Disclaimer: los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.

Baile peligroso

Capítulo doce: ¿Te encontraré?


Kagome se sacudió y giró en la cama, las sábanas de seda yacían en el suelo, a los pies de la cama. El sudor cubría su frente y su cabeza se movía de lado a lado con desesperación.

Kagome caminaba por una calle oscura con un sencillo vestido blanco flojo que terminaba en los tobillos. Y por alguna extraña razón, estaba descalza. La calle estaba oscura y sombría, y parecía rodearla una espesa niebla grisácea. Estaba sola.

O eso pensaba.

Una figura oscura la seguía sin hacer ruido, ocultándose en la oscuridad de la niebla.

Kagome siguió caminando. No sabía por qué, pero se sentía como si necesitara llegar al final de la calle para encontrar lo que estaba buscando.

El único problema era… que no sabía qué estaba buscando.

Pero siguió caminando, teniendo el presentimiento de que lo que fuera que estuviera al final de la calle la haría sentir cálida y completa.

La oscura figura continuó siguiéndola, sus intensos ojos rojos observaban cada uno de sus movimientos.

Al seguir avanzando, Kagome vio una figura delante que empezaba a adoptar la forma de un hombre.

Sonrió y caminó un poco más deprisa.

Kagome vio que el hombre estaba de pie y perecía tener el pelo largo.

Aun así caminó más rápido.

Sí, el hombre tenía el pelo largo, le llegaba a la cintura y le estaba dando la espalda.

Kagome ahora estaba corriendo.

El hombre tenía dos cosas puntiagudas en lo alto de la cabeza, pero Kagome todavía no había descifrado qué eran.

Corría hacia él con el brazo extendido, gritando un nombre desconocido que no podía oír.

La oscura figura se acercaba…

Aunque Kagome estaba corriendo, no parecía que se estuviera acercando al hombre.

La malvada criatura decidió tomar la iniciativa. Se deslizó detrás de Kagome y la agarró del cuello con una áspera mano.

Kagome paró de correr y ahogó un grito cuando le dio la vuelta con brusquedad. Se encontró mirando a dos grandes ojos rojos como la sangre. Eso era todo lo que podía ver.

¿O era eso todo lo que tenía la criatura?

Mientras Kagome permanecía con la mirada fija en los ojos de la figura camuflada con un rostro asolado por el temor, algo… alguien empezó a formarse en sus ojos rojo sangre.

Era él.

Lágrimas no derramadas le escocían en los bordes de los ojos mientras lo observaba sufrir una muerte horrible en los ojos rojos de la criatura oscura.

Gritó por última vez el nombre desconocido…

—¡Inuyasha…!

Los ojos de Kagome se abrieron repentinamente, se incorporó sobresaltada en la cama y gritó.


Inuyasha se despertó sobresaltado con el grito. Se incorporó y sus orejas empezaron a girar instintivamente en diferentes direcciones. Estaba teniendo un sueño bastante placentero. Le estaba dando una paliza a Kurma o como se llamara y Kagome le animaba. Pero cuando oyó gimoteos provenientes de la habitación de Kagome, volvió inmediatamente a la realidad, saltó de la cama y corrió hacia la habitación de Kagome. Abrió la puerta con brusquedad y corrió a su lado con velocidad demoníaca.

Kagome estaba temblando mucho y estaba mortalmente pálida. Un sudor frío cubría su cuerpo.

—Kagome…

Kagome giró lentamente la cabeza hacia Inuyasha.

—Inuyasha…

—Kagome.

Inuyasha se sentó en la cama, a su lado, rodeó con sus brazos a la sollozante mujer y la colocó sobre su regazo. Le frotó suave y lentamente la espalda con una mano y el pelo con la otra.

—Shh… no pasa nada, Kagome. Estoy aquí —susurró, meciéndola como lo haría una madre con un niño asustado.

Ella le rodeó la cintura con los brazos y sollozó contra su pecho.

—Oh, Inuyasha… fue horrible. Horrible… no podía soportar mirarlo… pero yo… él… —se interrumpió y se agarró a él con fuerza.

Inuyasha se echó ligeramente hacia atrás para mirarla a sus ojos llenos de lágrimas.

