Disclaimer: los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.

Baile peligroso

Capítulo trece: La venganza es malévola


—¿Puedo…?

—No.

—Pero…

—No.

—Inuyasha…

—¡Maldición, Kagome, NO!

Inuyasha giró sobre sus talones y fulminó a Kagome con la mirada.

—No es no, Kagome. Te prohíbo terminantemente que lo hagas. Fin de la discusión. —Y así, se dio la vuelta una vez más y se fue otra vez por el largo pasillo.

Kagome resopló y dio un pisotón contra el suelo. Decidida a que le dejara hacerlo, lo siguió.

—¡Inuyasha, por favor! No le veo desde hace cuatro años, ¡y tanto tú como yo sabemos que está aquí a mi alcance!

Él abrió la boca para recordarle que lo había visto el día anterior, pero Kagome se le adelantó.

—¡Y tampoco te atrevas a decir que lo vi ayer! ¡Eso no fue casi nada! ¡Quiero volver a verle! Ponerme al día con los cuatro años en los que no he podido verlo, hablar con él. ¿A ti no te gustaría hablar con alguien muy cercano a ti al que no has visto en un par de años?

Las orejas de Inuyasha se movieron. ¿Qué demonios quería decir con "cercano"? ¿Ella era cercana al cabeza de zanahoria? Gruñó ante la idea. No. De ningún modo iba a dejar que se acercara a él. Si todavía era cercana a él, y viceversa, ¿quién decía que esos sentimientos no fueran a regresar? Se tensó al recordar la mirada fulminante que Kurama le había dirigido y que afirmaba una cosa:

No estés tan seguro de ti mismo. El viejo amor resurge rápidamente.

Bueno, eso era lo único que necesitaba. No iba a perderla cuando acababa de conseguirla. Un poco más relajado ahora que tenía la mente clara, aunque había estado clara desde que le había hecho la maldita pregunta, aceleró un poco el paso para librarse de su irritante novia.

Kagome parpadeó cuando lo vio acelerar el paso.

—¡Oye! ¡Todavía no he terminado contigo!


Sentado en la mesa de su estudio, tecleando intensamente en su portátil, sus pensamientos seguían dirigiéndose a esa joven. No importaba cuánto lo intentara, no podía sacársela de su mente. De vez en cuando encontraba sus pensamientos llenos de ella y sus dedos se paralizaban sobre el teclado. Y resulta que ésta era una de esas "ocasiones". Sacudió la cabeza y estampó el puño sobre el escritorio. Frustrado, cerró el portátil y se levantó. Se dirigió hacia un mueble y sacó un vaso de chupito y una botella de sake. Se echó la bebida en el vaso y se la tragó después de sentarse en uno de sus mullidos sillones. Ahora, Sesshomaru no era de los que se emborrachaban. De hecho, casi nunca bebía. Pero, demonios, necesitaba aclarar su mente. Aclarar su mente de esa maldita chica.

—¡Ahhhhhh!

Pum.

Sesshomaru cerró los ojos y gruñó en voz baja. Puso el vaso y la botella en la mesa de cristal que tenía delante y alzó las manos para masajearse las sienes. Maldición. Ya le dolía la cabeza. No necesitaba que el idiota de su hermano se sumara a ello.

Frunciendo el ceño ligeramente, se levantó y caminó rápidamente hacia las puertas. Si no se callaba ahora, lo tiraría por la ventana y haría que los perros se dieran un festín con su carísima ropa. Últimamente parecía… gustarles su nueva marca de ropa. Abrió las puertas y estaba a punto de gritar la amenaza, pero se detuvo cuando se topó con la… divertida escena que encontraron sus ojos.

Inuyasha estaba despatarrado en el suelo, retorciéndose con Kagome sobre él y mirándolo sin expresión.

Sesshomaru se contuvo de poner los ojos en blanco mientras fijaba la mirada en el nervioso hanyou. Dirigió su mirada a la chica.

—¿Qué ha pasado? —exigió, sin apartar de ella en ningún momento sus ojos ambarinos.

La expresión de Kagome permaneció neutral.

—Le dije que se sentase para que pudiéramos hablar… luego tropezó y se cayó —explicó, parpadeando una vez.

Una retahíla de maldiciones contenidas provenientes del suelo devolvió la atención de Sesshomaru a su hermano. Esperó a que Inuyasha estuviera completamente de pie y después el mayor entrecerró los ojos y fulminó con la mirada al pequeño.

—Inuyasha, si quieres vivir para ver tu próximo cumpleaños o, si sigues exasperándome más, la fiesta de este fin de semana, te sugiero encarecidamente que tu mujer y tú os llevéis vuestras riñas a otro lado y os calléis para que pueda concentrarme. Vuestro alboroto hace que me resulte imposible. —Y con eso dicho, les dirigió una fría mirada y se retiró de nuevo a su estudio, dejando a un molesto hanyou y a una confusa chica a su paso.

Una vez dentro de la tranquilidad de su estudio, Sesshomaru se apoyó contra las puertas y se frotó la frente, intentando mitigar la cercana migraña. Ahora sabía que no eran Inuyasha y su moza los que hacían que su mente se desconcentrara. Pero necesitaba echarle las culpas a alguien que no fuera él. Si sólo supiera el nombre de aquella chica…

Mierda.

¿Era demasiado tarde? Con todos los demás pensamientos lejos de su mente, Sesshomaru dio media vuelta, abrió de golpe las puertas y salió corriendo… para descubrir que Inuyasha y ella se habían ido.

Frustrado y demasiado enfadado como para seguirlos, se dio la vuelta y entró en su estudio, cerrando las puertas de un portazo.


