Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.
Baile peligroso
Capítulo veintiséis: Fuga
-O-
El hielo se derretía poco a poco e Inuyasha renovaba las heridas de sus manos, abriendo la carne en distintos sitios, aumentando el flujo de sangre. Y cada vez que sus manos entraban en contacto con el frío hielo, le escocía igual que la primera vez. Sabía que corría el gran riesgo de desangrarse por toda la sangre que estaba usando para escapar, pero tenía que hacerlo. Tenía que llegar hasta Kagome.
Aguanta, Kagome, pensó Inuyasha con fervor, apretando los dientes por el escozor de sus manos, el dolor subía poco a poco por sus brazos y le estaba empezando a provocar una punzante jaqueca. Tú aguanta un poco más… Voy a por ti…
-O-
El maldito hanyou había descubierto cómo escapar de su prisión de hielo, y lo peor era que el actual objeto de sus deseos estaba rompiendo el ancho hielo justo encima de la puerta que llevaba al exterior de la cámara frigorífica. Esto no iba bien.
Frunciendo el ceño, Kyosuke liberó un gruñido de frustración y rompió la imagen tallada en hielo con una pálida mano, varios fragmentos del afilado hielo cortaron su fría piel y marcaron finas líneas rojas. Fulminó con la mirada la sangre que contrastaba contra el tono pastel de su piel mientras volvía a su mano, las finas líneas se desvanecían como si nunca hubieran estado allí.
Sangre.
De todas las cosas que podían destruirlo, ¿por qué demonios tenía que ser la sangre?
Kyosuke volvió a fruncir el ceño y se paseó por la congelada y aislada habitación. ¿Qué demonios iba a hacer? Era solo cuestión de tiempo que la chica encontrara la puerta de acero oculta tras la gruesa capa de escarcha y el maldito medio demonio estaba literalmente derritiendo su jaula de hielo. Si no hacía algo, encontrarían la salida y se volverían a reunir, planeando su muerte, dado que el hanyou obviamente sabía qué hacer para derrotarlo.
Maldición. Bueno, esto sí que se llevaba la palma.
Exhalando un gruñido de frustración, el demonio del hielo suspiró y volvió a hundirse en una silla de hielo que se había formado de repente detrás de él, el hielo no le afectó al tocar su piel. Los ojos del color del carbón se cerraron mientras Kyosuke se reclinaba, apoyando los brazos en los reposabrazos y dejando que la atmósfera invernal lo calmara. ¿Quién le iba a decir que la chica tenía tal potencial? La chica poseía tal ambición y chispa en su interior que eso hacía que la admirara todavía más.
Sonrió repentinamente, una mueca maliciosa que habría hecho que el más fuerte y valiente de los hombres buscara cobijo. Sí. La tendría. Y ese patético medio perro no se iba a interponer en su camino.
-O-
Su cuerpo hacía mucho que había vuelto a entumecerse para cuando descongeló la manilla y el acero gris estuvo ligeramente caliente por sus intentos de arrancarlo y liberarse de la habitación que estaba empezando a molestarle. A Kagome ya no le importaba enfermarse o no mientras seguía tirando de la manilla que asomaba por la puerta que sabía que se escondía detrás de la gruesa escarcha.
También sabía que, si no salía rápido de allí, probablemente moriría de deshidratación antes de que la hipotermia se cebara con su cansado y frío cuerpo. Tenía la garganta dolorida y seca, los labios cuarteados y cubiertos de una seca capa de su propia sangre. Su pelo azabache parecía blanco por toda la escarcha que lo cubría y su ropa estaba rígida y áspera contra su sensible piel. A Kagome le sorprendía que no se le hubieran caído todavía las piernas, ya que solo llevaba puesta una falda corta que no le daba nada de calor y protección frente al frío ambiente.
Débil y somnolienta, Kagome respiró hondo bruscamente e inmediatamente se arrepintió cuando empezó a toser con fuerza, la sangre salía de sus labios y salpicaba la escarcha delante de ella y cubría sus labios con una nueva capa escarlata. Hizo una mueca de dolor y se llevó una temblorosa mano a su garganta, tragando con cuidado y haciendo una mueca mientras su áspera garganta se contraía, el sabor de la sangre dejó un sabor metálico en su garganta. No podía aguantar mucho más. Era demasiado para ella, el dolor, el entumecimiento… la sensación de terror tomando lentamente el control de la parte racional de su mente.
Era tan débil. ¿Por qué no podía ser fuerte? Eso era lo que Inuyasha habría querido. No quería una débil humana que no podía soportar ni un poco de frío. Se merecía a alguien mucho mejor, alguien que fuera igual de fuerte que él y alguien que lo protegiera tanto como él la protegía a ella.
Kagome había intentado ser fuerte, de verdad que sí. Pero al final, fue demasiado que soportar para su débil cuerpo humano. Inuyasha no se merecía a alguien como ella. ¿Qué habría hecho para captar toda su atención?
Sí, lo había querido antes de conocerlo, pero esa clase de amor era muy diferente de lo que sentía ahora. El amor anterior que había tenido por él era completa admiración, un capricho adolescente que se negaba a olvidar. Un capricho de una niña que empezaba a mostrar los signos de femineidad.
Pero ahora… el amor que albergaba por él estaba más allá de ese capricho de niña. El amor que tenía por él ahora era pura adoración unilateral y respeto por su ser. Quería estar con él, compartir sus sentimientos y arrebatar cualquier clase de dolor que pudiera estar haciéndole daño. El amor que sentía era fuerte y crecía con firmeza con cada fuerte latido de su corazón.
La duda que nublaba la mente de Kagome se despejó lentamente y frunció el ceño, tirando a medias de la manilla de acero que la separaba del que sin duda amaba y quería.