—Dime qué pasó, Kagome. Dímelo. Estoy aquí para escuchar —dijo y la giró de forma que su espalda estuviera presionada contra su pecho. Kagome sintió que sus brazos le rodeaban la cintura y la abrazaban contra él. Cerró los ojos y respiró hondo, luego exhaló. Abrió los ojos y recostó la cabeza en su hombro, clavando la mirada en algo que sólo ella podía ver. Se sorbió la nariz una vez, dos veces y empezó a contar su pesadilla. Inuyasha la escuchó atentamente, sus cejas se fruncieron ligeramente cuando mencionó que era la segunda vez que tenía ese sueño. Una vez terminó, se quedó callada unos minutos más, dejando que Inuyasha la abrazara y la calmara con las palabras dulces que le susurraba al oído.

—¿Inuyasha?

—¿Mmm?

—… ¿Puedes quedarte esta noche conmigo? No quiero estar sola…

Inuyasha se tensó. ¿Quedarse con ella? ¿Aquí? ¿En esta habitación? Su agarre sobre ella se aflojó un poco y Kagome se giró para mirarlo. Con la poca luz de la luna que entraba en la habitación y que proyectaba su luz sobre él, Kagome pudo ver que su cara estaba arrugada mientras pensaba, tenía el ceño un poco fruncido. Alzó una mano y capturó uno de sus peludos apéndices, luego empezó a frotarlo suavemente. Inuyasha se destensó y se relajó inmediatamente. Se apoyó contra su mano, haciendo que Kagome soltara una risita. Mientras ella hacía su magia en su oreja, aunque era difícil concentrarse mientras hacía eso, pensó en su pregunta. ¿Debería quedarse con ella? Él sabía que eso la haría feliz, y eso era lo único que quería. Que Kagome fuera feliz. Se debatió entre los pros y los contras. Si se quedaba, ella sería feliz y probablemente dormiría mucho mejor. Pero si no se quedaba, Kagome pensaría que no quería estar con ella, pero sí que quería y lo que era más importante, podría hacer algo de lo que se arrepintiera por la mañana y Kagome no volvería a hablarle ni querría volver a verlo. O, para ponerlo en términos más simples, puede que se aprovechara de ella en mitad de la noche y tenía claro que él no quería hacer eso. Pero aun así… si eso hacía a Kagome feliz… entonces lo haría. Incluso si era algo tan arriesgado como quedarse en la misma habitación que ella… de noche.

Suspiró.

—De acuerdo, Kagome. Me quedaré contigo esta noche.

Pudo sentir la felicidad que irradió de ella cuando respondió.

—¿En serio? ¿Te quedarás conmigo?

Él asintió.

Kagome sonrió y lo abrazó con fuerza. Él se aclaró la garganta, obteniendo una vez más la atención de Kagome.

—Pero, Kagome, no voy a dormir contigo en tu cama. Voy a dormir en el suelo, a tu lado. Así que si me necesitas en cualquier momento durante la noche, estaré justo a tu lado. ¿De acuerdo?

Su sonrisa se desvaneció, pero pronto fue reemplazada con una sonrisa suave y comprensiva.

—De acuerdo, Inuyasha. Te veré por la mañana. Bueno, eso si no te despierto por algo.

Él se rió y la abrazó una vez más.

—Buenas noches, cariño. Te veo por la mañana, hermosa. —Inhaló su aroma y se contentó con sólo abrazarla unos segundos más, luego la soltó para coger unas cuantas mantas más y unas almohadas del vestidor. Volvió y se puso en el suelo, al lado de la cama echado sobre su espalda, con las manos detrás de la cabeza, mirando al techo. La cabeza de Kagome se asomó desde un lado de la cama y le sonrió.

—Buenas noches, Inuyasha. Gracias.

Él suspiró.

—De nada.

Ella volvió a sonreírle y desapareció entre las sábanas de la cama. Inuyasha las había levantado del suelo cuando había vuelto del vestidor.

Minutos más tarde, Inuyasha pudo oír la profunda y tranquila respiración de Kagome, señalando que estaba dormida. Satisfecho de que al fin estuviera durmiendo plácidamente, con suerte sin horribles pesadillas como la anterior, se dejó caer en un ligero sueño, con una pequeña sonrisa adornando sus labios.


