Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.
Baile peligroso
Capítulo diecisiete: Invitación
-O-
–¡Kagome!
Oscuridad. Los rodeaba. Corría. Corría rápido. Pero parecía que no la llevaba a ninguna parte. Cada vez que daba un paso, parecía que él se alejaba más y más de ella. Su mano estaba extendida hacia él, rogándole que la cogiera. Se estiró hacia ella…
El tiempo se detuvo.
Una larga y oscura sombra se formó detrás de él, unos ojos rojos como la sangre llenos de maldad y odio. Unas alas negras se extendieron, preparadas para engullirlo en un mundo de oscuridad.
No podía moverse. No podía hablar. Lo único que se le concedía era la libertad de la vista. Lo único que no quería.
Se vio obligada a observar mientras el oscuro ser envolvía sus largas alas negras a su alrededor, los ojos rojos como la sangre de la criatura no se apartaron en ningún momento de su siguiente objetivo.
Se había ido. La única prueba que quedaba de su existencia era su débil voz llamándola…
—¡… 'Ome!
—In… a… sha…
Fue lo único que pudo articular cuando una mano negra y grande rodeó su pequeño cuello, deteniendo eficientemente todo el suministro de oxígeno.
Lo último que vio fueron dos ominosos ojos escarlata fijando la mirada en ella, llenos de venganza… y sed de sangre.
Kagome abrió los ojos de golpe y se incorporó sobresaltada, el susurro de un "¡no!" escapó de su boca. Un sudor frío perló su ceja y se llevó una mano al pecho para cubrir el rápido latido de su corazón. Vaya… menuda pesadilla, pensó, cerrando los ojos y respirando hondo para calmar su alterado corazón. Es la tercera vez que tengo una pesadilla así… ¿qué está pasando? ¿Debería contárselo a Inuyasha? Pensó por un momento. No. No debería hacerlo. No quiero que se preocupe. Suspiró y, una vez que su corazón volvió a latir con normalidad, abrió los ojos y miró a su alrededor, observando la habitación en la que estaba.
Sus cejas se fruncieron en confusión. Un momento… esta no es mi habitación… ¿dónde estoy?
Claro que no era su habitación. Para empezar, el baño estaba a la derecha en lugar de a la izquierda de la habitación. Y, notó, en lugar de una alfombra de color crema, Kagome distinguió el color escarlata oscuro que adornaba el suelo gracias a los rayos del sol que entraban por la ventana del lado izquierdo de la habitación. Al mirar a la izquierda, abrió los ojos como platos.
—Oh, vaya…
En lugar de la única ventana que esperaba ver, toda la pared estaba hecha de cristal, unas largas cortinas rojas colgaban holgadamente a los lados del ventanal. Una puerta corredera estaba situada en medio de la pared de cristal y conducía a un balcón grande, vio Kagome, que se cernía sobre una piscina y tenía una preciosa vista de la ciudad de Kioto. El sol estaba empezando a asomar por las colinas, proyectando halos amarillos y naranjas sobre la superficie de la tierra, e iluminando la habitación con un encantador tono naranja rosado.
Los principios de una sonrisa tiraron de las comisuras de sus labios mientras seguía mirando por el ventanal.
—Vaya… es precioso —dijo en voz baja, luego algo se movió a su izquierda y ahí fue cuando Kagome descubrió con una exclamación de quién era exactamente la habitación en la que estaba.
¡Estoy en la habitación de Inuyasha!
Siguió mirando fijamente su figura durmiente, esperando por todos los dioses que no se despertara y la encontrara mirándolo. Al darse cuenta de que no iba a despertarse pronto, se relajó un poco y lo estudió un poco más, su rostro sin su típico frunce, sino dotado con una apariencia casi angelical. Sus mechones plateados estaban esparcidos por la almohada en la que descansaba su cabeza, enmarcando su cara de forma celestial.
