Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.
Baile peligroso
Capítulo veinte: Preguntas sin responder
-O-
Se abrió una puerta al fondo y Kagome no le dio importancia hasta que notó una mano en su hombro. Al darse la vuelta, alzó la mirada hacia unos ojos negros y sintió inmediatamente que algo se retorcía en su interior. No era una buena señal.
El hombre sonrió con encanto e hizo una reverencia mientras Kagome se levantaba e inclinaba la cabeza.
—Hola, señorita Higurashi. Permítame que me presente. Soy Kyosuke Rivera, el jefe de Bankotsu y Jakotsu.
Los ojos color chocolate se abrieron un poco más, Kagome asintió y cogió la mano que le tendía, estrechándola antes de apartarla con rapidez.
—Mmm, hola, señor Rivera, me alegro… de conocerlo —dijo, ofreciendo una pequeña sonrisa. Aquella extraña sensación en su interior no se iba, y Kagome sabía perfectamente que no debía ignorar las señales de alarma que sonaban en su cabeza. ¿Quién era este tipo? ¿Por qué se molestaba en presentarse ante ella si sólo era el jefe de los dos locutores de radio que no paraban de discutir?
Kyosuke arqueó una elegante ceja y miró detrás de ella a la banda que estaba grabando, el negro y el oro colisionaron inmediatamente en una mirada intensa. Se rio internamente. Así que al hanyou no le gustaba, ¿eh? Vaya, pues qué pena. Tendría que aguantarse. Además… el mestizo no iba a estar en medio mucho más tiempo para despreciarlo.
—Entonces, ¿es usted el jefe de Jakotsu y Bankotsu?
La voz de Kagome lo apartó de sus contemplaciones y parpadeó, fijando la mirada en la mujer que tenía delante. Sonriendo, asintió con la cabeza y se cruzó de brazos, con aspecto orgulloso.
—Sí, soy el jefe de esos dos tarugos y el representante de este estudio. Pero basta de hablar de mí, no soy tan interesante. En cambio, usted, por otra parte… ¿cómo le va, señorita Higurashi? ¿Qué se siente al ser la novia de la estrella del pop más famosa de Japón? —preguntó Kyosuke, arreglándose el cuello de su largo abrigo blanco. Cualquiera que lo viera pensaría que era una manta a simple vista.
Sorprendida por las preguntas que le hacía, Kagome frunció las cejas en confusión y se encogió de hombros, mirando por encima de su hombro a Inuyasha, que seguía fulminando con la mirada al hombre que tenía delante. A Inuyasha tampoco debe de gustarle, a juzgar por la mirada que le está dirigiendo, pensó Kagome, mordiéndose los labios y girándose otra vez, componiendo una sonrisa falsa en su rostro.
—Bueno, señor Rivera…
—Por favor, llámeme Kyosuke. "Señor Rivera" hace que parezca que soy un viejo —señaló Kyo con una sonrisa, riéndose entre dientes.
Kagome sonrió y asintió.
—Vale, Kyosuke, a decir verdad, soy feliz con Inuyasha. Le quiero y me alegro de ser su novia. —Le lanzó otra mirada al hanyou en cuestión y le sonrió—. Estoy segura de que también siente lo mismo.
Kyosuke bajó las cejas y le lanzó una mirada resentida al cantante.
—Ya veo —dijo con frialdad, haciendo que un estremecimiento bajara por la espalda de Kagome—. Bueno, me… alegro por vosotros. Espero que nada… os separe —dijo forzadamente, entrecerrando sus orbes negros como el carbón e intentando no rechinar los dientes. No quería parecer demasiado obvio.
—Sí… —Kagome dio un paso atrás inconscientemente, chocando con su silla y casi tropezándose con ella, pero se recuperó a tiempo. Con el equilibrio recuperado, le dirigió una mirada recelosa al jefe de los locutores, su interior estaba retorciéndose. Ni siquiera notó que la canción que estaban grabando había terminado hasta que sintió un fuerte brazo rodeando su cintura y atrayéndola hacia un duro pecho, emitiendo un chillido de sorpresa y alzando la mirada hacia el enfadado rostro de su novio. Sintiéndose un poco más segura en los brazos de Inuyasha, Kagome suspiró y se recostó contra su calidez, volviendo su atención hacia el extraño que tenían delante.
Un gruñido bajo resonó dentro de Inuyasha y su brazo se tensó alrededor de Kagome, sus ojos ambarinos se entrecerraron ligeramente.
—Tú. ¿Qué demonios quieres? —exigió, se estaba enfadando. Algo no iba bien. Había algo distinto desde la última vez que lo había visto, la noche anterior. Había algo en sus ojos que no le gustaba a Inuyasha y no le gustaba nada la forma en que miraba a Kagome. Bastardo… no es normal. No sé exactamente cómo, pero… parece… diferente.
