Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.

Baile peligroso

Capítulo dieciséis: Un día en el centro comercial

-O-

Un par de zapatos negros con rayas rosas a los lados le llamaron la atención y extendió la mano, sólo para descubrir que era demasiado bajita. Suspiró con fastidio y lo volvió a intentar, esta vez saltando. Estaba a un centímetro del deseado par de zapatos cuando una mano con garras cogió la caja de su sitio y la bajó. Suspirando de alivio, sonrió y se volvió hacia quien le había ayudado.

—Gracias. Pensaba que iba a…

Se detuvo a mitad de la frase y le dio un vuelco el corazón.

—Eres…

Arqueando una negra ceja, dicha persona miró a la mujer con el mismo rostro estoico de siempre.

—Yo —dijo, la más diminuta de las sonrisas adornaba sus labios, una pequeña curvatura en las comisuras. Bajó la mirada hacia el par de zapatos que tenía en las manos y les dio la vuelta, como si los estuviera aprobando. Asintió con la cabeza y se los tendió, los ojos color miel conectaron con los marrones canela.

Rin se lo quedó mirando, de pie y quieta, cuando le tendió los zapatos negros. Tragando el gran nudo que se había formado en su garganta, extendió la mano para cogerle los zapatos, sus ojos no abandonaron en ningún momento su cara estoica y angelical. Cuando arqueó una vez más una elegante ceja, Rin finalmente consiguió encontrar la voz y dijo lo primero que se le vino a la mente.

—¡Eres Sesshomaru!

El mencionado demonio se abstuvo de poner los ojos en blanco ante su directa afirmación y se llevó un filoso dedo a los labios.

—Qué observadora. Por favor, baja la voz, Rin. No quiero que toda la tienda sepa que estoy aquí. Eso sería bastante incómodo —dijo Sesshomaru finalmente, bajando el dedo de sus labios y metiendo las manos en los bolsillos.

Rin se sonrojó y se llevó la mano a la boca, murmurando:

—Lo siento. —Bajó la mirada y la desvió, luego de repente levantó la cabeza, con los ojos abiertos como platos—. ¿Cómo sabes mi nombre? —dijo en voz baja, la confusión teñía su voz.

El fantasma de una sonrisa adornó sus facciones y ladeó la cabeza, los ojos ambarinos miraban a la mujer que tenía delante con un destello de diversión.

—Mmm. ¿Cómo sé tu nombre, preguntas? Simple, en realidad. —Sus ojos escanearon el estante de zapatos—. Conoces a Kagome, ¿no? La mu… novia de mi medio hermano.

Rin parpadeó lentamente y frunció las cejas, concentrándose, un dedo subió para toquetearse la barbilla.

—Kagome, Kagome… ¡Ah! Sí, Kagome. La conocí en tu concierto en Tokio hace dos meses —explicó, sus grandes orbes canela fijaron la mirada en los suyos, acompañados de un delicado sonrojo que tenía sus mejillas de un bonito tono rosado—. ¿Por qué?

Sesshomaru siguió mirando las tallas y diseños de zapatos, ignorando la mirada interrogante de Rin en relación a por qué estaba mirando zapatos de mujer.

—Le pregunté si te conocía y, obviamente, así es. Al principio no sabía tu nombre, hasta que se acordó. Rin —respondió con tono aburrido, extendiendo la mano para sacar una caja de zapatos del estante y examinarlos.

Rin parpadeó.

—Oh. De acuerdo, entonces. —Suspiró y se mordió los labios, contemplando cómo verbalizar su siguiente pregunta—. Mmm, S-Sesshomaru…

Gruñó a modo de contestación.

Rin se sonrojó tres tonos más y agachó la cabeza, encontrando el suelo bastante interesante en ese momento.

—Cómo… por qué querías… ¿saber mi nombre? —murmuró, su voz adoptó un tono tímido.

La vista de Sesshomaru pasó de los zapatos que tenía en las manos a ella, una expresión de diversión plagaba sus normalmente estoicas facciones. Se rio por lo bajo, haciendo que Rin alzara la mirada hacia él a través de sus negras pestañas. Volvió a colocar los zapatos, decidiendo que no eran de su gusto.

—Había algo en ti —empezó, manteniendo la voz baja— que me intrigó y me descubrí pensando en ti constantemente en vez de en mi trabajo, que todavía no he terminado —explicó sin dudar, acariciándose la barbilla pensativamente mientras seguía estudiando los zapatos de salón.

Rin abrió los ojos como platos y su boca formó una "o". Cambió el peso de un pie a otro, sin creerse que estuviera teniendo una conversación con Sesshomaru. El pesado silencio era incómodo, y Rin se descubrió intentando pensar en algo que decir para hacer que volviera a hablar. Nunca se cansaría de su voz sexy.