Pero si Inuyasha no quería a una débil humana como ella, entonces ¿por qué iría hasta tal punto para demostrarle que sí la quería y la amaba? ¿Por qué consideraría siquiera demostrárselo cuando ya sabía que la amaba tanto que las palabras no bastaban para explicar sus sentimientos? Eso había dicho cuando había afirmado que podía visitar a Kurama cuando quisiera.
Fue demasiado que procesar para su confusa mente y se desvaneció, parpadeando varias veces mientras su visión se volvía borrosa y parecía que la habitación daba vueltas. El suelo saltaba bajo sus pies, haciendo que perdiera el equilibrio y trastabilló unos segundos. Movió sus brazos entumecidos en un intento por recuperar su equilibrio y siguió trastabillando y tropezando unos segundos más hasta que la habitación al fin se quedó quieta y el suelo no se movió bajo sus pies.
Kagome cerró los ojos y respiró con cuidado, intentando que su corazón acelerado se calmara mientras depositaba una mano temblorosa sobre su pecho. ¿Qué fue eso? Pensó desconcertada, exhalando lentamente y permitiéndose abrir los ojos. Tal vez todas estas ideas estén afectando a mi cuerpo, ya que no estoy en condición alguna para preguntarme por el significado de la vida en estos momentos,conjeturó Kagome, lamiéndose sus secos labios y saboreando la sangre. Hizo una mueca y tragó convulsivamente, arrepintiéndose inmediatamente cuando la familiar sensación ardiente asaltó su rasposa garganta, su estómago se retorció dolorosamente.
Ag… tengo que salir de aquí, pensó Kagome y trastabilló hasta la manilla que sobresalía de la pared, agarrándolo con renovada determinación y tirando de él tan fuerte como pudo.
No se movió. No era ninguna sorpresa.
Gruñendo mentalmente de frustración, la congelada bailarina fulminó con la mirada la manilla plateada a través de sus ojos marrones entrecerrados y apretó los dientes, ignorando la fugaz sensación de dolor de la presión que estaba imprimiéndole a su boca seca. Voy… a… salir… de… aquí… pase… lo… que… pase. Acentuó cada palabra con un fuerte tirón de la manilla plateada y un gruñido, los talones de sus botas se enterraron en el congelado suelo en busca de apoyo. Le dolían los brazos del esfuerzo al que estaba sometiendo sus músculos, pero lo ignoró con determinación, su rostro se frunció en concentración y cansancio.
Puedo hacerlo… Puedo hacerlo… Puedo…
¡Se movió un milímetro!
… O un centímetro… o lo que fuera… A quién le importaba, ¡se había movido!
Kagome sonrió tan ampliamente que temió partirse la cara por la mitad mientras su seca piel se estiraba dolorosamente. ¡Sí! Se ha movido, se ha movido, ¡se…! Ha vuelto a como estaba… ¡Maldición! ¡Estúpida manilla! Fulminando a la maldita manilla con la mirada, Kagome chilló y dio una patada con el pie, sus sentidos de la gravedad eran inexistentes en su mente mientras su bota chocaba contra la manilla helada con un sonido metálico.
Pero poco después, Kagome volvió a conocer la gravedad cuando su pie chocó contra el suelo y empezó a deslizarse hacia delante, mientras su otra pierna todavía flotaba en el aire y estiró automáticamente los brazos, con los ojos abiertos como platos y una expresión horrorizada mientras trastabillaba hacia atrás, con los brazos volando mientras buscaba recuperar el equilibrio que había tenido hacía unos segundos.
Un sonido similar a un chillido y un gruñido se escaparon de su boca cuando finalmente perdió la batalla con la gravedad y su pie resbaló bajo ella, otro sonido metálico hizo eco por la habitación cuando su pie volvió a chocar contra la manilla y luchó por recuperar el equilibrio, sus piernas se posicionaron para que pareciera que estaba haciendo el spagat en el aire y su espalda dio contra el frío suelo con un golpe sordo bastante doloroso.
—… Au… —La palabra se dijo en voz baja y ronca y la boca seca de Kagome protestó por la acción. Haciendo una mueca, forzó lentamente a sus doloridos músculos para enderezarse hasta sentarse, los músculos de su trasero palpitaban junto con todo lo demás. Genial… lo único que no me dolía del cuerpo ahora me duele junto con todo lo demás… típico.
Frunciendo el ceño, Kagome se obligó a ponerse en pie, no deseando más que acostarse y dormir. Pero sabía que no podía hacerlo, porque si lo hacía, puede que no volviera a levantarse. De repente bostezó, la idea de dormir estaba volviéndose más tentadora a cada minuto que pasaba.
¡No! ¡No puedo dormir! ¡No puedo! Tengo que salir de aquí a menos que quiera morir congelada. Y esa no es precisamente la forma en que tengo pensado morir. Negó ligeramente con la cabeza para librarse de esos pensamientos y al fin dirigió su atención hacia la pared que tenía delante, el frunce desapareció lentamente y sus ojos se abrieron como platos al mirar con atención.
La manilla había caído.
-O-
Maldición, esto es agotador. Estoy perdiendo demasiada sangre. No puedo seguir haciendo esto mucho más tiempo. Mordiéndose el labio, Inuyasha renovó el corte de su mano con una garra y presionó rápidamente la carne ensangrentada contra el hielo que tenía delante, siseando cuando el hielo entró en contacto con su mano. Hirvió unos segundos y el hielo se derritió lentamente mientras la sangre hacía su trabajo, devorando la helada jaula.
A su derecha, Inuyasha no vio la manilla que tenía la puerta helada mientras empezaba a agitarse a cada segundo al seguir concentrado en su huida que sabía que se acercaba. Solo unos milímetros más para ir hasta donde podía ver y saldría de allí.
—¡Jod…! ¿Qué ha sido eso? —se preguntó Inuyasha en voz alta, deteniendo sus acciones para derretir el hielo que lo rodeaba y buscando lo que había causado el ruido de rotura a su derecha. Al asomarse entre los huecos que proporcionaba la helada estalagmita, un frunce adornó la ceja del hanyou cuando su afilada vista notó los trozos de hielo roto justo ante la puerta congelada que conducía al cuarto que tenía cautiva a su novia.
