Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.
Baile peligroso
Epílogo
-O-
El sonido de una puerta abriéndose y cerrándose la despertó, y el mundo de Kagome Higurashi empezó lentamente a volver a la vida. Lo primero que sintió fue el dolor punzante en su palma izquierda e hizo una mueca, los ojos chocolates se abrieron y parpadearon varias veces para recuperar la visión. La borrosidad remitió gradualmente y pronto estuvo mirando un techo vagamente familiar dotado de oscuros manchones que Kagome no estaba segura de querer saber de dónde provenían.
Un peso se apoyó a la derecha de la cama, al lado de su cuerpo tumbado, y Kagome parpadeó, girando la cabeza para mirar a las dos piscinas ambarinas llenas de preocupación que la miraban con cariño.
Un frunce enmarcó sus jóvenes rasgos.
—¿Inuyasha…? —dijo con voz ronca, haciendo una mueca ante la crudeza de su garganta.
Dicho hanyou sonrió ligeramente y apartó un mechón caído de pelo azabache de su cara.
—Hola. ¿Cómo te sientes? —preguntó Inuyasha en voz baja, apoyando la mano en el colchón.
Kagome volvió a parpadear e intentó incorporarse, ahogando una exclamación cuando sus doloridos músculos protestaron. Dio las gracias cuando su novio le pasó un brazo por la espalda y la ayudó a incorporarse, apoyándola contra el cabecero de madera. Dirigiéndole una sonrisa de agradecimiento, Kagome suspiró y estiró con cuidado sus músculos doloridos, mordiéndose el labio y cerrando los ojos. Pero maldición, le sentó bien.
Inuyasha se tomó su tiempo para estudiarla, los ojos ambarinos pasaron con calma por su cuerpo, sin importarle si lo pillaba en el acto. Demonios, era su novio, ¿no? Tenía todo el derecho del mundo de comerse con los ojos a su novia. Y eso hizo mientras su mirada se quedaba quieta en su pecho sin sujetador, cubierto únicamente por una camiseta extragrande cortesía suya. Y maldita sea que estaba absolutamente sexy con ella puesta.
Apuesto a que estaría mejor sin ella… pensó distraídamente y su sangre se calentó inmediatamente ante la imagen mental.
Ah… mierda.
Sofocando un gruñido, Inuyasha volvió los ojos hacia ella y se la encontró mirándolo con confusión. Sonrió encantadoramente. Ella puso los ojos en blanco y se rio entre dientes.
—Me encuentro bien, supongo. Aunque me duele mucho la mano. —Frunció el ceño y sostuvo en alto su palma izquierda, notando por primera vez que estaba envuelta en una venda blanca, una mancha escarlata rasgaba la superficie.
Inuyasha asintió.
—Sí, pero solo te dolerá unos minutos más. Kaede se encargó de curarla con alguna especie de medicina que te inyectó en la mano mientras estabas dormida. Debería hacer efecto dentro de poco, así que el dolor desaparecerá en nada —explicó, cogiendo su mano y acariciándola cariñosamente con sus dedos.
Suspiró.
—Eso es bueno. Me preocupaba tener que soportar esas molestas palpitaciones durante el resto del día. —Lo observó en silencio mientras seguía masajeando y acariciando su mano vendada y luego un frunce de preocupación le arrugó la ceja.
—Inuyasha…
—¿Mmm?
—¿Qué hay de ti? —empezó Kagome, extendiendo su mano sana y acariciando tiernamente su rostro—. Estabas bastante magullado con todos esos rasguños por tu cara y… la sangre cubriéndote de arriba abajo. No deberías estar preocupándote por mí cuando tienes que encargarte de ti mismo.
Inuyasha parpadeó, mirándola, y negó con la cabeza, cogiendo su mano con su otra mano y bajándola para unirla con la otra.
—No te preocupes por mí, Kagome. Estoy bien. Me curo más rápido que vosotros los humanos, así que todas las cicatrices y rasguños ya hace tiempo que han desaparecido. Tiré la ropa ensangrentada y me lavé rápido antes de cambiarme. Además —Sus ojos se suavizaron y el fantasma de una sonrisa curvó sus labios—, tu salud es mucho más importante para mí que la mía o la de cualquier otro.
Un ligero sonrojo tiñó sus mejillas y sonrió con cariño, la simple curvatura de sus labios hizo que sus profundos ojos marrones se iluminaran mientras brillaban con su amor por el hanyou que estaba delante de ella.
Se quedaron así un rato, mirándose a los ojos sin necesidad de palabras para expresar lo que el uno sentía por el otro.
Dándole una última sonrisa, Kagome suspiró suavemente e inclinó la cabeza, observando silenciosamente mientras su novio acariciaba suavemente y masajeaba su mano vendada. Un frunce pensativo marcó su hermoso rostro mientras se mordía el labio.
—Sangre humana… —murmuró en voz baja, pero Inuyasha aun así la oyó. Sus dedos se detuvieron en su palma.
—Sí —dijo en voz baja, bajando la mirada a su mano—, sangre humana. Al principio pensaba que era mi sangre demoníaca la que le afectaba porque, cuando entraba en contacto con su piel, como que se… no sé, se desintegraba o algo así. Pero resulta que era mi sangre humana mezclada con mi sangre demoníaca, que me marca como hanyou. —Su voz era baja, un frunce marcaba sus hermosas facciones mientras sus ojos se quedaban mirando sin fuerzas sus manos.
Cuando la mano de Kagome cubrió la suya, parpadeó y sus ojos se volvieron a enfocar mientras alzaba la mirada para mirar a su novia, que le sonreía con cariño, sus orbes castaños inspeccionaban sus profundidades de color miel. Le sostuvo la mirada, maravillándose por sus perfectos rasgos y preguntándose cómo demonios había conseguido una mujer tan maravillosa y hermosa como Kagome.
No le importa que sea un hanyou… Me quiere por quién soy, no por lo que soy. Kagome…
Cuando tosió ligeramente, el medio demonio recordó por qué estaba allí y negó brevemente con la cabeza para librarse de sus pensamientos libertinos antes de coger un vaso de la mesilla de noche.
—Ten —dijo, tendiéndoselo—. Sentirás mejor la garganta.
Kagome ladeó la cabeza y miró el vaso de líquido unos segundos antes de confiar en su novio hanyou y coger el vaso que le ofrecía, decidiendo que el alivio del fuego que lamía su garganta era mejor que el mal sabor en cualquier momento. Llevándoselo a los labios, cerró los ojos y lo tragó, el líquido calmante enfrió su garganta y dejó atrás una placentera frialdad que hizo que Kagome suspirara de alivio en cuanto hubo terminado.
—Ahh… eso está mucho mejor. —Le sonrió con agradecimiento al inu youkai que tenía al lado—. Gracias, Inuyasha. Mi garganta vuelve a estar normal —confirmó, devolviéndoselo.
Inuyasha se encogió de hombros y le cogió el vaso, poniéndolo en la mesilla de noche.
—Sí. Nuestra cocinera lo hizo para ti, así que no me preguntes qué es. Solo me dijo que mejoraría tu garganta antes de enviarme aquí para traértelo. Me alegro de que haya funcionado. —Sus ojos se suavizaron de repente y se inclinó para rodearla con los brazos, liberando un suspiro cuando Kagome no dudó en pasar sus brazos por su torso—. Me alegro de que estés bien. Tenía miedo de que hubieras cogido hipotermia o algo así y nos llevó un tiempo hacerte entrar en calor —dijo, acariciándole con cariño la coronilla con la nariz.