Antes de que pudiera abrir la boca para hablar, él le tendió un par de bonitos y elegantes zapatos de tacón, su mirada dorada buceaba en sus piscinas color crema. Rin volvió a mirarlo antes de centrar su mirada en los zapatos que le tendía. Sus ojos adoptaron un brillo al ver cómo eran. Eran de un brillante color plateado que hacía juego con su pelo, y la parte de delante del zapato se cruzaba varias veces antes de rodear los tobillos, para volver a unirse en un cierre plateado. Los miró asombrada antes de extender la mano y cogerlos, sus delgados dedos se deslizaron lentamente por la lustrosa textura. El tacón era de entre 7 y 10 centímetros, adecuado al gusto de Rin, y miró brevemente la etiqueta del precio. Soltó un grito ahogado y sus ojos volvieron a la etiqueta blanca. Rin se quedó boquiabierta y su rostro perdió el color y, por un breve instante, Sesshomaru pensó que podría estar enferma. O peor, que no le gustaban los zapatos.

—Oh, vaya… no me los puedo permitir —afirmó, volviendo a mirar a Sesshomaru, con la decepción evidente en su rostro y en sus ojos.

Sesshomaru suspiró mentalmente de alivio cuando le dijo eso. Entonces, ¿le gustan?

Encogió un hombro y luego le quitó importancia con un giro de muñeca.

—No te preocupes por el precio, Rin. Yo me encargo de eso. —Para demostrar lo que decía, metió la mano en el bolsillo y sacó una tarjeta de crédito, dejándola encima de la caja de zapatos—. Págalos con esto. Tiene suficiente para esos zapatos. —Se detuvo, luego, cogiéndole una mano, se la llevó a sus labios y depositó un casto beso en el dorso, sin perder el contacto visual con ella en ningún momento. Las comisuras de sus labios se alzaron en una diminuta sonrisa al ver su sonrojo, la boca de ella se abrió y cerró, pero no formó palabras. Le soltó la mano, se enderezó y volvió a meterse las manos en los bolsillos.

—Sabes que va a haber una gala en la mansión Takahashi, ¿no? —Ante su lento asentimiento, le dio la fecha y la hora del "baile" y se giró para marcharse, deteniéndose en cuanto llegó al final del pasillo, luego dijo sobre su hombro—: Te esperaré allí. Adiós. —Les dirigió una mirada sugerente a los zapatos y luego alzó la mirada hacia ella. Y con eso, desapareció por una esquina, su larga melena plateada flotando detrás de él.

Rin se lo quedó mirando, ligeramente boquiabierta y se preguntó qué acababa de pasar. Al final registró lo que acababa de decir, abrió los ojos como platos y una amplia sonrisa se extendió por su rostro. Abrazó los zapatos contra su pecho y dio unos saltitos, chillando de alegría. Cuando se dio cuenta de que la gente la estaba mirando raro, se detuvo inmediatamente y se sonrojó, abrazando los preciosos zapatos contra su pecho con más fuerza todavía y luego saliendo de la tienda hacia la caja más cercana.

Ahora el único problema que tenía era cómo explicarle al dependiente por qué tenía la tarjeta de crédito de Sesshomaru…

-O-

—¿Dónde demonios se ha metido? —gruñó Inuyasha, su cabeza iba de tienda en tienda para ver si localizaba a su errante hermano mayor. Pareció desaparecer en cuanto entraron en el centro comercial de cinco plantas, apartándose de su pequeño grupo. Él, Kagome, Sango y Miroku iban por el pasillo del gran centro comercial, cada uno intentaba localizar a Sesshomaru en una de las numerosas tiendas. Naraku y Kouga iban por el centro comercial intentando encontrar una tienda de trajes decente.

—Cálmate, Inuyasha. Ya conoces a tu hermano, probablemente ya esté en la tercera planta o algo así —intentó tranquilizarlo Miroku, un poco intrigado por que Inuyasha se preocupase por el paradero de Sesshomaru—. No tienes que preocuparte por él.

El hanyou lo fulminó con la mirada.

—¿Preocuparme? ¿Por qué demonios me iba a preocupar por ese bastardo? ¡Acaba de desvanecerse de la faz de la tierra! ¿No crees que es un poco extraño?

Kagome suspiró y miró a su alrededor mientras Miroku e Inuyasha comenzaban a discutir sin sentido. No pareció darse cuenta de que Sango se había quedado atrás a su lado y que ahora divagaba sobre Miroku, sus modales pervertidos y otras cosas. Se estaba sintiendo un poco incómoda con todas las miradas que estaba recibiendo el cuarteto. Les ofreció una sonrisa nerviosa y se aferró al brazo de Inuyasha como si fuera un salvavidas. No oyó el gruñido de su famoso novio cuando intensificó su agarre. En su lugar, se concentró en las miradas de envidia de los hombres dirigidas a Inuyasha y todas las miradas celosas de las mujeres dirigidas a Kagome.

—Kagome, si te agarras más fuerte a mí, me vas a cortar la circulación.

—¿Eh? —Kagome alzó la mirada y se encontró con la mirada dorada de Inuyasha. Al darse cuenta de la fuerza de su agarre, se sonrojó y lo soltó inmediatamente, inclinando la cabeza y clavando los brazos a sus costados, mascullando un corto "perdón".

Inuyasha bajó la mirada hacia ella con una ceja arqueada, confuso por la razón de que estuviese actuando así. Al levantar la cabeza, miró a su alrededor y vio al instante todas las miradas que estaban recibiendo. Abrió un poco más los ojos. Oh… así que por eso se pega a mí. No está acostumbrada a que la miren así. Debe de sentirse incómoda. Le gruñó a alguien que pasaba por su lado, que miraba a Kagome de arriba abajo y, al oír el gruñido, éste soltó una exclamación y aceleró el paso. Entrecerrando los ojos, deslizó un brazo por su cintura y la acercó a él, saliendo un pequeño chillido de la chica a su lado. Bajó la mirada hacia ella y le dirigió una cálida sonrisa tranquilizadora.

