Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.
Baile peligroso
Capítulo dieciocho: Tomates y alcohol
-O-
La falda negra flotaba libremente alrededor de sus piernas, su blusa blanca se ceñía a su silueta y unos zapatos de salón negros golpeteaban suavemente sobre el suelo alfombrado mientras caminaba por el largo pasillo. Sus ojos chocolates tenían una mirada distante y su rostro estaba inexpresivo. Cualquiera que la mirara en un primer momento podría pensar que estaba en alguna clase de trance. Y, a decir verdad, lo estaba, de algún modo. Un trance lleno de una conversación que todavía la tenía sobrecogida.
—¿Pero qué…? ¡Por qué demonios está invitado? —bramó Inuyasha con los ojos bien abiertos mientras clavaba la mirada en el nombre que odiaba.
Sesshomaru se limitó a encogerse de hombros y metió las manos en los bolsillos, su rostro estaba igual de estoico que siempre.
—Para serte sincero, hermanito, no sé por qué está invitado. Tal vez si le preguntas a Sango podrá proporcionarte la respuesta —sugirió, arqueando una fina ceja.
Inuyasha siguió mirando la hoja negativamente, con las cejas fruncidas y los labios retraídos en un fiero gruñido mientras otro gruñido bajo y amenazador salía de su garganta como si el papel le hubiera ofrecido un desafío.
Pero Kagome tuvo la reacción completamente opuesta a la de Inuyasha. Se quedó quieta, con la boca ligeramente abierta, los ojos un poco sorprendidos mientras fijaba la mirada en la nada. Su rostro se había quedado sin color y parecía que hubiera visto un fantasma.
Cansado de mirar el nombre que tanto odiaba, Inuyasha bajó la hoja, deseando romperla en pedacitos y echarla al fuego, pero sabiendo que eso no era muy inteligente, ya que era la lista de invitados; y giró sobre sus talones, dejando allí a Kagome con su hermano mientras abría de golpe la puerta y salía hecho una furia, sin duda con la intención de ir a por su representante en busca de respuestas.
Poniendo los ojos en blanco ante la actitud de su medio hermano, Sesshomaru rodeó su escritorio y se sentó en el sillón, cogiendo un par de gafas y poniéndoselas en la nariz. Ignorando completamente a Kagome, empezó a teclear con fuerza en su portátil, su boca era una fina línea y sus cejas estaban ligeramente fruncidas.
Dándose cuenta finalmente de que su hermano la había dejado en el estudio de su hermano con dicho demonio dentro, Kagome negó con la cabeza y se dio la vuelta, dirigiéndose a la puerta, pero deteniéndose en el umbral. Mirando por encima de su hombro, observó a Sesshomaru con una mirada interrogante.
—Sesshomaru…
Él paró de teclear y la miró por encima de sus gafas.
—… No sabrás por qué mi ex está invitado a la fiesta… ¿verdad?
Siguió mirándola por un momento antes de contestar.
—Como ya he dicho antes, de verdad que no sé por qué está invitado, señorita Higurashi —dijo con calma—. Y no hay nada que yo pueda hacer para evitar que asista a la gala, así que te sugiero encarecidamente, si de verdad es tu ex como dices, que mantengas alejado a mi medio hermano de él, ¿mm? —Y con eso dicho, el taiyoukai devolvió su atención a la pantalla y volvió a empezar a teclear con fuerza.
Kagome parpadeó una vez y asintió en silencio antes de salir al pasillo y cerrar las puertas detrás de sí.
No se había molestado en ir a buscar a Inuyasha porque sabía exactamente a dónde iba: a localizar a Sango y a exigir explicaciones. Probablemente la estaba interrogando en ese momento sobre por qué su ex estaba invitado a la gala.
Pero eso era lo que más desconcertaba a Kagome. ¿Por qué estaba invitado Kurama a la fiesta? Por lo que ella sabía, sólo se les permitía asistir a amigos cercanos (que ya eran muchos) y a personas semifamosas o famosas. Así que… ¿Kurama era buen amigo de la banda? O acaso era… ¿famoso?
Kagome negó con la cabeza. No, no podía ser amigo de la banda. Inuyasha lo conoció en el aeropuerto y viceversa con Kurama… Un pesado suspiro escapó de sus labios y se descubrió bajando las escaleras hacia el vestíbulo, deteniéndose en el centro para mirar a su alrededor. Como siempre, la hermosa lámpara de araña colgaba desde arriba, las bombillas estaban encendidas, iluminando completamente la habitación. Las paredes estaban empapeladas con el más hermoso papel pintado que Kagome hubiera visto nunca y había cuadros, antiguos y nuevos, adornando las paredes.
Pero algo en particular captó su mirada y fue hacia las puertas dobles del ala este, que estaban abiertas, donde las sirvientas y los mayordomos entraban y salían. Con curiosidad, Kagome entró y una amplia sonrisa se extendió por su rostro.
Acababa de entrar en el salón de baile.
Al ir hacia el centro de la sala, Kagome miró a su alrededor. Estaban colgando tres lámparas de araña, todas igual de impresionantes que la del vestíbulo. Sirvientas y mayordomos colgaban adornos en las paredes y algunos estaban haciendo limpieza general, fregando el suelo, limpiando el polvo de la madera, limpiando los cristales, y quitando viejas telas de araña.
Al bajar la mirada, una pequeña risa salió de su boca al ver su reflejo en el encerado y brillante suelo. Al levantar la cabeza, se dio la vuelta para ver a algunos de los empleados de la mansión colocando un escenario para la orquesta que al parecer actuaría la noche de la fiesta.
Pero lo que de verdad le llamó la atención fueron los colores. Azules, amarillos, violetas plata y dorado cubrían casi cada centímetro de la habitación; el oro adornada las paredes, un azul claro embellecía el techo abovedado con maravillosos cuadros en él (parecía que les gustaban los techos abovedados), y el plateado delineaba el suelo, donde el arco empezaba con encantadoras tallas. El suelo estaba hecho de teselas azules y doradas y, miraras donde miraras, había un poco de amarillo.
Su sonrisa se desvaneció y suspiró, asintiendo en dirección a un mayordomo que pasaba llevando una caja grande con lo que parecían ser adornos. Fue hacia un banco que estaba contra la pared y se sentó, entrelazando las manos sobre su regazo, bajando la mirada hacia el brillante suelo. Por alguna extraña razón, este cuarto le traía recuerdos de su trabajo en Tokio como animadora/bailarina. Y para eso era exactamente para lo que estaba hecho el salón de baile. Para bailar. Y como la gala era en unos días, Kagome no podía evitar sentirse un poco nostálgica. Echaba de menos su trabajo, sus amigos, su familia, incluso la gorda bola de pelo que tenía por gato, Buyo.
Imágenes de gente elegantemente vestida deslizándose por el suelo al son de la orquesta, riendo y sonriendo y pasándoselo en grande, se pasaron por su mente. Además, no pudo evitar sentirse un poco nerviosa. Sí, sabía bailar, ya que su trabajo era hacerlo, pero ¿y si lo fastidiaba? ¿Y si se ponía en evidencia? A Kagome nunca se le habían dado bien este tipo de fiestas y probablemente nunca se le darían bien. Así que era probable que terminase quedándose fuera la mayor parte de la fiesta, donde había menos ruido y había más tranquilidad, más calma. Le encantaba bailar, sin importar el estilo. Y el baile de salón no se quedaba atrás.
Recuperó la sonrisa y levantó la cabeza, inspeccionando la habitación que se estaba transformando rápidamente en un precioso salón de baile. Sí, podía hacerlo. No iba a fastidiarlo y a ponerse en evidencia.
