Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.
Baile peligroso
Capítulo veintiuno: La mejor prueba
-O-
Era un día ajetreado en la mansión Takahashi, ya que era la víspera de la fiesta. Todos se estaban preparando para la gala, corriendo por la mansión, haciendo recados, comprando, etc. Sango les había mandado a las sirvientas y a los mayordomos que dejaran la mansión impoluta mientras ella inspeccionaba todo y daba más órdenes. Ninguno de los empleados se quejó, por supuesto. Les pagaban mucho por ello, después de todo.
Ayame había aceptado quedarse en la mansión con Kouga y los demás cuando Kouga se lo pidió, junto con un suave beso en los labios.
Mystique se había pasado a petición de Naraku y al fin había conocido al resto de la banda, incluyendo a Kagome y Ayame. Se había quedado un rato, charlando con todos salvo con Inuyasha. Él se había ido después de que se la presentaran a solo Dios sabía dónde.
Sesshomaru se había ido cerca del mediodía, insistiendo en que tenía que ir a buscar a Rin y hablar con ella de algo. Pero todos sabían que era mentira. Probablemente se había inventado esa excusa para ir a verla. Claro que sentía algo por la chica, a juzgar por cómo estaba siempre mirando por la ventana inexpresivo en su estudio o a juzgar por cómo miraba el mundo como si no tuviera idea de nada, y eso sólo indicaba que se había retirado a su pequeño mundo que, sin duda, consistía en Rin, Rin y más Rin. Era bastante entretenido verlo en ese estado, en realidad.
Pero la gruesa tensión en la vivienda era lo que los tenía a todos taciturnos y recelosos.
La pareja principal de la casa se había estado ignorando por alguna razón desconocida durante dos días sin dormir y la tensión entre ellos había ido ascendiendo desde la pequeña conversación en la habitación de Kagome. Las demás parejas de la mansión tuvieron que ir con pies de plomo sobre el tema del otro personaje cuando hablaban con uno de ellos, si no les dejarían de hablar o les fruncirían el ceño o les insultarían.
Kagome se había quedado callada y se había encerrado en su habitación durante buena parte de esos dos días, y Sango y Ayame habían intentado hablar con ella varias veces para hacerle confesar lo que había pasado entre ellos. Pero no quería hablar. Simplemente sonreía y decía que no era nada, y luego desaparecía el resto del día, solo para que la encontraran luego en la biblioteca o en los jardines.
En cuanto a Inuyasha, parecía tener un frunce permanente en su rostro mientras caminaba por la mansión y tenía tendencia a contestarle a cualquiera que se molestara en hablar con él. Todavía no había encontrado la forma de hacer que Kagome le creyera y le molestaba todavía más de lo que ya estaba. Miroku había intentado persuadirle para que hablara, pero ese plan no tuvo mucho éxito. Los detalles no los revelaremos… por seguridad.
Ahora, todavía cabreado porque tenía que pensar en algo, Inuyasha se descargó en su gimnasio, dándole puñetazos al nuevo saco que se había comprado ayer. Sin duda, este terminaría en un montón de cuero destrozado y arenas al final de su sesión de puñetazos.
Miroku estaba sentado en la esquina, junto con Kouga y Sango, observando silenciosamente mientras la estrella del pop seguía dando puñetazos y patadas al ya molido saco repetidas veces, a veces oían maldiciones.
El silencio entre los cuatro continuó durante otra media hora antes de que Kouga decidiera que ya no lo soportaba. Con un gruñido bajo de ligera molestia, el lobo se levantó y fue hacia el agresivo hanyou, poniéndose a su lado y cruzándose de brazos, con un profundo frunce escrito en su cara.
—Vale, chucho, esto ha ido demasiado lejos. Cuéntanos de una vez qué se te ha metido por el culo y se ha muerto —preguntó, con una fuerte ceja arqueada hasta el espeso flequillo de color negro.
Miroku y Sango contuvieron la respiración mientras esperaban la respuesta del hanyou.
Inuyasha pareció ignorarlo, la única señal de que hubiera oído al lobo fue que su frunce se profundizó y sus puñetazos se volvieron más fuertes.
Poniendo sus ojos azules en blanco ante la actitud del cantante, la mano de Kouga se lanzó a agarrar la muñeca del hanyou antes de que entrase en contacto con el saco de boxeo. Inuyasha gruñó a modo de advertencia e intentó sacar la mano del agarre, pero Kouga lo sostuvo con firmeza.