—Sé que te incomodan todas las miradas que estás recibiendo. No te preocupes, koi. Ignóralas. Es lo mejor. —Se inclinó hacia abajo y le dio un suave beso en la frente—. ¿Vale?

Kagome lo miró a los ojos y no pudo evitar sonreír en respuesta.

—Gracias, Inuyasha. Lo intentaré. —Se apoyó contra él y suspiró, sintiéndose a salvo y cálida en su agarre. Su sonrisa se ensanchó cuando le dio un apretón tranquilizador, cogiendo una mano con la suya y entrelazando sus dedos. Ambos ignoraron la sonrisa pervertida que Miroku lanzaba en su dirección. Pero no pudieron evitar reírse en voz baja cuando una sonora bofetada resonó por el centro comercial seguida de un murmurado:

—Hentai.

-O-

Rin liberó un bostezo y caminó por uno de los muchos pasillos de la tercera planta, con el bolso ondeando en su mano. Bajó la mirada al bolso blanco y sonrió, un suave tono rosado subió para colorear sus mejillas. ¡No me puedo creer que Sesshomaru haya hablado conmigo! Es más, ¡quiere que vaya a la gala que va a dar en la mansión Takahashi! ¡Estoy tan emocionada! Riéndose como una colegiala, siguió recorriendo los pasillos cuando se le ocurrió algo, haciendo que se detuviera en seco y palideciera.

—Oh, no… ¿y si el señor Shynoko no me da el día libre? Los únicos días que tengo libres son los festivos y cuando hay una emergencia… —Suspiró y se sentó en un banco cercano, poniendo el bolso a su lado. Apoyó la barbilla en las palmas de sus manos y exhaló, haciendo que su flequillo subiera hacia arriba y volviera a bajar—. Estoy perdida. Es imposible que me dé el día libre. Especialmente cuando es para ir a una fiesta. Claro que nunca me daría el día libre para divertirme —resopló—. Típico.

Gruñendo suavemente, se quedó allí sentada y pensó en una forma de convencer a Kinso Shynoko de que le diera el día libre. Por supuesto, no se olvidaba de que sólo le daría el día libre si se acostaba con él. Esa sería probablemente la única forma de poder ir a divertirse. Pero… ¿se divertiría con la idea de que alguien la tocara de forma inapropiada justo antes de la fiesta cuando no se sentía atraída por él de ningún modo? Se sentiría violada… asustada. Y no quería sentirse así. No cuando iba a divertirse con quien le gustaba en secreto… que resultaba ser un famoso guitarrista de la famosa banda de Inuyasha…

Negó con la cabeza. Vale, estoy divagando… ¡Tengo que encontrar un modo de que mi jefe me deje ir! Mmm… Se llevó un dedo a la barbilla, una expresión pensativa se extendió por sus jóvenes rasgos.

—… ¿Rin?

—¿Mmm? —Levantando la cabeza, Rin parpadeó a la chica que tenía delante—… ¿Puedo ayudarte en algo?

La mujer parpadeó y luego soltó una risita.

—No te acuerdas de mí, ¿verdad?

—¿Acordarme de ti? ¿Nos conocemos?

Ante el asentimiento entusiasta de la mujer, Rin rebuscó en sus recuerdos y la estudió, el pelo rojo recogido en dos coletas, la flor detrás de su pelo y esos enormes ojos esmeraldas.

Algo hizo clic.

—… ¿Ayame?

La loba chilló y le dio a Rin un abrazo de oso.

—¡Rin! ¡Me alegro tanto de volver a verte!

Rin soltó un pequeño grito cuando Ayame la arrancó prácticamente del banco y le dio un abrazo inolvidable.

—A-Ayame… no… puedo… respirar…

—¡Oh! ¡Lo siento mucho!

Soltó a la joven, y Ayame retuvo sus manos con las suyas, con una amplia sonrisa en su rostro. Esperó pacientemente a que recuperase el aliento y no tuvo que esperar mucho. Después de que Rin recuperase el aliento, sonrió de oreja a oreja y le devolvió el abrazo de oso.

—¡Ayame! ¡Eres tú! ¿Cómo has estado? —Se apartó para mirar a su amiga a la cara, con la sonrisa aún intacta.

La sonrisa de Ayame también seguía en su rostro mientras respondía:

—He estado genial. ¡Y no vas a adivinar lo que me ha pasado!

Rin se rio.

—¡Y no vas a adivinar lo que me ha pasado a ! Vamos a por unos cafés con leche y nos contamos lo que ha pasado, ¿eh?

Ayame asintió.

—¡Vamos!

Y así, la agarró de la mano y la arrastró a la zona de restaurantes.

-O-

Las dos se compraron un café con leche desnatada y se sentaron en una mesa para dos, hablando sobre cosas triviales antes de dar la gran noticia.

—Vale, Ayame. Dime qué es eso "grande" que te ha ocurrido —preguntó Rin dándole un sorbo lentamente a su café con leche y ladeando ligeramente la cabeza.