Intentaría pasar lo más desapercibida que pudiera, pegándose a las esquinas o saliendo tanto como pudiera sin que la vieran. Y, si alguien le pedía un baile, diría que sí y, en cuanto terminara el baile, volvería a escabullirse diciendo en voz baja "He terminado de bailar, adiós". Y también podía rechazar una oferta. Que probablemente sería lo que hiciera. Así que en realidad no había necesidad de preocuparse por nada.
Asintiendo para sus adentros, se levantó y caminó hacia la salida, escabulléndose en busca de alguien al que molestar. Probablemente a su todavía enfadado novio.
-O-
Vagando sin rumbo por los pasillos, buscando algo que pudiera divertirlo, Naraku dio la vuelta a una esquina y bajó las escaleras, liberando un bostezo de aburrimiento y después suspirando. La vida en esta mansión sí que es aburrida, pensó distraídamente, pasando al lado de un chillón Jaken que se encontraba en una pelea consigo mismo sobre algo que incluía a Inuyasha y "su mujer". Poniendo sus ojos escarlatas en blanco, fue hasta el recibidor y salió a los jardines. No era su lugar favorito, pero necesitaba algo de paz en lugar de quedarse en esa ruidosa mansión a la que llamaba hogar.
Volvió a suspirar. El hogar. Cómo lo echaba de menos. Aunque nunca lo admitiría, también echaba de menos a su cuñada, Kagura. Su decisión de regentar un bar de Tokio y ser la jefa de unas docenas de empleados (entre ellos Kagome, creía) había hecho que perdieran la comunicación y estuvieran más distanciados. Aunque a Kagura no le gustaba mucho Naraku como cuñado, Naraku podía tolerarlo. Se parecía mucho a él de algún modo que Naraku admiraba, y viceversa. Era conocida por su voluntad y capacidad para no aceptar órdenes de nadie, en su lugar era ella quien daba las órdenes, de ahí su trabajo como jefa y gerente.
Ahora que lo pensaba, no pensaba que Kagome supiera que su jefa era familia suya. Sabía que Kagura no se lo iba a mencionar a nadie, y menos a Kagome. Era un secreto que era mejor no revelar y que Kagura se había guardado por años, y la única persona que probablemente lo sabía era Mystique. Le contaba todo. Probablemente porque era la única persona con la que se sentía cómodo, aparte de Sesshomaru. Se llevaba mejor con él que con los demás. Sin duda porque era casi como él, de algún modo. Silencioso, estoico e independiente.
Las más pequeña de las sonrisas curvó sus labios mientras recordaba su actual interés femenino: Mystie. Todavía no la había invitado a la fiesta del fin de semana y eso pretendía conseguir hoy. Tal vez por eso había terminado en los jardines, en dirección al garaje…
Quitándole importancia, se dirigió a su Vanquish negro y abrió la puerta, metiéndose dentro y cerrando la puerta del coche suavemente. Encendió el motor, salió del garaje, pasó por la entrada, asintiendo en dirección al portero para que le abriera la verja. Le devolvió el asentimiento y procedió con su petición, abriendo la verja para el batería. Naraku pasó por ellas y bajó por las calles en dirección a su camarera favorita.
-O-
—Y aquí tiene el cambio, señorita. Que tenga un buen día —dijo Rin con una sonrisa, tendiéndole el cambio a la joven que tenía delante. La mujer le sonrió en respuesta y asintió, guardándose el cambio en el bolso y yendo hacia su coche.
Rin suspiró y se frotó la frente, cerrando los ojos.
—Dios, qué día más largo. Pero menos mal que Kinso no ha estado aquí en todo el día para molestarme, y lo agradezco. Pero me pregunto dónde está… —Se detuvo y negó con la cabeza—. En fin. ¿Por qué me importa? Tal vez tuvo un accidente de coche y terminó en el hospital… o mejor aún, se emborrachó y se cayó por un acantilado… —Parpadeó y soltó una risita—. Sí, esa me gusta más.
—Hola, Rin.
—¿Mmm? —Rin se volvió hacia la entrada y sonrió al ver a su amiga—. Hola, Ayame.
La loba sonrió y apoyó el bolso en el mostrador, sacando el dinero para pagar la gasolina. Rin lo cogió y lo metió en la caja registradora, y luego le dio el cambio correcto.
—¿Qué tal en el trabajo?
Rin exhaló y apoyó los codos en el mostrador, arrugando la nariz.
—Bueno, hasta ahora bien. Mi jefe no ha estado aquí en todo el día, gracias a Dios.
Ayame metió el cambio en el bolso y miró a su amiga con mirada interrogante, acompañada de una ceja arqueada.
—¿El señor Shynoko? ¿Dices que no ha aparecido en todo el día? ¿Ni una vez? —preguntó con curiosidad, ladeando la cabeza.
Rin negó con la cabeza.
—No, para nada. Pero, eh, no me oirás quejarme. —Sonrió.
Ayame le sonrió también.
—Lo mismo digo.
Cuando habían ido a comprar los vestidos para la fiesta, cuando las invitaron dos chicos de la misma banda, Rin le había contado todo de ella, hasta que Kinso la acosaba e intentaba que se fuera a la cama con él. Las dos ya eran amigas antes, pero sintieron la necesidad de ponerse al día después de no verse en dos meses.
—¿Alguna vez has intentado acudir a la policía?
Rin suspiró de nuevo y asintió.
—He ido, pero no me creen.
Ayame parecía desconcertada.
—¿Qué? ¿Por qué?
—El señor Shynoko… solía trabajar en la comisaría de joven y todos los policías lo conocen. Cada vez que lo intento, simplemente me dicen "él nunca haría algo así" y que "es un hombre honrado, ¿por qué crees que le dejamos que se uniera a nosotros?" ¡Dios, me fastidia tanto!
Ayame puso la boca en forma de "o" y, tras una pausa, volvió a hablar.
—Entonces, ¿qué ocurrió exactamente? ¿Le despidieron? ¿Lo dejó?
Rin miró por las puertas de cristal que tenía detrás su amiga, apretando los labios.
—No sé, Ayame. La policía no me quiere decir nada y Kinso tampoco. Pero no estoy segura de que quiera saberlo, teniendo en cuenta que no quieren contármelo —explicó, volviéndose hacia Ayame y metiéndose un caramelo de chocolate en la boca de su alijo secreto.
Su amiga de ojos esmeraldas asintió en conformidad.
—Sí, supongo que tienes razón. Debe de haber hecho algo muy malo y repulsivo como para que lo dejara o lo echaran. No sé tú, pero yo creo que lo despidieron. Es decir, ser policía es un trabajo genial. Pagan bien, te dan donuts gratis, puedes ayudar a la gente y a meter a la escoria en la cárcel. —Resopló—. Creo que es de esos y que se merece estar en la trena —concluyó Ayame, cogiéndole un caramelo a Rin.
La mujer de ojos de color canela asintió y suspiró.
—Vale, hablemos de otra cosa, esto me está deprimiendo —afirmó Rin, metiéndose otro caramelo en la boca.
—Sí, y a mí.
Hubo un silencio tenso.
—Ya sé, ¡hablemos de la fiesta a la que nos invitaron dos buenorros! —soltó Ayame, sonriendo de oreja a oreja.
La sonrisa de Rin se esparció por su cara y asintió, ambas se lanzaron inmediatamente a una conversación sobre "los dos buenorros", cómo sería la fiesta, que podrían volver a ver a Kagome, etc.
Estaban tan inmersas en su conversación, que no vieron la figura que estaba detrás de las puertas de cristal, con aspecto de estar muy cabreada.