—Pero qué… eso no estaba ahí antes —dijo en voz baja, los ojos ambarinos fueron hacia el norte para encontrar la fuente de hielo partido que yacía inocentemente en el suelo. Sus ojos subieron hasta la manilla plateada, pasando por la ventana helada, hasta…
¡La manilla!
Devolviendo la mirada a la manilla de acero conectado a la puerta, los ojos dorados de Inuyasha se abrieron al darse cuenta de que ya no lo cubría el hielo como antes y que ahora estaba hacia arriba. Eso significaba…
—Kagome… ¡Kagome lo ha movido! —El alivio inundó sus sentidos y se desplomó contra el hielo que lo rodeaba, con los ojos cerrados mientras pensaba que su Kagome todavía estaba bien y luchando por salir. Ninguna otra causa podría haber destrozado así el grueso hielo que cubría la manilla de la puerta, así que la fuente debía de haber venido del otro lado de la barrera de acero. Kagome debía de haber movido la manilla de alguna manera hacia abajo para que se abriera la puerta, lo que explicaba que la manilla estuviera hacia arriba en lugar de en su posición anterior hacia abajo.
Gracias a los dioses que estás bien… no sé qué haría si… Negándose a terminar ese oscuro pensamiento, Inuyasha liberó temblorosamente el aliento y se apartó de la estalagmita, decidido más que nunca a salir de su jaula de hielo para ir hacia lo único que le importaba más que nada.
Con la mandíbula firme y el rostro con expresión resuelta, Inuyasha alzó su mano ensangrentada y gruñó de dolor mientras su garra rasgaba su camisa y perforaba su hombro derecho, bajando hasta su codo, de donde sacó su garra ensangrentada y estampó rápidamente su hombro herido contra el hielo sin más preámbulos, el burbujeo fue más ruidoso que nunca e hizo que gimiera de dolor, las orejas se aplastaron contra su cráneo.
—Joder… escuece… —dijo sin aliento, apretando los dientes y cerrando las manos en puño, sacando todavía más sangre. Usó sus manos escarlatas y las apretó contra el hielo, el dolor a mayores hizo que a Inuyasha le diera vueltas la cabeza. Su visión se estaba volviendo roja y parpadeó rápidamente, intentando hacer que volviera a la normalidad. Tras varios intentos más, sus ojos por fin empezaron a enfocar y se quedó mirando su hombro, con el corazón dándole un vuelco al darse cuenta de que su hombro había derretido la mayor parte del hielo que quedaba.
—Al fin… creo que no iba a poder soportar mucha más pérdida de sangre.
Tragando el nudo de su garganta, el hanyou apartó el hombro del hielo con un siseo, agradecido por sus habilidades demoníacas curativas. Aunque podía ver en ese momento que a su hombro le iba a llevar un poco de tiempo curarse por completo. Se había cortado bastante profundamente para sacar más sangre que le ayudara a escapar.
Sintiéndose mareado, el medio demonio se tomó un momento pata recuperar las fuerzas antes de lanzarse con brusquedad contra el hielo derretido con sus puños y garras, con un gruñido feroz marcado en sus pálidas facciones. Trozos de hielo volaron por todas partes mientras lo atacaba con las garras, algunos le daban en la cara, dejando minúsculas líneas escarlatas que perforaban su sensible carne. Ignoró la familiar sensación de escozor y concentró toda su atención en la tarea que tenía ante él de eliminar el resto de débil hielo que lo confinaba. Tenía que llegar hasta Kagome. Tenía que hacerlo. No era una opción.
Podía sentir el hielo rompiéndose con sus acciones y supo que no faltaba mucho para que la debilitada estalagmita cediera bajo sus puños. La adrenalina subió por sus venas y le hizo seguir adelante cuando sus nudillos se rasgaron y se ensangrentaron, ayudando a eliminar la molestia llamada hielo. El dolor subió por sus brazos y quemó su ya palpitante hombro, pero se obligó a ignorarlo.
—Sólo… un poco… más… —gruñó, y echando atrás su puño ensangrentado, Inuyasha dio un grito de batalla y estampó la mano con fuerza contra la debilitada escarcha con todas sus fuerzas.
C-r-r-r-r-ac.
Un puño escarlata pasó por el hielo roto e Inuyasha ahogó un grito, tambaleándose hacia delante hasta que salió de la jaula helada en la que lo había aprisionado el bastardo de Kyosuke. Agarrándose contra la otra pared, Inuyasha parpadeó y miró sobre su hombro a los malditos confines que lo mantuvieron cautivo, un enorme hueco ahora se encontraba donde había sobresalido una helada pica del suelo.
Se quedó mirando. Luego…
—¡Joder sí!
Como no quería desperdiciar más de su precioso tiempo, Inuyasha salió como un rayo de la pared hacia la puerta de acero, agarrando la manilla y tirando de ella con todas sus fuerzas.
—¡Kagome! —llamó, llamando a la puerta con una mano mientras tiraba de la manilla plateada con la otra—. ¡Kagome! —Esta vez arrastró su nombre, desesperándose un poco. ¿Y si llegaba demasiado tarde? ¿Y si estaba…?
—¿In… asha…?
Se quedó quieto. ¿Esa era…?
Varios golpes sordos salieron del otro lado de la puerta y la voz ahogada resultó un poco más alta y alterada esta vez.
—¡Inu… sha! ¿Er… ú?
El golpeteo se volvió más desesperado y la última llamada lo sacó de su estupor.
—¡Inuyasha!
