2.


Sango se sonrojó de manera inhumana. ¡¿Qué mierda acababa de decir ese pedazo de…?! Apretó los puños, sintiéndose muy ofendida.

—¿Qué demonios te sucede y por qué dices una tontería como esa? —Le dijo con voz queda que más sonó a advertencia.

—No mientas, exterminadora. —Se tronó los dedos y sus afiladas garras brillaron en la oscuridad de aquella madrugada—. Tu cuerpo emana un aroma de deseo muy concentrado.

Ella agachó la cabeza, completamente avergonzada… Hacía poco, había estado sangrado como todos los meses. Nunca le había pasado, pero desde que conoció a Miroku, cada vez que llegaban esos días húmedos, se le despertaban deseos insanos de tocar y explorar lo prohibido con el monje. E incluso llegaba a pensar que aquellas veces que se le pasaba la mano con ella no estaban tan mal. ¡Pero eran sus malditas intimidades! Cosas que se guardaba muy profundo y que jamás nadie debería saber. ¿Qué tenía InuYasha que ver con eso y por qué la cuestionaba?

—Me he convencido de que algo malo te está sucediendo, InuYasha. O quizás ni siquiera eres tú, sino una visión de Naraku y… —se sintió débil por un momento. No había comido nada desde el día anterior y tampoco había dormido. Sintió su cuerpo perder fuerzas y caer casi en cámara lenta.

—Espera.

Sintió las garras de InuYasha clavarse en su brazo, deteniendo la caída. ¿En qué momento había llegado ahí? Parecía que su fuerza, rapidez y agilidad habían aumentado dos veces.

—Suéltame —lo empujó, intentando zafarse. El hanyō la zarandeó, intentando darle estabilidad.

—Sé que Miroku te hizo algo, pero no recuerdo qué es —la miró lascivamente, fuera de sí. Y no mentía. El InuYasha de ese momento no recordaba con claridad muchas cosas que normalmente eran importantes para él.

—Cállate, no lo digas. —Sango cayó de rodillas al piso, sintiendo su corazón partirse. Estaba débil, demasiado débil e InuYasha parecía tener la fuerza de mil caballos. Era tan inútil tratar de pelear con él—. Cállate…

InuYasha aprovechó su momento de debilidad y la tiró definitivamente al suelo. Puso su rodilla flexionada entre las piernas de Sango y la obligó a quedar sometida a él. La castaña ya no estaba pensando con claridad. Había un montón de cosas en su mente y una de ellas era el miedo.

Miedo hacia InuYasha.

—Sango, yo no puedo tocar a Kagome —metió la mano derecha atrevidamente en el pecho y le estrujó un seno con rudeza. Sango intentó impedirlo, pero él, inmediatamente, la frenó. La chica quiso llorar— así como acabo de hacerlo contigo y tú… —se acercó a su cabello, a aspirar ese olor tan dulce de la sacerdotisa que lo tenía loco.

—InuYasha, por favor… —su voz temblorosa alimentó aún más la libido del medio demonio, que sonrió, al detectar la debilidad de la entrepierna femenina.

—Y Miroku siempre está acosando por ahí a mujeres —Sango soltó la primera lágrima, recordando aquella escena. Sintió, de pronto, la lengua caliente de él pasar por su cuello, estremeciéndola e impactándola. Su zona íntima comenzó a humedecerse y se sentía asquerosamente febril—. ¿Qué tenemos que perder?

Enterró las uñas en la tierra, ofendida por su propio cuerpo. ¿Qué pasaba? ¿Acaso era una marioneta de Naraku? ¿Acaso Kagome no sabía de eso? ¿Le estaban jugando una broma? ¿Por qué demonios su cuerpo respondía así? ¡¿Por qué mierda su anatomía pedía más?!

—Eres un cínico —le escupió en la cara, mirándolo fijamente.

Que su cuerpo reaccionara de esa forma no significaba que su mente estuviera complacida. Sentía asco de él, de ella y de todos.