Kagome sonrió contra su pecho.
—¿Cuánto he dormido?
—Sólo unas horas. Mientras tanto, cancelé la fiesta y todos se fueron a casa —gruñó Inuyasha—. Aunque alguien debe de haberse ido de la lengua, porque están fuera los malditos paparazzi y una horda de reporteros, esperando oír toda la historia de lo que pasó en realidad. Miroku, Sango, Kouga y un puñado de nuestros guardias de seguridad están conteniéndolos mientras hablamos. —Volvió a suspirar y a gruñir con fastidio—. Esa maldita gente tiene que conseguirse una vida —se quejó.
Kagome se rio ligeramente.
—Ser unos entrometidos es su vida, Inuyasha. Les pagan mucho por husmear y meter la nariz en los asuntos de los demás, especialmente en los de las estrellas del pop como tú. Pensaba que ya lo sabías —explicó, echándose hacia atrás para mirarlo con una sonrisa de diversión.
Resopló.
—Por supuesto que lo sé. Es solo que siempre me irrita muchísimo. Es decir, ¿es que no saben lo que significa la privacidad? —le preguntó a nadie en particular, pero Kagome se tomó la libertad de contestarle.
Ella soltó una risita y le tiró de una peluda oreja.
—Nop, supongo que no. —Sonrió e Inuyasha estaba a punto de inclinarse para capturar esos tentadores labios sonrientes con los suyos cuando las puertas de su habitación se abrieron de golpe y una bola de pelo naranja voló a través de la habitación hacia una sorprendida Kagome.
Pero justo antes de que el borrón naranja alcanzara su objetivo, una mano con garras salió disparada y agarró la peluda cola del kitsune que iba hacia la mujer que tenía los ojos abiertos como platos.
—¡Kagome! —gimoteó, lágrimas no derramadas bordeaban sus grandes ojos verdes.
Inuyasha le gruñó al niño zorro en su mano y lo puso a la altura de sus ojos. Shippo parpadeó en su dirección.
—Maldita sea, mocoso, aparte de tu don de la oportunidad, ¿qué te dije sobre lanzarte así sobre Kagome? Acaba de reponerse apenas de un caso grave de hipotermia y no necesita que niños molestos como tú le rompan las costillas —le riñó al niño con una mirada fulminante.
—Inuyasha —le previno Kagome, estirándose y apartando al pequeño de él. Ignorando la mirada que iba dirigida hacia ella, le sonrió al niño y lo abrazó contra su pecho, permitiéndole aferrarse a él y hundir la cara en su camiseta. En realidad, estaba bastante segura de que no era una camiseta suya, a juzgar por lo grande que le quedaba.
Dejando esos pensamientos para otro día, Kagome suspiró y calmó al kitsune con palabras tranquilizadoras, sonriendo ante su preocupación.
—No pasa nada, Shippo. Estoy bien, en serio. A excepción de mi mano y un poco de dolor de cabeza, me siento genial. Así que no hay de qué preocuparse, ¿vale? —le aseguró al lloroso kitsune con una cálida y cariñosa sonrisa.
Inuyasha frunció el ceño.
—¿Te duele la cabeza?
Su novia le quitó importancia con un ademán.
—Es muy poco, se pasará enseguida.
Shippo se sorbió la nariz y alzó la mirada a la mujer que había llegado a ver como una figura materna con sus grandes ojos verdes, y le ofreció una sonrisa temblorosa.
—¿D-De verdad? —dijo con voz temblorosa, parpadeando una vez.
Kagome soltó una risita y asintió, inclinándose hacia abajo para frotar la nariz con él.
—De verdad.
Tras un momento, el niño pareció creerla y asintió, acurrucándose en su calidez y emitiendo un suspiro de cansancio tras cerrar los ojos.
La bailarina le dirigió una tierna sonrisa.
—Pobre Shippo. Supongo que está muy cansado después de lo de esta noche.
Inuyasha, que había estado callado durante todo el intercambio a excepción de cuando había dicho que le dolía la cabeza, resopló.
—Keh. No me sorprende mucho. El maldito niño se agotó de tanto llorar desde que nos vio entrar en el salón de baile tras la muerte de Kyosuke. —No le pasó desapercibido el pequeño estremecimiento que dio Kagome ante el nombre del demonio de hielo, pero decidió ignorarlo—. No se callaba y lo intentamos todo para callarlo. —Bajó la mirada al ahora dormido kitsune en los brazos de su novia—. Supongo que ahora que al fin ha visto que estás bien, se ha permitido calmarse lo suficiente como para dormirse. —Negó con la cabeza con una suave risita.
—Hay que darle puntos por esa perseverancia —añadió Kagome y los dos compartieron una breve carcajada.
Un silencio cómodo empezó entre los dos y mientras Kagome se quedaba mirando al niño en su regazo mientras le acariciaba distraídamente el pelo, Inuyasha decidió quedarse mirándola a ella, sus anteriores pensamientos lujuriosos volvieron por completo mientras sus ojos ambarinos pasaban por su figura, deteniéndose en su pecho y se preguntó por segunda vez esa noche cómo sería sin la maldita camiseta. Aunque estaba bien con una de sus camisetas. Un repentino brote de orgullo masculino teñido de posesividad lo atravesó ante la idea de Kagome con su ropa. Preferiblemente con sus boxers… acostada en la cama… sobre su espalda… sin camiseta… con las piernas abiertas… él entre ellas…
Ah, joder. Conteniendo otro gemido, el hanyou lujurioso enterró las garras en las palmas mientras la sangre fluía hasta su entrepierna, con los dientes apretados. Maldito fuera si no la deseaba en ese instante. Porque así era. Y mucho.
Revolviéndose en su sitio debido a sus de repente apretados pantalones, pasó la mirada del niño durmiente al objeto de sus deseos, debatiéndose sobre si debía tomar precauciones y llevar a Shippo a algún sitio a prueba de ruido o mandarlo todo a la mierda y tomarla en ese mismo momento.
Su mente se inclinaba más hacia lo último cuando las puertas se volvieron a abrir de repente y entraron Miroku y Sango, junto con Kouga, Ayame, Sesshomaru y, por supuesto, Rin.
¿Acaso tienen todos el don de la oportunidad? Pensó Inuyasha antes de gruñir un poco con fastidio. El niño ya era bastante, y ahora todos los demás tenían que entrar de repente y sin avisar. En su cuarto, maldición. Su cuarto. ¿Por qué su vida daba tanto asco?
—¿Qué demonios? ¿No deberíais estar peleándoos con los malditos paparazzi? —soltó Inuyasha, fulminándolos a todos con la mirada. Por supuesto, fue ignorado.
—¡Kagome! —gritó Sango, corriendo hasta la cama y rodeando a la bailarina en un abrazo amistoso—. ¿Estás bien? ¿Qué pasó? ¿Te hiciste daño? —disparó, apartándose cuando su amiga le devolvió el abrazo para fijar la mirada en ella con expresión de preocupación.