Extendió la mano, vacilante, y le apartó un mechón que se había separado de su melena plateada, una suave sonrisa adornaba sus facciones. Parece tan tranquilo cuando duerme… Suspiró melancólicamente y apartó la mano, solo para colocarla suavemente en su mejilla, sintiendo la calidez que irradiaba de él. Ojalá estuviera así también cuando está despierto…
Negó ligeramente con la cabeza. No… no quiero eso. No me enamoré de un hombre educado y de aspecto tranquilo. Me enamoré del hanyou maleducado, gruñón y agresivo.
Suspiró y miró el reloj digital de la mesilla de noche del lado de la cama de Inuyasha. Daba las 6:43 de la madrugada.
Kagome abrió los ojos como platos. Vaya… nunca me levanto tan temprano… Probablemente tenga que ver con ese sueño… no, con la pesadilla que tuve. Se estremeció ante el recuerdo y volvió a mirar al hanyou durmiente.
Le sonrió y luego, dudando un poco, se inclinó y depositó un suave beso en sus labios antes de bajar de la cama, apartando las sábanas negras de satén de su cuerpo. Fue silenciosamente hacia el baño, la alfombra de pelo ayudó a amortiguar sus pasos. Abrió la puerta, luego se detuvo en el umbral, mirando por encima del hombro al dormido inu youkai. Le dirigió una última sonrisa antes de entrar en el baño y cerrar la puerta suavemente detrás de ella.
Suspirando, caminó hacia la ducha y abrió el agua caliente, decidida a darse una relajante ducha con agua caliente. Se despojó rápidamente de su ropa, entrando en la ducha y cerrando la cortina, suspirando de felicidad mientras el agua caliente fluía sobre sus tensos músculos.
—Ah… esto está genial…
-O-
¿Kagome?
Unos ojos dorados se abrieron y un bostezo enorme salió de su boca mientras Inuyasha se incorporaba, estirando los brazos por encima de su cabeza y arqueando la espalda. Se lamió sus labios secos, miró a su lado y se encontró con que su novia no estaba allí. Parpadeó y ladeó la cabeza.
—Supongo que no me estaba imaginando aquel beso.
Sonrió. Todavía podía sentir la sensación, como de una pluma, de sus labios rozando los suyos en un breve, pero placentero beso. Exhalando, con las mejillas hinchadas, apartó las sábanas y bajó las piernas, con las orejas moviéndose inmediatamente hacia el ruido más cercano: agua corriendo proveniente del baño.
Se quedó mirando el baño, entendiéndolo todo. Sonrió con malicia, una idea bastante pervertida se estaba formando en su mente.
—Kagome está en la ducha, ¿eh? Je. Bueno, entonces supongo que tendré que ir a "frotarle la espalda" —bromeó, levantándose y yendo hacia el aseo. Se rio por lo bajo—. Y ni siquiera se molestó en despertarme. Mujer escurridiza.
Se detuvo ante la puerta. Cielos, y pensar que se estaba convirtiendo en una copia de Miroku con todos los pensamientos impuros que estaba teniendo.
…
No, elimina eso. Nadie podía ser más pervertido que el mismísimo Miroku. Era una verdad absoluta.
Negando con la cabeza, abrió silenciosamente la puerta y entró, asegurándose de ser lo más silencioso posible cuando cerró la puerta detrás de él. Al mirar arriba, su espalda se tensó y abrió los ojos como platos.
Vale, idea estúpida.
La cortina color crema no hacía nada por ocultar la perfecta silueta del cuerpo de Kagome. Tragando el nudo que se le había formado en la garganta, se la bebió lentamente con los ojos, notando la forma en que se subía el pelo, pasándose las manos por sus mechones azabaches con agonizante lentitud, con la cabeza echada hacia atrás, la boca ligeramente abierta. El calor recorrió su cuerpo cuando sus ojos aterrizaron en la perfecta curva de sus voluptuosos pechos, el agua goteaba de los dos picos de sus montes. Contuvo un gruñido bajo en su garganta y su respiración se hizo más pesada, sus manos se abrían y se cerraban a sus costados.
¿Por qué demonios entré aquí?
