del tiempo. Dormía hora y media, luego se despertaba y se encontraba en el cálido abrazo de Inuyasha. Se quedaba despierta unos veinte minutos y luego volvía a dormirse lentamente. Inuyasha también durmió la mayor parte del viaje.

Pero finalmente, alrededor de las seis y media de la tarde, llegaron al aeropuerto de Kioto.

—Damas y caballeros, me siento orgulloso de anunciar que al fin hemos llegado a Kioto, Japón. Disfruten de su estancia y diviértanse —dijo la voz de Haru desde el intercomunicador.

Al oír el ruidoso anuncio, la pareja durmiente se despertó de golpe y fulminaron con la mirada al altavoz. Suspirando, se separaron a regañadientes, no querían abandonar el calor que compartían, y se dirigieron hacia la ahora abierta puerta del jet, de la mano.

Kagome salió a la luz y se protegió los ojos del brillante sol con su mano libre.

Dios… para ser las seis y media de la tarde, sí que hay luz fuera, pensó Kagome, bajando por la escalera al suelo, que de repente echaba de menos. Una vez que sus pies tocaron el pavimento, soltó un suspiro de alivio.

—Ah… ¡Tierra firme!


—¡Tierra firme!

Unos ojos verdes pararon de vagar por la multitud que estaba delante de él, intentando localizar a alguien que le resultara familiar, se suponía que volvería de su viaje en cualquier momento. Aunque dudaba que volviera hoy. Lo comprobaba todos los días, pero siempre obtenía el mismo resultado. Se giró rápidamente, haciendo que su brillante pelo rojo le azotara ligeramente en la cara y volviera a caer sobre sus hombros. Sus ojos empezaron vagar por la multitud que tenía delante, buscando a alguien en concreto.

La había oído. Sabía que la había oído. De algún modo, por encima de toda la gente que había en el aeropuerto, había oído aquella voz tan familiar que se había estado muriendo por escuchar durante los últimos cuatro años.

No puede ser ella… ella vive en Tokio… ¿verdad?

Silencio.

No… no puede ser ella. Debo de estar oyendo cosas.

Meneó la cabeza, decepcionado, y se giraba para buscar a la persona por la que había venido en un principio cuando volvió a oírlo.

—Oh Kami… ¡Pensaba que iba a morirme allí mismo!

Giró la cabeza tan rápido en esa dirección, que pensó que se había producido un traumatismo. Ciertamente, lo que vieron sus ojos fue bastante sorprendente.

¿Ésa no es…? Su mirada se posó entonces en la mujer que estaba al lado de la superestrella, sus ojos se abrieron como platos y se quedó boquiabierto.


—Oh Kami… ¡Pensaba que iba a morirme allí mismo! —Soltó una carcajada después de decirlo.

Inuyasha y Kagome habían conseguido de algún modo salir de la multitud que rodeaba a la banda y a ella, y ahora estaban a una distancia segura de ellos.

Inuyasha se rió entre dientes.

—Lo mismo digo. Pero me dan pena los demás…

Kagome asintió.

—Sí, lo sé, a mí también. Bueno. ¡Al menos son ellos y no nosotros! —Sonrió ampliamente.

Inuyasha echó la cabeza hacia atrás y se rió a carcajadas, luego puso una mano sobre su boca, no quería atraer atención indeseada.

Esta vez le tocó el turno a Kagome de reír, pero ahora a carcajadas, como Inuyasha.

Siguieron riendo ligeramente hasta que oyeron una palabra pronunciada suavemente que les hizo callar inmediatamente.

—¿Kagome?

Kagome paró de reír inmediatamente, al igual que Inuyasha. Se giró lentamente en dirección a donde provenía la voz y se arrepintió inmediatamente.

Allí, a unos tres metros de ella, había una persona de brillante pelo rojo y grandes ojos verdes, mirándola sorprendida.


Os dejo con la intriga, aunque parece estar claro quién es esa persona misteriosa.

Espero vuestros comentarios. Hasta pronto.