Kagome sonrió lo mejor que pudo, sintiéndose un poco desbordada por todas las preguntas. Pero para su fortuna no tuvo que responder, porque su generoso novio se tomó la libertad de responder por ella.
—Está bien, Sango, deja que respire, ¿vale? Jesús, acaba de despertar de estar en una jodida cámara frigorífica durante horas y no necesita que la bombardeen con un jodido millón de preguntas —soltó Inuyasha, ignorando la mirada que le lanzó su representante mientras volvía a sentarse detrás de su novia y le rodeaba la cintura con los brazos antes de recostarse y soltar un suspiro de cansancio.
Kagome bajó la mirada hacia los fuertes brazos que la rodeaban amorosamente y tuvo que contener las lágrimas ante tal muestra de afecto de su maravilloso hanyou. Era tan… adorable y encantador que tuvo que contenerse para no darse la vuelta y darle un abrazo de oso. En su lugar, optó por recostarse contra su pecho y lanzarle una cálida sonrisa por encima de su hombro. Su recompensa fue la ardiente mirada de sus ojos cuando volvió a mirarla.
Algo se revolvió en su estómago y sus ojos se abrieron como platos antes de darse la vuelta con un sonrojo para mirar a su amiga con una sonrisa temblorosa.
—Estoy bien, Sango, de verdad. Solo me duele un poco la cabeza, eso es todo, y el dolor de la mano es prácticamente inexistente gracias a la medicina que le puso Kaede —explicó Kagome, levantando esa mano e inspeccionándola vagamente.
Inuyasha cogió esa mano con la suya y entrelazó sus dedos antes de bajarlos hasta su regazo, donde descansaba.
Kagome se sonrojó y sonrió suavemente para sí.
Sango observó el tierno intercambio con cariño y suspiró, sentándose en el borde de la cama y apoyando una mano en la pierna de su amiga que tenía cubierta con una manta. Les sonrió con cariño.
—Me alegro de que estés bien, Kagome. Si te hubiera pasado algo… —se interrumpió con un estremecimiento—. No sé lo que habría hecho.
Kouga resopló detrás de ella.
—Probablemente ponerte histérica y volvernos locos a todos hasta convertirnos en idiotas balbuceantes.
Eso le granjeó un rápido codazo en las costillas del otro demonio lobo de la habitación.
El demonio lobo gruñó y parpadeó en dirección a la loba pelirroja conocida como Ayame.
—¿Qué? ¡Es cierto!
Mientras Ayame ponía los ojos en blanco, Rin soltó una risita y negó con la cabeza, apartando la mirada de los dos lobos para sonreírle ampliamente a la pareja que estaba en la cama.
—Pero, Kagome, nos alegramos de verdad de que estés bien. Estábamos muy preocupados cuando Miroku y Sango nos contaron lo que pasó. Nos dijeron que habías desaparecido, Kagome, y que Inuyasha todavía tenía que aparecer para ver si te había encontrado. —Su sonrisa se transformó lentamente en un frunce pensativo y se mordió el labio inferior—. Mmm… ¿qué pasó exactamente? —preguntó vacilante, mirando a la bailarina y al hanyou.
Esto fue seguido de varias cabezas asintiendo y algunos murmullos de conformidad.
Kagome respiró hondo y bajó la cabeza, fijando la mirada atentamente en sus manos entrelazadas en su regazo. Inuyasha sintió su incomodidad y gruñido con fastidio, enviando una mirada fulminante hacia la repentinamente tímida mujer mientras ella daba un paso atrás ante la ferocidad de su mirada.
Sesshomaru le lanzó una mirada y pasó un brazo protector por la diminuta cintura de Rin, atrayéndola hacia él en un gesto protector. Rin chilló y su cara inventó nuevos tonos de rojo mientras miraba el fuerte brazo que la rodeaba.
Inuyasha resopló ante su poco característica actitud y, con un suspiro pesado, se lanzó a explicar, empezando por cuando había encontrado la puerta oculta y cómo habían terminado derrotando al demonio de hielo conocido como Kyosuke Rivera. Por supuesto, no mencionó la parte en la que se había permitido bajar la guardia estúpidamente por un segundo y cuando lo estamparon contra la pared. También tuvo cuidado de obviar reproducir lo que le había dicho Kagome mientras estaba desmayado contra la pared. Eso era algo privado entre ellos y el resto de la banda y sus amigos no tenían por qué saberlo. Después de todo, cuidaría esas palabras hasta el día en que muriera. Y no planeaba que fuera pronto. No mientras Kagome estuviese en su vida.
Cuando terminó, una pausa tensa rodeó la habitación y a sus ocupantes, el único sonido provenía de los suaves ronquidos del niño zorro y sus murmullos sobre palitos de chocolate en sus sueños.
Miroku rompió el silencio.
—Entonces lo que dices es que… la sangre, ¿la sangre humana fue lo que derrotó al demonio del hielo llamado Kyosuke?
El medio demonio asintió mientras Sango fruncía el ceño.
—Kyosuke… ¿dónde he oído ese nombre?
—Era el "representante" de esa emisora a la que fuimos hace tiempo a grabar nuestra nueva canción —aportó Kouga.
Ayame reaccionó.
—He oído que fue número uno en 98PXY en Nueva York.
—Un pequeño consuelo entre todo este caso —masculló Inuyasha, apartando la mirada de sus amigos y su hermano.
Kagome puso los ojos en blanco.
—Oh, anímate, Inuyasha. ¡Piensa en todos los discos que vas a vender! —apuntó, sonriéndole a Sango, que le devolvió la sonrisa.
—Apenas puedo contenerme.
—¿Qué es lo que te ha puesto de un humor amargo tan de repente? —le preguntó Kagome, girándose en sus brazos para fruncirle el ceño.
Oh, no sé, tal vez tenga algo que ver con que todo el mundo está por aquí cuando lo único que quiero hacer es follar contigo.
—Nada.
Ella entrecerró los ojos.
—En serio.
Él entrecerró sus ojos.
—En serio.
—Por alguna razón, me cuesta creerlo.
—Keh.
Kagome puso los ojos en blanco una vez más y se volvió hacia sus amigos. Sonrió.
—Agradecemos vuestra preocupación, chicos. Es bueno saber que tenemos tan buenos amigos como vosotros para que se preocupen por nosotros.
—¿Cómo vamos a no hacerlo? Eres como una hermana para nosotros, Kagome —dijo Rin con una sonrisa amistosa, refiriéndose a ella, Sango y Ayame, y las otras dos asintieron con sonrisas en sus caras.
—Además —añadió Kouga con una sonrisilla—. Probablemente te quedes un tiempo con nosotros, así que más te vale acostumbrarte. —Miroku asintió mientras Sesshomaru permanecía en silencio, como siempre.
Kagome les sonrió ampliamente, pero de repente pareció darse cuenta de algo. Parpadeó y miró más allá de su grupo de amigos.
—Oíd, chicos. ¿Dónde está Naraku?
Todos intercambiaron miradas y miraron a su alrededor como si acabaran de darse cuenta de que faltaba.
—Es una buena pregunta…
-O-
—¡Jajajajajaja-hip! ¡Jajajaja! —Una sonrisa boba adornaba un par de labios mientras una pálida mano se llevaba una botella medio llena de Smirnoff de limón a esos labios y le daba un buen sorbo.