Kagome e Inuyasha fijaron la mirada en las puertas cerradas del estudio, sabiendo muy bien que el enfadado inu youkai estaba dentro y que no podían molestarlo.

Kagome miró a Inuyasha, que todavía miraba las puertas como si estuviera aturdido. Tomando su estado de aturdimiento como ventaja, se acercó a él y sonrió con dulzura, sabiendo que probablemente ni siquiera podía verla, y dijo con la voz más dulce que pudo poner:

—Inuyasha…

—No.

Arrugó las cejas y puso las manos en las caderas.

—¡Inuyasha, por favor!

—Nop.

Kagome lanzó las manos al aire en señal de derrota.

—¡Arg! ¡Bien! ¡Sé un capullo!

Entonces salió dando pisotones y se dirigió a las escaleras, mascullando algo así como: "estúpidos novios controlavidas".

Inuyasha parpadeó y la siguió con la mirada. Se encogió de hombros.

—Bueno. Es mejor que esté enfadada conmigo a que yo me preocupe por si se acerca demasiado a él. —Y así, metió las manos en los bolsillos y continuó hacia su destino. El gimnasio.


Entró como un rayo en la cocina, se dirigió a la nevera y abrió la puerta de golpe, asomando la cabeza a su interior. Rebuscó en busca de algo dulce que comer, como el último trozo de tarta o de pastel que siempre sobraba. Al no encontrar nada, gruñó de un modo impresionante para un humano, cerró la puerta de un golpe, y arrastró los pies hasta una silla y se sentó, cruzada de brazos y encorvada. En el piso de arriba, alguien cerró la puerta de un portazo, haciendo que la casa vibrase un poco. Poco después, resonó una bofetada proveniente de la habitación principal.

Kagome resopló.

—Tres… dos… uno…

—¡Pervertido!

Kagome suspiró y frunció el ceño. Hombres.

Segundos después, una malhumorada Sango entró pisando fuerte en la cocina.

—¡Los hombres son idiotas! ¡Todos y cada uno de ellos!

—Ya, ya.

Sango gruñó en respuesta y cogió un bollo de la alacena, rompió el envoltorio y se sentó al lado de Kagome. Le dio un buen mordisco al bollo y frunció el ceño.

Se miraron. Parecían estar leyéndose la mente.

—Hombres.


Miroku se hundió en una lujosa silla y enterró la cara entre sus manos. Shippo saltó a su hombro.

—¿Sabes, Miroku? Si por una vez mantuvieras las manos quietas, a lo mejor conseguirías que tu relación con Sango durara. Por no mencionar que también recibirías menos bofetadas —afirmó Shippo, cerrando un ojo y mirándolo con el otro.

Miroku levantó la cabeza y puso su mano derecha delante de él.

—Es la mano, ¡la mano está maldita! —contraatacó, fulminando a la mano con la mirada.

El niño meneó la cabeza.

Siempre dices eso, Miroku. Asúmelo. ¡Eres un libertino! Todo el mundo lo sabe. Incluso Kagome lo sabe, ¡y ella ni siquiera te conoce tan bien como nosotros!

Miroku puso los ojos en blanco.

—¡Por supuesto que lo sabe! Nuestro grupo sale en casi todas las revistas de adolescentes, incluso en la People. Seguro que pone algo de mis pervertidos modales, y secretos de los demás. —Frunció el ceño—. Y creo que una vez vi en una revista el horario diario de Inuyasha.


Casa de una chica cualquiera.

—¡Oh Dios mío, oh Dios mío, oh Dios mío! ¡Lo tengo! ¡Tengo la revista con el horario diario de Inuyasha!


Se estremeció.

—¡Son acosadoras, te lo digo yo! Esas malditas reporteras tienen que conseguirse una vida.

—Lo he oído.

Las dos cabezas giraron y vieron a Kouga entrando en la habitación, con su chaqueta de cuero en la mano. Alborotó el pelo de Shippo al pasar por su lado y el niño rió, saltando del hombro de Miroku y yéndose a otra parte, probablemente iba a molestar a Kaede. Miroku vio cómo se escabullía el demonio zorro y suspiró, recostándose en su silla. Kouga se desplomó en el sofá y puso los pies sobre la mesa que tenía delante.

Miroku frunció el ceño y lo miró con escepticismo.

—Sabes que a las criadas no les gusta que hagas eso, especialmente si llevas tierra en las suelas de los zapatos —afirmó arqueando una ceja.

Kouga bufó y agitó una mano.

—No les pagamos por no gustarles lo que yo o ninguno de nosotros hagamos, así que no podría importarme menos. —Cruzó los tobillos para demostrar su afirmación.

Miroku se encogió de hombros y puso las manos detrás de la cabeza.

—Bueno, puede que eso sea cierto Kouga, pero aun así, ¿quién querría provocar a unas chicas tan monas como nuestras criadas? —preguntó, alzando las cejas y sonriendo.

El youkai lobo puso sus ojos azules en blanco y suspiró.

—Nunca cambiarás, Miroku. En serio, no sé cómo llegaste a estar en este grupo teniendo en cuenta que no puedes tener tus manos alejadas de las chicas —inquirió Kouga, cruzando sus morenos y musculosos brazos sobre su pecho.

Miroku alzó las manos en posición defensiva.

—Oye, ¡no soy yo, lo juro! ¡No puedo evitar que se me tiren encima!