Incapaz de apartar la mirada de la belleza que se duchaba delante de él, sus orbes ambarinos bajaron por su cuerpo, deteniéndose en su vientre plano y en los supremos contornos de sus caderas y bajando por sus largas y contorneadas piernas cubiertas de inmaculada piel que parecía seda bajo su tacto. Dio un paso adelante inconscientemente.
El cúprico olor a sangre lo devolvió a sus sentidos. Se detuvo en seco y bajó la mirada a sus manos, abriéndolas para descubrir cuatro incisiones de sus garras goteando el espeso líquido rojo.
Negando con la cabeza, cerró los ojos y respiró hondo, volviendo hacia la puerta. Le echó la culpa al denso vapor mientras abría la puerta y la cerraba rápidamente. Apoyándose en el amplio trozo de madera que lo separaba de la diosa que se estaba duchando, su respiración volvió lentamente a la normalidad, sus latidos se ralentizaron a su ritmo original.
—Maldición… estuvo demasiado cerca —dijo con voz ronca, cerrando los ojos y pasándose la mano por su rebelde melena plateada.
—¿Inuyasha?
Los ojos dorados se abrieron de golpe y bajó la cabeza para mirar al dueño de la voz. Arqueó una ceja negra.
—¿Qué haces despierto tan temprano, mocoso?
Dicho kitsune movió sus pies de zorro contra el suelo cubierto de una alfombra escarlata e inclinó la cabeza, como si le avergonzara admitir lo que hacía en la habitación de Inuyasha. Sus manitas se movieron nerviosas detrás de él y un bonito tono rosado tiñó sus mejillas.
Impacientándose un poco con el niño, soltó un gruñido de enfado antes de cruzarse de brazos sobre su pecho desnudo y fijar la mirada en él.
—¿Y bien? Escúpelo, mocoso.
Shippo se mordió el labio inferior y respiró hondo antes de decir en voz baja:
—Tuve… una pesadilla… no quería estar solo —confesó. Inuyasha casi gruñó cuando olió el aroma delator de la sal proveniente del zorro que tenía delante y se acuclilló, su tono fue sorprendentemente amable cuando habló.
—No llores, Shippo. Los youkai no lloran. Quieres ser valiente, ¿verdad? —preguntó, su oreja se inclinó hacia atrás hacia el baño. Había dejado de correr el agua.
Shippo se sorbió la nariz e hinchó el pecho, levantando la cabeza para dirigirle una mirada valiente a su ídolo.
—Tienes razón, Inuyasha. Soy valiente. ¡Los youkai no lloran!
Inuyasha se rio entre dientes y le revolvió el pelo naranja al niño.
—Mucho mejor.
Se levantó, llevando al niño consigo al cogerlo por la cola y ponérselo en el hombro. Se dirigió a la cama y se sentó, cruzándose de brazos y piernas.
—Bueno, ¿quieres hablarme de tu pesadilla? —preguntó, apoyándose contra el cabecero.
Shippo suspiró y jugueteó con el pelo plateado de Inuyasha.
—Bueno… estaba haciendo un dibujo de Kagome, tú y yo y de repente todo desapareció y una nube negra se puso sobre mi cabeza. Recuerdo veros a ti y a Kagome corriendo hacia mí… y luego una… cosa grande y negra vino detrás de ti y os tragó en su oscuridad. Luego vino a por mí… y me desperté.
Cuando terminó, Inuyasha asintió.
—Ya veo. Menuda pesadilla, mequetrefe.
Shippo sonrió ligeramente, contento porque su ídolo lo escuchara.
—Lo fue. Pero, por supuesto, no tenía miedo. Los youkai no se asustan, ¿verdad, Inuyasha?
Inuyasha se rio ligeramente y se estiró para tocarle la nariz.
—Cierto, Shippo.
La nariz del niño se arrugó y una risita se escapó de su boca, y extendió una mano para tirar de la peluda oreja de Inuyasha.
El hanyou tuvo un repentino sobresalto al sentir una manita en su oreja y luego sonrió al coger la peluda cola en su cara y tirar de ella, bajando a Shippo a la cama y usando una mano para contener al revoltoso kitsune, usó la otra mano con sus garras para hacerle cosquillas en los costados, las costillas, su barriga y sus pies.