Sesshomaru paseó de un lado a otro de su gran habitación sintiéndose aturdido y somnoliento. Se detuvo delante de una ventana que cubría toda la pared y que daba al patio. Podía ver a los guardias caminando por los jardines y por los senderos bañados por la luz de la luna. Eran las tres de la mañana y no podía dormir. No con esa extraña y atrayente chica humana que no salía de su mente. Desde que la había visto entre el público al lado de la chica de Inuyasha, no podía evitar pensar en lo guapa que era. Sus ojos habían encontrado los de ella por un momento, esos amplios ojos color canela habían mirado a sus orbes color miel y había sentido que algo cálido le inundaba la boca del estómago, haciendo que se sintiera cálido. Pero cómo, se preguntó, ¿cómo puede hacerme esto una simple niña? ¿Una niña humana? Suspiró. No, no era una niña. Era cualquier cosa menos una niña. Era una hermosa mujer perfectamente bien formada, con una delgada cintura y bucles negros a la altura de sus hombros. Pero sus ojos fueron los que lo cautivaron. Grandes y amplios, lo único que tenía que hacer era mirarlo y se derretiría. Volvió a caminar. Si supiera su nombre. Si…

Paró bruscamente de caminar. Un momento… si estaba sentada al lado de la mujer de Inuyasha, entones ¿la conocería? No es que se considerara inteligente, pero sabía que las jóvenes tendían a charlar en exceso entre ellas sobre cualquier cosa, especialmente en lo relativo a "cantantes masculinos que estaban buenos" o así los llamaban ellas. Sonrió con suficiencia. Sí, averiguaría su nombre. Lo único que tenía que hacer era preguntarle su nombre a su invitada y todos sus problemas se solucionarían. Bueno, no todos. Quería volver a verla. Necesitaba volver a verla. Pero si ella no sabía cómo se llamaba… Suspiró. Bueno, ya lo descubriría de algún modo. Incluso si tenía que volver a Tokio para descubrirlo. Eso, si es que vivía en Tokio. La gente viajaba por todo el mundo para verlos en un concierto en directo. Puede que incluso viviera aquí, en Kioto. Esa idea plantó un poco de esperanza en su corazón.

Sintiéndose un poco más relajado y animado, volvió a su cama y se tumbó sobre su espalda, sus párpados se volvían cada vez más pesados. En cuestión de segundos, estuvo profundamente dormido, soñando con su ángel de ojos canelas.


Rin dormía pacíficamente acostada en su suave colchón con las sábanas rodeándola cómodamente, y una sonrisa plantada en sus labios. Estaba soñando con su apuesto demonio de largo y suelto pelo plateado, y penetrantes ojos dorados.

Soñaba que pasaba sus dedos sobre las largas franjas violetas de sus mejillas, sobre su duro y musculoso pecho y sobre su delgado estómago. Una mano con garras se alzaba para ahuecarle la mejilla y acariciarla con suavidad. Se recostó contra su tacto, oyendo el bajo murmullo que emitía su pecho. Apoyó la cabeza en su pecho y sintió que unos fuertes brazos la envolvían en su calidez. Él posó un dedo bajo su barbilla para hacer que lo mirara. Empezó a cerrar la distancia entre sus rostros, sus labios estaban ligeramente abiertos. Ella cerró los ojos, su boca se abrió ligeramente y pudo sentir su cálido aliento susurrando sobre sus labios. Ladeó la cabeza, él la acercó más y luego…

—¡Rin! ¡Levántate cariño o llegarás tarde al trabajo!

Rin abrió inmediatamente los ojos. Gruñó contra su almohada y puso las sábanas sobre su cabeza.

—Cinco minutos más, mamá…

—No, nada de cinco minutos más, ahora. —Su madre le sacó las mantas de la cama y las dejó en el suelo—. Levántese, jovencita. El desayuno está en la mesa. —Y así, la madre de Rin salió pisando fuerte de su habitación, cerrando la puerta detrás de ella.

Rin suspiró irritada, se incorporó en la cama y se estiró. Bostezó y dejó las piernas colgando por un lateral. Estuvo un minuto sentada así, con la mirara fija en su ventana, observando Kioto a sus pies. Hizo una mueca y arrastró los pies hasta el baño.

