Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.

Baile peligroso

Capítulo quince: La forma fácil o la difícil

-O-

Inuyasha volvió a la cocina silbado una melodía, quería coger algo para picar, tal y como había pretendido antes de que Shippo saliera de la nada. Todavía le palpitaba la cabeza del golpe de la nevera. Asomó la cabeza por la cocina para asegurarse de que el pesado niño, o cualquier otra persona, no estuvieran por allí para reñirle o darle órdenes. Sonriendo cuando no vio a nadie, entró en la gran cocina y empezó a abrir alacenas para buscar algo para su estómago gruñón.

—¿Tienes hambre a estas horas, hermanito?

Casi le dio un ataque, e Inuyasha levantó la cabeza… para encontrarse con la dura madera de la alacena contra su cráneo.

—¡Joder!

Se apartó, giró sobre sus talones para fulminar con la mirada a su hermano mayor, que estaba apoyado tranquilamente contra el marco de la puerta, aguantándose las lágrimas que amenazaban con caer por el dolor de su cabeza mientras se la frotaba en el mismo sitio del anterior asalto a la nevera. Había habido un pequeño chichón, pero ahora era más grande… gracias a su maldito medio hermano. Le gruñó.

—¿Qué quieres?

El demonio al que se dirigía arqueó una delicada ceja, su expresión permaneció estoica.

—¿Esa es forma de saludar a tu hermano, Inuyasha?

Medio hermano —corrigió Inuyasha en voz baja.

Sesshomaru le quitó importancia con un gesto de su filosa mano.

—¿Vas a contestar a mi pregunta o no?

Inuyasha parpadeó y bajó la mano de su cabeza, cruzándose de brazos y apoyándose contra las alacenas.

—¿Cuál? —preguntó, recuperando la sonrisilla anterior.

Sesshomaru le lanzó una mirada glacial.

—No te hagas el listo, Inuyasha. Responde a la pregunta.

Se rio entre dientes.

—Mejor ser listo que tonto.

Sesshomaru gruñó guturalmente, entrecerrando los ojos al mirar al hanyou.

—Ya estoy de mal humor, Inuyasha, no necesito que lo empeores.

Inuyasha alzó las cejas y extendió las manos delante de él.

—Vale, vale, no me arranques la cabeza. —Exhaló y se pasó una mano por sus mechones plateados—. Bueno, si quieres saberlo, bastardo entrometido, tengo hambre y quiero algo de comer. ¿Vale? —Se dio la vuelta y empezó a revolver en el armario. Cuando encontró tazones de ramen al fondo, soltó un sonido de triunfo y los sacó, cerrando la puerta con su pie. Fue hacia el microondas y lo metió dentro, pulsando los números adecuados para los fideos. Saltó sobre la encimera, esperando a que estuviera listo, y ladeó la cabeza, mirando a Sesshomaru con expresión de cansancio—. ¿Qué te molesta? Llevas todo el día encerrado en tu estudio y nadie te ha visto desde esta mañana, ¿y ahora al fin emerges de tu guarida y hasta te pones a hablar con alguien? —Se rio por lo bajo—. Bien, que está pasando algo. Escúpelo.

Sesshomaru se apartó del marco de la puerta y se paseó hasta la nevera y la abrió, sin darse cuenta del fruncimiento del ceño que le dirigió Inuyasha, y sacó un refresco. Lo abrió, le dio un buen trago, suspirando mientras el frío líquido se deslizaba por su garganta. Sus ojos ambarinos al fin se encontraron con los dorados de Inuyasha.

—No me des órdenes, hermanito. Si deseo contarte la razón de mi mal humor, lo haré. Si no, entonces déjalo estar.

Dio otro sorbo.

Inuyasha siguió mirándolo fijamente y se encogió de hombros, sus orejas se movieron ligeramente mientras esperaba a que su ramen se hiciera y a que su arrogante medio hermano le diera una respuesta directa. Odio cuando hace eso.