—Para de comportarte como un niño, Inukoro. Tú y yo sabemos que esto ha durado más de lo debido y, sinceramente, no eres el único que se está cabreando. Así que te sugiero que empieces a hablar antes de que pase a la fuerza bruta. Y sabes que lo haré. —Apretó su muñeca con fuerza para dar énfasis y las orejas de Inuyasha se aplastaron contra su cabeza, con un fiero gruñido resonando desde su garganta.
Permaneció en silencio, pero esta vez sacó con éxito la muñeca del agarre del demonio lobo y se dio la vuelta para fulminarlo con la mirada, sus ojos dorados brillaban con furia.
—¿Y por qué demonios debería contártelo, bastardo? —dijo en voz baja, con el labio retraído en un gruñido.
Miroku se tomó la libertad de responder.
—Porque, Inuyasha, nos estamos preocupando. Has estado enfurruñado los dos últimos días y, si no nos lo cuentas, no podremos hacer nada por ayudarte con tu problema. Así que si confiesas lo que tienes en mente, podremos encontrar una forma de arreglarlo —concluyó el batería, poniéndose en pie y dando un paso adelante.
—Y —añadió Sango—, puede que también podamos ayudar a Kagome si nos dices qué pasa. Parece tan deprimida y triste, y no soporto seguir viéndola así. Es una de mis mejores amigas y quiero hacer todo lo que pueda para volver a oírla reír —declaró, con la más suave de las sonrisas adornando sus labios.
—¡Pero Sango! —protestó Miroku, con una mano sobre el corazón—. ¡Pensaba que yo era tu mejor amigo!
Sango lo fulminó con la mirada.
—Calla, houshi. Si escucharas con más atención, me habrías oído diciendo "una" de mis mejores amigas, no "mi mejor amiga" —declaró objetivamente.
Miroku parpadeó y luego sonrió.
—Ah. De acuerdo entonces, querida Sango.
Ella puso los ojos en blanco.
Fue Kouga quien habló a continuación.
—Bueno, ahí lo tienes, chucho. Toda la prueba que necesitas de por qué deberías contárnoslo. —Una repentina sonrisa de formó en sus labios—. Así que confiesa.
Inuyasha los miró de uno en uno, con un frunce todavía en el rostro. Las palabras de Sango habían desatado algo en su interior. Él también quería escuchar su risa melodiosa, ver su radiante sonrisa y mucho más. Extrañaba tocarla, sus besos, sus abrazos.
La echaba de menos.
Su frunce se desvaneció y suspiró profundamente, pasándose una mano por su canosa melena. Un gruñido de frustración se escapó de sus labios y se apoyó contra la pared, hundiéndose hasta sentarse en el suelo, con las rodillas dobladas.
—No lo sé. Es que… joder, no lo sé. —Otro gruñido airado retumbó en su interior y exhaló.
—Bueno, para empezar, podrías contarnos lo que pasó entre vosotros dos —sugirió Kouga con una risa silenciosa.
Fulminando al lobo con la mirada, Inuyasha gruñó.
—Cállate, saco de pulgas, si tuvieras un poco de paciencia, sabrías que eso iba a hacer —gruñó, los ojos ambarinos brillaron peligrosamente—. Pero como tienes tantas ganas de saberlo, supongo que iré al grano. —Recostándose contra la pared, cerró los ojos y explicó lo que había pasado entre Kagome y él hacía dos días.
Todos escucharon atentamente, asintiendo de vez en cuando para indicar que estaban escuchando.
Cuando terminó, la sala volvía a estar en silencio, salvo los suaves gruñidos del hanyou que se encontraba en el suelo. Los tres miembros de la banda lo miraron con una mezcla de expresiones de pena y algo que decía "¿eres tonto?".
La pausa tensa continuó hasta que Kouga no pudo soportarlo más.
—Bueno, eso ha sido muy estúpido por tu parte.
Inuyasha gruñó.
—Lo sé.
Miroku lo comprobó dos veces y se quedó boquiabierto.
—¿Quieres decir que admites que hiciste algo estúpido?
Una mirada helada fue en su dirección no sólo por parte de Inuyasha, sino también de la mujer que estaba en la sala.
El batería se encogió y se rio con nerviosismo.
Poniendo los ojos en blanco, Inuyasha suspiró y hundió la cabeza en las manos.
—Así que ahora sigo sin tener ni idea de qué demonios voy a hacer. ¿Alguna sugerencia? —Volvió a levantar la cabeza y a mirar a los miembros de su banda con una mirada insípida.