-O-
Inuyasha estaba en la cocina murmurando por lo bajo sobre representantes vagas y estúpidas cocineras que se ponen enfermas, partiendo en rodajas un tomate rojo con un largo cuchillo de cocina, un frunce en su rostro mientras fingía que el tomate era la vaga de su representante. Sabía cocinar, simplemente quería guardarse ese poco de información para sí mismo. Si no, todos acudirían a él, pidiéndole que cocinara algo o… algo así. O peor, la cocinera empezaría a vaguear, sabiendo que otro aparte de ella sabía cocinar.
—Estúpida Sango y su estúpida cocina, ¿por qué me pide a mí ayuda en vez de a Kagome? Estoy seguro de que ella sabe cocinar —divagó Inuyasha, gruñendo de vez en cuando.
—¡Inuyasha!
—¿Qu…? ¡Ah, mierda!
Dejando el cuchillo sobre la encimera, Inuyasha se agarró el índice de la mano izquierda con la mano derecha, maldiciendo por lo bajo y mordiéndose el labio inferior. Con las orejas clavadas contra la cabeza, retiró la mano para observar el daño. Hizo una mueca al ver el enorme corte de su dedo, la sangre fresca salía y se deslizaba por su mano. Entrecerrando los ojos, lanzó la mirada hacia el maldito cuchillo, fulminándolo con la mirada y gruñendo.
—Joder.
—… ¿Inuyasha? ¿Estás bien?
—¿Mmm? —Se dio la vuelta con el dedo en la boca, e Inuyasha bajó la mirada para ver a un preocupado Shippo mirándolo con timidez. Se sacó el dedo de la boca y lo volvió a mirar, asintiendo cuando vio que ya se estaba curando. Los ojos ambarinos volvieron a mirar al niño, alzando las cejas—. ¿Qué, enano?
Shippo chilló y se enderezó, parpadeando con sus grandes ojos verdes.
—Mmm, perdona, no pretendía asustarte.
Inuyasha resopló.
—No me has asustado. Nada puede asustarme, y mucho menos tú. Ahora, ¿qué quieres? No estoy de humor, así que suéltalo —gruñó, cruzándose de brazos.
El pequeño arrugó la nariz y alzó la mirada hacia el hanyou.
—Sólo me preguntaba si sabías dónde estaba Kagome —preguntó Shippo, ladeando la cabeza ligeramente hacia la izquierda mientras sus grandes ojos lo miraban con inocencia.
La oreja se le movió con la mención de su novia, Inuyasha suspiró y se encogió de hombros.
—Ni idea, mequetrefe. La dejé en el estudio de Sesshomaru cuando fui a buscar a Sango a pedirle explicaciones.
Emitió un sonoro gruñido desde la garganta mientras recordaba la discusión que había tenido no hace mucho con su representante.
—¡Sango! —bramó Inuyasha, entrando como un relámpago en el despacho de Sango, pareciendo muy enfadado. Sango levantó la cabeza del papeleo y parpadeó al ver al cantante principal yendo hacia su mesa y apoyando las manos en ella, inclinándose hacia delante. Miroku, que estaba acompañando a Sango mientras hacía el papeleo, alzó la mirada del libro que estaba leyendo en un sillón junto a la chimenea con desconcierto, y miró a la representante, viendo que estaba igual de confusa que él ante la sonora entrada del hanyou.
—Quiero respuestas. Ahora.
Sango arrugó las cejas en confusión mientras apoyaba el bolígrafo, sin molestarse en hacer caso a Miroku mientras se acercaba a ellos para ponerse a su lado.
—¿Respuestas? ¿De qué hablas, Inuyasha? —preguntó con gentileza, no queriendo aumentar el enfado del medio demonio.
Inuyasha gruñó por lo bajo y entrecerró los ojos.
—Y una mierda, Sango, sabes de qué te hablo.
Sango se lo quedó mirando, más perpleja que nunca. Miroku se tomó la libertad de hablar por ella.
—Inuyasha, siento decir que no sabemos de qué hablas. ¿Te importaría ilustrarnos? —preguntó, arqueando una delicada ceja.
Inuyasha volvió a gruñir, esta vez más amenazadoramente mientras alzaba la mirada hacia Miroku.
—La lista de invitados. Quiero saber por qué demonios está él —apuntó, con las garras enterrándose en la madera del escritorio de Sango.
Sango bajó la mirada hacia sus garras, que se clavaban en su caro escritorio, con desdén.
—Señor Takahashi, si rompes este escritorio, haré que me compres otro…
Inuyasha resopló y puso los ojos en blanco.
—… con tu dinero, no con el de la banda —terminó Sango y se quedó satisfecha cuando soltó abruptamente su mesa y cerró las manos en puño. Sango suspiró y se masajeó las sienes, cerrando los ojos y diciendo—. Ahora, ¿de quién hablas?
Inuyasha se contuvo de explotar contra ellos por su estupidez. Le empezó un tic en la ceja mientras los fulminaba con la mirada.
—El exnovio de Kagome, Sango. ¿Por qué demonios está invitado? Y no me voy a tragar una estúpida historia para que puedas hacerme marchar, porque no me voy a ir hasta que sepa la verdad. —Se cruzó de brazos, frunciendo el ceño en dirección a su representante.
Sango alzó la mirada hacia él con cansancio antes de volver a suspirar y reclinarse en su silla, abriendo su primer cajón y sacando una hoja que, Inuyasha asumía, era una copia de la tan odiada lista de invitados. Cerró el cajón y examinó los nombres de la lista, deteniéndose en un nombre en particular. Miroku se inclinó sobre su hombro para echarle un vistazo a la irritante lista.
Inuyasha esperó con muy poca paciencia mientras examinaban la maldita hoja, con las manos cerrándose y abriéndose mientras esperaba a que le proporcionaran su deseada respuesta.
Al fin, después de lo que pareció una corta eternidad, Sango alzó la mirada del papel y arqueó una ceja en su dirección.
—¿Te refieres a Kurama Unagiichi? —inquirió lentamente.
Inuyasha hizo una mueca ante el nombre y dio un corto asentimiento, sus ojos dorados brillaban con furia.
—¿Por qué está invitado? —probó de nuevo, esta vez lentamente mientras sus manos se quedaban cerradas con fuerza, de forma que sus nudillos se quedaron blancos.
Sango alzó la mirada hacia Miroku que, en cambio se encogió de hombros con una expresión que decía "no tengo ni idea de qué hacer", con las manos en los bolsillos. Cerrando sus profundos ojos marrones, exhaló con tranquilidad y abrió los ojos para mirar al cantante principal con una mirada de derrota.
—Bueno, a decir verdad, Inuyasha… —empezó Sango, pero Miroku terminó.
El tic en su ceja volvió a empezar y gruñó con molestia.
—… El señor Unagiichi está invitado porque es…
Una rápida patada en la espinilla de Sango a Miroku hizo que éste chillara de repente y la fulminara con la mirada que le dirigía con una expresión que decía que no le contara la verdad. Mascullando algo por lo bajo, Miroku se aclaró la garganta y continuó:
—Es… reconocido por lo que hace y… digamos que es famoso, pero no exactamente, ¿vale?
Inuyasha parpadeó, confundido, frunciendo las cejas.
—Famoso, pero… ¿no exactamente? —repitió, con aspecto de haberse perdido—. ¿Qué demonios? Para de hablar con acertijos y dime…
—Inuyasha, ¿quieres ayudar a hacer la cena, por favor? La cocinera se ha puesto enferma y lleva todo el día en cama —interrumpió Sango, cogiendo su bolígrafo y continuando con su papeleo, negándose a alzar la mirada hacia el hanyou.
Sorprendido por su abrupta pregunta, Inuyasha dio un paso atrás con la boca abriéndose y cerrándose, pero sin decir una palabra. Miró a Miroku en busca de apoyo, pero vio que ya se había sentado en la silla y que continuaba con la novela que había estado leyendo antes de que entrase de repente.
