Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.

Baile peligroso

Capítulo diecinueve: Discusiones a última hora y carantoñas a primera hora

-O-

Negó con la cabeza y luego, alzando la mano que tenía libre, llamó a la puerta con fuerza, sin pensar que la gente que estaba en casa pudiera estar durmiendo.

Oyó gritar a un hombre, luego a una mujer, y luego oyó pasos yendo hacia la puerta. Alzó más al chico, Kouga gruñó levemente y luego se calló.

Se abrió la puerta.

—¡Kouga!

—¿Kagome?

—¿Ayame?

Ambas chicas se miraron con expresiones de sorpresa, sin entender muy bien que estaban mirando a la persona que menos se esperaban ver.

Un gruñido bajo del lobo borracho las sacó de su ensoñación y Kagome abrió más la puerta para que Ayame entrase. Cerrando la puerta tras ella, Kagome caminó rápidamente hacia el dúo y puso un brazo bajo Kouga, ayudando a su amiga a llevarlo escaleras arriba.

No se dijeron ni una palabra mientras subían las escaleras y caminaban por el largo pasillo hasta la habitación del cantante, depositándolo en la cama y luego retrocediendo sobre sus pasos, volviendo a bajar. Kagome condujo a Ayame hasta el espacioso salón, donde se sentaron en un mullido sofá beige.

Kagome rompió el silencio.

—Bueno, Ayame, me alegro de volver a verte.

Le sonrió a su amiga, contenta de verla otra vez y por tener algo en lo que ocupar su mente. La única razón por la que estaba despierta a esas horas era porque estaba preocupada por Inuyasha. Todavía no había vuelto de la conferencia y no podía dormir, había estado dando vueltas en la cama hasta que se rindió. Había bajado a coger algo de comer, pensando que le ayudaría a dormir, pero llamaron a la puerta y Miroku (que insistió en quedarse despierto hasta que Inuyahsa volviera, dado que él también estaba preocupado por su amigo) le había gritado que abriera. Kagome le había gritado por su vagancia y había ido hacia la puerta en su pijama de seda azul. No se había esperado ver a Ayame allí de pie con un Kouga desmayado bajo el brazo. En realidad, en su conjunto era raro que alguien llamara a tu puerta a las doce de la noche.

Ayame le devolvió la sonrisa, frotándose las sienes para intentar eliminar el dolor de cabeza que se le avecinaba. Necesitaba dormir.

—Yo también me alegro de verte, Kagome. Incluso bajo estas circunstancias. —La loba se rio con sequedad.

Kagome se rio entre dientes.

—Sí. En fin, Ayame, ¿qué le pasó a Kouga? —preguntó, apoyando la barbilla en su palma, con su codo apoyado en la rodilla.

La pelirroja suspiró y se reclinó, lista para quedarse dormida en el suave sofá.

—Bueno, no tiene mucha ciencia, en realidad. Kouga decidió emborracharse en el bar en el que trabajo, el Crepita y Burbujea, y fui lo suficientemente buena como para llevarlo a casa —terminó Ayame con un encogimiento de hombros, intentando contener un bostezo. No pudo.

Kagome asintió y sonrió con cansancio.

—Debes de estar cansada, Ayame. ¿Por qué no te quedas a pasar la noche? Estoy segura de que a Inuyasha y a los demás no les importará. Además, ayudaste a Kouga. Y sabiendo los problemas en los que se mete, lo entenderán —medio bromeó, con una seca risa escapando de sus labios.

Ayame sonrió, demasiado cansada como para discutir, y el sonido de una buena y cálida cama le hizo darse cuenta de lo cansada que estaba.

—Muchas gracias, Kagome. De verdad que lo aprecio. Estoy cansada —dijo con otro bostezo, escondiéndolo con el dorso de su mano.

Su amiga bostezó también y se rio, fulminando en broma con la mirada a la loba con una sonrisa. Ayame le devolvió la sonrisa.

—Kagome, quién era… hola.

Ojos chocolates y esmeraldas miraron hacia el umbral y Ayame casi chilló. ¡Es el batería!