Shippo soltó una carcajada, con expresión retorcida, mientras tiraba de la mano de Inuyasha para que parase los movimientos sobre su pequeña forma.
—¡I-Inuyasha! ¡Para! —consiguió decir entre risas, sus piernas volaban con la esperanza de pillar al hanyou que le hacía cosquillas con la guardia baja.
Inuyasha se rio, con las garras atacando sus costados con abandono, y bajando hasta las plantas de sus pies.
—Di "¡Inuyasha es el mejor medio-youkai del mundo!" —dijo Inuyasha, con una sonrisilla plasmada en su rostro cuando el demonio zorro siguió retorciéndose bajo su mano.
—¡Nunca! —llegó la respuesta con falta de aire.
Una sonrisa de suficiencia esta vez.
—Dilo y pararé —afirmó, atacando su barriga.
La risa de Shippo no se detuvo, intentaba escaparse de las garras del hanyou que tenía encima y que le hacía cosquillas.
—¿Interrumpo algo?
Parando con sus acciones sobre el joven kitsune, Inuyasha levantó la cabeza para mirar a la intrusa, sólo para quedarse boquiabierto y con los ojos abiertos como platos ante lo que tenía delante.
Allí estaba Kagome, con una preciosa falda negra floja que terminaba en sus tobillos, un dragón rojo con borde dorado se enroscaba por toda la falda, empezando en el borde y terminando en la cinturilla. Su blusa era blanca, de seda, y terminaba justo encima de su ombligo con el mismo dragón rojo subiendo por el lado izquierdo de su camisa. Y por encima de todo, su pelo azabache estaba recogido en un moño en lo alto de su cabeza, con mechones rizados enmarcando su rostro. También notó el brillo de sus labios rojos por el brillo que se había aplicado.
Shippo, que había recuperado el aliento durante el estudio que le había hecho Inuyasha a Kagome, salió de la cama y fue hacia Kagome, saltando a sus brazos, que envolvió a su alrededor en un abrazo cariñoso.
—¡Kagome! ¡Inuyasha me estaba haciendo cosquillas y no iba a parar a menos que dijera "Inuyasha es el mejor medio-youkai del mundo!" —Shippo hizo un mohín, girando la cabeza para dirigirle una mirada al hanyou, que todavía lo miraba, como diciendo "ahora tengo a alguien que me proteja, ja".
Kagome se sonrojó bajo el escrutinio de Inuyasha y se esforzó por dirigirle una pequeña sonrisa.
—Buenos días, Inuyasha. —Bajó la mirada al niño que tenía en brazos—. Shippo.
Shippo le sonrió ampliamente.
—¡Buenos días, Kagome!
Inuyasha tardó más en contestar. Al darse cuenta de que seguía mirándola boquiabierto como un idiota, cerró la boca, pero no apartó la mirada de ella. La miró de arriba abajo para disimular, antes de que una sonrisa de suficiencia se esparciera por sus facciones mientras se levantaba. Entonces, con la elegancia y encanto que poseía, fue hacia la pareja. Al ponerse delante de ellos, arqueó una negra ceja, con la sonrisa todavía puesta y alzó una mano para llevarse uno de sus mechones a su nariz, para después inhalar suavemente. Le sonrió.
—Usaste mi champú, ¿eh?
¿Qué, ni un "Buenos días, Kagome"? Entrecerró los ojos.
—Sí. Me olvidé el mío en mi habitación. ¿Algún problema? —preguntó, arqueando una delicada ceja.
Inuyasha se rio entre dientes y negó con la cabeza.
—No, por supuesto que no. Huele bien en ti, es todo —dijo, retorciendo el mechón en su dedo y tirando hacia él ligeramente, capturando sus labios en un suave beso.
Shippo arrugó la nariz.
—Ag.
Saltó de los brazos de Kagome y fue hacia la puerta abierta, desvaneciéndose por una esquina. Probablemente iba a jugar con su nueva compañera de juegos, Kilala.