Kagome suspiró.
—Inuyasha, no tienes por qué ser tan brusco. Sólo me hacía algunas preguntas —declaró, alzando la mirada hacia él con sus orbes cafés.
La ignoró y siguió fulminando con la mirada a Kyosuke. Kagome resopló e hizo un mohín.
Dicho hombre entrecerró los ojos también y sus labios se convirtieron en una fina línea.
—Señor Takahashi, es un placer volver a verlo, se lo aseguro —dijo lentamente, ignorando las miradas que estaba recibiendo su conversación de los demás ocupantes de la habitación.
Inuyasha volvió a gruñir.
—Deja esa mierda, Rivera, ¿qué demonios quieres? Terminamos tu maldita canción y ahora quiero largarme de aquí.
—¡Pero Inuyasha! —llegó la voz suplicante de Jakotsu—. ¡Se supone que tienes que quedarte y hablar con el oyente que elijamos! ¡Yo mismo lo he dicho! ¡Todos se decepcionarán si no te quedas! —rogó el locutor, con las manos entrelazadas delante de él y en su rostro una expresión de inocencia.
La estrella del pop puso los ojos en blanco.
—Cállate, Jakotsu. No existe ni la más mínima posibilidad de que me quede a escuchar a algún humano haciendo preguntas estúpidas. Y, además, tú eres quien quiere que me quede, no los oyentes —inquirió, lanzándole una mirada.
Kagome entrecerró los ojos.
—Disculpa, tío, pero tu novia resulta ser "algún humano" —dijo en voz baja, con sus ojos chocolate brillando peligrosamente.
Inuyasha parpadeó y resopló.
—Keh. Para de quejarte, Kagome. Kikyou nunca se quejaba. Y quiero irme a casa y alejarme de él de una vez —declaró con una mirada fulminante al gerente del estudio.
Una exclamación ahogada escapó de sus labios y Kagome entrecerró los ojos hasta formar rendijas marrones mientras fulminaba con la mirada a su novio. Resoplando una vez más, se cruzó de brazos y se apartó de su abrazo. Inuyasha bajó la mirada hacia ella con una ceja arqueada y volvió su atención al muy odiado hombre.
Kyosuke suspiró con fastidio y se sacó una pelusa imaginaria de su abrigo.
—Bueno, Inuyasha, ya que eres tan persistente, sígueme y te daré la cantidad que te prometí ayer. —Se giró de repente y volvió a la parte de atrás.
—No quiero tu jodido dinero, Rivera. Ni siquiera quería hacer esta estúpida grabación —afirmó Inuyasha, lanzándole una mirada a su gerente que, en respuesta, le devolvió la mirada con un resoplido. Gruñó y devolvió la mirada a Kyosuke.
El gerente se había detenido en seco cuando Inuyasha anunció que no quería el dinero y se quedó allí, con la espalda hacia la pareja, y una sonrisa bastante sádica adornando sus labios.
—No, ¿eh? Bueno, me parece bien. La verdad es que ni siquiera te lo mereces con tu actitud. —Inuyasha gruñó ante eso y Kyo se rio entre dientes—. Pero si de verdad te vas a ir… —Giró la cabeza ligeramente a su derecha—… La salida está por ahí.
Gruñendo a su espalda, Inuyasha gruñó antes de dirigirse a la salida, agarrando a una enfadada Kagome por la muñeca y arrastrándola con él.
Disculpándose con el gerente, Sango siguió al dúo, los demás miembros de la banda y Ayame la siguieron.
En cuanto se cerró la puerta, Kyosuke soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—Hanyou insolente. Esto va a ser más difícil de lo que pensaba —murmuró para sus adentros.
—Eh, oiga, ¿señor Rivera?
Girándose sobre sus talones para mirar al locutor con una mirada insípida, Kyo arqueó una ceja.
—¿Qué?
Bankotsu entrecerró los ojos y se cruzó de brazos.
—¿Dónde está el dinero que nos prometiste? Te dejamos divertirte siendo nuestro "jefe" una hora, así que dánoslo —le exhortó, imitándolo arqueando una negra ceja.
Poniendo los ojos negros en blanco, Kyosuke murmuró y enterró la mano en el bolsillo, sacando dos fajos de billetes doblados y le lanzó uno a cada locutor.
—Ahí tenéis vuestro maldito dinero, ahora dejadme en paz. —Y con eso, les lanzó una horrible mirada antes de salir del cuarto, dando un portazo al salir.
—Cualquiera pensaría que sería un poco más educado con nosotros dado que le dejamos usar este estudio —puntualizó Jakotsu, bajando la mirada al fajo de billetes que tenía en la mano.
Bankotsu se encogió de hombros.