Sorprendido porque Sango hubiese ganado con una simple preguntita, Inuyasha suspiró con fuerza y giró sobre sus talones, gruñendo por lo bajo durante todo el camino hasta la puerta y la paz volvió a aparecer entre el dúo en el despacho con expresiones de suficiencia adornando sus caras.
—Eh, ¿hola? ¿Inuyasha?
—¿Eh? —Salió de su ensoñación negando con la cabeza, Inuyasha parpadeó en dirección al niño que había escalado hasta su hombro en algún momento cuando estaba hundido en sus pensamientos y que ahora agitaba una mano delante de su rostro. Resopló y apartó al joven de su hombro, asegurándose discretamente de que llegase sano y salvo hasta la encimera que tenían al lado.
—¿Qué pasó, Inuyasha? Te quedaste ido y llevo intentando captar tu atención los últimos minutos —explicó Shippo, cogiendo un trozo de queso cheddar y metiéndoselo en la boca.
Inuyasha puso los ojos en blanco y volvió a cortar el tomate en rodajas, pero no antes de dirigirle una última mirada fulminante al cuchillo de cocina. Pero antes de que se pudiera poner a trabajar, vio una pequeña cantidad de su sangre en la hoja y maldijo por lo bajo, metiéndolo debajo del grifo y cogiendo otro después de dejarlo en el lavavajillas. Siguió troceando en silencio hasta que recordó que el niño le había hecho una pregunta.
—Acabo de recordar algo, es todo. No te preocupes.
Shippo se encogió de hombros y se metió otro trozo de queso en la boca.
—Oye, deja eso, mequetrefe. Es para la cena.
Shippo soltó una risita e Inuyasha no pudo evitar la pequeña risita que se escapó de sus labios.
—Inuyasha… ¡Au! ¡Maldito enano! ¡Apártate de mi camino! —Se oyó un golpe desde el pasillo y Jaken entró volando por la entrada, gritando con fuerza.
Inuyasha y Shippo estallaron en carcajadas, Shippo casi se cayó de la encimera, pero se salvó justo a tiempo. Inuyasha estaba apoyado contra la encimera, con el cuchillo a un lado mientras sonreía de oreja a oreja, sosteniéndose el estómago y soltando carcajadas, con los ojos fuertemente cerrados.
Poco después, Kagome entró en la cocina, mascullando algo sobre sapos estúpidos y cayados de madera.
Inuyasha se calmó lo suficiente para levantar la cabeza y mirar a su novia mientras iba hacia ellos y luego se sentó sobre la isla, suspirando y asimilando lo que estaba haciendo Inuyasha.
Todavía sonriendo, Inuyasha se rio entre dientes por última vez y, cuando vio la expresión confusa de Kagome, decidió explicarse.
—La cocinera está enferma y estoy terminando la cena —dijo con sencillez, terminando el tomate con el que estaba y cogiendo un calabacín, preparándose para hacer su tentempié favorito (aparte del ramen, por supuesto): calabacín frito.
La boca de Kagome formó una "o" y asintió, sonriéndole a Shippo mientras iba hacia ella y se ponía cómodo en su regazo. Tras terminar su porción de queso, bostezó y se acurrucó en su regazo, suspirando de alegría y quedándose dormido. Kagome acarició distraídamente su pelo naranja mientras observaba a Inuyasha troceando, cortando en rodajas y cocinando varias verduras y luego soltándolas en una sartén con lo que parecía aceite vegetal para que se frieran.
Ladeó la cabeza.
—¿Sabes cocinar?
Asintió, sin apartar los ojos de su proyecto, donde hundía trozos de calabacín en huevo para que cogieran el color amarillo de la yema y luego los soltaba en un recipiente con pan rallado, asegurándose de que ambos lados estuvieran cubiertos antes de soltarlos en otra sartén donde empezaron a freírse.
—Sí, la cocinera está enferma, así que yo me ocupo —dijo directamente, trabajando en la siguiente rodaja.
Kagome alzó las cejas con sorpresa y asintió sin decir nada, no se imaginaba que Inuyasha cocinase.
—Ya veo. Es muy considerado por tu parte, Inuyasha. —Le sonrió.
Inuyasha resopló.
—Keh. Sólo lo hago porque Sango me lo pidió y me gusta nuestra cocinera. Es una buena persona y siempre me hace algo cuando quiero y siempre me deja algo para que coma un poco antes de irse a la cama por si me apetece picar algo por la noche —aclaró, poniendo la rodaja con la otra.
Kagome volvió a asentir, bajando la mirada a su regazo al kitsune durmiente. Sonrió. En el poco tiempo que había estado allí, Shippo se había unido mucho a ella, casi como si fuera su hijo adoptivo. Souta y él se llevarían genial, pensó para sus adentros distraídamente, riéndose suavemente cuando Shippo se movió mientras dormía, con la boca medio abierta.
—Oye.
—¿Qué? —Kagome alzó la mano y miró a su sexy novio, que volvía a estar apoyado contra la encimera, el cuchillo estaba en la tabla de cortar y su mandíbula firme—. ¿Sí, Inuyasha?
No respondió inmediatamente, en su lugar, bajó la mirada a su regazo al kitsune durmiente, con las cejas fruncidas mientras ordenaba sus pensamientos.
—He descubierto por qué está invitado.
Los orbes cafés de Kagome se abrieron un poco más y su mano se quedó quieta sobre Shippo.
—¿Ah, sí? —preguntó en voz baja, volviendo a acariciar a Shippo cuando le movió la mano entre sueños.
Inuyasha asintió, suspirando profundamente y buscando en sus ojos marrones con sus orbes color miel.
—Sí. No quisieron decirme mucho, sólo que es "famoso, pero no exactamente", lo cual me confunde muchísimo —inquirió, pasándose una mano por su melena plateada y exhalando, hinchando las mejillas.
Kagome parecía tan sorprendida como él y negó con la cabeza, con las cejas fruncidas.
—¿"Famoso, pero no exactamente"? ¿Qué quieren decir con eso? —se preguntó, bajando la mirada al niño que estaba dormido en su regazo. Asumió que por "quisieron" se refería a Sango y a Miroku, teniendo en cuenta que eran inseparables desde que Miroku le había traído a Kilala. Kagome se había enamorado instantáneamente del neko y todavía lo acariciaba cada vez que veía al gato de dos colas.
Inuyasha se tomó la libertad de contestarle.
—Y yo qué sé. No quisieron decirme nada más —dijo con un gruñido, negando con la cabeza y volviendo a ponerse con la cena, que le estaba saliendo genial a juzgar por los dulces olores que flotaban por la cocina.
Kagome suspiró y se bajó de la encimera de un salto con Shippo acurrucado contra su pecho, fue hacia las escaleras y las subió, yendo hacia la habitación de Shippo para meterlo en cama para que echase la siesta. Abrió la puerta y fue hacia su cama gemela, la más pequeña de toda la mansión. Lo acostó con cuidado y lo tapó con las mantas, dándole un beso en la frente antes de salir, cerrando las puertas silenciosamente tras de sí. Suspiró y volvió a la escalera, pensando distraídamente que le recordaba a su viejo templo donde vivía su madre con todos esos peldaños para llegar al propio templo.
