Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.

Baile peligroso

Capítulo veintidós: Una fiesta de verdad

-O-

Kagome se sentó en su habitación delante de su tocador, pasando un cepillo por sus mechones azabaches mientras miraba su reflejo sin expresión en el rostro. Hoy era el día de la gala y todo el mundo en la mansión estaba ocupado: los cocineros, preparando la comida, los aperitivos y las bebidas mientras los mayordomos y las doncellas se daban prisa poniendo las mesas y limpiando el salón de baile hasta que todas y cada una de las baldosas brillaron y se podía ver claramente el reflejo de cada persona. En definitiva, en la casa Takahashi había más movimiento que nunca, según Sango y Miroku.

Hablando de ella, ¿dónde estaba la representante? Se suponía que tenía que estar allí hacía diez minutos para recogerle el pelo en un peinado adecuado para la gala. No le importaba demasiado si lo llevaba recogido o suelto, pero Sango había insistido en hacerlo para pasar tiempo con ella antes de que se la llevara Inuyasha a algún sitio y no la viera probablemente hasta la mañana siguiente.

Eso hizo que se sonrojase y negó con la cabeza para eliminar cualquier pensamiento indeseado de su mente.

Suspirando, Kagome bajó el cepillo y bajó la mirada a su vestido. Era la primera vez que se lo ponía desde que lo había comprado, además de cuando se lo había probado por primera vez. Una suave sonrisa adornó sus facciones y pasó una mano sin guante por la sedosa suavidad de la tela azul marino de su vestido. Una pena que esta fuera la única vez que se fuera a poner una prenda tan hermosa. Una mueca iluminó su expresión ante el recuerdo de cuánto costaba exactamente el vestido. Sí, era un acto de venganza y entonces esperaba que el recibo arrebatase un buen pedazo de la cartera de Inuyasha. Ahora se sentía un poco culpable por haber comprado un vestido tan caro y Kagome se preguntó vagamente si debería devolverlo después de esa noche. Después de todo, era muy probable que no fuera a ponérselo otra vez, así que, ¿qué sentido tenía quedárselo?

Asintiendo para sus adentros, Kagome volvió a suspirar y estaba a punto de volver a cepillarse el pelo, a falta de algo mejor que hacer, cuando se abrieron las puertas de su habitación y entró Sango seguida de Ayame y Rin, las tres con sus vestidos puestos. Se dio cuenta de que Mystie no estaba, pero no le importaba demasiado. Mystique era una chica agradable, pero a menudo se mostraba distante en el poco tiempo que la había conocido, y no se había esforzado mucho por hacerse amiga de ella y de las otras chicas.

Desechando el pensamiento internamente, sonrió mientras Sango iba hacia ella con una sonrisa de disculpa en los labios, y Rin y Ayame se dirigían a su cama y se ponían cómodas. Sus vestidos eran igual de preciosos que los de Sango y Kagome. Ayame llevaba un vestido sin tirantes de terciopelo verde oscuro que hacía juego con sus ojos, con una abertura a un lado que subía hasta la rodilla. Enseñaba poco escote, pero lo suficiente para dejar volar la imaginación y su pelo rojo estaba como lo llevaba normalmente. El vestido de Rin tenía tirantes finos y era de un color único, la parte de arriba del vestido empezaba con un color rosa claro y luego se fundía en un tono crema suave en la cintura, abajo de todo se fusionaba en un tono más oscuro de naranja, pero no demasiado. Llevaba el pelo recogido en una corta coleta, no tenía el pelo muy largo. Todas las chicas llevaban guantes hasta los codos, los de Rin eran de color melocotón y los de Ayame eran del mismo color que su vestido. En definitiva, estaban impresionantes.

—Perdona por llegar tarde, Kagome. Miroku me vio mientras me cambiaba, así que tuve que darle su dosis diaria de bofetadas antes de ir a por estas dos. —Señaló con un pulgar a las dos chicas recostadas en la cama—. E incluso ellas estaban preocupadas por su aspecto y su pelo y demás.

Dichas chicas murmuraron sus excusas antes de volver a callarse.

Poniendo sus ojos magenta en blanco, Sango cogió el cepillo del tocador y empezó a pasarlo por el pelo de Kagome, tal y como había hecho ella antes. Kagome suspiró y observó en silencio mientras su amiga retorcía y giraba su pelo en diferentes estilos de peinados, preguntándole a Kagome si le gustaba antes de pasar al siguiente estilo. Al final, se decidió por uno y retorció sus mechones azabaches en un pulcro y apretado moño en lo alto de su cabeza, sin que ni un solo pelo estuviera fuera de su sitio, unos brillantes bucles de color ébano enmarcaban elegantemente su rostro.

Estudiando su trabajo, Sango asintió y sonrió, apoyando las manos en los hombros de Kagome e inclinándose para que su barbilla se cerniera sobre su hombro izquierdo.

—¿Y bien? ¿Qué opinas? ¿Te gusta?

Kagome parpadeó.

—Sango… —Sonrió—. Es precioso. Gracias. —Soltó una risita y jugueteó con un mechón de su pelo con un dedo—. Me encanta.

Sango se rio suavemente y se enderezó, cruzando la mirada con ella a través del espejo.

—Bueno, Kagome… ¿qué crees que va a pensar Inuyasha cuando te vea? Estoy segura de que le va a encantar ver a su novia tan arreglada para quedar justo al contrario al final de esa noche —incidió su amiga furtivamente, arqueando una delicada ceja y elevando los labios hacia arriba.

Un oscuro sonrojo tiñó sus mejillas y se quedó ligeramente boquiabierta.

—Yo… eh, bueno, yo, ah, yo no… digo, eh… ¡Sango!

Sango estalló en carcajadas y sus otras dos amigas se unieron. Kagome fulminó con la mirada al reflejo de sus amigas y resopló, mascullando algo por lo bajo antes de coger sus guantes blancos largos y ponérselos rápidamente. Agachándose para ponerse los tacones, Kagome suspiró y soltó una pequeña y suave risa. A decir verdad, Sango no estaba tan lejos de la verdad. Conociendo a Inuyasha y su reputación de vividor, se inventaría cualquier pésima excusa para arrastrar a Kagome al piso de arriba en busca de "paz y tranquilidad".

Se volvió a sonrojar. ¡Maldita fuera ella y su mente sucia! ¿Qué le pasaba esa noche?

