Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.

Baile peligroso

Capítulo catorce: Llamadas telefónicas

-O-

Al entrar en su habitación, tarareando una suave melodía para sus adentros y un poco animada ahora que se había calmado considerablemente, Kagome tiró el bolso sobre su cama, siguiendo ella misma al bolso, desplomándose sobre su espalda. Cerró los ojos y soltó un suspiro, una sonrisa se abrió paso en su rostro. Se alegraba de haber vuelto, aunque todavía estuviera un poco enfadada con Inuyasha. Al recordar cuando había visto a Kurama en el centro comercial, su sonrisa se ensanchó y una risita escapó de sus labios. Se alegraba de haberlo vuelto a ver, aunque sólo hubieran sido unos minutos, igual que la última vez. Su sonrisa se desvaneció y frunció el ceño. Pero es eso… No quiero hablar con él solamente unos minutos, sino más. ¿No hay otra forma? Sí, podríamos quedar, pero también está el tema de Inuyasha… y sus malditos sentidos perrunos.

Frunció el ceño y se irguió, soltando un largo suspiro de frustración. Eso elimina esa teoría. Tendría que darme permiso para volver a verle, y no va a pasar. Kagome parpadeó, como si se hubiera dado cuenta de algo. Un momento… ¿desde cuándo me tiene que dar permiso para hacer algo? ¡Soy libre! ¡Él no me controla! Con la sonrisa otra vez en la cara, saltó de la cama, con determinación en los ojos. Pero pronto se desvaneció, junto con su sonrisa, y volvió a tirarse en la cama con el codo apoyado en la rodilla y su cabeza en la palma de su mano. Sí, puede que sea libre… pero ¿cómo voy a conseguir que Inuyasha me deje salir? Es mucho más fuerte que yo, así que… De repente, abrió los ojos como platos y se enderezó, alzando la cabeza de la palma de su mano y parpadeando lentamente. Las comisuras de su boca se alzaron.

—Un momento… —Con un plan tramándose en su cabeza, una sonrisilla se extendió por su rostro—. Perfecto. Eso haré. ¡Es imposible que se resista a eso! —La confianza se acurrucó con orgullo en su corazón, volvió a levantarse y fue hacia la puerta, sólo un sonido de llamada la detuvo en seco, haciendo que mirara atrás para intentar encontrar la fuente. Con el ceño fruncido, volvió atrás y rebuscó en su bolso para ver de dónde salía. Al encontrar la fuente, sacó su móvil de tapa del bolso, vio quién llamaba y casi se le cayó.

-O-

Tropezó, y una mano voló para agarrarse a algo y la otra se apoyó sobre su corazón, la loba miró con los ojos abiertos como platos al otro demonio lobo que estaba al otro lado del bar. Dios mío… ese… no puede ser… ¡Kouga!

Ayame se quedó boquiabierta y Kouga se rio entre dientes.

—Cierra la boca, cariño. Te van a entrar moscas.

La cerró inmediatamente y negó con la cabeza, intentando despejar su mente. Respiró hondo, se estabilizó y fijó la mirada en él.

—Tú eres… Kouga… —fue su inteligente respuesta. Se dio una patada mentalmente.

Kouga se volvió a reír y apoyó despreocupadamente los codos sobre la barra, con una elegante ceja alzada.

—El único e inigualable. ¿Por qué no me concedes el placer de conocer tu nombre, cariño? —Le dirigió una sonrisa, una que hizo que Ayame casi se desmayase. Casi.

Parpadeó una vez y al ver por fin el vaso roto en el suelo, lo recogió rápidamente y lo tiró en la basura. Recogió pelusas imaginarias con su delantal y se aclaró la garganta, alzando la mirada hacia él, con una pequeña sonrisa adornando sus labios.

—Ayame.

Kouga sonrió de nuevo y asintió.

—Bueno, Ayame, es un placer conocerte. Como sabes, soy Kouga, el segundo cantante de la banda de Inuyasha. —Volvió a ponerse las gafas de sol y le dirigió una sonrisa de disculpa—. Perdona, pero no tengo muchas ganas de salir corriendo si alguien se da cuenta de que estoy aquí —explicó, mirando por encima de su hombro para ver si alguien se había dado cuenta al verlo sin gafas de sol. Suspirando de alivio, volvió a mirar, y estaba a punto de decir algo más cuando se dio cuenta de que ya no la tenía delante, sino delante de otro hombre, mezclándole una bebida. El hombre parecía estar disfrutando de la vista que obtuvo cuando se agachó para coger un trapo y limpiar un poco de la bebida que él había derramado. Kouga gruñó. No pudo contener las siguientes frases que salieron de su boca.

—Oye, tú, para de mirar así la señorita o desearás nunca haber puesto los ojos en ella, ¿entendido? —amenazó en voz baja, descubriendo los colmillos.

El hombre alzó una ceja y se rio.

—¿Y tú quién eres para decirme lo que puedo y no puedo mirar, lobo? —dijo, poniendo énfasis en la palabra "lobo". Ayame le puso la bebida que había pedido delante de él, mordiéndose el labio inferior y mirando a Kouga con expresión interrogante.

Kouga puso los ojos en blanco detrás de sus oscuras gafas de sol y negó con la cabeza.

No vuelvas a hacerlo. —Y así, volvió su atención a su propia bebida y le dio un sorbo.

El hombre volvió a reírse y le dio un buen trago a su bebida. Bajó la copa con un poco de brusquedad y luego se fue a hablar con la gente que tenía alrededor.

Los ojos de Ayame permanecieron en el hombre un segundo más y luego volvió hacia Kouga con una sonrisa tímida en los labios.

—Mmm, gra-gracias. No tenías por qué hacerlo, ¿sabes? Estoy bastante acostumbrada. Esto es un bar, después de todo, aquí pasan el tiempo todos los pervertidos y los drogadictos —explicó despreocupadamente, limpiando una jarra con un trapo.