—Bueno, ya nos hemos librado de él. Simplemente me alegro de que Renkotsu hoy tuviera el día libre, si no, no habría podido usar nuestro estudio para sus propósitos. Pero nunca habríamos conseguido este fajo de dinero si estuviera aquí. —Bankotsu sonrió y abrió el dinero en abanico con un dedo.
Su compañero puso los ojos en blanco.
—Por favor, Bankotsu, eres tan avaricioso. Solo es dinero. Diría que… quinientos, como mucho —estimó Jakotsu, ladeando la cabeza.
Otro encogimiento de hombros por parte del locutor.
—En fin. Como ya he dicho antes, me alegro de que el jefe no estuviera aquí. —Se metió el efectivo en su maletín y se volvió a poner los cascos, moviendo interruptores y girando controles.
Jakotsu lo observó unos minutos antes de suspirar, metiéndose su dinero en un lugar seguro antes de unirse a su amigo y volver al trabajo. Lo único que lo molestaba era que el tal Kyosuke mirase a la novia de Inuyasha como si fuera un trozo de carne o algo así.
Ese hombre planeaba algo, sin duda.
¿Pero qué?
-O-
—En serio, Inuyasha, ¿eso era necesario? —le preguntó Sango en cuanto estuvieron en la limusina, con los brazos cruzados y una fina ceja alzada con una mirada de ligera molestia plasmada en el rostro.
Dicho hanyou puso los ojos en blanco y masculló algo por lo bajo, que al parecer oyó Kouga, porque el lobo se rio desde su asiento enfrente del hanyou y junto a Ayame, con su brazo colgado despreocupadamente de los hombros de Ayame. Inuyasha le lanzó al lobo una mirada afable antes de suspirar profundamente, ignorando la fría mirada que le dirigía su representante y pasando un brazo por los hombros de Kagome, que frunció el ceño en su dirección y lo apartó, alejándose de él.
Parpadeando ante el extraño comportamiento de su novia, Inuyasha bajó las cejas y fijó la mirada en ella con una expresión similar a la confusión y la sorpresa. Se encogió de hombros, pensando que sería el SPM (probablemente le tocaba pronto), y cerró la corta distancia entre ellos, intentando rodearle esta vez la cintura con el brazo, pero una vez más Kagome resopló, irritada, y se escapó de su agarre, poniéndose en pie esta vez y dejándose caer junto a Sango enfrente de él y mirando por la ventanilla.
Sorprendido por su extraño comportamiento, Inuyasha se la quedó mirando inexpresivo, sin saber qué demonios le pasaba.
—¿Kagome?
Silencio.
—Kagome… —arrastró su nombre.
Sin respuesta.
Gruñó.
—Oye, tú, ¡te estoy hablando!
Todavía sin respuesta.
Enfadándose por su continuo silencio, la estrella del pop gruñó sonoramente y fulminó a su novia con la mirada, no gustándole nada la forma en que lo estaba ignorando. No podía ignorarlo, ¡maldición! Era su novio, así que tenía que hacerle caso. Era así de simple. Sin posibilidades ni peros. ¿Qué demonios le pasaba? ¿Había hecho algo que no aprobaba? Estaba enfadada con él por alguna razón e Inuyasha no sabía por qué.
Estaba decidido a no rendirse para que Kagome le hablara.
—Mujer, ¿por qué me ignoras?
Siguió ignorándolo, mirando por la ventanilla y hundiéndose en el asiento de cuero, con los brazos cruzados de un modo desafiante. Nadie parecía haber notado que habían llegado a la mansión Takahashi, ya que todos estaban demasiado inmersos en lo que estaba pasando entre la pareja.
Inuyasha suspiró con frustración y se pasó una mano por su melena plateada.
—Bien, perra, si quieres ignorarme, ¡adelante! ¡No sé qué demonios te pasa, pero parece que pretendes ignorarme, así que haz lo que te dé la puta gana! —Y así, abrió de golpe la puerta de la limusina y salió, subiendo con fuerza las escaleras.
Kagome había bajado la mirada a su regazo cuando Inuyasha salió de la limusina, no queriendo mirarlo en ese momento. Dando un gruñido impresionante para ser una simple humana, salió también de la limusina y se dirigió a los jardines, con las manos cerradas en puño y la postura tensa.
Todos los demás de la limusina se quedaron mirando sin expresión, aunque cada uno tenía un atisbo de confusión en el rostro.
—Eh… ¿alguien tiene alguna idea de lo que acaba de pasar? —preguntó Kouga, todavía mirando la puerta abierta, el chófer ahora estaba a un lado, confuso porque todos se quedaran allí sentados en lugar de salir del vehículo.
Miroku se tomó la libertad de responder.