Calmándose tras unos buenos cinco minutos de risas, Sango le sonrió y la ayudó a levantarse cuando Kagome se puso sobre los tacones. Nunca se le habían dado bien los tacones de aguja, tal y como le había confesado antes a Sango. Sango le había aconsejado a Kagome que practicara con ellos un poco y eso había hecho. Todavía se tambaleaba un poco sobre ellos, pero se le daba mucho mejor que la primera vez que se los había puesto.

Kagome suspiró y estiró el vestido, moviendo distraídamente la tela de encaje de su cintura. Era un bonito adorno del vestido y el elemento brillante era bastante atractivo.

—Bueno, chicas, ¡vamos a impresionarlos! Y, Kagome, asegúrate de dejar boquiaberto a Inuyasha —aclaró Sango y le guiñó un ojo antes de agarrar el brazo de una balbuceante Kagome, casi arrastrándola hacia las puertas, con Rin y Ayame pisándoles los talones.

-O-

Unos dedos con garras tamborileaban contra la tela blanca de su antebrazo y un suspiro de impaciencia escapó de sus labios. Un zapato negro de vestir chocaba con irritación contra el suelo alfombrado mientras fulminaba con la mirada los escalones, deseando que el objeto de sus pensamientos apareciera sobre ellos. ¿Qué demonios le llevaba tanto tiempo? Por lo que recordaba, ponerse un vestido y unos zapatos no era tan difícil. (No es que él lo supiera, por supuesto, Dios no quisiera que él se fuera a poner alguna vez un vestido). A él no le llevaba tanto tiempo vestirse, incluso si odiaba su vestimenta actual. Un fresco esmoquin blanco adornaba su cuerpo musculoso y una corbata negra, que pensaba que era inútil, molesta y de "aspecto estúpido", rodeaba su cuello, aflojada por donde tiraba de vez en cuando. Su larga melena plateada estaba recogida en una coleta floja en la nuca, una orden de Sango con sus no tan delicadas palabras de "haz algo con esa pelambrera de tu cabeza o te la cortaré mientras duermes". No es que le importase su aspecto, ese traje de la tortura desaparecería y ardería en cuestión de horas.

Pero no, las estúpidas chicas y sus estúpidas costumbres de arreglarse estúpidamente para algo siempre tardaban una estúpida eternidad.

Volviendo a suspirar y maldiciendo mentalmente, ignoró la mano que se apoyó en su hombro y la voz que la acompañaba.

—Cálmate, Inuyasha. Estoy seguro de que bajarán pronto. Ya conoces a las chicas, siempre tardan una eternidad en arreglarse para grandes ocasiones como esta —dijo Miroku tranquilamente, bajando la mano y llevando también la vista a las escaleras.

Inuyasha gruñó y fulminó a su amigo con la mirada.

—Cállate, Miroku. Tienes más paciencia que yo, así que es normal que digas algo así cuando sabes que no es verdad —soltó, entrecerrando sus ojos dorados.

Sesshomaru puso los ojos en blanco ante su medio hermano y metió las manos en los bolsillos, esperando pacientemente a que llegaran las chicas.

—Para de lloriquear, caca de perro, se está haciendo molesto. Además, no es que vayas a ir a la maldita fiesta en cuanto veas bien a Kagome. —Kouga sonrió con soberbia, disfrutando con la forma en la que se tensaba el hanyou y cerraba las manos en puño a sus costados—. Y —continuó, ignorando la mirada asesina que le dirigía—, estoy seguro de que a Kagome le encantaría que tú…

No tuvo la oportunidad de terminar la frase al verse clavado con fuerza contra la pared con un gruñido, una mano filosa alrededor de su cuello con dichas garras hundiéndose firmemente en su carne, pero no lo suficiente como para romper la piel. Un frunce profundo en el rostro, los colmillos descubiertos, el oro derretido batía de emoción y se endurecía con crueles intenciones.

—Escúchame bien, jodido imbécil…

Alguien aclarándose la garganta hizo que las cuatro miradas se dirigieran a lo alto de las escaleras y Kouga cayó abruptamente al suelo con un golpe sordo y un gruñido.

Allí, en lo alto de las escaleras, estaban las chicas, todas con sus vestidos y más guapas que nunca.

Inuyasha se quedó boquiabierto.

Kagome… Kagome parecía resaltar entre las cuatro con su vestido azul oscuro flotando libremente alrededor de sus piernas mientras bajaba por las escaleras, con los brazos enlazados con los de Sango y Rin. Esta era la primera vez que Inuyasha veía el vestido, pero con Kagome dentro, era mucho más precioso. Y su pelo. Sus suaves mechones azabaches estaban recogidos en un brillante moño que la hacía mucho más atractiva. Su sonrisa, suave, cálida y hermosa adornando sus labios llenos hacía sus labios todavía más besables.

Con la garganta y los labios repentinamente secos, Inuyasha tragó y se lamió brevemente los labios antes de aclararse la garganta y enderezar su postura, dándose cuenta de que probablemente parecía idiota mirándola de esa forma. Con los dedos flexionados, observó que las cuatro chicas se separaban y se iban con sus parejas, no se había dado cuenta de cuándo se había levantado Kouga del suelo y ahora se encontraba sonriéndole lobunamente a Ayame.

Kagome caminó lentamente hacia Inuyasha, con la sonrisa todavía en juego en sus labios y con las mejillas sonrosadas. Se detuvo delante de él y observó su aspecto, admirando el esmoquin blanco y su pelo recogido en una pulcra coleta. El primer pensamiento de Kagome: Oooh

El chocolate se entrelazó con el ámbar y Kagome se sonrojó todavía más, mordiéndose los labios e inclinando la cabeza, notando sus brillantes zapatos negros en su línea de visión. Me pregunto cómo consiguió Sango que se los pusiera…

—Kagome…

La suave llamada fue suficiente para levantarle la cabeza y entrelazar las miradas una vez más con su amor.

—Inuyasha.

Inuyasha suavizó la mirada mientras levantaba una mano para ahuecarle delicadamente la mejilla, la yema de su pulgar acarició la rosada carne.

—Estás… preciosa.

Su sonrojo se oscureció, pero no apartó la mirada. Sus ojos la cautivaron, la atrajeron a un lugar del que no quería salir.