—¿En serio? Entonces ¿por qué le estabas dando tu número de teléfono a una chica cuando esperábamos a que la limusina nos recogiera en el aeropuerto? Y supongo que también está el tema de que ella te dio su número, que aceptaste gustosamente tras tocarle un poco el culo. ¡Y supongo que no notaste al chico enfadado que tenía detrás hasta que se puso delante de ella, listo para darte una paliza, tanto si eras famoso como si no, por estas ligando y manoseando a su novia! —exclamó Kouga mientras bajaba las piernas de la mesa y se ponía en pie.

Miroku también se levantó.

—Venga, venga, Kouga no tiene por qué ponerte de mal humor. Además, yo me libré de eso con calma y sin violencia —dijo asintiendo.

El lobo explotó.

—¡Y una mierda, Miroku! ¡Sabes perfectamente que tuve que salvar tu pequeño trasero antes de que te hiciera papilla! —bramó con las manos cerradas fuertemente en puños, haciendo que se le pusieran los nudillos blancos.

Al oír el arrebato de Kouga, Sango y Kagome entraron corriendo en la habitación con expresión preocupada.

—¿Qué demonios está pasando aquí? —gritó Sango, poniendo las manos en las caderas.

Miroku abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera darle una respuesta concreta, Kouga gruñó y corrió hacia él, esquivando los muebles a su paso.

—¡Miroku! —llamó Sango.

Justo antes de que Kouga golpeara al despistado chico, un borrón rojo y plateado pasó junto a las preocupadas chicas y agarró al rabioso lobo por detrás.

Kouga intentó liberarse, todavía intentaba machacar al pálido Miroku por detrás.

—¡Suéltame! ¡Maldición, suéltame para que pueda matarlo! —gruñó, con los colmillos al descubierto y el ceño fruncido.

—¡Kouga! ¿Qué demonios te crees que haces?

Una ola de alivio recorrió a Sango.

—Oh, gracias a Dios… —Abandonó su posición al lado de Kagome, que tenía la mirada fija en el salvador de Miroku, y corrió hacia el pálido chico—. Miroku…

Miroku parpadeó y tragó el nudo que tenía en la garganta. Apartó sus ojos violáceos del lobo que todavía se debatía para liberarse y los enfocó en la mujer que tenía a su lado. Le dirigió una temblorosa sonrisa.

—Hola, Sango.

Un sonido entre un sollozo y una risa salió de los labios de Sango mientras lanzaba sus brazos alrededor de su cuello y le daba un abrazo de oso.

Como no se esperaba eso, Miroku se tambaleó y aterrizó en la silla, y Sango cayó con él. Parpadeando, la rodeó con los brazos y correspondió a su abrazo.

Con un gruñido grave, Kouga terminó por apartarse del agarre de su captor, cogió la chaqueta de cuero que se le había caído, y salió con paso firme por la puerta. Un sonoro portazo retumbó en las paredes, provocando que Kagome hiciera una leve mueca de dolor. Suspiró y miró a su alrededor, dándose cuenta de que Sango y Miroku de alguna forma se habían ido sin que nadie lo notara.

—¿Te importaría explicarme qué demonios acaba de pasar?

Con un gran sobresalto por su repentina pregunta, Kagome apartó los ojos de la anteriormente ocupada silla para mirar al otro ocupante de la habitación. Sus ojos marrón chocolate se abrieron como platos al ver lo que llevaba puesto. O más bien lo que no llevaba.

Ahí estaba Inuyasha en todo su esplendor, su largo pelo plateado estaba recogido en una coleta baja. No llevaba camiseta, por lo que Kagome podía ver su pecho musculoso, que brillaba del sudor. Lo único que llevaba puesto eran unos pantalones rojos flojos que tenían un cordón para sujetarlos en la cintura.

Al no notar la sonrisilla plasmada en sus labios, Kagome se tomó su tiempo para admirar su cuerpo. Sus brazos también estaban fuertes, lo que le decía que se ejercitaba un buen rato todos los días. Sus ojos bajaron a su cintura y vio que era estrecha y que tenía el vientre plano. Kagome tuvo la necesidad de estirarse y pasar los dedos sobre su plano y escultural estómago para sentir sus músculos tensándose ante su caricia. Algo cálido empezó a llenar el hueco de su estómago y pudo sentir su corazón latiendo con fuerza contra su pecho. Cuando al fin se dio cuenta de que todavía estaba mirando su cintura, se sonrojó profundamente y se dio la vuelta, porque no confiaba en sus ojos si bajaba más la mirada. Tan inmersa se encontraba en su estado de vergüenza que no notó que el objeto de sus deseos se había movido hasta que sintió unos fuertes brazos rodeándola por la cintura y un cálido aliento en su oreja. Su aliento se le quedó atrapado en la garganta cuando su lengua le lamió el borde de la oreja.

—Puedo oler tu excitación, ¿sabes? —dijo con voz ronca—. Me necesitas, Kagome. Me deseas completamente desnudo, tumbado en la cama sobre mi espalda con tu cuerpo desnudo encima de mí, gritando mi nombre, ¿verdad, Kagome? —Soltó una risita cuando ella gimió en respuesta—. Bueno, déjame decirte algo, cariño. —Bajó la voz hasta quedarse en un susurro y su mano ascendió por su camiseta, sus garras subían por su pecho—. Yo… te necesito… a ti.

A Kagome se le paró el corazón cuando esas palabras salieron de sus labios. Oh dios. ¿Cómo se había metido en ese aprieto?

Ah, sí. Eso le pasaba por haberse quedando mirando su cuerpo como una estúpida y por haberle dado ventaja para que se le acercara por detrás. Mierda. Odiaba a los hombres. Y hablando de odio, todavía estaba enfadada con él por decirle que no.