Los tres compartieron una breve mirada antes de que los dos hombres decidieran dejárselo a la mujer y se fueran lo más rápido que pudieron sin que pareciera demasiado obvio.
Inuyasha los observó marcharse con una ceja arqueada y luego volvió su atención hacia Sango, y de repente tuvo ganas de meterse debajo de una piedra y quedarse allí.
Sango estaba iracunda, con la cara roja de la ira mientras fulminaba con la mirada la puerta, con las manos cerradas en puño con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—Maldición… idiotas…
Tras el corto miedo a su representante, Inuyasha se cubrió la boca para ahogar una risita y apartó la mirada.
Devolviendo su atención a la estrella del pop, Sango entrecerró los ojos y resopló, cruzándose de brazos y arqueando una fina ceja.
—Bueno, Inuyasha, odio decirte esto, pero vas a tener que resolver este problema por ti mismo. Todos desearíamos poder ayudarte, perro… tú fuiste el que lo estropeó, ahora tienes que arreglarlo. —Con esas sabias palabras, su expresión se suavizó y le sonrió—. Lo siento, Inuyasha. Pero no te preocupes. Ya pensarás en algo. —La representante de la estrella del pop le guiñó un ojo con una sonrisa y se fue del gimnasio, cerrando la puerta suavemente detrás de ella.
A Inuyasha lo dejaron en el suelo, con la cabeza otra vez entre las manos y murmurando maldiciones por lo bajo. Su camiseta naranja llenaba su visión mientras bajaba la mirada, las palabras "El paintball me arruinó la vida… pero valió la pena" eran visibles en lo alto de su camiseta.
Naranja… naranja…
De repente, alzó la cabeza, sus ojos dorados estaban muy abiertos debido a la revelación.
—Espera… ¿tal vez pueda…?
Aunque odiaba la idea, podía ser lo que necesitaba para demostrar cuánto quería a su Peligrosa Bailarina.
Con los ojos todavía más abiertos, Inuyasha se levantó rápidamente de su sitio en el suelo y salió hacia la puerta, abriéndola de golpe y corriendo por el pasillo.
-O-
Pasó el día sin contratiempos y, lo que era raro, sin que su jefe la molestara con que se acostase con él. Su turno al fin había terminado y un compañero la había relevado.
Cerrando la puerta detrás de sí, Rin suspiró y se dio la vuelta, notando el aire fresco y un poco frío. Miró la gasolinera y ladeó la cabeza al no ver a su insistente supervisor por ninguna parte. No estaba dentro cuando había mirado, así que tenía que estar fuera, en alguna parte.
La fiesta era al día siguiente y todavía tenía que pedirle al señor Shynoko si podía darle el día libre. No se esperaba esto. Sin duda sólo le diría que sí si aceptaba acostarse con él, ante lo que prefería morir antes que hacerlo. Y quién sabía lo que haría él si se lo negaba. Puede que al fin decidiera despedirla, o peor, intentar…
Tragó el nudo de nervios de su garganta y dio un profundo respiro. No, no iba a hacer eso. Tenía más honor que eso, ¿verdad?
Mordiéndose el labio inferior, Rin se dirigió a su coche a un paso sospechosamente lento. Primero metería las cosas en su coche y luego iría a buscar a Kinso. Sí, primero haría eso. Abriendo la puerta de su coche, depositó sus cosas en el asiento de atrás antes de cerrarla y darse la vuelta… sólo para encontrarse cara a cara con su jefe.
Jadeó y se apoyó instintivamente contra su coche.
—¡Se-Señor Shynoko! Estaba a punto de ir a buscarlo —dijo Rin con una sonrisa forzada mientras lo miraba a sus ojos negros como el carbón.
Kinso le sonrió, mostrando sus dientes amarillos. Rin intentó no encogerse ante su horrible aliento cuando dijo:
—Rin. ¿Ya terminó tu turno? —preguntó, apoyando una mano en su coche, a su izquierda, apoyando su peso en su brazo.
Rin se inclinó hacia la derecha.
—Eh, sí, así es. —Contuvo el aliento—. Mm, señor Shynoko…
—Kinso, Rin.
—Tengo una pregunta que me gustaría hacerle…
Kinso arqueó una ceja y frunció el ceño.
—¿Cuál?
Tragando saliva, compuso la sonrisa más dulce que pudo poner.
—Señor… Kinso.
El señor Shynoko sonrió ampliamente.