—Gracias —susurró con una tímida sonrisa, apoyándose contra la calidez de su mano.

Bajando los párpados, abriendo la boca, Inuyasha inclinó la cabeza y sus labios descendieron sobre los de ella en un casto beso, saboreando su suave suspiro de alegría.

Al sentir sus frágiles brazos rodeando su cuello, Inuyasha gruñó suavemente y bajó sus brazos hasta su cintura para rodearla y acercarla a él, inclinando la cabeza a un lado para facilitar el acceso. Deslizó con audacia su lengua por la longitud de su labio inferior y algo explotó en su interior al sentir la calidez de la boca de Kagome tocando tímidamente su boca, acariciando sus colmillos y batiéndose en duelo con su propia lengua.

Ahogando bruscamente una exclamación ante la miríada de emociones que provenían de su beso lleno de pasión, Kagome gimió suavemente y se echó hacia atrás, inhalando el necesario aire. Oyó que Inuyasha reía entre dientes y sintió una suave presión en su cuello acompañada de un cálido toque con su lengua. Se habría desmayado allí mismo si no hubiera sido por los brazos del hanyou alrededor de su cintura.

—I-Inuyasha… los demás…

—Se han ido —murmuró contra su cuello, apretando los brazos a su alrededor.

Parpadeando con sus ojos chocolates, Kagome miró a su alrededor y sí, Miroku, Sango, Kouga, Ayame, Sesshomaru y Rin no estaban por ninguna parte. Serán…

Chilló cuando Inuyasha le mordisqueó el cuello suavemente con los colmillos y lo calmó con su lengua, con su nariz acariciando su piel.

Kagome tragó saliva.

—Inu… yasha… tenemos que ir a la… fiesta…

—No quiero —fue su breve respuesta.

—P-Pero…

—Shh…

Y lo único que pudo hacer Kagome fue agarrarse a él y prácticamente se rindió cuando empezó a empujarla en dirección a las escaleras por las que había venido, sin apartar los brazos o la cara del dulce olor de su cuello, sus filosas manos se deslizaban por su espalda hacia sus hombros desnudos y pasaba las garras por la pálida carne, infligiendo un estremecimiento de placer a la mujer que tenía entre sus brazos.

Al mover la cabeza para robarle otro beso, una suave tos desde detrás de ellos paralizó sus movimientos y gruñó, apartándose para mirar a su público.

—¿Necesitas algo?

Una negra ceja se alzó, con los ojos escarlatas mirándolo a él y luego a Kagome.

—Sango desea hablar contigo, así que te sugiero que vayas yendo antes de que vaya a por ti y te descubra en tu… situación actual.

Kagome se sonrojó unos cinco tonos de rojo antes de asentir brevemente y ocultar su rostro en el hombro de Inuyasha.

Inuyasha gruñó airado y se puso al lado de Kagome, deslizando el brazo alrededor de su cintura y mirando con frialdad al batería.

—¿Dónde está tu mujercita, Naraku? ¿No ha llegado todavía o le has dado calabazas? —Sonrió con aire de superioridad—. O, más concretamente, ¿ella te ha dado calabazas a ti?

Los ojos escarlatas de Naraku se redujeron a rendijas rojas y frunció el ceño en su dirección.

—¡Inuyasha! ¡Eso no era necesario! —riñó Kagome, tirándole de la oreja. Él gruñó y le apartó la mano.

—Mystique todavía no ha llegado, así que apreciaría que te guardaras tus comentarios para ti… Inuyasha —dijo Naraku con frialdad antes de asentir una vez y girar sobre sus talones, dirigiéndose hacia el recibidor principal.

Inuyasha puso los ojos en blanco y resopló.

—El chico tiene que animarse.

Kagome suspiró y negó con la cabeza, entrelazando su brazo con el de él.

—Venga, Inuyasha. Vamos. Tengo que averiguar qué quiere Sango.

Arrugó la nariz y liberó un suspiro sufrido, lanzando una mirada anhelante hacia las escaleras antes de obedecer e ir con ella hacia el salón de baile.

-O-

—¡Kagome! ¡Ahí estás! —trinó Sango desde su sitio junto la entrada del salón de baile. Se había hecho cargo de saludar a los invitados a la gala y lo estaba haciendo bien, si se le permitía opinar. Pero se le estaba yendo un poco de las manos y se estaba cansando de sonreír. Sus mejillas empezaban a dolerle y probablemente estaban rojas de tanto usarlas.

Kagome sonrió, se separó del brazo de Inuyasha y fue con cuidado hacia su amiga, asegurándose de hacer que sus pasos fueran lo más iguales posible.

—Hola, Sango —saludó, sonriéndole a la joven pareja que había entrado en la amplia sala.

—Kagome, ¿podrías hacerme un favorcito? —preguntó Sango, distrayendo su atención por un momento para estrecharle la mano a alguien y hacer una pequeña reverencia.

Kagome parpadeó y ladeó la cabeza con interés.

—Depende. ¿Qué quieres que haga?

Sango le sonrió a Kagome con dulzura y juntó las manos delante de ella.

—¿Podrías sustituirme, por favor, por favor? Me estoy cansando un poco de sonreír todo el tiempo y necesito echarle un ojo a Miroku. Ya sabes cómo es, y con todas estas mujeres arregladas a su alrededor… —se interrumpió y miró la sala, buscando distraídamente al pervertido en cuestión.

Kagome abrió la boca ligeramente y frunció el ceño.

—Sango…

—¿Por favor, Kagome? ¿Por mí? —Sango realizó su mejor imitación de la inocencia y cuando Kagome aun así no cedió, suspiró y dejó caer las manos—. Vale, ¿y si nos turnamos, entonces? Me sustituyes un rato, luego lo hago yo, y así sucesivamente. ¿Qué te parece? Venga, Kagome, necesito un descanso. ¡Mis mejillas me están matando! —Se las frotó para enfatizarlo y se quedó mirando a su amiga con unos grandes y líquidos ojos magenta.

Kagome inspiró hondo y apartó la mirada. La famosa mirada de cachorrito. Nunca podría resistirse a esa mirada, sin importar cuánto lo intentara. Soltando un gran suspiro de derrota, volvió su atención hacia Sango.

—Vale, vale, ocuparé tu puesto. Pero solo un rato, luego vuelve como dijiste.

Sango esbozó una enorme sonrisa y la rodeó con los brazos, dándole un abrazo de oso.