Kagome sonrió.

—Miroku, esta es Ayame, mi amiga. La conocí en el concierto hace dos meses y trajo a Kouga a casa de su noche de borrachera. Ayame, éste es Miroku… aunque puede que ya lo conozcas… más o menos. —Gruñó y enterró la cabeza en las manos. Dios, necesito dormir…

Ayame soltó una risita.

—Miroku, el batería, ¿verdad? —Él asintió—. Guay. Encantada de conocerte, Miroku. —Asintió con la cabeza.

Miroku sonrió y caminó hacia ella mientras la loba se levantaba, tomando su mano entre las suyas y llevándosela a los labios para darle un suave beso en sus nudillos.

—Es un placer conocerla, señorita Ayame.

Ayame se sonrojó y sonrió con timidez. He leído que a veces es muy directo… supongo que ésta es una de esas veces.

—Miroku, le he dicho a Ayame que puede quedarse a pasar la noche, porque está claramente cansada de tratar toda la noche con Kouga (cualquiera lo estaría) y así no tendrá que volver conduciendo tan tarde. ¿Te parece bien? —preguntó Kagome desde su sitio en el sofá.

Miroku arqueó una ceja, pero sonrió.

—Por supuesto, Kagome. Cualquier hermosa amiga tuya siempre es bienvenida —afirmó el batería, guiñándole un ojo a Ayame.

La loba se sonrojó y se rio con nerviosismo. También he leído sobre sus famosas manos errantes… De repente recelosa del hombre, Ayame sacó la mano de su agarre y retrocedió un paso, alejándose del batería. Pero esto no pasó desapercibido para Kagome, que se aguantó la risa.

Miroku se rio entre dientes y puso una mano en la parte baja de su espalda, conduciéndola hacia las escaleras.

—No te preocupes, Kagome, le enseñaré a la señorita Ayame dónde va a dormir —anunció, la mano de su espalda bajó muy lentamente.

Kagome puso los ojos en blanco y se los quedó mirando.

—Oh, y Miroku…

El batería miró por encima de su hombro y le sonrió.

—¿Sí, Kagome?

Kagome arqueó una ceja e inclinó ligeramente la cabeza, mirando al hombre que aparentaba ser extremadamente inocente con una mirada vacía.

—Si tus manos se apartan lo más mínimo de tus costados… —Su expresión cambió a una significativa—. Por la mañana descubrirás que ya no eres un hombre.

Miroku palideció ante la amenaza y su sonrisa se desvaneció, sus brazos se pusieron inmediatamente a sus costados y sospechosamente cerca de su virilidad.

—P-Por supuesto, Kagome. —Todavía pálido, se giró hacia una sonriente Ayame y giró la cabeza bruscamente hacia la izquierda, diciéndole en voz baja que lo siguiera antes de seguir subiendo las escaleras, gruñendo por lo bajo que Inuyasha debía buscarse novias menos mandonas.

La comisura de la boca de Kagome se giró hacia arriba en una pequeña media sonrisa y volvió a mirar a Ayame, su sonrisa se convirtió en una sonrisilla mientras le enseñaba a su amiga sus pulgares hacia arriba.

Ayame se rio y le devolvió el gesto, vocalizando un "gracias" en su dirección antes de darse la vuelta y seguir al batería escaleras arriba y girando en una esquina.

La sonrisa de Kagome se desvaneció y suspiró, exhalando profundamente y arrastrando los pies hasta la cocina para conseguir algo de comer, que era para lo que había bajado originalmente. Ahogando un bostezo, revolvió la nevera y cuando no pudo encontrar nada allí, se volvió hacia la despensa y metió la cabeza dentro. Vio algo al fondo, frunció las cejas ligeramente y extendió la mano para cogerlo, agarrándolo con firmeza y sacándolo.

Y se arrepintió inmediatamente.

—Inuyasha…

En su mano había un bol de ramen instantáneo.

Miró automáticamente hacia el reloj de encima del fregadero. 00:17.