Ira y furia reemplazaron todas las demás emociones que circulaban en su interior. No cedió cuando él empezó a depositar húmedos besos por su cuello y a mordisquear su tierna piel, ni siquiera cuando sus rodillas empezaron a debilitarse. En cambio, una pequeña sonrisa se abrió paso en sus labios y se dio la vuelta, posando sus manos sobre su pecho desnudo. Él bajó la mirada con unos ojos llenos de lujuria y con la boca ligeramente abierta. Todavía sonriendo, sus manos empezaron a acariciar sus músculos en círculo, sintiendo cómo se tensaban bajo sus caricias. Bueno, había obtenido lo que quería.

Siguió sonriéndole.

—Tienes razón, Inuyasha. Te necesito —ronroneó, con las palmas completamente abiertas sobre su pecho.

Tomando su sonrisa y sus palabas como una señal de ánimo, bajó la cabeza para capturar sus labios, pero los dedos de Kagome lo detuvieron cuando se posaron sobre los labios de él. La miró con incertidumbre. Kagome se puso de puntillas de forma que sus labios estuvieran casi tocando los suyos.

—Necesito… que me dejes en paz, bastardo calenturiento. —Y así, lo empujó por el pecho. Inuyasha chilló y cayó, aterrizando en el suelo con un sonoro golpe. Kagome alzó la nariz y salió del cuarto, sin saber muy bien adónde iba a ir.

Inuyasha parpadeó desde su sitio en el suelo.

—Un momento… ¡sigo sin saber qué demonios ha pasado!


Kouga pisó el acelerador de su Vanquish negro y voló sobre el asfalto a más de 160 km/h. Se puso las gafas de sol y encendió el reproductor de CD, donde empezó a sonar uno de sus discos. Frunció el ceño y volvió a apagarlo, prefiriendo el silencio. Suspiró y dejó que el viento le diera en la cara, refrescándolo, y echando su coleta hacia atrás. Condujo con libertad por la carretera, superar el límite de velocidad siempre lo había calmado. Cuando conducía no tenía preocupaciones, ni siquiera le preocupaba la policía. Si resultaba que un policía estaba en la misma carretera que él, lo sobornaría. Eso siempre funcionaba. ¿Con qué? Con dinero, por supuesto. Pero, simplificando, conducir le liberaba el alma.

Suspiró un poco más calmado y giró en una esquina para entrar al centro de Kioto.

—Necesito un trago. —Iría a su bar favorito de Kioto, ese al que iba siempre a tranquilizarse. El Crepita y Burbujea.

—Me pregunto si el batería está ahí… —se cuestionó en voz alta, bajando la velocidad, para su desgracia. A veces, cuando tenía ganas de emborracharse o de alejarse de todo, Kouga también veía allí a Naraku, normalmente estaba en el bar flirteando con la camarera. Se rió para sus adentros. No creía que el Señor Oscuro y Callado fuera mucho de flirtear. Era una persona más bien independiente.

Resopló y giró en la esquina donde estaba el club. Aparcó su carísimo coche lejos de los demás, no quería llamar demasiado la atención. Después de todo, todo el mundo sabía que el famoso youkai lobo conducía un Vanquish negro gracias a los malditos paparazzis.

Gruñó al recordar cómo habían descubierto exactamente qué conducía, apagó el motor y se metió las llaves en el bolsillo. Salió y cerró la puerta con cuidado, encogiéndose de hombros e inclinando la cabeza, pero no demasiado para no parecer sospechoso. Con su identidad ligeramente oculta, se dirigió a la entrada. Una vez dentro, Kouga relajó los hombros y alzó la cabeza, ya que el bar estaba más oscuro. Ignoró todas las miradas que lo invitaban a acercarse, así como los gestos que le dirigían chicas medio desnudas mientras atravesaba la marea de gente que bailaba y se dirigía a la barra. Se sentó en un taburete libre y se rió al oler el ligero aroma de Naraku donde estaba sentado. Lo más probable era que se estuviera escabullendo con esa camarera suya.

Suspiró y se quitó las gafas de sol. Kouga bajó la mirada al mostrador mientras esperaba a que alguien viniera para pedir una copa. Mientras esperaba, decidió ignorar la música y dejar que sus pensamientos vagaran hacia la fiesta formal que se iba a celebrar ese fin de semana. Frunció el ceño. Formal, ¿eh? Pfft. Soy de todo menos formal. Sango ya debería saberlo. Y aun así me atormenta haciéndome llevar esos estúpidos esmóquines, haciéndome buscar acompañante y bailar como un tonto por todo el sofisticado salón de baile. Suspiró. ¿Dónde demonios voy a encontrar acompañante? El maldito pervertido tiene a Sango, Naraku tiene a esa camarera, Inuyasha tiene a Kagome, y Sesshomaru está decidido a encontrar a esa chica en la que no puede parar de pensar. Demonios, me encantaría llevar a esa pelirroja que acecha en mis sueños, pero no tengo ni idea de dónde vive. Volvió a suspirar. Mierda.

—Hola señor, ¿qué le gustaría tomar?

Saliendo de su ensoñación, corrió a ponerse de nuevo las gafas de sol y levantó la cabeza. Abrió la boca para responder a la camarera pero una vez que la miró con detenimiento tuvo que contenerse para no saltar sobre el mostrador y empezar a bailar. Era… ella. Era la pelirroja que estaba buscando. La misma chica de ojos esmeralda que lo perseguía en sueños cada noche, la misma chica con la que quería ir a la fiesta, la misma chica que había estado en el concierto dos meses antes. Bueno, ¿quién lo iba a decir? La he encontrado. Se rió para sus adentros.