La llenó una nueva oleada de nostalgia y suspiró, agarrándose al pasamanos mientras bajaba lentamente las escaleras. Sabía que su familia la echaba de menos y ella también los extrañaba. Pero estaban a kilómetros de distancia, y sólo podía comunicarse con ellos por teléfono. Me pregunto cuánto nos vamos a quedar en Kioto hasta que decidan que tienen que irse a otro sitio. ¿Iré con ellos? ¿O Inuyasha me hará volver a casa a Tokio? Se detuvo un momento y suspiró, sentándose en las escaleras y apoyando la barbilla en las manos. No soporto esa idea. Es decir, quiero a Inuyasha y… él me quiere a mí. Incluso me prometió que nunca me dejaría y le creí. Todavía le creo. Así que… ¿qué haré cuando se vuelvan a ir? ¿Quedarme con ellos? ¿O volver a casa, a donde pertenezco?
Parpadeó, dándose cuenta de lo que acababa de pensar. No… mi sitio está con Inuyasha. Así que si se va… tendré que ir con él. Sonrió con tristeza. Incluso si eso significa… que apenas veré a mi familia, puede que no la vea en absoluto. Cerró los ojos y suspiró por enésima vez en esa hora.
—Kami… estoy tan confusa. Y no ayuda que todavía no sepa por qué Kurama está invitado y que la única pista sea una frase. —Se pasó una mano por sus mechones azabaches—. ¿Qué voy a hacer…?
-O-
Entró en el pub con su típico abrigo negro cubriendo su identidad, la cabeza gacha mientras iba hacia el otro lado del bar, donde la camarera le estaba sirviendo whiskey a un hombre demasiado borracho. Se sentó en un taburete vacío, sus ojos escarlatas la observaron mientras se movían de una esquina de la barra a la otra, mezclando bebidas y poniéndolas en la bandeja para que la loba las cogiera. Justo en ese momento, Ayame fue hacia la barra, con una amplia sonrisa en la cara mientras le daba las gracias a Mystie y luego iba a servirlas. Notó que caminaba con brío, a diferencia de la última vez que la había visto. Recordó que se llamaba Ayame y que era un demonio loco, pensó distraídamente si sería ella de la que Kouga llevaba todo el día presumiendo, diciendo que era la única y que iba a deslumbrar al resto de mujeres con sus vestidos. Negando con la cabeza, volvió su atención a su camarera, observándola silenciosamente hasta que notó que estaba allí.
La camarera fue de un lado a otro de la barra, sirviendo las bebidas y mezclando los cócteles de sus clientes. Esta era una noche ajetreada, igual que las demás. Pero no querría que fuera de otra forma. El Crepita y Burbujea era su orgullo y alegría, y si alguien osaba arrebatárselo, atacaría sin pensárselo dos veces. Pero si era algo que pusiera su vida en peligro, hablaría con su "Amiguito" y le explicaría la situación.
La idea provocó que una pequeña sonrisa adornara sus labios y suspiró. Me pregunto qué habrá hecho últimamente, pensó distraídamente, echando sake en un vaso de chupito. Mystique se había encariñado mucho con su "Amigo" en los últimos años y sólo podía verlo de vez en cuando. Siempre andaba de un estado o país para otro para dar un concierto o para ir a reuniones importantes, dejándola atrás. Arrugó la nariz. ¿Sabe lo que me hace sentir? Como si me qu… ¿le importara? Se interrumpió antes de decirlo. Sabía que no debía pensar en eso. Estaba demasiado ocupado para tener una relación de verdad.
Suspiró melancólicamente y vio algo por el rabillo del ojo. Con las cejas fruncidas, se preguntó quién iría de negro en un sitio con tanto calor como aquel, giró la cabeza para estudiar la figura y sus ojos se abrieron como platos, una media sonrisa se esparció por su cara.
—Hablando del rey de Roma —masculló para sí. Cogió un paño húmedo del fregadero y se limpió las manos de alcohol, luego fue hacia él, perdiéndose la sonrisilla de sus labios debido al abrigo y se inclinó sobre la barra, delante de él, con una sonrisa en sus propios labios.
Sus ojos únicos se fijaron en los escarlatas y ambos se miraron fijamente, bebiendo de la mirada del otro. Mystique, aunque un poco reacia, rompió el silencio.
—Hola, guapo. —Le guiñó un ojo—. ¿Qué te trae esta noche por aquí? ¿Quieres algo de beber? —ofreció, estirándose hacia una botella de whiskey.
Naraku negó con la cabeza.
—No, no he venido a beber, Mystie. Esta noche he venido para hacerte una pregunta importante —explicó en voz baja, mirándola fijamente a los ojos.
Mystique arqueó una delicada ceja, pero se encogió de hombros y retiró la mano, sacando un taburete de detrás de la barra y sentándose en él, apoyando los codos en la barra y enlazando las manos bajo la barbilla.
—De acuerdo, dispara.
Naraku se quedó en silencio un momento, sintiéndose extrañamente nervioso, lo cual lo superaba, porque nunca había estado nervioso en su vida, ni siquiera cuando hacía un solo de batería en el escenario o daba un discurso para una entrega de premios delante de miles de personas y famosos. Y aun así… esta mujer, esta humana sola le afectaba de forma que sus manos sudaban, se quedaba sin palabras y hacía que su corazón diera un vuelco cada vez que le dirigía esa sonrisa deslumbrante que le encantaba.
Al darse cuenta exactamente de lo que estaba pensando, Naraku negó ligeramente con la cabeza y se aclaró la garganta, centrando sus orbes escarlatas en la mujer que tenía delante. Había llegado hasta allí, ahora no se iba a echar atrás.
—Mystie… —empezó, usando el nombre que sólo él tenía permitido utilizar—… Hay una gala este fin de semana en la mansión Takahashi y… —Se detuvo, ordenando sus pensamientos—… Yo… esperaba que fueras conmigo —lo último salió deprisa y maldijo mentalmente, sin querer repetir lo que acababa de decir.
Mystique se lo quedó mirando, inexpresiva, sus palabras entraron lentamente en su mente, hasta que finalmente entendió lo que había dicho. Sus ojos se abrieron como platos y se inclinó un poco, parpadeando en su dirección con los ojos muy abiertos, su boca se movía, pero de ella no salían palabras.
Naraku continuó observándola, esperando con un poco de impaciencia su respuesta que esperaba que fuera un sí.
Componiéndose finalmente, negó con la cabeza y le sonrió ampliamente.
—Por supuesto que sí, cariño —dijo, con franca felicidad en su voz y un brillo radiante apareció en sus ojos.
Esa vez el corazón de Naraku sí que dio un vuelvo y sonrió de oreja a oreja, enderezando su postura. Tuvo que evitar que se le quebrara la voz de pura diversión mientras hablaba.
—De acuerdo —asintió y le dio la fecha y la hora en que la iría a recoger. Le guiñó un ojo, algo que rara vez hacía—. Te veré entonces, Koi. Asegúrate de ponerte algo impresionante para ganarles a todas las demás mujeres que van a ir. —Y con una última inclinación de su cabeza, se levantó y se abrió paso entre la gente que bailaba, dejando a una sorprendida camarera detrás, tanto porque acababa de invitarla a la mansión Takahashi a una gala como porque acababa de llamarla "koi".
-O-
Todavía enfurruñada en las escaleras por su problemilla, Kagome no notó que Inuyasha entraba desde la cocina, limpiándose las manos con un trapo, hasta que fue hacia ella y se puso en cuclillas delante de ella. Kagome parpadeó cuando un par de zapatillas blancas entraron en su línea de visión y levantó la cabeza para mirar a los curiosos y un poco preocupados ojos ambarinos de su novio.
Dichos ojos dorados se suavizaron y ladeó la cabeza ligeramente.
—Oye, ¿estás bien? Pareces… —Hizo una pausa—… Deprimida —terminó Inuyasha, sus orejas se movieron un poco, como si fueran mini radares.
La expresión de Kagome se relajó y sonrió, aunque no pasó de sus labios.
—Estoy bien. Sólo estoy… pensando. —Su voz apenas suprimía su ansiedad, e Inuyasha arqueó una ceja negra, moviéndose fluidamente para sentarse a su lado en el escalón.