Soltó una pequeña exclamación cuando sus labios conectaron con los de ella, lo único que pudo hacer Kagome fue estarse quieta mientras los labios de Inuyasha se movían sobre los de ella en un baile sensual hecho para derretir el corazón de Kagome. Cuando se apartó y mordisqueó suavemente la punta de su nariz, ella volvió a la realidad y negó ligeramente con la cabeza, parpadeando para volver a enfocar la mirada. Se quedó mirando al hombre que tenía delante, una mezcla entre confusión y maravilla bailaba en sus ojos.
—… Buenos días.
Inuyasha echó la cabeza atrás y se rio, luego volvió a mirarla, con una sonrisa deslumbrante adornando sus rasgos.
—Buenos días, Kagome —dijo, ladeando la cabeza—. ¿Dormiste bien?
Kagome se sonrojó inmediatamente y apartó la mirada, apretando los dientes.
—Mmm… qué hacía en tu habitación… en tu cama… —se detuvo—… ¿Y tú en ella? —chilló, jugueteando con el borde de su blusa.
Lo oyó suspirar y luego sintió la calidez de sus brazos rodeando su cintura mientras la llevaba a la cama. Se sentó y él fue a su armario, entrando y revolviendo en busca de una camiseta decente que ponerse. Kagome se dio cuenta únicamente entonces de que no llevaba camisa cuando salió con una negra en la mano y fue hacia su vestidor para desenredarse el pelo. Kagome se sonrojó, pero fue incapaz de apartar la mirada de su perfectamente cincelado pecho, su plano y duro vientre y sus gruesos bíceps musculosos que formaban sus brazos.
Al sentir sus ojos sobre él, Inuyasha giró su espejo en un cierto ángulo para poder ver a su novia en el reflejo mientras se pasaba una mano por su pelo plateado.
—Para responder a tu pregunta, Kagome, estabas en mi habitación, en mi cama, conmigo en ella, porque estabas dormida cuando llegamos aquí anoche cuando volvimos del centro comercial y fui directamente a mi habitación contigo en brazos —explicó con sencillez, poniéndose la camiseta negra por la cabeza, las dos orejas peludas fueron lo primero que vio Kagome, provocando la risa de la chica. Su cabeza salió después y la bajó, sacando los brazos por las mangas y estirándola. Sonrió al oír la risa baja de Kagome y movió las orejas, ganándose otra risita de la chica.
¿Qué les pasa a las chicas con mis orejas? Pensó Inuyasha, poniéndose los tenis. Son sólo… orejas. No tienen nada de especial. Suspiró y fue hacia Kagome, y se sentó a su lado, tirándose sobre su espalda y cerrando los ojos. Frunció las cejas al recordar el sueño poco placentero que había tenido de él con Kagome.
No importa. Estrangularé a cualquiera que intente arrebatarme lo que es mío. Nadie se librará si toca lo que me pertenece sin antes pasar por un infierno. Sonrió con suficiencia, imágenes de lo que le haría a cualquiera que interfiriese con su relación con Kagome flotaban por su mente, él portaba una espada gigante, atravesaba con ella al intruso, y la sensación de cálidas manos en sus orejas, frotándolas suavemente y…
… Un momento. ¿Manos cálidas frotando sus orejas?
Cuando abrió los ojos y se encontró a Kagome inclinada sobre él, con una sonrisa alegre en la cara mientras le acariciaba las orejas, un brillo en sus ojos chocolates mientras enviaba un estremecimiento de placer y somnolencia por su espalda.
Al volver a cerrar los ojos, un pequeño gruñido se escapó de sus labios y se inclinó contra sus manos, un suave gruñido salió de su pecho mientras frotaba la base de sus orejas. Jadeó al sentir su cálido aliento en su oído, su propio aliento se quedó atrapado en su garganta. Gruñó y apoyó la cabeza contra sus manos, ignorando la risita de la chica que le provocaba tal placer.
Pasaron cinco minutos y ninguno de los dos se movió de la posición en la que estaban, cada uno disfrutaba, una un poco demasiado cuando una mano con garras empezó a acercarse al muslo de la otra, pasando las garras sobre él suavemente y haciendo que un estremecimiento subiera y bajara por los muslos de la dueña. Pero antes de que la mano pudiera hacer algo más, un suave golpe acompañado por una llamada de "¿Amo?" los devolvió a la realidad.