Un par de ojos de color avellana se alzaron al cielo mientras unas uñas con manicura roja repiqueteaban sobre la barra, el sonido reverberaba por la vacía habitación. Un bostezo de aburrimiento se escapó de una boca con pintalabios rojo y la mujer suspiró antes de apoyar la barbilla en la mano, mirando con pereza al borracho que tenía delante.
Botellas vacías de Smirnoff y otras bebidas alcohólicas estaban esparcidas a su alrededor, algunas rotas en el suelo, mientras otras descansaban sobre la pegajosa barra.
Una risa de borracho interrumpida por algunos hipidos siguió reverberando por el cuarto vacío y la chica tomó un sorbo de su bebida. En serio, ¿qué veía en ese hombre? No tenía ni idea de que se podía emborrachar. De todas las veces que había ido a su bar, nunca se había comportado así. Tal vez porque nunca antes había bebido tanto. Fuera lo que fuera, Mystique se estaba cuestionando seriamente su salud mental en cuanto a hombres. ¿De verdad era esto lo que quería en uno?
Un eructo considerable salió del batería moreno que tenía delante y arrugó la cara en un gesto de asco, apartándose de él y moviendo una mano delante de su cara. Aj…
—Vale, Naraku —empezó con su voz ronca—. Creo que ya has bebido suficiente. —Se estiró hacia delante y agarró la casi vacía botella de alcohol que tenía en la mano, pero no se esperó que él aumentara su agarre sobre ella.
La fulminó con la mirada.
—Mía.
Ella le devolvió la mirada.
—Dámela, Naraku. Estás borracho. —Intentó arrancársela, pero gruñó y la echó hacia atrás, casi llevándosela consigo.
Ella resopló, irritada, y entrecerró los ojos al mirarlo, flexionando su mano sobre la botella.
—Escucha, batería —dijo en voz baja—, si tus amigos te encuentran aquí borracho como una cuba y a mí contigo, van a sospechar que fui yo quien te emborrachó, ¡y yo tengo un trabajo que necesito mantener! —Con eso dicho, le dio un último y fuerte tirón y consiguió sacarle la botella de la mano, casi perdiendo el equilibrio en su taburete y cayendo al suelo.
—¡Ja! —exclamó, sonriendo triunfante mientras sostenía la botella de Smirnoff en alto con una mano.
Naraku se quedó allí sentado, tambaleándose adelante y atrás ligeramente con una expresión de perplejidad en el rostro mientras fijaba la mirada en su ahora vacía mano como si fuera lo más fascinante del mundo. ¿Hacía un segundo no tenía en la mano una botella de esa cosa tan rica…?
Asintiendo, Mystique apoyó la botella en la barra bien alejada del batería y se volvió hacia él, preparada para sacarlo de allí.
—Vale, Naraku, ahora vamos a sacarte de aquí. —Se estiró hacia él, pero sus manos nunca llegaron a su destino.
Naraku parpadeó solemnemente en su dirección y de repente puso los ojos en blanco antes de tambalearse hacia atrás en su silla y caer en el suelo pegajoso, inconsciente y con sus piernas suspendidas en el aire gracias al taburete en el que había estado sentado.
Mystique se quedó mirando el taburete vacío con la mente en blanco y luego gruñó con fuerza, su cabeza cayó sobre la barra con un sonoro pum.
—¿Por qué a mí…?
-O-
En la habitación de Inuyasha, Kouga se encogió de hombros y luego le quitó importancia con un movimiento de la mano.
—Ah, ¿qué más dará? Seguro que está retozando con la tal Mystie o como se llame.
Un estremecimiento pareció viajar de una persona a otra mientras una imagen muy desagradable decidía plantarse en sus cabezas.
—Eso es asqueroso, Kouga. Ahora estaré traumatizado de por vida —gruñó Inuyasha, con una mirada de asco en el rostro mientras Kagome intentaba respirar.
—Lo secundo —afirmó Miroku.
—Lo tercio —dijo Sango.
—Creo que voy a vomitar… —La cara de Rin se había puesto de un enfermizo tono blanco.
Al encontrar una razón para excusarse, Sesshumaru le asintió a Kagome, diciendo a su manera que se alegraba de que se hubiera recuperado y se despidió de ellos antes de conducir a la pálida Rin hacia la puerta, desapareciendo en una esquina.
Apartándose de su novia, Inuyasha se levantó de la cama y miró a los demás con una ceja arqueada.
Entendiendo la indirecta (por una vez), los demás se inventaron excusas penosas para marcharse y también se despidieron antes de salir por la puerta con el todavía dormido Shippo en los brazos de Sango, Inuyasha los siguió y cerró las puertas detrás de ellos.
Con un suspiro (al fin estaba a solas con Kagome), Inuyasha se dio la vuelta y retrocedió cuando vio a Kagome yendo hacia el baño.
—¿A dónde demonios crees que vas?
Kagome saltó y se detuvo en seco, girando la cabeza para parpadear en dirección a su novio.
—Eh… ¿a mi habitación? —respondió sabiamente.
Inuyasha se cruzó de brazos y la fulminó con la mirada.
—¿Por qué?
—¿Porque quiero…? —No estaba muy segura de a dónde quería llegar…
Resopló.
—Y una mierda.
Kagome parpadeó.
—¿Cómo?
—Te vas a quedar aquí —declaró con firmeza.
Kagome se quedó boquiabierta.
—¿Qué? —Negando con la cabeza, Kagome se dio la vuelta para mirarlo de frente y plantó las manos en las caderas, con cara de desafío—. ¿Quién te crees que eres para decir a dónde puedo ir o no? —preguntó con los ojos en llamas.
La estrella del pop gruñó, su humor empeoraba.
—Tu maldito novio, ese me creo, así que lo que yo diga va a misa. —Entrecerró sus ojos dorados—. Y digo que te vas a quedar aquí mismo en este cuarto.
Los puños de Kagome temblaron mientras bajaba los brazos a sus costados y miraba con furia al arrogante medio demonio que tenía enfrente. Sabía qué botones presionar exactamente para irritarla y, ahora mismo, estaba muy cerca de pulsar el último botón que desataría su mal genio.
—Yo creo que no —dijo en voz baja, su pose tensa y el rostro ruborizado.
Inuyasha resopló.
—No puedes opinar sobre esto, así que, ¿por qué no aparcas tu culo otra vez en la cama y te quedas ahí mientras yo bajo a por algo de comer para los dos? —Su tono no dejaba lugar a discusión, pero al parecer Kagome no pensaba igual.
Hasta allí.
—¿Cómo te atreves? —explotó, dirigiéndole un dedo acusador—. Por supuesto que puedo opinar, ¡gilipollas arrogante! ¡Tú no me controlas, Inuyasha! ¡Nadie me controla! ¡Puede que sea tu novia, Inuyasha, pero eso no quiere decir que puedas darme órdenes como si fuera una esclava! ¡Soy dueña de mí misma y de nadie más! Ni siquiera tuya, así que, ¿por qué no creces y soportas que no puedes controlar mi vida y todo lo que hay en ella? —Así, Kagome alzó la nariz y se dio la vuelta, dispuesta a caminar hacia la puerta del cuarto de baño.
Pero Inuyasha de repente estaba allí, bloqueándole el paso hacia la puerta, y la había agarrado de los brazos. Kagome jadeó y alzó la mirada hacia el rostro de su novio, sus orbes chocaron contra el oro fundido.