—¡Kagome! —Gruñendo bajo, Inuyasha arañó la ventana rectangular que estaba a la altura de sus ojos, sacando la escarcha que se había asentado con una ferocidad que no sabía que poseía. Lento pero seguro, el cristal empezó a aparecer al desaparecer cada vez más y más de la escarcha y su corazón dio un vuelco cuando captó un vistazo de la mano de su novia mientras ella sacaba la escarcha que quedaba en la ventana al otro lado.
Jesús… Solo ver su mano ya me hace feliz… ¿Cuánto me he enamorado de ti, Kagome…? Arañando lo que quedaba, los ojos ambarinos se abrieron como platos al enlazarse con los marrones chocolates a través de la gruesa capa de cristal. Sus ojos… Sus ojos contenían tantas emociones. Alivio, miedo, alegría, amor, euforia. Inuyasha hizo que leyera sus ojos, que viera lo que sentía en ese momento para enseñarle lo que significaba para él.
Kagome observó la miríada de emociones jugueteando en su rostro: alivio, euforia, ira, decisión, fuerza… amor. Algunas se parecían a las suyas, pero no entendía por qué sentía ira. Ira hacia Kyosuke, ¿tal vez? Esa era la única razón lógica en la que podía pensar que lo pusiera tan lívido.
Pero fuera cual fuera la razón, Kagome no quería pensar en ella cuando estaba tan cerca de la libertad. Inuyasha estaba al otro lado de esta maldita puerta, y si tan solo pudiera abrirla…
—¡Kagome! Kagome, ¿puedes oírme? —oyó que gritaba y volvió inmediatamente a la realidad, concentrando toda su atención en el hanyou que estaba al otro lado de la barrera de acero. Su voz era distante, ahogada por la gruesa puerta que los separaba.
—¡Puedo oírte, Inuyasha! —respondió Kagome con voz ronca, golpeando la puerta con una mano entumecida para darle énfasis. Lo vio asentir una vez y luego apartó los ojos brevemente hacia abajo, probablemente estaba estudiando la manilla de acero, luego volvió a entrelazar la mirada con la de ella.
—De acuerdo, Kagome —empezó y ella se esforzó por oírlo—. Vamos a hacer lo siguiente. Voy a tirar de la manilla lo más fuerte que pueda para abrir, y necesito que empujes lo más fuerte que puedas para que ceda más fácilmente. ¿Crees que podrás hacer eso? —preguntó, obviamente sabía lo débil que debía sentirse por estar en una cámara frigorífica durante Dios sabe cuánto tiempo.
Era simple, y le haría caso si eso significaba que podía salir de allí. Kagome asintió con fuerza, deseando que supiera que lo había oído y que le entendía, a pesar del punzante dolor de cabeza que tenía ahora por culpa del movimiento.
Se miraron por un momento a través del cristal que estaba volviendo a congelarse antes de poner en marcha su plan. En lugar de hablar, Inuyasha sostuvo en alto una filosa mano y, mirándola a los ojos, contó hacia atrás desde cinco con los dedos, vocalizando cada número a medida que bajaba cada dedo.
Kagome se preparó, abriendo las piernas y enterrando los talones en el helado suelo, preparando su hombro contra la fría puerta.
Tres…
Endureciendo su agarre en la manilla de acero, Inuyasha endureció la mandíbula y se preparó, flexionando sus filosos dedos alrededor de la manilla de frío acero.
Dos…
Kagome…
Inuyasha…
Uno.
—¡Ahora!
Inuyasha tiró y Kagome empujó, apretando los dientes y cerrando los ojos con fuerza mientras intentaban abrir el obstáculo que era la puerta, el hielo que había crecido por toda la puerta se partió y cedió lentamente bajo la presión, moviéndose un centímetro… un milímetro… otro centímetro…
—¡Vamos, Kagome! —Su voz era dura, con la cara contraída por el esfuerzo—. ¡Empuja un poco… más!
—¡Lo… intento! ¡No se… mueve! —La voz de Kagome estaba en una condición similar, ya ronca por la falta de uso y seca por el helado clima. Sus piernas se estaban cansando del esfuerzo al que las estaba sometiendo, pero se negaba a rendirse. Si solo tuviera un poco más de fuerza…
Inuyasha acarició su pelo azabache con una filosa mano.
—Shhh. Ya pasó, Kagome. Estoy aquí. No voy a volver a dejarte. Lo prometo. No después de lo que hemos compartido. Sé que sientes lo mismo por mí. Aunque haya dudado de esos sentimientos. Pero ahora lo sé… son ciertos.
Ahuecó su mejilla con su mano.
—No. Nunca te dejaré. Te lo prometo, Kagome. No volveré a dejarte nunca más.
—Me he enamorado de ti, Kagome.
—Es cierto, Kagome. De algún modo has conseguido enamorarme, y me he enamorado rápido y con fuerza. No sé qué hiciste para hacer que pasara, pero así lo quiero. Y quiero que vengas a Kioto conmigo para poder estar cerca de ti, oír tu voz y ver tu sonrisa. Y, como ya he dicho antes, no voy a dejarte.
—Inuyasha me dijo que te dijera que esto era de su parte —explicó Shippo, todavía sonriendo mientras se enderezaba y le daba un húmedo beso en la mejilla. Se apartó y le sonrió—. Te quiero, Kagome.
—Puedo pensar en montones de formas inocentes de demostrarte mi amor por ti, koi.
Sus ojos se iluminaron y su sonrisa se ensanchó, dándole un cariñoso apretón a su mano.
—Kagome, te quiero… tanto que las palabras ni siquiera podrían empezar a explicar mis sentimientos.
Kagome abrió los ojos como platos e imágenes de los días pasados volaron por su mente, algunas viejas, algunas bastante nuevas, algunas intermedias.
Y entonces algo cálido y poderoso empezó a fluir por sus venas y un repentino subidón de adrenalina hizo que Kagome se sintiera como si estuviera colocada. El dolor desapareció de repente y cada latido de su corazón bombeaba sangre fresca y rejuvenecida por sus venas.
