Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.

Baile peligroso

Capítulo veinticuatro: Infierno invernal

-O-

El camarero negó con la cabeza y le lanzó una sonrisa de disculpa.

—Lo siento, muchacha, al parecer el filtro del agua se ha secado. Tengo que ir a la parte de atrás para rellenarlo otra vez. No te importa, ¿verdad?

Kagome sonrió y negó con la cabeza.

—Oh, no es ningún problema. Adelante, esperaré aquí.

Asintió y fue al cuarto de atrás del que había venido, la puerta ondeó un par de veces antes de cerrarse completamente.

Kagome suspiró y tamborileó los dedos sobre la barra distraídamente mientras esperaba, sus ojos inspeccionaron el bar a falta de algo mejor que hacer.

No tuvo tiempo de gritar antes de que algo duro hiciera contacto con su cráneo y su mundo se volviera negro.

-O-

Había conseguido abrirse paso a través del sudoroso mar de gente para llegar a su anhelado destino, que resultaba estar al otro lado de la maldita sala. Típico. Por no mencionar que la mitad de las mujeres borrachas que estaban en la pista de baile prácticamente se lanzaban a él para conseguir un trocito de la estrella del pop que había salido sin una novia molesta en medio colgada de su brazo.

Inuyasha terminó apartando a la mitad de su camino no muy gentilmente hasta que al fin llegó hasta la mesa de Miroku y Sango, dando un respiro de alivio cuando las mujeres decidieron ir detrás de Kouga, ya que al parecer Ayame no estaba con él en ese momento. Inuyasha ahogó una risa y se preguntó si el pobre cabrón había tenido una sensación de déjà vu cuando las mujeres borrachas lo persiguieron por la abarrotada sala. El estúpido lobo tenía facilidad para que las mujeres le persiguieran…

Negando con la cabeza para despejar sus pensamientos, el hanyou exhaló y se sentó al lado de Miroku en la silla vacía, cogiendo agradecido el agua que le ofrecía el teclista y bebiéndola con rapidez. Se lamió los labios y apoyó el vaso, asintiendo hacia su amigo en señal de agradecimiento y luego soltando otro suspiro mientras se hundía en su silla, arrugando ligeramente la nariz.

—Mierda, aquí apesta —declaró Inuyasha, con las orejas agachadas en señal de descontento.

Miroku se encogió de hombros y le dio un sorbo a su bebida.

—¿Qué esperabas, Inuyasha? ¿La dulce fragancia de flores y vainilla? —resopló—. Este sitio está lleno de cuerpos sudorosos bailando, con sudor saliendo de sus cuerpos a mares y alcohol rancio sobre las mesas, por supuesto que huele mal. —Arrugó la nariz para ponerle énfasis—. Aunque me alegro de no ser un demonio perro. Debe de ser diez veces peor, dado que tienen una nariz sensible, ¿verdad, Inuyasha? —Le sonrió e Inuyasha le tiró una servilleta enrollada en una bola en respuesta.

—Muérdeme.

Miroku se rio por lo bajo y Sango soltó una risita, negando con la cabeza hacia ambos.

—No se puede hacer nada con vosotros

Miroku meneó sus cejas en su dirección.

—Ah, pero querida Sango, puedo hacer de todo cuando estamos a solas en mi cuarto. —Se detuvo y parpadeó—. O en cualquier cuarto, para el caso.

Sango tuvo la decencia de sonrojarse y lo fulminó con la mirada, intentando ocultar su cara ardiendo tras el enfriador de su vino de fresa.

—Cállate, pervertido. —Un rápido golpe hacia la pierna por parte de Sango y Miroku puso una expresión de dolor, su pierna se alzó en un acto reflejo, haciendo que la mesa saltara y tumbara los contenidos por los lados.

—Au, Sango, eso ha dolido de verdad —se quejó Miroku, encorvándose bajo la mesa para frotarse la zona dolorida de su espinilla.