Inuyasha la miró fijamente, un gruñido posesivo bullía en su pecho para escapar por sus labios, haciendo que la mujer en sus brazos se sobresaltara un poco, con los ojos abiertos como platos.
—Cómo que no eres mía —gruñó con voz ronca, flexionando las manos contra sus brazos—. Eres mía, Kagome. Mía y nunca pienses lo contrario.
Antes de que Kagome pudiera honrar su declaración con una respuesta, el hanyou inclinó la cabeza y selló los labios con los suyos en un acalorado beso mientras sus brazos rodeaban su flexible cuerpo, aplastándola contra él con fuerza y deleitándose en su jadeo de sorpresa.
En cuanto sus labios tocaron los de Kagome, su sangre se calentó en sus venas y sus rodillas flaquearon, sus brazos se levantaron automáticamente para rodear su cuello y ponerse más a su altura. Una vez más, conjeturó, sus esfuerzos no eran verdaderamente necesarios, ya que Inuyasha la estaba apretando contra él con tanta fuerza que era casi imposible escapar de su fuerte agarre. Pero tampoco era que quisiera. Más bien al contrario. Su boca y su lengua estaban creando sensaciones maravillosas en su interior y no quería que se detuviera.
Gruñendo suavemente al sentir su suave y cálido cuerpo presionado contra el suyo, Inuyasha exploró su boca con su inquisitiva lengua, no dejando nada sin tocar y sacando un gemido de la chica que estaba entre sus brazos mientras liberaba la lujuria que había estado acumulando desde que se había despertado.
Soltando un gruñido de necesidad, el lujurioso hanyou empezó a hacer que Kagome retrocediera. Cedía inconscientemente mientras seguía sus pasos hasta que la parte de atrás de sus rodillas chocó contra la tela del colchón. Ambos se tiraron sobre la cama e Inuyasha no perdió el tiempo para mover sus cuerpos hasta que estuvieron situados en mitad de la cama extra grande, con la cabeza de Kagome apoyada contra las almohadas de seda negra.
Apoyando su peso sobre ella, Inuyasha suspiró y se apartó de su boca para dedicarse a su cuello, dándole besos y pequeños mordiscos, disfrutando de los pequeños sonidos de placer de la mujer que tenía debajo. Sonrió y mordisqueó un poco la piel de su cuello con sus colmillos, lo suficiente para romperla, pero no para hacerle sangre. Satisfecho, calmó su chupetón con besos y lamidas hasta que Kagome estuvo temblando y su respiración salió en agitados jadeos.
Se elevó con la ayuda de sus manos y fijó la mirada en la cara sonrojada de su peligrosa bailarina, sus orbes cafés estaban muy abiertos e inocentes mientras entrelazaban las miradas, y la sangre de Inuyasha bajó hacia su entrepierna, sacándole un gruñido mientras inclinaba la cabeza y apoyaba la frente contra la de Kagome.
Kagome, por su parte, estaba intentando mantener desesperadamente todo pensamiento coherente que le flotara por la mente en ese momento, pero perdía rápidamente la batalla mientras Inuyasha se posicionaba entre sus muslos y se mecía contra ella. Ahogó un grito y arqueó la espalda instintivamente, buscando inconscientemente la liberación de la tensión que se acumulaba lentamente entre sus muslos. Cada movimiento, cada vaivén de sus caderas le enviaba espirales de placer por su cuerpo y gimió, sus manos se alzaron para aferrar los hombros de su novio y tirar de él hacia abajo, anhelando sentir su duro pecho contra sus senos.
Inuyasha gruñó por lo bajo al sentir los endurecidos picos presionados contra su pecho y pronto decidió que tenía que eliminar la camiseta. Sonriendo, al fin pudo sacársela, Inuyasha se enderezó y se sentó a horcajadas sobre sus caderas, clavando la mirada en la de ella antes de deslizar las manos por debajo de su floja camiseta, deslizando la prenda hacia arriba hasta que sus pechos desnudos estuvieron expuestos para regocijo de su vista, aunque sus ojos nunca se apartaron de los suyos.
El fuego en sus ojos, la pasión desenfrenada que giraba en sus profundidades ambarinas hizo que el corazón de Kagome se saltara un latido. El calor de sus manos mientras se deslizaban brevemente por sus pechos, sus ásperas palmas rozando sus pezones endurecidos antes de subir la camiseta sobre su cabeza para luego hacerla descuidadamente a un lado. Su pecho jadeó mientras respiraba entrecortadamente, un sonrojo empezaba desde sus pechos y subía hasta su rostro mientras él bajaba lentamente la mirada hacia sus montes gemelos, el aire frío ponía a sus ya endurecidos pezones firmes y sensibles.
El gemido que escapó de su boca hizo que Inuyasha volviera a la realidad y su mirada ardiente abandonó su pecho para mirar su sonrojado rostro, sus ojos chocolates abiertos como platos e interrogantes mientras esperaba su siguiente movimiento. Una sonrisilla curvó sus labios, el medio demonio se inclinó hacia abajo y apoyó los labios sobre los de ella, besándola profundamente mientas sus manos se aventuraban por su cuerpo, sus garras rozaron la tela de sus bragas, insinuándole lo que estaba por venir antes de volver hacia arriba para acariciar sus pechos. Le agradecía que no se hubiera puesto nada más encima además de la camiseta, porque no creía que fuera a tener la paciencia para sacarlo si así fuera. Ya le había costado bastante controlar sus manos cuando había removido su ropa ensangrentada y le había puesto la camiseta floja, y había tenido que detenerse varias veces antes de que su control flaqueara.
Jadeando al sentir sus cálidas manos cubriendo sus pechos desnudos, Kagome arqueó la espalda, empujando más sus montículos contra sus manos y provocando una pequeña risita en el hanyou que tenía encima. Sintió su lengua en sus labios y los abrió obedientemente para él, gimiendo al sentir su ardiente órgano rosa hurgando en su interior y saboreándola, frotando su lengua con la de él y tirando de su labio inferior para chuparlo y mordisquearlo.
Su cuerpo tembló y sintió como si estuviera en llamas debido a su cálida sangre mientras corría por sus venas para reunirse en la cima de sus muslos y palpitando a la vez que el rápido latido de su corazón. Demasiadas veces la había hecho sentir así y demasiadas veces los habían interrumpido, forzándolos a detener sus actividades. Ahora, en cambio… Ahora podían mantener su aventura en el cuerpo del otro sin interrupción. Ahora tenían todo el tiempo del mundo, y nada podía detenerlos.
La idea le llegó espontáneamente y Kagome se tensó repentinamente, sus ojos se abrieron de golpe para fijar una mirada sorprendida en el rostro que se cernía sobre ella. Su rápido cambio en su aroma hizo que Inuyasha frunciera el ceño en confusión mientras se echaba hacia atrás para mirarla a la cara. El aroma del miedo estaba entrelazándose con su aura y frunció el ceño, preguntándose a qué le tenía miedo de repente su novia.
—¿Kagome? —preguntó en voz baja—. ¿Qué pasa?
Tragó el nudo de su garganta y se lamió los labios. Los ojos de Inuyasha siguieron el movimiento para luego volver rápidamente a sus ojos.