—Inuyasha… ¿dónde estás? —susurró Kagome, apretando el bol de poliestireno contra su pecho.

Su apetito se desvaneció repentinamente, Kagome suspiró y salió de la cocina, pasó por el salón para subir las escaleras, ascendiendo lentamente y, sin pensarlo, empezó a ir hacia la habitación de Inuyasha. Al llegar, agarró el pomo, abrió la puerta silenciosamente y entró, cerrándola detrás de ella sin pensar. Fue hacia su enorme cama y se sentó, apoyando el tazón de ramen en la mesilla de noche antes de agarrar una almohada cubierta de seda y aferrándola contra ella, cerrando los ojos e inhalando el olor que quedaba de su novio en la almohada.

—¿Dónde estás? —volvió a suspirar en voz baja, levantando las piernas y acostándose en las sábanas de seda a juego, todavía abrazando la almohada contra su corazón.

Sus párpados empezaban a pesarle y le costaba concentrarse en las puertas de entrada a la habitación esperando que se abrieran y que en el umbral estuviera él, con una cálida sonrisa en sus labios mientras le decía que la había echado de menos.

Esa fue la última imagen que vio ante ella antes de que su mundo se oscureciera y se rindiera al sueño.

-O-

La puerta de la mansión se abrió lenta y silenciosamente, una figura se deslizó por ella antes de cerrar la puerta suavemente para no despertar a nadie. Con un suspiro, se quitó los zapatos y tiró su chaqueta hacia la izquierda, sin importarle dónde cayera. Las sirvientas se encargarían de ella cuando empezaran a limpiar por la mañana.

Se dirigió inmediatamente a las escaleras y, soltando un enorme bostezo, subió el primer peldaño cuando un sonido a la derecha lo detuvo, acompañado de una suave voz.

—Inuyasha, has vuelto.

Cerrando los ojos y llevándose una mano a ellos para frotarlos, volvió a suspirar y se apoyó contra la barandilla, bajando la mano para mirar a su amigo con aspecto de cansancio.

—¿Qué quieres, Miroku? Estoy cansado y quiero irme a dormir.

Miroku sonrió y siguió al cantante cuando empezó a subir una vez las escaleras.

—Sólo soy un amigo preocupado que quiere saber por qué estabas fuera tan tarde. Nada más —inquirió, cogiéndolo rápidamente del brazo cuando se tambaleó hacia atrás.

El hanyou gruñó en agradecimiento y dio la vuelta a la esquina hacia su cuarto, que él no sabía que estaba ocupado en ese momento.

—Se suponía que sólo iba a durar tres horas, pero tuve que quedarme a discutir que no estaba planeado que fuéramos a grabar en directo en una estúpida emisora de radio. Al parecer, Sango lo organizó a nuestras espaldas, esa perra resbaladiza. Y también "mencionaron" que nos pagarían bastante por hacerlo mientras agitaban un fajo de billetes delante de mi cara. —Frunció el ceño—. Keh, "mencionaron" una mierda. No sé por qué tienen tantas ganas de eso en… fin… —terminó con un gran bostezo—. Esa perra me va a escuchar por la mañana, eso está claro. —Inuyasha se detuvo delante de su puerta y se apoyó contra ella, esperando a que el batería respondiera a su explicación.

Las cejas de Miroku subieron hasta su flequillo ante la historia, igual de sorprendido que Inuyasha porque Sango no les dijera nada antes de comprometerles a algo sobre lo que tenían que opinar.

—Ya veo. Bueno, Inuyasha, está claro que estás cansado, así que no te voy a privar del descanso que tanto necesitas. Hablaré con Sango por la mañana y le preguntaré por este inconveniente. Buenas noches, amigo mío. —Le dio una palmadita en el hombro y se fue a su habitación.