Sango siguió fulminándolo con la mirada e Inuyasha puso los ojos en blanco, apoyando el codo en la mesa y la barbilla en la palma de su mano mientras miraba a su amigo casi con aburrimiento.

—Aguántate, Miroku, los dos sabemos que has sufrido cosas peores que una patada en la espinilla. —Alzó una negra ceja en su dirección—. Y no estoy hablando de heridas físicas.

Sango se echó hacia delante y el vino de fresa salió de su boca, seguido poco después por una sonora carcajada, esquivando apenas a Miroku, que había evitado el líquido magenta y se había sonrojado profundamente mientras se hundía en su asiento, inclinando la cabeza para ocultar su vergüenza. Aunque, a través de la risa de Sango, Inuyasha pudo captar su comentario murmurado:

—Eso ha estado fuera de lugar, Inuyasha.

Inuyasha sonrió y encogió un hombro, perplejo ante la mirada que estaba recibiendo de un sonrojado teclista.

Sango, habiéndose recobrado al fin de su ataque de risa, se rio una última vez y empezó a limpiar el vino de la mesa con un trapo, limpiando la sustancia en segundos. Tiró el trapo tras ella, sin importarle dónde cayera. Y, a juzgar por el sonoro ruido de sorpresa, había aterrizado en la bebida de alguien.

Ignoraron las sonoras exigencias de que el culpable mostrara la cara y se quedaron allí sentados, con Sango sonriendo mientras bebía lo que quedaba de su vino, Miroku todavía estaba algo sonrojado, e Inuyasha volvía a parecer aburrido mientras esperaba a que llegara su novia. Algo le molestaba en su interior y le decía que no debía llevarle tanto tiempo conseguir dos vasos de agua. A lo mejor al viejo Pierce le había dado un ataque de artritis, haciendo que fuera despacio a la hora de conseguir las bebidas que le había pedido Kagome. O tal vez estaba hablando con alguien, con Rin o Ayame u otro y estaría allí en cualquier momento. O puede que…

—Oye, Inuyasha.

La voz de Miroku trajo a Inuyasha de vuelta a la realidad y parpadeó, centrando sus ojos ambarinos en su amigo, que lo miraba con curiosidad.

—¿Qué? —respondió gruñendo.

Miroku le ignoró y arqueó una ceja.

—¿Dónde está Kagome? Pensaba que había ido a usar el baño o algo así cuando volviste sin ella, pero ahora empiezo a pensar que se ha desviado un poco.

A Inuyasha le volvió a dar un vuelco el corazón e inhaló, su mirada escaneó la repleta habitación en busca de su amada.

—Fue a por bebidas para nosotros. Creía que ya habría vuelto —respondió con una pizca de preocupación en su tono de voz.

Sango y Miroku intercambiaron miradas y después ambos miraron hacia la barra, Sango se mordió el labio, volviéndose hacia Inuyasha que estaba sentado y enderezado en su silla, girando el cuello para mirar por encima de las muchas cabezas de la sala.

—No está en la barra, Inuyasha. De todas formas, no la veo. ¿Tú sí, Miroku? —preguntó Sango, volviendo sus ojos llenos de preocupación hacia el miembro de la banda.

Miroku respiró hondo y negó de mal humor, mirando a la estrella del pop, que estaba dejando que la preocupación apareciera en su rostro.

—Maldición —murmuró Inuyasha, pasándose una mano por su húmedo pelo. De repente, echó la silla hacia atrás y se levantó, Miroku y Sango hicieron lo mismo.

—Voy a ir a buscarla. A lo mejor se ha perdido, o algo así —dijo Inuyasha antes de desaparecer en el océano de gente bailando, dejando atrás a sus dos preocupados amigos.

Sango se volvió hacia Miroku, mordiéndose el labio.

—¿Crees que deberíamos ir a buscarla nosotros también? Puede que le haya pasado algo. Hay muchos borrachos por aquí… —se interrumpió, mirando en la dirección por la que se había ido Inuyasha.