Sesshomaru miró a Inuyasha por encima de su lata de refresco, los ojos ambarinos chispearon con una emoción desconocida. Apoyó la lata en la encimera, su mirada no se alteró ni por un segundo, imitó los anteriores movimientos de Inuyasha y se cruzó de brazos. Suspirando, algo que rara vez hacía, dado que era una señal de emoción, cerró los ojos y, preparándose, empezó a explicar lo de la mujer que había estado plagando su mente sin descanso y que ansiaba saber su nombre.

Inuyasha, sorprendiéndose a sí mismo y a Sesshomaru, escuchó atentamente lo que tenía que decir, asintiendo de vez en cuando para aceptar algo que había dicho. Cuando Sesshomaru terminó, Inuyasha se le quedó mirando, sin creerse del todo que su reservado hermano acabara de contarle lo que le molestaba en lugar de guardárselo para sí mismo, como hacía normalmente cuando ocurría algo así. Sesshomaru estaba igual de sorprendido, y no se creía que acabara de contarle al cabezota de su medio hermano pequeño sus pensamientos por primera vez en… bueno, por primera vez en su vida. Nunca antes había podido hacerlo, abrirse a nadie, y menos a su hermano. Pero, por alguna extraña razón, Sesshomaru se sintió aliviado por habérselo sacado de dentro, como si le hubieran sacado una pesada carga de los hombros. Hmm… tal vez debería hacerlo más a menudo… Al darse cuenta de sus propios pensamientos, Sesshomaru negó con la cabeza. No. Si sigo haciendo eso, y los cielos lo impidan, es probable que me vuelva más blando, y no quiero. Mi reputación es ser estoico y reservado, y permaneceré estoico y reservado. Asintiendo para confirmárselo a sí mismo, Sesshomaru se enderezó y se alisó su atuendo, luego levantó la cabeza para mirar al hanyou, que comía felizmente su aperitivo. En algún momento de su explicación, el microondas había terminado, indicando que sus fideos estaban listos y empezó a comerlos inmediatamente con los palillos que ya había cogido antes cuando había sacado el tazón de la máquina.

Sesshomaru puso los ojos en blanco y tiró su lata ahora vacía a la basura. Poco después, la lata se vio acompañada por el tazón de ramen de Inuyasha y los palillos. Alzando una ceja, volvió la mirada hacia su hermano, que tenía una sonrisa de felicidad en el rostro y se apoyaba contra las alacenas, sus manos sostenían su cabeza. Parecía un engreído tras haber tirado los objetos a la basura desde donde estaba. Sesshomaru se contuvo para no volver a poner los ojos en blanco.

—A ver si lo he entendido —dijo Inuyasha—. Viste a una chica en el concierto, estaba sentada al lado de Kagome, y desde entonces no puedes apartarla de tu cabeza, lo que hace que estés gruñón y quieras saber su nombre —explicó, arqueando una negra ceja ante el youkai que tenía enfrente y que le devolvía la mirada, su rostro estaba vacío de expresión y tenía las manos metidas en los bolsillos.

El hermano mayor asintió bruscamente, impacientándose un poco ante su falta de respuesta.

—¿Y bien? ¿Tu mujer sabe su nombre o no? —preguntó con entusiasmo, entrecerrando un poco los ojos.

Inuyasha se encogió de hombros y alzó una mano para rascarse por debajo de la oreja con una garra, soltando un enorme bostezo y estirándose perezosamente.

—Ni idea. Pero si quieres, puedo preguntarle para ver si sabe el nombre de tu chica. Si no, entonces estás jodido, Sesshomaru.

Sesshomaru le dirigió un gruñido de advertencia.