—¡Gracias, Kagome! —La soltó y le sonrió a su amiga—. Vuelvo en un rato, ¿vale? Tú solo sonríe, estrecha manos y haz reverencias. Es lo único que hay que hacer. ¡Hasta luego! —Y con eso, Sango se marchó, desapareciendo en el mar de gente que se estaba acumulando con rapidez.

Kagome fijó la mirada en la multitud y suspiró, volviendo la mirada hacia las pocas parejas que caminaban en su dirección. Bueno, supongo que se lo debo por peinarme… Otro suspiro y sonrió a la primera pareja, estrechó las manos de la segunda y le hizo una reverencia a la tercera.

Me pregunto a dónde ha ido Inuyasha… pensó Kagome vagamente mientras se enderezaba y miraba a su alrededor. No estaba a la vista y frunció las cejas. ¿A dónde había ido? Poniéndose de puntillas para mirar por encima de la multitud de la habitación, Kagome miró a uno y otro lado hasta que al fin se rindió y suspiró. Ya me ha abandonado, el muy cretino.

Negando con la cabeza, se apoyó contra el marco de la puerta y observó con aburrimiento la entrada de la mansión, deseando con todas sus fuerzas marcharse y unirse a la fiesta y, tal vez, encontrar a Inuyasha y persuadirle para que bailase con ella.

Resopló. Ja, sí, claro. El día que vea a Inuyasha bailando será el día que oiga reír a Sesshomaru.

No pudo evitarlo. Soltó una risita ante la imagen mental de Inuyasha bailando en la pista de baile e intentando mantener el equilibrio sin chocar con nadie. Eso sí que era gracioso…

Volviendo a enfocar la mirada en el recibidor, el color desapareció inmediatamente de su cara al ver a dos personas vestidas con esmoquin negro asintiendo al mayordomo antes de ir hacia ella. Uno de los hombres sonrió ampliamente al verla y aceleró el paso.

Es…

—Kagome, me alegro de volver a verte, querida —dijo Kurama, sonriendo mientras agarraba su mano enguantada con la suya y depositaba un casto beso en el dorso.

—Kurama —dijo Kagome, una sonrisa iluminó sus facciones—. Yo también me alegro de verte.

Kurama sonrió y, cuando el otro hombre que lo acompañaba se puso a su lado, los orbes cafés de Kagome se abrieron como platos y dio un paso atrás inconscientemente.

Kurama parpadeó con sus ojos verdes y miró al moreno.

—Ah, Kagome, no me creo que hayas conocido a mi sirviente y buen amigo…

—Kyosuke Rivera.

Kagome se sobresaltó y se dio la vuelta para encontrar a Inuyasha fulminando con la mirada a ese hombre mientras iba hacia ella, rodeando su cintura con un protector, ¿o posesivo?, brazo y atrayéndola a su lado. Kagome puso los ojos en blanco ante su actitud y se quedó mirando a Kyosuke, sintiéndose un poco recelosa.

Kyosuke arqueó una ceja e hizo una reverencia.

—Kagome.

Kurama parecía muy perplejo.

—¿Os conocéis? —Se volvió hacia su sirviente y arqueó una ceja—. ¿Me lo explicas, Kyo?

Kyosuke estaba a punto de responder, pero Inuyasha se le adelantó.

—Kyosuke Rivera, el al parecer "gerente" de la emisora de radio del centro y "jefe" de esos dos lameculos que llamamos locutores de radio —concluyó Inuyasha, entrecerrando sus ojos dorados—. ¿No es verdad, Kyosuke? ¿O quieres decir que solo fue una mentira para conocer a mi Kagome? —supuso, enorgulleciéndose por la forma en que se sonrojó Kagome.

Kurama parecía perdido y la cara de Kyosuke estaba más pálida que un fantasma mientras se volvía hacia su jefe.

—Está… está mintiendo, amo, ¡lo juro! N-Nunca haría algo así, ¡de verdad! —se apresuró a explicar Kyosuke, balbuceando varias veces sin tener nada que decir.

Kurama se lo quedó mirando y luego se volvió hacia Kagome.

—¿Lo que dice Inuyasha es cierto, Kagome? —preguntó tranquilamente.

Kagome miró a Kyosuke y asintió, conteniéndose para no chillar de miedo cuando el sirviente le lanzó una mirada fulminante y se sintió un poco aliviada cuando sintió, más que oyó, el gruñido de advertencia de Inuyasha retumbando en su interior.

Kurama suspiró y asintió, volviéndose hacia su empleado y dirigiéndole una dura mirada.

—Ven, Kyosuke —empezó, yéndose—. Tienes mucho que explicar.

Kyosuke se encogió y murmuró un "Sí, amo" antes de fulminar a Inuyasha y a Kagome con la mirada.

—Te veré después, recuerda mis palabras. —Iba dirigido a Kagome y la chica en cuestión palideció mientras lo observaba yéndose detrás de su maestro.

Ooooh, cielos. ¿Dónde se había metido?

Inuyasha, al sentir que se paralizaba y se tensaba, se puso delante de ella y colocó las manos en sus hombros, fijando la mirada en los temerosos orbes chocolates de su novia.

—No te preocupes, koi, no dejaré que ese limpia culos se te acerque, lo prometo. Estoy aquí para protegerte, recuérdalo. —Agachó la cabeza y la besó suavemente en la frente, rodeándola con los brazos en un rápido abrazo antes de soltarla. La comisura de su boca se alzó y jugueteó con un mechón de su pelo negro que enmarcaba elegantemente su rostro—. Entra, estarás más segura. Tomaré el lugar de Sango un tiempo e iré a ver cómo estás, ¿de acuerdo?

Kagome alzó la mirada hacia él y sonrió, respirando hondo y asintiendo.

—V-Vale. Te veo luego, entonces. —Se inclinó hacia arriba y le dio un corto y casto beso en los labios, que él correspondió inmediatamente antes de sonreírle por última vez y darse la vuelta para adentrarse en el entusiasmo del interior.

-O-

No tenía ni idea de que iba a ser tan aburrido.

Nadie hacía nada. La única actividad en el salón era la orquesta y ni siquiera se estaban esforzando mucho con su actuación. Nadie estaba en la pista de baile, preferían quedarse junto a las mesas de refrigerios y charlar con el vecino de esto y lo otro con un vaso de champán.

