05. — Agonía (Canon Era)
Los despiertan de madrugada, aunque realmente no pueden decir qué hora era. Antes había soldados que amablemente les decían la hora, pero con el cambio de guardia eso se había perdido. Como todo lo demás. Hay una orden clara para que se vistan y ellos lo hacen sin rechistar. Hay intercambio de miradas entre las grandes duquesas. Todas están ansiosas, pero prefieren no decir nada. Nicholas y Alexandra exigen saber que ocurre. Tardan en obtener una respuesta. A ella no le da buena espina todo aquello, pese a que los soldados intentan tranquilizar a la familia afirmando que solo serán trasladados a una nueva ubicación por su seguridad. Sin embargo, no les permiten empacar sus cosas. Ellos afirman que de eso se encargarán los soldados. Los guían con lentitud hasta uno de los sótanos. No hay conversación y el silencio se vuelve frío e inquietante. Anastasia tiembla levemente, pero mantiene la compostura. Hay una sensación amarga en la boca de su estómago, un peso que estrangula sus cuerdas vocales y aplasta su pecho. Lleva días con esa sensación. Le pican los ojos. Quiere llorar. No lo hace. No quiere darle ese gusto a sus captores, así que mantiene la barbilla alta y camina. María se engancha a su brazo mientras les hacen pasar a uno de los sótanos, junto a los pocos criados a los que habían permitido quedarse. Se les pide que esperen un poco, asegurando que van a hacerles una foto antes de partir, mientras terminan de cargar el escaso equipaje de la familia a los furgones. Tras la insistencia de Alexandra, Colocan un par de sillas para Aleksei y su madre. Su padre también se sienta, tomando en sus rodillas a su hermano menor. A la pequeña de las hermanas Romanova no le gusta la inusual contención y suavidad con la que les tratan. Ella no es tonta. Ella sabe ver a través de la gente. Traga saliva, situándose detrás de sus padres, con María a su lado. El colgante que le regaló su abuela se clava en su piel y casi llega a quemar a través de la tela del corsé de su vestido. El resto de joyas casi ni se sienten. Hace demasiado frío y demasiada humedad, pero ese no es el motivo por el cual Anastasia se estremece cuando aquel hombre irrumpe de golpe en la habitación.
A Anastasia nunca le ha agradado Yákov Yurovski. Aquel hombre, con su barba, sus ojos hundidos y su mirada hueca, le daba pavor. Y su presencia allí no le gusta. De hecho, confirma que algo malo ocurrirá. Lo sabe desde hace tiempo. Últimamente los soldados cuchicheaban demasiado y el ambiente se había enrarecido. En uno de sus paseos por los terrenos del lugar, María musitó aleatoriamente que algo no iba bien. Fue entonces cuando había escrito la última carta a Dmitri, donde le pedía que nunca la olvidase y donde había deslizado una moneda de plata, la última moneda de plata, en el sobre antes de cerrarlo. Había tardado días en lograr entregársela a su sirvienta de confianza. Anastasia aprovechó el caos que generó el despido de muchos de ellos, días atrás, para hacerlo. Dmitri. Ese muchacho idiota con su estúpida sonrisa de autosuficiencia, su actitud de engreído sabelotodo y de suavidad absoluta... Frunce los labios y aprieta los ojos ahogando un suspiro entrecortado. El recuerdo de su beso apresurado, caótico y revuelto hace que le duela el corazón. La necesidad de volver a San Petersburgo con él ha estado allí desde el instante en el que los exiliaron, pero no puede decir nada al respecto. Sabe que quizás no haya mas instantes en su vida para recordar, pero no puede decirlo en voz alta. No puede alarmar a su familia. Así que tan solo se queda allí, de pie, expectante. Esperando las palabras de aquel hombre horrible. Con los dedos de María clavándose como garras y la mirada chispeante de Dmitri en la memoria.
Yákov Yurovski saca un papel del bolsillo y se aclaró la garganta. Un escalofrío cruza la espalda de la pelirroja.
— Nikolái Aleksándrovich Romanov, en vista del hecho de que tus parientes continúan atacando a la Rusia Soviética... — comienza a leer. Todos contienen la respiración — ...el Comité Ejecutivo de los Urales ha decidido ejecutarlo.