Por mucho que quisiera agarrarla por los brazos, levantarla por encima de la barra y colocarla en su regazo, se guardó las manos para sí mismo y le dirigió una mirada deslumbrante.

—Vaya, hola, cariño. Nunca te había visto por aquí. —Era cierto. De todas las veces que había ido allí, nunca la había visto.

Ayame se sonrojó y le dirigió una tímida sonrisa.

—Eh, bueno, empecé a trabajar aquí hace unos dos meses, justo después del concierto de Inuyasha. —Suspiró soñadoramente—. Y Kouga… vaya que está bueno. —Al darse cuenta de que le había dicho eso a un completo extraño, se aclaró la garganta e hizo como si no hubiera dicho nada—. Bueno, ¿qué le pongo?

Kouga se la quedó mirando desde detrás de sus gafas de sol. ¿Ella pensaba que estaba bueno? ¡Punto! Sabiendo esa información, sería mucho más fácil hacer que fuera a la fiesta con él.

—Quería un Bloody Mary, por favor. —Sonrió con suficiencia.

Ayame asintió.

—De acuerdo, marchando un Bloody Mary. —Se puso a hacerle su bebida mientras le lanzaba miradas por el rabillo del ojo. Su pelo… Kouga también se lo recoge en una coleta… Negó con la cabeza. No, no puede ser. Aunque Kouga esté en Kioto ahora debido a una gran conferencia no significa que todo chico que lleve el pelo así sea Kouga. ¡Arg! ¡Vale, Ayame, para de fantasear con él y concéntrate en su bebida! Una vez terminada su bebida, se la llevó y Kouga puso el dinero en la mesa. Ella lo cogió y lo metió en la caja registradora, devolviéndole el cambio. Kouga meneó la cabeza.

—Nah, quédatelo. Piensa en ello como una propina por tu belleza y amabilidad. —Alzó su copa—. Gracias. —Se la llevó a los labios y le dio un sorbo—. Mmm. Está bueno.

Ayame sonrió.

—Gracias. El Bloody Mary es una de mis especialidades. Por no mencionar mi bebida alcohólica favorita —afirmó con una risita.

Kouga alzó las cejas.

—¿Ah sí? Je. La mía también.

Ayame se quedó ligeramente boquiabierta. El Bloody Mary era la bebida favorita de Kouga… ¡No! No iba a creerse que el hombre que tenía delante y que se parecía sospechosamente a Kouga era Kouga. Pero para asegurarse…

—¿Sabe? —empezó, limpiando un vaso con indiferencia—. Kouga lleva el pelo así… por una casualidad no le gustará, ¿no?

¿Gustarle? ¡Soy él! Pensó Kouga con amarga diversión, posando la copa en la barra. Bueno, si iba a llevar a esa chica a la fiesta, bien podía revelar quién era. Ella estaba empezando a sospechar de su parecido. Miró a su alrededor para ver si había alguien, se volvió hacia ella y vio que le estaba dando la espalda, estaba colocando el vaso que estaba limpiando. Respiró hondo, se quitó las gafas de sol y fijó la mirada en ella.

Ayame se giró con otro vaso sucio en la mano para ver si iba a responder a su pregunta o no. Alzó la cabeza… y soltó una exclamación, soltando el vaso, que cayó al suelo y se rompió en pedazos.


—¡Hola, Kagome!

Dicha mujer apartó la mirada del niño y vio a Sango entrando en su habitación, sonriendo ampliamente.

—Hola, Sango. ¿Qué tal?

Sango fue hacia ellos y se sentó en el borde de la cama, acariciando la cabeza de Shippo.

Él le sonrió.

—Hola, Sango.

Sango le sonrió y luego dirigió su atención a Kagome.

—Kagome, ¿sabías que va a haber una fiesta formal este fin de semana y que se va a celebrar aquí? —preguntó, levantando las piernas y doblándolas debajo de ella. Kagome asintió.

—En realidad, oí que Sesshomaru decía algo de una fiesta elegante que se celebraba este fin de semana. Pero no tuve la oportunidad de preguntarle por ella porque volvió a su estudio. ¿Qué pasa con eso?

Sango juntó las manos y chilló.

—Bueno, como dudo mucho que hayas traído algún vestido de tu casa, he pensado que podíamos salir a comprar un bonito vestido para la ocasión. Yo también necesito uno. Mis otros vestidos son muy viejos y ya no me sirven —explicó.

Al oír la mención de las compras, Kagome se enderezó y se inclinó hacia delante.

—¡Ir de compras! ¡A por un vestido! ¡Oh, eso sería maravilloso! Pero Sango, ¿no sería más barato ver si me sirve alguno de tus vestidos que ir a comprar dos nuevos? —preguntó arqueando una ceja.

Sango se encogió.

—Mmm… supongo que tienes razón —suspiró, y después volvió a enderezarse—. ¡Pero ir de compras es mucho más divertido cuando vas con una amiga! Además, no vamos a gastar mi dinero. Es de la banda. —Sonrió maliciosamente.

Kagome imitó su sonrisa maligna.

—Tienes toda la razón, querida Sango. Y como es el dinero de la banda, no me sentiré culpable si gasto mucho. Lo menos que pueden hacer es compartir. —Rió.

Sango también se rió.

—¡Ahí lo tienes, Kagome! ¡Una verdadera compradora nunca se siente culpable en lo referente a comprar con el dinero de otro! —afirmó, alzando un dedo.

Kagome volvió a reírse. Se aseguraría de comprar un vestido muy caro, de unos varios miles… no, borra eso. De unos cientos de miles. La venganza es malévola, Inuyasha.

