Los personajes de «InuYasha», son de Rumiko Takahashi.


3.


Kagura bostezó, harta de su trabajo. ¿Cómo es que Naraku no se deshacía de ellos de una vez por todas?, que la tenía allí, como imbécil, controlando una ola de demonios. Cuando vio a Kanna bajo el árbol de donde ella estaba sentada, sonrió.

—Naraku quiere que pares.

—¿Por fin? —Bajó de un salto. Tomó su abanico y lo abrió, listo para atacar—. ¡Danza de las cuchillas! —Las cuchillas se desprendieron en seguida, matando el origen de los demonios. La horda que parecía interminable, paró en seco—. Listo.

—Quiere que te quedes por los alrededores y que me des el fragmento.

Kagura enojó mucho. ¿Acaso Naraku quería dejarla por ahí, perdiendo el tiempo?

—¿Qué dices, Kanna?

—Debo irme.

Le dio el fragmento de mala gana, viendo cómo su hermana se perdía en una columna de humo.

—Maldición.


Miroku apretó los dientes, frustrado. ¿Dónde diablos estaba InuYasha? En ese momento, necesitaban mucho del ataque de Colmillo de Acero, pero a ese cabeza dura, se le daba por desaparecer. Algo muy malo debería estar pasando. Sus pergaminos ya no eran suficientes y se le estaban terminando. Alcanzó a golpear a algunos con su báculo, y eran exterminados definitivamente por Sango o por Kagome.

Le pareció extraño, ya que Sango ni siquiera los miraba. No se había dirigido a Kagome ni siquiera cuando se trataba de los ataques.

De repente, como por arte de magia, la horda de demonios se detuvo. Todo parecía estar aparentemente normal.

—¡Aún percibo el fragmento! —Escuchó gritar a Kagome. Sango también se puso alerta—. ¡Está por allá!

La dirección que señalaba Kagome era de dónde había salido la ola, minutos antes. Kirara voló inmediatamente hacia la señal, sin llevar a la sacerdotisa…

—¡Señorita Kagome! —corrió apresurado, dándole la espalda para llevarla, tal y como lo hacía InuYasha—. ¿Hacia dónde?

—Hacia allá. —Apuntó al frente, con la idea de Sango ignorándola, muy presente.

Sango tenía a salvo a Shippō, que durante la pelea, se había mantenido sobre la pantera.

—Sango, ¿sabes dónde está InuYasha? —Inquirió el zorro, dejando de mirar hacia abajo.

—No lo sé —dijo ella, sintiendo una corriente por su espina dorsal.

—Como él no está, Miroku debe llevarla en su espalda —comentó el niño, inocente, ajeno a todo.

La exterminadora sintió un dolor punzante en el pecho y frunció el ceño, auto consolándose. ¿Acaso no tenían vergüenza? Aprovechaban que InuYasha no estaba, para estar más cerca, pensó. ¡Pero ella estaba allí, carajo! ¿Por qué no disimulaban? ¿Tan abierta era la relación?

—¿Ah, sí?

Kagome intentaba divisar el fragmento, pero era imposible. Aunque lo sentía cada vez más cerca.

—Espere, monje Miroku —dijo despacio, haciéndolo detenerse al instante—. Ya no está.

Dejó a la chica en el piso, para mirarla. ¿Cómo que ya no estaba? Sango también se detuvo, cuando Shippō le avisó que ellos habían dejado de correr.

—¿Cómo?

—La presencia del fragmento… Se ha ido.

—¿Quiere decir que no está? —Mencionó, más para confirmar lo que Kagome ya había dicho.

—Así es. —Asintió. Se dirigió a la castaña, para avisarle—. ¡Sango, el fragmento ha desaparecido!

La aludida se paralizó unos segundos, indignada. ¡Naraku, maldito engendro! Sintió muchas ganas de llorar: habían perdido. Otra vez. De nuevo. Como siempre. Se sentía tan inútil.