—Inuyasha… —dudó, mordiéndose el labio inferior y apartando la mirada con incertidumbre—. De verdad va a pasar… ¿no? —susurró, alzando la mirada hacia él.
Él parpadeó, todavía algo confuso.
—¿El qué?
—Esto. Tú, yo… —Se sonrojó, volviendo a apartar la mirada y negándose a mirarlo a los ojos.
Por fin lo entendió e Inuyasha inspiró, maldiciendo mentalmente la incertidumbre que había en sus ojos.
—Kagome.
Tenía que asegurárselo. Tenía que hacerle saber que preferiría morir a obligarla a hacer algo que no quisiera hacer.
—Digo —continuó Kagome, retorciendo distraídamente un mechón de su pelo plateado alrededor de su dedo y mirándolo fijamente—. Las demás veces que hemos… eh… tonteado a falta de una expresión mejor, siempre nos interrumpía alguien o algo… y nunca hemos llegado tan lejos. Es que… —Liberó un suspiro y se volvió a morder el labio—. Es un poco sobrecogedor, ¿sabes? De verdad va a pasar… de verdad vamos a hacerlo hasta el final sin interrupciones de ningún tipo… es que…
—Mírame, cariño.
—¿Eh? —Girando la cabeza y fijando la mirada en el rostro de su novio, Kagome jadeó ante la cruda emoción que giraba en sus ojos y la forma en que su rostro estaba fijo en una expresión de seriedad. Sus ojos marrones se abrieron como platos y echó la cabeza instintivamente hacia atrás, apoyándola en la almohada.
O no notó su reacción o eligió ignorarla, porque Inuyasha continuó mirándola sin parpadear, buscando en sus ojos algo que fuera a ayudarlo con su respuesta. Maldición, pero ¿por qué empezaba justo ahora a sentirse así? Su erección estaba a punto de atravesar sus pantalones, ¿y justo ahora se daba cuenta de lo que estaban haciendo?
Tragando un gruñido de frustración, Inuyasha suspiró y alzó una mano para acariciarle suavemente la mejilla, rozando con una garra su sonrojada mejilla y metiéndole un mechón de cabello caoba detrás de la oreja.
—Kagome —empezó en voz baja, sosteniéndole la mirada—. Si… Si sientes que no estás lista, entonces… entonces esperaré. No… no pasa nada. —Intentó sonreír para poner énfasis en sus palabras, pero solo consiguió curvar un poco los labios, así que suspiró y fijó la mirada en ella, la ansiedad crecía en su pecho como un peso pesado. De verdad esperaba que no se lo estuviera pensando, porque no creía que pudiera soportar más su palpitante erección. Joder, ni siquiera tenía que hacer nada para ponerlo cachondo. Hasta ese punto la deseaba. A poder ser en ese momento, pero si no quería… entonces digamos que usaría su mano. Moriría antes de forzar a Kagome a hacer nada que no quisiera.
Pero, por supuesto, era más que solo atracción. Sabía que unirse a ella reforzaría su lazo y sería oficialmente suya. No, no era la única novia con la que había tenido sexo y no era la única por la que se había sentido atraído, pero Inuyasha sabía que ella era la única con la que estaba dispuesto a pasar el resto de su vida. Sabía que era la única con la que quería casarse, tener hijos, amar y cuidar para siempre, hasta el día en que muriera.
El amor que sentía por ella era más profundo y más auténtico que el amor que hubiera sentido por sus demás novias, y sabía que ella le correspondía a ese amor con todo su corazón. La sola idea de estar con ella el resto de su vida incrementaba la adoración por el objeto de su afecto y lujuria. Sabía que él no le daba asco, más bien al contrario. Podía oler su excitación, e inhalar su aroma incrementó diez veces la suya.
Al salir de sus pensamientos y darse cuenta de que Kagome todavía no le había concedido una respuesta, Inuyasha suspiró, tomando su silencio como un rechazo y empezaba a apartarse de ella cuando una pequeña mano le agarró el hombro, volviendo a atraerlo hacia abajo con algo similar al miedo pasando por sus ojos marrones.
Inuyasha frunció ligeramente el ceño en confusión y parpadeó mirando a la chica… no, mujer, que tenía debajo. Parecía como si fuera ayer cuando estaba en el escenario mientras el amor de su vida atrapaba al público con sus movimientos cautivadores, deslizándose por el escenario como si le perteneciera y poniendo su corazón, su todo en lo que mejor hacía: bailar.
¿Desde cuándo la tímida adolescente que había conocido en el concierto había florecido en tan bella joven? ¿De verdad solo habían pasado dos meses, día arriba día abajo? Parecía mucho menos que eso. Pero también parecía como si la hubiera conocido toda su vida. Y, ¿quién sabe? Puede que hubiera acechado sus sueños cuando era más joven y puede que ella hubiera estado en los sueños de su otro yo, permaneciendo en las sombras y estando siempre allí para darle consuelo y aportarle una sensación de serenidad, pero sin mostrarse en ningún momento.
Apartando esa idea al fondo de su mente para preocuparse por ella otro día, Inuyasha se concentró en los amados rasgos de su novia, esperando a que explicara sus motivos conteniendo el aliento. Más le valía que se decidiese rápido por algo, porque no creía que fuera a aguantar mucho más. Se obligó a permanecer quieto mientras Kagome inspiraba y espiraba, su pecho desnudo agitado contra el suyo y sus caderas moviéndose para acomodarse.
Inuyasha apretó los dientes y se estremeció. Kagome…
—Inuyasha.
Abrió los ojos al oír su nombre y fijó la mirada en su amor.
Armándose de valor, Kagome sonrió ligeramente y ahuecó su mejilla cariñosamente con la mano, su corazón latía rápidamente en su pecho y un sonrojo se extendía por el puente de su nariz para pintar sus mejillas de un tono rojo cereza.
—Inuyasha… sí, quiero. Quiero esto. Te quiero a ti. —Su sonrojo se intensificó, si es que era posible—. Estoy lista y… es que te quiero tanto, Inuyasha. Quiero estar contigo. Simplemente… —dudó, mordiéndose un poco el labio inferior para luego ofrecerle una tímida sonrisa—. Es mi primera vez y… sé que va a doler. Pero también sé —añadió rápidamente cuando él abrió la boca para decir algo—, que mi amor por ti supera a cualquier dolor que pueda sentir. —Lo atrajo hacia ella, depositó un casto beso en sus labios y luego se apartó para mirar su cara de alivio con una pequeña pero confiada sonrisa.
Inuyasha abrió los ojos como platos y soltó el aliento que no sabía que había estado conteniendo. Soy el primero… Apoyó la frente contra la de ella, cerró un momento los ojos y luego los alzó lentamente para fijarlos en los oscuros de su novia, llenos de amor y confianza. Se permitió que una pequeña sonrisa curvara sus labios y Kagome se la devolvió, lamiéndose los labios antes de inclinarse hacia arriba para presionar la mejilla contra la de él, su cálido aliento le acariciaba la oreja mientras sus palabras susurradas alcanzaban su sensible apéndice.
—No te contengas.
El hanyou se tensó y, con un gruñido, estampó sus labios contra los de ella, devorándola y disfrutando de su dulce sabor mientras le sacaba las bragas con un giro de muñeca. Se tragó su gemido de protesta con su boca, gruñendo mientras su aroma de excitación se volvía más fuerte sin que la delgada barrera lo ocultara y se echó hacia atrás para sacarse la camisa y deshacerse de los pantalones, revelando a un muy excitado hanyou.