Sango interrumpió sus pensamientos con su grito de batalla:

—¡A la limusina! —Y con eso, ambas salieron de la cama y volaron hacia la puerta, dejando a un perplejo kitsune detrás.

—¿Qué les pasa a las mujeres con las compras?


La limusina se detuvo delante de un centro comercial de cinco plantas y la gente ya se estaba aglomerando a su alrededor para ver quién salía de allí. El conductor salió, fue hacia la puerta de Sango y la abrió. El ruido sordo se convirtió rápidamente en gritos cuando Sango salió, seguida de Kagome.

—¡Oh dios mío, es Sango! ¡La manager de Inuyasha y su grupo!

—¡Mirad quién está detrás! ¡Es Kagome! ¡La novia de Inuyasha!

—Si esa es su novia, ¿entonces dónde está Inuyasha? ¡Quiero su autógrafo!

—¡Yo también!

—¡Sí!

Kagome se sonrojó mientras seguía a Sango, que en cambio seguía a un voluminoso guarda de seguridad. No estaba acostumbrada a obtener tanta atención. Un día era una chica normal intentando sobrevivir con su gato gordo y de repente, era la novia de una famosa estrella del pop. Era como si su vida hubiera dado un giro de ciento ochenta grados y ahora era como si ella misma fuera famosa sólo por ser novia de Inuyasha. Con un pesado suspiro, miró delante de ella y parpadeó, tenía la mirada fija en la parte de atrás de la cabeza del guarda. Me pregunto de dónde ha salido… Kagome se giró y no le sorprendió ver a otro hombre corpulento caminando tras ella, ahuyentando a los hombres que intentaban llegar a ella y a Sango. Se estremeció.

—¡Venga, Kagome! No querrás que esos chicos te molesten, ¿no? —oyó la voz de Sango sobre el griterío.

Corrió para alcanzar a su amiga, que la esperaba en la entrada. Sango la cogió de la mano y la arrastró al interior, donde estaban relativamente a salvo.

—Uf. Me alegro de que se haya terminado.

—Eh, ¿Sango?

La joven manager parpadeó y siguió la mirada de Kagome. Se quedó boquiabierta.

—Joder. —Oh dios, tengo que dejar de pasar tanto tiempo con Kouga…

Pero una vez que toda la gente sorprendida del centro comercial vio a los hombres amenazadores detrás de ellas, el recinto pareció volver a acelerarse, de forma que todos fingían que eran gente normal.

Ambas soltaron un suspiro de alivio y miraron a los hombres que tenían detrás.

—Gracias, chicos. Nos habéis salvado la vida —dijo Sango sonriendo.

—Literalmente —añadió Kagome.

Los guardas les devolvieron la sonrisa e hicieron una reverencia.

—El placer es nuestro, señorita Sango. Para eso nos pagan, para aparentar crueldad y fiereza —dijo uno.

—No lo olvidéis nunca —bromeó Sango.

Se rieron.

—Bueno, iremos a comprar lo que necesitan. Si hay algún problema llámennos.

Kagome hizo un saludo militar.

—Lo haremos.

—¡Vamos, Kagome! ¡Vámonos de compras!

—¡Por supuesto!

Y con eso, las dos chicas entrelazaron sus brazos y empezaron a caminar, ignorando las miradas que recibían.


En la tienda Walden Books, Kurama estaba delante de una estantería, examinando los libros con sus claros ojos verdes. Suspirando, extendió la mano, cogió un libro al azar y lo hojeó. No sabía ni siquiera por qué estaba en esa tienda. A lo mejor era porque era la favorita de Kagome. A ella le encantaba leer. Sí, tenía que ser por eso. Parecía que no podía sacársela de sus pensamientos sin importar a dónde fuera. Dondequiera que iba algo se la recordaba. Dejó el libro donde estaba y caminó por la tienda sin rumbo fijo, con las manos metidas en los bolsillos. Una pequeña sonrisa se asomaba por las comisuras de sus labios mientras recordaba los acontecimientos del día anterior. La había visto. La había visto después de cuatro años, había visto su sonrisa, sus hermosos ojos marrones, su largo pelo negro que tenía la misma longitud desde la última vez que la había visto. Había prometido mantenerlo de la misma longitud por el resto de su vida, incluso cuando fuera mayor y estuviera gris, sólo porque le había dicho que a él le gustaba así. Le enternecía ver que había mantenido la promesa que le había hecho hacía cuatro años.

Un poco más alegre y feliz a causa de esa promesa, Kurama salió de la tienda y se paralizó. Allí estaba, al lado de otra mujer, Sango, creía, mirando el mapa del centro comercial. Por una razón desconocida para él, empezó a ponerse nervioso y sintió las piernas como si fueran de gelatina. Pero por qué, pensó, ¿por qué de repente me siento tan nervioso cuando la veo? Ayer no estaba nervioso y no sentía como si las rodillas fueran a ceder. Así que, ¿por qué ahora?

—Disculpe señor, ¿es usted Kurama?

Kurama parpadeó y meneó la cabeza, haciendo que sus rodillas se enderezaran. Después giró la cabeza y vio a una chica que probablemente fuera una adolescente de pelo rubio que le llegaba a la cintura, y con unos brillantes ojos azules sonriéndole con un pequeño sonrojo tiñendo sus mejillas.

Kurama sonrió ligeramente.

—Sí, lo soy. ¿En qué puedo ayudarte?

La chica sonrió ampliamente.

—¡Oh dios mío, es usted! ¿P-Podría darme su autógrafo, por favor? Me encanta su trabajo —dijo sosteniendo una libreta y un bolígrafo.

Kurama asintió y cogió la libreta y el bolígrafo.

—¿Cómo te llamas?