—Bueno, al parecer, Inuyasha ha hecho algo para enfadar a Kagome, así que Kagome lo está ignorando —explicó con un asentimiento, rascándose la barbilla pensativamente con una mano.
Mientras los miembros de la banda y la representante suspiraban con una negación de sus cabezas, Ayame se mordió los labios y se quedó mirando en la dirección en la que se había marchado su amiga, su expresión se tornó en una de preocupación.
—Voy a ir a hablar con Kagome. A lo mejor me cuenta lo que pasa. —Y así, Ayame procedió a pasar junto a Kouga para ir hacia la puerta, pero Kouga tenía otros planes y la cogió por la cintura con un brazo, arrastrándola hacia su pecho. La loba chilló y parpadeó, girando el cuello para fijar la mirada en el cantante con interrogantes ojos jade.
Mientras pasaba esto, los demás habían decidido que su tiempo en la limusina había tocado a su fin, a juzgar por el impaciente chófer que seguía de pie junto a la puerta, y salieron del vehículo, dejando solos a los lobos.
Kouga sonrió y sus ojos cobalto brillaron traviesos mientras hundía la cabeza y capturaba por sorpresa los labios de Ayame en un casto beso, su mano se alzó para acariciarle la mejilla con ternura.
Un profundo tono escarlata tiñó sus mejillas y Ayame le correspondió tímidamente, sus brillantes ojos verdes se cerraron. Este era el segundo beso que le daba Kouga y, una vez más, la había cogido con la guardia baja. Era escurridizo, tenía que concederle eso.
Se apartó y le sonrió a la sonrojada mujer de su regazo, enorgulleciéndose de cómo la hacía sonrojar.
—Buena suerte, Ayame. Contamos contigo para descubrir qué le pasa a Kagome. No nos decepciones. —La besó en la frente y liberó su cintura, dirigiéndole una última sonrisa antes de poner a la loba en el asiento a su lado y saliendo de la limusina, subiendo por la gran escalinata. Debería intentar encontrar al chucho para que no se volviera loco y destruyera todo en su habitación en su estado de ira. Lo había hecho antes, no cabía duda de que podía volver a hacerlo.
Sonrojándose profundamente, Ayame esbozó una sonrisa torcida y salió del automóvil, yendo en dirección a los jardines.
-O-
Sentada en el borde de una fuente que echaba agua desde una boquilla alta de piedra, Kagome resopló silenciosamente para sus adentros, murmurando por lo bajo sobre un cierto hanyou con el que estaba molesta en ese momento. ¿Cómo se atrevía a decir eso? ¿Cómo se atrevía a compararla con la puta de Kikyou? Puede que Kikyou nunca lloriquease, pero tampoco había bailado nunca bien.
Con las manos aferrando la suave piedra de la fuente bajo ella, Kagome no notó que la loba se aproximaba a ella con un poco de timidez.
—¿Kagome?
Sobresaltándose un poco ante la voz preocupada de su amiga, Kagome levantó la cabeza y vio a Ayame dirigiéndose hacia ella, su expresión entrelazada con preocupación y sus ojos albergando incertidumbre.
—Ayame… ¿qué haces aquí? ¿No deberías estar con Kouga? —le preguntó a la loba, parpadeando con sus ojos chocolates.
Ayame sonrió y fue hacia su amiga, sentándose a su lado y suspirando levemente.
—Bueno, podría estar con Kouga… pero me preocupa más el bienestar de mi amiga —explicó, mirando a Kagome con una mirada tierna—. ¿Qué pasa, Kagome? ¿Inuyasha hizo algo para que lo ignoraras y que estés tan molesta? —preguntó Ayame, ladeando la cabeza.
Kagome se la quedó mirando un rato más antes de suspirar y bajar la mirada a su regazo, sus manos jugueteaban con el borde de su blusa.
—No sé por qué estoy tan molesta, Ayame. Es que… ¿cómo puede decir algo así? No estaba… lloriqueando. Pero cuando dijo… —se detuvo, mordiéndose el labio inferior mientras ordenaba sus pensamientos—… Cuando dijo "Kikyou nunca lloriqueaba", supongo que me afectó más de lo que me gustaría admitir. Es decir… nunca habría pensado que me compararía con Kikyou. Pensaba que la odiaba… —se interrumpió, con la voz quebrada.
Ayame abrió los ojos como platos y vocalizó un "oh", sin saber muy bien qué decir. No, no era muy fan de Kikyou, para nada. No sabía lo que había pasado entre los tres. Pero lo que sí sabía era que Inuyasha y Kikyou habían salido un tiempo y habían intimado, pero nunca hasta el final. O eso decían las revistas.
Ayame estaba tan inmersa en sus pensamientos que no notó que Kagome se levantaba hasta que oyó su suave voz.