Ayame soltó una risita y le dio un sorbo a su café.

—Bueno… —arrastró la palabra—. No adivinarías esto ni en un millón de años. —Apoyó la bebida en la mesa, entrelazó los dedos, apoyando la barbilla encima, con los codos en la mesa—. Kouga, de la banda de Inuyasha, ¡me pidió que fuera a la gala que va a haber en la mansión Takahashi! ¿Te lo puedes creer? —Para entonces, Ayame estaba botando en su asiento, dando palmadas y soltando pequeños chillidos.

Rin se la quedó mirando boquiabierta.

—… Kouga… te pidió… ¿que fueras a la fiesta…?

Ayame asintió con ganas.

—Lo sé, ¡no es impresionante! —Al fin se calmó y le dio un sorbo a su bebida, todavía riéndose levemente—. En fin, esa es mi noticia. Ahora, ¿qué hay de ti? —preguntó, una sonrisa adornaba sus rasgos.

Rin parpadeó y luego negó con la cabeza para aclarar la mente, un poco sorprendida, a decir verdad.

—Vaya… eso ha sido… eh… inesperado —dijo Rin, con ojos desorbitados y fijando la mirada en la mesa. Se mordió los labios, levantó la cabeza y se quedó mirando a la loba, sus ojos brillaban de emoción—. Bueno, dices que Kouga te va a llevar a ti a la fiesta, ¿verdad? —Ayame asintió, frunciendo las cejas en señal de confusión. Rin tragó el nudo de su garganta. De repente sentía timidez—. B-Bueno, S-Sesshomaru me pidió… que fuera con él… —dijo en voz baja, un tono rojo se esparció por su cara.

Ayame se quedó boquiabierta y sus ojos se abrieron todavía más, su café cayó de su mano a la mesa.

—Te lo… pidió… ¡Sesshomaru! —casi gritó, levantándose de golpe del asiento y poniendo las manos en la mesa, inclinándose hacia delante.

Rin hizo una mueca y miró a su alrededor, encogiéndose en su sitio.

—¡Silencio, silencio, Ayame! ¡No quiero que se entere todo el centro comercial! —susurró Rin, lanzándole una mirada a su amiga.

Ayame se estremeció y volvió a sentarse, enderezando su taza de café.

—Perdona. Es que… es sorprendente. Nunca lo habría adivinado…

Rin se rio un poco.

—Sí, ¡y yo nunca me habría imaginado que Kouga te fuera a invitar también a la fiesta! Tío, es que es increíble. Es decir, ¿que ambas vayamos a ir a la gala? Vaya… —Soltó el aliento y volvió a reclinarse, dibujando arabescos distraídamente sobre la dura superficie de madera en la mesa que tenían delante.

Ayame asintió y también se reclinó, tamborileando sus dedos contra la mesa.

Se miraron simultáneamente y sonrieron.

—¿Vamos? —preguntó Rin.

—Vamos —respondió Ayame y ambas se levantaron, con los brazos entrelazados y salieron de la zona de restauración, dejando atrás sus cafés con leche desnatada.

-O-

Al sentir que una pesada carga se levantaba de sus hombros ahora que estaba seguro de que el objeto de sus pensamientos lo molestaría menos, el mayor de los dos inu youkais caminó por el pasillo, dirigiéndose hacia el aroma de su medio hermano y su grupito. Ignoró todas las miradas que estaba recibiendo y a la fan ocasional que era lo suficientemente valiente como para acercársele y preguntarle:

—¿Me da su autógrafo, señor Sesshomaru, señor?

Por supuesto, le rompería su patético corazón humano al no dirigirle ni una mirada y pasar por su lado.

Pero una humana… una humana había conseguido de algún modo adentrarse en su frío corazón y fundir el hielo que lo rodeaba, provocándole un sentimiento cálido muy desconocido en su vientre. Maldijo en voz baja. Era su padre, decidió. Parecía tener debilidad por los humanos. Después de todo, la madre del idiota de su medio hermano era humana, así que debía de tener un poco de ese rasgo en él, ¿no? ¿Pero cómo? Se había emparejado con otro demonio hembra y lo había tenido a él, así que no podía tener la debilidad por los humanos en su interior… ¿verdad?

¡Arg!

A la mierda su padre, no podía evitar sentirse atraído por la humana. Había algo en ella que lo hacía querer sonreír, reír, soltarse y no preocuparse o pensar en nada más por un tiempo más que en ella.

Y eso lo asustaba. Lo asustaba más de lo normal. Ningún humano había querido hacerle hacer ninguna de las cosas anteriores, entonces, ¿por qué iba a ser diferente esta humana?

Porque tú…

—No voy a terminar ese pensamiento —dijo Sesshomaru en voz alta, luego fulminó con la mirada al humano que se atrevió a dirigirle una mirada de extrañeza.

El humano recogió rápidamente sus cosas y huyó.

Sesshomaru resopló.

—Patético mortal.

Suspiró y luego se maldijo. La chica ya lo estaba ablandando, haciéndole mostrar signos de emociones, y eso que apenas la conocía.

—Sesshomaru.

Se detuvo en seco, miró a su izquierda y vio a Kouga y a Naraku yendo hacia él. Su rostro permaneció inexpresivo cuando se detuvieron delante de él, metiendo las manos en los bolsillos. Asintió en su dirección.