—Bien. —Solo dijo eso, cerrando los ojos, temblando de ira.

Shippō se mantenía callado, al margen de todo. Vio a sus amigos regresar en silencio, sin mirarse, siquiera. Tenía la ligera idea de saber qué era lo que le pasaba a InuYasha y suponía que por eso, había desaparecido, pero… ¿por qué no habría notado la horda de demonios que los atacó, si era tan grande?

Él no era tonto y ya se había dado cuenta de que Sango estaba enojada con Kagome y con Miroku; pero era demasiado extraño que con Kagome también se enojara. ¿Por qué se complicaban tanto y no podían ser felices como lo eran sus papás? Bueno, él jamás entendería a los adultos.

Cuando regresaron a la aldea, el terrateniente y resto de aldeanos, corrió a alabarles, a sus pies, agradecidos. Se sorprendió mucho, ya que casi no habían hecho nada. Al menos él, que quiso absorberlos con su agujero negro y todo en vano.

—Su excelencia, admito que no estaba tan convencido de los demonios, pero hoy me he dado cuenta de que es cierto —vio al hombre echarse al piso, temblando.

—Tenga calma, señor terrateniente —le dijo, dándole la mano, para que se levante.

Él la tomó y apretó con fuerza.

—Les pido que se queden esta y la otra noche, por favor. Se los ruego —alzó la cara, para mirar al resto—, los necesitamos. Esos demonios pueden volver y…

—Nos quedaremos —interrumpió Kagome. Miroku y Sango, la miraron, asombrados—. Algún enemigo poderoso puede estar rondando cerca —refiriéndose a Naraku—, y puede volver a atacar la aldea. —Agachó la mirada, triste, ¿dónde estaría InuYasha y por qué los abandonaba así?

—Además, uno de nuestros amigos se ha ausentado, de manera repentina. Queremos buscarlo.

Miroku y Kagome escucharon en silencio a Sango, algo asombrados, por ella, esta vez.

—¡Muchas gracias! —los aldeanos tenían los ojos brillantes de felicidad, porque se sentían protegidos.


Después de la batalla, había salido casi corriendo de la aldea, en busca de InuYasha. Maldito fuera el día en que pararon en la aldea vecina. Parecía que ese lugar estaba embrujado, o algo así, ya que allí, iniciaron los problemas. Aunque ahora que lo pensaba, allí tenían aún más problemas que en la anterior; Sango ya no le hablaba y no tenía idea de qué era lo que sucedía, pero intuía que tenía que ver con Miroku.

Pero, ¿qué había hecho ella, con un demonio? ¡Absolutamente nada! Había intentado comportarse de la manera más madura posible. Siempre midiendo sus palabras, sus gestos, sus preguntas. Al parecer, nada había servido, ya que igual estaba en problemas. De todas maneras le dolía mucho la indiferencia de Sango: ellas jamás habían peleado y le costaba creer que esta vez, se debiera a un hombre.

Últimamente, no había hablado mucho con Shippō, ya que el zorrito cuidaba de Sango, que se mantenía ajena a todos ellos. Y estaba bien que la mimara un poco, ya que se lo merecía, pero lo extrañaba… sentía a Shippō casi un hijo para ella y era raro no tenerlo a diario en sus brazos. Ni si quiera había tocado a Kirara. Aunque si su dueña estaba enojada con ella, la gata también iba a estarlo. Sumado a eso, dentro de poco tendría exámenes de matemáticas y biología, y la verdad es que no tenía idea de las clases que estaban dando los últimos días. Además, ya la excusa de la neuralgia que daba su abuelo, no estaba funcionando. —Suspiró—. Qué asco de vida.

—¡InuYashaaaaaaaa! —Tuvo que extender mucho el grito, para conseguir respuesta. Nada—. ¡InuYasha, responde! —exigió, llevándose las manos a los costados de la boca, para no desviar demasiado el sonido. ¿Dónde había un megáfono cuando se lo necesitaba? Y lo buscaba así, porque Kirara no lo había llevado a ninguna parte—. ¡InuYashaaaaaaaa!