Inuyasha gruñó y tocó la mano de Kagome para que continuara con sus caricias cuando se detuvo.
—Vete, estás interrumpiendo mi masaje de orejas —le gritó a la puerta, con un ronroneo bullendo en su garganta cuando las caricias comenzaron en sus peludos apéndices.
Cuando oyó que la puerta se abría esta vez, no pudo evitar el gruñido de irritación que escapó de su boca, creciendo en volumen cuando la calidez de las manos de Kagome abandonó sus orejas. Suspirando, molesto, Inuyasha al fin abrió los ojos y se incorporó, fulminando con la mirada a la persona que se atrevía a interrumpir su momento en el paraíso.
—¿Qué demonios quieres?
—¡Inuyasha! ¡No hay que ser tan maleducado! —le riñó Kagome. Él resopló.
La sirvienta se sonrojó e inclinó la cabeza, sus manos se retorcían nerviosamente delante de ella.
—Discúlpeme, Amo Inuyasha, pero el Amo Sesshomaru requiere su presencia en su estudio personal. Puede llevarse a su amiga también —dijo la sirvienta en voz baja, avergonzada por molestar en ese momento entre su amo y su señora.
Inuyasha arqueó una ceja.
—¿Sesshomaru? ¿Qué demonios quiere el bastardo de mi hermano tan temprano? —le preguntó al aire, mirando el reloj de la mesilla de noche. 7:09. La sirvienta se tomó la libertad de contestarle.
—No lo sé, Amo. Sólo me dijo que le dijera que desea hablar con usted. —Alzó la cabeza y miró a su jefe con expresión tranquila—. ¿Hay algo que desee antes de que me vaya, señor Inuyasha? —preguntó con su suave y baja voz.
Inuyasha se pasó una mano por el pelo y exhaló. La despidió con un giro de muñeca.
—No. Puedes irte, Sanasanaki.
Sanasanaki asintió y, con una última reverencia, se giró y salió de la habitación, cerrando la puerta suavemente detrás de ella.
Kagome, que había estado observando el intercambio en silencio, se volvió hacia Inuyasha con una mirada de confusión.
—¿Qué crees que quiere Sesshomaru, Inuyasha?
El hanyou resopló.
—Keh. Y yo qué sé.
Negando con la cabeza, se levantó y le tendió la mano a Kagome, que la cogió para levantarse. La condujo hacia las puertas y las abrió, sin molestarse en cerrarlas otra vez mientras caminaba por el pasillo hacia la habitación de su medio hermano, arrastrando a Kagome con él.
Kagome se puso a su altura y alzó la mirada hacia su novio, que parecía tan perplejo como ella. Me pregunto por qué quiere Sesshomaru hablar con Inuyasha. Y encima tan temprano. Suspiró y miró a su alrededor, viendo todos los cuadros de artistas famosos. Da Vinci, Picasso, Van Gogh y otros de los que Kagome no pudo descifrar el pintor, pero de una persona diferente de Sesshomaru, Inuyasha y un tercero que se suponía que era el padre de los hermanos.
Estaba tan inmersa en sus cavilaciones que no se dio cuenta de que había llegado al estudio de Sesshomaru. Sin molestarse en llamar, Inuyasha abrió la puerta y entró, arrastrando a Kagome con él. Cerrando la puerta de una patada, soltó la mano de Kagome y se cruzó de brazos, con un aspecto para nada complacido por estar en compañía de su hermano. Es decir, no es que lo odiara, pero tenía mejores cosas que hacer en lugar de hablar con su medio hermano.
O Sesshomaru decidió ignorar la sonora entrada de Inuyasha o ni siquiera se dio cuenta de que estaba en el cuarto, a juzgar por la profunda expresión que adornaba su rostro en su sitio junto a la chimenea. Aunque Kagome no sabía cómo alguien podía no saber que Inuyasha estaba en el estudio, debido a su sonora entrada.
Inuyasha se estaba impacientando con su hermano.