Los ojos chocolates de Kagome se abrieron como platos mientras miraba abiertamente al hanyou desnudo que tenía delante.
Nunca antes había estado tan cerca de un hombre desnudo. Aunque la verdad era que ni siquiera había visto antes a un hombre desnudo, así que… Ah, demonios. Bien podía aprovecharse.
Kagome se preparó en un repentino arrebato de valentía, y arqueó una delicada ceja desde la cama; una sonrisa sexy curvaba sus labios recién besados, aunque todavía estaba algo sonrojada.
—¿No llevas calzoncillos, Inuyasha? Vaya, qué medio demonio más atrevido —dijo entre risitas.
Inuyasha sonrió maliciosamente y se estiró sobre ella, depositando su peso sobre sus brazos para no aplastar a su ahora desnuda novia. Aunque su expresión se dulcificó mientras acariciada su sonrojada mejilla con su filosa mano, algo se endureció en su parte inferior y palpitó con anticipación contra el muslo de Kagome, que jadeó, la humedad entre sus piernas se intensificó hasta que gimió su necesidad, cerrando los ojos y curvando la espalda para presionarse contra él, deseando liberar la creciente tensión.
El hanyou siseó mientras su húmedo calor se presionada contra su piel desnuda y un gemido entrecortado se escapaba de su boca. Se estremeció y le separó las piernas con la rodilla, deslizando una mano entre ellas para deslizarse en su interior, abriendo sus resbaladizos pliegues. Kagome volvió a ahogar un gemido.
Hundió la cara en la curva de su cuello, le prodigó cálidos besos a su cuello, bajando hasta su pecho mientras insertaba con cuidado un dedo en su interior, teniendo cuidado con su garra mientras Kagome se retorcía bajo él, abriendo automáticamente las piernas para hacerle más espacio. Él sonrió y exploró su húmeda apertura, insertando otro dedo mientras buscaba ese pequeño nudo de nervios que sabía que se encontraba dentro de los brillantes pliegues de su feminidad.
Su nudillo rozó contra algo carnoso y duro y la mujer que tenía debajo arqueó las caderas contra su mano con un grito ahogado que se parecía sospechosamente a su nombre. Inuyasha sonrió con suficiencia y volvió a rozar a propósito el duro nudo, arrastrando la yema de su dedo por él y a su alrededor en un patrón circular que hizo que Kagome gimiera de placer.
Los sonidos que estaba haciendo le excitaban todavía más y acercó las caderas a las de ella por reflejo, gruñendo mientras su erección palpitaba dolorosamente.
—Dioses, Kagome… —murmuró con voz ronca contra su pecho, girando la cabeza para capturar el duro pezón en su boca y chuparlo ligeramente.
—Inu… ah… —jadeó Kagome, su cuerpo temblaba mientras un calor líquido circulaba por sus venas para acumularse en la cima de sus muslos, palpitando constantemente y anhelando liberarse—. P-por favor…
Un gruñido bajo de necesidad retumbó en su pecho y sacó la mano de sus resbaladizos pliegues, levantando la cabeza para probar la dulce humedad de su único y verdadero amor. Suspiró de felicidad al saborearla mientras se limpiaba los dedos, su endurecido miembro palpitaba de anticipación.
El ámbar chocó contra el marrón mientras fijaba la mirada en la de ella, su lengua salió para limpiarse los labios de la humedad que le quedaba. Kagome respiró hondo al verlo y alzó las caderas, agarrándolo por los hombros y tirando de él hacia sí, queriendo sentir su pecho desnudo contra el suyo.
Tras decidir que ya le había hecho esperar bastante, Inuyasha se colocó en su entrada y la agarró por las manos, entrelazando los dedos con los de ella y clavándolos a cada lado de su cabeza. Se inclinó hacia abajo para depositar un cálido y cariñoso beso en sus labios, y empezó a introducirse en su interior, siseando cuando su calor envolvió su alargado miembro.
Kagome se paralizó debajo de él mientras la penetraba poco a poco, estirando sus paredes para poder acomodarse a su tamaño. Se preparó para el dolor que sabía que estaba a punto de llegar y cerró los ojos, un estremecimiento circuló por su cuerpo cuando sintió los cálidos labios de su amante rozándole la mejilla y dejando suaves besos por su mandíbula. Sabía que estaba intentando distraerla del dolor y, hasta el momento, estaba funcionando. Kagome se concentró en sus cálidos labios y su húmeda lengua mientras besaba, lamía y mordisqueaba su sensible piel.
Y entonces la punta de su falo tocó la barrera que la marcaba como virgen y ambos se paralizaron simultáneamente, los orbes miel y café se encontraron cuando una sacudida eléctrica recorrió sus cuerpos. Tanto hanyou como humana supieron lo que venía ahora, no intentaron fingir que no habría dolor.
Lamiéndose sus labios secos, Inuyasha exhaló, inclinó la cabeza para apoyar su frente contra la ceja de su novia y liberó una de sus manos para acariciar su sonrojada mejilla con ternura con su mano. Kagome le ofreció una pequeña y casi tímida sonrisa, y él se la devolvió brevemente antes de que su rostro se volviese serio. A Kagome le dio un salto el corazón cuando las emociones bailaron en sus orbes color ocre, su mirada no flaqueó mientras penetraba en la suya.
—Kagome… —dijo en voz baja, forzándose a quedarse quieto por el bien de su amada. Anhelaba balancearse contra ella una y otra vez, pero sabía que era la primera vez de Kagome y quería que fuera especial para ella. Quería ser gentil, cariñoso y considerado con su cuerpo, por muy sexy y delicioso que fuera.
—¿Hm…? —replicó Kagome, distraída, perdida en su mirada dorada y en la sensación de su cuerpo contra el suyo. No le importaba cuánto dolor fuera a haber en los próximos minutos, lo único que le importaba era el aquí y el ahora y sus impresionantes ojos y lo bien que lo sentía contra ella…
—Te quiero. —Y con esa firme declaración, Inuyasha llevó sus caderas hacia delante y se enterró hasta el fondo, haciendo surgir un jadeo de la mujer que tenía debajo mientras el débil olor a sangre le llenaba la nariz.
Volvió a quedarse quieto y esperó a que se adaptara a su tamaño mientras depositaba esporádicos besos en su rostro, por su mandíbula, su cuello y al final inclinó sus labios sobre los de ella y la besó profundamente, apasionadamente para distraerla del dolor que sabía que estaba sintiendo.
La respiración de Kagome era trabajosa y su pecho subía y bajaba contra el suyo, tenía los ojos cerrados con fuerza y el rostro sonrojado. Oyó las suaves y reconfortantes palabras de amor en sus oídos y respiró hondo, liberando lentamente el aliento en un calmado suspiro. Le rodeó el cuello con los brazos y enterró las manos en su espesa y plateada melena, depositó un beso en su cuello, alzando las caderas para probar.
Oyó vagamente el jadeo de Inuyasha entre su neblina de placer e inhaló con fuerza, sus ojos castaños se abrieron como platos mientras rodeaba sus caderas con sus rodillas y liberaba un estrangulado grito de placer de entre sus labios.