Kouga se encogió de hombros y le dio otro sorbo a su Bloody Mary.

—Lo sé. Pero no soporto que la gente mire partes que no deben mirar. —Frunció el ceño—. Me pone enfermo. —Le dio otro sorbo a su bebida, solo que éste fue más largo que los anteriores.

La camarera le sonrió. No me lo puedo creer… Después de todos los años que me lleva gustando Kouga, ¡nunca me había imaginado que tendría una conversación de verdad con él! ¡Y tampoco estoy balbuceando como si fuera idiota! Ayame se rio disimuladamente, guardando el plato limpio y buscando otro en el fregadero, que estaba lleno de agua.

Al terminar su bebida con un último sorbo, el demonio lobo apartó el vaso y observó la parte de atrás de la cabeza de Ayame mientras limpiaba los platos. Una media sonrisa se extendió por su rostro cuando oyó sus risitas. Qué risa tan encantadora… pensó, el alcohol ya le estaba afectando. Miró a un lado para ver si aquel hombre seguía con los ojos donde debían estar, y gruñó cuando vio que no era así. Miraban el culo de la camarera y, a juzgar por la sonrisa estúpida de su cara, podía ver que lo estaba disfrutando. No le hacía falta mirar a ningún otro lado para ver que otra parte de su anatomía también lo estaba disfrutando. Frunció el ceño y se levantó del asiento, su mente estaba un poco nublada mientras caminaba fatigosamente hacia él y lo agarraba por el cuello de la camisa, tirando de él con brusquedad y mirándolo fijamente a los ojos, ignorando sus sonidos de sorpresa y protesta.

—Pensaba que te había dicho que apartaras tus ojos de la señorita. ¿No me expliqué bien la primera vez? —gruñó, estirando su labio con burla.

Ayame, al oír la voz grave detrás de ella, se dio la vuelta y dio un grito ahogado al ver la escena que se desarrollaba delante de ella.

—¡Kou…! —Se mordió la mejilla para no decir el resto del nombre. Tras mirar a su alrededor para asegurarse de que nadie la hubiera oído, tiró el trapo sobre la barra y salió corriendo por la media puerta, rodeando la barra, para llegar hasta los dos hombres.

El transgresor le respondió burlón.

—¡Y yo pensaba que te había dicho que podía mirar a donde me diera la gana! —Su mano voló y le dio un puñetazo a un lado de la cara, haciendo que Kouga lo soltara y se tambaleara hacia atrás. El tipo cayó sobre sus pies con torpeza y lo miró con dureza.

Kouga se llevó la mano a su dolorida mejilla y fulminó al otro con la mirada, sus ojos azules normalmente tranquilos estaban llenos de furia.

—¿Quieres pelea? Por mí perfecto. —Y dicho eso, se lanzó hacia él, y el tipo se apartó rápidamente. Kouga gruñó y estaba a punto de volver a saltar hacia él, pero algo lo retenía por el brazo. Al mirar sobre su hombro, sus ojos se suavizaron al darse cuenta de que era Ayame la que lo tenía agarrado por el brazo, con la preocupación grabada en sus facciones.

—Parad, los dos. —Aunque su rostro mostraba preocupación, su tono era duro y exigente. Tras liberar el agarre sobre su brazo, se interpuso entre ambos, su cabeza se movió de uno a otro—. Este bar tiene una política antiviolencia, así que, si queréis pelear, os vais fuera —dijo señalando la puerta con el pulgar.

Kouga fijó un poco más la mirada en ella y luego su mirada se endureció al enfocarla en el hombre que le devolvía la mirada con la misma dureza.

—Ya has oído a la señorita. Nada de peleas. Y tengo mejores cosas que hacer que jugar con un chaval como tú —se burló una última vez, se dio la vuelta y volvió a su sitio, ignorando todas las miradas de la multitud que se había formado mientras los dos tenían su desencuentro. Numerosos gruñidos y protestas llenaron el bar y Ayame los detuvo rápidamente dirigiéndoles a todos miradas fulminantes. Pero el hombre no había terminado. Una renovada ira lo llenó y dio un paso amenazador hacia Kouga.

—¡Chaval! ¿A quién coño llamas chaval, saco de pulgas? —Sin esperar una respuesta, el hombre iracundo voló hacia él y a Kouga casi no le dio tiempo de saltar para apartarse de su camino, aterrizando en posición de pelea.

—Puede que sea un lobo, ¡pero sé dar un buen puñetazo, bastardo! —Kouga bloqueó el ataque cuando se volvió a lanzar hacia él, y volvió a rodearlos una multitud. Cánticos de "¡Vamos, Jack! ¡Patéale el culo!" se oyeron por toda la taberna y Ayame no pudo evitar la pelea. Así que, en lugar de intentar detenerla, se quedó atrás, rezando silenciosamente por que ganase Kouga.

Jack soltó un grito de batalla antes de volver a lanzarse sobre él, su mano alzada en puño. Kouga gruñó y se volvió a apartar de su camino, y le dio un puñetazo en la parte de atrás de la cabeza cuando pasó por su lado. Jack giró sobre sus talones e intentó tirarlo al suelo pasando una pierna por debajo de él. A Kouga lo cogió con la guardia baja y cayó de espaldas, el aire salió de sus pulmones al aterrizar.

—¡Uf!

Jack sonrió con suficiencia y no perdió el tiempo para lanzarse sobre él, sentándose en su cintura y sacando una navaja de su bolsillo.