—¿Y bien, Sesshomaru? ¿Qué demonios quieres? Rápido, tengo cosas que hacer. —Miró a Kagome, que estaba a su lado, con un cierto calor en su mirada que la hizo sonrojar y bajar la cabeza.
El hermano mayor finalmente levantó la mirada del fuego hacia la pareja en su estudio, con la cara tan estoica como siempre, su melena plateada estaba recogida en una coleta baja, similar a la que había llevado Inuyasha el día anterior al centro comercial. Llevaba una camisa azul clara y pantalones negros algo flojos con botas adornando sus pies. Cualquiera que supiera un poco, sabía de quién era hermano y viceversa con Inuyasha. Eran casi idénticos, con los mismos ojos ambarinos y el pelo plateado. La única diferencia era la altura, y Sesshomaru tenía marcas de youkai completo en su rostro, así como en sus muñecas. Eso, y que Sesshomaru nunca dejaba que se mostraran emociones en su rostro, mientras que Inuyasha demostraba claramente su ira, molestia, aburrimiento y demás.
Sesshomaru siguió observando a su hermano y a su mujer sin expresión un momento más antes de darse la vuelta y caminar hacia su gran escritorio de madera en el centro de la habitación, cogiendo una hoja de papel. Se puso delante del escritorio y se apoyó contra él, la hoja seguía en su mano filosa. Asintió en su dirección antes de hablar.
—Buenos días, hermanito. —Miró a Kagome—. Kagome. Confío en que hayáis dormido bien.
Kagome abrió los ojos un poco más. Creo que ha sido la primera vez que se ha dirigido a mí como "Kagome".
Inuyasha puso los ojos en blanco.
—Sé que no nos has hecho venir para preguntarnos qué tal hemos dormido, así que, ¿qué quieres? —soltó Inuyasha, con un frunce iluminando sus facciones.
Sesshomaru asintió.
—Muy bien. —Levantó la hoja delante de él, escaneando lo que estaba escrito en ella antes de tendérsela a su medio hermano—. Este papel es una lista de la gente que va a ir a la gala de este fin de semana. Te sugiero encarecidamente que la mires, porque puede que haya alguien que no desees que asista.
Inuyasha frunció las cejas y cerró la distancia entre ellos con unas zancadas, cogiendo la hoja de su mano y examinándola. Kagome se puso detrás de él y también escaneó el contenido del papel. Tenía curiosidad por saber por qué Sesshomaru dejaba que Inuyasha la examinara.
El taiyoukai observó en silencio mientras su medio hermano y su mujer examinaban la hoja, metiendo las manos en los bolsillos, esperando…
Tras unos minutos más, las dos exclamaciones ahogadas no fueron sorpresa para el hermano mayor, y tuvo que resistirse para evitar que las comisuras de su boca se alzaran en una diminuta sonrisa, porque sabía el nombre que acababan de leer.
Kurama Unagiichi.
-O-
Sr. Unagiichi:
Enhorabuena. Está cordialmente invitado a honrarnos con su presencia en la gala que se celebra este fin de semana en la mansión Takahashi. Se requiere un atuendo formal, así como realizar su propio transporte. Si lo desea, puede ir acompañado de un invitado, hombre o mujer. Usted decide si declina o no esta oferta o la acepta, pero tenga en mente que nos complacería enormemente que decidiese asistir. Se apreciará gratamente su presencia. Por favor, responda antes del viernes para que podamos conocer cuánta gente va a asistir.
Gracias por su tiempo.