—Gracias, Miroku. Hasta mañana —gritó Inuyasha tras él y vio a su amigo agitando una mano por encima de su hombro, oyendo un suave gruñido. Se rio entre dientes. Miroku también debía de estar cansado, teniendo en cuenta que se había quedado despierto sólo para asegurarse de que su amigo llegase bien a casa. Qué buen tipo. Suspirando profundamente y con otro bostezo, abrió la puerta y entró, sin notar la pequeña bola humana acurrucada en su cama. Cerrando suavemente la puerta y sacándose la camisa, fue hasta su cama, con las manos bajando la cremallera y desabrochando los pantalones cuando al fin notó el bulto en su cama.

Se detuvo en seco, parpadeó y arqueó una ceja, olisqueando el aire para averiguar quién estaba durmiendo en su cama. La vainilla invadió su nariz y reconoció inmediatamente el aroma de su novia. Pero, ¿por qué estaba en su habitación, durmiendo en su cama en lugar de en la de ella?

Confuso y un poco complacido por ver a su amor en su cama, bajó las manos de los pantalones y siguió hasta su cama, sentándose en el borde y fijando la mirada en la forma durmiente de Kagome. Sonrió ante los rasgos angelicales que tenía y le puso un mechón de pelo azabache detrás de su oreja. Podía estar haciendo eso toda la noche, observándola dormir tranquilamente. Pero un rápido vistazo al reloj digital de su mesilla de noche le recordó que había ido allí a dormir, no a observar a su novia durmiendo serenamente.

Inuyasha se preguntó vagamente por qué estaba Kagome en su habitación y durmiendo en su cama, y sobre todo cuándo y por qué había acabado en su mesilla de noche un tazón de su aperitivo favorito mientras se levantaba e iba hacia el otro lado, deslizándose a su lado y rodeándola con sus brazos, atrayéndola hacia sí. La chica dormida se dio la vuelta en el abrazo de Inuyasha, acurrucándose en su calidez y enterrando la nariz en su pecho. Suspiró suavemente y luego se quedó quieta, con una pequeña y alegre sonrisa adornando sus labios.

Inuyasha sonrió y la besó en la frente.

—Te quiero, Kagome —susurró, cerrando los ojos y abandonándose a su tan anhelado sueño.

-O-

Lo primero que la despertó fueron los brillantes rayos de sol que entraban por la ventana y caían sobre su rostro. Gruñendo por lo bajo que se había olvidado de cerrar las cortinas anoche, el pelo rojo despeinado asomó por las sábanas blancas antes de que apareciera una cabeza.

Soltando un bostezo enorme, la loba se incorporó en la cama, sus manos se alzaron para eliminar el sueño de sus ojos. Dios, agradecía tanto que hoy tuviera el día libre. Abriendo un ojo verde, esperó a que su visión se aclarara lo suficiente para abrir el otro. Tío, lo primero que iba a hacer era darse una ducha caliente y hacerse una humeante taza de…

Un momento… ¿desde cuándo tenía sábanas de seda?

Abriendo más los ojos, Ayame parpadeó en dirección a las sábanas que la cubrían y frunció las cejas. No eran sus sábanas de algodón de color verde bosque. Ni siquiera tenía sábanas de seda, que ella recordase.

Conteniendo el aliento, levantó la cabeza y escaneó la habitación en la que estaba mientras recordaba la noche anterior. Gruñó y dejó caer la cabeza en las manos. Vale, estaba en la famosa mansión Takahashi, los cinco miembros de la banda y la representante sin duda estaban en sus habitaciones en el pasillo junto a ella, por no mencionar a Kagome y no iba a formar alboroto.

¿Qué iba mal?

Negando con la cabeza, apartó las sábanas y se dio cuenta de que aún llevaba puesta la ropa del día anterior. Haciendo una mueca, bajó las piernas de la cama y se estiró, alzando los brazos sobre su cabeza y arqueando la espalda, llegaron varios estallidos a sus oídos. Se relajó y se levantó, pasándose los dedos por su melena castaña despeinada antes de caminar hacia las puertas dobles y empujarlas para abrirlas.

Asomando la cabeza al exterior, Ayame se preguntó qué hora era.

—Me pregunto qué hora es… —puso voz a sus pensamientos en voz baja, mirando el largo pasillo a su derecha.