—¿Cree que me puede dar mañana el día libre? Verá, me han invitado a una fiesta y… —se apresuró a explicar Rin, con las manos moviéndose violentamente.
—Claro, cariño.
—Es algo que sólo que pasará una vez y… —se detuvo abruptamente y parpadeó, boquiabierta—. Acaba… ¿acaba de decir que sí?
Kinso asintió, limpiándose los dientes con la uña.
Los ojos de color canela se abrieron como platos y una sonrisa se abrió paso en su rostro.
—¿En serio? ¿Me deja tomarme el día libre? —Él volvió a asentir—. Oh, señor Shynoko, ¡muchas gracias! Se lo agradezco mucho. ¡No se arrepentirá, lo prometo! —Antes de que tuviera tiempo para registrar sus actos, se inclinó hacia arriba y lo besó en la mejilla, haciendo un pequeño baile de la victoria después y abriendo la puerta de su coche. Justo cuando estaba a punto de subirse, tres palabras la paralizaron y su rostro se quedó sin color.
—Con una condición.
Oh, no… Por favor no digas lo que creo que vas a decir… Apretando los labios, se dio la vuelta lentamente y alzó la mirada hasta su gerente una vez más, con una pequeña y ligeramente nerviosa sonrisa en los labios.
—¿Sí, señor Shynoko?
Kinso se la quedó mirando un buen rato antes de atraparla entre él y su coche con sus brazos, con su cabeza inclinándose para acercarse a la de ella. Chilló y se echó hacia atrás todo lo que pudo, conteniendo el aliento.
—Acuéstate conmigo. —Su voz era ronca con un deje de lujuria.
Su estómago parecía haberla abandonado y cinco tonos de rojo pintaron su rostro mientras lo miraba.
—P-pero señor Shynoko, sabe que no puedo hacerlo…
—Entonces mañana no tienes el día libre. Así de simple —declaró con un encogimiento de hombros, pero no se apartó.
El miedo se aferró a su corazón y luchó por controlar su respiración.
—Seguro que puede encontrar otra cosa…
—Nada.
Ay madre… ¿y ahora qué? De verdad que quiero ir a esta fiesta… pero mañana no puedo tener el día libre. Se mordisqueó el labio inferior y apartó la mirada, intentando desesperadamente que se le ocurriera algo. Pero la única opción que surgía en su mente era la más desagradable y no quería hacerla. Pero… era lo mejor, suponía. Si lo hacía, ya no tendría que aguantar sus continuos chantajes y seducción. Además, tampoco tendría que sufrir el que fumara. Además, se despediría del indeseado contacto sexual.
Así, con renovada confianza a salvo en su corazón, Rin se enderezó y lo miró directamente a los ojos, sin dudar ni una vez mientras decía las siguientes palabras:
—Kinso Shynoko, lo dejo.
Las palabras chocaron contra él como una patada en el estómago, y los orbes negros de Kinso se abrieron como platos antes de que su cara se contorsionara en un fiero frunce, sus cejas se fruncieron peligrosamente.
—No puedes dejarlo. ¿Dónde vas a trabajar si no? Necesitas el dinero que te doy, Rin, y te daría aún más que tu paga mensual si aceptaras mis condiciones —concluyó tensamente, sus manos estaban cerradas en puño. No iba a dejar que el objeto de sus deseos se alejara de él.
Rin permaneció desafiante, con su barbilla alzada con valentía.
—Encontraré otro trabajo. Un trabajo en el que paguen mejor, con un jefe que no ande detrás de sus empleadas. Adiós, señor Shinoko. —Y así, se dio la vuelta y empezó a subirse al coche una vez más, pero una mano la agarró por la muñeca y evitó que fuera a ninguna parte.
—¡Perra, no puedes irte así como así! —ignoró su exclamación de sorpresa y la agarró más fuerte de la muñeca, pero antes de que pudiera hacerle daño de verdad, una mano fuerte lo levantó por el cuello de su camisa, haciendo que soltara la muñeca de Rin con una exclamación y lo empujó hacia atrás con relativa facilidad, haciendo que chocara contra un lateral de la gasolinera con un gruñido de dolor.
Si Rin hubiera estado mirando al airado Kinso en ese momento en lugar de a su salvador con sorpresa y reverencia, habría visto la mirada asesina fija en el rostro de su exjefe mientras se esforzaba por ponerse de pie.
Mirando con los ojos bien abiertos a su salvador, el corazón de Rin dio un vuelco mientras los ojos color miel de su salvador se clavaban en los suyos.