—Aprecio que intentes ayudarme, Ayame, de verdad. Y te lo agradezco, pero… —se detuvo, el oscuro flequillo que formaba su pelo ocultaba su expresión—. Si no te importa, creo que voy a entrar y… a hacer algo productivo. —Le dirigió una sonrisa a su amiga, aunque no le llegó a los ojos, y se dirigió a la mansión, dando pasos lentos, casi dubitativos.
Ayame parpadeó y observó silenciosamente a su amiga, que se marchaba, la desesperación irradiaba de ella. Suspiró cuando Kagome desapareció de su vista y también se levantó, sacándose un hilo imaginario. Oh, Kagome… ojalá pudiera ayudarte. Pero supongo que… lo mejor es que tengas tiempo para pensar.
Rodeándose el vientre con las manos, la loba soltó otro suspiro y empezó a volver a la mansión, su cerebro estaba embarrado de confusión. Quería ayudar a Kagome de cualquier forma que pudiera para apartarla de las cosas tristes y llevarla a cosas más brillantes, como la gala que iba a celebrarse en dos días.
Pero por ahora la dejaría en paz. Necesitaba tiempo a solas para ordenar sus pensamientos y sus sentimientos por el hanyou en cuestión.
-O-
Abrió silenciosamente las pesadas puertas y entró, silencioso como una sombra, cerrando las puertas suavemente detrás de él. Había vuelto con éxito a casa, ahora todo lo que tenía que hacer era entrar en su cuarto sin que el amo se diera cuenta y…
—Kyosuke.
…O no.
Enderezándose, dicho hombre se puso serio y se giró hacia su amo, inclinando la cabeza respetuosamente.
—Amo —reconoció con tono monocorde.
Unos ojos verdes se entrecerraron ligeramente y los brazos cubiertos por un jersey se cruzaron sobre su pecho.
—¿Dónde has estado? Ninguno de los demás criados sabía dónde estabas y no me informaste de que ibas a abandonar la mansión. —Un poco de ira teñía su tono y Kyo se contuvo de hacer una mueca de dolor.
—Lo siento muchísimo, mi señor, debe de habérseme olvidado, ya que tenía prisa. Prometo que la próxima vez no seré tan impetuoso. —Hizo una profunda reverencia y se encaminó hacia las escaleras, pero volvió a detenerlo.
—Espera.
Rechinando los dientes y sintiendo la necesidad de gruñir, Kyosuke se volvió a dar la vuelta para mirar estoicamente a su amo.
—¿Sí, amo?
Kurama lo miró fijamente por un momento antes de suspirar, bajando los brazos a los lados y metiendo las manos en los bolsillos.
—Al menos dime dónde estabas antes de irte a tu cuarto. La próxima vez sabré dónde mirar.
Kyosuke se abstuvo de poner los ojos en blanco.
—Sólo estaba haciendo unos recados personales, amo. Nada más.
—¿Dónde?
—Aquí y allá, por la ciudad.
Kurama juntó las cejas, pero no lo cuestionó.
—Muy bien, Kyo. La próxima vez dime que vas a salir o te despediré. Puedes irte.
Oh, qué ganas tenía de darle una bofetada. Un puñetazo. Una patada. Un mordisco, incluso.
—Sí, amo.
Y así, se dirigió una vez más hacia la escalera y la subió en tensión, con la mano apretando con fuerza el pasamanos.
¿Por qué escogí un trabajo tan horrible como criado? ¿En qué estaba pensando? No es mejor que el chucho, ordenando a sus esclavos y quejándose por todo. Frunció el ceño y giró en una esquina, caminando con furia por el pasillo. Da igual. Me libraré de este trabajo pronto, en cuanto tenga lo que quiero. Una sonrisa sádica jugueteó en sus labios y sus orbes negras giraron malévolamente. O debería decir… a quien quiero. Una risita igual de malvada escapó de sus labios mientras abría la puerta de su habitación, ingresando a su guarida antes de cerrar las puertas detrás de él.
-O-
Un puñetazo brutal iba dirigido a un saco de boxeo desgastado y era sorprendente que la arena que lo llenaba no saliera por uno de los muchos rasgones y rendijas que tenía.
Un gruñido bajo emitido por el boxeador mientras otro feroz golpe iba dirigido al ya desgastado saco de boxeo.
—Perra estúpida, ¿quién se cree que es para ignorarme? Soy su jodida pareja, ¡tiene que hacerme caso, maldición!
Otro puñetazo y una patada y salió la arena.
Inuyasha se quedó mirando con sus ojos dorados de furia mientras la arena salía suavemente del saco de boxeo y caía al suelo, haciendo rápidamente un montón que las sirvientas limpiarían después. ¿Por qué lo ignoraba? ¿Qué había hecho, qué había dicho?
Frunciendo las cejas pensativamente, Inuyasha cerró los ojos y repasó los eventos del día, intentando pensar en lo que pudo haber dicho para enfadar tanto a su novia.