Sabía que estaba en algún lugar del bosque, podía sentirlo. Cuando salió de allí, llegó a un hermoso claro, lleno de un pasto verde, no tan alto. Todo era bello, con el sol iluminando todo. La vista era amplia. De pronto, mirando en el cielo, vio una de las serpientes caza almas. Bajó la vista lentamente.

—Kikyō —susurró. Su mente imaginó inmediatamente el paradero de InuYasha. Se sintió muy estúpida.

Vio a la sacerdotisa caminar muy tranquila, —al parecer—, con sus serpientes rodeándola, como siempre. Venía hacia ella. No pasó mucho tiempo y Kagome apresuró el encuentro, dispuesta a decirle que le diga a InuYasha, que nunca más volvería a buscarlo si se desaparecía.

—¿La presencia del fragmento también te guió por aquí? —Le dijo Kikyō, alzando la mirada, cuando tuvo a Kagome lo suficientemente cerca. Se sintió muy extraño encontrarse de nuevo.

—Kikyō… —no sabía por qué, pero la presencia de ella siempre le nublaba un poco la mente. Es que… pensaba en tantas cosas cuando la veía—. El fragmento despareció, de repente.

Kikyō asintió, con la expresión neutra. ¿Por qué en un tema como ese, InuYasha no venía acompañándola? No le tomó demasiada importancia: Kagome siempre se iba a correr peligro por ahí, no entendía muy bien con qué intención.

—Fue muy extraño, por eso me quedé revisando los alrededores.

—Al parecer, no hay rastro. —Pronunció Kagome, mirando hacia atrás, intentando detectar algo: nada—. Debemos esperar que vuelva a…

—Entonces es todo.

Cuando regresó la vista, Kikyō se estaba retirando, tan fría como siempre. ¡Ash, cómo odiaba que la interrumpiera cuando se le daba la gana! Inmediatamente pensó en InuYasha y la embargaron los celos y la tristeza. Malditos celos, maldita tristeza.

—¡Kikyō! —le gritó, para que la escuchase, ya que había avanzado un buen tramo. La sacerdotisa paró su caminar, en señal de atención—. Dile a InuYasha que…

—¿InuYasha? —repitió, en voz baja, un poco asombrada. Entonces no estaban juntos. Si había parado, era porque tenía esperanzas de saber de él. Regresó la vista—. ¿InuYasha? —volvió a decir, esperando que ella la oyera.

Kagome paró de hablar en seco, mirándola fijamente.

—¿No está contigo? —Preguntó directa, sin pensar en nada.

Kikyō dibujó una sonrisa muy poco pronunciada, llena de ironía, llena de un poco de burla y un poco de ira. Pero ella era Kikyō. Kikyō nunca perdía la calma.

—Kagome —empuñó el arco, recordando de un momento a otro, aquella frase que había dicho su hermana Kaede: «Kagome es una muchacha muy extraña. Puede sanar el corazón de InuYasha poco a poco». Esa habría sido su tarea, si no estuviera muerta—. Entonces no estás cuidando bien de él. —Solo dijo eso y se fue.

Para cuando Kagome intentó reflexionar sobre esa frase y decir algo coherente, la joven ya había desaparecido del claro. Se quedó allí, estática, pensativa. ¿Qué había sido eso? Ni siquiera se podía decir que había «conversado» con Kikyō, si a duras penas completó una oración.

—Kikyō… —repitió su nombre en tono pensativo, alargando el silencio por un momento—. Ni siquiera me saludó —frunció el ceño, dando la vuelta.