—Eres… tú…
Una depilada ceja se alzó ligeramente ante su afirmación.
—Pensaba que ya habíamos acordado eso en nuestro último encuentro, Rin.
Sonrojándose, Rin negó con la cabeza y le sonrió al guitarrista.
—Mmm, gracias. Si hubieses llegado más tarde… —se interrumpió y miró sobre su hombro, palideciendo de inmediato—. Sess…
Antes de que terminase, Sesshomaru se dio la vuelta rápidamente y estiró un brazo, agarrando la garganta de Kinso y apretando.
Kinso se ahogó y escupió, con los ojos fuertemente cerrados mientras sus manos tiraban de la mano filosa que le rodeaba el cuello, intentando coger aire.
—Maldito… bastardo… —dijo entre dientes, con sus negros orbes abriéndose en rendijas de carbón.
Sesshomaru entrecerró los ojos y añadió más presión a su cuello, decidido a romperle la tráquea si era necesario.
—Humano, no estás en posición de llamarme esas cosas. Podría romper fácilmente tu flaco cuello de mortal con el más mínimo apretón de mi mano —explicó el taiyoukai ominosamente, añadiendo presión para enfatizar lo que decía.
El antiguo jefe de Rin escupió e intentó sacar su mano de su garganta con todas sus fuerzas, pero no sirvió de nada. Su cara roja estaba quedándose rápidamente sin color y sus intentos de liberarse estaban debilitándose.
El youkai perro miró impasible al humano que colgaba penosamente de su mano.
—Verdaderamente patético. —Le dio un último apretón en el cuello antes de soltarlo, observándolo mientras se caía al suelo de cemento con un golpe sordo.
Kinso jadeó, una mano frotaba su rojo y dolorido cuello mientras la otra soportaba su peso contra el suelo.
Rin lo miró sin compasión, su odio por él se multiplicó por diez.
—Espero no tener que volver a verte, Kinso. Y uno de estos días te denunciaré por acoso sexual, no solo hacia mí, sino también hacia tus otras empleadas. —Sonrió de repente—. Pero hoy no lo haré porque me siento benévola. Y, muy dentro de ti, no eres más que un niño debilucho, perdido y asustado que acude a otros para que resuelvan sus problemas. Eres patético, Kinso Shynoko. —Frunció el ceño en su dirección—. Púdrete en el infierno, bastardo. —Y con eso, irguió la nariz y se fue con orgullo, sintiendo que una pesada carga se había levantado de sus hombros. Y así había sido. Pero no se había dado cuenta hasta ahora.
Sesshomaru le dirigió una mirada glacial antes de seguir a Rin y cogerla delicadamente por el brazo para detenerla.
Ella se detuvo, soltó un suspiro que no sabía que había estado conteniendo y se desplomó contra un coche cercano, sosteniendo la cabeza con las manos.
Perplejo ante las acciones de la chica, Sesshomaru apoyó una mano en su hombro, preocupado.
—¿Estás bien, Rin?
Respirando hondo, Rin lo soltó lentamente y alzó la mirada a la de preocupación de su amor. Se sonrojó y se aclaró la garganta.
—Estoy bien. Simplemente… nunca he tenido el valor para hablarle así antes al señor Shynoko y me siento… —Se detuvo, mordiéndose pensativamente la mejilla—. Me siento… bien —terminó Rin con una ligera risa, sus orbes canela brillaban con confianza y orgullo.
Sintiendo los inicios de una pequeña sonrisa tirando de las comisuras de sus labios, Sesshomaru asintió y la miró rápidamente de arriba abajo.
—No estás herida, ¿no?
Rin sonrió y negó con la cabeza.
—No, no lo estoy. Llegaste justo a tiempo, antes de que pudiera hacerme daño de verdad. —Se atrevió a asomarse a donde habían dejado al patético hombre y algo tiró de su corazón cuando vio que no había nadie sentado en el suelo de cemento.
Sesshomaru siguió su mirada y frunció el ceño. ¿A dónde se había ido el humano?
—Sesshomaru. —La voz de Rin devolvió su atención a ella—. No quiero quedarme aquí. Vámonos. Kinso podría estar en cualquier parte y no quiero quedarme para descubrir a dónde se ha ido.
Siguiendo su lógica, el youkai asintió y la siguió cuando se dio la vuela y volvió a su coche. Olisqueó tentativamente con intención de captar el olor del malvado y descubrir a dónde se había ido mientras Rin metía la cabeza en el coche para ver si Kinso se había escondido allí. Su olor giró bruscamente detrás de la gasolinera y un presentimiento tiró de su corazón. ¿Qué trama?