Atentamente,
Sango Namarasi
Kurama leyó la invitación con expresión de ligera diversión, sus cejas desaparecieron entre su flequillo rojo. Estaba sentado en su cómoda habitación, consistente de una amplia chimenea que ocupaba la mitad de la pared, con sofás de cuero negros y sillas rodeándola. Al otro lado de la chimenea había grandes estanterías, las baldas estaban llenas de libros de todo tipo: nuevos, viejos y antiguos. El suelo era de madera con un barnizado brillante, de forma que te podías ver reflejado al mirarlo y cubriéndolo estaba una espléndida alfombra roja, pero no cubría todo el suelo. Una pared estaba cubierta con cuadros de todas las formas y tamaños, mientras que la otra era un gran ventanal con balcón. La última pared estaba cubierta por un mapa gigante de Japón, había círculos rojos alrededor de varias ciudades y pueblos, así como chinchetas y alfileres. En el centro de la habitación había una mesa redonda de superficie pulida y con papeles esparcidos sobre ella, la mayoría estaban a un lado de la mesa. También la rodeaban numerosas sillas. Para terminar, una gran lámpara de araña colgaba de la cúpula arqueada, pero, por supuesto, nunca se usaba, estaba más bien de adorno.
Llamaron a la puerta y Kurama giró la cabeza ligeramente a la izquierda, donde estaba la puerta.
—Adelante.
Se abrió la puerta y entró una figura con una capa negra sosteniendo una bandeja con comida y bebida para el desayuno.
—Su desayuno, amo —dijo con una profunda voz masculina.
El joven amo arqueó una ceja y suspiró. Levantándose de la cómoda silla de cuero y señalando la mesa redonda.
—Puedes ponerlo ahí, Kyosuke.
Kyosuke inclinó la cabeza y fue hacia la mesa, depositando suavemente la bandeja de plata en la mesa, tal como le habían pedido.
—¿Necesita algo más, señor? —preguntó en tono monótono.
Kurama negó con la cabeza.
—No. Gracias, Kyo. —Inclinó la cabeza, fue hacia el mapa de la pared y clavó la invitación en la pared con una chincheta. Su mirada se volvió hacia el calendario que estaba a la derecha.
—Sábado, ¿no? —Alzó la comisura de la boca—. Ya veo. Bien, debo conseguir el atuendo adecuado para esta… gala si es que voy a asistir. —Sin apartar los ojos del calendario, habló con su criado—: Kyosuke.
Dicho criado levantó ligeramente la cabeza, la capucha de su capa ocultaba sus rasgos.
—¿Sí, amo?
—¿Mañana tengo el día libre?
Kyo asintió.
—Así es, amo.
Kurama asintió.
—Bien. Resérvame cita para ir al centro comercial. Parece que necesito un esmoquin.
El criado asintió.
—Ahora mismo, señor. —Y así, hizo una respetuosa reverencia, giró sobre los talones y se marchó, la única prueba de su partida fue el suave clic de la puerta cerrándose detrás de él.
En cuanto se fue, Kurama releyó la invitación, percibiendo una frase que se le había escapado.
Si lo desea, puede ir acompañado de un invitado, hombre o mujer.
—¿Un invitado? —dijo, ladeando ligeramente la cabeza—. Mmm… ¿a quién debería llevar? —se preguntó en voz alta, apoyando el índice en la barbilla. Una sonrisa adornó sus rasgos y movió la mirada hacia las puertas dobles—. Bueno, tendrán que ser dos esmóquines en lugar de uno, ¿no? —Se rio entre dientes—. Sí, dos esmóquines.
-O-
Una oscura figura caminó por los pasillos de la mansión, con la cabeza gacha, un abrigo negro oscilando a la altura de sus pies mientras se dirigía apresuradamente al "Despacho", como le gustaba llamarlo. Su boca formaba una malvada sonrisa cuando se detuvo delante de la puerta, introduciendo un código numérico cuando salió una caja de metal con números.
—Número confirmado —dijo una voz de ordenador—. Puede entrar.
La figura esperó pacientemente mientras la puerta se abría y entraba cuando hubo espacio suficiente para que pasase. La puerta volvió a cerrarse con un ruido seseante y caminó hacia el único ordenador. Se sentó en la lujosa silla y la silueta empezó a teclear con fiereza en el teclado, la sonrisa maliciosa no abandonó su rostro en ningún momento.
Sí… concertar una cita… centro comercial… mañana…
Una oscura risa se escapó de la boca del ser.
—Sí… me encontraré con ella. Será mía. Él no interferirá.
La forma continuó tecleando febrilmente, el plan perfecto se estaba formulando en su malvada mente.