Miroku maldijo por lo bajo y buscó a su amiga con nerviosismo.

—Por supuesto. Pero me alegro de que no se lo mencionaras a Inuyasha mientras estaba aquí, si no habría hecho algo muy arriesgado.

Sango tragó saliva y asintió, empezando a caminar en una dirección mientras Miroku iba en dirección contraria.

-O-

Hacía un frío que pelaba.

Se despertó con un fuerte estremecimiento, sus pesados párpados, que parecían congelados, se levantaron muy lentamente para revelar dos orbes chocolates vidriosos y confusos, parpadeando varias veces para enfocar la visión. ¿Dónde estaba? ¿Por qué hacía tanto frío? ¿Por qué le dolía tanto la cabeza? Sus párpados volvieron a caer, las gruesas pestañas estaban llenas de escarcha y descansaban sobre un rostro fantasmagóricamente blanco.

Gruñendo ligeramente, Kagome cerró los ojos con fuerza y se levantó con la ayuda de sus brazos, estremecimientos violentos pasaron por su cuerpo ante el frío que punzaba como una aguja. El movimiento sacudió su cabeza y le provocó una dura oleada de nuevo dolor que impactó en su cabeza. Hizo una mueca y finalmente consiguió sentarse con algo de dificultad, con las piernas dobladas a un lado. Levantando las manos para agarrar su palpitante cabeza, Kagome volvió a abrir lentamente los ojos y miró a su alrededor, su congelado cerebro le hizo notar que estaba en una sala de tamaño medio con un montón de borrones marrones a su alrededor.

Kagome parpadeó, intentando volver a aclarar la visión. Estaba oscuro y parecía haber una especie de brillo azul en ese lugar, Kagome entrecerró los ojos para ver mejor. El borrón marrón que tenía delante empezó a cobrar forma y ahí fue cuando Kagome descubrió que colgaba del techo de una gruesa cuerda, junto con un montón de otros borrones marrones. Algunos estaban tirados en el suelo, alineados contra la pared. Una vez Kagome miró bien a su alrededor, descubrió que la habitación estaba llena de masas marrones.

Bajando los brazos para abrazarse, el frío se le coló por cada poro de su cuerpo, Kagome se lamió sus labios cuarteados, que estaban fríos por la falta de calor, y estudió un trozo grande marrón que tenía al lado. La textura parecía dura al tacto, pero parecía lo suficientemente blanda para cortarlo con un buen cuchillo.

Otro violento estremecimiento la atravesó y Kagome estornudó, sorbiéndose la nariz y arrugando la nariz.

—¿D-Dónde e-estoy? —susurró, observando su aliento saliendo ante ella en un espeso remolino de vapor. Intentó tragar el nudo de su garganta, pero demostró ser muy difícil cuando la garganta se le había secado hacía tiempo.

Kagome tosió a modo de prueba y descubrió que le dolía hacerlo. Se volvió a lamer los labios y se acurrucó en una bola, su cerebro estaba demasiado congelado para comprender por qué hacía tanto frío.

—Qu-Qué fr-frío —susurró para sus adentros, su cuerpo temblaba notablemente por el clima invernal.

De repente su mente pareció alcanzarla a ella y parpadeó somnolientamente, los orbes cafés se ampliaron al darse cuenta de qué eran las masas marrones y por qué hacía tanto frío.

Estaba en una cámara frigorífica.

Un grito estrangulado escapó de su garganta reseca y Kagome tosió bruscamente, su garganta irritada le escocía por el esfuerzo y la sequedad.