—Sesshomaru, venga. Salgamos de aquí.
Apartando los pensamientos sobre el paradero del hombre, Sesshomaru dejó salir el más pequeño de los suspiros de sus labios antes de ir tranquilamente hacia su coche y subir al asiento del copiloto. Rin encendió el motor y se fueron. A dónde, solo Kami lo sabía.
-O-
Fuera estaba oscuro cuando Inuyasha tuvo al fin el valor de confrontar a Kagome, habiéndose pasado la mayor parte del día pensando en cómo y en qué decirle. Nunca se le había dado bien eso y dudaba que se le diera bien ahora. Había evitado pedirles ayuda a los demás. Sango ya se lo había dejado bastante claro cuando le dijo que tenía que hacerlo él solo. Así que lo haría solo, maldición. No necesitaba que nadie le ayudara con su problema.
Así que ahora el hanyou estaba fuera de la habitación de Kagome, con una mano lista para llamar a su puerta, pero algo le impedía hacerlo. ¿Y si seguía ignorándole? ¿Y si no le creía? O… ¿y si le decía que ya no le quería y que no quería volver a verle? Después de todo… solo era un hanyou, un mestizo, la escoria sobre la tierra, peor que una basura. O eso le habían dicho cuando era pequeño. Ahora ya nadie se atrevía a hablarle así, dado que era una famosa estrella del pop. Podría hacer que despidieran a alguien si así lo deseaba. Así que, ¿quién podría amarlo? Todavía le sorprendía que Kagome también lo amase a él. Se merecía algo mejor que él, alguien que no la comparase con su exnovia. Kagome era la definición exacta de la pureza, se merecía a alguien igual de puro y leal.
Así que… tal vez debería olvidarse del tema mientras tenía la oportunidad. Él era de todo menos puro, ya que tenía sangre demoníaca y humana fluyendo por sus venas. No se debería merecer la mansión en la que vivía, los amigos que se preocupaban por él, el respeto que le daba la gente.
El amor y la confianza de una mujer hermosa.
Suspirando profundamente y bajando la mano a su costado, Inuyasha negó con la cabeza, sus dudas dominaron la valentía que había en su interior. Pasándose una filosa mano entre sus mechones blancos, Inuyasha estaba a punto de irse cuando las puertas que tenía delante se abrieron, revelando a la mujer que ocupaba sus pensamientos de pie en el umbral con una expresión de sorpresa en el rostro.
—Inuyasha…
—K-Kagome…
El ámbar chocó con el chocolate y tanto hanyou como mujer se quedaron quietos, incapaces de apartar la mirada el uno del otro. La tensión entre ellos pareció girar rápidamente y una mezcla de emociones ascendió a la superficie.
A Kagome le dio un vuelco el corazón mientras miraba las piscinas doradas de su novio, la confusión y un poco de dolor eran evidentes en sus propias profundidades cafés. ¿Qué hacía allí? ¿Simplemente pasaba por allí? O… tal vez al fin había dado con una forma de demostrarle su amor.
Un atisbo de esperanza ascendió hasta su corazón ante eso último. Alzó la mirada hacia él casi con tristeza, esperando que fuera eso por lo que estaba allí, de pie ante ella. Kagome podía ver que estaba teniendo una lucha interna, sus ojos eran ventanas a su alma. Abrió varias veces la boca, pero no salió nada. Con la esperanza decayendo, Kagome suspiró por lo bajo e inclinó la cabeza, rodeándose el torso con los brazos. Pasó a su lado, caminando por el pasillo todavía cabizbaja cuando la suave voz de Inuyasha la detuvo en seco.
—Kagome… espera.
Él no miró atrás, con la vista centrada en el suelo alfombrado debajo de él. Sus manos se cerraron en puño, sus garras se enterraron en su piel, pero no le importó. Lo único que importaba en ese momento era sacar las malditas palabras de su mente convertidas en un discurso. Y maldita sea, lo haría, sin importar lo difícil que le resultase.
Kagome se quedó quieta, con los pies clavados al suelo. Quería moverse, salir de allí lo más rápido que pudiera, pero era como si sus pies tuvieran vida propia y no obedecieran sus deseos. Esas palabras, esas dos palabras las había dicho con tanto anhelo que se encontró dando la vuelta para mirar a su novio.