Sentada en un sillón, tamborileando los dedos sobre la dura superficie de madera de la mesa principal, Kagome suspiró profundamente y bostezó, apoyando la cabeza en la palma de su mano, con el codo apoyado en la mesa. Inuyasha la había ignorado la mayor parte de la noche, yendo por ahí a hablar con otros y luego yéndose del salón de baile, haciendo Dios sabía qué, aunque debería estar con ella, manteniendo al baboso de Kyosuke lejos de ella. Sango y Miroku habían desaparecido en algún sitio entre las ocho y las nueve y ahora eran cerca de las diez. Kouga y Ayame habían salido del salón de baile cerca de las nueve y media y todavía no habían vuelto. Sesshomaru y Rin, con lo escurridizos que eran, se habían excusado diciendo que necesitaban aire fresco, habían salido de la sala y tampoco habían vuelto. Y, por supuesto, Naraku, siendo como era, probablemente había arrastrado a Mystique a algún sitio para hablar, ya que a ninguno de los dos les gustaban las galas.

Y eso dejaba a Inuyasha y a Kagome. Inuyasha la ignoraba y Kagome estaba aburrida a más no poder.

¿Qué iba a hacer?

Con otro suspiro, este teñido de una ligera molestia, Kagome examinó el salón de baile con sus orbes chocolates y se dio cuenta de algo que no había comprendido antes.

La mitad del salón de baile estaba vacío.

Y Kurama y Kyosuke también habían desaparecido. Eso no era bueno.

¿A dónde se había ido todo el mundo? La mayor parte de la gente que le habían presentado ya no estaba presente en la amplia habitación. Y Kagome sabía perfectamente que no era una simple coincidencia. ¿Se habían ido todos a casa? ¿Tal vez se habían ido todos al mismo sitio? Suponía que era lo primero. Sería demasiado raro que todos terminaran en el mismo sitio en el mismo momento.

Perpleja, por no decir otra cosa, Kagome suspiró y se levantó, a punto de ir a buscar al novio que no paraba de ignorarla, cuando una mano aterrizó en su hombro, girándola para mirar dos piscinas de oro fundido.

Kagome parpadeó y frunció las cejas.

—Qué, ¿ya has terminado de ignorarme? —bufó, arqueando una fina ceja y apoyando las manos en las caderas en la típica pose femenina.

Dicho hanyou le dirigió una sonrisa que mostraba sus colmillos y se encogió de hombros, ladeando la cabeza y aparentando ser el ser más inocente de la tierra.

—No te estaba ignorando, cariño, sólo tenía que hablar con algunas personas. Ya sabes que siempre estás en lo alto de mi lista VIP. —Le guiñó un ojo.

Kagome se sonrojó y apartó la mirada, sintiéndose un poco culpable por acusarlo de algo que no había hecho.

—Oh. Bueno, si solo estás haciendo eso, entonces supongo que no estoy enfadada —confirmó, dirigiéndole una pequeña sonrisa.

Inuyasha se rio entre dientes y su sonrisa se convirtió en una sonrisilla, su voz bajó una octava o dos cuando dijo:

—¿Quieres salir de aquí e ir a una fiesta de verdad? —preguntó, sus profundidades ambarinas brillaron traviesas mientras miraba sus orbes cafés.

Esos ojos castaños se abrieron como platos y la boca de Kagome se abrió ligeramente en confusión.

—¿Una fiesta de verdad? Inuyasha, ¿de qué hablas? —preguntó en voz baja, su voz estaba teñida de una ligera curiosidad.

Su sonrisilla se amplió y la cogió suavemente de la mano, conduciéndola a la salida.

—Sígueme.

Sin poder decidir entre seguirlo o no, Kagome tropezó con sus tacones y recuperó el equilibrio tras unos segundos, luego lo siguió en silencio cuando le soltó el brazo, recogiendo el vestido para no tropezar con él. No podría soportar la humillación si tropezaba y se caía de cara. Malditos tacones…

Al mirar por encima de su hombro para ver si lo seguía, Inuyasha le sonrió y salió al vestíbulo, girando a la izquierda y caminando por un angosto pasillo. Kagome lo siguió, su vestido agarrado por sus manos enguantadas. ¿A dónde la llevaba? ¿Cuál era esa "fiesta de verdad"? Bueno, sólo hay una forma de averiguarlo… y es callándome y siguiéndolo, pensó Kagome, oyendo el ruido amortiguado de sus tacones al chocar contra el suelo alfombrado del pasillo bajo ella. La única iluminación disponible para el pasadizo eran las lámparas situadas a cada lado de las paredes, emitiendo un bajo resplandor amarillo.

La forma negra que era Inuyasha se detuvo de repente y esperó a que lo alcanzara antes de sacar la tarjeta de su bolsillo y deslizarla por la ranura del marco de madera que rodeaba una puerta. Con un millón de preguntas pasando por su mente Kagome no tuvo tiempo de dar voz a sus pensamientos mientras Inuyasha la agarraba de la mano y la ponía detrás de él, cerrando la puerta poco después. Se volvió hacia ella y señaló a sus pies.

—Puede que quieras sacarte los tacones. Delante hay unas escaleras bastante empinadas y no quiero que te tuerzas un tobillo —explicó Inuyasha, mirando por encima de su hombro a la oscuridad.

Kagome asintió en silencio y se sacó los tacones, con silencioso alivio por quitarse esas malditas cosas de sus pies. Se inclinó y cogió ambos, los tacones chocaron entre ellos suavemente. Volvió a enderezarse e Inuyasha volvió a cogerla de la mano, llevándola detrás de él y yendo por el oscuro y estrecho pasaje.

Kagome se quedó cerca detrás de él, en silencio. Apenas podía oír un retumbar similar al de la música desde más allá, pero todavía no comprendía qué era exactamente.

—Bien, aquí están las escaleras. Quédate cerca de mí y estarás bien —le advirtió, dándole un apretón a su mano y descendiendo dichas escaleras, manteniendo un firme agarre sobre la mano de Kagome.

Lo siguió con cuidado escaleras abajo, una mano con la de Inuyasha y otra agarrándose el vestido, con los zapatos colgando de sus dedos. No bromeaba, eran escaleras empinadas. Y solo con sentir la textura bajo sus pies sabía que la escalera estaba hecha de madera. Los peldaños rechinaban bajo su peso y Kagome pensó más de una vez que iban a desmoronarse y que Inuyasha y ella terminarían cayendo con ellos.