—Kouga. Naraku.

Naraku asintió, mientras que Kouga se tomó la libertad de hablar.

—Naraku y yo hemos encontrado una tienda de trajes en la planta de arriba, ¿has encontrado al patético de tu hermano? —preguntó, arqueando una negra ceja. Sesshomaru negó una vez con la cabeza.

—No. Bueno, no todavía. Estoy en proceso de rastrearlo. Podéis venir conmigo si queréis —declaró Sesshomaru, ladeando ligeramente la cabeza. Estudió el atuendo de Kouga. Hoy llevaba una camisa verde oscura con su nombre impreso delante en letras sofisticadas y vaqueros muy flojos adornaban sus piernas. También notó que tenía puestas sus zapatillas favoritas, de cuero negro con rayas verde neón a los lados.

Kouga lo descartó con una mano.

—Nah, tengo mejores cosas que hacer que oler su peste. Quiero acabar con esto de una vez. Siempre he odiado el centro comercial. Demasiada gente y demasiado ruido para mi gusto —dijo, haciendo un gesto de dolor cuando le llegó un chillido de la derecha. Resultó ser una adolescente que acababa de descubrir que las tres personas más famosas de Japón estaban a menos de seis metros de ella.

Sesshomaru asintió. Kouga y él siempre se habían llevado bien, hasta Kouga e Inuyasha. Hasta el momento, Kouga no lo molestaba, que hiciera lo que quisiera. El taiyoukai se giró hacia Naraku.

—¿Naraku?

El hanyou de pelo negro se limitó a encogerse de hombros y se puso a su lado.

Kouga se dio la vuelta y saludó por encima del hombro.

—Nos vemos —dijo por encima del hombro, sin notar que la chica de antes seguía todos sus movimientos… hasta que decidió hacer acto de presencia y empezó a perseguirlo. Kouga gritó y salió disparado hacia el baño de hombres más cercano.

Sesshomaru y Naraku pusieron los ojos en blanco y siguieron buscando al cantante, a su mujer, al pervertido y a la representante.

—Bueno, Sesshomaru, ¿qué es este aroma que huelo? ¿El de una humana?

El mayor de los hermanos inu le dirigió al otro demonio una mirada gélida.

—No metas las narices en los asuntos de los demás, Naraku. No es de buena educación. Y sí, hueles una humana. Pero debo recordarse que tú, también, vas a llevar a una humana a la fiesta —declaró Sesshomaru con frialdad, su atención volvía estar centrada en encontrar a su medio hermano.

Naraku entrecerró los ojos en su dirección, pero no dijo nada, dirigiendo la vista al frente. Sólo por ese comentario soberbio, dejaría que encontrase al otro hanyou él solo.

Un lado de la boca de Sesshomaru se alzó en la más pequeña de las sonrisas ante la reacción de Naraku. Al parecer no era el único al que le atraían las humanas. También parecía gustarle un poco la exnovia de Inuyasha, Kikyo. Siempre estaba cerca de ella, charlando de cosas triviales con ella, y casi siempre peleándose con Inuyasha por "estar demasiado cerca de su mujer" como decía él muy delicadamente. Nótese el sarcasmo. Estaba a punto de pensar en otra cosa desagradable cuando le llegó el aroma de su hermano y se detuvo a medio paso. Naraku también se detuvo, mirándolo por encima del hombro con una ceja arqueada.

Sesshomaru lo ignoró y siguió mirando al frente.

—Viene —confirmó, ya oyendo su bocaza por encima del ruido de la gente que lo rodeaba.

—¡Venga ya, Miroku! ¡Cómo iba a estar mirando modelos de bañadores! ¡Eso es algo que harías !

—Bueno, no hace daño mirar. ¿Vamos entonces?

Sesshomaru no tenía que verlo para saber que esbozaba una sonrisa libidinosa. Podía oírla en sus palabras. También pudo oír la sonora bofetada que le siguió poco después.

—¡Pervertido! ¡Sólo piensas en eso, y no te atrevas a poner esa mano cerca de mí, porque todavía me queda una si quieres experimentar!

—Venga, Sango, querida, eso ha sido totalmente innecesario. Lo único que decía era que podría estar…

—Inuyasha.

—… Aquí mismo.

Miroku suspiró.

Inuyasha le pegó un coscorrón en la cabeza.

—Idiota. Te lo dije.

—¡Inuyasha! ¡No le pegues!

—¿Por qué no? Por si no lo has notado, Kagome, ¡estaba comportándose como un pervertido integral, y se lo merecía!

—¡Siempre es así! ¡Esa no es razón para pegarle!

—Vaya, ¡disculpa…!

Como se estaba cansando del alboroto que estaban montando, Sesshomaru se aclaró la garganta sonoramente.

Si habéis terminado con vuestra escenita consistente en una discusión sin sentido sobre la perversión de un hombre, Kouga ha encontrado una tienda de trajes en la planta de arriba donde podemos conseguir los nuestros y salir de aquí —explicó, en su voz había un tinte de molestia.

Los cuatro parpadearon y se detuvieron, unos bonitos tonos rojizos adornaban los cuatro pares de mejillas.