Inuyasha se había dado la vuelta y estaba ahora de cara a ella, su expresión era seria, sus ojos leoninos buscaban y se aferraban sus ojos marrones. Tenía que decírselo. Ya no tenía alternativa. Incluso si Kagome ya no quería estar con él… tenía que saber que todavía la quería con cada fibra de su ser.
Entonces, reuniendo su valor (era increíble cómo una simple humana podía ponerlo así) y respirando hondo, Inuyasha fue hasta su amada con pasos confiados, la mandíbula firme. Se detuvo delante de ella y le cogió la mano con la suya, adorando la forma en que su mano empequeñecía la de ella. Entrelazó sus dedos con cuidado y le satisfizo en secreto la forma en que sus mejillas se tiñeron de una bonita sombra rosada. La esperanza creció en su corazón ante el conocimiento de que todavía podía afectarla de esta forma.
Una pequeña media sonrisa jugueteó con las comisuras de sus labios mientras le acariciaba ligeramente la mano con la yema de su pulgar, teniendo cuidado con su garra.
—Kagome… por favor, escúchame. Sé… que fui un completo imbécil y fue estúpido por mi parte compararte con Kikyou.
A Kagome se le quedó el aliento atascado en la garganta cuando ese nombre atravesó sus labios.
—Y… sé que tienes todo el derecho a estar enfadada conmigo, y probablemente sigas estándolo, pero… por favor… escúchame —pidió Inuyasha, casi como un ruego, su mirada dorada la cautivó y asintió antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Sus ojos se iluminaron y amplió su sonrisa, dándole un tierno apretón a su mano.
—Kagome, te quiero… tanto que las palabras no bastan para empezar a explicar mis sentimientos.
En ese momento, sensaciones conocidas de lágrimas sin derramar estaban ardiendo en los bordes de sus ojos chocolates.
Continuó.
—Espero que confíes en mí y me creas cuando digo esto, koi. Esta… tensión entre nosotros es tal, que es difícil respirar cada vez que estoy cerca de ti. Pero, esta vez sé qué decir, qué hacer. Y solo espero que aceptes lo que te ofrezco. —Cerró los ojos y respiró hondo, preparándose para lo que estaba a punto de decir a continuación. No quería seguir adelante con eso, pero si eso significaba que Kagome volvería a ser feliz, que sonreiría y volvería a reír, haría lo que fuera.
A Kagome le dio un vuelco el corazón y su boca se abrió ligeramente mientras esperaba sus próximas palabras. ¿Al fin había encontrado una forma de demostrarle que la quería? ¿Después de dos largos días llenos de lágrimas? Volvió a abrir la boca y Kagome inspiró rápidamente, su mano apretaba la de él con aire ausente.
Vale… allá va…
—Kagome, yo… te doy permiso… para… —Joder, esto es más difícil de lo que pensaba—, para… —¡Dilo de una maldita vez! Suspiró con un poco de frustración. Vale, volvamos a intentarlo…—. Kagome, tienes mi permiso para ir a ver a… Kurama Unagiichi… cuando tú quieras. —Maldita sea, de repente siento como si me faltara el aire…
Los orbes cafés se abrieron como platos y Kagome se quedó boquiabierta. Acaba… ¿acaba de decir lo que creo que acaba de decir? Una repentina alegría la inundó y tuvo la súbita necesidad de dar saltitos y chillar como una colegiala a la que el chico que le gustaba la acabara de invitar al baile.
—¿D-De… de verdad? —susurró, las lágrimas no derramadas hicieron acto de presencia mientras bajaban por sus sonrojadas mejillas.
Mordiéndose la mejilla, Inuyasha asintió, sus ojos no se apartaron en ningún momento de los suyos. Sé que me voy a arrepentir…
Una brillante y lánguida sonrisa se extendió por su rostro y una risa ahogada salió de ella por entre sus labios mientras lo rodeaba con los brazos, enterrando la cara en su hombro.
—Oh, Inuyasha… me has hecho tan feliz —dijo con voz ahogada, con los brazos apretándose alrededor de su cuello.
Inuyasha gruñó mientras retrocedía unos pasos, sus brazos rodearon su cintura automáticamente. Dándose cuenta de repente de la posición en la que estaban, parpadeó y sonrió, con sus brazos apretándose a su alrededor mientras la atraía hacia sí, con la nariz enterrada en su pelo.
—Kagome…
Ella le dio un apretón antes de echarse hacia atrás, sonriendo hacia sus ojos ambarinos. Ahuecó su mejilla con la mano, acariciándola con delicadeza mientras se inclinaba hacia arriba y presionada sus labios contra los de él, los ojos avellana se cerraron.