¿Por qué estaba en una cámara frigorífica? No podía recordar nada y estaba empezando a asustarse un poco. Tenía que salir de allí inmediatamente. Kagome no tenía muchas ganas de morir de neumonía. Se imaginaba que ya estaba un poco enferma, pero que no era nada grave. Daba igual. No tenía ni idea de cuánto llevaba en el congelador y no quería seguir allí más tiempo y empeorar. Pero tenía tanto frío, estaba tan cansada y débil que no creía que pudiera mover sus miembros congelados. Las piernas de Kagome estaban entumecidas y parecían pegadas al suelo, y su espalda se había insensibilizado hacía mucho.

Pero tenía que intentarlo. Tenía que salir de allí, volver con Inuyasha.

Inuyasha. ¿La estaba buscando? ¿Sabía siquiera que había desaparecido?

Lágrimas instantáneas salieron de sus ojos y bajaron por sus mejillas solo para congelarse en su pálido rostro, dejando un rastro de sal helada en sus anestesiadas mejillas.

—I-Inu… —Un fuerte golpe de tos la interrumpió y alzó una mano temblorosa hacia su dolorida garganta, respirando bocanadas sibilantes de aire congelado que no ayudaban a menguar la abrasadora sequedad de su garganta. Su pelo negro estaba tieso del frío, la escarcha se entrelazaba entre él y las duras puntas rozaban contra sus mejillas y su cuello, causándole una sensación punzante que Kagome descubrió que no le gustaba demasiado.

Inuyasha, pensar era mucho más fácil que hablar, decidió Kagome. Inuyasha… por favor, encuéntrame… tengo tanto frío, estoy tan cansada… te necesito…

No notó la pesada puerta de acero abriéndose antes de sucumbir a la fría inconsciencia.

-O-

Había tanta gente, tantos olores diferentes y ninguno de ellos emitía el aroma único de su amada novia mientras atravesaba el mar de gente. Se estaba preocupando un poco. ¿Y si uno de los borrachos de la barra se había aprovechado de ella? ¿Y si estaba herida y atrapada en algún sitio con el borracho y él…?

Un golpe de ira lo atravesó y gruñó, empujando a un desafortunado a un lado mientras iba hacia la barra. ¿Cómo se atrevía alguien a pensar siquiera en ponerle una mano encima a su Kagome? Quienquiera que tuviera las agallas para hacer daño a lo que le pertenecía iba a sufrir las consecuencias entregadas personalmente por él.

Al fin llegó a la barra y, apartando a varias personas a un lado por la prisa, Inuyasha estampó las manos sobre el mostrador, con un profundo frunce implantado en su rostro.

—¡Pierce! ¡Trae tu culo escocés aquí, ahora!

Ante la enfadada voz de su jefe, Pierce salió rápidamente y tambaleándose de la parte de atrás, con un trapo sucio aferrado en su mano grande y con sus ojos verdes bien abiertos de la sorpresa. Su mirada aterrizó sobre su jefe y fue hacia él lo más rápido que pudo.

—¿Qué te pasa, muchacho? —le preguntó, con la voz ligeramente ronca por la edad o por tener que hablar muy alto sobre la música.

Inuyasha fue directo al grano.

—¿Dónde está Kagome? ¿Ha venido por aquí? —preguntó, sus orbes ambarinos inspeccionando los esmeraldas del escocés.

Pierce arqueó una peluda ceja naranja e intentó recordar sus últimos pedidos.

—¿Kagome? —repitió, con la ceja fruncida pensativamente—. Creo que no he oído nunca ese nombre, muchacho.

La estrella del pop gruñó molesto ante su falta de memoria y replicó a través de sus dientes apretados:

—Kagome, la mujer que pidió dos aguas aquí, una con mucho hielo. —Estaba intentando con todas sus fuerzas no agarrar la sucia camisa del viejo y meterle algo de sentido común a sacudidas.

El camarero escocés parpadeó lentamente en su dirección y luego sus ojos se abrieron como platos al recordar.