Lo oyó suspirar y no le sorprendió mucho sentir que su brazo le rodeaba los hombros y la acercaba a él. Aprovechó esta ventaja para apoyar la cabeza en su hombro y el orgullo de Inuyasha ascendió un nivel o dos, y le dio un suave beso en la mejilla.
—¿Quieres contarme en qué estás pensando?
Kagome cerró los ojos e inhaló el aroma único de Inuyasha. Contuvo una risita al oler la fragancia del Axe mezclado con su embriagador aroma a agua fresca y… tomates. Esta vez sí que se rio.
Inuyasha bajó la mirada hacia ella con una sonrisa torcida en los labios.
—¿Algo gracioso, Seductora? —preguntó con tono engreído, su otra mano subió por su pierna para apoyarse en su muslo.
Se estremeció, y no era por el frío. Dejó pasar el comentario de que era una Seductora… por ahora.
—No sabía que te echabas colonia, Inuyasha.
Un ligero sonrojo le llegó a las mejillas y resopló.
—Keh. ¿Qué pasa, no te gusta?
Sus orejas se doblaron un poco y apartó la mirada, mitad de él quería que le gustara la colonia y a la otra mitad no le importaba demasiado. Aunque sólo se la había puesto para librarse del olor a tomate… y ver su a Kagome le gustaba. Pero nunca lo admitiría.
Kagome se apartó y le dio un tierno beso en la mejilla.
—Me encanta.
Dos peludos apéndices se irguieron y volvió a mirarla, sus ojos del color de la miel parpadearon antes de que una sonrisilla se extendiera por sus rasgos.
—Te gusta, ¿eh? Bueno, entonces supongo que tendré que usarla más a menudo. —Su mano subió hasta su vientre plano y hacia su costado, subiendo con sus garras y haciendo que se le pusiera la carne de gallina. Inuyasha sonrió con altanería y bajó el brazo de sus hombros a su cintura, rodeándola y apoyando la mano en su cadera mientras su cabeza bajaba a la curva de su cuello para inhalar el aroma a vainilla y jazmín que tenía Kagome. Gruñó ligeramente y sacó la lengua para probar la atrayente piel sedosa que lo tentaba mientras su mano trazaba patrones agonizantemente lentos en su cadera.
Kagome saltó ligeramente al sentir su cálida lengua en contacto con su piel sensible, pero su sorpresa disminuyó rápidamente y se convirtió en placer, y sus ojos chocolates se cerraron, su cabeza se ladeó voluntariamente para darle mejor acceso a su cuello a su boca abrasadora. Se estremeció y el calor empezó a llenar su vientre, un líquido cálido fluyó por sus venas en dirección a su bajo vientre, donde empezó a latir al ritmo de su corazón. Se removió en donde estaba sentada para reducir la sensación, pero fue inútil y gimió un poco, subiendo las manos para agarrar sus hombros.
Su otro brazo la rodeaba por la cintura, Inuyasha la atrajo a su regazo para que se sentara a horcajadas sobre su cintura, su boca depositó cálidos besos por su cuello y su mandíbula hasta que capturó sus labios en un beso ardiente sólo destinado a los amantes. Mordisqueó su labio inferior y ella obedeció su petición silenciosa, abriendo la boca para su lengua. No perdió el tiempo en introducir su lengua con ansia en su húmeda cavidad, no dejando nada sin tocar, dando y tomando todo.
Ella respondió inmediatamente, sus brazos se deslizaron alrededor de su cuello, su propia lengua exploraba su boca, queriendo memorizar cada centímetro de su gruta rosada mientras su pelvis se presionaba inconscientemente contra la de él. Inuyasha gruñó y le chupó el labio suavemente, mordisqueándolo de vez en cuando. Sus musculosos brazos rodearon su cintura y sus manos se abrieron en su espalda, presionándola contra él. Jadeó al sentir su cálida piel contra la suya, sus camisetas estaban levantadas para que sus pieles se tocaran.
Una mano entró en su camisa y subió por su espalda, mientras la otra iba al frente para subir por su vientre desnudo mientras apartaba su boca de la de ella en busca del necesario oxígeno. Las respiraciones de Kagome salían en cortos jadeos que excitaban más a Inuyasha y su cabeza volvió a inclinarse sobre su cuello, chupando la piel con la intención de dejar una marca. Sintió que ella tragaba con dificultad y sonrió contra su cuello, su ego creció ante la idea de que sólo él podía hacerla reaccionar y sentir de este modo y viceversa.
Kagome pasó la mano entre sus mechones plateados, sus nudillos rozaron los dos peludos apéndices que tenía en la cabeza, haciendo que se movieran. Sonrió y retiró la mano de su canosa melena para frotar una de sus orejas, la tentación era demasiada como para resistirla.
Un ronroneo salió de su pecho y apartó la boca de su cuello, estudiando su obra. Sonrió con altanería y lamió el chupetón antes de subir la lengua de su cuello hasta su oreja, donde procedió a mordisquear su lóbulo dócilmente, atrayéndolo luego hasta su boca, chupándolo suavemente. Su mano avanzó por su abdomen todavía más, sus garras le hicieron cosquillas en su sensible piel, provocando pequeños jadeos en la mujer que tenía en el regazo. Inuyasha apartó la boca de su oreja y sintió que su mano rozaba la tela de encaje del sujetador de Kagome. Gruñó sonoramente, deseando que la barrera que lo apartaba de su premio desapareciera. Alzó una garra hacia el tirante del sujetador para eliminar el obstáculo de su camino, estaba a punto de girar la muñeca para librarse de él cuando les llegó una odiosa voz de delante de ellos.
—¿Sabéis? Hay habitaciones para eso. Os sugiero encarecidamente que uséis una antes de asustar a todos los de esta maldita casa.
Apenas oyó que Kagome chillaba antes de que enterrara la cara en su hombro, intentando ocultar su sonrojo del arrogante demonio lobo que tenían delante. Inuyasha suspiró y luego levantó la cabeza para mirar a su público con una mirada oscura.
—¿Qué quieres, Kouga? Estoy ocupado.
Se volvió hacia Kagome y le acarició la oreja con la nariz, lo que le hizo dar un salto. El olor a lobo todavía permanecía delante de ellos y gruñó, enfadándose con su indeseado espectador.
—Vine a recordarte, chucho, que tienes una conferencia dentro de una hora en el estudio —recalcó Kouga, ignorando el gruñido—. Así que te recomiendo que vayas yendo, teniendo en cuenta que el estudio está a unos cincuenta minutos de aquí. —Sonrió con altanería al oír el gruñido aún más sonoro del cantante.
Inuyasha suspiró y apoyó la frente en el hombro de Kagome.
—Joder, me había olvidado. A la mierda todo. —Masculló algo por lo bajo y luego apartó a Kagome de su regazo, levantándose y llevándosela consigo. Ignoró a propósito la mirada de regocijo de Kouga y se volvió hacia su novia, cuyas mejillas todavía estaban teñidas de un bonito tono rosado. Le puso un mechón de pelo negro detrás de la oreja con cariño. Unos grandes ojos chocolates alzaron la mirada hacia él con curiosidad. Tuvo que resistir la necesidad de admirar lo adorable que estaba en ese momento. Optó por volver a suspirar—. Tengo que salir pitando. Tengo una conferencia y…
Kagome lo silenció con un dedo en sus labios.
—Le he oído. Ve a prepararte. —Sonrió con amabilidad.
Él asintió y volvió a sonreír, inclinándose para besarla en la nariz.
—Terminaremos después, cuando vuelva. Puede que entonces no nos interrumpan tan descaradamente. —La última palabra salió en voz más alta que el resto y pareció no ver el sonrojo de Kagome.