—Al contrario, hermanito. No estoy "jodido" como sospechas. Simplemente encontraré un modo mejor de averiguar el nombre de la chica. No me rendiré. Pero apreciaría que le preguntases para ver si lo sabe. —Y así, se enderezó y se fue a la otra habitación, pero se detuvo al llegar al marco de la puerta. Ni se molestó en mirar por encima del hombro mientras decía sus siguientes palabras—: Gracias, Inuyasha, por escucharme cuando más lo necesitaba. Te debo una. —Luego procedió a entrar en la otra habitación, desapareciendo por la esquina.

Inuyasha parpadeó.

—No hay… problema.

Negó con la cabeza, suspiró y salió de la estancia, dándole una patada a la nevera al pasar por su lado, y entró en el amplio salón. Buscó el mando a distancia y lo vio encima de la mesita de centro de cristal y fue hacia él, deteniéndose en seco cuando al fin se procesó algo en su mente.

Parpadeó dos veces.

—Acabo… ¡Acabo de intimar con Sesshomaru!

-O-

—Y aquí tiene su cambio, señor, que tenga un buen día. —Con una cálida sonrisa adornando sus labios, Rin puso el cambio en la mano del hombre, que le devolvió la sonrisa y se fue a hacia la puerta y salió de la gasolinera. No era un gran trabajo, pero le pagaban bien. Probablemente porque le caía bien a su jefe. Suspiró y miró el reloj de su muñeca. Gruñó—. Sólo tres horas más, Rin. Puedes hacerlo.

—Rin.

Tensó la espalda. Oh, no… ¿por qué ha vuelto ya? ¡Se suponía que no iba a volver hasta dentro de dos horas! Respiró hondo, se giró y miró a su jefe con una falsa sonrisa en el rostro.

—¡Señor Shynoko! ¿Qué hace aquí? Su turno no empieza hasta dentro de dos horas —preguntó, alzando una elegante ceja.

El señor Shynoko, un hombre de aspecto duro de unos treinta años de pelo rubio ceniciento y penetrantes ojos negros que la miraban de arriba abajo cada vez que le hablaba. Era muy musculoso, se dio cuenta, sus bíceps abultaban por debajo de su camisa verde oscura demasiado apretada y unos cincelados abdominales adornaban su duro abdomen. Estaba muy bronceado, y un vello muy claro cubría cada centímetro de su cuerpo. Hoy llevaba una gorra en la cabeza, ligeramente ladeada y unas grandes botas marrones cubiertas de barro. Sus vaqueros también tenían manchas de barro. Debe de haber estado trabajando en el rancho antes de bajar aquí, pensó, estremeciéndose cuando sus ojos adoptaron un brillo lujurioso. Hacía meses que intentaba que se metiera en su cama y siempre se negaba, afirmando con claridad que era demasiado mayor para ella y que su corazón le pertenecía a otra persona. Alguien a quien es probable que nunca vea de cerca… añadió para sus adentros.

Él se rio por lo bajo y le sonrió, enseñando unos dientes totalmente blancos.

—Por favor, Rin, ¿cuántas veces te tengo que decir que me llames Kinso? —dijo, apoyándose en el mostrador.

Rin suspiró.

—¿Y cuántas veces tengo que decirle, señor Shynoko, que no puedo llamarle así porque es mi jefe, por lo que debo tratarle con el debido respeto? —explicó, manteniendo las manos ocupadas mientras limpiaba el mostrador con un trapo húmedo, aunque no había nada que limpiar.

Kinso volvió a reírse y metió una mano en el bolsillo de su camisa, sacando un paquete de tabaco y un cigarrillo del mismo. Volvió a meter el paquete en el bolsillo y se lo llevó a la boca, encendiéndolo con el mechero que se había sacado del bolsillo de los vaqueros. Le dio una larga calada y volvió meter el mechero en su bolsillo antes de sacarlo y exhalar el humo. Rin tosió y ondeó la mano en el aire, todavía no estaba acostumbrada a tener humo a su alrededor. Llevaba trabajando para él al menos tres años y había fumado desde su primer día. Y aun así no estaba acostumbrada a que fumara.