Asintiendo, Sesshomaru se dio la vuelta y los guio hacia el ascensor, Naraku volvía a estar a su lado con las manos enterradas en los bolsillos.

Después de un largo silencio entre los cuatro que seguían a los dos demonios, Kagome lo rompió.

—Eh, ¿dónde está Kouga? —preguntó y miró a su alrededor.

Inuyasha se encogió de hombros.

—Ni idea. Probablemente lo está persiguiendo una fan adolescente —afirmó, poniendo las manos detrás de la cabeza.

Nadie pareció oír las dos risitas cómplices de los demonios que llevaban delante.

-O-

En la tercera planta, Kouga estaba sufriendo intentando librarse de aquella persistente mujer. ¡Es que no lo dejaba en paz! Se asomó por un ancho pilar e inspeccionó a la gente que lo rodeaba, intentando localizar a la chica que lo había seguido sin descanso hasta la tercera planta. La mocosa lo había perseguido por la segunda planta y la mitad de la tercera, y de alguna forma había conseguido ocultarse de su vista… por ahora. Podría estar en cualquier parte, escondida detrás de algo o camuflada con toda la gente que caminaba por la tercera planta.

Al ver la conocida camiseta de color marrón con una foto de la banda de Inuyasha, los ojos del lobo se abrieron como platos y se echó rápidamente hacia atrás, pegándose al pilar. Aunque lo había estado persiguiendo durante casi una hora y media, todavía insistía, llamándolo, y muy probablemente recibiendo miradas extrañadas de los que la rodeaban. Inuyasha y los demás ya estaban probablemente en la tienda de trajes, esperando a que apareciera en algún momento para poder marcharse. Pero, conociendo a Inuyasha, probablemente se iría sin él, llevándose a Kagome. Bastardo.

Maldición, la chica tiene potencial, eso se lo reconozco, pensó, asomándose otra vez para intentar ver a dónde iba… que resultó ser el pilar detrás del que estaba.

Maldiciendo, se dio la vuelta… sólo para encontrarse con una mujer con los ojos abiertos como platos, boquiabierta, mirándolo abiertamente.

—Oh, Kami, ¡tú eres Kouga! —casi gritó.

Kouga hizo una mueca y volvió a mirar hacia atrás, tragando saliva con fuerza al ver que la chica estaba dando la vuelta a la columna.

—Mierda.

Se volvió hacia la mujer, que estaba a punto de volver a gritar, pero la detuvo a tiempo poniendo una mano sobre su boca y apretándola contra el pilar.

—Escucha, mujer, ya estoy en un apuro y no necesito que dificultes aún más mi casi imposible huida de esa loca que tenemos detrás que me lleva persiguiendo la última hora y media, así que te agradecería que te callaras y te fueras, ¿vale? —le susurró con un gruñido, su labio superior temblaba. Normalmente no era tan brusco con un débil humano, pero en ese momento sólo quería escapar de la chica. Estaba empezando a asustarlo. Pero demonios, sí que estaba decidida. Y eso le molestaba.

Si es que era posible, los ojos de la mujer se abrieron todavía más y, con su lento asentimiento, Kouga la soltó y le dio un pequeño empujón para que se moviera.

—Esta conversación no ha ocurrido nunca, ¿entendido?

Ella volvió a asentir y se dio la vuelta, empezando a caminar, corriendo únicamente cuando estuvo a más de medio camino de él.

Kouga suspiró.

—Vale, ahora que me he encargado de eso

—¡Kouga-kun!

—¡Oh, mierda! —Allá vamos otra vez

Y la persecución de la chica y el lobo volvió a empezar.

-O-

—Maldición, ¿dónde demonios está? —gruñó Inuyasha por enésima vez ese día, tamborileando sus garras con impaciencia contra su antebrazo. Sintió la mano de Kagome en su brazo en un intento por calmarlo, pero no le hizo caso mientras miraba a la puerta de la tienda por millonésima vez—. ¡Cualquiera pensaría que estaría aquí antes que nosotros, ya que fue él quien la encontró!

—Inuyasha, por favor, cálmate. Kouga vendrá pronto —intentó asegurarle Miroku al hanyou, frotándose el chichón que se había formado en su cabeza por el golpe que había recibido no hacía mucho de parte de su enfadada representante.

En ese momento, Sango estaba echando humo silenciosamente, murmurando cosas por lo bajo de brazos cruzados, fulminando con la mirada al pervertido en cuestión. Kagome estaba sentada a su lado en el banco, frotándole la espalda para calmar a su amiga. Inuyasha no ayudaba con el humor para nada con su constante diatriba sobre "lobos buenos para nada que se pierden en centros comerciales" al lado de las dos mujeres. Miroku estaba apoyado contra una columna solo, enfrente del trío, sintiéndose un poco más a salvo por su distancia de Sango. En cuanto a Sesshomaru y a Naraku, habían salido de la tienda hacía ya mucho tiempo, decididos a encontrar una tienda digna de su atención tras comprar sus trajes.