Kouga frunció el ceño.
—Oye, me encargué de recordártelo por si te habías olvidado, aliento de perro. Así que yo que tú agradecería que te haya venido a decírtelo, dado que obviamente te olvidaste. —Se cruzó de brazos y lo fulminó con la mirada.
Inuyasha puso los ojos en blanco, le dio a Kagome un suave beso en los labios y subió las escaleras hacia su cuarto.
—Muérdeme, bastardo. —Le hizo el corte de manga por encima del hombro sin mirar atrás.
Kagome soltó una risita y Kouga gruñó, entrecerrando sus ojos color cobalto en su dirección antes de girar sobre sus talones y marcharse, gruñendo en voz baja.
Kagome vio al demonio lobo yéndose airado, luego alzó la mirada hacia las escaleras para ver a Inuyasha desparecer al doblar una esquina. Sonrió, un poco de mejor humor que antes. Se le escapó una risita de los labios y se dirigió a los jardines, con el olor a tomates y Axe pegado a su camiseta.
-O-
Una figura encorvada estaba sentada en un escritorio con un único ordenador encima. Sus largos dedos tecleaban con fervor sobre el teclado, buscando el único enlace que le daría el éxito sobre lo que quería. Se abrieron varias ventanas en la pantalla y la forma sonrió con suficiencia, su tecleo se detuvo un momento para inspeccionar los enlaces que conectaban con la fuente. Un enlace en particular captó su atención y lo pulsó, otra ventana se abrió ante él en la pantalla. Unos ojos negros se abrieron como platos e hizo clic con el ratón con fiereza en numerosos enlaces, sus elegantes dedos continuaban su tarea de encontrar el suministro que quería.
Una buena media hora después, una última ventana se materializó en pantalla, haciéndole la pregunta que sabía. Sonrió con suficiencia y la escribió letra por letra hasta que la pregunta estuvo completa y pulsó "enter" en el teclado.
La ventana se volvió negra, una barra en el centro de la ventana se llenó rápidamente hasta que la oscuridad se disolvió en una escena en blanco y negro con un jardín, flores floreciendo y plantas cerniéndose sobre su cabeza mientras una encantadora joven paseaba despreocupadamente por el camino, absorbiendo los placenteros aromas de flores exóticas y la visión de las extrañas plantas con una placentera sonrisa en los labios.
La figura encorvada se incorporó y sus ojos negros se abrieron como platos, sin creer que estaba viendo lo que pasaba en ese momento. Lo conseguí. La idea pasó por su cabeza como un mantra, sus orbes sin alma observaban cada movimiento que hacía la joven.
Sí… la tendré… ya no le pertenecerá a ese chucho de Inuyasha…
La forma se rio maliciosamente, perversamente y continuó mirando lascivamente a la mujer con avaricia en sus ojos negros sin vida.
-O-
—A ver si lo he entendido… Naraku te pidió que lo acompañaras a la fiesta y lo conoces desde hace… ¿varios años? —preguntó Ayame, sus brillantes ojos verdes miraban a la camarera con algo de incredulidad.
Mystique le sonrió mientras limpiaba un vaso de cerveza, poniéndolo en el estante de debajo de la barra.
—Puedes apostar tu culito a que me lo pidió. ¿Sabes ese hombre de la capa negra que viene cada pocos años? —Cogió otra jarra del fregadero y empezó a secarlo.
Ayame arqueó una delicada ceja y asintió lentamente.
—Sí. —Mystique le dirigió una mirada cómplice, una ceja arqueada entre su flequillo castaño y su cabeza ligeramente inclinada, con una sonrisa ladeada. Ayame parpadeó… luego sus ojos esmeraldas se abrieron como platos—. ¡Oh! ¿Quieres decir que ese tipo es Naraku? —Su voz bajó una octava, no quería atraer atención indeseada de la gente de los taburetes.
La camarera se rio y asintió.
—Síp, es él. Y creo que es obvio por qué lleva la capa. Si alguien lo viera y lo reconociera… —Se interrumpió, exhalando y limpiando la barra con un trapo húmedo.
La loba asintió, concordando, y suspiró, apoyando la barbilla en la palma con una mirada soñadora adornando sus rasgos con una sonrisa tonta.
—Todavía no me puedo creer que haya conocido a Kouga y que también me haya pedido que lo acompañe a la fiesta… Va a ser tan genial. Ya puedo verlo, Kouga y yo, bailando por la pista con sus brazos rodeándome, mirándome profundamente a los ojos, luego inclinará la cabeza y me dará un beso inolvidable… —Volvió a suspirar.
Mystique rio disimuladamente y le dio un empujoncito, haciendo que la loba soltara una risita.
—Deja de soñar, niña. Sabes que eso no va a pasar.
Mystique sonrió y Ayame se encogió de hombros.
—Oye, se puede soñar —comentó y le devolvió la sonrisa.
Mystique se rio entre dientes y negó con la cabeza, cogiendo un enfriador de vino de su nevera personal. Luego hizo una pausa, mirando hacia la puerta. De repente, rio.
—Hablando del rey de Roma, mira quién acaba de entrar. —Asintió en dirección a la puerta.
Ayame parpadeó y ladeó la cabeza.
—¿Mmm? —Se giró hacia la puerta y ahogó una exclamación—. ¿K-Kouga?
Dicho demonio lobo miró hacia la barra, luego sonrió lobunamente al ver a la pelirroja. Fue hacia ella, de un poco mejor humor mientras se sentaba a su lado.
—¡Ayame! ¿Cómo está mi loba favorita? —Le guiñó un ojo.
Ayame se sonrojó notablemente y abrió la boca, pero volvió a cerrarla inmediatamente.
—Y-Yo… Eh… Em…
—Dice que bien —dijo Mystique por ella, riéndose un poco.
Kouga se rio entre dientes y asintió en dirección a Mystique.
—He oído que Naraku te ha hecho cierta pregunta. ¿Es verdad? —preguntó, arqueando una ceja.
La camarera sonrió y le guiñó un ojo.
—Claro que sí, Kouga. Pero preferiría no hablar de ello. Nunca se sabe quién puede estar escuchando. —Miró a su alrededor para enfatizarlo y suspiró, girándose hacia Kouga—. ¿Algo de beber, cari?
Kouga suspiró y asintió.
—Bloody Mary con hielo.
Ella sintió.
—Ahora mismo. —Se dio la vuelta y buscó los ingredientes de la bebida.
La observó por un momento antes de volverse hacia Ayame, que tenía la mirada fija en la barra, su sonrojo todavía teñía sus mejillas de un bonito tono rojo. Se rio entre dientes y apoyó un codo en el mostrador, sus ojos cerúleos la observaban con curiosidad.
—¿Por qué tan tímida, Ayame? —preguntó de repente.
Ayame soltó un pequeño chillido y alzó la mirada hacia su cuelgue de tantos años, sus grandes ojos verdes parpadearon.
—Mm… perdona. Es que… bueno… estoy hablando con un famoso, en donde trabajo y… bueno… ya te lo imaginas. —Le sonrió con timidez.
Kouga se rio por lo bajo.
—Sí, sé a qué te refieres. Yo haría lo mismo si estuviera en tu lugar. —Sonrió—. Bueno, ¿estás lista para la gran fiesta de este fin de semana? —preguntó como si nada, asintiendo en dirección a Mystique mientras le ponía delante la bebida que había pedido.
Ayame le sonrió ampliamente, asintiendo con ganas y sonriendo.
—Más que lista. ¡Ya he ido a comprar mi vestido y mis zapatos, y no puedo esperar! —Soltó una risita y giró dos veces en su taburete para luego parar, mirarlo y abrir los brazos, con una amplia sonrisa en los labios. Luego volvió a reír.