El beso le llegó de repente, su estómago dio una voltereta y sus ojos se abrieron como platos antes de gruñir, cerrando dichos ojos y profundizando el beso. Dioses, cuánto lo había echado de menos. Cuánto la había echado de menos.
Kagome soltó una exclamación de sorpresa e Inuyasha aprovechó la ventaja para hundirse en su rosada caverna, con su lengua peleando con la de ella y explorando cada recodo. Kagome gimió suavemente y deslizó la lengua por su labio inferior, asomándose al interior para rebuscar en su húmeda gruta.
Entonces terminó igual de rápido que había empezado, para decepción de ambos. Apoyando su frente contra la de ella, Inuyasha jadeó y fijó la mirada en sus ojos chocolates con sus piscinas color miel, una mano se alzó para ponerle un mechón de pelo detrás de la oreja. De repente sonrió y Kagome parpadeó.
—No tienes ni idea de cuánto tiempo he estado deseando hacer eso —admitió sin aliento, dándole un suave mordisco en la nariz.
Kagome sonrió y se rio por lo bajo, suspirando mientras lo rodeaba con los brazos una vez más y apoyaba la cabeza en su hombro, cerrando los ojos.
—Creo que me lo imagino bastante bien.
Inuyasha suspiró y la sostuvo cerca de él, apoyando la mejilla en su cabeza.
—Dioses, Kagome… te he echado tanto de menos —susurró, apretando los brazos a su alrededor.
Kagome lo sostuvo con la misma firmeza, asegurándole que estaba allí, que era real en sus brazos.
—Yo también te he echado de menos, Inuyasha. —Ocultó la cara en su hombro, aferrándose a él como si fuera a desaparecer si lo soltaba. Entonces, se le ocurrió algo y se apartó, alzando la mirada a su amor—. Inuyasha… sobre lo que dijiste antes…
Sus orejas se aplastaron contra su cráneo y tuvo que contener un gruñido.
—¿Sí?
Notó que se tensaba y de repente se sintió culpable.
—Eh… ¿lo dijiste en serio? ¿Puedo ir a verle siempre que quiera? Es decir, no necesito que verlo… —dijo Kagome, sus ojos líquidos buscaron en sus derretidas profundidades ambarinas.
Frunciendo las cejas, Inuyasha suspiró y apartó la mirada.
—Sí, lo dije en serio. Si te hace feliz, Kagome… —Volvió a mirarla, su rostro era sincero—… Entonces te dejaré verle.
Kagome sonrió y volvió a abrazarlo, e Inuyasha le correspondió.
—Pero con una condición…
Parpadeando, Kagome se apartó y alzó la mirada hacia él, con el corazón hundiéndose en su pecho.
—¿Sí…?
—…Puedes verlo solo si voy contigo.
Sus músculos se relajaron mientras volvía a abrazarlo.
—Hecho.
Inuyasha también se relajó y se apartó, alzándole la barbilla y bajando la cabeza para capturar sus labios en otro ardiente beso.
Ninguno pareció darse cuenta de las cuatro cabezas que asomaban por la esquina, cuatro pares de labios se curvaron en la misma sonrisa.
-O-
Rin y Sesshomaru habían terminado, de alguna forma, en la mansión Takahashi sobre las diez después de haber cruzado la ciudad sin rumbo fijo, hablando de esto y de aquello, principalmente sobre la fiesta del día siguiente. Kagome y Rin tuvieron una reunión y se unieron inmediatamente en un abrazo al verse, chillando de felicidad. Ayame, como ya había visto a Rin, se había limitado a reírse y a quedarse a un lado con Kouga, observando a sus amigas abrazándose y sonriéndose. Después de su pequeño intercambio, se excusaron y se dirigieron a la habitación de Kagome. Pero antes de que Kagome tuviera la oportunidad de subir las escaleras, unos fuertes brazos le rodaron la cintura, evitando que fuera a ninguna parte.
Inuyasha y Kagome intercambiaron lo propio antes de dejar marchar a la sonrojada chica después de haberle proporcionado una docena de besos y caricias.
La casa al fin parecía volver a la normalidad después de los días llenos de tensión, para alivio de todos, incluyendo las criadas, los mayordomos y el cocinero.
Ahora lo único de lo que tenían preocuparse todos era de la gran gala formal que iba a tener lugar al día siguiente en la mansión Takahashi.