—Ya no eres tan duro, ¿eh, lobo? —dijo, señalando su cuello con la afilada punta de su cuchillo. Kouga fijó la mirada en el cuchillo y luego en él, entrecerrando sus ojos azules. Se le pasó por la cabeza la idea de sacarse las gafas de sol (de alguna forma habían conseguido permanecer en su cara durante la reyerta), pero no sabía si sería bueno hacerlo cuando había tanta gente rodeándote, un tío amenazándote con un cuchillo al cuello y el que estuviera un poco ebrio tampoco ayudaba. Así que decidió hacer algo inteligente por una vez y dejárselas puestas… por el momento.

Suspirando, con el odio y la ira desvaneciéndose de sus ojos, fijó la mirada en él con calma.

—¿Y bien? ¿A qué esperas? Adelante. Ábreme la garganta —dijo en voz baja, fijando la mirada en los ojos grises del hombre llamado Jack.

En este momento, Ayame empezaba a entrar en pánico y ansiaba desesperadamente hacer algo… cualquier cosa para apartar a Kouga del peligro. Había leído que tenía tendencia a emborracharse en bares y meterse en peleas sin sentido, pero esta pelea había ido demasiado lejos. Aunque no parecía tan mal, a Kouga nunca lo habían amenazado antes con un cuchillo al cuello, y ella no tenía ganas de averiguar qué pasaría si llevaba a cabo su amenaza.

Sin pensarlo, se puso rápidamente en movimiento, corriendo hacia los dos e intentando alejar a Jack de él.

—¡Jack, tienes que parar de una vez! ¡Ya! ¡Haré que te saquen de aquí y que te prohíban volver a pisar este bar! —afirmó Ayame, volviendo a tirar de él.

Pero a Jack no le gustó eso y emitió un gruñido ronco, echando un brazo atrás tan rápido que Ayame no pudo esquivarlo. Su fornido brazo le dio en el pecho y ella jadeó, la fuerza del golpe la echó hacia atrás y cayó al suelo.

Kouga abrió los ojos como platos y la preocupación tiñó su rostro y sus ojos, y giró el cuello para mirar a la loba.

—¡Ayame!

Volvió la cabeza hacia el hombre, intimidándolo, gruñó con fuerza y descubrió los colmillos, frunciendo el ceño.

—¿Cómo te atreves? —dijo con una voz peligrosamente baja, sus garras se hundieron en la carne de su mano, haciéndole sangre.

Jack arqueó una ceja y se rio por lo bajo, dejando que la punta del cuchillo se alejara un poco de su cuello.

—Oh, vaya si me atrevo.

Con ira y furia renovadas circulando por su cuerpo, Kouga frunció el ceño y lo apartó de él con brusquedad, haciendo que cayera de espaldas y Kouga se incorporara.

Jack gruñó y jadeó al darse cuenta de que su navaja ya no se encontraba en la seguridad de su mano. La buscó frenéticamente, y la vio a unos centímetros, se agachó rápidamente hacia ella, agarrando el mango con la mano. Relajado ahora que había recuperado su arma, estaba a punto de levantarla… cuando una bota negra pisó su mano con fuerza, evitando que la recogiera. Jack gritó de dolor, sintiendo y oyendo que algo estallaba en su mano. Tragando el nudo de su garganta, sus ojos grises subieron lentamente por el cuerpo del dueño de la bota y fijó la mirada en los ojos azul helado de su oponente. Sus ojos se llenaron de miedo mientras Kouga lo fulminaba con la mirada.

—¿Tu madre nunca te dijo que no es de buena educación pegarle a una dama? —exclamó, pisando su mano con más fuerza cuando dijo "educación".

Jack se mordió el labio para evitar aullar de dolor y, en cambio, soltó un quejido.

Kouga gruñó y se inclinó, agarrándolo del cuello, alzándolo del suelo y mirándolo a la cara. Levantó una mano lentamente a la altura de sus caras, Jack abrió los ojos como platos y giró la cara, luego cerró los ojos con fuerza, esperando el golpe. Cuando oyó exclamaciones de la multitud que lo rodeaba, abrió los ojos y parpadeó, girándose para volver a mirando. Se quedó boquiabierto y abrió los ojos todavía más. Se encontró mirando los ojos azul claro de ningún otro que Kouga, cantante de la banda de Inuyasha.

Kouga arqueó una ceja negra.

—¿Tienes algo que decir ahora, Jack?

Jack tragó el nudo de su garganta y negó rápidamente con la cabeza.

—N-No, señor, digo, Kouga, señor, lo siento mucho, señor, no sabía…

—Cállate ya.

Jack asintió, el color había abandonado su rostro.

Kouga se lo quedó mirando largamente, como si estuviera contemplando qué hacer con aquel tipo. Suspirando y con un pequeño gruñido saliendo de sus labios, bajó a Jack sobre sus pies, dirigiéndole una mirada de advertencia.

—Si alguna vez te veo volviendo a hacerle daño a ella o a cualquier otra mujer, haré que…

Bip. Bip. Bip.

Kouga parpadeó y bajó la mirada a su cintura, de donde venía el pitido. Maldiciendo en voz baja, pulsó el botón de su busca y volvió a mirar a Jack. Volvió a ponerse las gafas de sol y le dirigió una última mirada de advertencia, antes de pasar por su lado y luego trotando para ayudar a Ayame a levantarse del suelo. En cuanto estuvo en pie, la miró rápidamente para ver si estaba herida.

—¿Estás bien? —preguntó, su mirada se clavó en la de ella.

Ayame se limpió la suciedad y alzó la mirada hacia Kouga, un delicado sonrojo subía por sus mejillas. Le ofreció una tímida sonrisa y asintió.

—S-Sí, estoy bien… Kouga.

Bien… Veamos… Kouga está aquí de verdad, se puso a pelear con Jack, ganó, y ahora está delante de mí, preguntándome si estoy bien… y le he dicho que sí… Suspiró por lo bajo. Ahora, ojalá me pidiera el número de teléfono…

—Eh, ¿me das tu número? Ojalá pudiera quedarme más, pero tengo que largarme. Te llamaré y podremos hablar más. —Le guiñó un ojo y le dirigió una elegante sonrisa.