Hizo una mueca mientras continuaba tocándose el chichón que crecía a cada momento. A lo mejor debería compensarla de algún modo… como comprándole algo… pero, ¿qué? Pensó Miroku, suspirando y mirando por la tienda, pero sólo tuvo éxito para encontrar cosas no femeninas. Se dio una patada mental. Pues claro que no voy a encontrar aquí nada femenino, ¡es una tienda de esmóquines! Exhaló y se frotó la frente para detener el dolor de cabeza que se acercaba. Veamos… dos, ¿o fueron tres? Bofetadas de Sango, un coscorrón de Inuyasha y un duro golpe en la cabeza… de Sango. No debo de estar de su parte hoy. Bajó la cabeza y volvió a suspirar, y levantó la cabeza para mirar por la puerta y echó un vistazo a la tienda que había al lado de la tienda de esmóquines.

Tienda de mascotas de Tsuyo.

Parpadeó. Una tienda de mascotas… Le echó un vistazo a Sango, una lenta sonrisa se extendió por sus facciones y se excusó antes de salir de la tienda.

Kagome se lo quedó mirando.

—¿A dónde va?

Sango entrecerró los ojos.

—Probablemente a acariciarle el culo a alguna chica que acaba de pasar y le ha gustado.

Kagome ladeó la cabeza y se la rascó.

—No, no creo que vaya a hacer eso después de todos los golpes que ha recibido hoy. Creo que es lo suficientemente listo.

Inuyasha decidió aportar algo y resopló.

—Es un maldito pervertido, así que lo más probable es que vaya a buscar un bikini pequeño para mirarlo y luego comprarlo para vértelo puesto, Sango.

Kagome lo fulminó con la mirada.

—¡Inuyasha!

—¿Qué?

Sango suspiró.

—No, olvídalo, Kagome. Probablemente tenga razón, conociendo a Miroku. —Apoyó la barbilla en sus palmas, sus codos descansaban sobre sus rodillas. Sólo esta vez, Miroku… puedes no ser tu yo pervertido y hacer algo… ¿no pervertido por una vez? Gruñó internamente. No era probable. Después de todo, era por lo que lo conocían. Su perversión. Volvió a suspirar, enterró la cara entre las manos, sin ver que el pervertido entraba en la tienda de mascotas de al lado. Aunque ella no lo notó, a la otra mujer, que tenía una sonrisa conocedora plasmada en los labios, no le pasó desapercibido. Por desgracia, el otro hombre también lo notó y decidió poner voz a sus pensamientos.

—¿Por qué está…? —Algo a su izquierda captó la atención de sus ojos y bajó la mirada a Kagome, que estaba haciendo el gesto de cortarse la cabeza con la mano, diciéndole silenciosamente que se callara.

Abrió los ojos como platos al entenderlo, e Inuyasha asintió, volviendo a mirar a la tienda, con una perezosa sonrisa adornando sus facciones.

-O-

En la limusina, Kagome durmió profundamente contra Inuyasha, que miraba por la ventanilla, acariciándole el pelo distraídamente con una filosa mano. Sesshomaru y Naraku estaban sentados enfrente de ellos y Sango junto a Kagome, que tenía la vista fija en algo que sólo ella podía ver, mordiéndose el labio inferior de preocupación por Miroku. Había llamado al móvil de Inuyasha y le había dicho que no iba a volver a casa hasta tarde, y se había ido sin ellos. Kouga estaba durmiendo en otra parte de la limusina, se había quedado sin energía tras correr durante casi otra hora después de que la chica lo encontrara. Después había descubierto que lo único que quería era un autógrafo y que, después de eso, lo dejaría en paz. Así que le había dado el autógrafo y luego casi se habría desmayado si no hubiera sido por Inuyasha y Sesshomaru, que lo habían cogido por los brazos antes de que chocara contra el suelo. Se habían pasado el resto del día en el centro comercial, tras comprar sus esmóquines, y yendo de tienda en tienda hasta que Sango pensó que era mejor volver por si Shippo o Kaede se preocupaban.

Así que ahora que se dirigían de vuelta a la mansión Takahashi, Inuyasha aturdido, Kagome dormida, Kouga durmiendo, Sango preocupada, y Sesshomaru y Naraku tan inexpresivos como siempre. Nadie pensó que tuviera que romper el cómodo silencio que había entre ellos, sumidos en sus pensamientos y mundos de ensueño.

Unos quince minutos más tarde, llegaron a la mansión y el conductor se tomó la libertad de aparcar delante de las escaleras de la entrada, saliendo para abrirles las puertas a sus jefes. Inuyasha salió a la noche con una Kagome dormida arropada entre sus brazos, y subió silenciosamente por las escaleras mientras Naraku y Sesshomaru se tomaban la molestia de llevar al inactivo lobo también escaleras arriba. Sango los siguió poco después, dirigiéndole un asentimiento en señal de agradecimiento al conductor y subió lentamente las escaleras, abrazándose a sí misma. Todavía estaba preocupada por Miroku, a pesar de que había dicho que no se preocuparan. Así era ella. Si no se preocupaba por él, ¿quién lo haría? Estaba claro que ni Inuyasha ni los demás. Bueno, puede que Kagome, pero así era ella. Se preocupaba por toda criatura viviente, lo había descubierto tras pasar mucho tiempo de chicas con ella. Era agradable tener a otra chica cerca además de Kaede para hablar y reírse con ella, para contarle secretos, tal como lo harían unas adolescentes.