… Nada.
Gruñendo de frustración e ira, le dio una patada a la pila de arena y se fue al otro lado del gimnasio, necesitaba algo más a lo que pegarle para ventilar su ira. Al no ver nada adecuado, un gruñido peligroso retumbó en su interior y se dirigió a la pared de piedra, estrellando los nudillos contra el cemento y creando con éxito una incisión bastante profunda. No sintió el dolor ascendiendo por su brazo, no sintió la sangre saliendo de sus dedos y pasando por sus garras que se hundía en la carne de la palma de su mano.
En su lugar, sintió otra clase de dolor, un dolor que hiere el corazón, corta profundamente y restalla en el interior.
Apretando los ojos con fuerza, Inuyasha se derrumbó sobre sus rodillas, apoyando la frente contra el frío cemento de la pared. Le dolía, lo admitía. Le dolía profundamente que la mujer que amaba lo ignorara completamente y que no le dirigiera la palabra.
Que lo ignoraran ya directamente lo cabreaba. Pero nunca habría pensado que le dolería tanto cuando el ignorar venía de Kagome. Sí, lo habían ignorado antes y siempre se peleaba y se quedaba así. Cuando Kikyou lo ignoraba…
—Keh. Para de lloriquear, Kagome. Kikyou nunca lloriqueaba.
… Mierda.
Al darse cuenta, abrió de golpe sus ojos ambarinos, con la boca ligeramente abierta. Había… ¿dicho eso? Había comparado a Kagome, su amor, su todo… ¿con Kikyou, la perra cornuda con el corazón de hielo?
Por eso lo estaba ignorando. Había comparado a Kagome con Kikyou y, obviamente, a Kagome no le había gustado.
Ahora que lo pensaba, no creía que a ninguna chica le gustara compararse con Kikyou. Era simplemente…repulsivo.
Exhalando sonoramente, volvió a cerrar los ojos y se golpeó la cabeza contra la pared un par de veces, ignorando el dolor añadido que le estaba causando a su ya doloroso dolor de cabeza.
—Estúpido, estúpido, estúpido…
Unos minutos después, Inuyasha respiró hondo y se levantó lentamente, pasándose una filosa mano por sus mechones blancos como la nieve.
—Tengo que hablar con ella. Tengo que hacer algo… tiene que entender que no lo decía en serio. —Dejó que sus ojos inspeccionaran el gimnasio e hizo una mueca al ver el saco de boxeo hecho jirones y la arena amontonada en el suelo. Sango iba a estrangularlo. Era el sexto del mes.
—Oi… tengo que dejar de destrozar esas cosas. —Se quedó mirando el montón de arena un poco más antes de salir del gimnasio, con toda la intención de encontrar a su novia y darle la tan necesaria explicación.
Una disculpa.
Hizo una mueca.
—Maldición… esto va a ser un desafío… sé que Kagome no me va a escuchar. Pero… tengo que intentarlo.
-O-
Tras unos buenos diez minutos de búsqueda, Inuyasha la encontró en su habitación (donde era obvio que iba a estar, por qué no había mirado allí en primer lugar no lo sabía), sentada en la cama con Shippo dormitando en su regazo, su expresión oscura y su mano acariciando suavemente el pelaje naranja del niño. No le hizo caso cuando llamó a la puerta, ni se molestó en mirarlo cuando entró al no oír respuesta del interior. Le molestó un poco que siguiera ignorándolo, pero se tranquilizó antes de que empezara a gritarle y a hacer algo precipitado. Como normalmente hacía cuando estaba cabreado.
Respirando hondo, Inuyasha fue hacia donde estaba y se sentó, notando que la expresión de Kagome permanecía neutral y que su mano acariciaba el pelo de Shippo casi mecánicamente. Dobló las orejas con un poco de pena, abrió la boca y estuvo a punto de hablar, pero Kagome fue más rápida.
—No —susurró, sus ojos chocolates carentes de emoción.
Inuyasha cerró la boca inmediatamente ante la sencilla palabra y parpadeó en su dirección. ¿No quería oír su explicación? Estaba bastante seguro de conocer el significado detrás de esa palabra, pero preguntó de todas formas:
—No, ¿qué?
Bajó la cabeza, el flequillo de pelo negro azabache ocultó sus ojos.
—No te expliques. No quiero oírlo. —Su tono era helado y su mano había parado sus caricias en el pelo del niño.
Frunció el ceño y la miró interrogante.
—¿Por qué?
Sus manos se cerraron en puños, notó Inuyasha, y sus nudillos se volvieron blancos de la fuerza que les estaba imprimiendo.