—Las 7:46.

Dando un enorme respingo, Ayame giró la cabeza rápidamente a su izquierda… y se sonrojó.

Delante de ella y en toda su media vestida gloria estaba Kouga con una camisa en la mano y los pantalones desabrochados mientras le sonreía. Tenía el pelo negro húmedo y goteaba sobre su pecho bronceado y musculoso.

Todavía muy sonrojada, Ayame abrió y cerró la boca, pero no dijo nada.

Kouga se rio entre dientes y caminó hacia ella, pasando una mano por sus hombros y luego conduciéndola por el pasillo.

—Escucha, Ayame, quise darte las gracias adecuadamente anoche, pero me quedé dormido antes de poder hacerlo —explicó, deteniéndose delante de su puerta y abriéndola.

—Eh… —fue la respuesta inteligente de Ayame.

La condujo adentro y cerró las puertas detrás de ellos.

Oh, Dios… estoy en la habitación de Kouga… está medio desnudo… las puertas están cerradas… ¿Cómo demonios ha pasado esto?

No pudo pensar más en ello porque Kouga la acorraló contra las puertas con sus brazos a cada lado de su cabeza, su propia cabeza estaba inclinada para mirarla a sus brillantes orbes jade.

Ayame chilló y enrojeció varios tonos más ante la proximidad.

—Yo… eh… mmm…

El lobo sonrió y arqueó una negra ceja.

—Bueno, Ayame. —Acercó más la cara a la de ella hasta que sus narices estuvieron tocándose—. Gracias.

Antes de que pudiera responder, sus labios bajaron sobre los de ella y su cabeza zumbó, abrió los ojos como platos. Está… está… está… Oh, a la mierda los pensamientos, ¡Kouga me está besando!

Dejó que sus ojos se cerraran y disfrutó de su beso al máximo. Pero el beso terminó tan abruptamente como había empezado y Kouga se apartó con una sonrisa lobuna, sus ojos cobalto brillaron maliciosamente.

Ayame se quedó quieta, sus labios hormigueaban y abrió los ojos lentamente, revelando dos orbes esmeraldas vidriosos.

—Mmm… ¿de nada?

Kouga se rio y negó con la cabeza, dándole un beso en la mejilla antes de enderezarse e ir hasta su armario.

—En fin, Ayame, la banda tiene que bajar al estudio esta mañana y grabar para una emisora. Y tú te vienes con nosotros —afirmó, saliendo del armario con una camiseta que ponía: "No me interrumpas mientras hablo conmigo mismo".

La loba parpadeó.

—¿Ah… sí? —dijo, ladeando la cabeza con expresión confusa.

Él asintió.

—Síp. Y nos vamos dentro de una hora, así que te sugiero que te refresques o lo que quieras antes de irnos.

—¡Pero-pero no tengo mi ropa y no voy a llevar esta con la que he dormido toda la noche! —exclamó Ayame, gesticulando hacia su ropa.

Kouga se rio entre dientes.

—No te preocupes, cariño, estoy seguro de que Kagome o Sango tienen algo para que te pongas, así que por qué no vas a junto de una de ellas y le preguntas, ¿eh? —sugirió, poniéndose sus zapatillas.

Ayame suspiró y asintió.

—Vale… pero, ¿por qué tengo que ir yo? —Entrecerró los ojos y apoyó las manos en las caderas en una pose típica femenina.

Kouga parpadeó en su dirección, preguntándose cómo alguien podía estar tan atractiva en una pose como esa.

—Porque lo digo yo —fue lo único que le dijo antes de pasar por su lado, abriendo las puertas y desvaneciéndose.

Ayame balbuceó y lo siguió.

—¡Espera un momento! ¡Eso no explica nada!

-O-

Sentada en el salón mientras los veía a todos preparándose (no sabía por qué era para tanto, sólo iban al estudio a grabar algo y eso lo hacían continuamente, ¿no?), Kagome suspiró y bajó la mirada a su regazo, que estaba ocupando Shippo. El niño y ella se habían unido bastante y no podía evitar pensar en el joven zorro como en el hijo que nunca había tenido. Sonrió y acarició cariñosamente el pelo naranja del niño y el chiquillo de su regazo alzó la mirada hacia ella con unos grandes y sonrientes ojos verdes.