—Señor Shynoko, ¿podría fumar fuera, por favor? Sabe que no lo soporto.

Él negó con la cabeza.

—No, niña. Esta es mi tienda y puedo hacer lo que me dé la gana en ella. —Se detuvo y le dio un repaso a Rin antes de fijar los ojos en los de ella, con el cigarrillo colgando de su boca—. A menos que accedas a irte a la cama conmigo, entonces haré lo que me pidas, ya sea en público… —Se movió para ponerse detrás de ella, sus manos subieron para deslizarse por sus pálidos brazos—… O en privado —terminó, su voz goteaba deseo mientras lo susurraba en su oído.

Rin se apartó de él con brusquedad, girando sobre sus talones para fulminarlo con la mirada.

—Por favor, absténgase de tocarme así, Kinso. Ya le he dicho un millón de veces que no estoy interesada.

Se cruzó firmemente de brazos, alzando la nariz.

Kinso parpadeó y cogió el cigarrillo entre el índice y el pulgar y se lo sacó despacio.

—Acabas de llamarme Kinso, Rin —confirmó con voz ronca, dando un paso hacia ella. Rin retrocedió un paso.

Intentó aparentar tranquilidad.

—Sí, así es. Y ni siquiera sé por qué. Supongo que me he acostumbrado a tus modales pervertidos y me salió de dentro —elucubró.

Sonó la puerta y una joven entró seguida de su hijo de cinco años. Agradecida por la distracción, Rin le sonrió a la mujer y le cogió el dinero y lo metió en la caja registradora, sacando el cambio adecuado. Se lo puso en la palma de la mano y le dio al niño una piruleta.

—Aquí tienes, niño. Es gratis.

El niño sonrió y la desenvolvió con rapidez, metiéndola en la boca.

—¡Gracias, señorita!

Rin asintió, con la sonrisa todavía en la cara.

—De nada.

La mujer sonrió esta vez y Rin volvió su atención a ella.

—Que tenga un buen día, señora.

Ella asintió.

—Usted también. —Y así, se dio la vuelta, cogiendo a su hijo de la mano y salió de la tienda.

Kinso había estado callado todo el tiempo, con la cabeza gacha. Ahora que no había interrupciones, levantó la cabeza, volviendo a meterse el cigarrillo en la boca.

—Como he dicho antes, cariño, esta es mi tienda y, por tanto, puedo hacer lo que me dé la puta gana en ella.

Rin hizo una mueca por su lenguaje. Sólo hablaba así cuando estaba enfadado. Pero, ¿por qué estaba enfado? Lo había rechazado ya muchas veces y simplemente se encogía de hombros, le dirigía unas palabras y volvía a la trastienda. Pero ahora seguía allí, y parecía muy enfadado. Rin tragó un gran nudo que tenía en la garganta y se defendió con valentía.

—Bueno, yo trabajo en esta tienda y me gustaría que controlaras tus manos —replicó, sus labios dibujaban una fina línea.

Frunció el ceño y entrecerró sus ojos negros como el carbón, dando una calada y expulsando el humo gris por su nariz. Se lo sacó y lo tiró en la basura, sus ojos no se apartaron de los de ella.

—Tienes agallas para hablarme así, Rin. Podría despedirte inmediatamente —la amenazó, con las manos cerradas en puños.

Rin también entrecerró los ojos, sin ceder ni un ápice.

—Y yo podría dimitir inmediatamente, señor Shynoko —replicó, la furia crecía en su interior.

Un sonido cercano a un gruñido salió de su boca y giró sobre sus talones, yendo a la trastienda a zancadas.

Rin soltó un aliento que no sabía que estaba conteniendo y se pasó una mano por su pelo negro, cerrando sus ojos canela.

—Oi… tengo que dejar de hacer eso o me van a despedir de verdad.