Había encontrado su fuerza oculta. Todo este tiempo… Inuyasha ha sido mi fuerza… y ni siquiera lo sabía.
Con renovada determinación, Kagpme preparó las piernas y empujó con todas sus fuerzas, apretando los dientes fuertemente y enterrando los pies en el helado suelo, el material de sus botas ganó una mejor tracción contra el congelado suelo. La escarcha empezó a llover de ella por la presión que le estaba infligiendo a la puerta y empezó a moverse centímetro a centímetro, milímetro a milímetro hasta que, finalmente, cedió.
La puerta de acero se abrió de golpe, los trozos de hielo cayeron del techo sobre los dos individuos que ahora estaban tirados en el suelo, el hombre se recuperó rápidamente y se incorporó, quitándose el hielo y la escarcha de su largo pelo. Levantándose, corrió hacia la otra ocupante de la habitación y se agachó, deslizando un brazo bajo sus hombros y haciendo una mueca ante lo fría que estaba su piel.
—Kagome… Kagome —dijo con preocupación, apoyando una filosa mano en su pálida mejilla y tragando el nudo de su garganta—. Venga, Kagome. Abre los ojos, maldición. ¡Abre los ojos! —La sacudió un poco, preocupado por lo mortalmente pálida que estaba. Necesitaba hacerla entrar en calor y rápido.
Él siguió acariciándole la mejilla con su pulgar unos segundos más hasta que finalmente los ojos de Kagome se movieron un poco antes de abrirse lentamente para revelar dos piscinas marrones de inocencia, su pecho subió y bajó violentamente mientras respiraba hondo. Varias toses le siguieron poco después e Inuyasha la acunó, haciendo patrones calmantes en su tembloroso estómago para calmarla.
—Inu… yasha —dijo con voz ronca, haciendo una mueca cuando se oprimió su dolorida garganta.
—Shh… —la calmó Inuyasha, alisándole el pelo y presionando su rostro contra su pecho, rodeándola con los brazos en un intento por hacerla entrar en calor—. No pasa nada, cariño. Estoy aquí. Todo va a ir bien a partir de ahora. Lo prometo. —Cerró los ojos, enterrando la nariz en su pelo e inhalando su aroma—. Gracias a Dios que estás bien. —Su voz se quebró y no le importó—. No sé lo que haría si te perdiera…
Kagome pasó débilmente los brazos alrededor de su cuello, respirando temblorosamente y exhalando lentamente. El contacto con otro ser humano la estaba mareando y nadó en la calidez que le proporcionó, incluso si se encontraban en este infierno helado.
—Inuyasha… yo…
—Bueno, ¿qué tenemos aquí? Un sucio hanyou con su tan fiel mujer humana. Qué asco.
Inuyasha tensó la espalda y gruñó, levantándose con Kagome en sus brazos y gruñéndole al demonio que no estaba muy alejado de ellos.
—Tú —gruñó, sus orejas se echaron hacia atrás con obvia ira—. ¡Cómo te atreves a hacerle eso a Kagome! ¡Cómo coño te atreves! —Puso a dicha novia detrás de su espalda, su vello se levantó cuando el demonio del hielo liberó una risa siniestra.
—¡Ja! Qué divertido. ¿Un simple medio demonio protegiendo su propiedad. Oh, esto no tiene precio. Ojalá tuviera una cámara. —Kyosuke esbozó una sonrisa desagradable, mostrando sus prístinos dientes que habrían pasado por falsos si el medio demonio no supiera la verdad.
—¡Cállate, hijo de puta! ¡Te voy a matar! —Y con esa última amenaza, Inuyasha se lanzó hacia él, ignorando el grito de protesta de Kagome mientras él le lanzaba sus garras al demonio, gruñendo agresivamente cuando Kyosuke lo esquivó con otra tenebrosa risa.
—¡Idiota! ¿Crees que puedes derrotarme? —Alzando una pálida mano, Kyosuke, el demonio del hielo, curvó los dedos e Inuyasha reconoció rápidamente el gesto.
—¡Oh, no! ¡No voy a volver a caer en ese truco, bastardo! —Rodando casi literalmente, Inuyasha apenas logró escapar antes de que las seis gruesas estalagmitas se alzaran desde el suelo hacia donde había estado Inuyasha.
Gruñendo, Kyosuke alzó su otra mano y cruzó los brazos, sus garras se alargaron antes de hacer un gesto hacia fuera con los brazos y que afilados carámbanos se materializaran en el aire delante de él antes de ir hacia el sorprendido medio demonio.
—¡Inuyasha! —gritó Kagome, su voz se volvía más fuerte con cada palabra que decía. Observó, horrorizada, mientras una plaga interminable de afilados carámbanos de hielo iban hacia su novio, estremeciéndose cada vez que una punta afilada conseguía cortar su carne, dejándole finas líneas carmesíes detrás—. Inuyasha…
Entonces, para su sorpresa, Inuyasha atrapó un carámbano volador en pleno vuelo y se apuñaló a sí mismo en el muslo con él, cubriéndolo con su sangre antes de lanzarse hacia el demonio del hielo, blandiendo el carámbano sangriento en su mano.
—¡Toma esto, Hielito! —Girando en el aire para esquivar otro ataque, el hanyou enterró el afilado carámbano en el brazo del youkai de hielo, sonriendo con suficiencia cuando Kyosuke jadeó y liberó un grito de agonía.
—¡Maldito seas! —gritó, agarrando el palo de hielo que sobresalía con su otra mano y consiguiendo arrancárselo, tirándolo a un lado. El carámbano se rompió al chocar contra el suelo y la escarcha que tenía debajo burbujeó y se derritió.
Inuyasha sonrió con suficiencia ante su victoria, presionando una mano contra la reciente herida de su muslo.
—¡Ja! Pensabas que no lo sabía, ¿verdad, bastardo? ¡No pensaba que la sangre, de todas las cosas que hay, pudiera ser el punto débil de un demonio!