—Shippo, ¿desde cuándo conoces a Inuyasha y los demás? —preguntó Kagome en un intento por conversar un poco mientras esperaba.

Shippo se encogió de hombros y se dio la vuelta para unirse a Kagome para observarlos a todos.

—No sé. Supongo que lo conozco desde hace unos años. Es como mi hermano mayor. Siempre me protege de cosas que dan miedo y hace desaparecer los monstruos del armario —explicó y soltó una risita cuando el hanyou en cuestión pisó a Jaken.

A Kagome le sorprendió un poco esa información y alzó la mirada a su novio, que estaba disfrutando del acoso que Jaken estaba recibiendo de su amo. Al parecer, había hecho algo que Sesshomaru claramente no aprobaba. Como, por ejemplo, estar allí.

—Vaya… no sabía que Inuyasha podía ser tan dulce con un niño. —Sonrió y suspiró melancólicamente—. Algún día será un padre genial…

El kitsune alzó la mirada hacia ella con curiosidad y sonrió.

—Si Inuyasha será un buen papá, ¿entonces tú serías una buena mamá, Kagome? —preguntó Shippo inocentemente, sus ojos esmeraldas estaban llenos de pureza.

Saliendo de sus pensamientos de golpe por la inocente pregunta, un ligero rubor tiñó sus mejillas mientras bajaba la mirada al inocente chico en su regazo con sus grandes ojos marrones.

—¿Si sería una buena…? —Las comisuras de sus labios se alzaron en una pequeña sonrisa y soltó una risita, abrazando al niño contra ella—. Oh, Shippo. Me esforzaría al máximo por ser una buena mamá, si a eso te refieres —dijo Kagome con gentileza, acariciando sus mechones pelirrojos. No pudo evitar pensar en lo mono que era con sus preguntas inocentes y sus grandes ojos líquidos.

Shippo sonrió y rodeó su cintura con sus diminutos brazos.

—Serías una mamá genial, Kagome. que sí.

El corazón de Kagome se derritió y le sonrió.

—Gracias, Shippo. Serías un hijo genial para una madre genial.

—¿De verdad? —Se echó hacia atrás y miró a la mujer con esperanza llenando sus brillantes orbes verdes.

Kagome se rio ligeramente y asintió, ahuecando su barbilla e inclinándose de forma que sus narices se rozaran.

—¿Te mentiría, Shippo? —le preguntó en voz baja, con una cálida sonrisa adornando sus rasgos. Cómo quería al niño. Sí que haría feliz a alguna madre algún día. Si es que encontraba a esa madre que se merecía. Un retazo de esperanza se infiltró en su corazón ante la idea de ser esa madre y una cálida sensación fluyó por su cuerpo. Shippo… mi hijo.

Shippo le sonrió ampliamente y se acurrucó en la calidez de Kagome.

—Gracias, Kagome. Ojalá fueras mi mamá.

Su sonrisa se ensanchó. De verdad, ¿quién no iba a querer a este pequeño tan adorable?

—Me alegro de que pienses eso, Shippo. Ojalá fueras mi hijo. —Era la verdad. Quería a este niño como si fuera su propio hijo.

Shippo chilló de alegría.

—Entonces si tú fueras mi mamá, ¿Inuyasha sería mi papá?

—No lo sé, Shippo. ¿Quieres que Inuyasha sea tu papá? —preguntó Kagome, tenía curiosidad por la respuesta del niño.

El joven arrugó la nariz y se dio la vuelta para mirar al medio demonio perro del que hablaban. Ladeó la cabeza y sonrió.

—Sí, creo que Inuyasha sería un buen papá. ¿No crees, Kagome?