—No quiero que me comparen con ella, Inuyasha. Nunca. Así que sugiero que pares mientras puedas. No soy ella, ni nunca seré ella. Así que… vete. No quiero hablar contigo ahora mismo —declaró en voz baja, su voz se quebró un poco mientras apartaba la cabeza de él.
Un sonoro suspiro escapó de sus labios y se pasó una mano filosa por su canosa melena.
—Kagome, si me escucharas…
—¡No! —Giró repentinamente la cabeza hacia él, sus orbes cafés irradiaban un fuego ardiente destinado a intimidarlo mientras lo fulminaba con la mirada—. No quiero oír lo que tengas que decir, Inuyasha. Será una pérdida de nuestro tiempo, así que vete y presume de tu perfecta Kikyou a la que tanto adoras —siseó Kagome con el sarcasmo goteando de sus palabras, tenía la mandíbula fuertemente apretada y sus ojos se entrecerraron en rendijas marrones.
Inuyasha escupió.
—¿Perfecta? ¿Adoro? ¡Joder, Kagome, odio a esa zorra y lo sabes muy bien! —protestó, su temperamento se alzaba. Lo admitía, sabía cómo irritarlo—. Kagome, por favor…
—¡He dicho que no, maldición! —Puso a Shippo a su lado con suavidad, agradecida de que tuviera el sueño profundo, probablemente ya se habría despertado con su discusión si no fuera así. Kagome echó las piernas a un lado de la cama y se levantó, su figura rígida mientras miraba con mal humor a su novio, sus manos cerradas en puños a sus costados.
Inuyasha también se levantó, su paciencia con su novia se estaba reduciendo considerablemente. Suponía que su impaciencia con él también pendía de un último hilo, a juzgar por la dura mirada que le estaba dirigiendo. Bueno, si iba a ser así, combatiría el fuego con fuego.
—¿Quieres cerrar la puta boca y escucharme, niña? Si me dejaras explicarte…
—¡He dicho que no quiero oírlo! —Se dio la vuelta abruptamente y se dirigió hecha una furia hacia la puerta, pero una mano le atrapó rápidamente la muñeca, evitando que fuera a ninguna parte—. Suéltame, Inuyasha. Ahora.
—No, creo que no lo voy a hacer —fue su engreída respuesta antes de girarla y atrapar la mano que había ido volando hacia su mejilla con su mano libre—. La violencia no es necesaria, Kagome. Sólo quiero hablar. —Cómo había conseguido calmarse en cuestión de segundos era algo que no sabía, pero no le importaba demasiado en ese momento mientras la miraba con seriedad, su agarre sobre sus muñecas se aflojó un poco sin soltarla completamente.
Kagome siguió intentando liberarse de su agarre sin éxito. Estaba empezando a cabrearla hasta un límite que no creía posible. Pero ahí estaba, empujando más y más para llegar a ese límite.
—He dicho que me sueltes, idiota pomposo. —Intentó darle una patada, pero esquivó su pie con facilidad.
Le gruñó.
—Para ya, Kagome, estás comportándote como una niña mimada. Y tampoco te lo estás poniendo más fácil. Ahora, ¿por qué no sientas el culo y me dejas explicarme antes de que saques conclusiones precipitadas? —dijo Inuyasha con dureza, sus manos todavía no habían liberado sus muñecas de su agarre.
Kagome fijó la mirada en él durante un rato antes de entrecerrar los ojos y soltar un profundo suspiro, dirigiéndole un pequeño asentimiento con un mascullado "Bien".
La expresión de Inuyasha se suavizó ligeramente y también soltó un suspiró, liberando al fin sus muñecas, observando silenciosamente a Kagome mientras volvía a sentarse en la cama, pero negándose a mirarlo. A Inuyasha no le importaba demasiado siempre y cuando le escuchara. Se puso en cuclillas delante de ella y apoyó los codos en las rodillas, sus manos colgaban entre sus piernas.
—Kagome… lo siento, ¿vale? No quería… no pretendía decir eso. De verdad que la odio y espero que se muera y arda en el infierno.
Oyó un resoplido de su parte, casi como un sonido de acuerdo y sus esperanzas se elevaron un poco. Bueno, hasta ahora iba bien.
—La verdad es que no sabía lo que decía. Salió de mi boca antes de poder detenerme y salió más fuerte de lo que pretendía. —Con vacilación, como si tuviera miedo de que lo rechazara, Inuyasha alzó una mano y rozó suavemente su sonrojada mejilla con los nudillos, haciendo que Kagome saltara ligeramente, pero no para apartarlo, ni para hacer algo—. Nunca se me ocurriría compararte con ella, Kagome. Nunca. Tú eres todo lo que ella no es y doy las gracias por tenerte a mi lado, como mi chica… mi todo. —Vale, ¿quién demonios estaba hablando? Porque estaba claro que no podía ser él, nunca diría algo tan cursi como eso… ¿verdad? Pero en lo referente a Kagome… nunca sabía lo que decía, ni tenía control sobre sus acciones. Y tampoco podía decir que le importase.