Kagome se quedó mirando en un sorprendido silencio, con la boca ligeramente abierta mientras los dos demonios se fulminaban con la mirada. ¿Sangre? Kyosuke es vulnerable a la… ¿sangre? Pensó desconcertada, con las cejas fruncidas en un gesto de confusión. Pero… ¿cómo puede ser? Kyosuke es un demonio completo. Si ese fuera el caso, ¿entonces su sangre no lo atacaría desde su interior? Se estremeció ante la imagen mental y negó con la cabeza. Así que no puede ser sangre demoníaca. Y como Inuyasha es solo medio demonio, eso nos deja…
Los ojos chocolate se abrieron como platos al darse cuenta.
—¡Inuyasha! ¡Para! Sé cómo… —empezó Kagome, pero Inuyasha la interrumpió.
—¡Ahora no, Kagome! ¡Cállate y quédate donde estás para que pueda matar a este hijo de puta! —gruñó Inuyasha, cubriendo sus garras con una nueva capa de sangre y atacando a la amenaza que tenía delante.
—¡Pero Inuyasha…!
—¡Harías bien en escuchar a tu hanyou, niña! A menos que quieras que te mate a ti también —interrumpió Kyosuke, sonriéndole a Kagome con suficiencia mientras se agachaba para esquivar las garras sangrientas que iban en su dirección.
Kagome parpadeó.
—¡Espera un momento! ¡Pensaba que me querías viva para convertirme en tu "princesa de hielo" o lo que fuera! —recalcó frunciendo el ceño, colocando las manos en las caderas en una clásica pose femenina.
Ay, madre…
—Kagome… ¡cállate! —gritó Inuyasha iracundo, dirigiéndole a la chica en cuestión una breve mirada antes de devolver su atención al demonio del hielo.
Kagome le ignoró mientras Kyosuke se reía tenebrosamente.
—Tonta, tienes razón al asumir que te quería. Pero ahora puedo ver claramente que el mestizo probablemente ya te haya corrompido con su suciedad y no quiero a una mujer que haya sido contaminada por una criatura tan sucia —explicó el demonio del hielo, deteniendo momentáneamente ulteriores ataques de dicho hanyou al lanzar una mano hacia él y desestabilizar a Inuyasha con una fuerte bocanada de viento ártico.
—¡Inuyasha! —exclamó Kagome cuando chocó contra la pared con un gruñido de dolor, deslizándose hasta el suelo y desplomándose—. ¡Inuyasha! —Kagome intentó correr hacia el mareado hanyou, pero Kyosuke estaba allí de repente, bloqueándole el paso hacia él y la bailarina cambió su comportamiento abruptamente. Las llamas prácticamente bailaban en sus ojos mientras miraba al demonio, con las manos cerradas en puños con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos.
El demonio del hielo la fulminó con la mirada a través de sus ojos negros entrecerrados, la carne de su brazo derecho parecía desintegrarse por la sangre que manaba de la herida.
—Tú… ingrato. —Su voz era mortalmente baja, la sombra de su flequillo cubriéndole los ojos los hacía parecer verdaderamente ominosos—. ¿Cómo te atreves a decir eso y todavía tener el placer de vivir? No permitiré que digas esas cosas de él. No mientras yo viva. —Kagome igualó su mirada, su cuerpo irradiaba su ira en ondas—. Inuyasha no es un sucio mestizo y nunca lo ha sido. No me puedo creer que tengas las agallas de decir eso cuando ahí estás, con tu brazo ensangrentado por la herida con la que te bendijo la sucia criatura hace solo cinco minutos.
Kyosuke frunció el ceño ante el recordatorio y presionó su mano automáticamente contra su brazo herido, como si intentase ocultarlo de la vista.
El aura de Kagome restalló a su alrededor e Inuyasha al fin volvió en sí, sacudiendo la cabeza y parpadeando para volver a enfocar la vista. Su mirada se fijó en la enfadada Kagome y sus orbes color miel se abrieron como platos cuando la miró bien. ¿Pero qué…?
—¿Kagome?
O no lo oyó o decidió ignorarlo mientras Kagome seguía fulminando con la mirada a la amenaza que separaba a su hanyou de ella. No fue una decisión muy sabia por parte de Kyosuke.
La forma de la bailarina empezó a temblar ligeramente e inclinó la cabeza, su flequillo azabache ocultó sus ojos de la vista.
—Qu… Quiero a Inuyasha. Le quiero con todo mi ser, y si vas a m-matarle… —Alzó la cabeza de nuevo e Inuyasha jadeó ante la cruda sinceridad de sus facciones—… Así que tendrás que matarme a mí también —afirmó Kagome y una fugaz mirada de sorpresa cruzó el semblante pálido de Kyosuke.
—¡Kagome, no! —gritó Inuyasha, poniéndose en pie de un salto y blandiendo sus garras.
Kagome negó con la cabeza.
—Si… si Inuyasha abandonase este mundo, entonces mi existencia ya no tendría un propósito. Sin Inuyasha vivo y conmigo… mi vida no tiene sentido. No puedo vivir sin él. Lo amo con todo mi corazón y con toda mi alma, y si me lo arrebatases… entonces una parte de mí moriría con él. —Sonrió de repente y la acción suavizó su rostro—. Sí, puede ser impulsivo e… insensato a veces, pero… esa es una de las muchas cosas que amo de él. No tiene miedo de decir lo que piensa sobre cosas que otra gente preferiría callar y no tiene miedo de… de mostrarme que me quiere —terminó con un susurro y lo miró. Dicho hanyou le devolvió la mirada con expresión de sorpresa en el rostro, boquiabierto y con los ojos como platos.