—Oh, ¿te refieres a la joven de pelo negro? —Ante el asentimiento de Inuyasha, Pierce negó tristemente con la cabeza—. Lo siento, muchacho, no la he visto desde que pidió el agua. —El hombre, que empezaba a quedarse calvo, arrugó la nariz y se rascó la cabeza con desconcierto—. Ahora que lo pienso, cuando volví de atrás, ya no estaba —puntualizó, con las cejas fruncidas en confusión.

Inuyasha resistió las ganas de pegarle a algo y apaciguó su ira momentáneamente enterrando las garras en el mostrador de madera, varias grietas surgieron de la presión.

—¿Qué quieres decir con que ya no estaba? —gruñó con una voz peligrosamente baja, los labios estaban retraídos en un gruñido fiero.

Pierce dio un paso atrás y miró con nerviosismo la madera quebrada. Puede que no fuera el tipo más listo de la mansión, pero sabía cuándo estaba enfadado su jefe. Y ahora mismo estaba cabreado.

—Exacto, muchacho. No la vi cuando volví del otro salón y en la barra no estaba —explicó con precaución, sabiendo que debía andar con cuidado con su ahora enfadado jefe.

Inuyasha no estaba enfadado, oh, no. Estaba más que enfadado. Estaba lívido. Cabreado. Iracundo porque alguien tuviera las agallas para arrebatar lo que era suyo. Y sabía que alguien la había secuestrado. ¿Dónde iba a estar si no secuestrada? Había mirado por todas partes en la pista de baile, la zona del billar, no estaba en la barra o en alguna de las mesas y no estaba en el baño. E Inuyasha estaba seguro de que le habría dicho que se iba, tal vez a tomar el aire o a hacer una llamada. Pero probablemente podría hacer eso en el baño…

Confuso y volviéndose loco, Inuyasha maldijo violentamente y se fue de la barra, apartando de su camino a varias parejas que bailaban y a otros que no estaban con nadie para buscar un poco más o tal vez, si tenía suerte, captar su olor y seguir a partir de ahí.

Tragando el nudo de pánico que le cortaba su suministro de oxígeno a su garganta, Inuyasha se mordió el labio y permitió que la expresión de ira abandonara su rostro para ser reemplazada con una de preocupación mientras sus orejas se bajaban drásticamente.

Por primera vez en su vida…

Tenía miedo.

-O-

Tenía miedo.

¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? Kagome no tenía ni idea mientras sus ojos se abrían lentamente, sus párpados parecían congelados con escarcha entrelazándose en sus espesas pestañas. Todavía le palpitaba la cabeza de dolor e hizo una mueca, llevándose automáticamente una mano a ella para sujetársela. Kagome era apenas consciente del rayo de luz que se esparcía por el suelo hasta llegar a donde estaba, pero su cerebro estaba demasiado congelado para comprender que tenía que escapar de ese infierno invernal.

—¿Has dormido bien, princesa?

La repentina voz hizo que Kagome se sobresaltara y jadeó, el movimiento hizo que el aire frío entrara en su boca y congelase su garganta. Una sibilante tos surgió de su interior y el cúprico sabor a sangre cubrió sus labios de un cálido escarlata. Gimoteó patéticamente y se llevó la mano a la boca temblorosamente, las entumecidas yemas de sus dedos rozaron sus labios. Un violento estremecimiento atravesó su cuerpo cuando retiró la mano y vio las puntas de sus dedos cubiertas de una oscura sangre roja.

Una profunda risita sádica reverberó por la sala y Kagome pudo oír las pesadas pisadas acercándose a su entumecida figura por delante de ella, pero no tenía fuerzas para levantar la cabeza y ver quién era. La voz era vagamente familiar, pero su aturdido cerebro no podía componer la cara a la que pertenecía la voz.

De repente un par de botas negras entraron en su línea de visión y parpadeó somnolienta, todavía demasiado débil como para levantar la cabeza del frío suelo.

Pronto, la voz acompañó al par de botas.