-O-

Paseando por los pasillos de la enorme mansión, Kagome tarareó en voz baja para sí, suspirando de vez en cuando por el aburrimiento que le había entrado desde hacía una hora. Todavía estaba pensando formas de vengarse de Inuyasha por el pequeño espectáculo que le había dado ese día. Tal vez le cambiaría el champú por miel o nata por su espuma de afeitar…

Un momento.

—¿Se afeita siquiera? —se preguntó, parpadeando.

—Oi, Kagome, venga. Nos vamos.

Casi con un susto de muerte por la repentina voz, Kagome se dio la vuelta para ver a Inuyasha cerrando una puerta tras él. Su pelo plateado estaba recogido en una coleta suelta en la nuca y llevaba gafas de sol oscuras con una gorra hacia atrás. Pasó por su lado, cogiéndola de la mano de camino.

Tropezó y recuperó el equilibrio, poniéndose a su altura. Inuyasha entrelazó sus dedos, haciendo que un delicado sonrojo apareciera en las mejillas de Kagome. Lo miró por el rabillo del ojo. Vaya… está muy sexy con el pelo así recogido…

—Eh, ¿Inuyasha?

—¿Mmm?

—¿A dónde vamos exactamente?

Se rio entre dientes y le dio un apretón a su mano.

—Los chicos y yo vamos al centro comercial a comprar unos trajes para la "gala" y te voy a llevar conmigo —explicó, dando la vuelta a una esquina y yendo hacia las escaleras.

Kagome parpadeó.

—Oh.

—Y eso me recuerda… —Se detuvo en lo alto de las escaleras, soltándole la mano y mirándola a la cara, cruzándose de brazos. Arqueó una ceja negra en su dirección—. ¿Quién te ha dicho que puedes salir de esta casa sola e irte por ahí sin mí? —preguntó con expresión seria.

Kagome parpadeó y entonces las palabras cobraron sentido en su mente. Frunció el ceño y las cejas, cerrando las manos en puño.

—¡Desde cuándo necesito el permiso de nadie para irme de aquí! ¡No te pertenezco! Y no estaba sola, Sango estaba conmigo —bufó, alzando la nariz con testarudez.

—¡Cómo que no! —gruñó, retrayendo los labios con un feroz gruñido.

Kagome se quedó boquiabierta y abrió las manos. Ladeó la cabeza y puso las manos sobre sus caderas en un estilo muy femenino.

—Oh, ¿ahora de repente soy de tu propiedad? ¡Lo último que yo recuerdo es que tenía pleno dominio de mí misma! No te pertenezco, Inuyasha. No le pertenezco a nadie —afirmó con contundencia y se dio la vuelta, bajando por las escaleras, dejando atrás a un hanyou muy enfadado.

—¡Perra, vuelve aquí!

—¡No!

—¡Maldición, vuelve aquí ahora mismo!

—¡He dicho que no!

Inuyasha gruñó con ferocidad y soltó una ristra de palabras malsonantes. Bajó las escaleras tras ella, con el ceño fruncido.

Kagome lo miró por encima de su hombro y chilló. Empezó a bajar corriendo las escaleras, Inuyasha la perseguía implacable.

Una vez abajo, usó la barandilla para impulsarse hacia la izquierda, casi chocando con Jaken en el camino.

Jaken se agachó y se puso una mano sobre el pecho.

—¡Muchacha! ¡Mira por dónde vas! —graznó.

Inuyasha bajó de un salto el resto de escaleras, aterrizando con un ruido sordo en el suelo alfombrado.

Jaken frunció el ceño en su dirección.

—¡Inuyasha! Coge a tu mujer, está…

—¡Mira, sapo, qué crees que intento hacer!

Jaken cerró su boca que parecía un pico y se quedó boquiabierto mientras Inuyasha pasaba por su lado en un borrón plateado y rojo.