—Kagome…
Dirigiéndole una pequeña pero cariñosa sonrisa, Kagome se volvió hacia el demonio frente a ellos con una expresión de determinación en sus facciones. Alzando la barbilla con gesto desafiante, la bailarina se enderezó y cerró las manos en puño, negándose a doblegarse ante la mirada mortal del demonio del hielo.
—Muchacha humana imprudente. ¿Te das cuenta de lo que acabas de decir? No solo voy a matar a tu precioso pequeño hanyou, ¡sino que ahora tengo una razón para matarte a ti también! Al principio no iba a matarte, sino a conservarte como algo con lo que jugar, algo que me mantuviera entretenido cuando me aburriese —exclamó el demonio, torciendo la boca en un gruñido de amenaza.
—Preferiría morir antes que ser tu juguete —replicó Kagome, desafiante, con una determinación inquebrantable.
—¡Entonces muere! —bramó Kyosuke y se lanzó hacia ella sin más preámbulos, blandiendo las garras delante de él, pero no llegó a ella, pues Inuyasha se lanzó contra él desde un lateral, cayendo ambos al suelo, donde procedieron a golpearse y a gruñirse, la sangre fresca cubrió rápidamente el suelo helado.
Kagome observó con horror mientras se peleaban y apenas consiguió saltar a un lado y echarse al suelo antes de que Kyosuke se viera lanzado contra la pared junto a la que había estado de pie, un rastro de sangre decoró la pared por donde se deslizó hasta el suelo. Gruñó, se puso en pie de un salto y se lanzó hacia Inuyasha, mordiendo, arañando y destrozando todo lo que tocaban sus garras.
¡Tengo que hacer algo! Pensó Kagome con desesperación desde su sitio en el suelo, ni aunque le fuera la vida en ello podría distinguir si la sangre salía del demonio del hielo o de su novio. Esperaba desesperadamente que no fuera del último. A juzgar por toda la sangre seca que manchaba su ropa y su piel, Kagome podía asumir con seguridad que ya había perdido suficiente sangre antes de que empezase todo aquello.
Piensa, niña, piensa. Improvisa. ¿Hay algo aquí que pueda usar para distraerlo de alguna forma? Mordiéndose el labio, Kagome miró la helada habitación, intentando ignorar la pelea que se estaba desarrollando a unos metros de ella. Después de lo que pareció una corta eternidad, sus ojos se posaron sobre un objeto inmaculado al otro lado del cuarto y le dio un vuelco el corazón. ¡Eso es!
Poniéndose rápidamente en pie, Kagome miró brevemente a los dos demonios antes de correr al otro lado de la habitación, intentando pasar lo más desapercibida posible, aunque no habría importado, ya que los dos ocupantes del cuarto estaban demasiado ocupados esparciendo la vida del otro por doquier.
Cogiendo el objeto en su mano, Kagome ignoró la punzada helada y se volvió hacia los dos demonios que estaban peleando y pensó en cómo debía proceder.
Mientras tanto, dichos demonios seguían a lo suyo, arañándose, mordiéndose y desgarrándose, ambos se negaban a rendirse hasta que el otro muriese o rogase por su vida. Era evidente que aquello no iba a pasar pronto, para disgusto de ambos.
Gruñendo, Inuyasha pasó las garras por su pecho, rasgando la ropa con éxito, pero esquivando apenas la piel. Frustrado, se agachó bajo el brazo que apuntaba a su cabeza y atacó con su hombro el estómago de Kyosuke, sacándole el aire al demonio del hielo y tirándolo al suelo con poca elegancia. El medio demonio se cernió sobre él, con el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo y la sangre cubriéndolo de la cabeza a los pies. Flexionó las manos, estallando los nudillos y con una sonrisa de suficiencia curvando sus labios mientras el demonio del hielo lo fulminaba con la mirada mientras intentaba ponerse en pie con sus rodillas temblorosas.
—¿Y bien? No tengo todo el día, ¿sabes? Ponte de pie de una vez para que pueda poner fin a tu patética vida —soltó Inuyasha, descubriendo los colmillos y echando las orejas hacia atrás. Un profundo gruñido resonó en su pecho y sus músculos se tensaron, preparado para saltar.
Enderezándose, Kyosuke escupió sangre y se limpió la boca con el dorso de la mano, manchando su ya sucio rostro con el líquido oscuro.
—Ponte en guardia, hanyou. Todavía tengo que presenciar tu auténtica fortaleza, así que deja de contenerte. —Una sonrisa petulante curvó sus labios ensangrentados.
Con un gruñido de ira, Inuyasha se lanzó hacia él, pero Kyosuke estaba preparado y se apartó a tiempo para empujar su hombro contra el estómago de él y echarlo hacia atrás sobre su cabeza, agarrándolo por las piernas mientras se desplomaba, y luego girándolo abruptamente para poder agarrarlo por la camisa, tirándolo hacia la pared roja que tenía detrás y clavándolo allí con su antebrazo contra su pecho.
Inuyasha pareció sorprendido ante el repentino giro de los acontecimientos, pero empezó a intentar liberarse. El esfuerzo no duró mucho al sentir algo afilado pinchando contra su estómago y ahogó una exclamación, bajando la mirada para ver un carámbano largo y afilado preparado para adentrarse en sus entrañas si hacía un movimiento en falso.
Retrayendo los labios en un feroz gruñido, Inuyasha gruñó profundamente y alzó la cabeza para mirar con vehemencia al demonio que tenía delante, encogiéndose de dolor cuando la frialdad del carámbano entró en contacto con su piel desnuda.
Kyosuke parecía bastante complacido consigo mismo y sonrió, flexionando la mano que sostenía el objeto afilado contra el abdomen del hanyou.
—Bien, qué interesante giro de los acontecimientos, ¿verdad? —preguntó, sin saber que se estaba haciendo eco de los anteriores pensamientos de Inuyasha—. Un movimiento en falso, medio demonio, y te arrancaré los órganos y usaré tus intestinos para estrangularte. Una idea bastante creativa, si me preguntas.