Maldita sea, entonces InuYasha no estaba con ella. Comenzaba a preocuparse, ya que desde la noche anterior, no sabía absolutamente nada del hanyō, ¿estaría bien? Colmillo de Acero se veía en perfecto estado, no había necesidad de ir a donde Tōtōsai. Oh, ¿y si había ido a pelear con Sesshōmaru? No, InuYasha no se desaparecía, así, nada más, en plena búsqueda de Naraku. ¿Dónde estaba metido? Sentía tanto coraje y a la vez tanta preocupación. Aunque algo le decía que él estaba bien, pero… ¿Dónde?

Siguió caminando de regreso. No sabía si estaba bien, pero se le había ocurrido buscarlo en dirección de donde la horda y el fragmento se habían originado en la mañana. Ni siquiera comía, por la preocupación. Cuando intentó cruzar por sobre las raíces gigantes de un árbol milenario, sintió una corriente de aire intensa, que hizo revolver todos sus cabellos.

—Hola, Kagome.

Ella alzó la vista, abriendo la boca por la impresión.

—Kagura… —antes de reaccionar mejor, Kagome pensó en los fragmentos que traía en su falda y agarró una flecha que colocó en el arco—. ¡¿Qué es lo que quieres?! —Gritó, disparando en seco.

Kagura apenas logró esquivar aquella flecha sagrada, cubierta de un resplandor violeta. El arma rasgó parte de las mangas de su kimono. Frunció el ceño, pensando seriamente en atacarla con su abanico, pero se calmó: Naraku no le perdonaría que la matara ella y no él.

—Oye, sacerdotisa —bajó de su pluma, colocándosela en la cabeza—. No he venido aquí a pelear contigo.

—Pregunté qué es lo que quieres —Higurashi seguía apuntándole, sin perder la vista de ella.

La demonio se llevó el abanico a la cara y se dio golpecitos en la mejilla, mirándola con la expresión neutra. Bueno, en realidad la miraba con un poquito de desprecio y de… pena. No sabía definir bien el sentimiento.

—Buscas a InuYasha, ¿verdad?

La pregunta hizo a Kagome falsear en sus actos. ¿Cómo sabía eso? ¿Naraku estaba detrás de ese lío? ¿Es que esa conversación con Kikyō había sido una ilusión? ¿El claro también? Maldito fuera, Naraku.

—¿Qué estás diciendo? —su voz tembló, y ese no era el plan.

—Oh, el hanyō que te hace sufrir… ahora no solo es que ande como perro faldero tras la otra sacerdotisa —miró hacia arriba, distraída, fingiendo recordar el nombre—. Kikyō. Sí.

Kagome empuñó el arco… Sabía que estaba jugando con sus debilidades. ¡Era tan difícil no reaccionar a las provocaciones! Pero Kagura estaba sola, algo tendría que estar diciendo de realidad, en todo eso.

—¡Cállate, Kagura! ¡Ya deja de decir estupideces! —Volvió a disparar, pero a lo bruto, cerrando los ojos. El disparo había sido más por ira, que por ataque. La vio esquivarlo y seguirla mirando con la misma expresión—. Qué tanto están tramando Naraku y tú.

—Ya te dije que no vine a pelear.

—¿Qué quieres?

—Sé dónde está InuYasha.

Kagome bajó sus armas, sin dejar de mirar a Kagura ni un segundo.

—¿Acaso estás jugando conmigo? —En el fondo, quería creerle.

—No.

—¿Dónde? —Inquirió, al tiempo que bajaba el arco lentamente. Su expresión dio a entender que saldría corriendo, apenas se lo dijera.

—Buscando con quién coger.


[Y me atreví a utilizar la palabra «coger», porque en los subtítulos de una de las películas, Kagura le dice «perra» a Kikyō. ?/. Ya sé, ya sé, la defensa más absurda que han leído, pero es que necesitaba colocar esa palabra en el fic ?, perdón por nacer ;;]

[AMÉ escribir la parte de Kikyō y Kagura, con Kagome. De verdad, lo disfruté demasiado. Espero también ustedes uwu]