Kagome entró corriendo en el salón y salió por la puerta, directamente al jardín. Siguió corriendo mientras miraba el precioso jardín lleno de flores y olores frescos. Alguna vez debería pasear por los jardines… cuando no esté corriendo por mi vida. Pensó mientras pasaba por una pequeña fuente y entraba en el invernadero, la puerta se cerró tras ella. Se detuvo en medio, mirando a su alrededor en busca de un sitio adecuado para ocultarse de su enfadado novio. Oyó sus pesadas pisadas fuera y entró en pánico. Sin pensar, se fue hacia un gran árbol y se escondió detrás, apenas respirando cuando oyó que se abría la puerta e Inuyasha entraba.

Por favor, por favor, por favor que no me encuentre… pensó Kagome, la transpiración bajaba por sus sienes. Oh, ¡es inútil pedir eso! ¡O me huele o va a oír mi corazón latiendo a toda velocidad!

Inuyasha caminó lentamente hacia el centro del invernadero, las orejas se movían en distintas direcciones en busca de cualquier señal del paradero de su novia. Miró a su alrededor con sus ojos dorados, su boca en una fina línea.

—Kagome… sé que estás aquí. Sólo te lo estás poniendo más difícil. Muéstrate. Sabes que es inútil esconderte de mí. Soy un demonio perro, después de todo. Puedo olerte… oírte aunque hagas el más mínimo movimiento. —Sonrió con suficiencia—. Y vas a tener que volver a respirar en algún momento.

Kagome entrecerró los ojos y frunció el ceño.

—Idiota arrogante. Voy a despedazarlo… —murmuró para sí en voz baja, inclinándose a un lado y asomándose por detrás del árbol.

—No creo que eso vaya a ser necesario.

Kagome gritó y giró de un salto, sólo para encontrarse nariz con nariz con Inuyasha. Su boca se abrió y se cerró, pero no procesó las palabras. Él se rio entre dientes y puso una mano a cada lado de su cabeza, atrapándola entre el árbol y él.

—Pareces un pez cuando haces eso, ¿sabes?

Cerró la boca inmediatamente y frunció las cejas, sus manos subieron para empujarlo por el pecho.

—Déjame salir, Inuyasha.

Él negó con la cabeza.

—Ni pensarlo, cariño. Ahora, o eres una buena chica y vienes conmigo sin oponer resistencia, o… —Se inclinó hacia abajo, de forma que su boca estuviera cerca de su oreja, su cálido aliento envió escalofríos por su espalda—… podemos hacerlo de la forma difícil.

Kagome respiró hondo, sus manos cesaron en sus movimientos para apartarlo de ella. Inuyasha se echó hacia atrás para sonreírle, un colmillo asomaba por debajo de su labio superior. Parpadeó. Qué sexy…

Le devolvió la sonrisilla.

—Ya debes de haberte dado cuenta, Inuyasha, de que nunca hago las cosas de la forma fácil —dijo con voz ronca, sus manos se alzaron para rodear sus hombros.

Antes de poder parpadear siquiera, su boca cubrió la de ella en un ardiente beso, sus brazos rodearon su cintura para atraerla hacia sí. Su lengua obligó a su boca a abrirse y su órgano rosado se hundió en su boca, explorando cada rasgo dentro de su húmeda caverna. Su mano se alzó para inclinarle la cabeza hacia atrás para acceder mejor, gruñendo mientras la lengua de Kagome trazaba sus largos caninos y luego acariciaba su lengua sensualmente. Un calor líquido atravesó su cuerpo hasta su centro, donde empezó a latir al ritmo de su corazón, que ahora palpitaba con fuerza en su pecho. Sus manos filosas bajaron por sus costados para agarrarla por las caderas y pegarla a él, haciendo que Kagome gimiera un poco entre el beso.