Negando con la cabeza, Sango le sonrió a la sirvienta que le sujetaba la puerta, la cerró inmediatamente para mantener la casa caliente. Pronto descubrió que todos los miembros de la banda se habían retirado a sus habitaciones, Sesshomaru y Naraku habían dejado a Kouga en su cuarto antes de irse a sus respectivas habitaciones. No sabía si Inuyasha había dejado a Kagome en su habitación o había ido directo a la suya con ella, pero tampoco le importaba. Ni que fuera a aprovecharse de ella o algo así. Sabía que tenía honor.

Así, echándole un vistazo a las escaleras, subió a su habitación, pasando junto a varias sirvientas por el camino. Abrió las puertas y las cerró suavemente tras ella, yendo hacia su tocador y sentándose en la silla acolchada. Suspiró mientras se soltaba la coleta, dejando que sus oscuros mechones cayeran por sus hombros de un modo elegante. Cogió un cepillo y empezó a pasarlo por su melena marrón oscura, una mirada inexpresiva cubría sus facciones.

Miroku… ¿dónde estás?

-O-

Miroku entró por la puerta principal, más sigiloso que nunca, y pasó silenciosamente por el vestíbulo y subió por las escaleras, con una caja blanca grande bajo el brazo. Le dio una pequeña palmadita y fue hacia su habitación, abriendo la puerta silenciosamente y yendo hacia la cama. Apoyó la caja y levantó la tapa, metiendo la mano dentro y sacando algo peludo y amarillo de sus confines. Le murmuró algo antes de darse la vuelta e ir hacia la puerta, saliendo y despareciendo al doblar la esquina.

Llamó lo más silenciosamente que pudo a una puerta para no despertar a los demás, esperando pacientemente una respuesta.

-O-

Algo golpeteó contra su puerta.

Levantando la cabeza de las páginas de un libro interesante, Sango fijó la mirada en la puerta, preguntándose quién demonios estaría despierto tan tarde y llamando a su puerta. Encogiéndose de hombros, dejó el libro y bajó de la cama, yendo hasta la puerta descalza. Su camisón de seda blanco flotó a su alrededor libremente mientras abría la puerta, casi dando un salto ante lo que vieron sus ojos.

—¡Miroku! —susurró sonoramente, resistiendo el impulso de saltar a sus brazos.

Miroku sonrió e inclinó la cabeza, tomando su mano y conduciéndola por el pasillo hacia su habitación.

Sango estaba cuando menos perpleja, Miroku aparecía en su habitación, sin darle una explicación de por qué había estado fuera toda la noche, y le agarraba la mano sin decir una palabra, conduciéndola hacia Kami sabía dónde. Al llegar a la puerta que llevaba a la habitación de él, Sango al fin reconoció dónde estaban al oler la fragancia única de la habitación de Miroku cuando abrió las puertas. La condujo hacia su cama, sin molestarse en encender ninguna luz o en soltarle la mano, la oscuridad todavía los rodeaba para evitar que Sango viera nada.

—Miroku, ¿qué pasa? ¿Qué haces? —preguntó con incertidumbre, mirando a su alrededor en busca de la sombra conocida como Miroku.

Su respuesta fue el sonido de un interruptor y la luz inundó la habitación, haciendo que Sango quedara ciega por un momento hasta que se acostumbró a la claridad.

—Miroku, qué…

—¡Miau!

—¿Qu…?

Bajó la mirada a la cama de donde había venido el extraño sonido, y Sango abrió los ojos como platos mientras asimilaba lo que tenía delante.

Dos grandes ojos rojos le devolvían la mirada, un par de orejas de punta negra con un diamante negro en la peluda frente del pequeño felino de dos colas, las puntas parecían como si las hubieran metido en tinta negra. Cuatro patas también estaban negras y lo remataba un lacito rojo atado alrededor del cuello.

Sango chilló y cogió inmediatamente al neko entre sus brazos, acunándolo con gentileza. El felino maulló y ronroneó, acariciando su mejilla con la nariz.

—¡Miroku, es adorable!

—Me alegro de que te guste.

Se giró y la recibieron dos ojos violetas y una cálida sonrisa. Sango sonrió en respuesta.

—Se llama Kilala —dijo, levantando una mano para acariciar la cabeza del gato. Kilala maulló.

—¿Kilala? —repitió, bajando la mirada hacia los ojos escarlatas de su mascota. Sonrió y le acarició la frente con la nariz antes de volver a mirar a Miroku con una sonrisa amorosa en los labios. Puso a Kilala en la cama, que inmediatamente se ovilló y se puso a dormir. Soltó una risita ante las acciones del gato y volvió su atención al hombre que tenía delante, acercándose, aunque con un poco de timidez, y rodeándole el cuello con los brazos para darle un cálido abrazo.

—Gracias, Miroku. Es encantadora. Pero… no tenías por qué hacerlo. —Su corazón le dio un vuelco cuando la rodeó con los brazos y le devolvió el abrazo, apoyando la mejilla contra su cabeza.

—Quería hacerlo, Sango. Quería enseñarte cuánto me importas y que de verdad puedo ser un hombre decente… bueno, cuando quiero —bromeó.

Sango se rio un poco y se apartó para sonreírle, con las lágrimas ardiendo en los ojos.

—Gracias.

Su única respuesta fue una amorosa sonrisa y un beso que nunca olvidaría.