Ya está. Ahí está. A partir de ahí todo es caos. Escucha sollozos y gritos ahogados. El tiempo parece ralentizarse. María la suelta de la impresión y ella... su cabeza da vueltas. La orden de ejecución habla de su padre pero ¿y el resto? ¿Por qué tenían que ejecutarlos también al resto? Ella a penas ha cumplido los diecisiete años. María no ha cumplido aún los veinte. Y Aleksei... Aleksei no ha llegado siquiera a los quince. ¿Que clase de monstruo sería capaz de matar a unos niños?
— ¿Qué? — La voz de su padre llega como un eco, mientras mira a su familia, y el mundo de Anastasia se resquebraja. Ya no tendrá su presentación en sociedad, no podrá llegar a la veintena, no podrá revolverse ante la idea de una boda con alguien a quién no ama, no podrá contemplar la idea de fugarse con Dmitri, ni siquiera podrá decirle a la cara, abiertamente, sus sentimientos, ni sentir sus brazos alrededor de su pequeño cuerpo, ni volver a besarle... Un fuerte sollozo brota de sus labios cuando escucha a Yurovski dar la orden de disparar.
Ve por el rabillo del ojo como su hermana Olga y su madre intentan persignarse, pero no lo consiguen al iniciarse el fusilamiento. Yurovski apunta su arma hacia el torso de Nicholas y dispara. Escucha gritos y llantos cuando su padre cae muerto y a continuación ve como el militar a Alekséi. Alguien grita el nombre de su hermano, con un tono ronco y roto de dolor. Le cuesta identificar esa voz como la suya propia, pero lo es. El resto de los ejecutores comienzan a disparar caóticamente.
La zarina Alexandra cae muerta, con un tiro en la cabeza. Olga y Tatiana se agazapan contra la pared, abrazadas y llorando por la muerte de su madre. María intenta escapar por una de las puertas que hay en la parte trasera de la habitación, pero están cerradas con clavos. El ruido de su forcejeo atrae la atención del comisario militar Peter Ermakov, quien apestaba fuertemente a alcohol. El hombre dispara contra María, que acaba herida en el muslo. María cae al suelo, abrazándose a Anastasia, gimiendo. Ella acuna a su hermana mayor y ambas se acurrucan contra una pared, con las manos en la cabeza.
Anastasia no puede ver bien lo que ocurre, pues una pesada capa de humo y polvo de yeso se ha acumulado en la habitación debido a los disparos, pero sabe que Tatiana ha sido asesinada a manos de Yurovsky, por un disparo en la cabeza. A continuación, Olga también muere a manos de Ermakov. María está llorando. Ella se siente muerta en vida, como si todo aquello no fuera real. Siente como un disparo golpea su mecho y como las joyas la protegen. Pero el impacto duele y la deja débil.
Ermakov camina hacia ellas y Anastasia siente como María se estremece. El hombre decide ir a por la mayor del pequeño par y trata de apuñalarla con una bayoneta. Anastasia ve como las joyas cosidas en su ropa la protegen. Frustrado, le dispara varias veces, dejándola inconsciente, o quizás muerta. Anastasia no puede saberlo. Ahoga el llanto que le produce el dolor por su hermana, pero no es lo suficientemente hábil como para no atraer la atención del Comisario militar. Peter Ermakov repite las acciones contra ella y Anastasia siente como la bayoneta golpea contra las joyas, atraviesa la piel y la carne de su hombro y su costado. Ella lucha ferozmente, con angustia, desesperadamente. Pero Ermakov no tiene paciencia para aquello, así que le dispara brutalmente en la cabeza. El disparo le produce una herida que todos toman como mortal.
Mientras su mundo se sume en una total oscuridad, su último pensamiento es para cierta rata rusa de ojos oscuros.
Me merezco lo peor del mundo por esto.
Lo peor es que busqué los testimonios reales de la ejecución de los Romanov para escribirlo.
No me matéis.
Se agradecen comentarios, sugerencias e incluso tomatazos (me gustan los tomates en la ensalada (?))