Apartó con fuerza su boca de la de ella, e Inuyasha inclinó la cabeza para mordisquear la suave carne de su cuello, deslizando su lengua y dejando un húmedo sendero hasta su oreja. Kagome se estremeció ante las sensaciones que le estaba causando y presionó su pelvis ausentemente contra la suya, gimiendo levemente. Él gruñó y tomó su lóbulo en su boca, chupando suavemente y dándole un pequeño mordisco antes de echarse atrás para volver a capturar su boca, aunque esta vez con menos dureza y exigencia. Kagome suspiró entre el beso y dejó que su lengua vagara una vez más por su boca, se le puso toda la carne de gallina.

—¡Oi! ¿Dónde demonios estás, cara de chucho?

Inuyasha gruñó y apoyó la cabeza en su hombro, acariciándole el cuello con la nariz.

—Jodido lobo.

Kagome suspiró y frotó uno de los peludos apéndices que adornaban su cabeza.

—De todas formas tenemos que ir a buscarte un buen esmoquin. —Soltó una risita cuando él se apoyó en su mano, un ronco ronroneo salía de su pecho—. Venga, Inuyasha. Eras tú quien quería irse, ¿recuerdas?

—No, en realidad no quiero. Estaba demasiado ensimismado contigo como para recordar nada.

Ella volvió a reír y lo empujó por el pecho, apartándolo de ella. Le dirigió una cálida sonrisa y se volvió hacia la puerta del invernadero, Inuyasha la siguió a regañadientes.

Se rio por lo bajo cuando estuvo fuera. Nunca pensé que me liaría con alguien en un invernadero.

—Inuyasha.

Negando con la cabeza, Inuyasha miró a su izquierda, hacia donde provenía la voz.

—¿Qué?

Bajando un poco las cejas, Sesshomaru se puso a su altura.

—¿Ya se lo has preguntado?

Parpadeó, se le movió una oreja.

—¿Preguntarle? ¿Preguntarle qué? —Volvió a parpadear y sus ojos se abrieron como platos—. Oh, eso. No. —Le sonrió a su hermano mayor—. Tienes ganas de saber su nombre, ¿eh? —se burló.

Sesshomaru puso los ojos en blanco.

—Inuyasha, no estoy de humor para tales tonterías. Si todavía no se lo has preguntado, entonces hazlo ahora. —La impaciencia latía en su voz—… Por favor —añadió con un gruñido.

Inuyasha se rio entre dientes y sostuvo las manos en alto.

—Vale, vale, se lo preguntaré ahora. —Suspiró y miró a Kagome, que iba delante de ellos y estaba hablando con Shippo y Sango sobre Kami sabía qué—. Oye, Kagome.

Kagome miró por encima del hombro a los dos hermanos demonio.

—¿Sí?

Le hizo una señal con el dedo para que se acercara.

—Ven.

Arqueando una ceja, se encogió de hombros y le tendió a Shippo a Sango, dejando de caminar y esperando a que Inuyasha y Sesshomaru la alcanzaran antes de volver a ponerse en marcha.

—¿Qué necesitas?

Inuyasha indicó con la cabeza en dirección a Sesshomaru.

—Aquí Sesshomaru quiere saber si sabes el nombre de alguien. La vio en el concierto de hace dos meses y quiere saber su nombre. Dice que estaba sentada a tu lado. Tiene el pelo negro a la altura de los hombros, uh… bueno, sí. ¿La conoces?

Kagome parpadeó y apoyó un dedo sobre su barbilla, con los ojos mirando hacia arriba mientras su expresión se tornaba pensativa.

—Mmm… pelo negro a la altura de los hombros… ¡Ah! Sí, la conozco. Pero… ¿cómo se llamaba? Sé que empieza por "r"… ¿Renée? ¿Reeko? Ri…

—Rin.

Alzó un dedo en el aire.

—¡Eso es! Rin. —Sonrió triunfante, pero luego la sonrisa se desvaneció un poco—. Espera… ¿cómo lo sabías? —le preguntó.

Sesshomaru suspiró y miró hacia delante, con las manos metidas en los bolsillos.