—Malditos padres…


Desistió de intentar conseguir a Kagome. Finalmente había llegado a la conclusión de que sólo tendría sentimientos por el chucho y que nunca sentiría lo mismo por él. La idea lo entristeció, pero aun así podría encandilarla con su personalidad y nadie le había dicho que no podía flirtear con ella. Pero era esa pelirroja, que seguía viniéndole constantemente a la mente y con la que fantaseaba, la que había causado una sonrisa pervertida que bailaba en sus labios y que habría hecho avergonzar a Miroku. De hecho, había soñado con ella la noche anterior. Kouga suspiró mientras envolvía una toalla alrededor de su cintura. Su pelo estaba todavía húmedo, pero no le importaba. Entró en su habitación y buscó su ropa en su giganorme armario. Sacó unos boxers y sus pantalones color kaki, haciendo que una sonrisa se expandiera en su cara. Eran los mismos pantalones que había llevado en el concierto en el que había visto a la belleza de brillante pelo y ojos verdes. Parece ser que estos eran sus pantalones favoritos. Y así era. Cada vez que se los ponía, le recordaban a la joven que había visto al lado de Kagome. Y ella había fijado la mirada en él. Pero, bueno, ¿quién iba a culparla? Él era un bombón. Con sus abultados músculos y su firme abdomen, ¿quién no se iba a quedar mirando? Se pasó por la cabeza una floja camiseta blanca, se calzó sus tenis y salió de la habitación para desayunar, su pelo mojado dejó un rastro de humedad.


La loba se cepillaba su largo pelo rojo mientras se miraba en su espejo de cuerpo entero, sus ojos esmeraldas escaneaban su atuendo. Vestía una falda corta blanca que terminaba justo por encima de sus rodillas y una camiseta de color azul cielo. Suspiró, dejó el cepillo en su tocador, al lado del espejo y salió de su habitación, dirigiéndose a la cocina. Mientras se servía un capuchino caliente de vainilla en un recipiente para café, sonreía al recordar su sueño de la noche anterior. En su mente aparecieron unos ojos azules como el cielo y una sonrisa elegante. Cielos, amaba esa sonrisa lobuna suya. Suspiró soñadoramente y cogió su bolso y su capuchino, se puso una fina chaqueta, salió por la puerta y fue hacia su Jeep verde oscuro. Ayame entró de un salto, colocó sus cosas en el asiento que estaba a su lado y encendió el motor. Condujo por el camino de entrada y se encaminó a su trabajo, el bar Crepita y Silba.

Mientras conducía, volvió a recordar el sueño en su mente. Siempre recordaría ese sueño. Recordaba claramente todos los sueños que tenía de él. Y todos tenían que ver con él y ella, abrazándose y depositando besos en sus rostros. Ayame soltó una risita y un ligero sonrojo tiñó sus mejillas. Los sueños de las últimas noches habían sido un poco más… intensos que los demás. En vez de sólo abrazos y besos, había aparecido mucha más carne y mucha menos ropa.

Cerca de Crepita y Silba, giró en una esquina que la llevaría a la parte de atrás del bar y se metió en el pequeño aparcamiento. Estacionó el Jeep en su propia plaza, apagó el motor, cogió sus cosas, salió y se dirigió a la puerta de atrás. No le sorprendía que hubiera allí un tipo espeluznante con gabardina.


Sentado en su mullida silla en la larga mesa donde se estaba sirviendo el desayuno, miraba a la mujer que tenía enfrente y a la que tanto amaba. Agradecía que le hubiera dado una segunda oportunidad. Si no lo hubiera hecho, habría llegado a ponerse de rodillas y a rogarle que le concediera otra oportunidad. Gracias a Kami que se la había dado. El Señor sabía que si hacía aquello, nunca le dejarían en paz. Especialmente Inuyasha. Soltó un suspiro de alivio. Puede que fuera por eso que la quería tanto. Era tan indulgente con él que no podía evitar amarla. Bueno, fuera lo que fuera, esperaba que lo siguiera haciendo porque quería seguir amándola, por y para siempre.

Le sonrió educadamente a la mayordoma cuando puso un plato de beicon, huevos, jamón y salchichas delante de él y le sirvió un poco de café. Ella le devolvió la sonrisa y procedió a entregarles a los demás el desayuno que habían pedido. Pero no antes de que él le diera una palmadita en el trasero. Ella o lo ignoró, acostumbrada a sus modales pervertidos, o simplemente no lo sintió porque lo había hecho con mucha suavidad. Miroku se rió para sus adentros, cogió su tenedor y comenzó a comer su delicioso desayuno.