—¿Cómoda? Bien. Porque no vas a salir de aquí. —La voz había pasado repentinamente de suave y seductora a fría y maliciosa y hubo un repentino golpe de frío que salió de la nada. La puerta de acero se cerró de golpe por la presión, envolviendo la sala en oscuridad una vez más, salvo por una sola luz fluorescente que colgaba en forma de bombilla sobre sus cabezas. Eso no había estado allí antes…

Kagome cerró los ojos con fuerza y apretó los dientes, deseando que terminara esa pesadilla. Eso era lo que era. Solamente una horrible pesadilla y en cualquier momento Kagome se despertaría en su cama con los brazos de Inuyasha a su alrededor, protegiéndola de la noche y de todos sus males.

La figura que tenía delante se puso en cuclillas y apenas fue consciente de los fríos dedos pasando suavemente por su pálida mejilla, casi como una caricia susurrante.

En cualquier momento…

La mano la agarró de repente por la barbilla y le levantó la cabeza con brusquedad, arrancado su mejilla del suelo. Una sensación de escozor se esparció por su mejilla al apartarla del congelado suelo.

Esta era una pesadilla horrible… ¿verdad?

Lentamente, como si abrir los ojos fuera a romper esa sensación de pesadilla, Kagome abrió sus ojos de color chocolate y se encontró con la gélida mirada de dos crueles ojos negros.

Abrió la boca para hablar, pero descubrió que sus cuerdas vocales se negaban a trabajar. ¿O puede que estuvieran igual de congeladas que el resto de su cuerpo? Suspiró internamente con frustración. Típico. Tenía que perder la voz en un momento como ese. Los dioses debían de odiarla.

Su secuestrador sonrió gélidamente, como si leyera sus pensamientos, y pasó lentamente un rasposo pulgar por su pálida mejilla, encendiendo un estremecimiento de repulsa que bajó por su espalda. Intentó apartar la barbilla de su agarre, pero debido a su débil estado (y su inusual fuerza) fue un intento inútil y él rio malvadamente. Kagome intentó fruncir el rostro, pero la cara que puso probablemente pareció la de alguien con estreñimiento.

Él volvió a reírse y se inclinó de forma que sus narices se tocaran, fue el más mínimo roce, pero Kagome aun así se sintió enferma. ¡Qué valor tenía este tipo…!

—Es inútil intentar desafiarme. Tus extremidades están congeladas y no puedes moverte, ni aunque lo intentes. —Bajó los párpados y su sonrisilla se convirtió en una sonrisa seductora, sus orbes negros brillaron con intenciones impuras y su voz bajó una o dos octavas—. Aunque puedo asegurarte que no supondrá ninguna diferencia en cuanto termine contigo.

A Kagome se le revolvió el estómago y tuvo ganas de vomitar, pero sus labios congelados evitaron que abriera siquiera la boca. Entrecerró sus ojos chocolates e intentó volver a apartarse.

—¿Por qué? —articuló, al fin había podido abrir los labios. Aunque las ganas de vomitar sobre él se extinguieron hasta un profundo odio, su estómago siguió dando volteretas.

Su captor se limitó a sonreír, al fin liberando su barbilla para levantarse y mirarla de brazos cruzados.

—Porque puedo, Kagome, y tú o tu pequeño novio hanyou no podéis detenerme —replicó desafiante, riéndose de su profunda mirada de odio que tenía en el rostro. O lo que se suponía que era una profunda mirada de odio. Su cara seguía dolorosamente paralizada, notó él.

Negando con la cabeza, su pelo perfectamente descongelado se movió con ella, se dio la vuelta y volvió con determinación a la puerta.

Un momento… ¿descongelado?