Kouga se rio y aplaudió tres veces antes de darle un largo trago a su bebida alcohólica, luego la bajó, lamiéndose los labios.
—Ahh… qué bien me ha sentado. —Suspiró y tomó otra bebida.
Ayame lo observó con una sonrisa, sintiéndose mucho más cómoda a su alrededor ahora que la última vez que lo había visto… que había sido la vez que lo había conocido. Y eso sólo había sido hacía un par de días… al menos eso pensaba. ¿O había sido ayer? Con el trabajo, los problemas de Rin, y su propia vida social, es difícil llevar la cuenta de los días. Le quitó importancia. Bueno. Se alegraba de conocerlo… personalmente.
-O-
—Y le digo, ¿shabesh qué le digo? Digo, "¿por qué no te quemash el pelo y shaltash por un acantilado?" —dijo Kouga arrastrando las palabras y luego estalló en carajadas, su quinto vaso de alcohol se derramó por el borde de la barra.
Ayame inhaló, casi preparada para levantarse del sitio en cualquier momento y cogerlo si se caía por cómo se tambaleaba en el taburete. Sabía de su horrible costumbre de emborracharse, era lo único que no le gustaba de él. Suspiró y se lanzó hacia él cuando se inclinó hacia atrás, agarrándolo por los brazos y poniéndolo derecho. Kouga soltó una risita y Ayame arrugó la nariz ante su mal aliento.
Alzó la mirada al reloj y abrió los ojos como platos. Casi medianoche. Infló las mejillas y se volvió hacia el lobo borracho.
—Vale, Kouga, basta de bebida para ti —dijo, sacándole la bebida de la mano a Kouga, que se resistía. Kouga gruñó ante la pérdida de su bebida, pero ella lo ignoró, sabiendo que era inofensivo cuando estaba borracho, lo que era raro en él. Normalmente, la gente era más peligrosa borracha, enfadándose por las cosas más estúpidas y montando en cólera. Pero Kouga era totalmente opuesto. No podría hacerle daño ni a una mosca en su estado de embriaguez.
Se levantó y levantó a Kouga consigo, pasando un brazo sobre su hombro y poniendo su propio brazo rodeando su espalda, dándole mejor sujeción. Su peso no era un problema para ella. Después de todo era un demonio lobo, por lo que tenía más fuerza que un humano medio. Miró a Mystique, que miraba a Kouga con pena.
—Tengo que llevarlo a la mansión, Mystique. No te importa que acabe mi turno una hora antes, ¿no? —le preguntó Ayame, esperando que no le importase.
Mystique le quitó importancia con un gesto.
—Nah, adelante, Ayame. Kouga tiene que volver a casa. Ha bebido demasiado esta noche.
Ayame sonrió con gratitud.
—Gracias, Mystique. Te debo una. —Alzó al lobo borracho y se encaminó hacia la puerta.
—No te preocupes, niña. ¡Ten cuidado! —le gritó Mystique, suspirando—. Tiene que dejar esa costumbre. —Negó con la cabeza y se volvió hacia el hombre que estaba esperando para pedir.
Ayame abrió la puerta de una patada y se dirigió inmediatamente hacia su coche. Kouga masculló tonterías de camino. Abrió la puerta con algo de dificultad, pero al fin consiguió abrirla y ponerlo en el asiento, estirándose sobre él para abrocharle el cinturón.
Kouga parpadeó ante la hermosa mujer que tenía delante, sus ojos azules bajaron a su pecho.
—Eres… muy guapa —dijo arrastrando las palabras e hipó.
Ayame se sonrojó, pero permaneció en silencio, echándose atrás cuando terminó de abrocharle el cinturón. Cerró la puerta y fue hacia el otro lado, entró, abrochándose el cinturón antes de encender el motor.
—Te voy a llevar a casa, Kouga. ¿Crees que podrás aguantar hasta entonces? —le preguntó lentamente, mirándolo.
Kouga parpadeó, mirándola, y volvió a hipar.
—No me encuentro muy bien —dijo en voz alta, y abrió la puerta rápidamente para inclinarse hacia fuera y vomitar el alcohol que tenía en su sistema.
Ayame esperó pacientemente a que terminara y luego le oyó suspirar y volver a meterse dentro, cerrando la puerta y recostándose en el asiento, cerrando los ojos.
—¿Mejor? —le preguntó, metiendo la marcha atrás y saliendo del aparcamiento.
Gruñó en respuesta.
Suspiró para sus adentros y metió la marcha, circulando por la calle hasta la mansión Takahashi. El camino hacia allí transcurrió en silencio, Kouga entraba y salía de la inconsciencia de vez en cuando y gruñía cada vez que había un bache. Ayame dio la vuelta a la esquina donde estaba la mansión y, en ese mismo momento, Kouga giró la cabeza hacia ella y dijo:
—¿Por qué estás haciendo esto?
Ayame se sobresaltó, el silencio se vio roto por su ronca pregunta y lo miró brevemente.
—¿Haciendo el qué?
—Esto. —Hizo un gesto que los abarcó a ellos y al coche.
Respiró hondo y se sonrojó.
—Estás borracho, Kouga. Ya no soporto verte así, así que decidí que tenía que hacer algo. Cualquier cosa. Y tú no habrías podido conducir hasta casa en el estado en el que estás, así que me encargué de llevarte sano y salvo hasta casa —explicó Ayame, entrando en el camino de entrada y diciéndole al portero lo que le pasaba a Kouga y que lo estaba llevando a casa. Las puertas se abrieron con eso y condujo hasta las escaleras, apagando el motor y girándose hacia Kouga.
Todavía la miraba con sus ojos celestes.
—¿Por qué?
Parpadeó.
—¿Por qué?
Él asintió.
Respiró hondo y se apartó.
—Me… me gustas, Kouga. Me importas y no quiero ver que te haces daño —confesó Ayame, con un sonrojo subiendo hasta sus mejillas.
Kouga parpadeó y una pequeña sonrisa juguetona se extendió por sus facciones.
—Tú también me gustas, eh… eh…
Ayame suspiró.
—Ayame.
—Sí, sí, Ayame… Tú también me gustas, Ayame. —Volvió a cerrar los ojos.
Se giró hacia él. Deseaba que fuera verdad. Deseaba gustarle de verdad, tal vez más que como una amiga. Eso era a lo que se refería cuando había dicho que le gustaba, aunque nunca lo admitiría. Pero estaba borracho y probablemente ni siquiera sabía lo que decía la mitad del tiempo. Y probablemente ni siquiera fuese a recordar esto por la mañana.
Suspiró y abrió la puerta, salió, dando la vuelta para sacar al lobo desmayado del coche para que se apoyase en ella. Dejó la puerta abierta, pasando su brazo por su hombro una vez más y el de ella bajo el suyo, y procedió a subir las escaleras hacia la entrada principal. Dios, ¿cómo hacen esto todos los días? El pensamiento se repitió en su mente hasta que llegó arriba con un suspiro de alivio. Inspirando, fue hacia la puerta y se detuvo delante, dándose perfectamente cuenta de que estaba de pie delante de la mansión Takahashi, con Kouga borracho contra su brazo, y que estaba a punto de llamar a la puerta.
Negó con la cabeza y luego, alzando la mano que tenía libre, llamó a la puerta con fuerza, sin pensar que la gente que estaba en casa pudiera estar durmiendo.
Oyó gritar a un hombre, luego a una mujer, y luego oyó pasos yendo hacia la puerta. Se lo subió más, Kouga gruñó levemente y luego se calló.
Se abrió la puerta.
—¡Kouga!
—¿Kagome?
—¿Ayame?