Pero al final llegaron al final de las escaleras sin complicaciones y el sonido palpitante aumentó de volumen. Ahora que lo pensaba, casi sonaba a… música.

Caminaron un minuto, más o menos, y luego llegaron a una puerta detrás de la que se escondía la música. Inuyasha soltó su mano y agarró la manilla, mirándola a ella con una sonrisilla.

—Kagome…

Giró el pomo y abrió la puerta, el sonido palpitante se convirtió en un ruidoso ritmo en los oídos de Kagome y una ola de calor la atravesó por completo.

Esta… es una fiesta de verdad —terminó Inuyasha con una sonrisa todavía en la boca, mirando la habitación con algo cercano al orgullo en su expresión.

Kagome se quedó boquiabierta y abrió los ojos como platos.

—Oh, vaya…

Así que aquí era donde habían desaparecido todos…

La habitación estaba a oscuras y apenas iluminada por altas lámparas dispuestas por toda la sala. Había una barra en la pared este con un camarero y todo, y la gente de la gala, que antes se deslizaban elegantemente y con gracia por la pista de baile, ahora estaban pegados íntimamente con la pareja, girando y frotándose por todas las partes que podían tocar. Había mesas redondas junto las paredes y sentados en esas mesas estaban hombres apostando y bebiendo, cigarros y cigarrillos sobresalían de sus bocas. Las mujeres estaban cerca de los hombres, observando la partida con fascinación y cuchicheando con el vecino. Había mesas de billar al oeste de la habitación, a una distancia moderada de la pista de baile.

Y, vio Kagome con un poco de sorpresa, aquí era donde habían desaparecido las parejas. Sesshomaru y Rin estaban sentados en una mesa junto la pared norte, charlando alegremente con bebidas delante de ellos. Vio a la pareja de lobos en la pista de baile, bailando y mezclándose con el mar de gente. Miroku y Sango estaban en la barra, hablando de lo que tuvieran en mente. Y, por último, pero no menos importante, Naraku y Mystie estaban jugando al billar en una de las mesas, riendo y bromeando entre ellos.

Esto era a lo que ella llamaba fiesta.

Una sonrisa se asomó a sus labios.

—Inuyasha, esto es… ¿cómo…? —se dio la vuelta y le dirigió una mirada interrogante, solo para ver que estaba sola. ¡Bah! ¡Me ha vuelto a dejar! ¡Van dos veces!

Suspirando, negó con la cabeza y fue hacia Sango y Miroku, levantando el vestido y atravesando la espesa multitud. Lo que daría por ropa cómoda…

Al salir de la multitud, suspiró de alivio y le sonrió a Sango, que le sonrió en respuesta.

—¡Kagome! Vaya, era hora de que llegaras. Me preguntaba si Inuyasha te había hablado de nuestra pequeña fiesta secreta. —Rio suavemente mientras Kagome se sentaba a su lago en un taburete, metiendo el vestido debajo de ella.

—¿Entonces teníais todo esto planeado? —preguntó Kagome en voz alta sobre la música, levantando una depilada ceja—. ¿No fuiste tú quien organizó la fiesta, Sango?

Sango resopló y movió la mano con aire ausente.

—Ag, odio esas fiestas, así que nunca organizaría una —explicó, dándole un sorbo a su bebida—. En fin, no, yo no la organicé, un rico la preparó y nosotros solo aceptamos que tuviera lugar aquí cuando lo pidieron. Este lugar es el más conocido de Kioto, así que es fácil de llegar y es el más grande. La gente que sigue arriba (los que no nos molestamos en avisar de nuestro pequeño jolgorio) son del grupo que organizó la gala. —Terminó la bebida y chasqueó los labios, sonriéndole a Kagome.

Kagome parpadeó mientras toda la información entraba en su cabeza.

—Oh… —Un momento—. ¿Entonces me he comprado este vestido para nada? —Abrió ligeramente la boca y abrió los ojos como platos.

Sango se encogió de hombros.

—Más o menos.

Miroku finalmente decidió meterse en la conversación, inclinándose hacia delante para mirar a Kagome con una sonrisa.

—Oye, al menos no gastaste tu dinero. Te diré una cosa, Kagome. —El pianista le dio un sorbo a su bebida—. Puedes devolver el vestido a la tienda y quedarte el dinero de la devolución. ¿Te parece bien?

Los ojos chocolates se abrieron todavía más y Kagome balbuceó, la boca se abría y cerraba.

—¿Qu-Quedármelo? Oh, no, no… no puedo hacer eso, ¡es demasiado! —contestó, con un sonrojo tiñendo sus mejillas—. Además, es el dinero de la banda, no puedo quedármelo así como así. Lo siento.

Sango y Miroku intercambiaron miradas antes de encogerse de hombros con indiferencia y haciendo un ademán con la mano.

—Kagome —empezó Sango, sonriéndole a su amiga—. De verdad, adelante, cógelo. No nos importa. Nosotros tenemos de sobra, estoy segura de que un par de miles no nos van a hacer daño —afirmó la representante, apartando la mano que se acercaba a su trasero.

Kagome respiró hondo y se mordió la mejilla.

—Pero… —Al analizar los pros y los contras de la acción, Kagome no pudo encontrar nada horrible en coger ese dinero. Además, probablemente lo metería en su cuenta bancaria cuando llegase a casa. Suspirando, hizo un mohín, pero cedió—. Bueno… supongo que podría quedármelo, si queréis y no os importa…

—¡Por supuesto que no! —dijo la pareja al unísono.

Dejando que una pequeña sonrisa iluminara sus facciones, Kagome volvió a suspirar y miró la habitación, acariciando distraídamente la textura de cuero de sus tacones.

—¡Ahí estás!

—¿Mmm? —parpadeando, Kagome se dio la vuelta y se enderezó—. ¡Inuyasha!

Poniendo los ojos en blanco, Inuyasha apartó a alguien de su camino, ignorando el grito de protesta y se dirigió hacia Kagome con un pequeño bulto en la mano. Kagome se tomó ese momento para apreciar su nueva apariencia con una camiseta de tirantes blanca y pantalones negros holgados.

Al detenerse al lado de su novia, Inuyasha pasó el bulto a los brazos de Kagome.