Inuyasha gruñó y apoyó la cabeza contra su cuello, un profundo gruñido salió de su pecho mientras sus caderas se enterraban contra las suyas, arrastrándolo más a su interior.
—K-Kagome… —Subió sus labios por su cuello y le rozó la mejilla, el medio demonio capturó sus labios en un ardiente beso destinado únicamente para amantes, su lengua entró y no dejó nada sin tocar, dando y tomando todo.
Kagome gimió y exploró su boca, alzando las caderas para animarlo, y no la decepcionó cuando se retiró y volvió a entrar una vez más, creando un ritmo firme con entusiasmo en el que Kagome se encontraba con él con cada embestida.
Con un profundo gruñido, el medio demonio de pelo plateado la embistió vigorosamente, olvidando su anterior idea de ir despacio. Pero a juzgar por la respuesta de su novia, no era algo malo. Sonriendo con suficiencia, Inuyasha liberó sus labios para lanzarse a su cuello, lamiéndolo con ternura antes de chupar y rozar con sus colmillos su húmeda piel. Apartándose un poco para admirar su trabajo, la lamió una última vez antes de bajar a sus pechos, acariciando con la nariz los globos gemelos de carne y aferrándose a una prieta cima, mordiéndola ligeramente con sus colmillos y calmándola después con su lengua.
Kagome se retorció con placer debajo de él, algo crecía y se enroscaba en su interior y se apretaba más con cada firme embestida de sus caderas. Jadeó pesadamente, su corazón latía con fuerza contra sus costillas. Se preguntó vagamente si era posible romperse una costilla por culpa de que el corazón latiera con tanta fuerza, pero olvidó rápidamente esa idea cuando sintió que su mano se deslizaba entre ellos para jugar con el duro nudo escondido entre sus húmedos pliegues.
Ella gritó y alzó las caderas, llevándolo a adentrarse más en su cuerpo. Inuyasha hizo un sonido de placer desde lo más profundo de su garganta y empezó a abandonarse y a embestirla, el choque de piel con piel retumbaba por la habitación y los sonidos de éxtasis de la pareja resonaban en sus oídos.
Ella estaba cerca de llegar, tan cerca de esa maravillosa liberación que sentía eso que se enroscaba con fuerza se tensaba y temblaba en su interior, su abdomen temblaba y su pecho se agitaba con sus laboriosas respiraciones. Kagome llevó sus caderas hacia su mano, jadeando cuando su dedo pellizcó su sensible nudo de nervios y le hizo gritar de placer. Tan cerca… Una embestida más y ella…
Pero entonces él se detuvo de repente, su erección estaba contra su resbaladiza calidez y ella gimió con frustración, meciendo las caderas y buscando desesperadamente esa liberación que sabía que se acercaba.
Inuyasha no cedió y ella empezó a retorcerse bajo él, que apretó los dientes en un intento por mantenerse quieto. La sensación familiar de la dulce liberación jugueteaba en sus testículos y gruñó, su cuerpo temblaba mientras se obligaba a permanecer quieto. Kagome seguía intentando atraerlo de nuevo a su interior y cedió a la tentación, embistiéndola una vez y luego permaneciendo allí, sin moverse. Kagome gimió.
—Kagome —dijo con voz temblorosa, su voz era suave y ronca al mismo tiempo.
La bailarina gimió en respuesta, moviendo las caderas para hacer que continuara.
—Cásate conmigo.
Los ojos castaños se abrieron de golpe ante sus duras palabras y se encontró mirando sin comprender sus ojos ambarinos, tantas emociones cruzaron por sus profundidades que a Kagome le costó intentar descifrarlas todas. Pero eso no importó cuando unas lágrimas instantáneas de felicidad salieron de sus ojos y se derramaron por sus mejillas escarlatas. Inuyasha las lamió con ternura y ella sonrió, su corazón estaba lleno de amor por el medio demonio que tenía encima.
—Inuyasha…
Él levantó la mirada hacia la suya y lo abrumó la sonrisa llorosa, aunque radiante, que le dirigía. ¿Era posible que ella…? Inuyasha respiró hondo, esperando apenas sin aliento por su respuesta.
Kagome lo atrajo hacia ella y presionó firmemente sus labios contra los de él, besándolo profunda y amorosamente.
—Sí —susurró con una sonrisa contra sus labios y sintió que sus tensos músculos se relajaban. Quería casarse con él. Quería pasar el resto de su vida con él. Y ahora sabía que él quería pasar el resto de su vida con ella.
Soltando el aliento con alivio, (¿de verdad pensaba que iba a decir que no?) Inuyasha llevó su boca a la suya y empezó a moverse contra ella con fuerza, tragándose el grito de Kagome de su nombre mientras el nudo de su vientre se soltaba y encontraba su liberación, temblando mientras su esencia salía de ella y desencadenando el clímax del hanyou.
Inuyasha gimió su nombre contra su boca mientras se corría con fuerza, disparando su semilla en su vientre en varias veces con un violento estremecimiento y derrumbándose finalmente sobre su nueva prometida con un suspiro de satisfacción.
Sus respiraciones entrecortadas llenaron la silenciosa habitación mientras los dos yacían allí, contentos con estar el uno con el otro y disfrutando del cómodo silencio.
Pero Inuyasha pronto supo que tendría que acabar por levantarse si no quería aplastar a su amada, así que, con un suspiro de arrepentimiento, salió de su interior y se desplomó en la cama a su lado y la rodeó con los brazos, acercándola a su elegante pecho y enterrando su nariz en su húmedo cabello. Sonrió. Olía a él. Y a sexo. Como debía ser. Se rio para sus adentros.
Kagome suspiró, contenta, y se acurrucó contra su prometido, rodeándole el cuello con los brazos y depositando un suave beso en su hombro. Sintió que se movía mientras se inclinaba hacia arriba para agarrar la sábana que habían tirado y ponerla sobre ellos antes de volver a acostarse y soltar un cansado suspiro. ¿Qué, ya lo había cansado? Y ella que estaba lista para la segunda ronda. Se sonrió mentalmente.
Se quedaron así un buen rato, ninguno quería levantarse de la cómoda calidez y dejar el estado de satisfacción en el que se encontraban.
—¿Inuyasha? —murmuró Kagone contra su pecho, con los ojos todavía cerrados.
Él gruñó en respuesta.
Sonrió.
—Te quiero.
Silencio. Y entonces:
—Keh. Más te vale, mujer.
Kagome soltó una risita. Suspirando, se permitió adormecerse con el firme y rítmico latido del corazón de Inuyasha y con el suave retumbar de su pecho que sólo podía describirse como un ronco ronroneo.
Aletargada y feliz, Kagome estaba a punto de quedarse dormida cuando de repente sintió su cálido aliento en su oído y sonrió al oír sus palabras susurradas en voz baja.
—Yo también te quiero, Kagome.
Y antes de sumergirse en la maravillosa tierra de los sueños, Kagome se preguntó repentinamente y distantemente si debería continuar con la descripción de su trabajo con Inuyasha, tal y como había hecho en la taberna en Tokio.
Después de todo, pensó Kagome vagamente, un bostezo enorme rompió su línea de pensamientos mientras el sueño la reclamaba finalmente, sí que me gusta bailar peligrosamente.