Ayame casi se quedó boquiabierta. Casi. ¿Acaba… de…? ¡Ah! ¡Qué estoy haciendo! ¡Acaba de pedirme el número y aquí estoy, mirándolo boquiabierta como si le hubiera salido otra cabeza! Salió de su ensoñación sacudiendo la cabeza, y le sonrió torciendo la boca.

—Eh… claro.

Sacó una libreta y un lápiz de su delantal y escribió su número de teléfono, para luego arrancarlo y dárselo.

Él lo cogió, lo dobló y se lo guardó en el bolsillo. Le dirigió una última sonrisa en agradecimiento y luego se dio la vuelta y fue hacia la puerta. Antes de salir, miró por encima de su hombro y saludó, con una sonrisa plantada en los labios.

—Hasta luego, Ayame. Te llamaré. —Y así, salió, dejando la puerta para que se cerrara suavemente por sí misma.

Ayame se quedó mirando la puerta, sin creer lo que acababa de pasar.

—Acaba… de pedirme mi número de teléfono… y se lo he dado… y… ¡va a llamarme! —Una amplia sonrisa se extendió por su rostro y se rio tontamente, dando saltitos en círculos—. ¡Kouga tiene mi número! ¡Kouga tiene mi número! ¡Y va a llamarme! ¡VA A LLAMARME!

Para entonces, todos los que estaban en el Crepita y Burbujea la estaban mirando con extrañeza, mientras la multitud volvía a sus sitios y algunos hombres ayudaban a Jack a volver a su sitio.

-O-

—Oh, Dios mío… esto no puede estar pasando… debo estar viendo cosas… no puede ser ese número… ¿verdad? —Se atrevió a mirar otra vez su teléfono, que estaba sonando, y Kagome gruñó y se pasó una mano por la cara—. Lo es. —Suspiró profundamente y decidiendo finalmente contestar al maldito aparato porque sabía que iba a seguir sonando hasta que contestara porque quien que llamaba era muy persistente e iba a seguir llamando hasta que respondiera, se tiró en la cama y lo abrió, llevándoselo vacilante al oído.

—… ¿Hola?

¡SE PUEDE SABER DÓNDE ESTÁS! —fue el agradable saludo que recibió.

Kagome hizo una mueca y apartó un poco el móvil de su oído, volviendo a acercarlo cuando terminó el grito.

—Hola, mamá.

—Kagome, ¿dónde estás? ¡Estoy muy preocupada! Llamé y llamé a tu apartamento y no recibí ninguna respuesta y luego llamé a tu trabajo y Kagura dijo que te habías ido a algún sitio con alguien y que no volverías en mucho tiempo y luego llamé a Houjo para ver si sabía dónde estabas y luego recibí una nota y…

—Mamá, cálmate —le interrumpió—. Estoy bien.

Kagome oyó que su madre suspiraba de alivio y Kagome suspiró también. Ahora a explicarle dónde estaba exactamente… y con quién.

—Eh, ¿mamá? Sobre esa nota…

—¡Ah! ¡La nota! —exclamó la señora Higurashi y Kagome pudo oír ruido al otro lado del teléfono, luego paró. La mujer se aclaró la garganta y Kagome sintió que una sensación de pavor la inundaba—. Veamos…

"Querida familia Higurashi:

Su hija, Kagome Higurashi, se ha ido de vacaciones con unos amigos y no está segura de cuándo volverá. Les llamará cuando o si tiene la oportunidad. Gracias por tomarse el tiempo de leer esta corta pero importante nota.

Firmado…"

Kagome esperó a que su madre terminara la nota, mordiéndose el labio inferior con anticipación con aire ausente.

—"… Inuyasha".

Kagome abrió los ojos como platos y casi tiró el teléfono… otra vez. Compuso una sonrisa falsa y dijo por teléfono con voz dulce:

—Disculpa un momento, madre.

Su sonrisa se desvaneció completamente y le dio al botón de "silenciar" del móvil antes de que su madre pudiera responder. Respiró hondo.

—¡INUYASHAAAAAAAAAAAAAA!

-O-

Dicho (o gritado) hombre pasaba junto a su habitación en el momento en el que bramó su nombre. Se paró en seco y su cabeza giró lentamente para mirar hacia las puertas dobles. Decidiendo usar el cerebro por una vez, giró sobre sus talones y, tan rápida y silenciosamente como pudo, echó a correr por el pasillo.

-O-

Contando hasta diez y sosteniendo el puente de su nariz, Kagome soltó una bocanada de aire y le quitó el silencio al móvil. Se lo volvió a llevar a oído y gruñó para hacerle saber a su madre que había vuelto.

La señora Higurashi parpadeó un par de veces y estuvo callada por un momento antes de decir:

—¿Kagome? ¿Va todo bien?

—Sí, mamá, estoy bien. Bueno… ¿vas a dejar que te lo explique todo? —preguntó en voz baja, volviendo a morderse el labio.

La mayor suspiró y se reclinó en la silla en la que estaba sentada, acercándose el té.

—Explícate, jovencita.

Kagome hizo una mueca. Sólo usaba el "jovencita" cuando estaba enfadada. Así que respiró hondo otra vez y empezó a explicar desde el día en que Inuyasha y ella se conocieron en el parque hasta esa tarde.

Su madre escuchó atentamente lo que le tenía que decir su hija, murmurando un asentimiento de vez en cuando para indicar que seguía escuchando. Cuando Kagome terminó de explicar lo que había pasado esa semana, se sintió exhausta y nerviosa al no saber cuál iba a ser la respuesta de su madre.

—Ya veo… —fue todo lo que dijo su madre tras su ilustración.