Sango había pedido tortitas con huevos fritos y una taza de café. Kouga había pedido una salchicha y jamón con zumo de naranja. No solía beber café. Sesshomaru había pedido una taza de café descafeinado y un tazón de cereales. No era de comer mucho. Naraku ni siquiera estaba desayunando. Le había dicho a Kaede que esa mañana se iba a ir a alguna parte, pero no había dicho exactamente a dónde. Kaede se lo había dicho a todos y simplemente le habían quitado importancia. Naraku era del tipo de personas que eran calladas e independientes. Sólo lo tenían en la banda por su habilidad con la batería. En cuanto a Inuyasha y Kagome, Inuyasha sólo quiso ramen, su comida favorita, mientras que Kagome había pedido una torrija, huevos y una taza de capuchino sabor vainilla. Inuyasha comentó que ella tenía algo con las cosas francesas. Kagome se había reído y le había dado un golpecito en broma en el hombro. Él se limitó a sonreír.

[N.T.: en inglés, torrija es French toast y el capuchino con sabor a vainilla es French vanilla capuccino. De ahí la comparación.]


Con un largo abrigo oscuro para ocultar su identidad, la figura entró apresuradamente en el club, con su cabeza cubierta por la capucha inclinada. La fuerte música le retumbaba en los oídos y suspiró. Cómo había echado de menos ese bar. Y a la camarera. Se abrió paso entre la marea de gente hasta la barra, al final del club, y se sentó en uno de los taburetes alzando un poco la cabeza para ver si alguien lo miraba. Afortunadamente, no lo miraba nadie. Sintiéndose a salvo, se quitó la capucha para revelar largos y rizados cabellos negros que terminaban en mitad de su espalda. Su pálida piel brillaba bajo las luces de neón y sus ojos rojos escanearon a las bailarinas. Vio que una de las camareras, de pelo rojo, servía a la gente las bebidas que habían pedido. Por su olor, podía ver que era un demonio lobo. No es como si no lo supiera ya. Había pasado por su lado muchas veces antes y se había detenido cuando había ido a dar la lista de bebidas alcohólicas a su amiga, la camarera entonces se paseaba una vez más para servirlas.

—Hola, guapo. Cuánto tiempo sin verte.

Al oír la conocida voz, Naraku se dio la vuelta en su asiento para fijar la mirada en la camarera que le dirigía una sonrisa auténtica.

Él le sonrió en respuesta.

—Hola, Mystique. Yo también me alegro de volver a verte.

—¿Qué va a ser, cari? ¿Daiquiri de fresa, como siempre?

Él asintió.

—Marchando.

Mientras le preparaba su bebida, se tomó su tiempo para admirar sus rasgos. Era hermosa, su pelo castaño liso le llegaba hasta la cintura, su cintura era delgada y su vientre plano. También era bastante alta, le llegaba a Naraku cerca de la nariz. También tenía unos ojos únicos. El azul rodeaba el verde y el marrón estaba en medio. Tenía la nariz pequeña y unos labios llenos y besables. Sí, Naraku tenía que admitir que era bastante guapa. Además tenía un buen cuerpo, recordó cuando se dio la vuelta para buscar un vaso. Una vez lo encontró, se giró, sirvió la mezcla en el vaso de tubo y se lo tendió.

—Aquí tienes. Rico y frío. —Le sonrió y dirigió su atención a otro hombre que estaba pidiendo sake. Naraku puso los ojos en blanco y se contuvo para no gruñirle a ese hombre. ¿Tenía que ser tan maleducado con ella al pedirle la bebida? En serio, al menos podría ser más agradable con su camarera. Naraku parpadeó. ¿Su camarera? ¿Desde cuándo soy tan… posesivo? Pensó con la mirada clavada en su bebida. Ella era la única que sabía quién era en realidad, el batería del grupo más famoso de Japón, Naraku. Y confiaba en ella lo suficiente para que guardara ese secreto. Y así lo había hecho durante cuatro años. No le había dicho a nadie que conocía a Naraku. Bueno, excepto a una persona. Pero Naraku ya lo sabía y no le importaba para nada. Esa tenía que ser la razón por la que le gustaba tanto. Era tan digna de confianza, tan hermosa, y tan… perfecta. Suspiró alegremente. Y no podía evitar sonreírle cada vez que miraba en su dirección, y sonrió.


Muchas gracias por los reviews que me habéis mandado. Como este capítulo era relativamente corto, he podido terminarlo antes, espero que os guste.

Saludos.