—Bastardo —gruñó Inuyasha, el odio que sentía por el demonio era más profundo que cualquier océano y más oscuro que cualquier agujero negro.
—Sí, ya lo has dicho varias veces —recalcó el demonio del hielo con un asentimiento, parecía relajado ahora que estaba en una posición de superioridad. De repente sonrió, girando el carámbano afilado en su mano y haciendo que se hundiera más en su carne, pero no demasiado como para perforarla. Todavía—. Ahora, ¿tus últimas palabras, hanyou? ¿Tal vez unas palabras cariñosas para tu querida muchacha humana? —sugirió, parecía el gato que se había comido al canario.
Kagome… Como si de repente recordase que su novia estaba cerca de ellos, Inuyasha miró frenéticamente a su alrededor y la encontró a tan solo unos metros de ellos, sus ojos estaban abiertos como platos y tenían expresión suplicante al enlazar su mirada con la de él. Frunció el ceño cuando ella hizo un movimiento de corte a través de su cuello, indicándole que mantuviera en silencio su presencia. Al no cambiar su expresión de confusión, ella sostuvo en alto el objeto que tenía en la mano y alzó una ceja como si eso lo explicase todo.
Y de alguna forma así fue. Al darse cuenta, Inuyasha hizo una o con la boca, pero cerró rápidamente los labios en una fina línea antes de que él pudiera verlo y apartó la mirada hacia el rostro pálido que estaba a centímetros del suyo. Menos mal que el hijo de puta estaba demasiado preocupado por mostrarse aburrido mientras giraba a la izquierda y a la derecha con expresión ausente el carámbano contra su estómago, pero con cuidado de no hacerlo con demasiada fuerza.
—¿Y bien, mestizo? Esta es la última oportunidad que te doy, así que piensa sabiamente antes de decir nada. Tienes diez segundos.
Inuyasha siguió mirándolo a la cara, con cuidado de mantener su rostro vacío de toda expresión. Cuidado, Kagome…
—Ocho… siete…
Detrás de él, Kagome respiró hondo y exhaló lentamente, asegurándose de no hacer mucho ruido para que no la detectase. Apretando su agarre sobre el objeto que tenía en la mano, colocó la punta contra la palma de su otra mano, con su corazón latiendo rápidamente en su pecho.
—… Cinco… cuatro…
Tragando el nudo de su garganta, Inuyasha respiró hondo… y sonrió.
—Tres… dos… —¿Por qué sonríe así?
—Oye, Kyosuke —dijo Inuyasha abruptamente.
Kyosuke frunció el ceño.
—¿Qué?
El hanyou ensanchó la sonrisa.
—Qué pena que seas un demonio del hielo porque vas a derretirte en el sitio al que vas a ir.
Dicho demonio del hielo pareció confuso.
—¿De qué demonios estás hablando, hanyou?
El medio demonio de pelo plateado no dijo nada, en cambio miró por encima de su hombro a algo que tenía detrás. Te veo en el infierno, bastardo.
Recelando de repente, Kyosuke liberó a Inuyasha y giró sobre sus talones justo a tiempo para ver a Kagome arañando su palma con un carámbano afilado en la mano y hundir profundamente el palo de hielo cubierto de espesa sangre humana en su pecho, justo sobre la zona en la que se encontraba su corazón.
Kyosuke echó la cabeza hacia atrás y gritó, sus manos arañaban su pecho y sus dedos se negaban a acercarse al carámbano que sobresalía de su pecho.
—¡Desgraciada! —gimió, cayendo de rodillas, y Kagome lo rodeó para lanzarse contra Inuyasha, que la rodeó con los brazos y la aplastó contra él.
El demonio del hielo siguió gritando en medio de un dolor agonizante mientras la carne de su pecho empezaba a desintegrarse, empezando por la piel que rodeaba el carámbano ensangrentado y se esparcía por su pecho, subiendo por su cuello y cara, rodeando su cabeza y bajando por su espalda, arrancando la carne de sus brazos y piernas. Su ropa hacía rato que había desaparecido junto con la piel, mientras lo devoraba de modo agonizante hasta que no quedó más que un charco de líquido rojo donde el demonio del hielo, Kyosuke Rivera, se había arrodillado.
Kagome e Inuyasha se quedaron mirando sorprendidos el charco de sangre, ninguno dijo nada mientras el líquido se filtraba lentamente por el suelo mientras la habitación a su alrededor empezaba a derretirse, la escarcha derretida del techo goteaba sobre ellos, despertándolos de su estupor.
La primera en recomponerse fue Kagome, que miró a su novio, con su cuerpo temblando y pasó los brazos por su cuello.
—… ¿Inuyasha? —susurró, con la voz áspera.
Inuyasha apartó la mirada hacia la mujer entre sus brazos, sus grandes ojos de cervatillo nadaban entre el amor y el alivio. Liberando un aliento que no sabía que había estado conteniendo, Inuyasha cerró los ojos y apretó los brazos a su alrededor, enterrando la cara en su pelo e inhalando temblorosamente.
—Kagome… —susurró, un estremecimiento pasó por su cuerpo cuando ella presionó su pequeña figura contra el resguardo de su cuerpo, buscando la calidez y la fuerza que sabía que le proporcionaba.
Kagome suspiró y cerró los ojos, la somnolencia estaba volviendo y nublaba su cerebro una vez más. Se hundió entre sus brazos y lo agradeció cuando él se inclinó y la levantó en brazos, acunando su cuerpo cansado suavemente contra su duro pecho ensangrentado.
—Venga. Tenemos que salir de aquí y llevarte a un sitio cálido antes de que te pongas más enferma de lo que ya estás. —Con eso dicho, la estrella del pop abrazó a su novia contra su pecho y atravesó la habitación que se derretía hasta el otro lado, donde sabía que se encontraba la salida de ese infierno invernal.
No miraron atrás tras atravesar el umbral.