InuYasha saltó hacia atrás, secándose el rostro con las mangas de su ropa. Lanzó un improperio mental contra Sango, mirándola con algo de desprecio. De ella solo quería su cuerpo y que siguiera oliendo a Higurashi.

—Piénsalo, Sango. Nos vemos esta noche aquí, si quieres. —Dio la vuelta y se fue saltando velozmente por los árboles, hasta desaparecer.

Sango se quedó ahí, completamente vacía, impactada, triste…

Aquellos momentos habían sido una de las peores experiencias de su vida. Se sentía sucia y traidora. Pensó en Kagome, por Dios, en su amiga; si le dolía tanto saber apenas que Kikyō estaba por los alrededores, ¿cómo se sentiría sabiendo eso? Pensaba en cómo decírselo o en no hacerlo. En esos momentos, quería que supiera todo, lo de Miroku, lo de InuYasha, pero era todo tan complicado. ¿Qué estaba haciendo con su vida? ¿Qué estaba pasando?

Aún se sentía agotada. Aún seguía en el piso. Se quedó allí durante un par de minutos, incapaz de dejar de llorar y luego se levantó despacio, recogiendo bien su ropa y abrigándose: amanecería en una o dos horas y ya sentía frío.


Cuando despertó, muy temprano, bostezó con pereza, con el claro del día dándole a la cara. Apenas se incorporó completamente comenzó a cepillarse los dientes, aún sintiendo sueño. Terminó de cepillarse y entonces vio al monje sentado en el pasillo, fuera de su habitación. Frunció el ceño. Miroku tenía que contarle absolutamente todo.

—Monje Miroku. —Caminó lentamente hacia él, viendo cómo alzaba la vista.

—Oh, buen día, señorita Kagome. —Fingió una sonrisa mientras cerraba los ojos.

La aludida se sentó justo a su lado, empezando a ponerse nerviosa. ¿Cómo es que iba a preguntar sobre un tema tan íntimo? Pero se trataba de Sango y ya que ella no quería decirle nada, el monje lo haría. Posó la mano derecha sobre la de su amigo en señal de confianza.

Él intentó evitar el roce, pero Kagome lo detuvo, infringiendo más peso sobre el gesto físico reciente. Entonces, Miroku se calmó cuando la escuchó suspirar.

—¿De qué va la actitud de Sango?


No había podido dormir absolutamente nada después del encuentro con InuYasha. Se sentía tan indignada con la actitud del hanyō… Algo malo le pasaba y de eso estaba segura.

Ese día, de seguro que iban a seguir el viaje, así que optó por ponerse de una vez su traje de exterminadora. Aunque con InuYasha allí, se sentiría muy incómoda. Su vida era un asco. Necesitaba hablar con Kagome urgentemente acerca del medio demonio para que todo se solucionara y, al menos, de una forma parcial, volviera todo a la "normalidad". Kirara y Shippō se habían quedado aún dormitados en la pieza. Y era extraño. Aunque no los culpaba, ya que aún era demasiado temprano. El sol penas estaba saliendo.

Caminó fuera de la habitación por el pasillo largo de habitaciones vacías. Todo estaba en un silencio sepulcral. Sabía que el cuarto donde dormía Kagome estaba «doblando la esquina».

—Monje Miroku.

Escuchó la voz de Kagome. ¿Qué hacía llamándolo tan temprano? Se detuvo un poco antes de terminar la esquina y se quedó allí, en silencio. Pudo sentir, por los pasos, cómo la sacerdotisa se alejaba y supuso que era hacia él. Y es que la intriga le pudo más y decidió asomarse despacio, sigilosamente.

—Oh, buen día, señorita Kagome.

Lo vio mirarla muy feliz. Demasiado. ¿Acaso él había estado con una de aquellas doncellas en la noche? Qué pasaba, ¿por qué tanta felicidad? Observó que la colegiala se sentaba a lado de él y no pudo ver bien su cara ya que un adorno floral le obstruía la vista desde su ángulo.