Tras un silencio significativo, la señora Higurashi habló finalmente, para alivio de Kagome.

—A ver si lo he entendido… conociste al famoso cantante, Inuyasha, una noche en el parque, te lo llevaste a tu apartamento para que no lo molestaran las fans locas… ni los fans. —Se estremeció cuando dijo las últimas palabras—. Os enamorasteis y te pidió que fueras a Kioto con él, aceptaste, ¿y ahora estás en su mansión con él y sus amigos?

—Hermano y amigos —le corrigió Kagome.

Le quitó importancia con un gesto, aunque su hija no pudiera verlo.

—Sí, sí, y su hermano. Vale, creo que ahora lo entiendo todo.

Una ola de alivio recorrió a Kagome y suspiró, una lenta sonrisa adornó sus labios mientras cerraba los ojos y formaba con la boca la palabra "Gracias" en dirección al techo. Al menos no estaba enfadada. Nadie quería eso.

—Pero, Kagome, tengo una pregunta.

La más joven abrió los ojos y se incorporó, bajando la mirada al suelo.

—¿Cuál?

Su madre suspiró y se frotó la frente, cerrando los ojos.

—¿Cuándo vas a volver?

Kagome sintió que el color se escapaba de su cara.

—¿Cuándo voy a… volver?

—Sí, cariño, ¿cuándo vas a volver?

Tragó el nudo que se había formado en su garganta y miró a su alrededor con nerviosismo, como si hubiera algo que pudiera usar como excusa para no responder a la pregunta. Al ver caramelos sobre la mesilla de noche, decidió usar el truco más viejo del libro. Se estiró para coger uno de su mesilla de noche, lo desenvolvió y tiró el caramelo. Puso el envoltorio en el micrófono y empezó a arrugarlo contra él.

—¿Qué, mamá? Perdona, ¡no te oigo! ¡Parece que se va a cortar! ¡Te llamo en otro momento! ¡Adiós! —Y con eso, cerró rápidamente el móvil y se tiró de espaldas, poniendo un brazo sobre la cara—. Ay, madre…

-O-

Inuyasha sonrió triunfante ante su exitosa huida y entró en la cocina, yendo hacia la nevera, abriendo la puerta y asomando la cabeza al interior.

—¡Inuyasha!

—¿Qu…? —Pum—. ¡Au! ¡Maldición! —Sacó la cabeza y se la frotó con cuidado, se dio la vuelta y fulminó al intruso con la mirada—. ¡Maldición, Shippo! ¡No hagas eso! ¡Me acabas de dar un susto de muerte! —declaró, todavía frotándose la cabeza donde se la había golpeado con la nevera.

El niño sonrió a modo de disculpa y retrocedió un paso.

—P-Perdona, Inuyasha. No quería asustarte. Pensaba que sabías que estaba aquí, con tus finos oídos y tu sentido del olfato… —Se rio con nerviosismo.

Inuyasha puso los ojos en blanco y bajó la mano de su cabeza, cruzándose de brazos y arqueando una ceja.

—¿Y bien? ¿Hay alguna razón para que estés aquí molestándome o estás escaqueándote del baño que te mandó darte Kaede? —preguntó Inuyasha, tamborileando los dedos contra su antebrazo.

Shippo entrecerró los ojos y levantó la nariz con aire desafiante.

—No, no me estoy escapando de un… baño. —Arrugó la nariz ante la palabra—. Estoy aquí para decirte que Sango quiere que tú y los demás salgáis y vayáis a buscar un traje nuevo para la gala que va a haber. Kagome y Sango ya tienen un vestido nuevo y… —Shippo abrió los ojos como platos y soltó una exclamación, sus manos subieron para cerrarse sobre su boca. Levantó la cabeza lentamente para mirar a su ídolo y retrocedió, sus manitas todavía cubrían su boca. Sango se había asegurado de dejarle claro que cuando se lo contara, no le dijera que Kagome y ella ya habían ido a buscar un vestido.

"—Y asegúrate de no decirle que Kagome y yo ya tenemos nuestros vestidos para la fiesta, o sino… —Sonrió malévolamente y sacó la mano de detrás de su espalda sosteniendo un bote de champú: Vainilla. Abrió la tapa y apretó el bote transparente, los contenidos salieron por arriba y se deslizaron por el bote—. ¿Me he explicado bien?

Shippo abrió los ojos como platos y asintió frenéticamente, mirando el champú mientras tragaba con dificultad.

S-Sí, Sango. No se lo diré. L-Lo prometo. —Y con eso, hizo una reverencia y salió de la habitación lo más rápido que le permitieron sus pequeños pies, distanciándose todo lo que pudo se aquella cosa."

El kitsune se estremeció ante el recuerdo y bajó las manos. Qué mujer más malvada… Se atrevió a mirar al demonio perro.

Las orejas de Inuyasha se movieron y fijó la mirada en el niño con expresión interrogante hasta que lo entendió. Frunció el ceño y entrecerró los ojos en su dirección.

—¿Kagome y Sango ya tienen un qué? —Dio un paso amenazador hacia el niño, lo que hizo que Shippo chillara y saltara hacia atrás, cerrando los ojos con fuerza. Al sentir que sus pies se alzaban del suelo, Shippo abrió un ojo y luego el otro cuando vio que estaba a unos centímetros de la cara de Inuyasha, sus ojos dorados perforaban los suyos verdes. Shippo tragó saliva y sonrió dócilmente.

—Je, je, je… ¿he dicho algo sobre ellas? No, creo que no…

—Shippo… —gruñó Inuyasha con voz peligrosamente baja.

Shippo gimoteó y se mordió la mejilla, apartando los ojos de sus fieros ambarinos.

Inuyasha suspiró y se apartó de él, alzando una mano y estallándose los nudillos.

Shippo abrió los ojos como platos y empezó a retorcerse en su agarre, arañando la mano que lo sostenía por la cola.