—Heather.

Sonrió, garabateó algo en la libreta y se la devolvió.

—Aquí tienes, Heather. Disfrútalo.

Heather sonrió e hizo una reverencia.

—¡Muchísimas gracias, señor Kurama! ¡Voy a colgarlo en mi pared! —Y ahora que había obtenido lo que había ido a buscar, se dio la vuelta y empezó a correr hacia un pequeño grupo de amigos, agitando la libreta en el aire.

Kurama se rió. Adolescentes.

—¿Kurama? ¿Eres tú?

Sus ojos verdes se abrieron como platos y Kurama se giró y vio a Kagome delante de él, con la boca abierta y un brillo de esperanza en sus ojos marrones. Sango estaba detrás de ella, hablando por el móvil.

Parpadeando, meneó la cabeza y sonrió.

—Ah, Kagome. Me alegro mucho de verte otra vez. —Le cogió la mano y depositó un delicado beso en el dorso.

Kagome se sonrojó cuando le soltó la mano, pero una sonrisa se abrió paso en su rostro.

—¡Kurama, me alegro mucho de volver a verte! Aunque te haya visto ayer. Pero eso sólo fueron unos minutos. ¡Ahora puedo hablar contigo de verdad sin un novio celoso respirando en mi cuello! —rió y le dio un amistoso abrazo.

Kurama correspondió animadamente al abrazo.

—Aunque sólo fueran unos minutos, verte es como ver el sol ponerse en una de las playas más hermosas estando con el ser amado mientras se comparten abrazos y besos íntimos. —Se apartó y la miró a sus ojos marrones chocolate—. Encantador.

Kagome parpadeó mientras su boca formaba la palabra "uau".

—Kurama, eso ha sido precioso. Nunca te oí decir algo así cuando estuvimos saliendo —afirmó, ladeando la cabeza.

Kurama le sonrió de un modo encantador.

—Ah, pero cuatro años es mucho tiempo, mi amor. He cambiado considerablemente. —Le echó una ojeada con sus ojos verdes—. Y veo que tú también lo has hecho —dijo guiñándole un ojo.

Un fuerte sonrojo coloreó sus mejillas e inclinó la cabeza.

—Para ya, Kurama. Sabes que no me gusta que me halagues en público.

Él se encogió de hombros.

—Es verdad. Pero de todos modos, veo que tu… novio no está por aquí contigo. —Miró a su alrededor—. ¿Dónde está?

Ante la mención de su novio, Kagome suspiró y se alejó de su abrazo.

—Si te refieres a Inuyasha, ahora mismo estoy enfadada con él y preferiría que no habláramos de él. —Se cruzó de brazos y apartó la mirada, haciendo un puchero.

Kurama frunció el ceño.

—¿Enfadada? ¿Qué pasó? ¿Te ha hecho algo? ¿Te hizo daño? Si lo ha hecho, Kagome, yo…

Kagome le interrumpió.

—No, Kurama. No ha hecho nada. Bueno, en realidad sí, pero ahora que he obtenido lo que quería, estoy bien. —Le dirigió una sonrisa tranquilizadora.

Kurama se relajó, contento de que su ex no estuviera herida en ningún sentido. Excepto por la parte emocional, pero como había dicho que no quería hablar de ello, no la presionaría. Pero, ¿a qué se referiría cuando dijo "he obtenido lo que quería"?

—Kagome, cuando dijiste que habías obtenido lo que querías, ¿a qué te referías? —preguntó, arqueando delicadamente una ceja. Se imaginaba bastante bien a qué se refería, pero quería oírlo, quería que lo dijera.

Ella gruñó internamente. Maldición, esperaba que no hubiera captado esas palabras. Pensó, pasando una mano por sus negros mechones. Bajó el brazo y sonrió tímidamente.

—Bueno, Kurama… estaba enfadada con Inuyasha porque no… noqueríadejarmevolveraverte —dijo rápidamente, mirando a cualquier lado menos a él.

Kurama parpadeó, intentando registrar todo eso en su mente. Una vez entendió lo que había dicho exactamente, volvió a parpadear y sonrió de oreja a oreja.

—¿Querías volver a verme? Oh, ¡qué bonito por tu parte, Kags! —La acercó a él de nuevo y la abrazó con fuerza. Cielos, cómo echaba de menos tenerla así. Pero no, él tenía que seguir y ella tenía que buscar a su rico y famoso novio la superestrella.

Se encogió internamente. ¿Acababa de pensar eso? Él nunca pensaría en nada tan egoísta… ¿no? Pero cuando se trataba de Kagome… no podía evitar ser egoísta. Solía tenerla para él solo. Solía poder abrazarla con libertad, acurrucarse con ella, hablar con ella con libertad. Pero ahora que tenía un novio famoso, ni siquiera podría hablar con ella en privado sin que tuviera un guardaespaldas cerca de ella o a alguien más con ella en todo momento.

Kagome suspiró y cerró los ojos, deleitándose en su abrazo. Cielos, lo echaba de menos. Echaba de menos que la abrazara. Pero ahora… ahora tenía a alguien más que la abrazara, que la besara. Sintiéndose un poco culpable, se apartó de él.

—Lo siento, Kurama, pero tengo novio y… bueno… me siento culpable cuando abrazo a otro chico. Lo siento. —Bajó la cabeza, rodeando su estómago con los brazos, como si estuviera protegiéndose.

Kurama se golpeó mentalmente. Por supuesto.