Sus ojos se abrieron sobremanera cuando divisó la mano de Kagome sobre la de Miroku. ¿Qué mierda…? Pero su sorpresa fue mayor cuando el monje intentó quitar la mano y ella lo detuvo.

—Kagome… —susurró apenas, sintiendo su corazón partirse en más pedazos que la propia perla de Shikon.

Dejó de mirar, ¿para qué seguir haciéndolo? No lo podía creer, no lo podía creer. Mil veces no lo podía creer. Kagome. Kagome. ¿Kagome? ¡¿Kagome?! Sí, Kagome. Su… amiga. Claro, su amiga. Es que era imposible. ¿Acaso todo eso era un chiste? ¿Acaso todo era una broma? ¡Estaban hablando de Kagome, maldita fuera! ¡Justamente de ella! Jamás en su miserable vida habría esperado sentir esa traición. No de Kagome. Su amiga no era ese tipo de mujer.

Aunque al parecer, sí lo era. Contuvo las lágrimas rebeldes que querían escaparse. Sollozó. Lo único que la mantenía viva en ese momento, eran su hermano Kohaku, en manos de ese maldito Naraku y Kirara, su única amiga. Su única compañera.

Echó a caminar despacio, derecho, por donde había ido momentos antes.

El sol brillaba, era un día hermoso. La mañana estaba tan radiante que podría hacer olvidar sus problemas a cualquiera. En el patio y en el campo, los pajarillos trinaban, encantando con su cantar. Un cuervo movió las alas, dándose equilibro en una rama.

—Sango, ¿qué tienes? —Inquirió el zorrito, subiéndose de un salto a su hombro. Kirara maulló—. Estás pálida, ¿tienes fiebre? —le tocó la frente.

—No te preocupes, Shippō, estoy muy bien —intentó poner una sonrisa para calmar al niño, sin embargo, Kirara se erizó, detectando que su dueña mentía.

—¿Segura?

—Sí, pequeño Shippō. ¿Cómo durmieron?


—Qué patéticos.

Observó el espejo con detenimiento, analizando cómo podría ayudar en la situación.

—¿En qué piensas ahora, Naraku? —Le preguntó, sabiendo de antemano que cualquier trabajo que se le ocurriera a su dueño, tendría que hacerlo—. ¿Para qué reuniste esa horda de demonios?

—Jamás pensé que un pequeño contratiempo de InuYasha acabara a todo su grupo. Basta solo eso y una insignificante doncella para que se destruyan mutuamente. —Soltó una risa malévola y complacida—. Miserables.

Kanna mantuvo firme el espejo.

—¿Contratiempo? —Repitió Kagura, enderezándose de su posición, recostada en la pared—. ¿De qué estás hablando?

—Kanna, muéstrame a InuYasha.

El espejo hizo una especie de remolino negro y de repente, apareció la imagen del hanyō, recostado en la rama de un árbol. Al parecer, estaba a una distancia considerable de la del resto de su grupo. Kagura caminó hacia Naraku, poniéndose a su lado para observar el arma de Kanna.

—¿Qué tiene? —Inquirió asombrada, abriendo los ojos. Notó que InuYasha estaba diferente, mucho más… ¿atractivo? Le recordó más a Sesshōmaru.

—Es su época de apareamiento yōkai —le dijo, sin dejar de mirarlo—. Les pasa cada cien años, pero como InuYasha es solo un medio demonio, le pasa cada cincuenta.

—Qué asco. —Kagura debía aceptar que, si se trataba de InuYasha, sentía repulsión. Sin embargo, pensó de nuevo en Sesshōmaru—. ¿Les pasa a todos los demonios al mismo tiempo?

—Retírate, Kanna —la niña hizo que el espejo pareciera normal de nuevo y se fue con pasos suaves y en silencio—. No, Kagura, es independiente, pero todos los yōkais puros como Sesshōmaru —Kagura sintió escalofríos— pueden controlarlo con facilidad. InuYasha es un inútil y realmente no puede controlar ningún cambio que le ocasione su parte humana o su parte demoniaca.