Kagome también volvió la atención hacia el hanyou, observándolo mientras conversaba con Miroku mientras esperaban la limusina. Obviamente, su entretenimiento de Jaken siendo molestado se había terminado cuando Sesshomaru, que estaba en otro sitio de la casa, sin duda hablando de algo con Naraku, había echado al sapo. Asintió.

—Sí, creo que Inuyasha sería un padre fantástico —concluyó finalmente Kagome, el amor que sentía por él crecía ante la idea de que Inuaysha hiciera de padre para el pequeño que estaba en su regazo y ella de madre. Serían una familia feliz juntos, simplemente lo sabía.

Shippo soltó una risita y siguió observando a su deseado padre junto con su tan anhelada madre mientras él hablaba con el pervertido.

De repente, Inuyasha volvió la mirada hacia "madre e hijo" y el fantasma de una sonrisa adornó sus labios al ver a los dos seres que le importaban observándolo con sus propias sonrisas. Al unir la mirada con su amada por un momento, sonrió y bajó la mirada al zorro, indicándole con un dedo que viniera y luego poniéndose en cuclillas cuando el niño saltó de su regazo y corrió hacia él.

Kagome observó con un poco de diversión y fascinación mientras su novio le susurraba algo al niño en la oreja y volvía a cruzar la mirada con ella. ¿Qué hace? Pensó, con las cejas ligeramente fruncidas. Su confusión no iba a durar mucho más, notó, cuando Shippo le dirigió a Inuyasha una sonrisa donde enseñaba todos los dientes y asintió con fuerza, volviendo corriendo hacia Kagome y volviendo a saltar a su regazo. Kagome gruñó ligeramente y cogió al niño antes de que se cayera hacia atrás al suelo.

Shippo le sonrió a su madre sustituta e hinchó el pecho, orgulloso de que su figura paterna le encomendara algo tan importante (tal y como lo había descrito Inuyasha), en lugar de hacerlo el propio Inuyasha.

—Inuyasha me dijo que te dijera que esto es de su parte —explicó Shippo, todavía sonriendo mientras se alzaba y le daba un húmedo beso en la mejilla. Se echó hacia atrás y le sonrió—. Te quiero, Kagome.

Kagome abrió los ojos un poco más y alzó la mirada a Inuyasha con sus ojos, aunque su cara miraba a Shippo. Inuyasha le devolvía la mirada, con una sonrisa engreída plasmada en su rostro y le guiñó un ojo, con los brazos cruzados sobre su torso. Kagome le devolvió la sonrisa y se inclinó hacia abajo hacia el orgulloso niño que tenía en el regazo.

—Bueno, dile a Inuyasha que esto es de mi parte —dijo en voz baja de forma que sólo Shippo lo oyera y procedió a darle un beso en la mejilla, pero se detuvo, en su lugar moviéndose para susurrarle algo en el oído.

Inuyasha observó esto, cuando menos intrigado mientras Shippo saltaba de su regazo y volvía hacia él. Se arrodilló para que Shippo llegara a él con facilidad y escuchó lo que tenía que decir.

—Kagome dice que no deberías hacerme entregar tus mensajes personales así y que deberías hacerlo por ti mismo. —Inuyasha se rio entre dientes y Shippo arrugó la nariz—. Oh, y también dijo que, si tanto la quieres, que por qué no lo demuestras, signifique eso lo que signifique.

Inuyasha alzó las cejas hasta su flequillo plateado y volvió rápidamente su mirada dorada hacia Kagome para ver que su rostro imitaba su anterior expresión engreída. Sus labios se convirtieron en una sonrisa completa y volvió a levantarse, pero no sin antes revolver el pelo del niño y decirle:

—Gracias, mocoso.

Shippo sonrió y asintió, y luego, al ver a su compañera de juegos favorita, fue tras el gato de dos colas, riendo infantilmente mientras Kilala maullaba de felicidad.

Inuyasha oyó vagamente a Sango diciendo que la limusina ya estaba allí mientras iba hacia su novia y se detenía delante de ella, extendiendo una mano hacia ella para que la cogiera con una sonrisa engreída en sus propios labios. Kagome la tomó sin dudar e Inuyasha entrelazó sus dedos mientras la levantaba del sofá, llevando su mano hasta sus labios y depositando un beso en sus nudillos.