—Pensé que querrías cambiarte. —Señaló su vestido y Kagome al fin tuvo la idea de bajar la mirada al bulto que tenía en brazos.

En cuanto miró la tela de cuadros roja, blanca y azul, las imágenes de ella bailando en el escenario para acabar en brazos de Inuyasha se pasaron por su mente demasiado rápido como para darse cuenta de lo que había pasado.

Meneó la cabeza para aclararse las ideas, se pasó la mano lentamente por la ropa, captando un vistazo de blanco por debajo de la falda de cuadros.

—Esto… esto es lo que me puse… en el concierto… —susurró para sí, con una sonrisa adornando los labios. Alzó la mirada una vez más y le sorprendió todavía más ver dos botas marrones delante de ella, colgando de la mano de Inuyasha.

—¡Mis botas!

Se las cogió y las examinó, adorando que estuvieran en perfectas condiciones, como siempre. Después de todo, era su par favorito. Alzó la mirada a su novio y le sonrió ampliamente, sin hacer caso a la sonrisilla que tenía en los labios.

—Inuyasha, ¿cómo las conseguiste? No pensaba que… —se interrumpió mientras Inuyasha se encogía de hombros.

—Las metí en tu maleta mientras buscabas tu maldito cepillo —explicó, metiendo las manos en los bolsillos.

Kagome formó una o con la boca, miró una vez más su ropa y ahogó una exclamación.

—¡Es…!

—¡Síp! —Sonrió.

Kagome chilló y saltó sin motivo alguno, rodeando el cuello de Inuyasha con los brazos, abrazándolo con fuerza antes de coger a Sango y arrastrarla al baño más cercano que pudo encontrar.

Inuyasha se quedó allí y parpadeó, luego se giró hacia Miroku, que intentaba con todas sus fuerzas ocultar la risa detrás de la mano.

—¿Qué acaba de pasar?

Miroku cedió y estalló en carcajadas.

-O-

—Dices ¿que mantenéis estos baños limpios y sin olores? —preguntó Kagome dentro del espacioso cubículo.

Sango se rio suavemente.

—Sí, así es. Puede que parezca un pub, pero nos gusta tenerlo higiénico. Sorpresa, sorpresa, ¿verdad?

Un resoplido salió del cubículo.

Sango volvió a reírse y observó a su amiga, que salía del cubículo con el vestido colgado del brazo, los zapatos colgando de sus dedos y dio una vuelta sobre sí misma con una gran sonrisa en la cara.

—¿Y bien? ¿Qué opinas?

La representante ladeó la cabeza y parpadeó, con las cejas ligeramente fruncidas.

—Kagome… ¿esa ropa no es…?

Kagome sonrió ampliamente.

—¡Síp! Por eso estaba tan… bueno, sorprendida cuando me la dio Inuyasha. —De repente soltó una risita—. E, Inuyasha también lleva la ropa que llevaba.

Los ojos magenta de Sango se abrieron un poco más.

—Oh… ya veo. —Sonrió—. Trae recuerdos, ¿eh?

Su amiga suspiró, fue hacia los lavamanos y abrió un grifo.

—Sí, sí que trae recuerdos. —Sonrió—. Y buenos, además. —Metió las manos bajo el agua, las alzó hacia su cara y se echó el agua fría en la piel, lavándose el ligero maquillaje que se había aplicado frotando un poco. Satisfecha, cogió una toalla blanca que colgaba a su derecha y se secó la cara. Bajó la suave toalla, se llevó la mano al pelo y se sacó la horquilla que Sango había usado para recogerle el pelo. Observó silenciosamente sus mechones azabaches mientras bajaban suavemente por sus hombros y estiró los mechones rizos de pelo que enmarcaban su sonrojado rostro.

Sango cogió el vestido y lo metió en un compartimento sobre los lavamanos, diciendo que haría que los sirvientes lo cogieran más tarde.

En ese momento, Rin y Ayame entraron en el baño, ambas habían oído que Kagome al fin se había unido al jolgorio del piso de abajo. También se habían puesto ropa normal, Ayame llevaba unos vaqueros semiajustados sencillos y una camiseta verde clara que ponía "Ookami-chan". Rin llevaba una camiseta naranja desteñida que se volvía amarilla en la parte de abajo y unos vaqueros ajustados desgastados.

—Hola, chicas —corearon, Rin se subió de un salto a una parte seca de la encimera y Ayame se apoyó contra la pared junto a Kagome.

Sango y Kagome saludaron en respuesta y las cuatro amigas empezaron a hablar alegremente entre ellas durante un buen rato, hasta que Sango anunció finalmente que deberían volver con los chicos. Aceptaron y el cuarteto salió del aseo riendo entre ellas.

-O-

—¡Jódete, mierda de perro!

—¡No, gracias, lobo enclenque!

—¡No era una oferta, sucio chucho!

—¡Entonces no lo digas, limpia culos!

Ojos mieles y violetas observaron el acalorado intercambio en silencio y un poco aburridos, deseando que las chicas volvieran del baño. Estaba empezando a asimilar lo que había dicho antes sobre las chicas y prepararse. ¿Qué hacían allí dentro? ¿Escribir una maldita novela?

Suspirando pesadamente, Miroku miró hacia la puerta del baño, interrogante, pero le sorprendió agradablemente ver al cuarteto atravesando la multitud hacia ellos. Enderezándose, se volvió hacia el perro y el lobo que estaban discutiendo y estaba a punto de decir algo, pero el demonio perro a su derecha se le adelantó.

—Idiotas, si dejarais de discutir a lo tonto, percibiríais que las chicas vienen hacia aquí —afirmó con frialdad, suspirando, los ojos ambarinos se dirigieron hacia Rin, que sonreía.

Las orejas de perro se enderezaron y los ojos cobalto parpadearon, el lobo y el perro apartaron su atención el uno del otro hacia el cuarteto que iba hacia ellos, y dos de ellas no parecían contentas.

Las orejas de Inuyasha se aplastaron contra su cabeza ante la mirada mortífera que le dirigía Kagome y, si las miradas mataran, estaría criando malvas en ese momento por la forma en la que sus ojos disparaban peligrosamente, hurgando en sus profundidades ambarinas.

Una carcajada escapó de la boca de Kouga.

—Estás perdido, aliento de perro —se burló.

Inuyasha lo fulminó con la mirada.