—No lo sé. Me salió ese nombre —aclaró, con expresión de ligera sorpresa. ¿Cómo lo supe?

—Venga, chicos, ¡la limusina está esperando en la entrada! —les llegó la voz algo enfadada de Sango.

Inuyasha rodeó la cintura de Kagome con un brazo y aceleró el paso, dejando detrás a un sonriente Sesshomaru.

-O-

—¡Libertad!

Rin salió al suelo de cemento y dio una bocanada de aire fresco, cerrando los ojos y luego exhalando.

—Ah. Es bueno tomar algo de aire fresco después de llevar todo el día en ese agujero de humo.

Riendo de alegría, fue dando saltitos hacia su coche, un Mercury azul oscuro. Su madre y su padre se lo habían comprado por sus dieciséis años, cuando se había sacado el carnet de conducir. Y, a decir verdad, le encantaba.

Abrió la puerta y estaba a punto de entrar de un salto cuando un resplandor blanco captó su atención por el rabillo del ojo y alzó la mirada. Sus ojos se abrieron un poco más.

—Mm. Una limusina. Juro que hay demasiados ricos en esta ciudad. —Poniendo los ojos en blanco, se metió en el coche y cerró la puerta, encendiendo el motor y poniéndose sus gafas de sol violetas. Encendió la radio y la puso en su emisora favorita, 98PXY, y tarareó la melodía que estaba sonando, "Hollaback Girl", de Gwen Stefani. Salió del pequeño aparcamiento y se metió en las ajetreadas calles de Tokio, dirigiéndose al centro comercial.

—Al fin me puedo comprar un nuevo par de zapatos. Estas cosas me están matando. —Fulminó con la mirada sus desgastadas zapatillas blancas y volvió su atención a la carretera, sin notar que la limusina blanca también iba al centro comercial.

Llegó en diez minutos y gruñó mientras entraba en el enorme aparcamiento, intentando encontrar un sitio adecuado para aparcar sin tener que caminar un kilómetro para llegar a la entrada. Cuando al fin encontró uno, soltó un chillido victorioso y se metió antes de que alguien se lo robara.

Apagó el motor y abrió la puerta para salir, sólo para que la limusina blanca que había visto antes pasara por su lado.

—Pero… ¡Oiga, mire por dónde va, ricachón limpia culos! —le gritó. Negando con la cabeza, abrió totalmente la puerta y salió, cerrando la puerta con llave. Suspirando, metió las llaves en el bolsillo y empezó a caminar hacia la entrada, mascullando unas palabras por lo bajo al ver la maldita limusina aparcada delante de la entrada, el conductor estaba saliendo para abrirle la puerta al rico esnob.

Resoplando, se abrió paso entre la multitud que estaba reunida para ver quiénes salían de la limusina. No vio un par de ojos dorados que la miraron maravillados cuando abrió las puertas y entró.

-O-

Rin se quedó boquiabierta, con los ojos abiertos como platos.

—Vaya… debería salir más a menudo —se dijo, inspeccionando las estanterías y estanterías de zapatos—. Estoy en el cielo… —Suspirando soñadoramente, soltó una risita y fue por el pasillo que le llamó primero la atención. Apoyó su bolso marrón tostado en un banco y miró los zapatos con sus ojos de color canela, una sonrisa adornaba sus labios—. Decisiones, decisiones…

Un par de zapatos negros con rayas rosas a los lados le llamaron la atención y extendió la mano, sólo para descubrir que era demasiado bajita. Suspiró con fastidio y lo volvió a intentar, esta vez saltando. Estaba a un centímetro del deseado par de zapatos cuando una mano con garras cogió la caja de su sitio y la bajó. Suspirando de alivio, sonrió y se volvió hacia quien le había ayudado.

—Gracias. Pensaba que iba a…

Se detuvo a mitad de la frase y le dio un vuelco el corazón.

—Eres…