Parpadeando lentamente, Kagome miró sin expresión el pelo negro que permanecía perfectamente liso y, sin duda, sedoso. ¿Por qué no estaba congelado? Si el suyo estaba congelado, ¿el suyo no debería estarlo también? Aunque no llevara allí mucho tiempo, la temperatura era suficiente para cubrir su pelo con un poco de escarcha, al menos. ¿Y esa ráfaga de viento que había salido de la nada? Cuando antes había mirado a su alrededor, no había encontrado ventanas o más puertas, e incluso si había una puerta oculta o una ventana en alguna parte, ningún viento normal podría cerrar de golpe una pesada puerta de acero con tanta facilidad…

Entonces, ¿qué era este hombre exactamente? No era un hombre normal. Si lo fuera, estaría medio convertido en un polo, como ella. Pero no parecía que le afectara en absoluto. Ni un poco. Su embotado cerebro no podía encontrar una respuesta en ese momento y las pistas no encajaban. Parecía como si estuviera acostumbrado al frío o algo así… casi como si fuera…

Estaba tan sumida en sus pensamientos sobre su misterioso "Truco de descongelación", que Kagome acababa de darse cuenta de que estaba hablando y apenas pudo captar su última frase.

—… iré. Sin duda tu pequeño hanyou protector anda buscándote por todas partes. —Sonrió con frialdad en su dirección e hizo una elegante reverencia, una ceja perfectamente negra se arqueó, burlona—. Adiós, princesa. —Y con eso, enderezó su postura una vez más y fue directo a la puerta.

Y Kagome habría jurado que vio su forma cristalizándose al contacto con la puerta y estallar en millones de pedazos de lo que parecía hielo antes de que su mundo volviera a ponerse negro.

-O-

Estaba empezando a entrar en pánico. Miroku y Sango habían hablado con él hacía media hora diciendo que no la encontraban por ninguna parte y que nadie más parecía saber de su paradero. Aunque sabía que no iban a tener suerte en su búsqueda, no podía evitar el más mínimo atisbo de esperanza que se había enterrado en su corazón, esperando que al menos encontraran una pista de dónde había desaparecido su novia.

También sabía que no debería darle tanta importancia. Podía estar en cualquier parte de su enorme casa a la que llamaba hogar y por eso había enviado a la pareja al piso de arriba para continuar con su búsqueda de la bailarina. Tal vez estaba arriba, en alguna parte, tal vez en su habitación, o en la cocina consiguiendo algo de comida decente en lugar de lo que ofrecían en la barra.

Y aunque sabía que era inútil, mantenía ese atisbo de esperanza en su pecho, una pequeña señal de optimismo mientras seguía buscando a la persona que significaba más para él que la vida en sí. Haría cualquier cosa por tenerla de vuelta, a salvo y cálida en sus brazos y toda sonrisas, como era siempre. Estaba a nada de saltar sobre la mesa más cercana (ya fuera de billar o una normal) y cancelar todo el guateque.

Pero al mirar al sudoroso montón de gente que estaba bailando, no pudo hacerlo. Esta gente no se merecía que les arruinaran la fiesta solo porque no podía encontrar a una persona.

Aunque esa persona fuera la persona más importante de toda su patética vida como hanyou.

Sabía que no se la merecía. Ella se merecía algo mucho mejor que él, alguien sin la sangre contaminada de una humana y un demonio. Pero entonces, mientras intentaba encontrar alguna clase de defecto en su persona, algún otro percance que se aferrara a su ser y que finalmente ella vería y decidiría que no era digno de su amor, su amor por ella creció mucho más.

A Kagome le iba a dar igual que sacara milagrosamente alguna clase de excusa para que no lo quisiera más. A Kagome no le iba a importar, aunque empezara a soltar una media historia sobre su pasado y cómo solía violar hombres y desmembrarlos y esconder las partes en los maleteros de gente aleatoria. Simplemente le quitaría importancia si de repente declaraba que era bisexual.

No. Lo amaría a pesar de todo. Kagome lo amaba a pesar de todo. Y amaba todo de él. Sus defectos, su pasado, su sexualidad. Todo.