—¡Bájame, Inuyasha! ¡No dije nada! ¡De verdad! ¡Bájame o llamo a Kagome!

Inuyasha arqueó una ceja y se rio entre dientes.

—¿A Kagome? ¿Qué puede hacerme? ¿Sentarme? —Se rio de su propio chiste y siguió con la mirada fija en el joven que colgaba de su cola—. Ahora, sé un buen chico y dime lo que dijo Sango o te toca baño, niño.

Shippo gruñó. ¡Amenazado dos veces en el mismo día! ¿En qué se ha convertido el mundo?

—¡Vale, vale, te lo diré! —Sabía que estaba rompiendo su promesa con Sango, ¡pero era una cuestión de mentir o darse un baño! Suspirando, Shippo colgó inerte, con la cabeza gacha—. Sango y Kagome ya tienen sus vestidos para la fiesta porque hoy fueron de compras… le prometí a Sango que no diría nada, por eso no dije nada —confesó con voz de derrota.

Inuyasha siguió mirando al niño sin expresión. Entonces, frunció las cejas y gruñó:

—Ah, ¿sí? —le gruñó a nada en particular y volvió a mirar a Shippo—. Gracias, Shippo.

Shippo lo miró, parpadeando.

—¿Quieres decir que no me vas a pegar por ocultártelo?

Inuyasha parpadeó, mirándolo.

—No, no iba a hacerlo. Pero ahora que lo dices. —Alzó el puño y le dio un golpe en la cabeza—. Ahora estamos en paz. —Y con eso, lo volvió a dejar en el suelo y salió de la cocina, olvidándose de su intención de coger algo de comer.

Shippo se quedó sentado en el suelo, las lágrimas llenaron sus ojos mientras se frotaba la cabeza.

—Este sitio está lleno de gente mala… y de demonios.

—Oye, Shippo, ¿has visto a Sango por algún lado?

Casi saltando por la repentina pregunta, Shippo se levantó de un salto y miró al intruso. Parpadeó una vez y vio quién era, suspiró y fue hacia el lobo, saltando a su hombro.

—Si te lo digo, ¿me protegerás?

Kouga arqueó una ceja negra.

—¿Protegerte? ¿De qué? ¿Inuyasha te ha vuelto a amenazar? —A lo largo de los años, Kouga se había hecho íntimo amigo del pequeño y viceversa con Shippo, y si alguien se atrevía a amenazarlo en su presencia, no dudaría en darle un buen puñetazo en el estómago y amenazarlo en respuesta para que no amenazara a Shippo con él allí. Y aunque no estuviera, iría a por esa persona y les daría una lección o dos. Shippo le agradecía mucho esto, aunque Inuyasha también lo protegía, pero a veces no podía protegerlo de sí mismo. Si Inuyasha no estaba allí para asegurarse de que Shippo estuviera a salvo, Kouga sí lo estaría.

Shippo se encogió de hombros.

—Bueno, más o menos —dijo y miró a su alrededor, como si las siguientes palabras que iba a decir fueran a hacerse realidad si alguien las oía. Bajó la voz—. Inuyasha dijo que me obligaría a darme… un baño si no le contaba lo que había dicho Sango… —La palabra "baño" salió de su boca como si fuera un tipo de veneno.

Kouga tuvo que contenerse para no reírse a carcajadas. Sabía cuánto odiaba los baños. Demonios, incluso él había odiado los baños cuando era un cachorro. Así que lo entendía. Aun así, había que darse uno si no querías ir por ahí oliendo fatal. Así que, en lugar de reírse, le dio una palmadita algo incómoda en la espalda al niño, ya que seguía subido a su hombro.

—No te preocupes, Shippo. No dejaré que nadie diga las palabras "Inuyasha", "Shippo" y "baño" dentro de la misma frase, ¿vale? Si alguien te amenaza con darte un baño, ven a mí y yo lo pondré en su sitio. ¿Vale, niño?

Shippo sonrió y lo abrazó por el cuello rápidamente, luego bajó de un salto.

—¡Gracias, Kouga! ¡Siempre puedo contar contigo! —Luego se escapó y desapareció por la esquina. Segundos después, su cabeza asomó por la esquina—. Sango está atrás, en el jardín, por cierto. —Y así, su cabeza se desvaneció por detrás de la pared y desapareció.

Kouga se rio entre dientes y negó con la cabeza. Siguiendo las indicaciones del niño, llegó a la puerta de atrás de la gran mansión. Llegó en cuestión de segundos tras pasar los giros de los pasillos y abrió la puerta y salió fuera, deteniéndose al ver quién más estaba allí.

—¿Cuándo demonios has vuelto?

El demonio al que se dirigía giró la cabeza lentamente, sus mechones negros estaban recogidos en una gruesa y baja coleta. Arqueó una delicada ceja.

—Creo que he vuelto hace tan sólo unos instantes. Si no hubieras estado inmerso en tu conversación con el niño, habrías tenido conocimiento de mi llegada —explicó Naraku, con una sonrisilla abriéndose paso en sus labios.

Kouga frunció las cejas y le gruñó, dirigiéndole el gruñido antes de ir hacia la mesa y sentarse, cruzándose de brazos y poniendo los pies en otra silla. Le dirigió un asentimiento al resto de presentes, Sesshomaru, Inuyasha y Miroku.

—Bien, Sango, estoy aquí, así que qué es tan "importante" para evitar que esté con A-… ¿con algunas personas? —Se interrumpió antes de decir Ayame. No tenía ganas de explicar quién era en ese momento, sabiendo muy bien que tanto Inuyasha como Miroku indagarían, los muy cotillas.