—Entiendo.

—Significa también, que no puede usar a su espada —Naraku se incorporó, sonriendo de nuevo—. Podría matarlos a todos ahora mismo, pero… Quiero jugar un poco.

—¿Los suelto? —Inquirió Kagura, subiéndose a la ventana. Ya estaba captando la idea de su amo, así que estaba preparando su pluma para obedecer a lo que él le pidiera.

—Ahora mismo.

—De acuerdo.

El demonio de los vientos salió volando en seguida.

Naraku se quedó en silencio unos segundos, pensando en cómo desarrollar otra de sus trampas maestras. Era raro que esta vez no tuviera que utilizar la imagen de Kikyō para burlarse de InuYasha, Kagome y el resto de esos imbéciles, pero eso era lo que se conseguía con los sentimientos.

Patéticos.

—Siempre he pensado que el corazón es lo más inútil que existe.


—…pero como te dije, Kagome: no sucedió. —Concluyó Miroku, muy decepcionado—. Pero ella sólo se alejó sin preguntar qué había sucedido si quiera.

Kagome se quedó en silencio, comprendiendo la situación. Miroku ya se había ganado la desconfianza de Sango con mucha anticipación, pero ese caso era más delicado: en realidad, Miroku tenía razón.

—Debes hablar con ella, excelencia —sugirió, como único medio—. Sango está muy dolida.

—También yo, Kagome —la miró, con los ojos llenos de dolor—. También estoy dolido por su actitud.

—Pero…

—No, Kagome —se incorporó, indicando una definitiva con ese gesto. La aludida le siguió el paso con la expresión preocupada—. Hablaremos cuando ella lo desee.

—Miroku, tú…

—¡Auxilio! —escucharon gritar a los aldeanos. Kagome sintió la presencia de un fragmento—. ¡Demonios!

—¡¿Qué es lo que pasa?! —gritó Miroku, sintiendo la presencia de varios espectros al mismo tiempo.

Kagome echó a correr en busca de sus flechas.

—¡Traen fragmentos! —gritó, mientras se alejaba. La adrenalina subió por sus venas hasta instalarse en su cabeza y hacerla marear ligeramente. Entró al cuarto y cogió su arco y flechas lo más rápido que pudo—. ¿InuYasha? ¡¿Dónde está InuYasha?! —Se sorprendió sobremanera. Él ya debería estarla buscando. ¡¿Qué mierda estaba pasando?!


Cuando salió al campo para enfrentarse vio a Sango volar sobre Kirara. Traía puesta su máscara y a Hiraikotsu bien empuñado.

—Son demasiados. —Susurró, cuando vio a la horda liderada por un ogro gigante.

—¡Monje Miroku! —Escuchó gritar a la sacerdotisa que traía sus armas en el hombro—. ¡No puede ser, son demasiados! —Vio arriba y observó que Sango atacaba con su boomerang. Allí tampoco estaba InuYasha.

—¡Así es! —Miroku se puso en posición de ataque y preparó su mano.

—¡¿Dónde está InuYasha?! —Kagome lanzó una flecha, eliminando a algunos. Podía sentir la presencia del fragmento, pero no lo veía por ninguna parte.

Una, otra y otra flecha, más luz de purificación, más descarga de poderes y restos de monstruos cayendo por doquier.

—¡No lo sé, pero en este momento nos deshacemos de ellos! —Se sacó las perlas que traían seguro el vórtice y gritó—. ¡Ten cuidado, Sango!

—¡Hiraikotsu! —Atrapó de vuelta su arma y miró hacia Miroku, dándose cuenta de que usaría su mano—. ¡Abajo, Kirara! —Voló hacia donde estaban para no causar obstáculos.

—¡Agujero negro!

Cuando Miroku comenzó a absorber monstruos, inmediatamente aparecieron los insectos del infierno, obligándolo a cerrarlo en seco. Entonces se dieron cuenta de lo que estaba pasando.

—¡Naraku…!


[Sí, Sango ya está bien toqueteada. (?)]