Y en ese momento el corazón de Inuyasha se llenó de tanto amor por la mujer que había llegado a amar más y más cada día, que pensó que el órgano bloquearía el paso a su esófago, impidiendo el flujo de oxígeno y que se ahogaría. Pero eso era imposible, ¿no?

Riéndose secamente ante el absurdo prospecto de muerte, Inuyasha se pasó una mano por su suave pelo blanco, húmedo de sudor, y soltó un suspiro de cansancio, sus ojos ambarinos inspeccionaron la pista de baile por lo que parecía la millonésima vez, buscando una conocida cabeza oscura y unos brillantes ojos marrones. Pero por supuesto, como siempre, el resultado fue el mismo, varias mujeres que no había visto nunca antes en su vida mirándolo y guiñándole un ojo coquetamente, con miraditas plasmadas en sus caras salidas de la cirugía estética.

No pudo evitar poner los ojos en blanco. ¿Estas mujeres no sabían que tenía una novia a la que le era fiel y a la que permanecería fiel hasta que tuviera que sacárselo de encima con un fuerte par de alicates y, si era necesario (no se iba a librar de él tan fácilmente), una multitud anormalmente grande de fans?

Se estremeció ante la idea. La pesadilla de toda estrella del pop…

Inuyasha recordaba vagamente la vez que había conocido a Kagome en el parque hacía dos meses tras el concierto y cómo lo había salvado con tanto heroísmo de la horda de fans empujándolo hacia un callejón oscuro. Y habría jurado que también había habido hombres entre ellos.

Otro estremecimiento recorrió su cuerpo, aunque esta vez no era de repulsión. Parpadeando, el hanyou se dio la vuelta y se quedó mirando la silueta de una puerta muy bien oculta en la pared, camuflada por las sombras y la pintura oscura que habían utilizado para "decorarla". Fuera quien fuera.

Entrecerrando los ojos, Inuyasha se inclinó lentamente hacia delante, sintiendo otro pequeño soplo de aire helado colándose por las rendijas que rodeaban la puerta y la abertura un poco más grande que formaba la parte de abajo de la puerta con el suelo.

Volvió a parpadear.

—Pero, ¿qué…? —Apoyando una mano contra la puerta, le confundió un poco lo fría que estaba la madera cuando fue a agarrar el pomo apenas visible. En cuanto su mano tocó el oxidado metal, la retiró rápidamente como si le hubiera quemado y maldijo, con los ojos abiertos con perplejidad.

—¿Qué coño? —Estaba congelado. Estaba… helado, escocía. Al girar la mano, a Inuyasha le sorprendió que la escarcha no se le hubiera empezado a formar ya en su extremidad. Pero estaba roja y la notaba ligeramente entumecida.

¿Qué demonios había detrás de esa puerta? Nunca la había visto de todas las veces que había estado allí, tanto si había sido para escapar de todo como para esconderse de su medio hermano. O de Sango. A veces daba bastante miedo cuando quería.

Con las cejas fruncidas en gesto de perplejidad, Inuyasha se inclinó otra vez lentamente hacia la puerta, asegurándose de evitar el frío del pomo. Era como si el invierno empezara detrás de esta puerta o algo así. Las pequeñas ráfagas de viento helado jugaban con su pelo y hacían que sus orejas se movieran ligeramente, molestas.

Algo en su interior se retorció de ansiedad y respiró hondo, otro estremecimiento le recorrió la espalda. No le gustaba aquello. Ni un poco. Y tenía el presentimiento de que fuera lo que fuera que estuviera detrás de aquella puerta no podía ser bueno.

Así que, con las orejas aplastadas contra su cabeza, las piscinas color miel llenas de sospecha entrecerrándose y un frunce en su ceño, Inuyasha exhaló y agarró un puñado de su camiseta antes de envolverlo en el pomo que estaba frío como el hielo. Miró sobre su hombro para asegurarse de que nadie lo observaba y entró rápidamente en la habitación glacial, cerrando la puerta detrás de sí.