Sango puso los ojos en blanco y se sentó en la mesa, fulminando a Miroku con la mirada, cuya mano había estado acercándose demasiado a su culo. Sonriendo, puso la mano detrás de la espalda, guiñándole un ojo. Sango se sonrojó y apartó la mirada, apartando un hilo imaginario de su falda. Se aclaró la garganta.

—Bueno, como todos sabéis, hay una gala, baile, si preferís, este fin de semana y quiero que todos busquéis un traje nuevo para poneros para la ocasión. Habrá gente que conocemos y quiero que les causéis una buena impresión, ¿me he explicado? —Su mirada se clavó en la de cada uno de ellos y gruñeron en respuesta, salvo Sesshomaru que se limitó a asentir.

Sango asintió y empezó a hablar sobre modales, centrándose en Inuyasha y Kouga, y sobre cómo saludar a la gente adecuadamente y temas esenciales.

Kouga, que estaba en su mundo, no oyó nada de esto, dado que estaba muy ensimismado pensando en la loba a la que seguro que iba a llamar ese día para pedirle que fuera a dicha fiesta o "baile" con él. Ansiaba que le dijera que sí. No es que fuera a decirle que no, dado que había confesado que él estaba "bien". Sabía que le gustaba… igual que a otras mujeres que se cortarían un brazo por una prenda suya.

Estremeciéndose ante la idea, Kouga bostezó y se estiró, cerrando los ojos perezosamente y aislándose del zumbido de Sango sobre educación y modales. Una lenta sonrisa se abrió paso en sus labios mientras se los imaginaba bailando en la pista de baile, con sus brazos rodeando su cintura y los brazos de ella rodeando su cuello. Luego se escabullirían al piso de arriba a su habitación, tomarían un vaso de champán o dos y hablarían alegremente entre ellos. Luego irían a su cama, se desnudarían y…

—¿No crees, Kouga?

—¿Qué? ¡Eh! —Sus brazos y piernas se agitaron, su silla se inclinó hacia atrás y cayó sobre el cemento, con Kouga chillando mientras caía. Aterrizó con fuerza, la silla de metal rascó el duro suelo.

Inuyasha y Miroku se rieron a carcajadas y tuvieron que mantener el equilibrio antes de que, también ellos, se echaran demasiado hacia atrás en sus sillas. Naraku puso los ojos en blanco y la cara de Sesshomaru permaneció estoica. Sango se cubrió la boca con la mano, escondiendo su sonrisilla e intentando ocultar su risa.

Kouga gruñó y se incorporó, frotándose la cabeza con su filosa mano. Abrió los ojos y fulminó con la mirada a los idiotas que se estaban riendo, luego se levantó de un salto y se marchó al interior de la casa.

Inuyasha, que ahora simplemente soltaba risitas, por fin se calmó.

—Os dije que no estaba prestando atención. —Extendió la mano hacia Miroku, sonriendo con suficiencia—. Ahora dámelos.

Miroku puso los ojos en blanco y buscó en su bolsillo, sacando un billete de veinte y poniéndolo en la mano de Inuyasha.

-O-

—Malditos bastardos… todos ellos… y el señor Oscuro y Silencioso… y Cara de Piedra —masculló Kouga con las manos cerradas en puños mientras subía furioso a su habitación. Abrió las puertas con brusquedad, entró y las cerró de un portazo, yendo hacia su cama y sentándose, enterrando la cara entre sus manos. Suspirando, se echó hacia atrás y se apoyó contra el cabecero, sacando su móvil junto con un trozo de papel doblado. Una lenta sonrisa surgió sobre sus labios y se calmó, sabiendo que su amor estaba a siete dígitos de distancia. Desenvolviendo el papel, abrió el móvil y pulsó los números, sosteniéndolo contra su oreja cuando terminó y esperando pacientemente. Sonó una vez… dos…

—¿Hola? —llegó la placentera voz femenina que había esperado escuchar.

Kouga sonrió.

—Vaya, hola, Ayame. Me alegro de volver a oír tu voz.

Ayame se tensó.

—¿Kouga?

El lobo sonrió.

—El único e inimitable.

Ayame tuvo que contenerse para no chillar de alegría. No pensaba que fuera a llamarla de verdad. Algo así, que te llamara un cantante famoso, era muy extraño.

—Eh, h-hola, Kouga… yo… yo también me alegro oírte. —¿Acabo de decir eso?

Kouga sonrió ampliamente

—Bueno, me alegro de oírlo. —Ahora, ¿cómo saco el tema en una conversación normal?—. Dime, eh, Ayame, te gustan… ¿las galas? —preguntó como si nada y chocó inmediatamente la palma de la mano contra su frente. ¡Estúpido!

Ella arqueó una ceja.

—¿Las galas? Supongo que están bien —contestó, cogiendo un paño húmedo del fregadero y limpiando la barra. Su turno terminaba dentro de una hora, gracias a Kami—. ¿Por qué?

Kouga contuvo el aliento.

—Bueno… —¿Cómo demonios explico esto? Vale, dilo como si fuera algo que se diga normalmente. Resopló. Ya, claro… "Bueno, mi mansión organiza un gran baile este fin de semana y me preguntaba si irías conmigo". No muy probable.

—¿Kouga?

Parpadeando, negó con la cabeza.

—Eh, perdona, Ayame. Creo que me he distraído por un momento. —Se rio ligeramente.

Ayame sonrió y también se rio.

—En fin, te quedaste en el "bueno" —apuntó, apoyándose sobre la barra.

Decidiendo acabar de una vez, se preparó y soltó:

—Mis amigos celebran una, ¿quieres ir conmigo? —Se dio una patada mentalmente. Muy bien, genial… Kouga gruñó y se echó sobre su espalda.

Los ojos verdes de Ayame se abrieron como platos y sus rodillas casi ceden de no ser por el taburete en el que estaba sentada para no caerse.

—¿… Puedes repetir eso?