—No pasa nada Kagome. Lo entiendo perfectamente. —Sonrió. Al mirar detrás de ella, vio a un chico bajito y moreno caminando hacia él. Gruñó—. Bueno, lo siento Kags, pero tengo que irme. Me alegro mucho de volver a verte. —Le dio un último abrazo y un beso en la mejilla, y se dirigió hacia su amigo que lo estaba esperando.

Kagome parpadeó, se giró y lo observó irse con su amigo. Él se dio la vuelta y se despidió con la mano. Ella sonrió y le respondió al saludo.

—Yo también me alegro de haberte visto y hablado contigo, Kurama.

—Kagome, ¿quién era?

Kagome saltó y se giró para ver a Sango sonriendo detrás de ella.

—Oh, Sango. Me has dado un susto de muerte —dijo, agarrándose el pecho.

Sango se rió.

—Lo siento, Kagome. Pero, ¿quién era? —insistió, metiendo el móvil en el bolso.

Kagome suspiró y se dio la vuelta.

—Ése, Sango, era mi ex, Kurama. No lo he visto desde hace cuatro años. Bueno, excepto por ayer —explicó.

La boca de Sango formó una "o".

—Bueno, seguimos teniendo que encontrar vestidos para la fiesta. Iremos a esa tienda… eh… ¿cómo se llama? ¡Ah, sí! Happily Ever After. ¡Venga! —Sin esperar a que la chica respondiera, la cogió de la mano y la arrastró al ascensor, ya que la tienda estaba en el tercer piso y ellas estaban en el primero.

Finalmente, en la tercera planta, las dos compradoras prácticamente corrieron por el pasillo hasta dicha tienda. Entraron y se separaron inmediatamente, revisando todos los hermosos vestidos.

Después de un rato buscando y probando miles de glamurosos vestidos, Kagome escogió un deslumbrante vestido azul oscuro con una pequeña abertura abajo. No tenía tirantes y mostraba un poco de escote, pero no demasiado. El vestido estaba cubierto de encaje brillante que empezaba en la cintura y terminaba en el borde del vestido. Había un par de guantes que le cubrían todo el brazo y consiguió un par de zapatos de salón de ocho centímetros de tacón que hacían juego con el vestido.

Sango escogió un vestido parecido, sólo que el de ella era magenta y tenía unos tirantes muy finos. También había conseguido zapatos de cinco centímetros de alto a juego con el vestido y los guantes eran de un rosa claro y terminaban en su codo.

Contentas con lo que habían comprado, las dos chicas entrelazaron los brazos y salieron de la tienda, sonriendo y con una bolsa colgando del brazo de una de las chicas.

Mientras el ascensor las bajaba a la planta baja, Kagome no pudo evitar pensar en la chica que había estado hablando antes con Kurama. ¿Por qué le había dado una libreta y un bolígrafo? ¿Qué había escrito allí? Suspirando, salió del ascensor con la charlatana de Sango, asintiendo cuando era necesario. La limusina estaba esperándolas y las dos entraron en ella, asintiendo en agradecimiento al conductor.

De vuelta a la mansión, Kagome miró por el cristal ahumado con el ceño fruncido. ¿Quién era aquella chica? Eso iba a molestarla todo el día. Se aseguraría de preguntarle a Kurama la próxima vez que lo viera. Eso, si volvía a verlo de nuevo. Suspirando, bajó la mirada a la bolsa que tenía en el regazo. Sonrió. Bueno, había obtenido su venganza. Pero por supuesto, nunca diría cuánto le había costado exactamente el vestido. Se guardaría esa pequeña información para sí misma.

Toma ya, Inuyasha.


—…Y eso es básicamente lo que pasó —explicó Miroku, tocándose las costillas y haciendo un gesto de dolor. Vaya, sí que abrazaba fuerte esa mujer.

Inuyasha puso los ojos en blanco.

—Maldito Kouga. Tiene que aprender a dejar de meterse en peleas con todo el que no esté de acuerdo con él. Pero no puedo culparle en este caso. que te salvó el pellejo del novio de esa chica. Sin él, probablemente no existiría un tú. —Colocó las manos detrás de la cabeza y se recostó en el sillón reclinable, poniendo las piernas en el reposapiés. Estaba ligeramente molesto por lo que había hecho antes Kagome. Por haberlo excitado de aquel modo y luego dejarlo. Eso era sencillamente cruel. Perra de corazón helado. Gruñó.

Miroku enarcó una ceja.

—¿Inuyasha? ¿Estás bien? Acabas de gruñir por nada… —Se detuvo, dirigiéndole al hanyou una mirada excéntrica.

Inuyasha meneó la cabeza y fulminó a su amigo con la mirada.

—Keh. Sólo estaba pensando en algo, eso es todo. Estoy bien —aseguró, mirando a un lado.

Miroku suspiró y se encogió de hombros.

—De acuerdo, Inuyasha, lo que tú digas. —Se levantó y se estiró—. Bueno, no sé tú, pero yo me voy a pasear a algún lado para tomar un poco de aire fresco. Nos vemos —se despidió, y salió del cuarto tarareando suavemente para sí.

Ambas orejas de perro se movieron mientras lo observaba salir del recibidor. Bostezando, cerró los ojos ambarinos y hurgó en su cerebro en busca de una buena venganza que ejecutar sobre su mujer. Sonrió con suficiencia.

Ten cuidado, Kagome. La venganza es malévola.


Sé que no he actualizado en muchísimo tiempo no me matéis por favor, pero he estado muy liada, y ahora que he terminado otra época de exámenes me he dicho que ya está bien de haceros esperar y me he puesto a ello. No puedo prometer actualizar seguido, porque la Universidad me saca mucho tiempo, pero lo intentaré.

Sin más, me despido y espero que os guste. ¡Nos leemos!