—Demostrártelo, ¿mm? —dijo suavemente, haciendo que se le pusiera la carne de gallina. Él se rio entre dientes—. Puedo pensar en muchas formas inocentes de demostrarte mi amor, koi —le susurró seductoramente, haciéndole promesas silenciosas mientras se inclinaba para lamer su mejilla.

Kagome se sonrojó y tragó el nudo de su garganta que le cortaba su suministro de oxígeno.

—Muchas formas, ¿eh? ¿Por qué tengo la sensación de que esas formas son de todo menos "inocentes"? —alegó con sospecha, entrecerrando los ojos mientras una sonrisa torcida plagaba su rostro.

Su novio sonrió y le volvió a guiñar un ojo, rodeando su cintura con un brazo y conduciéndola hacia el vestíbulo.

—Ya veremos, koi. Ya veremos.

-O-

—Y ahora, damas y caballeros, aquí no está otro que el mismísimo Inuyasha y sus novatos actuando en directo con su nuevo éxito "My Boo", así que coged los teléfonos y preparaos para contestar a la pregunta que sigue a la canción para que podáis hablar con Inuyasha o con cualquiera de sus amigos por teléfono, ¡en directo!

Kagome escuchó al locutor y observó a Inuyasha y a los demás mientras ponían los ojos en blanco ante su comportamiento tan entusiasta. En realidad, cualquiera pensaría que el propio (¿o la propia?) locutor estaba extremadamente emocionado por ver a Inuyasha tan de cerca.

—Jakotsu, cállate, ¿quieres? Ni que no los hubieras visto antes —advirtió Bankotsu, el compañero de Jakotsu, poniendo los ojos en blanco—. En serio, los conocemos desde hace ¿cuánto? ¿Cinco años, mes arriba, mes abajo? —dijo arrastrando las palabras, colocándose los cascos para estar más cómodo.

Jakotsu lo fulminó con la mirada.

—Oh, cállate, Bankotsu. Apenas vemos a Inuyasha, teniendo en cuenta que no vive en Kioto, así que deberías emocionarte por poder verlo.

—En realidad, Jak, no me entusiasma tanto verlos. No estoy enamorado del cantante principal como lo estás tú —dijo Bankotsu con una sonrisilla—. Y sin más dilación, gente, Inuyasha y "My Boo". —Accionó un interruptor, ignorando la gélida mirada de Jakotsu, y la banda empezó la canción.

Kagome ocultó una risita detrás de su mano y negó con la cabeza. Ya había escuchado antes esta emisora (98PXY) y le encantaba cómo discutían estos dos. Cuando recibían preguntas de los oyentes, algunos incluso preguntaban por qué discutían siempre y por la obsesión de Jakotsu con Inuyasha. Y siempre, la única respuesta de Jakotsu era:

—¿Por qué no? ¿Quién no ama esas orejitas adorables?

Volvió a negar con la cabeza y siguió observando a la banda detrás del cristal, admirando la forma en que la cara de Inuyasha se contorsionaba para formar una expresión de concentración mientras las palabras salían fácilmente de su boca. Suspiró alegremente y le lanzó a Sango, que estaba sentada al lado de los dos locutores que estaban discutiendo, una mirada que decía claramente: "Estoy tan celosa. Tú ves esto siempre y yo no". Sango se limitó a reírse. Ayame, que estaba al lado de Sango, soltó una risita.

Se abrió una puerta al fondo y Kagome no le dio importancia hasta que notó una mano en su hombro. Al darse la vuelta, alzó la mirada hacia unos ojos negros y sintió inmediatamente que algo se retorcía en su interior. No era una buena señal.

El hombre sonrió con encanto e hizo una reverencia mientras Kagome se levantaba e inclinaba la cabeza.

—Hola, señorita Higurashi. Permítame que me presente. Soy Kyosuke Rivera, el jefe de Bankotsu y Jakotsu.