—Quiero que vengas conmigo a la gala que doy este fin de semana. —Por alguna extraña razón, eso era mucho más fácil de decir ahora. Kouga soltó el aliento que no sabía que estaba conteniendo.

El corazón de Ayame se aceleró en su pecho, sus mejillas se tiñeron de un suave tono rosado.

—Q-Quieres que yo… vaya… ¿contigo?

Kouga asintió y luego se dio cuenta de que no podía verlo.

—Sí.

Tragó el nudo que se había formado en su garganta y soltó un suspiro.

—Kouga… yo…

—¿Por favor?

La boca de Ayame se abrió ligeramente. Esas dos palabras, ese simple ruego contenía tanto anhelo, y se descubrió admirándolo todavía más. Su tono sonaba suave y suplicante, como un niño pidiendo un juguete que quería. No se podía resistir a ese tono. Una sonrisa se abrió paso en sus labios, se colocó una mano distraídamente sobre su corazón.

—… Sí, iré contigo, Kouga. —Oh, Dios mío… creo que me voy a desmayar…

Kouga se incorporó con los ojos abiertos como platos.

—¿Vendrás? —No se lo esperaba. Había pensado que seguro que no aceptaba. Pero, ¿por qué? No tiene ninguna razón para hacerlo. Después de todo, siente algo por mí.

Respirando hondo, Ayame apretó su agarre sobre el teléfono.

—Sí, iré.

Kouga parpadeó, la información se introdujo en su cerebro con dolorosa lentitud. Ha dicho… ¿que sí? ¡Ha dicho que sí!

—De acuerdo entonces. Es una cita. —Aunque estaba contentísimo porque había dicho que sí, decidió hacerse el tranquilo para no asustarla.

Ayame se sonrojó, pero no pudo evitar que una sonrisa adornara sus labios.

—Va… vale. —Le dio su dirección y, a cambio, él le dio la fecha y la hora a la que empezaba la fiesta.

—Te recojo a las ocho. ¿Te viene bien? —preguntó Kouga, escribiendo su nombre con su dirección en un trozo de papel que tenía su número de teléfono.

—Por supuesto. Hasta entonces.

Él sonrió.

—Bien. Adiós por ahora.

—Adiós.

Colgaron a la vez, Kouga sonriendo como un loco y Ayame terriblemente sonrojada, pero sonriendo.

-O-

Al salir de su habitación con una falda vaquera y una camiseta blanca que revelaba sus suaves hombros, sus botas marrones resonaron contra la alfombra color crema mientras recorría el pasillo e iba hacia las escaleras. Se pasó una mano por su cabello azabache. Esa llamada fue tan inesperada… e Inuyasha dejó su nombre en lugar de decir "un amigo". Vaya que se la ha ganado, ¡anda que mentirme así! ¿Quién se cree que es? Estaba tan inmersa en sus divagaciones que no vio al hanyou que estaba en lo alto de las escaleras, ni la sonrisilla que jugueteaba en sus labios hasta que chocó contra un duro pecho, perdiendo el equilibrio. Habría caído de no ser por los fuertes brazos que le rodearon la cintura y la equilibraron, luego la pegaron contra su duro pecho. Kagome parpadeó y tragó saliva, alzando el cuello lentamente para fijar la mirada en sus orbes ambarinos, sus propias piscinas chocolates se abrieron como platos. Su sonrisilla creció todavía más.

—Vaya, hola, Kagome. Qué suerte que nos encontremos así. —Se rio entre dientes.

Kagome se rio con nerviosismo.

—Eh, je, je… Sí, qué… suerte… —Al menos para ti… Añadió para sus adentros.

Inuyasha arqueó una ceja.

—¿Pasa algo, Kagome? —Se inclinó hacia abajo y empezó a mordisquearle el cuello, enviando espirales de placer por su espalda. Rodeó su cintura con sus brazos con más firmeza mientras depositaba cálidos besos por su cuello y oreja. Tomó su lóbulo con su boca y lo chupó suavemente, haciendo que Kagome se estremeciera y enterrara inconscientemente su cara en su hombro, sus manos se alzaron para aferrar su camiseta roja. Él sonrió con suficiencia y siguió chupándole el lóbulo y su cabeza volvió a bajar, volviendo a su cuello y lamiéndolo suavemente.

—Inuyasha…

Sus caderas rozaron las suyas, pasó una mano por su espalda lentamente y luego subió para echarle la cabeza hacia atrás. Alzó la cabeza y, antes de que Kagome pudiera parpadear, le cubrió los labios en un beso abrasador, su lengua se deslizó por todo su labio inferior. Kagome jadeó y él aprovechó la oportunidad para introducir la lengua en su boca, buscando con ansias y acariciando su lengua, incitándola a que saliera a jugar.

Kagome gimió en voz baja entre el beso y le correspondió, sus ojos se cerraron y le rodeó el cuello con los brazos, su lengua salió tímidamente para explorar la húmeda caverna.

Inuyasha sonrió con suficiencia. Esto era lo que quería. Esto era por lo que había estado esperando. Volvió a meter la lengua en su boca, se apartó bruscamente y se inclinó, su boca se cernió sobre su oído, ignorando los sonidos de protesta de Kagome.

—La venganza es una perra, Kagome. Y no voy a dejar que te salgas con la tuya tan fácilmente después de cómo me dejaste hoy. —Keh. Con un calentón impresionante—. Recuérdalo. —Y así, levantó la cabeza, le guiñó un ojo y luego se dio la vuelta, bajando por las escaleras, caminando con un brío inusual.

Kagome se quedó quieta, perpleja.

—¿Qué…? —Reprodujo en su mente lo que había pasado ese día y jadeó suavemente al darse cuenta de a qué se refería. Gruñó en voz baja, hundió la cabeza en las manos y dijo dos palabras por segunda vez aquel día.

—Ay, madre…