Debía de haber dicho algo bien, porque Kagome ahora lo miraba con esos grandes ojos chocolates que tanto adoraba. Bajando la mano de su mejilla, Inuyasha cogió su mano y entrelazó sus dedos, dándole un apretón reconfortante. Un bonito rosa tiñó las mejillas de Kagome mientras lo hacía y no pudo evitar la pequeña media sonrisa que adornó sus labios ante la muestra.
Un pulgar afilado acarició su mano con cariño y un suspiro escapó de sus labios.
—Kagome… odio que me ignores. Pero odio más aún que estés así de afligida. ¿Me perdonas? ¿Por favor? —Sus orejas se aplastaron contra la cabeza, sus ojos del color de la miel contenían tanto anhelo que a Kagome le resultaba difícil apartar la mirada de ellos.
Intentando ignorar el dedo que le acariciaba la mano con tanto amor, el aliento de Kagome se le quedó atrapado en la garganta ante el ruego de su voz, sus ojos marrones inspeccionaron su rostro en busca de alguna señal de engaño. ¿De verdad podía confiar en sus palabras? ¿Debía perdonarlo y olvidarse? Le había dolido mucho cuando la había comparado con Kikyo y todavía le dolía ahora pensar en ello. Él sabía cuánto odiaba a Kikyou, casi tanto como él. Entonces, ¿por qué había dicho eso? ¿Estaba diciendo la verdad cuando había dicho que no sabía lo que estaba diciendo hasta que fue demasiado tarde? ¿O sólo la estaba adulando y disculpándose para poder saciar sus deseos?
Kagome se mordió el labio y volvió a apartar la mirada, un ruido de irritación resonaba al fondo de su garganta. Maldición, esto era duro. No sabía si podía perdonarlo para que pudieran volver a estar de buenas o contenerse y hacerle probar que no lo había dicho en serio. Quería escoger la primera, de verdad que sí, pero algo la retenía de darle voz a sus pensamientos. Pero el tema era que no sabía qué.
Deseando levantarse y empezar a darle puñetazos al objeto sólido más próximo, que probablemente era Inuyasha, por todas las preguntas sin respuesta, Kagome optó por suspirar en su lugar y luego miró con valentía las piscinas de oro fundido de sus profundidades chocolates. Una oreja se movió y se alzó ligeramente en lo alto de la cabeza de Inuyasha y Kagome tuvo que contenerse para no enternecerse y coger el apéndice con su mano para empezar a frotarlo.
Le dio un apretón a su mano, e Inuyasha se lo devolvió.
—Inuyasha… de verdad que no lo sé. Hay más preguntas pasando por mi cabeza de las que puedo llevar la cuenta. Es confuso y, para serte sincera, odio estar confundida. Me hace sentir vulnerable a las trampas de la mente humana e intento evitarlas tanto como puedo. Y ahora mismo… —Kagome hizo una pausa, bajó la mirada hacia sus manos unidas—. Ahora siento como si toda mi vida fuese una trampa esperando a activarse para poder dañar mi corazón y debilitar mi espíritu.
Inuyasha abrió los ojos como platos ante sus sentidas palabras y parpadeó, con la boca ligeramente abierta. ¿No le creía? Pensaba que todo lo que había dicho, todo, ¿no era verdad? Sin rendirse, Inuyasha inhaló y cubrió sus manos con la mano libre, ámbar y chocolate unidos en una intensa mirada.
—Dime qué hacer, entonces. ¿Qué puedo hacer para que me creas? —preguntó, desesperado por alguna clase de idea para que entendiera. Aunque le dolía saber que su amada no creía en sus sinceras palabras, todavía haría lo que pudiera para hacer que le creyera. Tenía que hacerlo. Cualquier cosa por Kagome.
Kagome respiró entrecortadamente y se lamió sus secos labios, empujando el nudo que se había formado en su garganta.
—Quiero que lo demuestres —susurró con voz entrecortada—. Quiero que demuestres que no lo decías en serio… y que me quieres.
Se le quedó mirando, con la expresión en blanco mientras Kagome liberaba sus manos y se levantaba, rodeando su cintura con los brazos antes de ir hacia la puerta, saliendo de la habitación y cerrando suavemente la puerta detrás de ella.
Inuyasha permaneció agachado en el suelo unos segundos más antes de que un profundo suspiro escapara de su boca mientras se levantaba, sentándose en la cama para fijar la mirada impasible en las puertas cerradas.
—Kagome… Lo siento…
Los ojos dorados se cerraron y hundió la cabeza en las manos, un gemido estrangulado escapó de su boca.