—No soy el único en problemas, por si no has mirado a Ayame todavía —gruñó en voz baja, cerrando las manos en puño a sus costados.

El color abandonó la cara de Kouga mientras olía el inconfundible olor de la ira y la furia llegando en olas de la dirección de la loba. Una cosa que había aprendido claramente era a no cabrear nunca a Ayame. Y acababa de hacerlo. Mierda.

Mientras Rin y Sango se quedaban atrás con Sesshomaru y Miroku, Kagome y Ayame fueron hacia Inuyasha y Kouga y, mientras Ayame arrastraba a Kouga a algún sitio, Kagome ponía las manos en las caderas y arqueaba una fina ceja, obviamente quería una explicación del hanyou perro.

Inuyasha tragó saliva y miró por encima de su hombro a las demás parejas, pidiéndoles silenciosamente que se fueran.

Sango, al reconocer la expresión, suspiró y agarró a Miroku, alejándolo de la escena y Sesshomaru acarició suavemente el codo de Rin y la llevó a la pista de baile.

Pasándose una filosa mano por su melena plateada, Inuyasha exhaló, inflando las mejillas mientras evitaba el contacto visual con su disgustada novia.

—¿Y bien? —empezó Kagome, golpeando el suelo una vez con su bota.

Dijo la frase más vieja del libro:

—Empezó Kouga…

Kagome puso los ojos en blanco y bajó los brazos.

—Me da igual quién empezara. ¿Qué demonios pasó? —interrogó, cruzándose de brazos.

Inuyasha arrugó la nariz y se apoyó contra la barra, ignorando al borracho de su izquierda.

—Lo único que hice fue comentar lo mucho que bebe Kouga cuando le pidió un Bloody Mary al camarero y se puso a la defensiva, y enfureció conmigo. Yo no hice nada —explicó, cruzándose de brazos y apartando la mirada.

—¡Excepto cabrearlo todavía más! —contraatacó Kagome, gritando, bajando los brazos y cerrando las manos en puño.

Inuyasha gruñó y dirigió la mirada rápidamente hacia su novia, el oro derretido giraba con oculta fiereza mientras se apartaba de la barra y se cernía sobre ella.

—¡Bueno, no habría tenido que enfadarlo tanto si tú hubieras llegado antes, en lugar de estar haciendo lo que fuera que las chicas hacéis en el maldito baño! —bramó, su ira se incrementó hasta niveles peligrosos.

La ira de Kagome subió igual de alto.

—¿En serio? ¿Y, dime por favor, qué habría hecho yo para evitar que lo enfadaras? —preguntó, sus orbes marrones se entrecerraron.

Él resopló.

—¡Keh! ¡Bueno, no discutiría con ese saco de pulgas si hubieras estado aquí, eso está claro!

—¿En serio? ¡Y qué harías…!

La boca de Inuyasha se estampó contra la de ella, escarbando en su boca y explorándola avariciosamente con su cálida lengua, sus fuertes brazos rodearon su pequeña cintura y la aplastaron contra él.

Le arrebató el aliento a Kagome literalmente por la intensidad del beso y la desesperación de Inuyasha hizo que se aplastara contra él lo máximo posible. Pasando instintivamente los brazos por su cuello, le devolvió el beso lo mejor que pudo, intentando igualar su ansia con la suya.

Gruñendo en su boca, Inuyasha ladeó la cabeza, acariciando su lengua con la suya y chupando suavemente su labio inferior antes de darle un pequeño mordisco, provocando un suave gemido en la chica que tenía en sus brazos.

Separándose al fin por la falta de aire, Inuyasha cerró los ojos y apoyó la frente contra la de Kagome, jadeando pesadamente mientras intentaba controlar la respiración.

Kagome estaba en condiciones similares, con los orbes cafés cerrados ligeramente, las espesas pestañas negras descansaban sobre sus sonrojadas mejillas. La punta de su lengua salió para humedecer sus labios recién besados, el sabor de su novio permanecía en sus labios. Pero antes de que pudiera volver a meterla, Inuyasha la cogió con sus labios y la chupó suavemente antes de liberarla y dejar a Kagome sin aliento una vez más.

Kagome abrió los ojos y se quedó mirando los orbes ambarinos de su hanyou con sus profundidades chocolates, su aliento salía en cortos jadeos. Una pequeña sonrisa placentera tiraba de las comisuras de sus labios mientras lo miraba, sin palabras, perdonándolo.

Inuyasha le sonrió en respuesta y le dio un último beso en los labios, luego en su mandíbula, antes de enderezarse y lamiéndose los labios, suspirando de alegría. Oyó suspirar a Kagome y sintió su calidez mientras se apoyaba contra él, su mano se enredó con la suya, entrelazando los dedos.

Dándole un breve apretón a su mano, Inuyasha inspeccionó el mar de gente que tenían ante sí en busca de la pareja de lobos antes de localizarlos finalmente en una esquina.

Sus cejas se alzaron hasta su espeso flequillo.

—Bueno, parece que el lobo y Ayame se están reconciliando —aclaró con una sonrisilla, su oreja izquierda se movió.

Kagome siguió su mirada.

—No se están reconciliando, se están liando —le corrigió mientras ponía los ojos en blanco, sintiéndolo encogerse de hombros murmurado "Es lo mismo". Soltó una risita y negó con la cabeza, soltando otro suspiro de alegría.

De repente, la música pareció mucho más alta en la poblada habitación y empezó a sonar la siguiente canción.

Una sonrisa malvada jugueteó en sus labios, e Inuyasha se apartó de la barra y arrastró a Kagome con él mientras se abría paso en el océano de bailarines, manteniendo un firme agarre sobre la mano de Kagome.

—¡Inuyasha! —gritó Kagome sobre la música—. ¿A dónde vamos?

Sin molestarse en responderle todavía, siguió tirando de ella hasta que encontró un sitio decente que no estaba completamente rodeado de gente y se volvió hacia ella, su sonrisa todavía adornaba sus facciones.

Kagome parpadeó.

—¿Inuyasha?

Poniendo las manos en sus caderas, Inuyasha la atrajo hacia él, admirando la forma en la que pasaba sus manos automáticamente por sus hombros. Se inclinó y mordisqueó su nariz antes de moverse para susurrar en su oído:

—Pongamos a prueba tus dotes de baile, Kagome.